28.9.13

"El café y la cultura"

Se fue Mutis, dejándonos a Maqroll el Gaviero...

Texto de Juan Gustavo Cobo Borda en homenaje a Álvaro Mutis

 Álvaro Mutis. Imagen cortesía Casa de América./banrepcultural.org
El más célebre (de los cafés), de concepción ya moderna, fue el de Francesco Procopio Coltelli, antiguo mozo de Pascal, nacido en Sicilia en 1650 y que más tarde se hizo llamar Procope Couteau. Se había instalado primero en la feria de Saint-Germain, después en la calle de Tournon, y por último pasó en 1686, a la calle Fossés-Saint Germain. Este tercer café, el Procope –todavía existe hoy–, se encontraba cerca del centro elegante y dinámico de la ciudad, que entonces era la glorieta de Buci, o mejor aún el pont-Neuf (antes de que lo fuera, en el siglo XVIII, el Palais Royal). Apenas abierto, tuvo la suerte de que la Comédie-Française viniera a instalarse frente a él en 1688.

Fernand Braudel, Bebidas y excitantes



Europa y América charlan en torno al café


El café “es el dulce hogar para aquellos para los que el dulce hogar es un horror”. Así escribía Alfred Polgar en 1926 refiriéndose al café Central de Viena. Solo que desde 1650, al hablar de las Coffee houses inglesas, el café está íntimamente ligado a la literatura, al ocio, a la conspiración, y a esa mezcla sutil entre bohemia y laboriosidad que caracteriza a los habituales del café. Un solo dato: Jean Paul Sartre escribió un denso tratado metafísico, en la senda de Heidegger, titulado El ser y la nada en las mesas del parisino café de Flore, donde incorporó al texto argumentos proporcionados por el camarero.

En 1700, ya Londres contaba con tres mil establecimientos para el consumo de café, en una ciudad de seiscientos mil habitantes. Pero en 1709, un periódico, El Charlatán ( The Tatler) resume todas las noticias de la ciudad, de la bolsa a los espectáculos, al tener como base de su información lo que se dice en los cafés. Algo que los periodistas no dejarán de aprovechar desde entonces: un último café chismoso antes del cierre de la edición.
Steele, en El Charlatan y Addison, con The Spectator (1711) quisieron dar a sus lectores algo más que noticias fugaces. Ensayos donde brillará el ingenio y el conocimiento.
Pero fueron los cafés parisinos, de 1780, como el Procope, el café de la Regence o el café de Fey, los que engendraron, en la caldeada atmósfera de inteligencias como las de Voltaire, Rousseau, Diderot y D’Alembert, tanto la Encliclopedia como la Revolución de 1789. Pero esas manifestaciones, bruscas o incendiarias o de largo aliento, tenían singulares raíces. En el Procope, un día se empezó a hablar de la armonía y la discusión duró once meses. Ese mundo es el que nos rescata Antoni Martí Monterde en su libro Poética del café. Un espacio de la modernidad literaria europea (Anagrama, Barcelona, 2007).
Pero no solo de ella, de la europea, sino también de la nuestra, la latinoamericana. En un café de París, Rubén Darío y Enrique Gómez Carrillo, como quien dice el Modernismo en pleno, quieren extraer del poeta Paul Verlaine esa gota de música y sabiduría que habían paladeado en sus canciones. El encuentro, cómo no, se da en un café y Rubén Darío, con facundia tropical, exalta su gloria. Verlaine, el fauno taciturno y borracho, solo responde: “La gloire! ... La gloire. Merde!”.
Amarga lección que Rubén Darío de seguro recordará en sus depresiones de alcohólico sin recursos, caído de su trono lírico, tal como nos lo pintó Vargas Vila en el libro que le dedicó.
Por su parte, el peruano César Vallejo, en el París de 1936, con hambre y frío, se refugiará en la calidez humeante del café, para proponernos ese soneto que tituló “Sombrero, abrigo, guantes”:
Enfrente a la Comedia Francesa, está el Café
de la Regencia, en él hay una pieza
recóndita, con una butaca y una mesa.
Cuando entro, el polvo inmóvil se ha puesto ya de pie.
Por su parte, y en Madrid, el maestro exaltado por Borges, Rafael Cansinos Assens, traductor de las Mil y una noches, despachará desde el café Colonial mientras Ramón Gómez de la Serna lo hace desde el café Pombo. En un momento donde las ciudades se tornan eléctricas y agitadas, de choques bruscos y aceleración nerviosa, los cafés pueden ser puerto y refugio. Aguas más quietas, e incluso estancadas, donde se cultiva, según Gregorio Marañón, la pasión más fuerte del hombre español, el resentimiento. La maledicencia. Pero el café también fue una suerte de universidad popular donde muchos, por el irrisorio precio de una taza alargada por horas, pudieron escuchar a don Miguel de Unamuno, don Antonio Machado o don Pío Baroja, como debe decirse. La envidia se transformaba en coloquio y cuando el exilio, a raíz de la Guerra Civil, los llevó a tantos a Buenos Aires como a México, el café continuó siendo el ágora donde las ideas cruzaban sus espadas y los gritos, tan españoles, trataban de imponerse sobre los rivales. Así en los cafés de la Avenida de Mayo o la calle Salta, el Iberia y el Español, las mesas volaban de una acera a otra, y María Teresa León, la mujer de Rafael Alberti, exiliados ambos como Ramón Gómez de la Serna, veían como "en las mesas de los cafés se discutía y se gritaba como si aún Madrid estuviese defendiéndose". El café fue entonces política y poesía: soledad y compañía. Como siempre lo había sido.

Café Windsor, tinto y sifón

El café Windsor, en la calle 13 con la esquina de la séptima, frente a la oficina de los correos, fue uno de los primeros refugios bogotanos donde gentes venidas de todo el país se daban cita.


Allí arribarían Ricardo Rendón, Luis Tejada y León de Greiff, provenientes de la Villa de la Candelaria. Por allí se asomaría Germán Arciniegas, bogotano y sabanero de hacienda y ordeño administrada por su padre, para encontrarse con Gregorio Castañeda Aragón, quien traería el yodo y la sal marina desde Santa Marta, a esa atmósfera de humo y puerta vaivén, quizá de emboladores en el estrecho espacio, donde el tinto se alternaba con el sifón. Donde los negociantes de ganado y trigo de Sogamoso convivían con un vikingo que declamaba: “esta mujer es una urna / llena de místico perfume”.
Augusto Ramírez Moreno reconstruyó la nómina del Windsor:


Todas las tardes a las cinco y todos los domingos de una a siete de la tarde se reunían León de Greiff, Carlos Pérez Amaya, Alejandro Mesa Nicholls, Luis Tejada, Carlos Pellicer, Rafael Vásquez, Luis Vidales, Ricardo Rendón, Germán Pardo García, Rafael Bernal Jiménez, Juan Lozano y Lozano, Palau Rivas, Francisco Umaña Bernal, Alberto y Felipe Lleras, Jorge Zalamea, Alberto Ángel Montoya, Ciro Mendía, Gabriel Turbay, Jorge Eliécer Gaitán y Rafael Jaramillo. Durante cinco horas se tomaba el café tinto, se recitaban poesías inéditas, se leían prosas acabadas de salir del horno.


Y en alguna forma se suscitaban varios hechos culturales y políticos que transformarían el país. Las caricaturas de Rendón demolían la hegemonía conservadora, la revista Los nuevos y la revista quincenal Universidad fundada por Germán Arciniegas en 1921 incorporaba ensayistas como Baldomero Sanín Cano y Luis López de Mesa y se abría de manera generosa hacia una América Latina ignorada hasta entonces, con figuras como José Carlos Mariátegui y la reforma universitaria de Córdoba (Argentina). Finalmente, se constituirían las primeras organizaciones socialistas y comunistas, con figuras como María Cano e Ignacio Torres Giraldo. Muchos círculos en expansión se constituyeron a partir de los cafés, en esa ciudad andina aislada del mundo.


Con razón Germán Arciniegas recordó en 1996, en El Tiempo: 


Lo del Windsor no se repetirá jamás. No tiene nada que ver con las cafés de París o de Viena. Es el café de los hombres solos que no se quitan el sombrero y recitan sonetos, consumiendo tinto o sifón, mientras en la calle rueda el tranvía de mulas, sube el partido liberal y para no romper la costumbre bogotana, llueve a cántaros y se muere de frío.
Más joven que Germán Arciniegas (1900-1999), Alberto Lleras Camargo (1906-1990) también tendría en el Windsor su base de operaciones, justificada en aquel entonces por su trabajo en los periódicos liberales El Tiempo y El Espectador porque los cafés eran también prolongaciones de las salas de redacción, antes de entrar a laborar y luego que ya la edición circulaba por toda la pequeña parroquia de entonces. Revive Lleras Camargo aquellos tiempos cuando evocó a Ricardo Rendón (1976).


En ellos se freían empanadas, cuyas grasas de cerdo extendía un excitante olor en el recinto estrecho y las afueras inmediatas…

Se tomaba, desde luego, café, mucho café, negro y amargo, y además, de tiempo en tiempo, algún licor fuerte, whisky, brandy, ron o aguardiente, o grandes jarros de cerveza negra o rubia que llegaba en toneles, en grandes carros tirados por percherones imponentes. Aquello era barato, al alcance de nuestra pobreza.


Vuelven a destacarse allí las siluetas de León de Greiff, “en la calle 14 con la carrera 7.ª, de preferencia en la acera suroriental, enfrente de una droguería” que miraba desplazarse la vida de la calle y luego se hundían en el café Riviere, antecesor del Automático, que fue después puerto de otra generación:


León, “que trabajaba como contabilista en un banco de la Calle Real” y Luis Tejada que destilaba sus “gotas de tinta”, para El Espectador, donde amigos como Luis Vidales y José Mar soñaban con el remoto sóviet de la hoz y el martillo y se identificaban con su conmovida “Oración para que no muera Lenin”.


Esos eran los cafés. Ese era el Windsor. Esa fue una época de nuestra cultura, en la creatividad del diálogo y el afrontar de modo colectivo muchas empresas editoriales y variados movimientos literarios. Retengamos dos nombres: León de Greiff y Jorge Zalamea.


Los provincianos llegan a los cafés bogotanos

El café como institución cumple un papel destacado porque se renueva con cada generación que arriba a sus mesas, admira de lejos a las figuras consagradas y poco a poco busca aproximarse a ese círculo mágico.


Además, para la gente que viene de provincia establece un rito de pasaje, un salvoconducto y una credencial, que les permite sentirse integrados a la capital. Veamos algunos casos. Danilo Cruz Vélez, el filósofo nacido en Filadelfia, en 1920 y quien moriría en Bogotá en el 2008, reconstruyó en sus diálogos con Rubén Sierra Mejía (1996) su arribo a la capital y su acceso al mundo de los cafés, sobre los cuales aseveró: “la vida intelectual de Bogotá estaba centrada en algunos cafés”.


Con Rafael Carrillo se encontraba en los cafés Martignon y Lucerna donde comentarían, entre otros, las nuevas traducciones que publicaba la Revista de Occidente en Madrid dirigida por José Ortega y Gasset. Continúa Cruz Vélez:


Otro café, muy famoso, que recuerdo y al cual acostumbraba ir León de Greiff en esa época era el Café de París que estaba situado en la carrera 7ª, un poco antes de llegar a la plaza de Bolívar. Otro fue el café El Molino, que era el tertuliadero de la nueva generación poética, de Eduardo Carranza, Carlos Martín, Camacho Ramírez y Jorge Rojas. Después empezó a frecuentarlo León de Greiff. Había uno en la carrera 8.ª, antes de llegar a la plaza de Bolívar, que se llamaba café Felixerre. Y a la vuelta de El Molino, el café Asturias, cuyo auge hay que situarlo en época posterior a los años de apogeo de El Molino. El Asturias se convirtió también en café de los poetas, donde se reunían Ángel Montoya, los piedracielistas y posteriormente los pospiedracielistas. [pág. 73]


Luego de un filósofo, un poeta: Fernando Arbeláez (Manizales, 1924-Bogotá, 1995). En un texto suyo titulado “El Asturias y El Automático”, e incluido en el libro Voces de bohemia (1995) se reiteran los mismo elementos. Asombro de asomarse al Olimpo literario y sentir, en proximidad física, lo que antes eran solo firmas en los suplementos literarios o voces por la radio. Al hablar de “El Asturias”, en los años cuarenta, así lo vivió Arbeláez recién llegado a Bogotá:


En una esquina del fondo del café, León de Greiff con su ‘alta pipa y su taheña barba’ pergeñaba solitario sus mamotretos entre copa y copa de aguardiente, Alberto Ángel Montoya, un poeta cuya obra completa recitaba de memoria en mis nocturnas navegaciones, y a quien imité en mi adolescencia, asistía allí, medio ciego, a una tertulia de fieles amigos que celebraban como expresiones de la mayor genialidad, sus paradojas muy a lo Wilde y sus boutades sobre la ordinariez de la vida bogotana. Por ahí desfilaban Eduardo Carranza, Jorge Rojas, Arturo Camacho Ramírez y Carlos Martín, los adalides del movimiento de Piedra y Cielo. [pág. 73]


Oigamos ahora a un historiador. En sus Memorias intelectuales (2007), el historiador Jaime Jaramillo Uribe nos recuerda cómo a su llegada a Bogotá desde su natal Pereira uno de sus parientes por el lado materno era propietario de tres cafés en Bogotá: el Victoria, el Colombia y el de La Paz, en los cuales trabajaría ayudándolo en la caja. Allí también precisa las direcciones de esos cafés a los cuales asistía como el café Victoria (carrera 7.ª N.° 13-19) y el café Felixerre (Carrera 8.ª N.° 11-74) también mencionado por Danilo Cruz Vélez y donde los libros de la revista Occidente como el de Oswald Spengler, La decadencia de Occidente y las obras de José Ortega y Gasset eran referencias habituales, sea La rebelión de las masas, El tema de nuestro tiempo o España invertebrada.


Aquí resulta pertinente traer a cuenta las palabras de Gabriel García Márquez en el homenaje a Belisario Betancur en febrero de 1993:


Para nosotros, los aborígenes de todas las provincias, Bogotá no era la capital del país ni la sede de gobierno sino la ciudad de lloviznas donde vivían los poetas.


Con el mismo terror reverencial con que íbamos de niños al zoológico, íbamos al café donde se reunían los poetas al atardecer. El maestro León de Greiff enseñaba a perder sin rencores en el ajedrez, a no darle ni una sola tregua al guayabo y, sobre todo, a no temerle a las palabras. Esta es la ciudad a donde llegó Belisario Betancur cuando se lanzó a la aventura del mundo, entre el pelotón de antioqueños sin desbravar, con el sombrero de fieltro de grandes alas de murciélago y el sobretodo de clérigo que lo distinguía del resto de los mortales. Llegó para quedarse en el café de los poetas, como Pedro en su casa” (Gabriel García Márquez: Yo no vengo a decir un discurso. Bogotá, Mondadori, 2010, págs. 69-70).


Subrayaremos en este tramo dos nombres: Eduardo Carranza y Gabriel García Márquez.


Otro provinciano, en este caso pintor, dibujante y grabador, Ómar Rayo, nacido en Roldanillo (Valle), en 1928 y muerto en el 2010, también arribó a Bogotá, para conquistar la gloria con sus dibujos bajo el brazo. Así lo cuenta José Font Castro en el libro Ómar Rayo (1990).


A comienzos de los años cincuenta era muy fácil codearse con las más célebres figuras de las letras colombianas. Bastaba con asomarse al mediodía al café “El Automático” de la avenida Jiménez de Quesada. Allí coincidían casi diariamente León de Greiff, Juan Lozano y Lozano, Jorge Zalamea, Eduardo Carranza, Jorge Rojas, Aurelio Arturo, Eduardo Caballero Calderón, Jaime Tello, Guillermo Payán, Arturo Camacho Ramírez y Darío Samper, entre los más habituales. Y al lado de esa pléyade de poetas y escritores los caricaturistas de moda –Merino, Chapete, Rincón– y de vez en cuando uno que otro pintor, pues no había muchos. La sesión se reanudaba hacia las seis de la tarde, después de que el maestro de Greiff, que era quien la presidía, timbraba la tarjeta de salida en la Contraloría General de la República, donde trabajaba de contable:


Un día Rayo sorprendió a los habitués del ‘Automático’ –hasta entonces su audiencia cautiva– con una exposición de los veinte personajes más conocidos del lugar, cuyos rostros parecían estar formados con trozos de madera. Tal era el realismo y la textura que se percibía en aquellos cuadros, los cuales había que mirar muy de cerca para descubrir que no se trataba de madera, sino de un dibujo. Había nacido el ‘maderismo’, la primera tendencia con nombre propio que se recuerda en la moderna pintura colombiana. (Creo que aquellos cuadros no lograron venderse. Debieron quedar para cancelar viejas deudas de aguardiente, pues los recuerdo permanentemente colgados en las paredes del ‘Automático’, como parte de su decoración. Y nada de raro tiene que también hubiesen sucumbido con ese antiguo y último refugio de la bohemia bogotana).


Del café Windsor, de la calle 13 N.° 7-14, propiedad de los hermanos Luis Eduardo y Agustín Nieto Caballero, al café El Automático de la avenida Jiménez de Quesada N.° 5-28, han pasado varios decenios, desfilado diversas figuras, y discutido asuntos que abarcan desde James Joyce y T. S. Eliot promovidos y traducidos por Jaime Tello hasta temas de marxismo y revolución planteados por Luis Vidales. Fue así el café bogotano el club de los que no tenían club o la universidad de los que le aburrían las clases y prefirieron el billar y la poesía, como siempre lo ha reivindicado Álvaro Mutis. Las verdaderas cátedras de billar y poesía eran las que se impartían en los cafés.


Cuadernícolas y extranjeros

En este mundo de cafés y radioperiódicos, donde era fácil comprar La Nación de Buenos Aires, con su suplemento literario dirigido por Eduardo Mallea que traía colaboraciones de Jorge Luis Borges, Ricardo Molinari y Carlos Mastronardi, que tanto habría de marcar a Aurelio Arturo con su “Luz de provincia”, es donde Álvaro Mutis haría sus primeras velas de armas, para ingresar en la vida literaria. Lo recordó así en 1980, desde México, al hablar de Gilberto Owen.


Éramos adolescentes y nuestro bachillerato se iba desvaneciendo entre el billar y la poesía en el Bogotá de los últimos treinta. En las tardes, era obligado sentarse en una mesa del café Molino, vecina de la que ocupaban los grandes de nuestras letras de entonces. Allí campeaba Jorge Zalamea con su aire arrogante de Dorian Gray, su voz también altanera e inteligente; León de Greiff con las barbas de vikingo aún rojizas entreveradas ya de no pocas canas, sus ojos azules de fiordo y su acento de Antioquia para decir escasas palabras, pero siempre lapidarias; Luis Vidales con su aire malicioso y su sonrisa aguda, que ocultaba, vaya uno a saber, qué sarcásticas visiones de pescador de almas; Eduardo Caballero Calderón, aún sin barbas, ya claudicante, con un aire malhumorado más superficial, de comentarios siempre hechos a costa de algunos de los presentes. A este grupo se sumaba a menudo un hombre de aspecto un tanto hindú, elegante, de pocas palabras, con una mirada oscura, honda y para nosotros cargada de misterio. Era Gilberto Owen, el poeta mexicano, radicado entonces en Bogotá y casado con una rica heredera antioqueña. […] Era una poesía por completo ajena a nuestras simpatías del momento: el García Lorca de Poeta en Nueva York; el Vallejo de España aparta de mi este cáliz, Cernuda y, desde luego, el Neruda de la segunda Residencia en la tierra. [Álvaro Mutis, Desde el solar¸ Ministerio de Cultura, Bogotá, 2002, pág. 145]


Alberto Zalamea publicaría en La Razón el primer poema de Mutis titulado “El miedo”, poema aprobado por el crítico de arte y galerista polaco Casimiro Eiger. Engendrado en el café, participante asiduo del mismo, Bogotá daba a la luz un gran poeta: Álvaro Mutis, nacido en 1923.


En 1948, en compañía de Carlos Patiño, publicaría en 200 ejemplares La balanza con ilustraciones de Hernando Tejada y quedaría así adscrito al movimiento que Hernando Téllez llamaría “Los cuadernícolas”, por su propensión a editar solo breves volúmenes de muy pocas páginas, muchos de ellos hechos por Ediciones Espiral. Téllez, director entonces de la revista Semana, dedicaría su portada del número del 2 de abril de 1949 al poeta Fernando Arbeláez, donde el perfil de Arbeláez con bigote y entre recreaciones de Picasso y Dalí se apoyaba sobre un titular tremendista “En el principio era el caos”.


Semana censaba entonces 53 poetas donde además de Mutis se destacaban Fernando Charry Lara, Eduardo Mendoza Varela, Jaime Ibáñez, Carlos Castro Saavedra, Helcías Martán Góngora, José María Vivas Balcázar, Guillermo Payán Archer, Rogelio Echavarría, Carlos Medellín, Julio José Fajardo, Maruja Vieira, Jaime Tello, Dora Castellanos, Meira Delmar y Emilia Yarza. Aún no habían publicado libro ni Arbeláez, ni Andrés Holguín, ni Daniel Arango, ni José Constante Bolaños, ni Jaime Duarte French ni Enrique Buenaventura, que también se mencionaban como poetas. En medio de ese heterogéneo conjunto, al cual Hernando Téllez no consideraba muy consistente y donde todos se parecían demasiado entre sí se hallaba Mutis. “Semejan una legión de muchachos en uniforme lírico que trabajan en la misma corriente estética, en el mismo universo de símbolos y con los mismos temas”: varios de ellos aparecen fotografiados en el habitual café El Automático con Jorge Zalamea y el pintor Ignacio Gómez Jaramillo.


Pero Mutis y Patiño en realidad se destacaban por su insistencia en ciertos elementos de una geografía poética tropical: hojas de banano, hoteles y burdeles de tierra caliente, entierros en medio de cierta feracidad voraz, hangares y aeródromos abandonados y la presencia insólita de húsares napoleónicos en medio de tal escenario. Luego, por reminiscencias de Mutis y los poemas que le dedica a León de Greiff, comprendemos que esos húsares también surgieron en los cafés, cuando los dos rememoraban las hazañas napoleónicas y trataban de superarse en el número de batallas recordadas del general corso que admiraban con fervor. También los cafés podían impartir clases de historia.


A esto debemos añadir los viajeros extranjeros, temporales o permanentes, que se sentaban en dichos cafés. A Casimiro Eiger, el polaco, y Gilberto Owen, el mexicano, debemos añadir el guatemalteco, también asilado como Mutis luego en México –Mutis arribaría a México en octubre de 1956 y no volvería nunca a vivir en Colombia– Luis Cardoza y Aragón, a quien Mutis dedicará en 1947 su poema “Tres imágenes”. Y el alemán Ernesto Volkening (Amberes, 1908-Bogotá, 1983), asiduo siempre de los cafés del centro, donde corregía las galeras de la revista ECO cuando era su director y quien nos dejó varias páginas muy agudas sobre las obras de Álvaro Mutis, quien le dedicaría su primera novela, La nieve del almirante (1986), Gabriel García Márquez y José Antonio Osorio Lizarazo. También asentó esta síntesis reveladora sobre el papel de los cafés bogotanos:


Aquellos (los escritores colombianos) desperdiciaban [durante ‘tardes de café’] material suficiente para que un escritor europeo viviera un año.


Solo que el café, como el caso del Gato Negro, sería también el lugar donde asesinarían a Jorge Eliécer Gaitán y donde Colombia jamás volvería a ser la misma, desde ese 9 de abril de 1948. No sorprende entonces que en 2013, algunos de los cafés sobrevivientes conserven detrás de sus barras, grecas y cajas registradoras, fotos y afiches de la figura de Jorge Eliécer Gaitán, el puño en alto, convocando en sus ya históricos discursos políticos a sus aún fieles seguidores.


Mutis crece y se expande en el exilio mexicano

Sabemos que la obra de Álvaro Mutis se precisa a partir de esos diálogos en cafés bogotanos, ya sea con León de Greiff, Jorge Zalamea o Eduardo Carranza, y de su forma de ahondar en el perdido paraíso de la infancia, cerca del río Coello, en el Tolima. Solo que para poder expresar esos mundos, el de la historia y el de la vivencia infantil, el de la lectura y la aventura, recurrirá a una máscara: Maqroll el Gaviero.


Donde la distinción entre poesía y prosa es del todo innecesaria pues ambas de nutren de una misma intensidad creativa. La de un paria aventurero que recorre las comarcas colombianas de tierra caliente, ríos, cordilleras, sembrados de café, y luego se desplaza por el mundo, como una suerte de marino no demasiado ortodoxo, embarcado en empresas un tanto al margen de la ley, con sus cómplices de turno. Las combinará con su interés por figuras históricas, como el príncipe de Ligne, lecturas de volúmenes un tanto esotéricos y en ocasiones obsoletos del todo. En ese espejo distante enlaza las guerras dinásticas europeas con la crueldad violenta y en ocasiones sádica de la violencia colombiana, tenga como escenario la selva como los raudales del Orinoco.

En Un bel morir (1989) enumera algunos de los dudosos oficios de Maqroll: “contrabando de armas en Chipre, de banderas navales trucadas en Marsella, de oro y alfombras en Alicante, de blancas en Panamá; en fin, no sigo porque la lista nos tomaría varias horas” (pág. 320).


Sus siete novelas nos proponen también un museo de temas y personajes que pueden ir “de la tibia mañana del 29 de mayo del año de Cristo de 1453, cuando los turcos toman Constantinopla y dan muerte al último y joven emperador de la dinastía de los Paleólogos” hasta, por decir algo, el 13 de abril de 1742 cuando se estrena en Dublín El Mesías de Händel. Es decir, Mutis se interesa en esa península de Asia llamada Europa y los hombres que la pueblan y reflexionan sobre su destino, llámese André Malraux o Drieu la Rochelle, en campos opuestos: uno miembro de la resistencia, el otro partidario de Alemania, pero capaces de reconocerse. Aun cuando Drieu se suicide y Malraux termine por ser el ministro de Cultura del general de Gaulle.


A quien más ama Mutis es a la “última leyenda”: un general sarnoso que inicia la campaña de Italia con un ejército venal y poco dispuesto, y que terminará por ser el dueño de Europa y de un imperio de casi mil años, el de los habsburgo, y su capital Viena, detentador de la corona del Sacro Imperio. Se trata de Napoléon Bonaparte.


Pero es la historia convertida en sueño la que se cuela en las noches de sus personajes como Ilona que hace el amor con un coronel napoleónico o un relator de la Secretaría Judicial del Gran Concejo “de la Serenísima República de Venecia” (pág. 200). El mundo que Fernand Braudel caracterizó en su precioso libro El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II (Fondo de Cultura Económica, México, 2 vols., 1976), que abarca Oriente y Occidente, Venecia y España, y que Mutis asumirá como propio al dedicar todo un libro de poemas a ese rey que diría: “Prefiero no reinar a reinar sobre herejes”. La fe de una cruzada que en Crónica regia y alabanza del reino (1985) hará de Felipe II, en la lucha en los Países Bajos y el descubrimiento de América, con el oro y la plata que de allí provienen, el monarca que desde El Escorial fue el más grande. De Nápoles a Filipinas, de México al África, viendo, a la vez, como este imperio se quebraba y se iba poco a poco deshaciendo. Son esos personajes enfocados en sus postrimerías y en verdad difíciles de penetrar y comprender los que suscitan en Mutis, a partir de un retrato, mediante una frase, el incentivo para una psicobiografía poética, una semblanza mítica. Figuras capitales en el orbe mundial y europeo: Felipe II y Napoleón Bonaparte, cuyas suscitaciones se trasladarán hasta Colombia en su relato El último rostro, publicado en 1978, referido a los últimos días del libertador Simón Bolívar visto por un coronel polaco, y donde se revive la coronación como emperador en París de Napoleón.


Porque en verdad desde La mansión de Araucaíma (1973), se iniciará ese ciclo donde los sueños de los personajes son el catalizador que revela su carácter y orienta sus pasos. Tres sueños, el de la Machiche, el Fraile y la Muchacha, son los que ahondan la mansión, y revelan un trasfondo de postergaciones, señales y tiempos imposibles de controlar, en la claridad alucinante, con que se viven situaciones concretas pero irreales, no por ello menos cargadas de sensualidad y deseos, como sucede con el sueño de Bolívar en el relato mencionado.


A los sueños, como enigma y clave, bien podemos añadir, en el curso de las varias novelas, ciertas oraciones de esotérica sabiduría, de tono bíblico o religioso, de himno y decálogo, como sentencias apócrifas de un código de conducta, vacío ya de toda fe. Pero quizá este es también un retorno a sus primeros textos, la “Oración de Maqroll”, y a lo que en “Los trabajos perdidos”, consignará así:


“De nada vale que el poeta lo diga… el poema está hecho desde siempre”. Este no sería más que “el comercio milenario de los prostíbulos”. O mejor aún, en el mismo texto: “la derrota se repite a través de los tiempo / ¡ay sin remedio!”. Desde 1953 cuando Mutis publicó este texto ya todo estaba dicho. Consciente del fracaso inherente a la poesía, en su ascenso y su inevitable caída, como en el Altazor de Vicente Huidobro, una de las lecturas de sus años juveniles.


El primer libro de poesía que Álvaro Mutis publica en México se titulará Los trabajos perdidos (1965). Allí, entre otros textos dedicados al exilio, a los republicanos españoles y a las vastas noches del Tolima, dedicará un poema a uno de sus maestros del café bogotano, a una de las múltiples personas en que este se desdobla como Mutis lo hace con Maqroll el Gaviero. Ambas personas, Matías Aldecoa, en el caso de De Greiff y Maqroll en el de Mutis, se unen en una misma muerte. En un similar escenario son máscaras poéticas para alcanzar su verdad más honda.


LA MUERTE DE MATÍAS ALDECOA

Ni cuestor en Queronea,
ni lector en Bolonia,
ni coracero en Valmy,
ni infante en Ayacucho;
en el Orinoco buceador fallido,
buscador de metales en el verde Quindío,
farmaceuta ambulante en el cañón del Chicamocha,
mago de feria en Honda,
hinchado y verdinoso cadáver
en las presurosas aguas del Combeima,
girando en los espumosos remolinos,
sin ojos ya y sin labios,
exudando sus más secretas mieles,
desnudo, mutilado, golpeado sordamente
contra las piedras. […]


Álvaro Mutis dejará Colombia para siempre en octubre de 1956. Publicaría su primer poema en 1945, titulado “El miedo”.


El texto que escribió sobre Jorge Zalamea, en 1970, en México, para presentar un disco con su voz, es, en cierto modo, un texto que también alude al propio Mutis. Cuando habla de los viajes juveniles de Zalamea a México y España, anota:


Esto sirvió para arrancarlo, en una edad formativa y crucial, del reducido y manido ambiente bogotano. Cuanto lamentarían luego muchos de sus compañeros de generación el no haber sido capaces de romper entonces con esa rutina de café y de redacción de periódico en la que perdieron años preciosos de su vida que trataron de rescatar luego, cuando era demasiado tarde, en los ocios de las embajadas o en las interminables siestas en los salones del Congreso. Desde el solar [pág. 29]


Desde los cafés bogotanos al exilio mexicano, la obra de Mutis se sostiene sobre esos dos polos y se vuelve así, generosamente, universal, en lectores de todo el mundo y vertida a muchas lenguas.

Cómo convertirse en una leyenda

Roberto Bolaño. Diez años de ausencia presente

2003. La paradoja Bolaño. Dueño de una obra intensa y moralmente compleja, el autor de Los detectives salvajes detestaba la noción de éxito. Su muerte, a los 50 años, lo convirtió en un escritor fashion

Como Rayuela, Los detectives salvajes se ha convertido en un manual de comportamiento de los jóvenes lectores./revista Ñ

La fama es un malentendido que simplifica a sus favoritos. Roberto Bolaño, escritor y amigo imprescindible, se ha vuelto leyenda.
Cuando murió en 2003, a los 50 años, sus allegados sabíamos que sus libros iban a perdurar, pero ignorábamos que recibiría algo que nunca cortejó: la aceptación masiva. ¿Cómo suponer que la sacerdotisa del rating televisivo, Oprah Winfrey, recomendaría sus libros, que Patti Smith pondría música a sus textos y que el actor Bruno Ganz lo recitaría en alemán?
En Nueva York, conocí a dos jóvenes escritores que pagaron 50 dólares por las pruebas de imprenta de 2666 para leer esa obra antes que nadie, y en México conocí a una aspirante a poeta que estaba feliz porque había acariciado a un perro en la ciudad de Blanes que, según le dijeron, conoció de cachorro al autor de Los detectives salvajes.
Los amigos nunca dudamos del carisma de Roberto, pero lo tratamos con la naturalidad y los excesos de confianza que imponen el afecto y el buen humor. No lo vimos como figura histórica. Contábamos chismes y hablábamos de intimidades. Ahora nos sentimos un poco avergonzados de carecer de información sobre lo que él pensaba sobre los grandes temas de la humanidad.
Cuentan que el padre de Leonard Bernstein era muy severo con su hijo. Cuando le preguntaron si en verdad había sido tan estricto con el pequeño Lenny, contestó: “Sí, ¡pero es que no sabía que se trataba de Leonard Bernstein!”. Algo similar sucedió con el amigo que cantaba canciones de rock, contaba historias de asesinos seriales y criticaba con aguda ironía los defectos de nuestros conocidos. Lo queríamos y lo admirábamos, pero no sabíamos que sería un mito. Es como haber sido amigo de Bob Dylan antes de su debut en el festival de Newport y de despertar el fervor de las multitudes.
Roberto vivía de espaldas a la celebridad y detestaba la noción de “éxito”. Admiraba los relatos de quienes resisten en las calles traseras, las autopistas rumbo a la nada, las casas vacías, las trincheras bajo la lluvia.
Nos conocimos en 1976, en una premiación para jóvenes escritores en los jardines de la Universidad de México. Él había obtenido tercer lugar en poesía y yo segundo lugar en cuento. Uno de los jurados de cuento era el escritor chileno Poli Délano. Hablaba con él cuando Roberto se acercó a intercambiar noticias sobre Chile y la resistencia a Pinochet. Tenía el pelo alborotado por un viento imaginario, lentes redondos y un cigarro en la boca: “Me dieron un tercer lugar, aunque creo que más bien merezco una amonestación”, comentó con sarcasmo.
Trabamos instantánea amistad, pero al poco tiempo se fue a Europa. Durante años no tuve noticias directas de su aventura. De algún modo supe que había ido a París, que había pasado de la poesía a la prosa, que se había instalado en la costa catalana. Yo era amigo del poeta Mario Santiago Papasquiaro, que aparece con el nombre de Ulises Lima en Los detectives salvajes. Cuando Mario murió atropellado en enero de 1998, escribí un obituario que llegó a manos de Roberto. Al poco tiempo recibí una llamada de larga distancia. Roberto quería saber cómo habían sido los últimos años del poeta que protagonizaba su novela, entonces todavía inédita.
En 1998 yo ignoraba que en Europa había tarjetas telefónicas de descuento. En mi condición de mexicano ajeno a los beneficios de la globalización, pensé que Roberto gastaba una fortuna con esa llamada. A él le divirtió mi confusión y prefirió no aclararla: “No te preocupes”, dijo: “tengo mucho dinero”.
Acababa de publicar Estrella distante, novela que había despertado el interés de la crítica, pero sus regalías eran más bien simbólicas. Sin embargo, quería que yo imaginara un derroche, un exceso parecido al de Joyce, que daba propinas descomunales por considerarlas un equivalente monetario de su torrente narrativo.
A partir de esa llamada recuperamos la amistad. Lo visité varias veces en Blanes y lo frecuenté muy seguido a partir de 2001, cuando me instalé con mi familia en Barcelona. Él recordó este reencuentro en un texto de su libro Entre paréntesis. Ahí celebra nuestro destino con una fórmula que no puedo olvidar: “Lo importante es que tenemos memoria. Lo importante es que podemos reírnos sin manchar a nadie con nuestra sangre. Lo importante es que seguimos en pie y no nos hemos vuelto ni cobardes ni caníbales”.
Muchas veces lo vi luchar contra la aceptación, preocupado por la pérdida de radicalidad y los malentendidos a los que lleva el éxito. Los detectives salvajes ganó el Premio Herralde de Novela y luego el Premio Rómulo Gallegos, en Venezuela; sus libros se comenzaban a traducir y la crítica lo celebraba. Hasta entonces se había preciado de ser un outsider que no necesitaban otro reconocimiento que su propia opinión. Nunca he conocido a nadie más seguro de su talento. “Durante años estuve solo, pero no me sentí solo”, decía en referencia a su aislamiento de la comunidad literaria.
Sobran razones para celebrar la narrativa de Bolaño, donde cada escena ha sido escrita con la intensidad de la vida realmente vivida, como una experiencia que ha marcado la piel del escritor. Esto es aún más notable si se toma en cuenta la variedad de escenarios que comprende su dilatada obra. Bolaño creó la misma sensación de cercanía para hablar de un boxeador negro en Chicago, un solitario cuentista argentino, una actriz porno, un soldado en el frente ruso de la segunda guerra mundial o un sacerdote chileno, cómplice de la dictadura. Otro sello de la casa fue la complejidad moral de sus historias. En sus páginas, las nociones del bien y el mal nunca son obvias y en ocasiones parecen intercambiables. No sólo denuncia el oprobio; lo convierte en un problema íntimo, que puede pertenecer a cualquier persona.
Su excepcional novela Estrella distante es protagonizada por un sofisticado artista de vanguardia que también es un represor sádico. En forma estremecedora, Bolaño muestra que la estética puede convivir con el ultraje. George Steiner se ha preguntado una y otra vez cómo fue posible que los comandantes de los campos de concentración nazis recitaran a Rilke y luego fueran a las cámaras de gas. Esta amarga paradoja es explorada con adolorida lucidez en la obra de Bolaño.
Resulta casi imposible determinar por qué un muy buen escritor conecta de pronto con el gran público. En el caso de Bolaño, parece haber al menos tres claves para entender su condición actual de mito. La primera de ellas es su propia vida, al margen de lo establecido. Fue testigo del golpe de Estado en Chile, padeció la represión, el exilio, la pobreza y la enfermedad. En todos estos tránsitos actuó con entereza y, algo más difícil, con excepcional gozo por la vida. Su literatura transmite con excepcional fuerza la alegría en medio de la adversidad, la vitalidad del hombre acorralado.
La segunda razón es más profunda: su estética fue la cabal caja de resonancia de esa forma de vida. Los detectives salvajes es una curiosa Bildungsroman o novela de educación sentimental. Como En el camino, de Jack Kerouac, narra la historia de dos compinches que peregrinan en un auto buscando el sentido de la existencia. Para Bolaño, el poeta es un detective que investiga la vida de manera salvaje, heterodoxa. De manera peculiar, la inmensa mayoría de sus personajes se interesan en la poesía, pero muy pocos la escriben. El principal gesto de Bolaño consiste en demostrar que la vida puede ser un acto poético. Sus detectives salvajes no necesitan concebir versos; les basta vivir con imaginativa libertad para que eso sea poético. Para percibir algo distinto, hay que hacer algo distinto. ¿Hacia dónde lleva el camino? Una frase de Henry Miller brinda la respuesta: “Hacia delante, a ningún lugar”.
Los detectives salvajes se ha convertido en un manual de comportamiento de los jóvenes lectores, algo que en la literatura latinoamericana no ocurría desde Rayuela, de Julio Cortázar, publicada en 1963.
La tercera razón del éxito popular es que su novela más conocida es una obra colectiva, narrada por voces que entran y salen del libro como la multitud que entra y sale de un estadio. No es la historia de un artista aislado. Es la saga de una tribu. Leer el libro significa pertenecer a una cofradía, la de quienes desean entender el mundo de otro modo para poder cambiarlo. Los detectives salvajes tiene una condición de fogata en el desierto que reúne a los vagabundos de muchos lugares. No hay modo de leer sin sentir que tú también tienes una historia que contar.
Más allá de estas hipótesis, se alza el insondable misterio que siempre acompaña a un gran autor. Nunca acabaremos de resolver los acertijos que planteó el inolvidable Roberto Bolaño.
En el verano de su muerte, Marte se había acercado más que nunca a la Tierra. El aire ardía y en Barcelona los ancianos temían morir de un “golpe de calor”.
El 28 de abril habíamos celebrado su cumpleaños número 50. Como siempre, hizo bromas sobre la enfermedad que lo asediaba y sus amigos pensamos, una vez más, que tenía una mala salud de hierro, un padecimiento difícil de soportar, pero que no le impediría seguir escribiendo en forma avasallante. Unos meses después los mismos amigos nos encontramos azorados en el Tanatorio de Les Corts para despedir al detective salvaje.
Roberto no quería despertar compasión. Le gustaba compararse con un marine entrenado para sobrevivir en cualquier parte. No reconocía maestros ni aceptaba discípulos. Era un lobo solitario. En las tertulias, rara vez le daba la razón a otra persona y, si en el siguiente encuentro alguien sostenía lo mismo que él había sostenido, cambiaba de opinión. En una entrevista memorable, Mónica Maristany le preguntó: “¿Por qué usted siempre lleva la contraria?”. En forma emblemática, el imperturbable Roberto contestó: “Yo nunca llevo la contraria”.
Tampoco admitía el menor comentario contra México. Había idealizado el país donde se convirtió en escritor y que le brindó el escenario de sus novelas más extensas. La última palabra de 2666 es, precisamente, “México”.
Recibió varias invitaciones para volver al Distrito Federal pero no aceptó ninguna. “Tengo miedo de morir ahí”, decía como si fuera un personaje de Bajo el volcán o La serpiente emplumada. En mi opinión, su renuencia a regresar se debía que no deseaba desmitificar el territorio que había recreado a la distancia, sirviéndose de su imaginativa memoria. Muchos de los episodios de Los detectives salvajes eran conocidos por nosotros antes de que los narrara, pues le habían sucedido a amigos comunes, pero pensábamos que lo mejor de ese pasado era que ya había ocurrido. Roberto supo entender la fuerza oculta en esas tramas y les otorgó dimensión épica. En caso de haber vuelto a México, seguramente se hubiera decepcionado de no encontrar ahí la alucinatoria fuerza de su novela, del mismo modo en que otros se han decepcionado de no encontrar en las calles de Alejandría la magia y la sensualidad que Lawrence Durrell le atribuye en su célebre Cuarteto.
En la playa de Blanes, donde vivía, se alza la primera roca de la Costa Brava. Le gustaba señalar ese peñasco, como si se comparara con él. Una piedra solitaria e inexpugnable. Estaba más orgulloso de su ética de vida que de sus resultados literarios. Tuvo todo tipo de empleos sin quejarse en lo más mínimo de ninguno de ellos. Fue vigilante nocturno en un camping y atendió una tienda de bufandas. Durante años, participó en concursos literarios de provincia. No le interesaba el prestigio de esos premios regionales, sino el dinero que podía aliviar sus gastos. Definía su actividad de concursante como una tarea de pielroja, de intrépido “cazador de caballeras”.
Aficionado a las estrategias de guerra, pensó compilar una Antología militar de la literatura latinoamericana, donde ordenaría las habilidades de los escritores en grupos de ataque: infantería, artillería, paracaidismo, etc. Había algo de jugueteo infantil en su ilusión de verse como un marine, un pielroja o un investigador de homicidios. Sin embargo, esos destinos le servían para fraguar su ética de la supervivencia.
Recuerdo la noche en la que dio una conferencia en Casa Amèrica de Catalunya. En la sesión de preguntas, alguien quiso saber cuál era el valor que más apreciaba en una persona. “La valentía”, contestó Roberto sin vacilar. Aunque era un estudioso de las campañas militares, la valentía tenía que ver para él menos con los peligros de guerra que con la entereza moral, la fidelidad a sí mismo, la capacidad de resistir a las tentaciones y los abusos de la época.
Costaba trabajo imaginarlo como alguien frágil. Aunque sabíamos que estaba enfermo, su muerte sólo podía sorprendernos.
Poco antes de que esto sucediera, me habló por teléfono para comentar un libro que acababa de leer, Todo modo, del escritor siciliano Leonardo Sciacia. Un personaje lo había cautivado especialmente: el sacerdote Gaetano. Después de conocer el amplio repertorio de la experiencia humana, el padre comenta que sólo le falta un último bautizo, el de la muerte. “¡Qué frase!”, exclamó Roberto con admiración.
Meses después, al recibir la devastadora noticia de la muerte de Roberto, este diálogo adquirió fuerza retrospectiva. El aire seguía ardiendo por el verano, pero de pronto llovió como en un cuento de Borges, con “lentitud poderosa”. El clima parecía una expansión del último bautizo de Roberto Bolaño.
En los diez años transcurridos desde su muerte muchas de sus palabras regresan a mí a la hora del insomnio, en la alta madrugada, cuando él estaba más despierto que nadie.
Roberto tenía el horario laboral de un vampiro. Despertaba en la tarde y, para entrar en calor, llamaba a sus amigos. En Barcelona no es común que la gente use el teléfono sólo por el deseo de hablar. Las llamadas suelen tener un fin utilitario. Por eso Roberto prefería hablar con amigos latinoamericanos, que no vemos el teléfono como un medio de comunicación sino como un sitio de reunión. De pronto hablaba de una actriz que le gustaba, contaba un sueño, describía un movimiento militar en la batalla de Borodino o se interesaba en saber cómo estaba mi pequeña hija. Luego colgaba para adentrarse en su noche de escritura.
Era un amigo atento, pero odiaba las relaciones públicas. Cada vez que se sentía en peligro de ser aceptado por el establishment, escribía un texto furibundo contra un escritor famoso. Era su forma, algo ingenua y muchas veces cruel, de preservar su independencia. El libro Entre paréntesis reúne los textos donde sus amigos somos exaltados con la misma apasionada falta de méritos con que sus enemigos son fustigados. Esas salidas de tono eran un sistema de alarma contra la aceptación oficial. Bolaño quería ser leído sin perder su radicalidad. No aspiraba a ser famoso. Ni siquiera aspiraba a ser un “autor distinguido”.
Pero el mundo suele encandilarse con lo que se le resiste y la posteridad lo transformó en leyenda. La fama es un equívoco: el asocial Kafka está en todas las boutiques de Praga, el rostro del Che Guevara vende millones de camisetas y Bolaño es el superestrella que vivió para no serlo.
Después del sorprendente éxito de Bajo el volcán, Malcolm Lowry escribió un poema que refleja lo que Roberto sentía respecto a la aceptación. José Emilio Pacheco lo vertió en forma admirable al castellano. Los dos primeros versos son:
“Es un desastre el éxito
Más hondo que tu casa en llamas consumida”.
Y más adelante remata:
“Oh, que no me hubiera traicionado el triunfo con besarme”.
Bolaño rechazaba las fanfarrias mediáticas y los triunfos de la sociedad de mercado, pero no cultivaba el fracaso. A los amigos que amenazaban con convertirse en vagos de buhardilla, los instaba a trabajar; a los que parecían a punto de “triunfar”, les hacía bromas que juzgaba terapéuticas y servían para ejercer una de sus habilidades más desarrolladas: dar lata.
En sus historias celebra a los “poetas de la vida”, seres sensibles sin otra obra que el deseo de aventura, pero su disciplina era espartana. Carecía de calefacción y muchas veces tenía que escribir con guantes en la madrugada. ¡Cuántas fatigas asumía para escribir de los que no trabajan! No le pedía lo mismo a los demás, pero mantenía un ojo vigilante para supervisar nuestro trabajo. El cumplimiento del oficio representaba para él una moral.
Varias veces comentamos un hecho curioso: la única prueba confiable del talento es sentir que el texto ha sido escrito por otro. Esta autonomía de la voz revela que la obra vive por su cuenta. ¿Es posible enorgullecerse de un registro que ya es ajeno? En modo alguno.
¿Qué pensaría de su triunfal posteridad? Seguramente sonreiría como quien hace una última travesura, entendiendo la fama como otra de las ricas confusiones a las que lo sometió el destino.
En la mixtificación que lo ve como el Jim Morrison de la escritura el mayor equívoco es pensar que sacrificó su vida por la novela. No quiso ser un mártir. Fue un sobreviviente.
Bolaño, autor reacio al reconocimiento, ocupa hoy un sitio fashion. Ningún gran autor es ajeno a los excesos de la atención, los misreadings, las sobreinterpretaciones, las ficciones sobre su vida. Los detectives salvajes está destinada a someterse a toda clase de adaptaciones, del teatro al cine, pasando por la radio, hasta llegar a la posible producción de Los detectives salvajes sobre hielo.
De estar entre nosotros, Roberto Bolaño miraría intrigado su peculiar destino, se alzaría de hombros ante las cosas que decimos de él, encendería un cigarrillo, y seguiría imperturbable su camino.

Mi nombre es Boyd, William Boyd

El escritor escocés firma la nueva versión literaria del agente 007 de Ian Fleming Solo, que ha recibido buenas críticas en Reino Unido, llegará a España en octubre

William Boyd ha escrito Solo, el libro que celebra los 60 años de la serie literaria sobre 007. / U. Andersen./elpais.com

Más allá del icono cinematográfico, de ese agente infalible que aplica su licencia para matar con la frialdad de un estilete, el James Bond creado por Ian Fleming es un individuo complejo, con sus contradicciones y errores, incluso de lágrima fácil. “Un hombre real”, según la disección de William Boyd, el último de una nómina de escritores que, desde la muerte del autor original, han perpetuado la serie de novelas de 007, cuyo primer libro se publicó hace 60 años. El agente al servicio de Su Majestad ha regresado esta semana a las librerías británicas con una nueva aventura titulada Solo (el libro llegará el 16 de octubre a España, editado por Alfaguara) en la que, si bien no faltan los elementos más reconocibles de la marca, Boyd ha querido “dejar de lado el Bond de las películas para centrarme en el literario”.
Solo nos traslada al Londres de 1969, cuando los servicios secretos británicos encomiendan al ya veterano 007 una misión en África que acabará operando un giro inesperado. Lo que en principio era un trabajo profesional, uno más, se convierte en cuestión personal y en una venganza. La trama arranca con un tono mucho más lúdico, en una habitación del legendario hotel londinense The Dorchester, donde Bond ha decidido regalarse una noche para festejar su 45 cumpleaños. En palabras de Boyd, Bond es un sensualista entregado a los placeres del buen comer —en el relato se detalla sus opíparos desayunos, almuerzos y cenas—, de los buenos vinos, además del famoso Martini, del tabaco y las mujeres.
William Boyd, escocés aunque nacido en Ghana (1952), es el tercer autor (tras Sebastian Faulks y Jeffery Deaver) al que los herederos de la franquicia han encomendado una “novela oficial” de James Bond en el nuevo milenio (en décadas anteriores retomaron el personaje prestigiosos escritores, como Kingsley Amis). Antes de encarar el que ha sido su primer libro por encargo, se autoimpuso volver a leer los 12 títulos y ocho relatos cortos que Ian Fleming consagró al espía entre 1953 y 1964, y en orden cronológico, para extraer “la verdadera naturaleza del personaje”. Ese fue el cuaderno de bitácora para un novelista que en las últimas tres décadas ha aunado calidad y éxito comercial en su obra, desde su estreno en el mundo literario con Un buen Hombre en África (1981).
El escritor intentó escapar del 007 del cine: "El literario es más interesante"
Profundo conocedor de la obra y la vida de Fleming, en la que se había sumergido durante su etapa como periodista, las facetas cultivadas por Boyd también en el cine le brindaron la oportunidad de trabajar con tres de los actores que han encarnado a 007 en la gran pantalla: hace trece años dirigió al último Bond, Daniel Craig, en la cinta La trinchera, y escribió los guiones de otras dos películas interpretadas por Pierce Brosnan y Sean Connery (Mr Johnson y Un buen Hombre en África, basado en su propia novela).
“Parece que era mi destino”, señala sobre esa y otras coincidencias, como el hecho de que el James Bond de Fleming viva en un piso alquilado (“a 200 metros de mi casa”, especifica Boyd) en el barrio londinense de Chelsea.
Solo busca recuperar algunos aspectos de la figura de Bond que han quedado desdibujados en su proyección fílmica: “Por ejemplo, que Bond no es inglés, sino mitad escocés y mitad suizo, que tiene una personalidad compleja y difícil o que vomita ante escenas sangrientas o repugnantes… Es mucho más interesante que en el cine”, explica Boyd.
Sean Connery

El 007 del nuevo libro nació en 1924 porque así lo estableció Ian Fleming al insertar su obituario en la última novela que publicó en vida, Solo se vive dos veces (los restantes personajes de la trama creen que el agente ha muerto). “Eso significa, entre otras cosas, que tenía la edad para combatir durante la Segunda Guerra Mundial”, justifica el escritor escocés sobre el traumático pasado como soldado que atribuye al protagonista de Solo, y que cree que “sorprenderá especialmente a los fans de Bond”.
Boyd ha elegido como principal escenario de su historia el continente africano, en el que 007 nunca había recalado antes (si exceptuamos una breve incursión de dos días en Diamantes para la eternidad). “Quería una novela realista, no una trama tonta”, asegura Boyd, y para nutrirla se ha inventado un país muy parecido a la Nigeria de 1969, donde las motivaciones geopolíticas y los intereses corporativos extranjeros en los recursos naturales del país definirán los acontecimientos.
La acogida en el Reino Unido ha sido buena. La mayoría de los medios británicos ha coincidido a la hora de subrayar que la labor de introspección en el legado de Ian Fleming que encarna Solo no resta enteros a la vocación de entretenimiento que tiene cualquier libro de James Bond. Los elementos clásicos de la receta también están ahí: acción, virajes en la trama, féminas de muy buen ver y la inevitable copa de Martini… con las instrucciones precisas del protagonista para que se los sirvan agitado pero no revuelto.

Vida y obra: J.D. Salinger

Con sólo cuatro libros publicados en vida, J.D. Salinger se convirtió en uno de los autores más queridos de las letras del Siglo XX. Pero su vida está rodeada de enigmas y sombras. Dejó de publicar a los 44 años, recluyéndose en una granja. Su gran novela, El guardián entre el centeno, macabremente, inspiró al asesino de John Lennon. Aunque luchó en la Segunda Guerra Mundial, nunca escribió directamente sobre esa experiencia. Y sus devotos aun esperan obras póstumas

J.D. Salinger, una vida secreta./revista Ñ

I.
Los libros publicados por J.D. Salinger (1919-2010) tienen un aura de perfección y misterio que poquísimos autores modernos han logrado conseguir. (Tal vez Rimbaud, solamente). Aunque la explicación final está en el enigma inherente al arte, hay varios factores pragmáticos que se pueden enumerar.
Por empezar, son pocos: una novela (El guardián entre el centeno, 1951); una colección de cuentos (Nueve cuentos, 1953) y dos libros más que están entre nouvelles y cuentos largos (Franny y Zooey, 1961; y Levantad, carpinteros, la viga del tejado y Seymour: una introducción, 1963). Sólo cuatro libros. (Salinger publicó varios cuentos más en revistas que no eligió coleccionar o reeditar. Es más, a principios de los años 70 demandó –con éxito– a los editores de un libro de cuentos no coleccionados).
En segundo lugar, como James Dean y Kurt Cobain, Salinger tuvo una vida creativa truncada: su primer libro salió cuando tenía 32 años y el último se publicó cuando tenía 44. Aunque no murió joven, que haya abandonado la publicación en pleno auge de su fama y talento se vivió entre sus seguidores casi como un suicidio. Pero un suicidio lento y extraño, nunca confirmado del todo. Se preguntaban, y se siguen preguntando: ¿Qué hubiera pasado si hubiera seguido escribiendo? ¿Cuantos libros milagrosos le quedaron por entregar al mundo?
Otro motivo por su aura de perfección tiene que ver con el control maniático que Salinger mismo ejerció sobre su obra, una vez publicada. No permitió adaptaciones al cine o el teatro (salvo una excepción al principio de su carrera, con un cuento, y lo lamentó profundamente). Ejerció control hasta sobre el diseño de las tapas de las reediciones de sus libros –que nunca dejaron de venderse en cantidades masivas–, eligiendo una presentación sencilla, sin imágenes, ni foto de autor, ni biografía. En los Estados Unidos, por lo menos, millones de adolescentes llevaban los tomos de Salinger consigo como si fueran textos sagrados y talismanes, a la vez, contra el conformismo gris del mundo de los adultos.
Por fin, para concluir esta lista incompleta de razones de la misteriosa perfección de las obras de Salinger, hay que mencionar su vida, su nebulosa biografía. Hasta muy poco, lo único que se sabía de Salinger era que abandonó su Manhattan natal a principios de los años cincuenta para ir a vivir en el bosque en New Hampsire, a cultivar su huerto orgánico, estudiar las religiones orientales y escribir para sí mismo como se trataría de orar o meditar. (Y se anticipó una década a los hippies).
Finalmente, hay que mencionar un lado oscuro de la obra de Salinger que también es una parte clave de su mística. El 8 de diciembre de 1980, John Lennon fue asesinado en Manhattan por un tal Mark David Chapman de 25 años, que había viajado desde Hawaii para cumplir su macabra misión. Tras pegarle cuatro tiros mortales, Chapman se sentó en la vereda delante del edificio Dakota, al lado oeste del Central Park (donde vivía Lennon con Yoko Ono y su primer hijo, Sean) y se puso a leer El guardián entre el centeno. Los policías se lo tuvieron que sacar de las manos antes de llevarlo preso. Chapman se sentía tan identificado con Holden Caufield, el protagonista de ese libro, que había pasado los días en Nueva York previos al asesinato copiando las acciones de Caufield en la novela. Entre otras cosas, dijo que mató a Lennon para prevenir que se convirtiera en un falso (un phoney), una de las obsesiones del antihéroe de Salinger.
Como si fuera poco, en menos de cuatro meses, hubo un atentado contra la vida de Ronald Regan, el entonces presidente de los Estados Unidos. El culpable, John Hinkley Jr., reconoció que una de sus motivaciones fue llamar la atención de la actriz Jodie Foster. Pero también –como Chapman– citaba El guardián entre el centeno entre sus principales influencias. Se dice, además, que Lee Harvey Oswald, el supuesto asesino de John F. Kennedy, también era un lector fanático de la novela.
Entonces, además de misterio y perfección, la obra de Salinger tiene una extraña vida propia. Opera en el mundo extra literario, como un fantasma o un demonio. El gran logro literario de Salinger, El guardian entre el centeno, es una obra –como Macbeth– a su vez sublime y maldita.
II.
Uno podría leer y releer los cuatro libros de Salinger sin deducir de ellos el dato autobiográfico más central de la vida del autor: que fue un soldado de combate en la Segunda Guerra Mundial. Específicamente, Salinger participó de la invasión de Normandía el 6 de junio de 1944. Según la biografía, J.D. Salinger, a life (2012) de Kenneth Slawenski, un mes después de la invasión, de los 3.080 soldados en el regimiento de Salinger, solo sobrevivieron 1.130. Fue el comienzo de la guerra para Salinger. Sabiendo esto, uno inevitablemente se pregunta cómo esta experiencia entra en su ficción.
La guerra de Salinger fue dura. Estuvo en la batalla del Bosque de Hürtgen, uno de los episodios más dantescos en una de las guerras más horribles de la historia humana; estuvo presente el la liberación de los prisioneros del campo de concentración de Dachau; y en los últimos meses de la guerra, Salinger trabajó en un equipo de contrainteligencia arrestando e interrogando a ciudadanos en pueblos previamente ocupados por el enemigo.
Repetimos. Aquí esta el misterio central de la vida y obra de Salinger. Por qué nunca habló o escribió directamente sobre estas experiencias. La tragedia de la guerra aparece solamente tangencialmente en algunos de sus cuentos, por ejemplo en Un día perfecto para el pez banana, donde Seymour Glass –un personaje de varios cuentos de Salinger– se suicida, irrevocablemente traumado por sus experiencias en la guerra. Pero Salinger, a diferencia de Hemingway o Norman Mailer (escritores contemporáneos que hicieron su gran fama convirtiendo sus experiencias de la Segunda Guerra Mundial en novelas clásicas) Salinger no usó sus experiencias de guerra para hacer ficción.
Esto, sin embargo, no significa que no escribió durante la guerra. Al contrario, según los soldados en su regimiento, muchas veces lo vieron tipiando furiosamente aun cuando aguantaban un bombardeo alemán.
III.
El mundo ficcional de Salinger es casi completamente apolítico y ahistórico. Sus protagonistas son, principalmente, adolescentes. Junto de Holden Caufield, el irónico y rebelde alumno de secundaria, la gran creación de Salinger fue la familia Glass: dos padres y sus cinco hijos y dos hijas, superdotados y excéntricos, que se criaron en un enorme departamento en el Upper East Side. (La película Los excéntricos Tenenbaum del director Wes Anderson crea un mundo muy parecido a la familia Glass).
En New Hampshire donde Salinger se fue a vivir para huir del mundo literario y de su fama, el autor escribía en un bunker alejado de la casa que compartía con su esposa e hija. Según su último biógrafo, trabajaba más de 12 horas por día. Las paredes de su estudio estaban cubiertas de cronologías, biografías y episodios de la vida de la familia Glass. Salinger no veía un futuro como autor sin ellos.
En cuanto a Holden Caufield… Aunque Caulfield es un heredero directo de Huckelberry Finn es, también, una creación completamente original en las letras estadounidenses. Leyéndolo hoy, sin contexto histórico, sería difícil percatarse cuán revolucionario fue. El uso de slang y su actitud contracultural resultó shokeante para las normas de la cultura estadounidense de 1951. Por lo tanto, a la vez de ser –desde el comienzo– un bestséller, ha sido uno de los libros más censurados en la historia de las letras de ese país. Entre las partes más escandalosas fue el uso de la frase “Fuck You”. Claramente, era otro mundo.
IV.
El lector apasionado de Salinger tiene que tomar una decisión. (Es la misma decisión que hay que tomar en el caso de muchos autores que huyen de la publicidad, como el de Thomas Pynchon o Cormac McCarthy). ¿Cuánto quiere enterarse sobre la vida del autor? ¿Es más honesto obedecer el deseo de Salinger y dejarlo completamente en paz? ¿O es el derecho de un lector apasionado aprender de la vida de cual surgió la obra? ¿O es más honesto y sano limitarse solamente a los textos?
Cada uno tomará su propia decisión, pero la opinión de este columnista es que para mejor apreciar el mundo de Salinger hay que restringirse a su obra y dejar al hombre en paz. Muchos autores hablan de la importancia de la obra por encima de la figura del autor. En conferencias, entrevistas, simposios y columnas de opinión se quejan sobre el trabajo de ser autor en vez de meramente escribir. Salinger sentía esa incomodidad, pero en vez de quejarse tomó acción. Se apartó del mundo que consideraba falso con la honradez y absolutismo de un monje. Habrán muchas cosas aun por descubrir de la vida de Salinger, pero nada va cambiar el hecho fundamental de su vida como autor: el de dejar de escribir. Fue tan drástica e misteriosa como la misma decisión que tomó Rimbaud. Parte de apreciar a Salinger es respetar esa decisión.
Pero a diferencia de Rimbaud, aun persiste una seria duda sobre si en realidad Salinger abandonó la escritura. Lo que abandonó fue la publicación. Eso fue un sacrificio real que hizo en su vida para vivir en armonía con su moral. Hasta ahora, sus admiradores y acólitos se han tenido que limitar a releer su obra. En estas relecturas logramos una intimidad con los personajes que llega a tener una calidez humana. Los conocemos casi tanto como integrantes de nuestra propia familia. Es un regalo de amor de Salinger. Y siempre es posible que en sus cuarenta años de silencio estuviera escribiendo furiosamente. Es posible que poco a poco los Glass sigan saliendo al mundo. Para los devotos, sería la mejor recompensa por haber mantenido la fe en Salinger.

Más información:
Dead Caulfields. The Life & Works of J.D. Salinger

Salinger’s Big Appeal: The Life or the Work?
(New York Times, 10/9/2003)

Justice to J.D. Salinger
. Janet Malcolm. (NYRB, 21/6/2001)

The Catcher in the Rye. Top censored books (Time, 26/9/2008)

Who was J. D. Salinger? Adam Gopnik (The New Yorker,  9/5/2013)

J.D. Salinger: Glimpses of his hidden writing in new book (LA Times, 3/9/2013)

Álvaro Mutis

Habitaciones y escritores


 Álvaro Mutis Jaramillo (Bogotá, 25 de agosto de 1923 – Ciudad de México, 22 de septiembre de 2013)1. Novelista y poeta colombiano. Es considerado uno de los escritores hispanoamericanos contemporáneos más importantes. A lo largo de su carrera literaria recibió, entre otros, el Premio Xavier Villaurrutia en 1988, el Premio Príncipe de Asturias de las Letras en 1997, el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana en 1997, el Premio Cervantes en 2001 y el Premio Internacional Neustadt de Literatura en 2002.Hijo del diplomático colombiano Santiago Mutis Dávila y de Carolina Jaramillo, nació en Bogotá (Colombia), 25 de agosto de 1923, día de San Luis IX de Francia, de quien el autor dice: "No descarto la influencia de mi santo patrono en mi devoción por la monarquía". En 1925, a causa de la profesión de su padre, viaja a Bélgica, donde llega a los dos años de edad. Hizo sus primeros estudios en Bruselas. Regresaba a Colombia, primero, durante las vacaciones y después por temporadas más extensas. Vivió en una finca cafetalera y cañera que había fundado su abuelo materno, llamada Coello, que está en las estribaciones de la Cordillera Central, de la cual el autor dice: "Todo lo que he escrito está destinado a celebrar, a perpetuar ese rincón de la tierra caliente del que emana la substancia misma de mis sueños, mis nostalgias, mis terrores y mis dichas. No hay una sola línea de mi obra que no esté referida, en forma secreta o explícita, al mundo sin límites que es para mí ese rincón de la región de Tolima, en Colombia".
En Bélgica vivió hasta los nueve, cuando muere su padre repentinamente, a los 33 años. En Bruselas están sus mejores recuerdos de él: "de él heredé, entre otras cosas, el gusto por los buenos vinos y la buena cocina, por la tertulia y los buenos libros, y también su admiración por Napoleón", afirma el narrador colombiano. A la muerte de su padre, su madre decide regresar a Colombia para dedicarse a la hacienda de Coello. Dejar Europa fue para Mutis una gran pérdida: era en aquellos años su mundo, mientras que Colombia era sólo un lugar donde pasar vacaciones y del cual siempre se regresaba. Su fascinación por el mar, los barcos y el viaje tiene origen en esos desplazamientos de Europa a Colombia en pequeños barcos mitad de carga y mitad de pasajeros.
Tras abandonar sus estudios en Bruselas en el colegio jesuita de Saint-Michel, hizo su último intento para lograr el diploma de bachiller y se matriculó en la Universidad del Rosario, en Bogotá. Su profesor de literatura española fue el notable poeta colombiano Eduardo Carranza. Las clases de Carranza, dice el poeta, "son para mí una inolvidable y fervorosa iniciación a la poesía". El billar y la poesía pudieron más y nunca alcanzó el título.
En 1941 contrajo matrimonio con Mireya Durán Solano, con quien tendrá tres hijos: María Cristina, Santiago y Jorge Manuel. En 1942 comenzó a trabajar de periodista en la emisora de radio Nuevo Mundo, donde reemplaza a Eduardo Zalamea Borda.
Después de ser relacionista público de Esso, Standard Oil, Panamerican y Columbia Pictures, entre otras compañías, publica su primer volumen de poesía en 1948. Antes había publicado sus poemas en el periódico El Espectador. En 1953 publica Los elementos del desastre, un poemario donde aparece por primera vez su emblemático personaje Maqroll el Gaviero, uno de los grandes hitos de la literatura en lengua española de este siglo.
Una pieza de hotel ocupada por distracción o prisa, cuán pronto nos revela sus proféticos tesoros. El arrogante granadero, “bersagliere” funambulesco, el rey muerto por los terroristas, cuyo cadáver des-pernancado en el coche, se mancha precipitadamente de sangre, el desnudo tentador de senos argivos y caderas 1900, la libreta de apuntes y los dibujos obscenos que olvidara un agente viajero. Una pieza de hotel en tierras de calor y vegetales de tierno tronco y hojas de plateada pelusa, esconde su cosecha siempre renovada tras el pálido orín de las ventanas. Tomado de Los elementos del desastre.
En 1954 se casa con María Luz Montané. De esta unión nacerá su hija María Teresa.
Debido al manejo caprichoso de unos dineros de la multinacional Esso, en la que era jefe de relaciones públicas, dinero que asignaban a obras de caridad y que Mutis usó como si fuera suyo en quijotadas culturales, no siempre con base en una necesidad real, fue demandado por la compañía. Ante esta situación, su hermano Leopoldo, Casimiro Eiger y Álvaro Castaño Castillo le arreglan un viaje de emergencia a México, que desde entonces es su lugar de residencia.
En 1956 se estableció en la ciudad de México, donde llegó con dos cartas de recomendación, una dirigida a Luis Buñuel y otra a Luis de Llano; gracias a éstas consiguió trabajo como ejecutivo de una empresa de publicidad, y luego fue promotor de producción y vendedor de publicidad para televisión y conoció en el medio intelectual mexicano a los que han sido sus amigos en ese país: Octavio Paz, Carlos Fuentes Emilio García Riera y Luis Buñuel, entre otros.
A los tres años de su llegada a México, Mutis fue detenido por la Interpol e internado durante 15 meses en la cárcel preventiva de Lecumberri, más conocida como "El palacio negro". Su experiencia en la cárcel cambió del todo su visión del dolor y del sufrimiento humano.
Por 1960 inicia un viraje hacia la prosa con su Diario de Lecumberri, escrito en la cárcel. En 1966 contrae matrimonio con Carmen Miracle Feliú.
El primer reconocimiento importante a la obra de Álvaro Mutis fue en 1974 con el Premio Nacional de Letras de Colombia.
Se inició en la novela en 1978, pero sólo sería reconocido popularmente en 1986, con la publicación de la primera novela de Maqroll el Gaviero, La nieve del Almirante. A partir de entonces comenzó a recibir premios importantes. Uno de sus contemporáneos escribió:1 "La saga novelesca de Maqroll el Gaviero es, sin duda, por su emocionante despliegue narrativo, su profundidad terrible, su construcción de gran artesanado, su poesía constante y su delicadeza, una obra mayor de la escritura en nuestra lengua".
En 1988 cumple el tiempo para el retiro y se dedica completamente a leer y a escribir. Aparece en España su novela Ilona llega con la lluvia, publicada por Mondadori.
En 1989 en México recibe el Premio Xavier Villaurrutia y es condecorado con el Orden del Águila Azteca. Mondadori publica su novela Un bel morir y Arango Editores publica La última escala del Tramp Steamer. Francia le otorga el premio Médicis Étranger por sus novelas La nieve del Almirante e Ilona llega con la lluvia. El Gobierno francés le concede la Orden de las Artes y las Letras en el grado de Caballero.
En 1990 Amirbar es editada en España y Colombia simultáneamente. Italia le otorga el premio Nonino al mejor libro extranjero publicado en ese país. Termina la novela Abdul Bashur, soñador de navíos, que se publicará el año siguiente.
En 1993 la editorial Siruela publica en dos volúmenes y bajo el título Empresas y tribulaciones de Maqroll el Gaviero las novelas de Maqroll el Gaviero, incluyendo el hasta entonces inédito Tríptico de mar y tierra.
En 1996 la editorial Alfaguara decide reeditar Empresas y tribulaciones de Maqroll el Gaviero en un único volumen.
En 2001 recibe el Premio Cervantes, el galardón más importante de las letras hispanas.
Obras. Poesía. La Balanza, Talleres Prag, Bogotá, 1948 (en colaboración con Carlos Patiño Roselli). Los elementos del desastre, Losada, Buenos Aires, 1953. Reseñas de los hospitales de Ultramar, Separata revista "Mito", Bogotá, 1955. Los trabajos perdidos, Era, Ciudad de México, 1965. Summa de Maqroll el Gaviero, Barral Editores, Barcelona, 1973. Caravansary, FCE, Ciudad de México, 1981. Los emisarios, FCE, Ciudad de México, 1984. Crónica regia y alabanza del reino, Cátedra, Madrid, 1985. Un homenaje y siete nocturnos, El Equilibrista, Ciudad de México, 1986. Narrativa. Diario de Lecumberri, Universidad Veracruzana, 1960. La mansión de Araucaíma, Sudamericana, 1973. La verdadera historia del flautista de Hammelin, Ediciones Penélope, 1982. La nieve del Almirante, 1986. Ilona llega con la lluvia, Oveja Negra, 1988.Un bel morir, Oveja Negra; Mondadori, 1989. La última escala del Tramp Steamer, El Equilibrista, Ciudad de México, 1989- La muerte del estratega, FCE, Ciudad de México, 1990. Amirbar, Norma; Siruela, 1990. Abdul Bashur, soñador de navíos, Norma; Siruela, 1991. Tríptico de mar y tierra, Norma, 1993.Ensayo.Contextos para Maqroll, Igitur-Cilcultura, 1997. De lecturas y algo del mundo, Seix Barral, 1999. Caminos y encuentros de Maqroll el Gaviero, Editorial Áltera, 2001. Antologías. Poesía y prosa, Instituto colombiano de Cultura, 1982. Antología poética, selección y notas de José Balza, Monte Avíla. Summa de Maqroll el Gaviero. Poesía 1948-1988, Visor, 1992. Poesía completa, Editorial Arango, 1993. Summa de Maqroll el Gaviero. Poesía 1948-1997, Ediciones Universidad de Salamanca-Patrimonio Nacional, 1997. Antología, selección de Enrique Turpin, Plaza y Janés, 2000. Empresas y tribulaciones de Maqroll el Gaviero, Siruela, 1993 (2 volúmenes); Alfaguera, 1996 y 2001 (1 volumen). Incluye las siete novelas: La nieve del almirante (1986); Ilona llega con la lluvia (1988); Un bel morir (1989); La última escala del Tramp Steamer (1989); Amirbar (1990); Abdul Bashur, soñador de navíos (1991); Tríptico de mar y tierra (1993). La voz de Álvaro Mutis, edición de Diego Valverde Villena, Poesía en la Residencia, Residencia de Estudiantes, Madrid, 2001. Reconocimientos.Premio Nacional de Letras de Colombia, 1974. Premio Nacional de Poesía de Colombia, 1983. Premio de la Crítica Los Abriles, 1985. Comendador de la Orden del Águila AztecaMéxico, 1988. Premio Xavier VillaurrutiaMéxico, 1988 por Ilona llega con la lluvia.2 Doctor Honoris Causa por la Universidad del Valle en Colombia, 1988. Premio Juchimán de Plata en México, 1988. Orden de las Artes y las Letras, del Gobierno de Francia, en el grado de Caballero, 1989. Premio Médicis Étranger de Francia, 1989. Premio Nonino de Italia, 1990. X Premio del Instituto Italo-Latinoamericano de Roma, 1992. Orden al Mérito de Francia, 1993. Premio Roger Caillois de Francia, 1993. Gran Cruz de la Orden de Boyacá de Colombia, 1993. Gran Cruz de la Orden de Alfonso X el Sabio de España, 1996. Premio Grinzane-Cavour de Italia, 1997. Premio Príncipe de Asturias de las Letras de España, 1997.3 Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana de España, 1997. Premio Rossone d'Oro de Italia, 1997. Premio Ciudad de Trieste de Poesía de Italia, 2000. Premio Cervantes de España, 2001.4 desde 2005 la biblioteca del Instituto Cervantes de Estambul lleva su nombre. Hechos y curiosidades. Influencias y amistades
Recibió la influencia de Octavio Paz, Pablo Neruda, Saint-John Perse y Walt Whitman. Es gran amigo de Octavio Paz y de Gabriel García Márquez; de este último es el primer lector de sus borradores. Además publicó su primer libro de poemas con Jorge Gaitan Durán.
El cine
Muy ligado a la industria del cine, Mutis ha sido agente en Latinoamérica de varias productoras. Es poco conocida su participación en la industria de doblaje en México pero en el libro sobre la historia del doblaje ¿De Quién es la Voz que Escuchas? del escritor y director Rubén Arvizu, el primer actor Ignacio López Tarso nos cuenta en el prólogo que él escribe, que Mutis prestó su voz como el narrador de la famosa serie Los Intocables e hizo muchísimas traducciones-adaptaciones de libretos para doblaje. Dos novelas suyas fueron adaptadas como películas por directores de cine colombianos: La mansión de Araucaima (1986) de Carlos Mayolo, e Ilona llega con la lluvia (1996) de Sergio Cabrera.
La política
Nunca ha participado en política, no ha votado jamás y el último hecho que en verdad le preocupa en el campo de la política y que le concierne y atañe en forma plena y sincera, es la caída de Constantinopla en manos de los turcos el 29 de mayo de 1453. Sin dejar de reconocer que no se repone todavía del viaje a Canossa del emperador sálico Enrique IV, en enero del año 1077, para rendir pleitesía al soberbio pontífice Gregorio VII. Viaje de tan funestas consecuencias para el Occidente Cristiano. Por ende dice ser "gibelino, monárquico y legitimista".
Un antepasado ilustre
Álvaro Mutis desciende de una familia gaditana, y uno de sus antepasados, José Celestino Mutis, fue un famoso botánico que en 1783 encabezó una expedición botánica al Virreinato de Nueva Granada y consiguió clasificar, con la ayuda de los indígenas, miles de plantas de la zona ecuatorial. Su hermano Manuel es el padre del tatarabuelo del escritor, que curiosamente ha dejado para la literatura latinoamericana algunas de las mejores páginas sobre la selva.
La publicidad
Entre los múltiples oficios con los que Mutis se ganó la vida (locutor de radio, jefe de relaciones públicas y distribuidor de películas de la 20th Century Fox en América Latina, empleado de una compañía de seguros, de Columbia Pictures y de Esso) el más curioso es sin duda su colaboración para una agencia de publicidad. Nadie sabe muy bien cuál fue la impronta que dejó Mutis en el mundo de los anuncios publicitarios. Algunos dicen que Coca-Cola le debe uno de sus mejores slogans; otros juran que dedicó un bello poema al vino, recitado con atuendo de Baco desde un paisaje de vides.
El regalo para "Gabo"
En la dedicatoria de su novela El general en su laberinto, Gabriel García Márquez desliza una frase que ha dado lugar a numerosas especulaciones: "Para Álvaro Mutis, que me regaló la idea de escribir este libro". Luego, en sus "gratitudes", el Nobel colombiano llama la atención sobre un relato de su amigo, "El último rostro", que cuenta un episodio de los últimos meses de la vida de Simón Bolívar, a partir del hallazgo de unos manuscritos perdidos, escritos por un coronel polaco de apellido Napierski, quien, en Cartagena, conoce a Simón Bolívar y pasa algunos días a su lado. La figura de Napierski, puro invento de Mutis, la objetiva García Márquez al utilizarla -irónicamente y muy a su manera- como fuente histórica en su novela.
Mutis mismo ha declarado que "El último rostro" es lo que quedó de una obra mucho mayor, quemada porque le pareció demasiado "de tesis". Al contárselo a su amigo, éste le sugirió intentar escribirla. "Y yo le contesté, me parece muy bien, nadie lo hará mejor. Aquí está toda la documentación, y le di los libros que yo había leído, la correspondencia de Simón Bolívar, en fin, una serie de documentos históricos esenciales, y se lo llevó todo, y se marchó de mi casa diciendo "Ya sabrás de mí". Cuando terminó la novela me la dio, porque siempre me muestra sus originales antes que a nadie y me dijo, "A ver, ¿va a quemar esta también? Y allí estaba el Simón Bolívar que debía haber escrito yo. Pero lo escribió él. Perfecto."
La visita a Hernán Cortés
No es un secreto la devoción de Mutis por la Monarquía Española. Por ejemplo, piensa que la humanidad sufrió un tremendo retroceso cuando terminó la autoridad de los reyes para ser reemplazada por la voluntad popular. Pero tal vez sea menos conocido el hecho de que durante la visita del Príncipe de Asturias a México, el escritor colombiano tuvo la oportunidad de servirle de guía en una visita a la tumba de Hernán Cortés, que está escondida detrás del altar mayor de la pequeña Iglesia que el conquistador fundó junto con el Hospital de Jesús. Aunque el equipo de seguridad y algunos funcionarios se opusieron, el Príncipe insistió en ir a pie desde el Zócalo de la Catedral mexicana, que está a dos o tres calles. Cuentan que al llegar un despistado sacerdote de cierta edad les dijo: "Aquí no pueden entrar turistas". Con la mayor de sus sonrisas, Mutis soltó una frase que todavía lo divierte: "Es que no se trata de turistas, dijo. Es S.A.R. el Príncipe de Asturias".
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