2.10.11

El cuento del domingo

Truman Capote

Miriam

Desde hacía varios años Mrs. H. T. Miller vivía sola en un agradable apartamento (dos habitaciones y una cocina pequeña) de un viejo edificio de piedra recién rehabilitado, cerca del río Este. Era viuda: el seguro de Mr. H. T. Miller le garantizaba una cantidad razonable. Le interesaban pocas cosas, no tenía amigos dignos de mención y rara vez se aventuraba más allá del colmado de la esquina. Los otros habitantes del edificio parecían no reparar en ella: sus ropas eran anodinas; sus facciones, simples, discretas; no usaba maquillaje; llevaba el pelo gris acerado corto y ondulado sin mayor esmero, y en su último cumpleaños había cumplido sesenta y uno. Sus actividades rara vez eran espontáneas: mantenía inmaculados los dos cuartos, fumaba algún cigarrillo de vez en cuando, cocinaba ella misma y cuidaba del canario.

Entonces conoció a Miriam. Nevaba aquella noche. Después de secar los platos de la cena, hojeó un periódico vespertino y dio con el anuncio de una película en un cine de barrio. El título sonaba bien. Le costó trabajo ponerse su abrigo de castor, se anudó las botas impermeables y salió del apartamento. Dejó una luz encendida en el vestíbulo: nada le molestaba tanto como la sensación de oscuridad.

La nieve era fina, caía con suavidad, se disolvía en el pavimento. El viento del río sólo dejaba sentir su filo en las esquinas. Mrs. Miller se apresuró, abstraída, la cabeza inclinada, como un topo que cavara un camino ciego. Se detuvo en una farmacia y compró una caja de pastillas de menta.

Había bastante cola frente a la taquilla; se puso al final. Tendrían que esperar un poco (gruñó una voz cansada). Mrs. Miller hurgó en su bolso de cuero hasta que reunió el importe exacto de la entrada. La cola parecía que iba para largo; miró a su alrededor, buscando algo que la distrajera; de repente descubrió a una niña bajo el borde de la marquesina.

Su pelo era el más largo y extraño que había visto jamás: de un blanco plateado, como el de un albino; le caía hasta la cintura en franjas sueltas y uniformes. Era delgada, frágil. Su postura —los pulgares en los bolsillos de un abrigo de terciopelo ciruela hecho a medida— tenía una elegancia natural, peculiar.

Sintió una curiosa emoción, y cuando sus miradas se cruzaron, sonrió afectuosamente.

La niña se le acercó:

—¿Podría hacerme un favor?

—Con mucho gusto, si está en mi mano —dijo Mrs. Miller.

—Oh, es bastante sencillo. Sólo quiero que me compre una entrada; si no, no me dejarán entrar. Tome. Tengo el dinero.

Y le tendió graciosamente dos monedas de diez centavos y una de cinco.

Entraron juntas en el cine. Una acomodadora las llevó al vestíbulo; faltaban veinte minutos para que terminara la película.

—Me siento como una auténtica delincuente —dijo Mrs. Miller en tono alegre; se sentó—. Quiero decir que esto es ilegal, ¿no? Espero no haber hecho nada malo. ¿Tu madre sabe que estás aquí, amor? Lo sabe, ¿no?

La niña guardó silencio. Se desabrochó el abrigo y lo dobló sobre su regazo. Llevaba un cursi vestidito azul oscuro; una cadena de oro pendía de su cuello; sus dedos, sensibles, como los de un músico, jugaban con ella. Al examinarla con mayor atención, Mrs. Miller decidió que su verdadero rasgo distintivo no era el pelo, sino los ojos: color avellana, firmes, nada infantiles, tan grandes que parecían consumirle el rostro.

Mrs. Miller le ofreció una pastilla de menta:

—¿Cómo te llamas?

—Miriam —dijo, como si, de un modo extraño, repitiera una información conocida.

—¡Vaya, qué curioso!, yo también me llamo Miriam. Y no es precisamente un nombre común. ¡No me digas que tu apellido es Miller!

—Sólo Miriam.

—¿No te parece curioso?

—Medianamente. —Miriam presionó la pastilla con su lengua.

Mrs. Miller se ruborizó. Se sentía incómoda; cambió de conversación.

—Tienes un vocabulario extenso para ser tan pequeña.

—¿Sí?

—Pues sí. —Cambió de tema precipitadamente—. ¿Te gustan las películas?

—No sé —dijo Miriam—, no había venido nunca.

El vestíbulo se empezó a llenar de mujeres. Las bombas del noticiario explotaron a lo lejos. Mrs. Miller se levantó, presionando el bolso bajo su brazo.

—Más vale que me apresure a encontrar asiento —dijo—. Encantada de haberte conocido.

Miriam asintió apenas.

Nevó toda la semana. Las ruedas y los pies pasaban silenciosos sobre la calle; la vida era como un negocio secreto que perduraba bajo un velo tenue pero impenetrable. En aquella caída sosegada no había cielo ni tierra, sólo nieve que giraba al viento, congelando los cristales de las ventanas, enfriando los cuartos, mitigando, amortiguando la ciudad. Había que tener una luz encendida a todas horas. Mrs. Miller perdió la cuenta de los días: imposible distinguir el viernes del sábado; el domingo fue al colmado: cerrado, por supuesto.

Esa noche hizo huevos revueltos y un tazón de sopa de tomate. Luego, tras ponerse una bata de franela y desmaquillarse la cara, se acostó y se calentó con una bolsa de agua caliente bajo los pies. Leía el Times cuando sonó el timbre. Seguramente se trataba de un error; quienquiera que fuese enseguida se iría. Pero el timbre sonó y sonó hasta convertirse en un zumbido insistente. Miró el reloj: poco más de las once. No era posible; siempre se dormía a las diez.

Le costó trabajo salir de la cama; atravesó la sala con premura, descalza.

—Ya voy, ¡paciencia!

El cerrojo se había trabado, trató de moverlo a uno y otro lado, el timbre no paraba.

—¡Basta! —gritó.

El pasador cedió. Abrió la puerta unos centímetros.

—Por el amor de Dios, ¿qué...?

—Hola —dijo Miriam.

—Oh..., vaya, hola. —Mrs. Miller dio unos pasos inseguros en el recibidor—. Si eres aquella niña.

—Pensé que no iba a abrir nunca, pero no he soltado el botón. Sabía que estaba en casa. ¿No se alegra de verme?

No supo qué decir. Vio que Miriam llevaba el mismo abrigo de terciopelo ciruela y una boina del mismo color. Su cabello blanco había sido peinado en dos trenzas brillantes con enormes moños blancos en las puntas.

—Ya que me he esperado tanto, al menos déjeme entrar —dijo.

—Es tardísimo...

Miriam la miró inexpresivamente:

—¿Y eso qué importa? Déjeme entrar. Hace frío aquí fuera y llevo un vestido de seda. —Con un gracioso ademán hizo a un lado a Mrs. Miller y entró en el apartamento.

Dejó su abrigo y su boina en una silla. Era verdad que llevaba un vestido de seda. De seda blanca. Seda blanca en febrero. Mangas largas y una falda hermosamente plisada que producía un susurro mientras ella se paseaba por la habitación.

—Me gusta este sitio —dijo—, me gusta la alfombra, mi color favorito es el azul. —Tocó una rosa de papel en el florero de la mesa de centro—: Imitación —comentó con voz lánguida—, qué triste. ¿Verdad que son tristes las imitaciones? —Se sentó en el sofá, extendiendo su falda con delicadeza.

—¿Qué quieres? —preguntó Mrs. Miller.

—Siéntese —dijo Miriam—, me pone nerviosa ver a la gente de pie.

Se dejó caer en un taburete.

—¿Qué quieres? —repitió.

—¿Sabe?, creo que no se alegra de verme.

Por segunda vez carecía de respuesta; su mano se movió en un vago ademán. Miriam rió y se arrellanó sobre una pila de cojines lustrosos. Mrs. Miller advirtió que la niña no era tan pálida como recordaba; sus mejillas estaban encendidas.

—¿Cómo has sabido dónde vivía?

Miriam frunció el entrecejo.

—Eso es lo de menos. ¿Cuál es su nombre?, ¿cuál es el mío?

—Pero si no estoy en la guía telefónica.

—Ah. ¿No podemos hablar de otra cosa?

—Tu madre debe de estar loca para dejar que una niña como tú vaya por ahí a cualquier hora de la noche, y con esa ropa tan ridícula. Le debe faltar un tornillo.

Miriam se levantó y fue a un rincón donde colgaba de una cadena una jaula encapuchada. Atisbo bajo la cubierta.

—Es un canario —dijo—. ¿Puedo despertarlo? Me gustaría oírlo cantar.

—Deja en paz a Tommy —contestó ansiosa—. No te atrevas a despertarlo.

—De acuerdo —dijo Miriam—, aunque no veo por qué no puedo oírlo cantar. —Y luego—: ¿Tiene algo de comer? ¡Me muero de hambre! Aunque sólo sea pan con mermelada y un vaso de leche.

—Mira —Mrs. Miller se levantó del taburete—, mira, si te hago un buen bocadillo, ¿te portarás bien y te irás corriendo a casa? Seguro que es más de medianoche.

—Está nevando —le echó en cara Miriam—. Hace frío y está oscuro.

Mrs. Miller trató de controlar su voz:

—No puedo cambiar el clima. Si te preparo algo de comer, prométeme que te irás.

Miriam se frotó una trenza contra la mejilla. Sus ojos estaban pensativos, como si sopesaran la propuesta. Se volvió hacia la jaula.

—Muy bien —dijo—. Lo prometo.

¿Cuántos años tiene? ¿Diez? ¿Once? En la cocina, Mrs. Miller abrió un frasco de mermelada de fresa y cortó cuatro rebanadas de pan. Sirvió un vaso de leche y se detuvo a encender un cigarrillo. ¿ Y por qué ha venido? Su mano tembló al sostener la cerilla, fascinada, hasta que se quemó el dedo. El canario cantaba. Cantaba como lo hacía por la mañana y a ninguna otra hora.

—¿Miriam? —gritó—, Miriam, te he dicho que no molestes a Tommy.

No hubo respuesta. Volvió a llamarla; sólo escuchó al canario. Inhaló el humo y descubrió que había encendido el filtro... Atención, tenía que dominarse.

Entró la comida en una bandeja y la colocó en la mesa de centro. La jaula aún tenía puesta la capucha. Y Tommy cantaba. Tuvo una sensación extraña.

No había nadie en el cuarto. Atravesó el gabinete que daba a su dormitorio; se detuvo en la puerta a tomar aliento.

—¿Qué haces? —preguntó.

Miriam la miró; sus ojos tenían un brillo inusual. Estaba de pie junto al buró, y tenía delante un joyero abierto. Examinó a Mrs. Miller unos segundos, hasta que sus miradas se encontraron, y sonrió.

—Aquí no hay nada de valor —dijo—, pero me gusta esto. —Su mano sostenía un camafeo—. Es precioso.

—¿Y si lo dejas en su sitio...? —De pronto sintió que necesitaba ayuda. Se apoyó en el marco de la puerta. La cabeza le pesaba de un modo insoportable; sentía la presión rítmica de sus latidos. La luz de la lámpara parecía a punto de desfallecer.

—Por favor, niña..., es un regalo de mi marido...

—Pero es hermoso y lo quiero yo —dijo Miriam—. Démelo.

Se incorporó, esforzándose en formular una frase que de algún modo pusiera el broche a salvo; entonces se dio cuenta de algo en lo que no había reparado desde hacía mucho: no tenía a quien recurrir, estaba sola. Este hecho, simple y enfático, la aturdió completamente; sin embargo, en esa habitación de la silenciosa ciudad nevada había algo que no podía ignorar ni (lo supo con alarmante claridad) resistir.

Miriam comió vorazmente; cuando se terminó el pan con mermelada y la leche, sus dedos se movieron sobre el plato como telarañas en busca de migajas. El camafeo refulgía en su blusa, el rubio perfil parecía un falso reflejo de quien lo llevaba.

—Estaba buenísimo —asintió—, ahora sólo faltaría un pastel de almendra o de cereza. Los dulces son deliciosos, ¿no cree?

Mrs. Miller se mantenía en precario equilibrio sobre el taburete, fumando un cigarrillo. La red del pelo se le había ido ladeando y le asomaban mechones hirsutos. Tenía los ojos estúpidamente concentrados en nada; las mejillas con manchas rojas, como si una violenta bofetada le hubiera dejado marcas perdurables.

—¿No hay dulce, un pastel?

Mrs. Miller sacudió el cigarrillo; la ceniza cayó en la alfombra. Ladeó la cabeza levemente, tratando de enfocar sus ojos.

—Has prometido que te irías si te daba de comer —dijo.

—¿En serio? ¿Eso he dicho?

—Fue una promesa, estoy cansada y no me encuentro nada bien.

—No se altere —dijo Miriam—. Es broma.

Cogió su abrigo, lo dobló sobre su brazo y se colocó la boina frente al espejo. Finalmente se inclinó muy cerca de Mrs. Miller y murmuró:

—Déme un beso de buenas noches.

—Por favor..., prefiero no hacerlo.

Miriam alzó un hombro y arqueó un ceja:

—Como guste. —Fue directamente a la mesa de centro, tomó el florero que tenía unas rosas de papel, lo llevó a donde la dura superficie del piso yacía al descubierto y lo dejó caer. Ella pisoteó el ramo después que el cristal reventara en todas direcciones. Luego, muy despacio, se dirigió a la puerta. Antes de cerrarla se volvió hacia Mrs. Miller con una mirada llena de curiosidad y estudiada inocencia.

Mrs. Miller pasó el día siguiente en cama. Se levantó una vez para dar de comer al canario y tomar una taza de té. Se tomó la temperatura: aunque no tenía fiebre, sus sueños respondían a una agitación febril, a una sensación de desequilibrio, presente incluso cuando miraba el techo con los ojos muy abiertos. Un sueño se colaba entre los otros como el esquivo y misterioso tema de una compleja sinfonía; le traía escenas de precisa nitidez que parecían trazadas por una mano de intensidad virtuosa: una niña pequeña, vestida de novia y ataviada con una guirnalda, encabezaba una procesión, una hilera gris que descendía por una montaña; había un silencio inusual hasta que una mujer preguntaba desde atrás: «¿Adonde nos lleva?» «Nadie lo sabe», respondía un viejo que caminaba delante. «Pero ¿verdad que es hermosa?», intervenía un tercero. «¿Acaso no es como una flor congelada..., tan blanca y deslumbrante?»

El martes por la mañana ya se encontraba mejor. El sol se colaba por las persianas en haces incisivos, arrojando una luz que desbarataba sus nocivas fantasías. Abrió la ventana y descubrió un día de deshielo, templado como en primavera; una hilera de nubes limpias, nuevas, se arrugaba contra el inmenso azul de un cielo fuera de temporada, y más allá de la línea de azoteas podía ver el río, el humo de las chimeneas de los remolcadores que se curvaba en un viento tibio. Un enorme camión plateado cepillaba la nieve amontonada en la calle; el aire propagaba el ronroneo del motor.

Después de arreglar el apartamento fue al colmado, hizo efectivo un cheque y siguió hacia Schrafft's, donde desayunó y conversó alegremente con la camarera. Ah, era un día maravilloso —casi como un día festivo—, hubiera sido una tontería regresar a casa.

Tomó un autobús que iba por la Avenida Lexington hasta la calle Ochenta y seis. Había decidido ir de compras.

No tenía idea de lo que quería o necesitaba; caminó sin rumbo fijo, atenta sólo a la gente que pasaba; se fijó en que iban con prisa y tensos, hasta que se sumió en una incómoda sensación de aislamiento.

Aguardaba en la esquina de la Tercera Avenida cuando le vio. Era viejo, patizambo, iba agobiado por una carga de paquetes a reventar. Llevaba un desleído abrigo color café y una gorra de cuadros. De repente se dio cuenta de que intercambiaban una sonrisa: nada amistoso, sólo dos fríos destellos de reconocimiento. Sin embargo, estaba segura de no haberlo visto antes.

El hombre estaba junto a una columna del tren elevado. Cuando atravesó la calle, él se volvió y la siguió. Se le acercó bastante; de reojo, ella veía su reflejo vacilante en los escaparates.

Luego, a mitad de una manzana, se detuvo y lo encaró. También él se detuvo, irguió la cabeza, sonriendo. ¿Qué podía decirle? ¿Qué podía hacer allí, a plena luz del día, en la calle Ochenta y seis? Era inútil; aceleró el paso, despreciando su propia identidad.

La Segunda Avenida se ha vuelto una calle deprimente, hecha de restos y sobras, parte asfalto, parte adoquines, parte cemento; su atmósfera de abandono es permanente. Caminó cinco manzanas sin encontrar a nadie, seguida por el incesante crujido de las pisadas en la nieve. Cuando llegó a una floristería el sonido seguía a su lado. Se apresuró a entrar. Le miró a través de la puerta de cristal: el hombre siguió de largo, sin aminorar el paso, la mirada fija hacia el frente, pero hizo algo extraño y revelador: se alzó la gorra.

—¿Seis de las blancas, dice? —preguntó la florista.

—Sí —dijo ella—, rosas blancas.

De ahí fue a una cristalería y escogió un florero, presunto sustituto del que había roto Miriam, aunque el precio era desmedido y el florero mismo (pensó) de una vulgaridad grotesca. Sin embargo, había iniciado una serie de adquisiciones inexplicables, como quien obedece a un plan trazado de antemano, del que no tiene el menor conocimiento ni control.

Compró una bolsa de cerezas escarchadas, y en una confitería llamada Knickerbocker se gastó cuarenta centavos en seis pastelillos de almendra.

En la última hora había vuelto a hacer frío; las nubes ensombrecían el sol como lentes borrosas y el cielo se teñía con la osamenta de una penumbra anticipada; una bruma húmeda se mezcló con la brisa; las voces de los últimos niños que corrían sobre la nieve sucia amontonada en la calle sonaban solitarias y desanimadas. Pronto cayó el primer copo. Cuando Mrs. Miller llegó al edificio de piedra, la nieve caía como una cortina y las huellas de las pisadas se desvanecían nada más impresas.

Las rosas blancas quedaron muy decorativas en el florero. Las cerezas escarchadas brillaban en un plato de cerámica. Los pastelillos de almendra, espolvoreados de azúcar, aguardaban una mano. El canario aleteaba en su columpio y picoteaba una barra de alpiste.

A las cinco en punto sonó el timbre. Sabía quién era. Recorrió el apartamento arrastrando el dobladillo de su bata.

—¿Eres tú? —preguntó.

—Claro. —La palabra resonó aguda desde el vestíbulo—. Abra la puerta.

—Vete —dijo Mrs. Miller.

—Dése prisa, por favor..., que traigo un paquete pesado.

—Vete.

Regresó a la salita, encendió un cigarrillo, se sentó y escuchó el timbre con toda calma: una y otra y otra vez.

—Más vale que te vayas, no tengo la menor intención de dejarte entrar.

Al poco rato el timbre dejó de sonar. Mrs. Miller permaneció inmóvil unos diez minutos. Luego, al no oír sonido alguno, pensó que Miriam se habría ido. Caminó de puntillas; abrió un poquito la puerta. Miriam estaba apoyada en una caja de cartón, acunando una bonita muñeca francesa entre sus brazos.

—Creí que ya no vendría —dijo de mal humor—. Tome, ayúdeme a meter esto, pesa muchísimo.

Más que a una fascinación sucumbió a una curiosa pasividad. Entró la caja y Miriam la muñeca. Miriam se arrellanó en el sofá; no se molestó en quitarse el abrigo ni la boina; miró distraídamente a Mrs. Miller, quien dejó caer la caja y se detuvo, vacilante, tratando de recuperar el aliento.

—Gracias —dijo Miriam. A la luz del día parecía agotada y afligida; su pelo, menos luminoso. La muñeca a la que hacía mimos tenía una exquisita peluca empolvada, sus estúpidos ojos de cristal buscaban consuelo en los de Miriam—. Tengo una sorpresa —continuó—. Busque en la caja.

Mrs. Miller se arrodilló, destapó el paquete y sacó otra muñeca, luego un vestido azul, seguramente el que Miriam llevaba aquella primera noche en el cine; sobre el resto dijo:

—Sólo hay ropa, ¿por qué?

—Porque he venido a vivir con usted —dijo Miriam, doblando el rabillo de una cereza—. ¡Qué amable, me ha comprado cerezas!

—¡Eso no puede ser! Vete, por el amor de Dios, ¡vete y déjame en paz!

—¿... y las rosas y los pastelillos de almendra? ¡Qué generosa, de verdad! ¿Sabe? Las cerezas están deliciosas. El último lugar donde viví era la casa de un viejo tremendamente pobre; jamás teníamos cosas buenas de comer. Creo que aquí seré feliz. —Hizo una pausa para estrechar a su muñeca—. Bueno, dígame dónde puedo poner mis cosas...

La cara de Mrs. Miller se disolvió en una máscara de arrugas rojizas; empezó a llorar: un llanto artificial, sin lágrimas, como si, no habiendo llorado en mucho tiempo, hubiera olvidado cómo se hacía. Retrocedió cautelosamente. Siguiendo el contorno de la pared hasta sentir la puerta.

Atravesó el vestíbulo y corrió escaleras abajo hasta un descansillo. Golpeó frenéticamente la puerta del primer apartamento a su alcance. Le abrió un pelirrojo de baja estatura. Entró haciéndolo a un lado.

—Oiga, ¿qué coño es esto?

—¿Pasa algo, amor? —Una mujer joven salió de la cocina, secándose las manos. Mrs. Miller se dirigió a ella:

—Escúchenme —gritó—, me avergüenza comportarme de este modo, pero..., bueno, soy Mrs. Miller y vivo arriba y... —Se cubrió la cara con las manos—. Resulta tan absurdo...

La mujer la condujo a una silla mientras el hombre, nervioso, revolvía las monedas en su bolsillo.

—¿Y bien?

—Vivo arriba. Una niña ha venido a verme, creo que le tengo miedo. No quiere irse y yo no puedo..., va a hacer algo horrible. Ya me ha robado un camafeo, pero está a punto de hacer algo peor, ¡algo horrible!

—¿Es pariente suya? —preguntó el hombre.

Mrs. Miller negó con la cabeza:

—No sé quién es. Se llama Miriam, pero en realidad no la conozco.

—Tiene que calmarse, guapa —le dijo la mujer, dándole golpecitos en el brazo—. Harry se encargará de la niña. Date prisa, amor.

Ella dijo:

—La puerta está abierta: es el 5 A.

El hombre salió, la mujer trajo una toalla y le humedeció la cara.

—Es usted muy amable —dijo—. Lamento comportarme como una tonta, pero esa niña perversa...

—Claro, guapa —la consoló la mujer—. Más vale tomárselo con calma.

Mrs. Miller apoyó la cabeza en la curva de su brazo; estaba tan quieta que parecía dormida. La mujer puso la radio: un piano y una voz rasposa llenaron el silencio. La mujer zapateó con excelente ritmo:

—Tal vez deberíamos subir nosotras también —dijo.

—No quiero volver a verla. No quiero ir a ningún sitio del que ella pueda estar cerca.

—Vamos, vamos, ¿sabe qué debería haber hecho? Llamar a la policía.

Precisamente entonces oyeron al hombre en las escaleras. Entró a zancadas, rascándose la nuca con el ceño fruncido.

—Ahí no hay nadie —dijo, sinceramente embarazado—. Debe haberse largado.

—Eres un imbécil, Harry —exclamó la mujer—. Hemos estado aquí todo el tiempo y habríamos visto... —Se detuvo de golpe; la mirada del hombre era penetrante.

—He buscado por todas partes —dijo—, y la verdad es que no hay nadie. Nadie. ¿Entendido?

—Dígame —Mrs. Miller se incorporó—, dígame, ¿ha visto una caja grande?, ¿o una muñeca?

—No. No, señora.

La mujer, como si pronunciara un veredicto, dijo:

—Bueno, para haber pegado ese alarido...

Mrs. Miller entró despacito en su apartamento y se detuvo en medio de la salita. No, en cierto modo no había cambiado: las rosas, los pastelillos y las cerezas estaban en su sitio. Pero era una habitación vacía, más vacía que un espacio sin muebles ni familiares, inerte e inanimado como un salón fúnebre. El sofá emergía frente a ella con una extrañeza nueva: su vacuidad tenía un significado que hubiera sido menos agudo y terrible de haber estado Miriam allí hecha un ovillo. Fijó la mirada en el lugar donde recordaba haber dejado la caja. Por un momento, el taburete giró angustiosamente. Se asomó a la ventana; no había duda: el río era real, la nieve caía. Pero a fin de cuentas uno nunca podía ser testigo infalible: Miriam, allí de un modo tan vivo, y, sin embargo, ¿dónde estaba? ¿Dónde, dónde?

Como en sueños, se hundió en una silla. El cuarto perdía sus contornos; estaba oscuro y no había manera de impedir que se hiciera más oscuro; no podía alzar la mano para encender una lámpara.

Cerró los ojos y sintió un impulso ascendente, como un buzo que emergiera de profundidades más oscuras, más verdes. En momentos de terror o de enorme tensión sobrevienen instantes de espera; la mente aguarda una revelación mientras la calma teje su madeja sobre el pensamiento; es como un sueño, o como un trance sobrenatural, un remanso en el que se atiende a la fuerza del razonamiento tranquilo: bueno, ¿y qué si no había conocido nunca a una niña llamada Miriam? ¿Se había asustado como una estúpida en la calle? A fin de cuentas, igual que todo lo demás, eso tampoco importaba. Miriam la había despojado de su identidad, pero ahora recobraba a la persona que vivía en ese cuarto, que se hacía su propia comida, que tenía un canario, alguien en quien creer y confiar: Mrs. H. T. Miller.

En medio de esa sensación de contento, se percató de un doble sonido: el cajón del buró que se abría y se cerraba. Le parecía estar escuchándolo con mucho retraso: abrirse, cerrarse. Luego, a este ruido áspero le siguió un susurro tenue, delicado; el vestido de seda se aproximaba más y más, se volvía tan intenso que hasta las paredes vibraban. El cuarto cedía bajo una ola de murmullos. Mrs. Miller se puso rígida, y abrió los ojos ante una mirada hueca y fija:

—Hola —dijo Miriam.

[Traducción de Juan Villoro]

Truman Capote (nacido Truman Streckfus Persons y tras ser adoptado por su padrastro cubano llamado Joe García Capote) (*Nueva Orleans, 30 de septiembre de 1924 - Los Ángeles, 25 de agosto de 1984) fue un periodista y escritor estadounidense, principalmente conocido por su novela-documento A sangre fría (1966) y por Desayuno en Tiffany's (1958).

Nacido como Truman Streckfus Persons, adoptaría el nombre del segundo marido de su madre, un cubano llamado Joe García Capote. En su infancia vivió en las granjas del sur de los Estados Unidos y, según sus propias palabras, empezó a escribir para mitigar el aislamiento sufrido durante su infancia. Estudió en el Trinity School y en la St. John's Academy de Nueva York. A los 17 años ya era un consumado periodista: trabajaba para la revista The New Yorker. Con 21 años abandona la revista y publica un relato –Miriam- en la revista Mademoiselle, que se hace acreedor al Premio O'Henry. La crítica lo aplaude sin reservas y lo considera un discípulo de Poe. En 1948, a los 23 años, publica su primera novela, Otras voces, otros ámbitos, una de las primeras en las que se plantea de forma abierta el tema de la homosexualidad. Otras novelas suyas serían: El arpa de hierba (1951) y Se oyen las musas (1956), además de la famosa Desayuno en Tiffany's (1958), que también sería adaptada al cine por Blake Edwards, con Audrey Hepburn en el papel de Holly Golightly.

En 1966 crea A sangre fría que será su trabajo más celebrado. Con ella acuñaría el término non-fiction-novel, creando un referente para lo que luego sería el nuevo periodismo estadounidense. La novela, publicada tras 5 años de intensa investigación, cuenta el suceso real del asesinato de la familia Clutter, y es llevada al cine en 1967 por Richard Brooks. Del libro se venderían más de trescientos mil ejemplares, permaneciendo en la lista de los libros más vendidos del New York Times durante treinta y siete semanas.

Sus relaciones con el cine se extendieron además a la escritura de guiones, entre los que destaca el de ¡Suspense!, de Jack Clayton (1961). Incluso interpretó un papel en Un cadáver a los postres (Robert Moore, 1976).

En la década de 1950 reanudó su actividad periodística, realizando entrevistas para la revista Playboy.

Uno de los más excéntricos personajes de Truman Capote fue él mismo. Su éxito literario fue acompañado de un gran éxito social, lo que le permitió tratar con intimidad a buena parte de la aristocracia neoyorquina de su época. Sus relaciones con la alta sociedad se rompieron definitivamente cuando publicó algunos capítulos de su novela inconclusa Plegarias atendidas, en la que aireaba vivencias íntimas de algunos de sus amigos más famosos apenas disfrazados de personajes de ficción. Él hablaba de esta novela como de su gran obra, para la que había tomado como modelo al libro En busca del tiempo perdido de Marcel Proust.

En el desgarrador autorretrato del autor y su imaginario gemelo, de su libro Música para camaleones, decía de sí mismo: "Soy alcohólico. Soy drogadicto. Soy homosexual. Soy un genio.", frase que desde entonces se asocia con él. Este libro, último de su bibliografía, es una brillantísima colección de entrevistas, con un relato central, Handcarved Coffins, una clara representación del espíritu periodístico del autor. Es también conocido por la semblanza que realiza de Marilyn Monroe en la entrevista titulada Una adorable criatura.

También escribió, entre otros: la colección de cuentos Un árbol de noche y otros cuentos (1949), el libro de viajes Color local, el cuento Una Navidad y la colección de entrevistas El duque en sus dominios.
Su depresión lo llevó a un proceso de autodestrucción, dependiendo cada vez más de los psicofármacos que, combinados con el alcohol, deterioraron su salud y sus relaciones con todos sus amigos, hasta morir por sobredosis en 1984. Sus restos se encuentran en el Cementerio Westwood Village Memorial Park de Los Ángeles, California.

Obra

Año Título Notas
aprox. 1943 Crucero de verano Novela póstuma publicada en 2005
1945 "Miriam" historia corta, publicada en la revista Mademoiselle
1948 Otras voces, otros ámbitos Novela
1949 Árbol de noche y otras historias Cuentos
1951 El arpa de hierba Novela
1952 El arpa de hierba Obra de teatro
1953 Beat the Devil Guion
1954 Casa de flores (musical) Musical
1956 The Muses Are Heard No ficción
1956 Un recuerdo navideño Cuento publicado en la revista Mademoiselle
1957 El Duque en su territorio Retrato de Marlon Brando publicado en The New Yorker; publicado nuevamente en New Yorker Profiles 1925-1992: A Bibliography (2001)
1958 Desayuno en Tiffany's Novela
1961 ¡Suspense! Guion basado en la novela Una vuelta de tuerca, de Henry James.
1963 Escritos selectos de Truman Capote Antología retrospectiva; ficción y no ficción.
1964 Un breve cuento aparecido en la revista Seventeen
1966 A sangre fría Novela no ficción; Premio Edgar (1966), por mejor libro de crímenes.
1968 El invitado del Día de Acción de Gracias Cuento publicado como libro de regalo
1971 El gran Gatsby Guion basado en la novela de F. Scott Fitzgerald, rechazado por Paramount Pictures.
1973 Los perros ladran Colección de artículos de viaje
1975 Mojave y La Costa Vasca, 1965 Cuentos de Answered Prayers, publicados en la revista Esquire.
1976 Unspoiled Monsters y Kate McCloud Cuentos de Answered Prayers, publicados en la revista Esquire.
1980 Música para camaleones Colección de trabajos cortos que mezclan ficción y no ficción,
1983 Una Navidad Cuento navideño publicado como libro de regalo
1987 Plegarias atendidas Publicación póstuma
2005 Crucero de verano Primera novela perdida — publicada en el número del 24-10-2005 de The New Yorker

En el 2005 se realiza la película Capote, bajo la dirección de Bennet Miller, en la cual se narra el período de su vida transcurrido durante la investigación de su libro A sangre fría, sobre el asesinato de una familia en Kansas, y cómo el escritor desarrolla una estrecha relación con Perry Smith, uno de los asesinos. Philip Seymour Hoffman ganó el premio Óscar por su interpretación de Truman Capote. La película tuvo, además, cuatro nominaciones: Mejor película, Mejor director, Mejor actriz de reparto y Mejor guion adaptado.

En el año 2006 se estrena Infamous(en España, bajo el título Historia de un Crimen), donde actúan: Toby Jones, como Capote; Sigourney Weaver, en el papel de Babe Paley, y Sandra Bullock como Harper Lee. Se trata de una adaptación de la novela de George Plimpton Capote: In Which Various Friends, Enemies, Acquaintances and Detractors Recall His Turbulent Career (1997). El guionista y director Douglas McGrath ofrece un contraste entre el Capote en Kansas y sus aventuras posteriores en medio de la alta sociedad neoyorquina.

Foto y semblanza biográfica: Wikipedia. Texto: Cuentos completos, traducidos por Juan Villoro.

1.10.11

Pasos de animal grande

Ninguna editorial ha publicado sus libros todavía. Optó por autopublicarse en la red y el resultado ha sido un rosario de elogios. Hijo de colombianos emigrantes a Nueva York, escribe en inglés
El escritor Sergio de la Pava.foto.fuente:revistaarcadia.com

Su nombre agita desde hace meses las aguas subterráneas de cierto mundillo que sigue con gran atención lo que ocurre en el territorio de la literatura norteamericana. Se habla de él en blogs como canopycanopycanopy.com —que incluso le ha publicado un ensayo—, revistas bizarras pero con prestigio como Hermano Cerdo lo han entrevistado y han hecho que el murmullo se extienda entre críticos y un puñado de lectores que se han sorprendido por el vigor de sus textos, la chispa candente de sus diálogos y el fulgor erudito de sus apabullantes historias. Pero por mucho que se diga, todavía es poco lo que se sabe de él.

Todo empezó en el 2008, cuando en Nueva York comenzó a sonar el autor de un libro con título muy americano pero apellido evidentemente latino. El libro se llamaba A Naked Singularity (Una singularidad desnuda) y la historia parecía estar centrada en un boxeador mítico, Wilfredo Benítez, un puertorriqueño nacido en 1958 que tuvo el gran mérito de ganar el título mundial de boxeo tres veces en tres categorías distintas. Y digo parecía, porque Benítez era apenas una excusa para que Sergio de la Pava desplegara sus dotes literarias creando un personaje de nombre extravagante, Casi, al que acompañamos en un periplo intelectual de proporciones bíblicas, donde los temas van de la física cuántica a la cultura pop, pasando por la obsesión por la perfección y la belleza/horror del boxeo, todo con un trasfondo de inmigración latinoamericana.

De la Pava es hijo de inmigrantes colombianos, habló español antes que inglés, de pequeño era una especie de "traductor" de sus padres en un mundo ancho y ajeno y a juzgar por su escritura, pasó gran parte de los cuarenta años que ha vivido, leyendo. Pero no irrumpió publicando con ningún gran tanque editorial, sino que se autopublicó su primera novela, un camino riesgoso y plagado de prejuicios, como él mismo reconoce. Tanto le gustó la experiencia que ahora va por la segunda y ha vuelto a cometer el pecado de lesa editorial, porque en realidad no le interesa vender libros y solo quiere mantener el control sobre una obra descontrolada y desbordante que en algunos momentos recuerda a los textos inextricables del Thomas Pynchon o a los discursos metaliterarios de Robert Musil.

Una de las primeras cosas que llama la atención cuando uno habla con De la Pava (esta entrevista fue telefónica) es la sensación de estar hablando con alguien a quien todavía no se ha entrevistado mucho, por lo cual conserva una especie de virginidad periodística poco usual.

Con un castellano que a veces no encuentra la palabra justa, De la Pava desgrana algunas de sus influencias, algo fundamental para entender a un narrador que escribe diálogos tan potentes y humorísticos como los que se encuentran en un texto de William Gaddis. "Es muy difícil hablar de influencias —dice—, hay muchos escritores que amo, por ejemplo amo a los rusos, a Tolstoi, a Dostoievski, y cuando escribo veo posiblemente la influencia de ellos. Pero no soy consciente de ello mientras lo hago, sino que establezco una separación entre mi vida como escritor y como lector. Por eso cuando escribo me preocupo porque al finalizar me guste lo que he tratado de hacer: no me preocupo por inscribir mi estilo en una escuela determinada. Eso sería limitarme. Entiendo la pregunta y entiendo el deseo de los lectores de poder clasificar a los escritores, pero como escritor creo que adscribirse a una escuela es el principio de una muerte. Y yo trato de pelear contra las limitaciones cuando escribo".

Clasicista empedernido, la modernidad se la reserva para él, a juzgar por lo atrevido de su estilo. De la Pava dice que solo lee clásicos "[…] prefiero que el autor no esté vivo. Yo creo que si hago cuentas, como mucho habré leído diez libros de gente que aún está viva". Y como la lectura es algo central, asegura que le gusta "incluir en mi libro cosas que me han pasado en mi vida de lector". Así fue como en su última novela, Personae, que incluye entre sus personajes a un militar colombiano en busca de una imposible venganza, y mezcla géneros que abarcan desde el policiaco hasta los obituarios del New York Times, hay un enorme fragmento en el que se discurre sobre las dificultades de traducir Cien años de soledad al inglés y que surge de un sueño hasta ahora imposible: escribir en español, algo que intentó hacer al final de Personae, pero "resultó más difícil de lo que yo pensaba".

Al terminar de escribir Una singularidad desnuda, De la Pava tuvo una crisis moral provocada por el amor irremediable al boxeo que transpiraba el texto. "Uno puede amar deportes como el béisbol o el fútbol sin tener que preocuparse mucho por los jugadores. En cambio en el boxeo al mismo tiempo que te están entreteniendo, posiblemente los jugadores se están lesionando severamente. Amo el boxeo porque creo que nos enseña algo sobre qué es la vida y nos enseña mucho sobre los que boxean. Y también entiendo la gente que cree que es un deporte bárbaro y no debe existir"

Su tema obsesivo es la perfección y su búsqueda endemoniada, algo que reaparece con fuerza en Personae y que parece distinguirlo como escritor. "Más que la búsqueda de la perfección podríamos decir que se trata de la ambición —corrige—. Hay un dicho, tanto en español como en inglés: nadie es perfecto. Y para uno de los personajes del libro esta frase es todo un tema y tiene mucha relación con la ambición. Parte de la inmigración es ambición de alguna manera. Dejar tu país, ir a un país donde ni siquiera hablan tu idioma… Eso lo hace una persona que es ambiciosa, no importa la razón; puede ser por dinero, porque quiere vivir mejor, por estatus. Y como hijo de inmigrantes me interesaba explorar este aspecto y una de las formas era hablar de este concepto de la perfección".

Y aunque no ha vivido en Colombia ni su familia se fue del país por razones políticas, la violencia colombiana se asoma en su literatura como si se tratara de una marca de nacimiento. "Colombia es un país que me fascina; he ido varias veces y no pierdo la fascinación. Es difícil hablar de Colombia sin mencionar la violencia, me parece. No porque tenga yo un juicio negativo, sino porque es parte de su historia".

Mientras esperamos la traducción de De la Pava al español ("es una posibilidad" dice, aunque no quiere anticiparse a los acontecimientos), por ahora solo nos queda leerlo en inglés. "Muchas gracias, señor, por su apoyo", se despide al final. Como si todavía no se hubiera dado cuenta de que los agradecidos somos nosotros.

Franzen: "Jamás tendré un hijo, mi trabajo es imaginarlo"

El autor de Libertad la primera gran novela americana del siglo XXI, desde su casa de Manhattan, donde nos adelanta su próximo proyecto: una serie para la pequeña pantalla
Jonathan Franzen en su casa neoyorquina, ante la cámara. foto:Miguel Rajmil.fuente:abc.es

Jonathan Franzen no quiere ser el escritor más polémico de los Estados Unidos. De hecho, le cuesta dar declaraciones explosivas y hace largas pausas antes de responder a las preguntas. Sin embargo, cada vez que habla es capaz de causar un verdadero revuelo mediático en su país. Desde que en 1996 publicara en «Harper's» su célebre ensayo «Tal vez soñar», en el que anunciaba la muerte de la novela social, se ha convertido en una de las voces más mordaces —e hirientes— de esa intelectualidad literaria abocada a desnudar las miserias y bajezas del pueblo americano. Y, curiosamente, el pueblo adora oírlo, quizá porque él mismo es uno más de ellos.

Criado en Webster Groves, un suburbio de San Luis (Misuri) «en el medio del país durante la edad dorada de la clase media americana», Franzen fue en su adolescencia un «nerd» con «gafas de pasta, brazos débiles y una vergonzosa devoción por la obra de J.R.R. Tolkien». Con solo 22 años encontró su refugio en la escritura, una profesión que su madre —un ama de casa sin estudios— consideraba una carrera irresponsable. Su padre, un inmigrante sueco, soñaba con que algún día la revista «Time» le dedicara una pequeña reseña.

Casi tres décadas después, Franzen no solo ha sido portada de la mítica publicación, sino que además es uno de los pocos escritores que puede vender best-sellers, protagonizar capítulos de «Los Simpson» y ofender a la presentadora de televisión más poderosa de EE.UU. —la celebérrima Oprah Winfrey— sin perder ni un ápice de su popularidad o de su halo de elitismo.

Tras el éxito de «Las correcciones», su novela de 2001 galardonada con el National Book Award y finalista del premio Pulitzer, Franzen vuelve a posar su lupa sobre la clase media estadounidense con «Libertad», publicada ahora en España por Salamandra. En ella, el controvertido escritor narra la historia de Patty y Walter Berglund, un matrimonio ideal con una casa de ensueño y unos hijos brillantes que ve cómo se desmorona su vida cuando emprenden el camino desde «la América profunda» hasta el centro del poder en Washington D. C. A Franzen le gusta enmarcar su obra dentro de lo que llama el «realismo trágico»: «Una ficción que ofrece más preguntas que respuestas, y que nos confirma que toda mejora tiene su precio».

Los protagonistas de «Libertad» pierden su inocencia en ese ascenso social del Medio Oeste a la gran ciudad.

¿Qué ha perdido usted en su «viaje» desde San Luis hasta los barrios elegantes de Nueva York?

Patty pierde literalmente su inocencia en Nueva York y se va al Medio Oeste para recuperarla a través de una vida de provincia más limpia, casándose con el hombre más bueno de Minnesota. Pero la realidad es que no puedes estar casado con alguien durante veinticinco años y seguir siendo inocente. Según mi experiencia, el matrimonio destruye lentamente cualquier sentido de moral o de lo que es bueno y lo que es malo. La verdadera pérdida de la inocencia ocurre durante el matrimonio.

Vocación y sacrificios

Como en «Las correcciones», en este libro vuelve a retratar la vida familiar, aunque usted no tiene una propia. ¿Es uno de esos sacrificios en pos del arte?

Por supuesto. Tengo motivos personales por los que no tengo hijos, pero hubo un momento en el que pensé «entiendo tan bien a las familias y yo no tengo una, quizá sea el momento». Entonces, mi editor neoyorquino me dijo que muchas personas son buenos padres, pero que no hay muchas que escriban buenas novelas. Eso me ayudó. Jamás sabré lo que es tener un hijo, pero mi trabajo es imaginarlo.

¿Qué siente cuando Michele Bachmann y otros conservadores del Tea Party utilizan tantas veces la palabra «libertad»?

La mayoría de las veces siento que estoy oyendo a una niña de catorce años que se queja de la falta de libertad. Pero en ocasiones tiene razón. Ella denuncia muchas leyes que son intrusivas en nuestra vida privada, y no se equivoca. Los americanos tenemos un espíritu liberal muy fuerte y no tiene nada de malo. En cambio, los europeos están más acostumbrados a las limitaciones y a las prohibiciones.

Obama es su lector más famoso, al menos el más poderoso. ¿Se siente defraudado por su gestión?

No, pero lamento que no tenga más años y experiencia. Ha hecho un trabajo monumental para la reforma del sistema sanitario, algo por lo que debería recibir más crédito. La gente se siente defraudada porque no es demasiado «de izquierdas», yo jamás lo vi como un político de izquierdas. Lo critican porque es muy cercano a Wall Street. Pues la primera vez que oí hablar de él fue en boca de un banquero. Dicen que no hace mucho por el medio ambiente. Es un político de una gran ciudad y de un estado productor de carbón. ¿Alguien creía que haría algo por el planeta?

¿Se siente la voz de un país en decadencia?

No busco reflejar la pérdida de valores de mi país. No me interesa Estados Unidos per se. Pero escribí «Libertad» durante la era Bush, cuando los estadounidenses descubrimos que estábamos perdiendo poder y que la fiesta se había terminado. Me interesa contar mi propia historia, y parte de mi historia es que vivo en una nación a la deriva.

Adiós a los libros

Franzen escandaliza a la intelligentsia americana cuando dice que «los libros ya no instruyen a la sociedad» y que nunca más volverá la ficción «a lo Dickens o Stendhal». Ahora redobla su apuesta con sentencias como «actualmente la televisión hace un trabajo mucho mejor que la novela». «Una serie como "The Wire", por ejemplo, hace lo que antes era tarea de la literatura —explica—. Gracias a esa serie descubrí que los traficantes de drogas se deshacen de sus móviles semanalmente, y que lavan dinero a través del negocio de bienes raíces. Esas son noticias interesantes, y la televisión es la indicada para darlas».

Algunos le consideran un elitista, pero por otro lado ha sido portada de «Time», ha participado en un episodio de «Los Simpson» y hasta fue al programa de Oprah Winfrey. ¿Cómo lidia con esa ambigüedad?

Mis padres no eran lectores y crecí pensando que no era mejor que nadie. Por eso siempre quise escribir novelas que no excluyan a nadie. Por otro lado, me gusta la literatura «difícil», la de Thomas Mann y Franz Kafka, por ellos soy escritor. Mi mayor desafío es crear novelas que inviten tanto al lector educado como a aquel que no lo es. Por el momento agrado a unos y a otros. No me quejo.

¿Y se siente cómodo siendo un escritor de best-sellers?

Sí, los americanos no tenemos ningún problema con eso, creo que es un complejo de los autores europeos, que piensan que si tu novela gusta a muchos entonces no debe de ser buena. En el siglo XIX la popularidad no era un problema. «Crimen y castigo» fue un éxito internacional en su época; Jane Austen y Stendhal también fueron muy populares y nadie discute su excelencia literaria. La literatura no goza de tan buena salud como para permitirse novelas difíciles o lejanas a la gente. No tengo problema con las obras «difíciles», pero sí con que solo ellas sean consideradas válidas.

Muchas veces habla con orgullo de su origen de clase media. ¿Sigue sintiéndose parte de ese estrato social?

Culturalmente, mucho. Ahora tengo la oportunidad de rodearme de celebridades y obviamente me va muy bien económicamente con mis libros. Pero durante mucho tiempo fui pobre y desconocido. El éxito llegó tarde a mi vida, quizá por eso me siento un desconocido que ha alcanzado la fama. Pero en mi corazón sigo siendo un chico de San Luis... digo esto y sueno a Jennifer López, «sigo siendo Jenny de la barriada».

Pero ¿se puede seguir siendo la voz de la clase media viviendo en el Upper East Side entre los más ricos de la ciudad?

No me interesa ser la voz de una clase, quiero ser mi propia voz. Y ese es mi contrato con los lectores, ser honesto conmigo mismo.

El precio de la fama

«Las correcciones» ganó el National Book Award y fue finalista del Pulitzer, mientras que «Libertad» no ha sido nominada a ninguno de los dos. ¿Es el precio de la fama?

Los premios siempre son un proceso de hundimiento interesante. Mi amigo David Foster Wallace jamás fue nominado a ningún premio, no sé por qué motivo. La recepción de «Libertad» fue tan grande, con la portada de «Time», con Obama leyéndome, con las buenas críticas y con el apoyo de Oprah, que probablemente los jurados habrán pensado que ya no necesito premios. Es el dilema de los premios: ¿deben ir a la mejor obra o aquella que necesita un impulso?

¿Y qué sigue tras el gran éxito de «Libertad»?

Me he tomado un descanso para escribir y producir para televisión. Estoy preparando una serie de varias temporadas basada en «Las correcciones». Llevo ya un año en ello y en enero rodaremos el capítulo piloto con HBO. Jamás imaginé que haría esto, pero me resulta muy interesante. Pero claro, con el tiempo tengo que desaparecer, recuperar mi vida privada y luchar para escribir otra novela.

De Misuri a «Time», ¿Aún no lo conoce?

La FIL, un cuarto de siglo de impulsar al libro

Del 26 de noviembre al 4 de diciembre será la 25 edición, con Alemania como país invitado

Fernando Savater. Escritor español quien también estará en la FIL. foto.fuente:eluniversal.com.mx

Sin grandes sorpresas más que la ya anunciada conversación entre los dos Premios Nobel de Literatura, la escritora alemana Herta Müller y el peruano-español Mario Vargas Llosa, se dio a conocer el programa literario y cultural con el que la Feria Internacional del Libro de Guadalajara celebrará su 25 aniversario.

Esa fiesta literaria tendrá a Alemania como país invitado de honor y se desarrollará del 26 de noviembre al 4 de diciembre. El programa incluye la participación de unos 30 poetas, narradores y artistas alemanes, así como de la presencia de escritores de la talla de Fernando Savater, Juan Gelman, Antonio Skármeta, Sergio Ramírez, Alejandro Jodorowsky, Etgar Keret, James Ellroy, Juan Gabriel Vásquez, Carlos Fuentes, y Fernando Vallejo, quien recibirá el Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances 2011.

La Feria se precia no sólo de haberle dado a Guadalajara un posicionamiento cultural, sino también de incrementar el índice de lectura, dado que supera el promedio nacional: 2.9 libros leídos por los mexicanos al año.

Raúl Padilla, presidente de la FIL Guadalajara, aseguró que el índice de lectura en México no pasa de dos libros por persona, sin embargo, en Guadalajara es de casi seis, hecho en el que, en su opinión, ha sido determinante la Feria internacional del libro.

"Me da mucha satisfacción corroborar que Guadalajara, en los últimos 20 años, con respecto al contexto nacional, ha incrementado bastante sus indicadores; es de casi seis, indicador que está por encima de ciudades como Monterrey, que tiene muy importante fuerza cultural y sólo por debajo del Distrito Federal", señaló.

Doris Dörrie, Carmen Boullosa, Enrique Krauze, Almudena Grandes, Joumana Haddad, Andrés Neuman, Alberto Ruy Sánchez, Bi Feiyu, Cristina Rivera Garza, David Le Breton, Magnus William-Olsson y María Negroni, entre otros autores, complementan el grupo de invitados a esta edición de la FIL.

La Feria más importante de AL

Considerada la más importante de América Latina, la Feria del Libro de Guadalajara celebrará su 25 aniversario con la presencia de escritores de reconocida trayectoria junto con la participación de jóvenes narradores.

En la edición en la que el novelista colombiano-mexicano Fernando Vallejo recibirá el Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances 2011, 25 escritores noveles harán parte del ciclo "Los 25 secretos mejor de América Latina".

En esta edición celebratoria, en la que participarán mil 900 editoriales de 42 países, la FIL pretende seguir siendo una plataforma editorial que busca hacer un mapa de la literatura mundial y mantenerse como un cruce de dos dimensiones: la editorial y la cultural. De este cuarto de siglo quedan las imágenes imborrables de su paso por la Expo, por ejemplo, de los tres premios nobeles José Saramago, Gabriel García Márquez y Nadine Gordimer.

Esta Feria diversa, compleja, multitudinaria, pero también única y especial, como la definió Padilla, se centrará en el tema "25 historias y contando" para la FIL niños y para ello ha invitado a escritores como el ilustrador Anthony Browne y ofrecerá un encuentro de jóvenes con Fernando Vallejo, Edgar Keret y Fernando Savater.

La Feria, que espera la presencia de alrededor de 600 mil visitantes, ha recibido a lo largo de su historia a más de ocho millones de personas.

Este año recibirá 18 mil profesionales del libro de Iberoamérica y de diversas partes del mundo. Los organizadores del encuentro confían en alcanzar su meta y deseo de convertir a Guadalajara en la capital del libro y la lectura.

Evento autofinanciable

Aunque en sus primeros años la FIL Guadalajara no despertó muchas simpatías entre las librerías locales que argumentaban que en noviembre les estaban quitando sus ventas de diciembre; hoy en día, la feria ha servido para incrementar las ventas de esas librerías que no los miraban con buenos ojos.

Pero más allá de esos datos que están registrados por la Cámara Nacional de la Industria Editorial Mexicana, esta es una feria autofinanciable en la que invierten en promedio 60 millones de pesos y se espera que en esta edición, igual que en las pasadas 24 ediciones, se alcance una derrama económica de alrededor de 330 millones de dólares.

Para Padilla, el crecimiento de la Feria puede ser mucho mayor, pero sobre todo se aspira a hacer una Feria cada vez más internacional. "Ya vienen el 99% de las editoriales de habla hispana, vienen las de México, América Latina y España, editoriales representativas de Norteamérica, francesas, italianas y, de tanto en tanto, fondos editoriales de otras partes del mundo, de Asia, de Europa del Este; en ese sentido, la Feria se va a seguir expandiendo".

Las expresiones alemanas

Tanja Hutt, agregada cultural de la embajada de Alemania en México, dijo que han preparado un programa para mostrar una Alemania multifacética que mira al futuro en las distintas áreas de las expresiones artísticas.

"El núcleo del encuentro será el pabellón en el que tendremos la oferta de 35 editoriales y ocho instituciones, un programa literario encabezado por la escritora Herta Müller, pero también un grupo de jóvenes escritores con una visión más fresca y valiosa, además del lanzamiento de nuevas editoriales", señaló la funcionaria.

Otros escritores que estarán en la fiesta literaria serán Ingo Schulze, Uwe Timm y Melinda Nadji Abonji.

Alemania complementará su participación como invitado de honor con ciclos de cine, conciertos de música clásica con la Filarmónica Joven Alemana, así como recitales al aire libre, y las exposiciones Líneas. Pase usted y Alemania para principiantes. El programa incluye además muestras dedicadas a la literatura alemana en el exilio, al cómic, el cine y la música.

Vecinos a la fuerza

El escritor Andrea Molesini narra en Entre enemigos la incómoda cohabitación entre los ocupantes austriacos y los italianos invadidos durante la Primera Guerra Mundial
El escritor italiano Andrea Molesini, en Madrid. foto:Claudio Álvarez.fuente:elpais.com

Caporetto es un municipio de unos 4.000 habitantes en la Eslovenia occidental. Para todo italiano ese nombre arrastra además el eco de una de las mayores tragedias de la historia nacional. Allí se derrumbó en 1917 la resistencia del ejército de Italia, despedazada por los golpes letales de los austriacos en la Primera Guerra Mundial. Y la expresión "es una [batalla como] Caporetto" todavía suena a quintaesencia del fracaso en la península itálica. Los Habsburgo penetraron más allá de los Alpes y ocuparon el noreste del país, lo que obligó a los que allí residían a una incómoda convivencia con los soldados enemigos. En esa gran tela, el pincel del escritor veneciano Andrea Molesini ha dibujado la mansión Villa Spada, cuyo día a día entre la familia que la habita y los oficiales austriacos que la ocupan narra en Entre enemigos (Lumen), que se publica ahora en España.

"Esta novela me atormentaba desde 2005", asegura Molesini, ganador hace pocas semanas del prestigioso Premio Campiello a la mejor novela italiana del año. En concreto, desde que en su casa y sin que el escritor pueda recordar cómo, apareció un diario de la hermana de su abuelo, María Spada. Tacaña hasta la médula, la mujer escribía que no quiso abandonar su villa tras la llegada de los austriacos por miedo a que le robaran todo. El vaso de Entre enemigos ya tenía su primera gota. Molesini empezó a llenarlo con un coloreado cóctel de protagonistas: "Prefiero las novelas donde los personajes cuentan más que la trama. A la hora de escribir priman tus emociones y las de los protagonistas. La historia llega después".

La trama también se asoma después de unos capítulos. Es lo que se tarda en empezar a apreciar la relación con tintes de síndrome de Estocolmo entre ocupados y ocupantes. "En el fondo, las familias y los oficiales extranjeros no tenían muchas diferencias culturales; se parecían más entre ellos que los señores con sus granjeros", cuenta el autor. Para acabar Entre enemigos, Molesini también se sumergió entre cartas, documentos, fotografías, museos de la época y un paréntesis por el polígono de tiro. "Fui para probar lo que sentiría Paolo [el joven huérfano narrador de la obra] al apuntar con una pistola", cuenta. A fuerza de remezclar ideas y experiencias, el italiano por fin volcó sobre 326 páginas una copa peculiar: "Se ha escrito mucho en Italia sobre la Primera Guerra Mundial, pero nunca de los territorios ocupados y de la vida allí".

Molesini asegura que la novela no es autobiográfica, pero lo cierto es que la vida mezclada que cuenta en el libro es también la clave de bóveda de su propia existencia. Autor de poesías y cuentos infantiles, traductor de Ezra Pound y de William Faulkner, profesor de literatura italiana, Molesini creció entre los canales de una ciudad que anula las diferencias sociales: "En Venecia el más noble habla con el más pobre. Tal vez porque no hay coches y pasamos tanto tiempo caminando". Las callejuelas de su ciudad le enseñaron al joven Molesini también la lentitud; otra asignatura la aprendió del que define como "el libro de los libros": "Leí La Odisea con 11 años. Cuando Ulises en el infierno le pregunta a Aquiles si se alegra de que allí le sigan venerando, este contesta que preferiría ser el último de los aprendices con tal de estar vivo. Hay un agarre a la vida que el cristianismo y la creencia en el paraíso en parte han arruinado".

El año del hambre

A sus últimas fuerzas se agarraron los italianos que resistieron tras el fracaso de Caporetto. "Miles de personas murieron. La gente se comía hasta las ratas y a 1918 se le sigue llamando el año del hambre", afirma el autor. Nada comparable con la Italia de hoy, aunque quizás sí haya un aspecto parecido. Entonces, "un rey enano [el soberano Vittorio Emanuele era bajísimo] estaba llevando el país a la deriva", escribe en su web Molesini. Un destino y un protagonista que sugieren comparaciones inquietantes con la actualidad berlusconiana. "Bueno, sí. Supongo que es casual", se ríe el veneciano. Bastante menos gracia le hace la actitud del actual Gobierno hacia la cultura, ya sea humanística o científica: "Nunca un ejecutivo ha sido tan indiferente. Les da exactamente igual".

Uno de los autores favoritos de Molesini, Tomasi di Lampedusa, hablaba en El Gatopardo de "cambiar todo para que nada cambie". Hoy en día, sin embargo, hay un tren que, según el italiano, ya corre demasiado rápido como para pararlo. "El tema de ser huéspedes en casa propia que trato en la novela es una metáfora del mundo occidental. Estamos invitados a un destino que no hemos escogido. Nos gustaba ser un club de naciones ricas que establecía las reglas: ahora culturas y países ajenos nos han derrocado y no estamos acostumbrados". Por lo menos, no es una Caporetto.

Falleció el actor mexicano 'Capulina', el rey del humor blanco

La muerte de Gaspar Henaine fue anunciado por su nieta en Twitter; llevaba 2 semanas hospitalizado

El actor mexicano Gaspar Henaine, popularmente conocido como Capulina. foto.fuentes:eltiempo.com.eluniversal.com.mx



Gaspar Henaine, Capulina, falleció este viernes en la ciudad de México, por una neumonía, dieron a conocer familiares del actor. Al momento de su deceso en un hospital de esta la ciudad de México, el 'Rey del humor blanco' tenía 85 años de edad.

En su cuenta de Twitter, la nieta de Capulina anunció el fallecimiento del comediante, quien estaba desde hace dos semanas hospitalizado.

Desde muy temprano Erika Alemán Enaine había comentado el red social que esperaban el desenlace, puesto que los médicos ya no le daban esperanzas de vida a Capulina.

"Murió en paz y sin dolor. Ya no pudo continuar, se cansó", dijo su hijo Gaspar Henaine Junior en conferencia de prensa.

El comediante había ingresado hace dos semanas a un hospital de Ciudad de México. Capulina pasó sus últimos minutos en compañía de su familia, quienes le cantaron varias canciones hasta que murió, dijo su hijo.

Con su personaje Capulina, Henaine -descendiente de una familia libanesa- fue uno de los actores más taquilleros del cine mexicano.

Las películas del llamado 'Rey del humor blanco' eran estrenadas en los años sesenta en forma simultánea en los cines de las principales capitales de América Latina, donde su personaje era celebrado especialmente entre los sectores más populares.

Apenas este año recibió el premio al Orgullo Hispano, el cual le fue entregado en su casa de Cuernavaca, Morelos, al no poder viajar a la ciudad de Las Vegas.

Por muchos años actuó a lado de Marco Antonio Campos Contreras 'Viruta' con quien formó una de las parejas cómicas más legendarias del cine mexicano.