29.3.14

Un animal que imagina

Octavio Paz en su Vuelta

Paz dictó en 1975 seis conferencias, nunca publicadas, en las que analizó su idea de la literatura Este es un extracto de la que el Nobel mexicano dedicó a la relación entre poesía y progreso

Octavio Paz retratado por Daniel Mordzinski./elpais.com

Estas lecturas retrospectivas han provocado en mí emociones y sentimientos contradictorios: simpatía y repulsión, por el que yo fui; aprobación y disgusto, por lo que escribí. El asentimiento y la negación conviven y batallan en mi interior. Así, no puedo ni siquiera juzgarme. No me condeno ni tampoco me absuelvo. Me limito a verme y, para decir la verdad, a soportarme. No obstante, en la medida que puedo ser objetivo, que es muy pequeña, advierto que cambio y continuidad son dos notas constantes en mis trabajos poéticos, dos polos, dos extremos contrarios que me han atraído desde que comencé a escribir. Siempre me ha interesado y, más, me ha apasionado, la experimentación y la exploración de formas y territorios poéticos poco conocidos, nuevos. Desde este punto de vista mi poesía se inscribe dentro de la tradición de la literatura moderna, que es una literatura de exploración y de invención.
He procurado definir esta tradición en varios trabajos críticos, especialmente en Los hijos del limo, un libro que lleva por subtítulo ‘Del Romanticismo a la vanguardia’. Esa tradición puede caracterizarse como una serie de rupturas con el pasado y una serie de tentativas por crear un arte nuevo, distinto y único. La antigua estética se fundaba en la imitación de los modelos de la Antigüedad clásica, la moderna, desde el siglo XVIII para acá, en la búsqueda de una nueva belleza. Pero tal vez estamos al final de este periodo y vivimos en el ocaso de la vanguardia. Sea como sea, en mi caso, la exploración de formas poéticas, de nuevas formas, ha coincidido siempre con el amor y el cultivo de las formas tradicionales, del soneto y el endecasílabo, al poema breve en metros cortos. Pero el cambio y la continuidad no solo se entrelazan en las formas poéticas que he frecuentado sino también en los temas y en la sustancia misma de lo que he escrito.
Mi primer libro, Raíz del hombre, fue, hasta cierto punto, una ruptura con la poesía que se escribía por aquellos días en México. Pero el sentido peculiar de esta ruptura se me escapó a mí mismo. En cambio, no se le escapó a Jorge Cuesta, como se ve en la pequeña nota que dedicó a mi libro. Raíz del hombre es un libro torpe, lleno de repeticiones, ingenuidades, faltas de gusto, un libro que me avergüenza haber escrito. Asimismo es un libro que siento mío, no por lo que dice sino por lo que quiere decir y no llega a decir. El movimiento que impulsa cada línea no es hacia fuera sino hacia dentro. No es una búsqueda de nuevas formas, de la novedad, sino una tentativa fallida, es verdad, por volver a la fuente original primordial. La palabra sangre aparece en cada poema con una insistencia obsesiva, monótona. Me parecía en esos días de mi adolescencia una suerte de emblema mágico. El abanico de sus significaciones se resolvía en una: la sangre designaba para mí el mundo del origen, el mundo del principio, la vida elemental, la verdadera vida, en suma. Era una verdadera constelación de significados. Venía, por una parte, del novelista inglés D. H. Lawrence, que yo leí mucho en mi primera juventud. Venía también del poeta alemán Novalis para el que la sangre tiene un valor, una significación mística, a la vez corporal y espiritual. Confluían con esas ideas las visiones del mundo precolombino, especialmente la visión azteca con su creencia en la sangre como una sustancia mágica que ponía en movimiento al cosmos y que era el alimento sagrado de los dioses. Por último, la palabra, y sus oscuras asociaciones, venía de mí, de la parte más honda de mi ser. Pronto abandoné esa palabra como un gastado talismán verbal, pero el subsuelo psíquico en el que, como una verdadera raíz —raíz del hombre—, se hundía, permaneció intacto. Era y es el fondo, el sustento de mi poesía, la sustancia que la alimenta.
El amor y la poesía son experiencias antiproductivas y han sido y son negaciones
del mundo moderno
En uno de mis primeros trabajos críticos Poesía de soledad y poesía de comunión (1942) vuelvo a este tema aunque desde una perspectiva ligeramente distinta. Comparo el amor con la poesía y digo: “En el amor, la pareja intenta participar otra vez en ese estado en el que la muerte y la vida, la necesidad y la satisfacción, el sueño y el acto, la palabra y la imagen, el tiempo y el espacio, el fruto y los labios, se confunden en una sola realidad. Los amantes defienden asustados, cada vez más antiguos y desnudos. Rescatan al animal humillado y al vegetal somnoliento, que viven en cada uno de nosotros. Y tienen el presentimiento de la pura energía que mueve al universo y de la inercia en que se transforma el vértigo de esa energía”. En aquella época yo no había leído a Breton. Más tarde, me encontré que él dice algo parecido, lo dijo antes de mí, pero esta coincidencia fue absolutamente una coincidencia.
En otro pasaje del mismo texto de 1942: “El amor es nostalgia de nuestro origen, oscuro movimiento del hombre hacia su raíz, hacia su nacimiento. En cada hombre y en cada mujer —diría hoy— están todos los mundos y, también, todos los tiempos. El amor es la tentativa por volver a la unidad original o, al menos, por vislumbrarla”. Podría multiplicar las citas, pero me limitaré a señalar que unos años después, en El laberinto de la soledad reaparece esta idea. Todo en la vida moderna tiende a hacer de nosotros sus expulsados de la vida, pero también todo en nuestro interior nos impulsa a volver, a descender al mundo de donde fuimos arrancados. Si le pedimos al amor que siendo deseo, es hambre de comunión, es hambre de caer y de morir tanto como de vivir y de nacer, le pedimos al amor que nos dé un pedazo de vida verdadera, un pedazo de muerte verdadera. Y más tarde, en El arco y la lira, quizá con mayor claridad, digo: “El impulso de regreso es la fuerza de gravedad del amor, la persona amada nos exalta, nos hace salir fuera de nosotros y, simultáneamente, nos hace volver a nosotros, nos hace volver a ser. La amada —dice el poeta español Antonio Machado— es una con el amante, no en el término del proceso erótico, sino en su principio, y acierta doblemente. La amada es una con el amado y la amada con el amado en dos modos simultáneos, como presentimiento y como recuerdo: el presentimiento de la unidad deseada es al mismo tiempo un recuerdo de aquella unidad original perdida, verdadera subversión del tiempo lineal, lo que recordamos es aquello que presentimos, en la poesía y en el amor, también en otras experiencias, como las experiencias de la vida contemplativa, y en estas, quizá con mayor fuerza y nitidez, el hombre regresa a sí mismo, y ese regreso es una recuperación de la unidad original. No regresamos a nuestro pobre yo, sino al otro, o mejor dicho, a lo otro”. En suma, siempre he creído —confieso que hablo de mis creencias y no de mis ideas— que la conciencia poética es la revelación de nuestra condición original, y que esa condición no es solo otra situación, como diría un filósofo moderno, un ser esto o aquello, sino un con estar, un ser con alguien y con algo. Ese algo es lo que llamamos “el mundo” o “el cosmos” o “el universo”: no aquello en que estamos sino aquello con lo que estamos. La poesía, una vez más, nos lanza fuera de nosotros mismos hacia lo desconocido. Es una exploración y una búsqueda de lo nuevo. Al mismo tiempo, es una vuelta, un recordar, un volver a ser, un volver al ser.
La segunda sección de Ladera este se llama ‘Hacia el comienzo’. El título corresponde a las creencias y preocupaciones que acabo de enunciar. Lo mismo sucede con los poemas. En estos poemas la vida anterior, en el sentido que Baudelaire daba a esta expresión, regresa. Es decir, es la vida del comienzo. Pero quizá “vida anterior” es una expresión imperfecta como lo es “la vida futura”. Ambas expresiones son hijas del tiempo lineal, sucesivo, en que el ayer está antes del hoy y el hoy antes del mañana. En el tiempo del amor como en el tiempo de la poesía, por supuesto, y también y sobre todo, en el tiempo de los contemplativos, participamos en una verdadera conjunción. Ayer, hoy y mañana se resuelven en una presencia. Durante un instante o un siglo esta experiencia nos hace ver o vislumbrar, en el cambio la identidad y la permanencia en el transcurrir. No me extenderé en esta paradoja porque creo que es realmente indecible, indemostrable. Es un desafío al lenguaje y a la razón. Solo el arte y la poesía, en contadas ocasiones pueden expresarlo, pero todos nosotros, sin excepción, aunque casi siempre hemos olvidado esa experiencia, que generalmente se sitúa en la infancia y en la adolescencia, hemos vivido por un instante esta conjunción de los tiempos. Y aquí vale la pena subrayar que se trata de una concepción y una experiencia que contradicen la concepción central de la época moderna. Desde hace tres siglos, primero los pueblos de Occidente y ahora el planeta entero creen en la historia como un avance continuo, salvo unos cuantos grupos marginales dispersos aquí y allá (por ejemplo, núcleos de supervivientes de los llamados “primitivos” y grupos de civilizados disidentes decepcionados de los espejismos de las sociedades modernas), la inmensa mayoría de nuestros contemporáneos adora el futuro. Para casi todos nosotros no es el pasado sino el futuro el que será mejor. En esto coinciden tirios y troyanos, capitalistas y comunistas. El culto al progreso es la creencia básica del hombre moderno. Esta creencia no sé si llamarla “subreligión” o “superstición” se opone a una de las tendencias centrales del hombre, tal como la revelan la poesía, el amor y la contemplación. Se ha definido al hombre como un animal o un ser que fabrica útiles, Homo faber.
Se le ha definido como un animal racional, como un animal político, o bien, como un producto de la historia cuya conciencia está determinada por las fuerzas sociales de producción. Las definiciones son muchas y casi todas ellas son probablemente ciertas. Ninguna de ellas es además incompatible con la idea del progreso. Pero el hombre, también, es un ser que desea y, porque desea, es un ser que imagina. Su imaginar es el presentir. Es un presentir que es un recordar, que es una exploración de lo desconocido que es, asimismo, una búsqueda del origen. Pues bien, como ser de deseos, como ser que desea, como ser que fabrica imágenes de su deseo que son un presentir, que son también un recordar, el hombre no es un sujeto de progreso sino de regreso. No quiere ir más allá, sino quiere volver hacia sí mismo. Por eso, frente al culto público al progreso ha existido, desde el periodo romántico, el culto secreto, casi clandestino, y contra la corriente, a la poesía. Una de las heterodoxias del mundo moderno, desde hace dos siglos, ha sido la poesía. La poesía y el arte sucesivamente expulsados y, después, hipócritamente consagrados por los poderes sociales.
Otra de las transgresiones de las sociedades modernas ha sido el amor. Ambos, amor y poesía son experiencias no productivas, son antiproductivas, y han sido y son negaciones del mundo moderno. Apenas necesito aclarar que yo llamo “amor” nada tiene que ver con la revolución erótica o con la revolución sexual. Yo no estoy en contra de la libertad sexual, pero el amor es otra cosa. El amor no es ni una higiene ni una política. Es amor es un destino, una vocación, una pasión, como quieran llamarlo ustedes, pero no una pedagogía. Pero todo ha cambiado. En los últimos años hemos oído muchas voces de alarma que nos anuncian catástrofes inminentes y universales. Unos denuncian el excesivo crecimiento de la especie humana y sus previsibles consecuencias, dictaduras, hambres, guerras; otros nos advierten que los recursos naturales son limitados como se ve ya en la crisis de los energéticos; otros más hablan de la contaminación del aire y del agua, del calentamiento excesivo de la atmósfera o de la amenaza atómica. Lo más notable es que todos estos vaticinios pesimistas vienen de las universidades y los institutos que hace apenas unos años, todavía, eran las fortalezas intelectuales de la creencia en un progreso basado en los avances de la ciencia y la técnica. Hoy la creencia en el progreso continuo e infinito se bambolea. No digo que sea falsa, digo que se bambolea. Sus sacerdotes, los científicos y los técnicos han dejado de creer en esta divinidad abstracta inventada por los filósofos del siglo XVIII y del XIX. “Pero si dejamos de creer en el progreso, ¿en qué vamos a creer?”, se preguntan muchos. Aquí los poetas, en el sentido más amplio de la palabra poeta, es decir, los hacedores de formas y de imágenes, desde los novelistas y escritores de imaginación hasta los pintores y los músicos, tienen algo que decir. Fueron los guardianes de un culto clandestino y marginal. Ahora pueden ofrecer una respuesta al progreso, el regreso. (…)

Extracto de la conferencia dictada por Octavio Paz en el Colegio Nacional de México el 18 de marzo de 1975. Forma parte del volumen que la editorial Atalanta publicará en España con el título de Octavio Paz. Itinerario poético.
OCTAVIO PAZ. El escritor absoluto

Lima, capital de la literatura, bajo la mirada de Mordzinski

El territorio de la Novela: La Imaginación

Fotografías de escritores de Daniel Mordzinski


El novelista colombiano Héctor Abad Faciolince, autor de  El olvido que seremos.       
El escritor español Juan Bonilla, ganador de la I Bienal de Novela Vargas Llosa con Prohibido entrar sin pantalones.
El escritor español Javier Cercas, autor de obras como Soldados de Salamina y Anatomía de un instante.
El escritor peruano Alonso Cueto autor de títulos como  La hora azul.
El escritor peruano Jeremías Gamboa.
La periodista y escritora argentina Leila Guerriero.
El escritor e historiador peruano Fernando Iwasaki, junto con su madre.
La escritora española Rosa Montero.
La autora brasileña Nélida Piñón.
El escritor nicaragüense Sergio Ramírez.
El autor colombiano Juan Gabriel Vásquez.
El premio Nobel hispanoperuano Mario Vargas Llosa.
De izquierda a derecha, Arturo Fontaine, Rosa Montero, Santiago Roncagliolo, Fernando Iwasaki (atrás), Leila Guerriero, Juan Gabriel Vásquez y Gabriela Wiener. 
Fotografías de Daniel Mordzinski ./elpais.com

Los crímenes de Fjällbacka

Fjällbacka es una pequeña localidad de pescadores situada en la costa oeste de Suecia, limitando con Noruega. A 150 kilómetros de Gotemburgo y a 520 de Estocolmo, este pueblecito, que antaño vivió de la pesca y del comercio de sus derivados, apenas tiene 1.000 habitantes en invierno, cifra que se multiplica por veinte en verano gracias al turismo

La escritora sueca Camilla Läckberg./elpais.com

El enclave marítimo, cargado de historia, hermoso, idílico, tranquilo, donde apenas hay criminalidad, se ha convertido en la última década en un laboratorio del asesinato por obra y gracia de Camilla Läckberg (Fjällbacka, 1974), desde que en 2002 publicara La princesa de hielo (Maeva, traducción de Carmen Montes). 

Mucho ha nevado desde entonces por aquellas latitudes: casi una decena de libros después, de los que se han vendido más de diez millones de ejemplares y traducido en cuarenta países, y con adaptaciones al cine y a la televisión, Läckberg se ha hecho con el reconocimiento de la crítica y el público y se ha convertido en la autora con mayores ventas en Suecia, laureada, entre otros, con el Premio Folket en 2006.
Camilla Läckberg nació y creció en Fjällbacka. Licenciada en Económicas, trabajó en el mundo empresarial hasta la publicación de su primera novela, antes mencionada, con la que comenzó la serie de Erica Falk y Patrick Hedström
Suecia
Imagen de Fjällbacka
 
La protagonista, Erica (alter ego de la autora), regresa a su pueblo natal tras el fallecimiento de sus padres para hacerse cargo de la herencia familiar. La escritora de biografías en ciernes descubre el cadáver de Alexandra Carlgreen, su mejor amiga de la infancia y de la que había perdido el contacto al empezar sus estudios universitarios. Erica quiere saber qué ha ocurrido y su infinita curiosidad le lleva a investigar, y a entrar en contacto con el policía encargado del caso, Patrick Hedström, antiguo compañero de juegos.  En esta primera novela están las claves de toda la serie: la relación entre ambos se convierte en amor y posteriormente en matrimonio, hijos y vida personal y profesional en común. Y también en lo que será la base fundamental de las obras de Läckberg: en el pasado está la respuesta.
Porque en la, aparentemente, vida tranquila y rutinaria del pueblecito y sus alrededores nada es lo que parece. Es como si cada uno de los vecinos ocultara un secreto que, con el paso del tiempo, le estalla en la cara al abnegado policía y a su curiosa esposa. Ambiciones, crímenes pasionales, secretos inconfesables, vinculaciones con los nazis, miedos ancestrales… todo un cóctel  de emociones envueltos en la mediocridad de la vida cotidiana.
Las novelas de Läckberg no tienen la carga sociopolítica de las obras de Mankell, ni el pesimismo de Indridason, ni sus protagonistas están al borde del abismo como el policía de Nesbo. Quizás ahí esté el secreto de su éxito: porque a Erica Falk le gusta el chocolate y está preocupada por el sobrepeso; aspira a ser escritora y ganar un premio; se lleva fatal con su suegra. Y su marido, Patrick, es un policía de una pequeña localidad, enamoradísimo de su mujer, que no soporta a su jefe y que consulta el teletexto. Ambos son personas normales, con problemas normales, que intentan conciliar su vida laboral y personal, que se toman bajas por paternidad, que se esfuerzan por educar a sus hijos en un ambiente feliz, que comparten coche y obligaciones… como tantos.  Eso sí, con mucho frío como toda novela negra nórdica que se precie. Como ha dicho la autora en alguna ocasión, el frío y la oscuridad aumentan el misterio.
Tras La princesa de hielo, y de su amor inicial, hemos ido viendo la llegada de sus hijos, sus problemas familiares, sus aspiraciones más o menos logradas en Los gritos del pasado (2004), Las hijas del frío (2005), Crimen en directo (2006), Las huellas imborrables (2007), La sombra de la sirena (2008), Los vigilantes del faro (2009) y La mirada de los ángeles (2011), que saldrá a la venta en España el próximo mes, todas publicadas por la editorial Maeva.
Y ante tanto éxito, las historias de Erica y Patrick se han convertido en serie de televisión, como ya ocurriera con otros detectives famosos como el Wallander de Mankel o el Brunetti de Donna Leon.  La televisión sueca ha producido una miniserie, Los crímenes de Fjällbacka, con ambos personajes y su gélido pueblo como protagonistas, que ha emitido Digital Plus.  La producción televisiva, que se puede adquirir en DVD (distribuida por A Contracorriente Films), está compuesta por cinco capítulos independientes de 90 minutos cada uno que, para alegría de algunos y decepción de otros, no reproducen los misterios de los libros. Un grupo de guionistas y la propia Camilla Läckberg han creado nuevas historias con los personajes y los escenarios de las novelas. La serie la completa la película Las huellas imborrables, única adaptación fiel de uno de sus libros y la mejor de la colección televisiva desde el punto de vista de la que esto escribe. 

La serie, aunque inferior a la magnífica producción también sueca Bron (El puente), emitida recientemente en televisión, es muy entretenida y seguro que ha hecho y hará las delicias de la legión de seguidores de la pareja detectivesca. Si hay algo que puede chirriar es el personaje de Anna, la hermana menor de la protagonista. Esta mujer, madre de dos hijos, víctima de la violencia de género por parte de su marido, es uno de los personajes más atractivos de las primeras novelas de Läckberg. Sin embargo, los guionistas la han convertido en una joven soltera, incauta y algo estúpida en el capítulo “Según el cristal con que se mire”. Quizás se lo podían haber ahorrado. Y una curiosidad: la actriz Ingrid Bergman veraneó en alguna ocasión en Fjällbacka y el primer capítulo de la serie “El mar da, el mar quita” recrea una visita de la famosa sueca.
Los aficionados a las obras de Läckberg están de suerte: próxima novela en abril y una amena serie de televisión ¿Qué más se puede pedir?

Vida y obra: León Tolstoi

Si sólo fuera por La guerra y la paz (1869), Tolstoi estaría en el gran panteón literario junto con Shakespeare, Dante y Cervantes. Pero si le quitaras esa épica novela de su obra, con todo lo que queda, aun sería uno de los más importantes cuentistas y novelistas de la historia humana. Y sin embargo, hacia el final de su vida Tolstoi sintió que todo fue por nada. La gloria literaria no le sirvió para apaciguar su alma. Nacido aristócrata, luchó en la guerra de Crimea, fue libertino y terrateniente, pero  terminó siendo un profeta de la no violencia, influyendo directamente a Gandhi

Tolstoi descansando en el bosque. Ilya Repin, 1891./revista Ñ

León Tolstoi —o en todo caso su obra, ya que murió en 1910, con 82 años de edad— es como un enorme bosque. Se puede delimitar su circunferencia, se podrían contar todos los árboles que contiene y decir qué tan altos son, se podría hacer un censo completo de su flora y fauna; pero aun así, describiendo su materialidad exhaustivamente, el bosque seguiría siendo infinito. Por lo menos en su relación con la conciencia humana individual. Hay innumerables caminos que lo atraviesan, su luz cambia según la hora del día, la fase de la luna, según la época del año y la fuerza de la lluvia o la nieve. El bosque también cambia según la edad que tengas y según quién seas. Y así infinitamente.

Consideremos entonces a Tolstoi como un bosque. Empecemos con el censo. Nació al fin del verano en Yasnaya Polyana, la finca de su padre a 210 kilómetros al sur de Moscú, que heredó a los 19 años. Pertenecía a la clase aristocrática y toda su vida tendría dinero, tierras, sirvientes; siempre aprovecharía las innumerables ventajas de su clase. Estudia leyes en San Petersburgo, pero no se recibe. A los 24 años, voluntariamente se une al ejército y termina luchando en la primera guerra industrializada de la historia humana, la de Crimea. Esta experiencia es clave, tanto para su libro Cuentos de Sevastopol como para su gran novela La guerra y la paz, que escribirá en Yasnaya Polyana entre los 35 y los 41 años de edad. Esta es la novela central de su obra completa, pero a su alrededor giran seis novelas (entre ellas, Anna Karenina, una de las más grandes novelas de la historia), seis nouvelles, seis obras de teatro, decenas de cuentos, obras filosóficas, pedagógicas. A esto hay que agregar miles y miles de cartas y miles y miles de páginas de diarios personales. La edición soviética de las obras completas de León Tolstoi tiene noventa volúmenes.

Pero esto es un mero censo. Como el bosque, Tolstoi es infinito.

En su extenso y magnífico ensayo de 2010, El novelista ingenuo y el sentimental (que se ocupa principalmente de analizar Anna Karenina), Orhan Pamuk dice: "En mi juventud, fue al tomar en serio las novelas que aprendí a tomarme en serio la vida. Las novelas literarias nos persuaden a tomarnos en serio la vida al mostrarnos que, de hecho, tenemos el poder de influir en los eventos y que nuestras decisiones personales dan forma a nuestras vidas".

Esta es una excelente y acertada descripción romántica sobre para qué nos pueda servir Tolstoi: es un guía espiritual, nos enseña qué es la vida y también cómo vivirla.

Una cosa misteriosa que pasa con la obra de Tolstoi, que resiste la explicación crítica, es que en su obra está la vida. No una reproducción o una representación o una versión de la vida, sino la vida misma.

En su libro sobre Tolstoi, The Hedgehog and the Fox, Isaiah Berlin dice: "El genio de Tolstoi consiste en la capacidad de reproducir con exactitud maravillosa lo irreproducible; la evocación casi milagrosa de la plena, intraducible individualidad del sujeto, lo cual induce en el lector una conciencia de la presencia del objeto en sí mismo y no una mera descripción de él; emplea hacia este fin metáforas que fijan la cualidad de la experiencia particular como tal..."

Dos valores de Tolstoi son la lucidez y la omnisciencia.

A través de descripciones sencillas, abre vastos mundos interiores. A través de vastos descripciones panorámicas, muestra majestuosos procesos históricos pero también la vanidad del hombre. Escribe desde la perspectiva de una polilla y de un águila. Sus obras están compuestas por elementos monumentales tanto como por exquisitas miniaturas. Y por ellas corren las preguntas más urgentes de la vida, las que suelen hacerse los profetas y algunos filósofos: ¿Para qué estamos acá? ¿Qué significa la vida cuando la muerte nos quitará todo? ¿Qué es la historia y cómo funciona? ¿Tiene un fin? ¿Se puede entender su funcionamiento? ¿Los individuos son artífices de la historia o meras piezas en un gran juego cuyas reglas nunca comprenderán? ¿Dios existe? ¿Para qué seguir viviendo?

Estas preguntas, que en su ficción están encarnadas en sus personajes, se presentan directamente en sus pequeñas obras filosóficas como Confesiones donde describe una crisis existencial que tuvo a los cincuenta años. Allí escribe: "La antigua ilusión de la felicidad de la vida ya no me engañaba. Por mucho que me dijeran 'Tu no puedes comprender el sentido de la vida, no pienses, vive', yo no podía hacerlo, porque ya lo había hecho durante mucho tiempo. Ahora no puedo dejar de ver los días y las noches que pasan volando y me conducen a la muerte. Sólo veo eso porque es la única verdad. Todo el resto es mentira”.

En este sentido, la trayectoria espiritual de Tolstoi es parecida a la de Buda. Comenzó disfrutando sin freno de los placeres sensuales de la vida y terminó rechazándolos todos –tras una iluminación– a cambio de una vida del espíritu.

Si entran en YouTube y buscan “Leo Tolstoi on Film”, encontrarán una película, en blanco y negro, de 12 minutos de duración, que muestra a Tolstoi alrededor de los 80 años. En lo posible, reserven un momento de paz y silencio para verlo, tal vez tarde por la noche cuando todos en casa ya duerman o, mejor aun, temprano en la mañana cuando amanece y la ciudad está silenciosa.

Mírenlo sin pensar en nada. El video no tiene sonido. Si me aceptan una recomendación, abran otra ventana de YouTube y busquen “Philip Glass – Koyaanisqatsi”: escuchen esa música en simultáneo al video de Tolstoi (el video de Tostoi en pantalla completa).

¿Es posible que esta persona caminara por la tierra igual que nosotros? ¿No era un ser imaginario, un invento de la literatura?

¡Mírenlo, rodeado de personas con sombreros y niños que bailan! ¡Por perros y caballos y árboles que se tuercen en el viento! Todos sombras ahora, sin nombre. ¿Cómo puede ser que pasa el tiempo? ¿Cómo es posible que ahora estoy vivo, en la vida, consciente y vital, y que dentro de poco estaré en la nada, en la oscuridad eterna, todo esto aniquilado, todo olvidado?

Todo es un misterio. Nadie sabe qué es la vida ni el tiempo. Nadie sabe por qué existe algo en vez de nada.

Todos entendemos estas preguntas y las angustias que despiertan, pero muy pocas personas pueden convertir estas dudas en obras de arte que contengan vida. Es decir, que puedan contestarle a la nada con vida. Si existe la inmortalidad debe estar escondida en el presente –que también es un enigma inexplicable. No se puede llegar solo, hay que descubrirlo de la mano de alguien. Tolstoi puede llevarte.

28.3.14

Club del Libro

Hoy: Sede Universidad Central, centro




Juan Bonilla gana la Bienal de Novela Mario Vargas Llosa

El territorio de la Novela:La Imaginación

 La vida del poeta ruso Vladímir Maiakovski en Prohibido entrar sin pantalones  se convierte en la primera obra en ganar el galardón

Juan Bonilla, tras ser anunciado ganador del premio Vargas Llosa. / E.Benavides./elpais.com

Vladímir Maiakovski, el poeta que "escribía poesía lírica pero roncaba como un poeta épico" ha vuelto gracias a Juan Bonilla y con el impulso de Mario Vargas Llosa. La vida del vanguardista ruso, recreada por el escritor español en Prohibido entrar sin pantalones (Seix Barral), se ha convertido en la primera obra en ganar la I Bienal de Novela Mario Vargas Llosa, en Lima. "Una obra redonda y nabokoviana", según J. J. Armas Marcelo, director de la Cátedra Vargas Llosa. Y escrita, recuerda su autor, bajo el influjo de "los violentos y apasionados poemas vertiginosos de la juventud de Maiakovski, los propagandísticos de la Revolución rusa y las sátiras épicas de sus últimos años".
Un libro con una biografía de aire maiakovskiano: hace unos 30 años el ímpetu y los apasionados versos del poeta ruso y su romántica y trágica vida sedujeron al joven Bonilla (Jerez, 1966); hace 13 años al escritor se le ocurrió la novela cuando el poeta ruso se le cruzó en otra investigación y ya se negó a irse de su cabeza; hace dos entregó la novela a la editorial; hace uno llegó a las librerías; en diciembre no figuró en España en las listas de los mejores títulos de 2013 y ahora ha sido elegida, por un jurado internacional, como la mejor novela en español de los dos últimos años. Bonilla recibirá 100.000 dólares (unos 75.000 euros), una escultura exclusiva donada por el artista peruano Fernando de Szyszlo y un periplo por América y España que acaba de empezar.
Maiakovski enseguida se me apareció como un gran espejo en el que reflejar toda su época y en el que combatían cuestiones importantes como el papel del artista en la sociedad en sus dos vertientes: el papel del artista contra el poder y el papel del artista al servicio del poder
La semilla de Prohibido entrar sin pantalones prendió en 2001, durante una beca de la que Bonilla disfrutó en Roma para hacer una novela sobre los futuristas italianos que fueron a la Guerra Civil. Un día apareció el enfrentamiento entre futuristas rusos -bolcheviques y futuristas italianos -fascistas. “Entre los primeros se alzó gigantesca la figura de Maiakovski, que enseguida se me apareció como un gran espejo en el que reflejar toda su época y en el que combatían cuestiones importantes como el papel del artista en la sociedad en sus dos vertientes: el papel del artista contra el poder y el papel del artista al servicio del poder, además de esa contradicción vital que marcó su destino de creer en el arte como instrumento de transformación social pero necesitar, para ello, llegar a un público amplio. Por debajo estaba su historia de amor con Lily Brik. Abandoné el proyecto que me había llevado a Roma, y me decidí a escribir una novela con/de/desde/sobre/para/trasMaiakovski, pero no encontré la manera hasta muchos años después”.
El nombre del ganador se dio a conocer en el Gran Teatro Nacional de Lima, con la asistencia del premio Nobel peruano y anfitrión de este encuentro literario. Las otras dos novelas finalistas eran Las reputaciones (Alfaguara), de Juan Gabriel Vásquez, y En la orilla (Anagrama), de Rafael Chirbes. En esta primera edición se presentaron 325 títulos.
Blecua, como presidente del jurado, anunció el ganador poco antes de las diez de la noche del jueves. La entregra sirvió de clausura de la Bienal Vargas Llosa (del 24 al 27 de marzo). El acto fue precedido por la mesa redonda Literatura de la violencia y dos actuaciones musicales coloridas y andinas: Cecilia Carranza (la artista de quien está enamorado con 20 años Felícito Yanaqué, protagonista de la última novela de Vargas Llosa, El héroe discreto) y el grupo de danza Elenco Nacional del Folclor. 
Terminaron así cuatro días en los que Lima se convirtió en la capital de la literatura con más de 30 escritores, 12 mesas redondas por toda la ciudad y un premio de escala internacional
El jurado estuvo integrado por Nélida Piñón, José Manuel Blecua, Marco Martos, Christopher Domínguez Michael y David Gallagher; además de J. J. Armas Marcelo, director de la Cátedra Vargas Llosa, que actuó de secretario. El premio, financiado por la Cátedra Vargas Llosa, la Universidad de Tecnología e Ingeniería de Perú y Acción Cultural de España, es el segundo de estas características que se entrega en el ámbito hispanohablante. El otro, que se concede los años impares, es el Rómulo Gallegos, creado en 1967 y que entonces ganó, precisamente, Vargas Llosa con La casa verde, y en el cual Bonilla fue finalista en 2005 con Los príncipes nubios, y que al final ganó Isaac Rosa con El vano ayer
Terminaron así cuatro días en los que Lima se convirtió en la capital de la literatura, según el Nobel peruano. El escritor se mostró emocionado y conmovido por la acogida de esta Bienal que lleva su nombre. En especial, reconoció, porque espera que con estas actividades se haya fomentado y promovido la lectura y espera que "prospere y sirva para aumentar el número de lectores".
La Bienal congregó a una treintena de autores latinoamericanos y españoles en 12 mesas redondas. Los encuentros literarios se realizaron en ocho universidades: Ricardo Palma, Femenina del Sagrado Corazón, Mayor de San Marcos, Peruana Cayetano Heredia, San Ignacio de Loyola, Peruana de Ciencias Aplicadas, de Lima, Católica del Perú; y en el Museo de Arte Contemporáneo y en el Teatro Nacional.
Entre los invitados a estas jornadas estuvieron los escritores Sergio Ramírez, Javier Cercas, Piedad Bonnett, Rosa Montero, Alonso Cueto, Héctor Abad Faciolince, Fernando Iwasaki, Arturo Fontaine, Leila Guerrriero, Gabriela Wiener, Edmundo Paz Soldán  y Santiago Roncagliolo.

Geopolítica de un premio literario

El territorio de la Novela:La imaginación

Cuarto y último día de la semana de celebraciones literarias que rodean al Primer Premio de Novela Mario Vargas Llosa: mesas redondas, fotografías de Mordzinski, bailes en la noche de Barranco, dos finalistas de cuerpo presente, Juan Bonilla y Juan Gabriel Vásquez y uno más ausente, Rafael Chirbes. Todo eso y una frase muy atractiva que va de oído en oído: el premio que lleva el nombre del nobel peruano ha nacido como una alternativa liberal al Premio de Novela Rómulo Gallegos, el gran premio latinoamericano de ficción  de siempre

Mario Vargas Llosa en Lima./elmundo.es


La tesis consiste en asumir que el Rómulo Gallegos ha sido 'secuestrado' por el Gobierno venezolano (el país en el que se organiza el premio), que condiciona el fallo en función de sus intereses. No es una idea nueva. Desde 2005, el año en el que 'El vano ayer' del español Isaac Rosa ganó el Rómulo, hay denuncias por la politización del jurado. La paradoja es que el Rómulo Gallegos había nacido como un contrapeso de la influencia cubana en la cultura latinoamericana; o sea, lo contrario.
¿Algo de eso hay? "Claro que lo hay, sin ningún complejo", contesta el director de la Cátedra Mario Vargas Llosa, Juancho Armas Marcelo, el anfitrión, junto a Vargas Llosa, de estos días en Lima. "Fíjese que así lo han entendido los venezolanos; hoy me han llamado de dos emisoras venezolanas para preguntarme por el premio".
Si es así, el nombre está bien escogido, porque no tenemos en el mundo hispano otro santo liberal como Mario Vargas Llosa, de nuevo presente en la actualidad política peruana. Hace dos años justos, cuando Perú elegía a su nuevo presidente la República, Vargas Llosa anunció que apoyaba al entonces candidato Ollanta Humala, por delante de Keiko Fujimori, la representante natural de la burguesía, pero también la heredera de los años de infamia fujimoristas. Aquel apoyo fue una sorpresa para todos los que ubicábamos a Humala en las afueras del chavismo.
Cuarenta y tantos meses después, Humala y Vargas Llosa están aún más unidos. "Mario se ha convertido en la voz que susurra a Humala al oído", explicaba estos días un representante de la delegación del Gobierno español que ha aprovechado el premio para tratar con sus pares peruanos. Los periodistas españoles que estos días ojeamos los periódicos peruanos asistimos a la última prueba de esa inesperada asociación. En resumen: el ex presidente Alan García, viejo enemigo de Vargas Llosa, acusó a Humala de nepotismo y cargó contra Nadine Heredia, la mujer del presidente. Inmediatamente, Vargas Llosa le afeó sus palabras.
Hace dos años, también, cuando Humala llamaba a las puertas de la presidencia de la República, no era difícil escuchar a los hombres de negocios de los barrios blancos de Lima presagiar un exilio económico como el de los venezolanos que huyeron del chavismo. Recordarlo suena a broma, hoy. La economía de Perú sigue creciendo a toda velocidad gracias a su papel como proveedor de minerales para China y Humala dirige una política completamente liberal. "En la cultura de este país está la desconfianza en el Estado, porque del Estado no ha venido casi nada bueno durante la historia", comentaba estos días el escritor peruano Santiago Roncagliolo.
Vargas Llosa, además de susurrar al presidente Humala, entregará esta tarde (madrugada de España) el premio. Los contendientes, para que nadie se escandalicen, no tienen ningún sesgo político. 'En la orilla' de Chirbes (Anagrama) podría ser la novela de cabecera de cualquier manifestante del pasado 22M. 'Prohibido entrar sin pantalones', de Bonilla (Seis Barral), retrata a un héroe soviético, Vladimir Maiakovski, en su grandeza y en su miseria (también políticas). 'Las reputaciones', de Juan Gabriel Vásquez en cambio, habla de políticos pero no tiene gran chicha politica.