13.5.19

4 trucos para convertirte en un lector voraz (y los beneficios que te traerá serlo)

En febrero de 2018, el cohete de Elon Musk Falcon Heavy dejó la tierra con una inusual carga a bordo
La lectura  puede transportarte a lugares lejanos donde el tiempo ya no importe./BBC/ALAMY.

En lugar de equipamiento o astronautas, el visionario empresario introdujo su auto, un Tesla Roadster color cereza. Un maniquí vestido con un traje espacial ocupaba el asiento del conductor.
Pero la verdadera sorpresa estaba en la guantera. Ahí, inmortalizada en vidrio grabado, había una copia de la serie Fundación del escritor Isaac Asimov.
Ambientada en un decadente imperio galáctico de un futuro muy lejano, la saga de ciencia-ficción despertó el interés de Musk por los viajes espaciales cuando era un adolescente.
Tal es el poder de los libros. La lectura ha plantado semillas en las mentes de innumerables innovadores.
Barack y Michelle Obama ante un grupo de genteDerechos de autor de la imagenGETTY IMAGES
Image captionEl expresidente de Estados Unidos Barack Obama dijo que la lectura le enseñó quién es y cuáles son sus creencias.
Incluso si no tienes ambiciones tan elevadas, la lectura le puede dar un impulso a tu carrera: se sabe que este hábito reduce el estrés, estimula el funcionamiento del cerebro e incluso mejora la empatía.
Sin olvidar los evidentes beneficios de toda la información que contienen sus páginas.
Así que aquí está tu guía de las ventajas probadas de leer libros y algunos consejos para unirte al exclusivo club de personas que lo hacen al menos durante una hora al día.

Más empatía

Piensa en la empatía.
Aunque el mundo de los negocios tradicionalmente ha dejado de lado la inteligencia emocional a favor de otros factores como la seguridad y la capacidad de tomar decisiones importantes, en los últimos años se ha empezado a valorar más como un talento importante.
En 2013, el psicólogo social David Kidd se preguntaba qué actividades pueden llevar a tener más empatía.
"Y, como lector de toda la vida, se me ocurrió que la ficción es un lugar donde regularmente nos implicamos en las experiencias únicas de otras personas", dice.
Junto con un colega de la Nueva Escuela para la Investigación Social en Nueva York, Kidd investigó si la lectura puede mejorar la capacidad de entender que otras personas tienen pensamientos y deseos y que estos pueden diferir de los de uno mismo.
LectoresDerechos de autor de la imagenGETTY IMAGES
Image captionLa lectura ha plantado semillas en las mentes de innumerables innovadores.
No es lo mismo que la empatía, pero las dos habilidades están estrechamente vinculadas.
"La mayoría de las personas, si saben cómo se sienten los demás, usarán esa información positivamente, de manera social".
Además de mejorar tu capacidad para entenderte con colegas y empleados, la empatía puede conducir a reuniones y colaboraciones más productivas.
"Hay investigaciones que demuestran que las personas tienden a ser más productivas en grupos en los que se sienten libres para expresar su desacuerdo, especialmente cuando se trata de tareas creativas", explica Kidd.

Consejos de ávidos lectores

Ahora que estás convencido de los beneficios de la lectura, considera esto: según un estudio de 2017 realizado con 1.875 personas por el regulador de medios británico Ofcom, el adulto británico medio pasa cerca de dos horas y 49 minutos en su teléfono cada día.
Imagen difuminada de una tienda de librosDerechos de autor de la imagenGETTY IMAGES
Image captionLa lectura es una buena manera de aumentar nuestros conocimientos.
Para alcanzar el objetivo de una hora diaria de lectura, la mayoría de las personas tendrían que reducir en un tercio el tiempo que le dedican al teléfono.
Para ayudarte en el camino, ya seas un acaparador nato de libros o un petulante exagerado, te ofrecemos algunos consejos de personas que se llaman a sí mismos con orgullo "ávidos lectores".

1. Lee porque quieras hacerlo

Cristina Chipurici aprendió a leer sola cuando tenía 4 años. Devoró cada libro que había en la casa de sus padres. Pero entonces, algo sucedió.
"Una vez que empecé la primaria y la lectura se volvió obligatoria, desarrollé una especie de repulsión hacia la actividad, causada por el profesor de Lengua que teníamos, que me hizo no querer leer un libro nunca más", cuenta.
Esta aversión a los libros duró hasta que tenía veintitantos años, cuando Chipurici empezó a darse cuenta, poco a poco, de lo que se estaba perdiendo, de lo avanzados que estaban los que leían y la importante información que contenían los libros.
Tres chicas jóvenes leyendoDerechos de autor de la imagenGETTY IMAGES
Image captionLa lectura tiene efectos positivos tanto en nuestro estado de animo como en nuestra personalidad.
Aprendió a amar la lectura otra vez y terminó por establecer The CEO Library, una página web sobre los libros que han dado forma a las carreras de las personas más exitosas del mundo, desde autores a políticos pasando por magnates de las finanzas.
"Hubo muchos factores que explican este cambio, desde mentores, la decisión de invertir en un curso online donde descubrí un sistema educativo diferente, la lectura de los artículos del blog de Ryan Holiday, y probablemente muchos otros factores de los que no soy consciente".
La moraleja de esta historia es que lo recomendable es leer porque quieras hacerlo y no dejar nunca que se convierta en una tarea.

2. Encuentra el formato de lectura ideal para ti

Pese a que el bibliófilo típico es alguien que camina cargado de libros físicos y tiene una predilección por las primeras ediciones como si fueran preciosos artefactos de la antigüedad, no tiene por qué ser así para todos.
"Tengo dos horas de camino al trabajo y de vuelta a casa", señala Kidd. "No es ideal pero da mucho tiempo para leer".
En sus viajes no al volante, se ha dado cuenta de que es mucho más conveniente leer en una pantalla, como la de su teléfono, que cargar con un libro todo el tiempo. Cuando lee no ficción, recurre a los audiolibros.
Montaje de un auto y de fondo la TierraDerechos de autor de la imagenGETTY IMAGES
Image captionElon Musk grabó novelas de ciencia ficción de Isaac Asimov en la guantera del auto Tesla que lanzó al espacio con el cohete Space X Falcon Heavy.

3. No te pongas objetivos intimidantes

Mantener el ritmo de los hábitos de los grandes ejecutivos puede ser una tarea intimidante.
Dos destacados triunfadores entrevistados para The CEO Library son Fabrice Grinda, un emprendedor tecnológico que empezó con US$100.000 de deuda en tarjetas de crédito y ahora ha amasado una fortuna de más de US$300 millones al vender sus acciones en exitosas inversiones, y Naveen Jain, un empresario y filántropo que fundó Moon Express, una startup de Silicon Valley que aspira a minar la Luna para obtener recursos naturales.
El primero lee 100 libros al año, al segundo le gusta despertarse a las 4 de la madrugada para leer libros durante tres horas.
Pero no hace falta que sea así. Andra Zaharia experta freelance en marketing de contenido, tiene un podcast y es una apasionada lectora. Su consejo preferido es: evita expectativas poco realistas y objetivos intimidantes.
"Incorporar la lectura diaria, creo, es cuestión de empezar poco a poco", dice Zaharia.
Joven ante estanteríaDerechos de autor de la imagenGETTY IMAGES
"No tienes que fijarte un objetivo de 60 libros al año. Los libros en Kindle pueden ser más fáciles porque no puedes ver fácilmente cuántas páginas te quedan", explica.

4. Si realmente te cuesta trabajo, aplica la "regla de las 50"

Esta regla te ayudará a decidir cuándo debes dejar un libro. Si eres propenso a abandonar una lectura en la página cuatro de forma despiadada o tienes que hacer un gran esfuerzo con tomos que has empezado a odiar, la idea es leer 50 páginas y entonces decidir si, como diría Marie Kondo, el libro "te genera alegría". Si no lo hace, déjalo.
La estrategia la ideó la escritora, bibliotecaria y crítica literaria Nancy Pearl, que la explicó en su libro Book Lust.
Incluye una advertencia pensada para personas que tienen más de 50 años, a quienes les sugiere que resten su edad de 100: la cantidad resultante es el número de páginas que deben leer porque -apunta Pearl- según cumples años, la vida se hace realmente demasiado corta para leer libros malos.
Así que ahí lo tienes. Soltar el teléfono solo una hora al día y sustituirlo por un libro puede aumentar tus niveles de empatía y hacerte más productivo. Si las personas más ocupadas y exitosas pueden hacerlo, tú también.
Quién sabe qué harás con todo ese conocimiento e inspiración adicional. Quizá termines teniendo tu propio emprendimiento espacial.

Este artículo fue elaborado para la versión digital de Centroamérica Cuenta, un festival literario que se celebra en San José de Costa Rica entre el 13y el 17 de mayo.

10.5.19

Gustavo López disecciona "violencia sempiterna" de Colombia en primera novela

El título de la novela se basa en una cita del escritor valenciano Rafael Chirbes en la que afirma: "Me dan mucho miedo esos muertos sin herederos en los que nos hemos convertido", y de los "dormidos" que permanecen impasibles a la violencia.
Gustavo López Ramirez, escritor colombiano, autor de Los dormidos y los muertos novela.

Portada 
En los 217 días que transcurrieron entre la muerte del ex presidente conservador Laureano Gómez (1950-1951) y la del cura guerrillero Camilo Torres está condensado el hervidero que fue la violencia en Colombia, todavía inherente y que el escritor Gustavo López disecciona en su primera novela.
La intención de López (Caldas, 1958) al escribir "Los dormidos y los muertos" (Rey Naranjo) no era ejercer ningún juicio moral sobre aquella Colombia de los años 60, sino mostrar a las generaciones actuales "que hubo un pasado que todavía nos escuece, que todavía nos duele".
"La novela se escribe con la intención de mostrar la violencia en la provincia porque nuestras violencias sempiternas han sido unas violencias rurales, marginales, periféricas", explica López en una entrevista con Efe.
Para dibujar el retrato de aquella sociedad, López se vale de una familia ficticia de la ciudad de Manizales (centro), los Almanza, que está encabezada por un barbero conservador fanático de Laureano Gómez, Deogracias; un hijo mayor que sale del seminario para abrazar la lucha guerrillera, León, y un hijo menor, Eccehomo, que sigue los pasos de su hermano.
López admite que hay ciertos rasgos autobiográficos en la vida de los Almanza porque "un escritor escribe en cierta manera para exorcizar sus demonios, sus propios recuerdos, según la frase de (Mario) Vargas Llosa".
Por eso, Deogracias Almanza tiene la misma profesión que el padre de Gustavo López.
La novela, que fue presentada en la Feria Internacional del Libro de Bogotá (Filbo), que terminó este lunes, transcurre en la ciudad de Manizales, capital de Caldas (centro), a la que López llegó cuando tenía cuatro años junto a sus 11 hermanos, provenientes de Aranzazu, un pueblo de los alrededores.
A diferencia de los López, los Almanza de la novela llegan a Manizales desde el departamento de Santander (noreste) huyendo de la violencia entre liberales y conservadores que vivió Colombia desde la década de los años 40.
"Los ojos del niño bien abiertos seguían fijos en el mazacote de coágulos y barro que salía de los ojos y las narinas de aquellos hombres que por fin traían hasta la casa de la familia Almanza en Manizales una imagen concreta de lo que todos llamaban la violencia", escribe el autor en las páginas del libro.
La historia está contada desde los ojos de Eccehomo, adolescente al inicio de la novela y que poco a poco va entrando en la madurez a medida que avanzan las páginas y entra en contacto con el mundo revolucionario de su hermano León.
Deogracias y León, padre e hijo, representan las dos almas de esa Colombia dividida: la "profunda, católica y ultramontana" y la que iba "emergiendo lentamente desde el caparazón", que intentaba "rectificar el camino".
"El problema es que la intención de esa generación se perdió en el abismo de la violencia. Si hubiera habido una forma distinta de acercarse al fenómeno de la ruptura con el padre, acercarse de otra manera a buscar un cambio no solo de estructuras sino de métodos hubiera sido otro el transcurrir de la Colombia de los 70", dice sobre la violencia guerrillera.
A lo que añade: "nosotros tenemos un afecto por lo fáctico, por el camino violento en vez de esperar y tener la suficiente solvencia intelectual de solucionar los problemas por otros medios".
El título de la novela se basa en una cita del escritor valenciano Rafael Chirbes en la que afirma: "Me dan mucho miedo esos muertos sin herederos en los que nos hemos convertido", y de los "dormidos" que permanecen impasibles a la violencia.
"Tenemos una realidad en la que los muertos nos hablan, nos indagan desde la historia violenta de este país. Y nos ha llevado a una situación en la cual la muerte se ha forjado como una cultura", sentencia.
Gustavo López afirma que no quiere convertirse en un autor de género y que escribió la novela "para aligerar el espíritu de todos esos recuerdos infantiles", por lo que añade: "A mí lo que me interesa es contar la historia pero ya dejar este capítulo cerrado y pasar a otros temas". EFE

La fotografía que no gustó a García Márquez pero acabó en la carátula de ‘Cien años de soledad’

El mexicano Rodrigo Moya revive una icónica sesión fotográfica que expone una de las facetas más íntimas del Nobel colombiano

Hoja de contactos de la sesión fotográfica de García Márquez en 1966. 

Gabriel García Márquez tenía prisa. Se sentó en uno de los sofás y explicó que necesitaba tomarse una foto para un libro que le importaba mucho. "Cuando lo conocí, me cayó gordo", recuerda Rodrigo Moya (Medellín, 1934), el fotógrafo que asumió el encargo. La sesión fotográfica se realizó el 29 de noviembre de 1966, seis meses antes del lanzamiento de Cien años de soledad. Las imágenes fueron rechazadas en un inicio, pero eventualmente llegaron a la contraportada de las primeras ediciones internacionales de esta obra clásica de la Literatura latinoamericana y se convirtieron en uno de los testimonios gráficos más icónicos de García Márquez. "Cada fotografía tiene una historia", cuenta Moya antes de zambullirse en un océano de 40.000 fotografías, el mar de su legado. Esto es lo que pasó hace 52 años.
García Márquez llegó sobre las once de la mañana al apartamento de Moya en los edificios Condesa, en el centro de Ciudad de México. Estaba serio, la cámara lo ponía nervioso, cuenta Moya. "¿Cómo quieres la fotografía?", preguntó. El fotógrafo conoció a Gabo en casa de Alicia, su madre, una guapa inmigrante antioqueña que mató el hambre de García Márquez, así como de otros artistas y exiliados sudamericanos, a golpe de sobrebarriga, sopa de patacones y otras delicias de la gastronomía colombiana. "Hazme un retrato a tu manera", le contestó el escritor.
Moya sacó su cámara, una Mamiya de doble lente, y sin iluminación artificial empezó a disparar hasta agotar dos rollos de 12 imágenes cada uno tras una hora y media de trabajo. "Me costó mucho trabajo moverlo, se quedó sentado todo el tiempo", cuenta el fotógrafo entre risas. Gabo ya era reconocido, pero era austero. Traía el saco de pata de gallo que casi siempre usaba, prendía un cigarrillo y bebía un café tras otro, mientras platicaba con Guillermo Angulo, un amigo colombiano en común y el maestro que enseñó a Moya el arte de la fotografía. Angulo, de hecho, tomó la cámara y disparó en un par de ocasiones, pero como no sabía usar muy bien ese modelo, la cara de García Márquez salió cortada. Las imágenes no hubieran sobrevivido en la guillotina de las cámaras digitales, pero era otro mundo: sin el botón de borrar, ni pantalla para las previsualizaciones ni Photoshop.


Rodrigo Moya sostiene un negativo de García Márquez.
Rodrigo Moya sostiene un negativo de García Márquez. A. B.


Gabo tomó la hoja de contactos y empezó a elegir. Una foto en la que sale con los ojos cerrados mientras exhalaba el humo del tabaco quedó sentenciada para siempre con un "NO", en mayúsculas. "Hablaba poco, pero era preciso", dice Moya, mientras pasa el dedo índice sobre la impresión de plata sobre gelatina. Dos fotos fueron las preferidas de García Márquez y en las dos sale con una mirada icónica, casi cómplice, como la de un niño de 39 años que acababa de cometer una travesura. "Cuatro copias", apuntó con el bolígrafo.


La imagen de García Márquez elegida por Penguin
La imagen de García Márquez elegida por Penguin R. MOYA


La última palabra, sin embargo, era la del editor, el pintor hispanomexicano Vicente Rojo, que descartó todas las fotos. "Yo veía a Rojo como un enemigo de la fotografía", dice Moya, en un reclamo sin rencores. "Te cambiaba el encuadre, ponía pintura sobre las fotos, las ponía de cabeza, era una locura", recuerda el fotógrafo. Al final, Penguin eligió una de las imágenes, que había pasado desapercibida por Gabo, por Rojo y por Moya, para la carátula de la edición en inglés. "Nunca supe por qué, supongo que son cosas de editores, a la fecha esta foto no me gusta", reconoce Moya encogido de hombros. La garabateada hoja de contactos volverá a salir este 9 de mayo a la luz en un evento de la casa de subastas Morton en el que se espera que se paguen entre 5.000 y 8.000 dólares.


EL OJO MORADO DE GABO

Rodrigo Moya, en su casa en Cuernavaca.
Rodrigo Moya, en su casa en Cuernavaca.

Diez años después de la foto para Cien años de soledad, Gabriel García Márquez volvería a tocar la puerta de la casa de Rodrigo Moya. Mario Vargas Llosa le había reventado el ojo izquierdo durante el estreno de Supervivientes de los Andes, la película de 1976,y quería que lo retrataran así. “Le dije: ‘Oye te dieron un chingadazo de poca madre’, solo así pude sacarle una sonrisa, estaba muy deprimido”, cuenta Moya.
Elena Poniatowska, relata el fotógrafo, salió de la premier a conseguirle un corte de carne para bajar la inflamación, pero no tuvo éxito. Ninguno de los dos premios Nobel involucrados quiso dar detalles sobre el pleito. Ni en ese momento ni más de 40 años después. “Meche, la esposa de Gabo, nos dijo que él se había acercado a abrazarlo, pero que Vargas Llosa había sido un celoso imbécil, pero no supimos más”, cuenta Moya. Ocho fotos sirvieron de testimonio y aún guardan el secreto.

"El fotógrafo tiene que captar la esencia de una persona y para eso es imprescindible que el fotógrafo tenga carácter", explica Moya sobre su visión de la fotografía, que ha reflejado en decenas de ensayos y en un archivo fotográfico al que su esposa Susan y él han dedicado los últimos 21 años. En un mundo en el que los fotógrafos eran "entes de segunda categoría", el joven Moya de 23 años retaba a sus retratados, los miraba a los ojos y no dudaba en castigarlos con una mala foto. "Si detestaba al personaje buscaba joderlo un poco, no podía tomar una foto neutra que dejara de lado mis convicciones", resume sin empacho.
Moya, que nació en Colombia por un capricho del destino, ha marcado una época en la fotografía mexicana, pero rechaza la etiqueta de artista. Su mirada se curtió en una cruzada contra la indiferencia, desde el ángulo de un hombre de izquierdas, influido como el hijo de un reconocido fotógrafo y con la obsesión de un apasionado coleccionista de riquezas marinas. Por su lente pasaron los tripulantes del Granma; un encuentro inédito entre los acérrimos David Alfaro Siqueiros y Diego Rivera; John F. Kennedy, Lázaro Cárdenas, Carlos Fuentes y María Félix; borrachos anónimos hundidos en una cantina, matones de ojos penetrantes y niñas que sueñan afuera de una juguetería. Miles y miles de historias, como la de su amigo: un novel escritor colombiano que se mordía los labios y sonreía tímidamente en vísperas de publicar su obra maestra.

17.4.19

Cuando García Márquez quiso ser corresponsal en Madrid

Una carta descubierta en un archivo estadounidense desvela que el escritor, de cuya muerte se cumplen cinco años, pidió instalarse en la ciudad al director de El Espectador tras su salida de Colombia en 1955


Pasaporte de García Márquez de 1955. HARRY RANSOM CENTER/elpais.com

Cuando el joven periodista Gabriel García Márquez tuvo que dejar Colombia en 1955 —había hecho enfurecer al Gobierno del dictador Rojas Pinilla por una serie de reportajes en la que vinculaba con el contrabando el accidente de un barco lleno de militares— comenzó una etapa de exilio errante por Europa, que le llevó, entre otras ciudades, a Ginebra, Roma y, sobre todo, a París, asegura el biógrafo del Nobel Dasso Saldívar. Pero también pasó por Madrid, la capital de otra dictadura, la franquista, donde pidió, aquel mismo año de 1955, al periódico El Espectador de Bogotá quedarse como corresponsal.
“Fue una de las ideas que les propuso a sus jefes en Colombia por aquella época. Es algo todavía un poco difuso y que habrá que estudiar más, pero parece que García Márquez pudo haberse establecido profesionalmente en Madrid”, cuenta el investigador del Whitman College Álvaro Santana Acuña sobre una carta fechada en 1955 y conservada por el Centro Harry Ransom de Humanidades de la Universidad de Texas, en Austin. Se trata, sin duda, de una de las sorpresas que ha encontrado al estudiar la correspondencia que mantuvo durante años el escritor con Guillermo Cano, director de El Espectador asesinado por sicarios de Pablo Escobar en 1986.. “García Márquez estuvo en Madrid y le propuso a Cano una columna de temas españoles, como por ejemplo un reportaje sobre Pío Baroja”, añade el investigador.

Las cartas de García Márquez a Cano fueron adquiridas a finales del año pasado por el Harry Ransom para seguir nutriendo sus ya gigantescos fondos sobre el autor, que incluyen desde finales de 2014 el archivo personal de García Márquez, que nació en Aracataca (Colombia) en marzo de 1927 y murió en México en abril de 2014, hace hoy exactamente cinco años.
La correspondencia con Cano, cuenta Santana Acuña, llena un hueco muy importante en la biografía del escritor, sobre sus penurias económicas en París o los reportajes que escribió durante aquellos en la Europa del Este: “Algunos de ellos, sobre la vida en los países comunistas, pensaba que eran de sus mejores reportajes”, apunta el especialista. Pero también incluye una misiva en la que García Márquez le explica a Cano que está escribiendo una novela titulada Cien años de soledad y le envía un fragmento que se publicó en El Espectador en 1966. “En la carta reconoce que es la primera vez en su vida que publica un fragmento de una novela que todavía no se ha publicado y que lo hace precisamente un poco siguiendo la pauta que habían marcado algunos de los grandes escritores de la época, como Carlos Fuentes o Mario Vargas Llosa”, explica Santana Acuña.
Este hecho —después publicaría otros siete fragmentos más en distintos medios que se distribuían en Latinoamérica, Norteamérica y Europa para pulsar la acogida de los mismos— es fundamental para entender el proceso de profesionalización como escritor de García Márquez, que es a su vez la base del libro que este investigador canario publicará el año que viene sobre los descubrimientos que ha hecho estudiando la ingente documentación del Harry Ransom: solo del archivo personal son 78 cajas de documentos, 43 álbumes de fotos y 22 cuadernos de recortes y notas, parcialmente digitalizado y abierto para consulta. Unos documentos que le permiten “reconstruir el proceso por el que García Márquez pasa de ser un talentoso escritor colombiano a un escritor latinoamericano y global”, asegura.
Borrador mecanografiado y con correcciones de Gabriel García Márquez del epílogo de 'Crónica de una muerte anunciada'. 1980.
Borrador mecanografiado y con correcciones de Gabriel García Márquez del epílogo de 'Crónica de una muerte anunciada'. 1980.HARRY RANSOM CENTER
Ese modo de trabajar tiene mucho que ver con una casi obsesiva búsqueda de opiniones externas y correcciones de los textos que, en el caso de Cien años de soledad, se concreta en los fragmentos anticipados en distintos medios, además de permanentes consultas a amigos, colegas y críticos. Entre ellos, se cuentan el poeta Álvaro Mutis, la actriz María Luisa Elío y su marido, el cineasta Jomi García Ascot (a quienes leía el libro, según lo iba escribiendo, casi a tiempo real), el crítico Emmanuel Carballo y el escritor Carlos Fuentes (a quien envió las primeras 80 páginas) y sus amigos del grupo literario de Barranquilla.
Los tachones de los manuscritos del autor dan fe de ese procedimiento de mejora, pero también el hecho de que entre el primer capítulo que se publicó en mayo de 1966 en El Espectador y el de la edición final de 1967 “hay hasta 42 cambios significativos”. Un ejemplo: las casas de Macondo que al principio eran de “adobe” acabaron siendo de “de barro y cañabrava”.

Documentos inéditos

Ese proceso también estará en el centro de la exposición que él mismo está dirigiendo como comisario y que se podrá ver a partir de febrero del año que viene en el Harry Ransom en Austin, Texas, bajo el título Gabriel García Márquez, la creación de un escritor global. El investigador promete “documentos inéditos y poco conocidos” y explica que habrá una sección que mostrará los distintos momentos de su vida, otra dedicada exclusivamente a la creación de Cien años de soledad y a su impacto, otra sobre su activismo político y una más dedicada a los manuscritos de otras obras como El amor en los tiempos del cólera o Crónica de una muerte anunciada, “para que se vean diferentes cambios en el proceso de trabajo a lo largo de su vida”.
También habrá una parte dedicada a la trascendencia global de su obra, con ejemplos de aquellos escritores a los que ha influido en todo el mundo (desde Toni Morrison a Haruki Murakami) y también de los que se nutrió el colombiano. “En el Harry Ransom hay documentación que vamos a poder mostrar, por ejemplo, de James Joyce, Jorge Luis Borges o William Faulkner, y también estamos en conversaciones para que se pueda exhibir el manuscrito de Rayuelade Cortázar”, señala Santana Acuña.
Se pondrán en diálogo recursos narrativos como el monólogo de varias páginas de Fernanda del Carpio tras enfadarse con su marido en Cien años de soledad y el de Molly Bloom al final del Ulises, de Joyce. O la técnica de los narradores y las perspectivas múltiples de Mientras agonizo y La hojarasca. O las relaciones estilísticas entre El viejo y el mar, de Hemingway, y Relato de un náufrago (el libro en el que Gabo reunió en 1971 la serie de reportajes que le costó en 1955 la enemistad con el Gobierno colombiano del dictador Rojas Pinilla).
La inauguración de la exposición está prevista para los primeros días de febrero de 2020, para permanecer en el centro de Austin hasta junio. Después, los organizadores ya están en conversaciones con museos de México para que la exposición viaje allí a principios de verano.

UN FESTIVAL DE PERIODISMO EN BARCELONA PARA CELEBRAR A GABO

Barcelona trabaja para acoger en la primavera de 2020 un festival de periodismo organizado por la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI), fundada por Gabriel García Márquez en 1995. Jaime Abello, su director general, explica que la idea es hacer una réplica, más pequeña, del festival que la organización celebra en otoño en la ciudad colombiana de Medellín, con debates y ponencias sobre los retos y el futuro de la profesión periodística. En 2018 reunió a unos 15.000 asistentes. Uno de los principales objetivos de la fundación con estos encuentros es devolver a la sociedad la confianza en el periodismo de calidad.
Entre todas las ciudades en las que residió el Premio Nobel de Literatura, Barcelona siempre ocupó un lugar especial para el escritor. Allí vivió entre 1967 y 1975 y después nunca dejó de visitarla.

8.4.19

El colmillo del premio Nobel

Gustavo Tatis Guerra realiza en La flor amarilla del prestidigitador un recorrido sentimental y literario por el entorno familiar de Gabriel García Márquez

Gabriel García Márquez, en 1969 en Roma con su familia. 


El dentista de Gabriel García Márquez llevaba colgado al cuello un dije engastado en oro. No era el diente de un tiburón ni un trofeo arqueológico sino un colmillo humano, el incisivo superior derecho del premio Nobel de Literatura que, además de paciente, fue su amigo y padrino de uno de sus hijos. Solicitó semejante honor el propio Gabo, sorprendido al comprobar que su nombre y el de su mujer, Mercedes Barcha, se añadían así a la ya larga lista de protectores y testigos que acudieron a dar fe del agua bautismal administrada al recién nacido. Los García Márquez fueron los padrinos números 13 y 14 de la ceremonia. ¡Todo un bautizo macondiano!, pudo exclamar Gabriel con entusiasmo. Gustavo Tatis Guerracuenta esta anécdota en medio de otras muchas en su libro La flor amarilla del prestidigitador. Es un recorrido sentimental y literario por el entorno familiar de García Márquez, sus sueños y anhelos infantiles, la muy especial relación que tuvo con sus padres y los demonios y ángeles interiores a los que estuvo sometido y por los que estuvo encandilado a lo largo de su existencia. La tesis vertebral de la obra es la suposición de que en realidad Cien años de soledad es en gran medida una historia basada en la de la familia de su autor, aunque manipulada por su imaginación y el respeto debido a la memoria de sus ancestros. El coronel Aureliano Buendía sería así una recreación hiperbólica de su abuelo paterno.
En esta época en que proliferan la literatura y los libros basura sobre el periodismo (tantas veces también periodismo basura) es de agradecer el esfuerzo de Tatis por ofrecernos un relato cuyo eje gira en torno a la excelencia de ambos oficios. Su texto, que no escapa a la benéfica influencia estilística del creador de Macondo, recupera para nosotros el reconocimiento del periodismo como género de la literatura, algo que siempre defendió García Márquez, y de lo que bien puede dudarse hoy a juzgar por la miserable calidad de tantas tertulias televisivas y las columnas que inundan de mierda el comentario político.
En la primavera de 1987 mantuve con Gabo en Barcelona una conversación de más de cuatro horas previa a la elaboración de un libro sobre su figura que me había encargado Hans Meinke para el Círculo de Lectores. Fruto del encuentro fue un largo perfil del escritor y una entrevista con él que yo convertí en monólogo, como para poder ser representado algún día. Trataba así no tanto de inmiscuirme en sus palabras sino en sus sentimientos, procurando imbuirme de ellos, reír y sufrir con el personaje, y compartirlos luego con su extensa nómina de admiradores. Como era habitual en él, me pidió que no utilizara grabadora para la conversación, sino solo papel y pluma para tomar notas. Este es un hábito que siempre he recomendado también yo. Lo importante en nuestro trabajo es saber escuchar, no tanto reproducir literalmente lo que otros dicen, sino lo que nosotros mismos somos capaces de entender. De otra manera corremos el peligro de traicionar al interlocutor, pues su lenguaje corporal, su mirada, sus aspavientos o su quietud forman parte tanto o más que sus palabras de lo que quiere expresar. Como no quería traicionar sin embargo su confianza me permití enviarle las pruebas de imprenta tanto de la pequeña biografía que pergeñé como de su improvisado soliloquio. Me las devolvió con algunas correcciones menores y un mensaje escrito de su puño y letra: “¡Por fin alguien que cuenta una historia sobre mí que es cierta!”.

Gabo tenía, según su padre, dos cerebros. En uno le funcionaba una memoria inagotable, en el otro una imaginación sin límites

Ignoro si Tatis Guerra tuvo oportunidad de enseñarle a Gabo los escritos y crónicas sobre él y su familia que ahora se han editado; pero en lo que valga mi testimonio sobre la persona del escritor, cuya amistad cultivé durante muchos años, la fidelidad al personaje que de ellas emanan es absoluta. Tatis Guerra ha interrogado a los padres, hermanos, amigos, profesores y colegas de García Márquez, ha buceado en el tiempo para descubrir sus semejanzas con los principales personajes de la obra capital de Gabo, ha desmenuzado sus escritos y escudriñado sus secretos. El resultado de su investigación, en la que no descuida la crítica literaria, es para él definitivo: el realismo mágico que García Márquez logró acuñar como género novelístico, troncal para un cierto periodo de nuestra literatura, es en gran medida la transliteración de los hechos que el propio escritor vivió. Tímido, educado y soñador, Gabo tenía en opinión de su padre como dos cerebros, ambos proteicos y llenos de redes neuronales. En uno le funcionaba una memoria inagotable, y en el otro una imaginación sin límites. Pero yo oí en muchas ocasiones al propio García Márquez que esta era siempre superada por la realidad misma y que el realismo mágico, en su pluma, era menos mágico y más real de lo que la gente podía creer. Esto no es de extrañar para nadie que conozca Colombia. Y quizás por lo mismo se sintió siempre muy atado a su profesión de periodista, de la que intentó inútilmente escapar y trató, inútilmente también, que huyera el autor del libro que comentamos.
Entre los recuerdos de infancia que Tatis Guerra menciona, está el castigo que su profesor Mesa Castillo le infligió cuando tenía 10 años porque confundía la letra “v” con la “b”. “Lo encerró en la biblioteca para que leyera las 10 primeras páginas de Las mil y una noches e identificara las palabras que aparecían con dichas letras”. Pero él en vez de hacer eso se dedicó a devorar materialmente el libro y a disfrutar con sus cuentos. Estos tropiezos ortográficos le debieron dejar honda huella. En el reciente congreso internacional de la lengua española celebrado en Córdoba todavía resonaron los ecos de su famoso discurso en el primero de dichos encuentros, habido en Zacatecas, México, hace más de 20 años. “Jubilemos la ortografía, terror del ser humano desde la cuna; enterremos las haches rupestres, firmemos un tratado de límites entre la ge y la jota”. “¿Y qué de nuestra be de burro y nuestra ve de vaca, que los abuelos españoles nos trajeron como si fueran dos y siempre sobra una?”. Algunos pensaron entonces que aquellas propuestas, como la de interrogarse qué sentido tiene la “u” detrás de la “q”, eran consecuencia de un afán provocador. Muy al contrario, surgían de una mentalidad curiosa e inocente, exenta de prejuicios, que le acompañó desde la niñez. Los terrores nocturnos de la ortografía tenían nombre y apellidos en los de su profesor.
García Márquez murió el día de Jueves Santo de hace cinco años en Ciudad de México. En un postrer homenaje, Tatis Guerra describe con pulcra emoción sus últimos momentos y recuerda la entereza de Mercedes, que tanto le amó y tanto le ayudó en vida, cuando dijo a sus hijos Gonzalo y Rodrigo: “Aquí no llora nadie. Aquí a lo puro macho de Jalisco”. Admiro y admiré a Mercedes como a la mujer hermosa y fuerte de la Biblia, alguien que todo hombre de bien hubiera querido tener a su lado en tanto que madre, esposa o hija. Pero desde la distancia en que me sorprendió la muerte de Gabito fui uno de los muchos que no la hicieron caso en aquel trance y lloré la pérdida del amigo. El más grande escritor de la lengua castellana de todo el siglo XX. Quizá desde Cervantes.
La flor amarilla del prestidigitador. Gustavo Tatis Guerra Navona, 2019. 240 páginas. 19 euros.

3.6.17

Cincuentaños de soledad multitudinaria

Cincuentaños de soledad multitudinaria
Le tenía cierta prevención al libro, porque guardaba el aura innegable de ser un best seller  y asumí leerla en el orden de las publicaciones que hasta entonces había publicado el autor

Primer capítulo de 'Cien años de soledad' publicado en 'El Espectador', de Bogotá.


Mi memoria conserva una nebulosa de recuerdos cuando fui voceador de periódicos y revistas y tengo muy vivo el momento, que en el paquete de ejemplares de El Espectador, en el suplemento literario,  Magazine Dominical, apareció Cien años de soledad. Yo tenía nueve años y la publicación fue el primero de mayo de 1966.Pero pasó inadvertida para mi infantil gusto de lector. Me gustaba más leer las aventuras de Santo, El enmascarado de plata, en las ediciones gráficas e ilustradas de  lo que hoy es boom mundial de la llamada novela gráfica.
En el año de 1973, mi hermana me entregó para leer el cuento La prodigiosa tarde de Baltazar. Como ya sabía, que tarde o temprano asumiría la escritura, me dediqué a leer a ese escritor nombradísimo que cada vez  más figuraba en los suplementos literarios y su mención notoria y notable permanentemente de su novela célebre Cien años de soledad. Le tenía cierta prevención al libro, porque guardaba el aura innegable de ser un best seller  y asumí  leerla en el orden de las publicaciones que hasta entonces había publicado el autor.
Me llegó la hora de leer la novela, porque ya había agotado leyendo toda su obra y era la única que me faltaba. La leí en quince días,fascinado en unas vacaciones escolares en el año de 1975, que también fue el año de la publicación de El otoño del patriarca. 
Es inolvidable cómo fue que escogí comprar en una librería de  libros usados de Quito. Pregunté: Tiene Cien años de soledad  y el librero al oír mi acento colombiano, me dijo: "De su paisano García Márquez". Pagué sesenta sucres de la época, en ese regateo infaltable de todo lector consumado.Me entregó un ejemplar de la mítica edición de soles y cabezas con la letra e invertida. Al lado había una cafetería y entré y pedí unas humitas, envueltos de maíz, muy suaves al paladar y con café negro. Y me hundí en la lectura embrujadora de la saga de los Buendía. A las diez de la noche el mismo mesero que me atendió me dijo que  ya cerraban. Pagué y salí ya embrujado de la prosa garciamarquiana.
Me confundían los José Arcadios y los Aurelianos.A los seis meses justos volví a releerla.Desde entonces , desde esa tarde y noche remota, la he leído cuarenta veces. Me volví un entusiasta gabófilo y ahora soy un gabólogo consumado, en este sencillo homenaje a los Cincuenta años de soledad multitudinaria. de su publicación en Buenos Aires.