19.8.16

Federico García Lorca, 80 aniversario de su asesinato

Homenaje


15 de agosto de 1936: El recluso

Federico García Lorca en la radio.
¿Si me mataran, lloraríais mucho?, le preguntó Federico García Lorca a Angelina Cordobilla, la niñera de los hijos de su hermana Concha, en cuclillas, refugiado bajo el piano junto a las mujeres y los niños, mientras las bombas de los sublevados franquistas sonaban de fondo. El poeta más famoso, el autor de los poemas instalados en la vida cotidiana de la gente, el hombre que ha dado su apoyo a la República aunque no se haya casado con ningún partido en concreto, que ha pateado todos los pueblos para llevar el teatro donde no había llegado nunca, García Lorca, tiene miedo. No ha hecho caso de los amigos que le aconsejaron quedarse en Madrid porque los tiempos estaban muy revueltos y como cada año ha decidido pasar el día de su santo, todo un jolgorio familiar, el 18 de julio (qué ironía) en la Huerta de San Vicente, la finca de veraneo en Granada. El levantamiento frustró toda diversión, mientras en la radio atronaba la voz estridente de Queipo de Llano y la ciudad tomada se iba sumiendo en el caos.
Hoy 15 de agosto va a hacer casi un mes de todo aquello. Federico ha abandonado la casa familiar empujado, como si se tratase de uno de sus dramas, o como en el ‘Romance del emplazado’, por señales y predestinaciones, o así queremos verlas. Ha habido varios registros de Falange en la quinta y el poeta finalmente ha decidido refugiarse, desde el pasado 9 de agosto, en la casa de los padres de su amigo Luis Rosales, poeta y falangista de última hora, en Granada. Pasa las horas con las mujeres de la familia –lo cuenta Ian Gibson- porque los hermanos Rosales y el padre apenas si están en casa. Toca el piano, oye la radio, escribe y suele hablar por teléfono con los suyos. Es posible que le oculten que le buscan empecinadamente. Federico no sabe que está apurando las horas en el que será su último refugio.

16 de agosto de 1936: El prendimiento

Federico García Lorca, en Madrid.

La mañana del 16 de agosto la tensión era patente en casa de los Rosales. En días anteriores, Federico había intentado ocupar el tiempo componiendo un poema junto a su amigo Luis dedicado a todos los muertos de uno y otro lado en la contienda, que a menos de un mes, ya empezaban a amontonarse. Quedó la cosa solo en el intento (y propició el infundio de que Lorca se sintió obligado a escribir la letra del himno de la Falange). El gran golpe de esa mañana fue la noticia del fusilamiento de su cuñado, Manuel Fernandez-Montesinos, alcalde socialista y marido de su hermana Concha, fusilado en la madrugada. Esa muerte disparó todavía más las alarmas. Los Rosales barajaron las posibilidades de trasladar al poeta bien a casa de su amiga Emilia Llanos o bien, y ese parecía el lugar más seguro, a la quinta de Manuel de Falla, católico y conservador y una figura respetada internacionalmente.
A las cinco de la tarde –“en todos los relojes”- un pelotón de policías y guardias civiles rodean la casa de tres pisos de los Rosales. Cortan el tráfico de la calle Angulo. Incluso –recoge Ian Gibson- se apuestan hombres en los tejados. Excesivo despliegue para cazar a un hombre que es todo un símbolo pero que, claramente, por su talante, no se va a resistir con violencia. Lleva la voz cantante Ramón Ruiz Alonso,un exdiputado de la CEDA, padre de la que luego sería la actriz Emma Penella, que ha demostrado sobradamente su odio por Lorca labrándose una fama de fanático y pendenciero en la provincia –“poeta de la cabeza gorda”, le llamaba-. La familia Rosales se resiste a entregar al amigo, pero la presión es muy fuerte y este decide vestirse para bajar a recibir a sus captores y entregarse. Antes de marchar reza ante una imagen del Corazón de Jesús con las mujeres de la casa. Según Agustín Penon, Lorca está desmoronado, pero la hermana de los Rosales, Esperanza, en declaraciones posteriores le recuerda entero. “No te doy la mano Esperanza porque no quiero que pienses que no nos vamos a ver otra vez”, le dice.

17 de agosto de 1936: La espera

Federico García Lorca, en una foto de la época víspera de su asesinato.

Hay poca distancia entre la casa granadina de la familia Rosales y el Gobierno Civil de Granada, donde llevan a García Lorca. La noche anterior Luis Rosales, figura significativa en la Falange, se personó en el lugar para pedir responsabilidades por la captura de su invitado y la acción, justo es reconocerlo, le pone en la cuerda floja ante sus correligionarios. Hoy nadie duda de su generosidad y valentía. José Rosales, el padre, tuvo más suerte, y llegó a conversar con el poeta apenas un rato, pero su denuncia tampoco tuvo éxito. Se le informó de los cargos: tener una radio clandestina para estar en contacto con los rusos, ser homosexual y ser amigo del dirigente socialista Fernando de los Ríos.
Las teorías sobre la estancia de Lorca en el Gobierno Civil se bifurcan. El investigador Miguel Caballero Pérez en su libro 'Las trece últimas horas en la vida de García Lorca' sostiene que el paso de Lorca por el  Gobierno Civil fue breve y que fue la madrugada del día 17 y no la del 18 (fecha comúnmente admitida) cuando se produjo el asesinato. Su relato verifica el del periodista falangista Eduardo Molina Fajardo que recogió no pocos documentos y entrevistas con el fin de exculpar a su partido. Los interesantes testimonios que Molina Fajardo no llegó a elaborar (fue su viuda quien los editó como libro en 1983) abren una vía de investigación respecto a su paradero final.
Gibson, basándose en las declaraciones de Angelina Cordobilla, tres décadas después de los hechos, sostiene que Lorca estuvo tres días en el Gobierno Civil. La niñera de los Lorca llevó al poeta una tortilla y le vio en una celda en la que no había cama pero sí una mesa de despacho con utensilios de escritura. Mientras tanto el gobernador civil, José Valdés Guzmán, habría contactado con el vociferante Queipo de Llano que dictaminaría su ya célebre:"Dadle café, mucho café". Sea o no cierta la sentencia, está claro que Valdés, benemérito hijo del cuerpo, fue el responsable de la orden. Un documento hecho público el año pasado testimonia que no fue, como sostuvo, un asesinato callejero, sino un crimen político.

18 de agosto de 1936: El asesinato


Monolito en Homenaje a Federico García Lorca y las víctimas del franquismo./Samuel Aranda.


A las tres y cuarto de la mañana del 18 de agosto, un amigo de Federico García Lorca contó a Ian Gibson que le vio salir del Gobierno Civil de Granada escoltado por guardias y falangistas. Ricardo Rodríguez Jiménez venía de jugar a las cartas y se cruzó con el siniestro grupo. El hombre se puso a vociferar: “Criminales, vais a matar a un genio” y a poco no le detienen a él también. Federico, que había llamado a su amigo por su nombre, iba esposado con un maestro de escuela, Dióscoro Galindo González, apresado pocas horas antes.
Un coche los trasladó hasta La Colonia, ocho kilómetros al norte de Granada, que había pasado de ser una zona infantil de vacaciones de verano a una cárcel franquista. Promesas de ascenso en el escalafón y una prima de 500 pesetas eran el acicate para los soldados presentados como voluntarios a las cuadrillas de fusilamiento. Unos pocos fueron obligados como castigo. Uno de los soldados de guardia, José Jover, evocó a Agustín Penón que al anunciarle que iba a ser ejecutado, Lorca quiso rezar el ‘Yo, pecador’ pero no atinó a recordar entera la oración que le había enseñado su madre. Como en una vieja película de Hollywood el poeta habría fumado junto a Jover su último cigarrillo y prometió hacerle llegar su mechero.
Dos banderilleros anarquistas, Joaquín Arcollas y Francisco Galadí, pasaron a integrar el grupo. Según sostiene Gibson, Lorca y sus compañeros fueron trasladados un kilómetro hasta Fuente Grande, muy cerca del barranco de Víznar donde tradicionalmente se había situado la tumba (el hispanista Claude Couffond defendió esa localización). La versión de Miguel Caballero traslada el lugar de los hechos a un cercano campo de entrenamiento de Falange. Sea como fuere, la práctica habitual es que la muerte solía llegar siempre antes del amanecer, a la luz de los focos de los coches. Un testimonio recogido por José Navarro Pardo evoca, sin muchos visos de verosimilitud, que el poeta no murió en el acto y recibió un tiro de gracia. Gibson preguntó a un astrónomo del Real Observatorio de Greenwich si aquella noche hubo luna. Y no. No la hubo.

19 de agosto de 1936: El mito

Una mujer deposita un ramo de flores en homenaje al asesinato de Fedderico arcía Lorca./Pepe Torres.


Es un poco prematuro decir que Federico García Lorca se convirtió en mito al día siguiente a su asesinato. Si no fue así fue porque las noticias sobre el mismo tardaron unas semanas en abrirse paso. Pero esa piedra lanzada al agua de la ignominia empezó a formar círculos concéntricos y llegar cada vez más lejos en todo el planeta hasta convertirle en el símbolo de la España progresista y, más tarde, vencida.
Sin embargo, la familia supo de su muerte la misma tarde, a través deun acto repugnante en el más perfecto estilo de la picaresca española. Un miembro de la escuadra asesina acompañando por otros miembros del pelotón se presentó en casa de la familia Lorca con una nota firmada de puño y letra por el poeta: "Te ruego papá que a este señor le entregues 1.000 pesetas como donativo para las fuerzas armadas". El padre pagó religiosamente pensando que salvaba la vida de su hijo, pero –como cuenta Gibson- a poco de marcharse los escuadristas, el chofer de la familia, que había estado hablando con los soldados, le informó que el crimen ya se había realizado y como prueba se aportó un paquete de Lucky Strike, la marca que fumaba Federico.
A principios de septiembre los periódicos republicanos dan por cierta la muerte. Madrid, donde tantos amigos tiene, llora al poeta. Barcelona, que disfrutó de sus estrenos teatrales más sonados, también. H. G. Wells, autor de 'La máquina del tiempo' y de 'La guerra de los mundos', amén de socialista convencido se dirige a las autoridades rebeldes de Granada desde su presidencia del PEN Club. Al otro lado del Atlántico, en Argentina, donde en el pasado se había recibido a Lorca como hoy a una estrella de rock, Jorge Luis Borges junto a una treintena de autores argentinos protesta en una carta a Miguel Cabanellas presidente de la Junta de Defensa Nacional en Burgos.  Pero quizá la reacción más visceral sea la de Antonio Machado: "Te cantaré la carne que no tienes, / los ojos que te faltan, / tus cabellos que el viento sacudía, / los rojos labios donde te besaban…".
fuente:elperiodico.com