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3.8.10

El mapa de la literatura norteamericana y sus alrededores

Publicado en 1919, Winesburg, Ohio es un libro fundamental y fundacional para entender la literatura norteamericana

Sherwood Anderson.foto.fuente:pagina12.com.ar

Con las muertes todavía tibias de los grandes fundadores (Whitman, Thoreau, Twain, Hawthorne, Melville), este libro extraño, cruza de colección de cuentos y novela atomizada, da vida a buena parte de las verdades, los mitos y las ideas que luego se verían en Faulkner, Hemingway, Fitzgerald, Thomas Wolfe y los herederos de esa generación de deidades literarias. La fundación de un pueblo, el retrato de sus habitantes y el papel del testigo que lo cuenta y lo escribe es un influjo poderoso que cruza a la Comala de Rulfo, el Macondo de García Márquez y hasta la literatura barrial de hoy en día. Imposible de conseguir en castellano hasta hace poco, la edición de Acantilado pone en las librerías esa pequeña maravilla en 22 capítulos.

Un maestro que se expresa más con sus manos nerviosas que con las palabras es sospechado por tocar a sus alumnos. Un granjero poseído intenta mojar la cabeza de su nieto, aterrorizado heredero, en la sangre de un cordero. Una mujer hastiada siente una noche de lluvia el deseo irrefrenable de lanzarse a correr desnuda bajo el aguacero por las calles del pueblo. Un pastor atisba por una ventana una mujer que fuma y experimenta una revelación de Dios. Vidas rutinarias, sometidas a la costumbre pero también retobándose contra los preceptos morales de su comunidad, de pronto pueden encontrar el sentido de su existencia en un gesto –como mucho, un acto– que les descubrirá el sentido de su existencia. Un muchacho, periodista del diario local, que ambiciona ser escritor, George Willard, camina el pueblo, lo recorre buscando una historia que merezca ser narrada y, por lo general, la historia se le presenta cuando menos se lo espera, ya sea paseando distraído o bostezando en su escritorio. "Debes escucharme –le recomienda un médico viejo y fracasado que alguna vez también fue periodista–. Tal vez puedas escribir el libro que nadie escribiría. La idea es muy sencilla, tan sencilla que, si no tienes cuidado, podrías olvidarla. Consiste en esto: todo el mundo es Jesucristo y todos acaban siendo crucificados. Eso es lo que quería decirte. No lo olvides. Pase lo que pase, no dejes que se te olvide." Todos en Winesburg, Ohio, porque éste es el pueblo, son entonces pobres cristos con una vida que merece atención y puede constituir una buena historia. Y esta historia se roza y vincula con la de sus vecinos: quien es protagonista en un cuento pasa más tarde a ser circunstancial en otro, porque todos y cada uno, ya sea en primer plano o de soslayo, son protagonistas en esta colección de cuentos que no pierde de vista nunca la relación entre el sujeto y su contexto, el individuo y la sociedad o, si se prefiere, entre el uno y el todo. Algunos, como un vendedor de combustible, piensan que podrían ocupar el lugar del cronista y se animan a suministrarle ideas sobre su oficio: "El mundo está en llamas. Empieza así tus artículos: El mundo está en llamas. De esta manera conseguirás que la gente se fije en ti". La consigna anticipa una de las máximas de John Cheever en sus clases de literatura creativa en Iowa University al proponer: "Escriban como si estuvieran en un edificio en llamas". Pero todavía faltan décadas para el surgimiento de este Homero de los suburbios. Ahora, en Winesburg, Ohio, una maestra también tiene consejos para el futuro escritor: "Tendrás que conocer la vida. Si quieres ser escritor debes dejar de tontear con las palabras. Será mejor que abandones la idea de escribir hasta que estés mejor preparado. Ahora debes vivir. No pretendo asustarte, pero quisiera que comprendas el alcance de lo que piensas hacer. No debes convertirte en un mero mercachifle de las palabras. Lo más importante es que aprendas lo que la gente piensa, no lo que dice".

Publicado en 1919 por Sherwood Anderson, Winesburg, Ohio es desde entonces un libro basal de la literatura norteamericana. Inconseguible en castellano hasta ahora, publicado con una traducción impecable de Miguel Temprano García, en su edición de Acantilado, fue galardonado en Barcelona el año pasado por su presentación cuidadosa. Volviendo: en la fecha de su primera publicación, en 1919, no hace tantísimos años que han muerto Whitman y Melville con sus intentos ciclópeos de fundar una literatura que abreva tanto en Thoreau y Emerson como en la Biblia. Con esa distancia escasa, sin el humorismo caricaturesco de O'Henry ni el pathos de Harte, como un Twain más melancólico, Sherwood Anderson (Camden, Ohio, 1876 - Colón, Panamá, 1941), planta las bases de la short-story, funda un género y, a un tiempo, construye una manera de enfocar la realidad que, pasando por la teoría del iceberg de Hemingway, alcanzará a Carver, Ford y Wolf. Lo que sorprende en Anderson es el absoluto despojamiento de la prosa, la intervención escasa y como conversada de la voz narradora, además de una pasmosa frescura al describir paisajes, hombres, mujeres, ese pueblo. Anderson parece, por instantes, prestarle más atención a la naturaleza, un viento, una nevada, un temporal, que a sus caracteres. Al describirlos los integra a la tierra, al clima, a una naturaleza que empieza a sentir los avances y estragos del industrialismo que acabará con ese ritmo adormecido de lo provinciano, aunque los dramas chicos, esas tragedias secretas, de golpe, contadas desde la intimidad de sus vidas, cobran la trascendencia de épicas privadas, pero siempre, sin altisonancias, sin perder de vista aquello que por cotidiano no puede darse por sentado. Por ejemplo, acerca de uno de sus personajes Anderson escribe que la suya "es más la historia de una habitación que la de un hombre". Cada ser, entonces, está encerrado. El oficio del escritor consiste en disponer del talento necesario para abrir su puerta y curiosear. Conviene fijarse en la dedicatoria que precede estos veintidós cuentos que, según la crítica, conforman una athomized novel: "Este libro está dedicado a la memoria de mi madre, Emma Smith Anderson, cuyas agudas observaciones acerca de todo lo que la rodeaba despertaron en mí la inquietud de mirar por debajo de la superficie de las vidas ajenas". (El subrayado es mío.) Cuando, en la ficción, la madre de George Willard muere, el muchacho dejará atrás su puesto de reportero en el Winesburg Eagle y subirá al tren que lo llevará al mundo, la experiencia, otra vida. Cero paradoja: deberá dejar atrás Itaca para narrarla. "Quien se aleja de su casa/ ya ha vuelto", anotaría Borges con motivo del I Ching.

Al concluir la lectura de estos cuentos algo empieza. Y es, nada menos, el inicio de la portentosa y moderna literatura norteamericana. Una literatura que, como paradigma, habría de contribuir a las búsquedas de otras voces, otros ámbitos. En sus ensayos sobre literatura norteamericana, a propósito de Anderson, Cesare Pavese aseveraba en "Middle West y Piamonte": "No existe el arte por el arte. E incluso la más ociosa lírica parnasiana resolverá para el lector un problema de la práctica: cómo vivir soñando. Para entender a los modernos novelistas norteamericanos no sólo es necesario conocer cuál es la necesidad histórica común que han enfrentado con su obra, sino que es indispensable, para no hablar inútilmente, encontrar una imagen, un paralelo histórico que ponga en términos conocidos por nosotros aquellos modos de vida de ultramar que, a casi todos nosotros, nos gusta imaginar un tanto exóticos". Si para Pavese –como para Calvino y Vittorini– la literatura norteamericana, con Anderson puntero, ofrecía un prisma para enfocar el Piamonte de posguerra, su operación no fue diferente en otros escritores. Consideremos: Winesburg, Ohio empieza con un plano del pueblo. En el trazado de sus calles, incluyendo el trazado del ferrocarril, se manifiesta una intención: localizar lo que se narra, concederle una impronta de verosimilitud. El mapa del pueblo, dibujado de puño y letra por el mismo Anderson, es el antecedente de otro mapa célebre, el del condado de Yoknapatawpha, en Jefferson, propiedad "privada" de William Faulkner, donde habrían de transcurrir todas sus obras. (Como leyenda literaria circula la anécdota de que fue Anderson quien impulsó a Faulkner a la publicación. El joven Faulkner le habría acercado su primera novela a Anderson. Y éste, con tal de librarse de su lectura, le recomendó –al modo Arlt– un imprentero.) Unos años después, no siempre apelando al dibujo del plano, pero sí al propósito de inventar un pueblo, habrían de suceder, derivadas, operaciones identitarias similares de territorialización: la Comala de Rulfo y el Macondo de García Márquez, por citar dos ejemplos. Más acá, el Belgrano de Briante. Y, por qué no, desde Winesburg, Ohio, aunque sus autores puedan no conocer el pueblo de Anderson pero sí sus estribaciones, leer el Lanús de Olguín, el Boedo de Casas, la Villa Celina de Incardona y la Turdera de Pradelli.

La vida que esperaba a George Willard al marcharse de Winesburg, Ohio, una vida aventurera, soñada por un chico de pueblo, puede imaginarse siguiendo la biografía de su padre en la realidad. Anderson dejó el colegio a los catorce años, tuvo varios oficios, fue soldado en la Guerra de Cuba y más tarde publicitario y periodista. Escribió una considerable cantidad de novelas y relatos y también dos volúmenes autobiográficos. Su epitafio reza: "La vida, no la muerte, es la gran aventura". La relación entre experiencia y literatura es una cuestión vital en su obra vasta. Pero que le atribuyera un primer lugar a la experiencia no significa que la literatura fuera secundaria. Uno no es tanto lo que vive, parece sugerir Anderson, como lo que cuenta. Más importante aún, la manera en que lo interpreta y lo cuenta.

28.4.10

La editora De Moura apuesta por la salud del libro y la calidad de los contenidos

Sostiene que la polémica sobre el libro en formato digital o en papel no es, en realidad, más que un tema de continentes y que lo verdaderamente importante son los contenidos

Beatriz De Moura, editora. fOTO:EFE.fUENTE:que.es

"Considerada una de las más importantes editoras europeas, la española de origen brasileño Beatriz de Moura lleva prácticamente toda su vida rodeada de libros.

En 1968 fundó Tusquets Editores con un capital equivalente a 1.500 euros, una locura "romántica", recuerda, que se convirtió en un éxito cuando su "espíritu aventurero" y su pasión por la literatura se combinó con la experiencia en los negocios de quien fue su compañero en esta aventura, Antonio López.

La combinación resultó y "más de 40 años después seguimos aquí", apunta la editora, que saluda el fenómeno que se ha dado en España en los últimos años con la proliferación de pequeñas editoriales que tratan de abrirse un hueco en el mercado.

Pese a que reconoce que la crisis no fue tan dura para las editoriales españolas en 2009 como se temía, augura un año difícil en 2010 y teme que la situación económica termine por obligar a cerrar a muchas de las pequeñas empresas del sector.

Su recomendación para las nuevas editoriales es precisamente la clave de Tusquets: el equilibrio, porque "se puede fracasar bien por exceso de riesgo económico o bien por exceso de romanticismo", afirma Moura, que visita en estos días Buenos Aires para participar en la Feria Internacional del Libro.

Más preocupada por los efectos de la crisis en el sector que por el avance de las nuevas tecnologías, Beatriz de Moura sostiene que la polémica sobre el libro en formato digital o en papel no es, en realidad, más que un tema de "continentes" y que lo verdaderamente importante son los contenidos.

"No me asusta la tecnología", afirma, aunque admite que grandes grupos editoriales han tomado ya la delantera en la experimentación con soportes digitales y que, por cuestiones financieras, los pequeños y medianos se están quedando atrás.

"Creo que no debemos precipitarnos" porque "vivimos del libro en papel y seguiremos viviendo del libro en papel. En el futuro, pueden convivir los dos soportes, habrá gente que prefiera papel y habrá quien prefiera otro formato".

"Convivirán los dos formatos, siempre que encuentren cada uno su terreno y su público", aventura.

Además, advierte de que "sea cual sea el soporte, dentro tendrá que haber un contenido, y los contenidos se los daremos los editores. Van a necesitar de nosotros muchísimo, nos lo están pidiendo a gritos".

El auténtico problema, a su juicio, está en la piratería y en cómo combatirla para evitar que termine minando la creación literaria.

"Aún no se han encontrado medios tecnológicos para proteger la divulgación de estos contenidos. Llegará un día que no se pueda bajar ningún contenido sin una remuneración para el autor, de lo contrario se acabará con la creación tanto literaria, como musical o fotográfica".

El libro, insiste, "no tiene por qué asustarse demasiado, y en el futuro se encontrará una vía de recaudar dinero para que los creadores puedan seguir creando".

Para Beatriz de Moura esta revolución tecnológica es similar a la que se vivió en el pasado con la aparición de la televisión o el cine.

"Cuando apareció la televisión decían que el cine iba a desaparecer, pero se fue amoldando, cada periodo busca la manera de encontrar su territorio de actuación y no desaparece ningún modo de expresión porque aparezcan nuevas técnicas", afirma.

Prueba de la buena salud del libro, dice, son éxitos como el de la saga de Harry Potter que, en su opinión, "demuestran que el poder de la imaginación aún existe sobre un soporte que se llama papel y que miles de chicos de todo el mundo esperan para poder leerlo. Es un fenómeno inesperado en plena era de las tecnologías".

En medio de este complejo contexto, con la amenaza de la crisis y la experimentación de las nuevas tecnologías, Beatriz de Moura apuesta por los valores de una buena editorial: publicar un catálogo de calidad sin dejar de explorar escritores desconocidos.

"En la medida de lo posible intento hacer lo indecible para que un buen autor no se me escape. Eso sí es futuro", concluye.