1.2.13

Stephen King no dispara balas de salva

En Guns, el escritor estadounidense analiza lo que sucede en su país alrededor del control de armas, a raíz de la masacre en la escuela Sandy Hook

Stephen King, escritor estadounidense. / Flickr: Demetri Parides/elespectador.com
Hay pasión, argumentos explicados con vigor, ciertas aseveraciones perfectas para titular y escandalizar lejos del contexto en el que fueron hechas. No hay, sin embargo, terquedad, la salida fácil de no aceptar otro punto de vista y tampoco querer cambiar de conversación. Lo revelador del documento es que no propone soluciones definitivas, sino apenas algunos pasos para evitar más tragedias. En días tan aciagos, todo lo que no huele a milagro o a extremismo resulta algo muy cercano a la sabiduría.
El debate acerca del control a las armas suele avivarse con un par de cadáveres en el suelo, aún tibios, aún en pedazos. Y, con las noticias todavía resonando en el fondo de la habitación, la conversación se estanca en absolutos, un todo o nada que continúa hasta la siguiente masacre en la que, en algunas ocasiones, los atacantes apenas están rozando la pubertad.
En ‘Guns’, el más reciente ensayo del escritor norteamericano Stephen King, el autor imagina brevemente un mundo en el que los sectores de derecha y de izquierda son obligados a ver las noticias del otro bando: una especie de tortura psicológica que, como fin ideal, podría tener un abandono de los extremos y, con algo de suerte, un acercamiento hacia el centro. “No es ese un sueño adorable. Piense en la calma que traería si le bajaran un poco a toda esa retórica exacerbada. Piense en las peleas que no sucederían durante la cena. Incluso podría haber un regreso del diálogo. (…) Somos como borrachos en un bar. Nadie está escuchando porque todo el mundo está demasiado ocupado pensando qué va a decir después para probar que el otro está absolutamente lleno de mentiras”.
Las armas son un asunto frecuente en la vida del escritor, pues posee tres de estas. El tema también está presente en su obra: las masacres también suceden en sus páginas y a veces salen de estas para tomar forma en el mundo tangible en donde el horror llega en forma de adolescente malhumorado y herido.
‘Rage’, una novela de King escrita bajo un pseudónimo, inspiró al menos a cuatro jóvenes a empuñar un arma y salir a la calle con ganas de sangre; algunos lograron su cometido, otros no. En su momento, el escritor retiró del mercado su libro por la sencilla razón de que no estaba bien que el texto siguiera en circulación, no porque la ley se lo exigiera, sino por un sentido de decencia más allá de la obligación penal o civil; moral, le dirían algunos.
La novela describe a un adolescente con problemas en la casa y en la escuela, el tipo de joven que en algunas ocasiones termina alienado entre varios tipos de violencia y quien, para desgracia de todos, logra encontrar una pistola demasiado fácil, casi sin proponérselo. El texto le habló cerca al oído a un grupo de jóvenes perturbados y quebrados por dentro. Claro, las armas no matan por sí solas, pero es mejor que no sean encontradas por personas con un equilibrio mental frágil o inexistente.
King no se justifica (es probable que tampoco tenga razones por qué hacerlo), pero sí pone de plano que sabe de qué está hablando. Lo extraño del debate acerca de las armas (algo que, pensándolo bien, no es extraño ni poco común en casi todo debate) es que hay que establecer ciertos lazos con el bando de los atacados (los defensores de las armas) para evitar que el argumento sea descalificado per se: me parezco en algo a ustedes, escúchenme un poco.
Ahora, más allá de delimitar cierto terreno común con los amantes a ultranza del derecho a armarse, King elabora una serie de argumentos que, con una narración fluida y permeada por el sarcasmo y el humor, resume en tres puntos; tres peticiones que no suenan descabelladas e imposibles y que buscan frenar, desde los más práctico, la costumbre de masacrar civiles y niños en escuelas, teatros de cine y otras locaciones en Estados Unidos. Resulta casi irrisorio que el problema tenga que incluir cosas que podrían ser llamadas básicas, incluso en Colombia: verificación de antecedentes de las personas que quieran adquirir un arma (cosas como un periodo de espera de 48 horas antes de entregar el producto al cliente), prohibir la venta de cargadores con más de 10 balas (el fusil utilizado en el ataque a la escuela Sandy Hook permite disparar hasta 30 balas cada vez) e impedir la venta de rifles de asalto.
¿No parece tan complicado, cierto? Todos podrían ponerse de acuerdo. Parece que no. “La única forma en que este tipo de prohibiciones puedan funcionar es si las personas detrás del negocio de las armas las apoyan (…). Deben aceptar su responsabilidad, recordando que esto no es lo mismo a culpabilidad. Necesitan decir ‘apoyamos estas medidas, no porque la ley lo exija, sino porque es un tema sensible’”.
En la mitad del debate se encuentra la buena gente de la Asociación Nacional del Rifle (NRA), un poderoso grupo de lobby que representa a usuarios y a las compañías fabricantes de armas y cuya solución para la violencia es armar a más personas. Se trata, más que la extrema derecha, del extremismo en su forma más abyecta e inútil. Sus asociados, dice King, no son gente mala per se; algunos pueden ser donantes de sangre o haber entregado artículos de hogar y ropa para aliviar a los afectados por un desastre natural. El retrato tangencial que el escritor hace de estos ciudadanos es uno pintado con el pincel de la paranoia, ampliamente remojado en el miedo.
“Creo que la pregunta es ¿qué tan paranoico quiere ser? ¿Cuántas armas necesita para sentirse seguro? ¿Y cómo, simultáneamente, las mantiene cargadas y a la mano, pero lejos del alcance de los niños y los nietos? ¿Está seguro de que no le iría mejor con una alarma? Es cierto que debe acordarse de prenderla antes de acostarse, pero piense que si confunde a su esposa con un demente adicto a las drogas no puede matarla por accidente con una alarma”.
El autor se dedica en buena parte a quitarle pies y manos a la idea de la “cultura de la violencia”, un término que es usado para justificar que, claro, como se vive inmerso en un contexto violento es entendible que todos arranquen a masacrarse. King hace un repaso rápido de algunas cifras y hechos que dan cuenta de cómo la producción cultural masiva en Estados Unidos no gira en torno a las armas. Es más, el autor tiene un argumento que parece sólido al examinar cómo las grandes producciones evitan mostrar la crudeza y el espanto de lo que sucede después de que alguien hala el gatillo.
“En América no hay una cultura de la violencia, sino una cultura de las Kardashian. (…) El mensaje es claro: a los norteamericanos les interesa muy poco el entretenimiento que tiene que ver con las armas (…) Decir que la ‘cultura de la violencia’ es responsable por las masacres en los colegios es similar a que los ejecutivos de las compañías tabacaleras dijeran que la polución es la responsable principal del cáncer de pulmón”.
Pero, ¿para quién resulta útil seguir esparciendo el asunto de la “cultura de la violencia”? No a los psicólogos o a los trabajadores de la salud. De pronto ni siquiera a los legisladores (a menos de que sean amigos de la NRA). Los beneficiados más obvios, aunque puede que no sean los únicos, son los fabricantes de armas: “Vivimos en tiempos violentos, hay que responder a tiros”, podría ser el eslogan.
¿Cuántos asociados de la NRA han tenido que utilizar sus armas (o han logrado hacer uso de ellas) para repeler la intrusión de un atacante a sus casas? King refiere una historia bien conocida acerca de un señor de apellido Clutter: en su granja había rifles, pero eso no evitó que su familia fuera masacrada y que su tragedia fuera el insumo de A sangre fría, el libro de Truman Capote.
“Porque los hombres podrán ser los que se enloquecen, pero eso no los hace estúpidos. Llegan entonces al sitio del crimen armados, pero no con algo que sólo dispara un tiro a la vez, sino con artillería pesada. Algunos se arrepienten. Cuando no, lo que viene es la carnicería, el tipo de escena que les trae pesadillas a los forenses y a los policías durante años. Uno quisiera que Wayne LaPierre y la junta directiva de la NRA fueran obligados a ir algunos de estos lugares, en donde es necesario que se pongan botas y guantes de plástico para ayudar a limpiar la sangre, los sesos y los pedazos de intestino que aún contienen los restos medio digeridos de lo que fue la última comida de alguna persona que pasaba por ahí”.
La cosa es que el grupo de ciudadanos armados no está dispuesto a dejar su seguridad en manos de la Policía y el resto de autoridades. Eso por un lado. Por el otro, invocan la Constitución como la protección superior para alegar que lo que están haciendo es legal. Claro que lo es, en muchos casos al menos. Pero el punto es otro, pues no es sólo un asunto que deban debatir los abogados, bajo la óptica de King.
Lo que sucede es que el tema está tan enfrascado entre el control estatal y el poder ciudadano que una mujer, reseña el autor, terminó por escribir un ensayo en el que decía que las armas son herramientas, como las cucharas. ¿Se prohibirán las cucharas sólo porque algunos comen mucho?, se preguntaba ella. “Señora, veamos cómo trata de matar a 20 niños de un colegio con una puta cuchara”, le respondió King.
Al final de todo, un asunto bastante sangriento y que en últimas sucede en un país que no es este (acá nadie entra a un colegio a matar, pero sí va a un pueblo remoto para decapitar campesinos), lo que suele suceder es una serie de 21 pasos que King ha resumido con el título de “Así es que pasa”: una enumeración triste en la que en algún punto los reporteros preguntan cosas como “¿Cómo se siente?”, las víctimas sólo hablan de cosas que estallaban y que termina por ser olvidado cuando una embajada vuela en pedazos en el Medio Oriente o un tornado se lleva por delante a un pequeño pueblo. En ese punto todo vuelve a comenzar.

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