23.12.13

Los préstamos de libros electrónicos en bibliotecas se duplican

El número de ejemplares electrónicos prestados durante 2012 alcanzó la cifra total de 569.000, más del doble del número alcanzado en 2010, cuando se prestaron 278.000 ejemplares, según se desprende de la Estadística de Bibliotecas del Año 2012 elaborada por el Instituto Nacional de Estadística cada dos años y que recoge Europa Press

Los préstamos de libros electrónicos en bibliotecas   de España se duplican/lainformacion.com

Asimismo, los fondos de libros electrónicos aumentaron un 49 por ciento respecto a 2010, al pasar de 6,2 millones en 2010 a los 9,26 millones en 2012. No obstante, este aumento solo coloca este formato en el 3,5 por ciento del total de fondos, similar al de documentos audiovisuales, aunque por encima de los sonoros (2,7%).

En consonancia con estas cifras, el auge del libro electrónico en las bibliotecas y en los centros que dependen de ellas se manifiesta también en el número de lectores, que pasó de 2 millones en 2010 a casi cinco millones en 2012, casi un 140 por ciento más.

Además, el 11,6 por ciento de las bibliotecas disponían de servicio de consulta de libros electrónicos en sala, un 22,7 por ciento más que en 2010, y el porcentaje de centros con usuarios de este formato pasó del 2,1 por ciento en 2010 al 6,5 por ciento en 2012.

MÁS VISITAS

El número total de visitas a las bibliotecas registró un ligero aumento del 0,2 por ciento en 2012 respecto a 2010, con un total de 212,4 millones, lo que supone que cada habitante acudió una media de 4,6 veces a puntos de servicio de las bibliotecas.

Por comunidades autónomas, los cántabros fueron los ciudadanos que más acudieron, con una media de 7,2 visitas, seguidos por los navarros (6,8 visitas) y los madrileños (6 visitas).

Las mayores proporciones de usuarios se concentraron en Cataluña, con más del 60 por ciento de la población, seguidos por la Comunidad de Madrid (55,2%) y por Castilla y León (53%).

Además, el número de usuarios inscritos creció un 12,8 por ciento, hasta alcanzar los 20,3 millones de personas, de los cuales más de 16 millones eran adultos y alrededor de cuatro millones eran usuarios infantiles.

22.12.13

El cuento del domingo


Ivan Klima

Los ricos suelen ser gente extraña

Hay hombres que aman a las mujeres, otros el alcohol, la naturaleza o el deporte, otros a los niños o al trabajo, hay hombres que aman el dinero. Seguramente el hombre puede amar a más de uno de los anteriores, no obstante da preferencia a algo sobre lo demás. Siendo suficientemente ambicioso, tiene la esperanza de alcanzar lo que verdaderamente anhela.
Alois Burda amó el dinero y le sometía todo lo demás. Bajo el régimen pasado era administrador de un negocio de venta de automóviles, bajo el nuevo régimen abrió un negocio propio. Bajo el régimen pasado manejó con habilidad ese pequeño número de autos que tenía para la venta. Pronto encontró la manera que le aseguraba el soborno más alto. Después de la revolución, las comisiones por ley le dejaban aproximadamente las mismas ganancias que había tenido antes de la revolución. Alois Burda entonces era un hombre rico, ya en los años setenta se construyó una residencia familiar cuya superficie habitable según las leyes vigentes no alcanzaba ciento veinte metros cuadrados, sino que los superaba tres veces. En la residencia tenía un gimnasio, una piscina techada, tres garajes, y al lado de la residencia una cancha de tenis, aunque él mismo no jugara tenis. En Suiza tenía una cuenta secreta, y puesto que los bancos suizos son avaros con los intereses, tenía todavía una cuenta secreta más en Alemania. Se divorció sólo una vez, porque se dio cuenta de que el divorcio salía relativamente caro. Con la primera esposa tenía dos hijos, con la segunda tenía una hija. Con los hijos se frecuentaba sólo escasamente. Desde que alcanzaron la mayoría de edad, no se veían más a menudo que una vez al año. También la segunda esposa le fastidió pronto, pero manejaba bastante bien el hogar y no le molestaba demasiado, tampoco se preocupaba por cómo él pasaba su tiempo libre. Ella era deportista, esquiaba y montaba a caballo, jugaba tenis, golf y nadaba bien, aunque nada de aquello le interesaba a él en lo más mínimo. De vez en cuando se conseguía una amante con quien dormía, pero por la cual usualmente no sentía nada y de la cual tampoco exigía sentimiento alguno.
De vez en vez le preguntaba a su hija qué había de nuevo en la escuela, pero al día siguiente olvidaba su respuesta y nunca estaba seguro de qué año cursaba. Así luego terminó la escuela y se casó. Como regalo de boda recibió de su padre un nuevo automóvil, cuyo precio superaba el medio millón de coronas. Ese regalo la sorprendió, casi estaba dispuesta a creer que era un regalo de amor, pero era más bien el regalo de una mala conciencia o de un capricho instantáneo. De todas maneras, una cantidad así no significaba nada para Burda.
Conocía a mucha gente, todo aquél que fuera su cliente, sin embargo no tenía amigos, a excepción de algunos cómplices con los cuales de vez en cuando tomaba unos tragos o ideaba transacciones comerciales.
Cuando se acercaba a los sesenta, de repente empezó a sentir fatiga, perdió el apetito y paulatinamente fue adelgazando. Lo atribuía al modo de vida demasiado acelerado que llevaba. Su mujer naturalmente notó la metamorfosis y lo mandó al médico, pero él por principio no obedecía los consejos de su mujer, además temía que el médico le pudiese detectar algún padecimiento más serio. Decidió que iba a descansar más, que iba a darse el lujo de hacer algún viaje al extranjero que no fuese de negocios, también visitó a un famoso curandero que le preparó un té especial y le recomendó comer diario semillas de calabaza. Sin embargo, nada de esto le ayudó. Burda empezó a sufrir dolores en el estómago, en la noche se despertaba sudado, sediento y abatido por una extraña angustia.
Finalmente decidió ir al médico. Éste pertenecía a sus viejos clientes, ya había curado a su primera esposa. Ahora trataba de aparentar que todo estaba bien, y pasó un rato conversando sobre un nuevo modelo de Honda.
"¿ Es algo serio?", preguntó el vendedor de automóviles.
"¿Quieres que sea completamente sincero?"
El vendedor dudó, luego asintió con la cabeza.
"Tienes que operarte cuanto antes", dijo el médico.
"¿Y luego?"
"Ya veremos".
"¡Ajá!", entendió Burda, "esto me huele a muerte".
"Todos estamos aquí por sólo un momento", dijo el médico, "pero no debemos perder la esperanza. Hasta que te abran, sabremos más".
Aunque también sabía que alguna vez llegaría el momento en el que aparecería la muerte detrás de su cabeza, el vendedor de automóviles se encontraba inesperadamente sorprendido. Pues todavía le quedaban casi diez años para alcanzar la edad promedio de los hombres en nuestro país y además le parecía que la muerte llega con mayor frecuencia en forma de accidentes en la carretera. Y él era un excelente conductor.
"Tenemos medicamentos cada vez más eficientes", agregó el médico, "así que no pierdas la esperanza".
"Con respecto a los medicamentos, me puedo permitir cualquiera, por mucho que cuesten".
"Yo sé", dijo el médico, "pero esto no es cuestión de dinero".
"¿Es cuestión de qué?"
El médico encogió los hombros. "De tu resistencia. De la voluntad divina o del destino, como sea que lo llamemos".
Acordaron la operación para la semana siguiente, hasta entonces tuvo que someterse a todos los exámenes necesarios.
Cuando llegó Burda a casa y su mujer le preguntó qué había detectado el médico, contestó con una sola palabra: "Moriré". Luego se fue a su recámara, se sentó en el sillón y pensó en la extrañeza de que quizá pronto no estaría aquí. El hombre siempre le había parecido similar a una máquina, la máquina y el hombre se desgastan tras una larga utilización, pero la máquina se puede mantener en marcha esencialmente por un tiempo ilimitado si se reponen constantemente sus partes. ¿Pero qué sucede con el hombre? Se le hizo cruelmente injusto que las partes humanas no fuesen en su mayoría renovables, mientras que una máquina muerta es en sí eterna, condenando entonces al hombre prematuramente a la destrucción. Luego le inquietó la pregunta: cómo procedería con su propiedad, qué haría con sus cuentas secretas. Cuando muriese, todo lo que tenía le pertenecería a su esposa e hijos. Se le hacía injusto, ya que ninguno de ellos había contribuido en manera alguna a lo que él había ganado. Además, recientemente le había regalado un auto a su hija y sus hijos no le hacían caso. La mujer lo cuidaba, pues le daba dinero con regularidad, hasta le daba dinero para ir a esquiar cada invierno y primavera a los Alpes, seguramente por ahí tuvo amantes, incluso supo de uno, porque accidentalmente encontró una carta en el bolso de su mujer, donde buscaba una cuenta. ¿Por qué ahora su esposa, tan sólo por haberse casado con él, debería recibir, aparte de todas sus propiedades y del dinero de la herencia, también el dinero del cual ni siquiera sospechaba?
Luego reflexionó acerca de lo que le dijo el médico sobre la esperanza y la voluntad divina. Confiarse de la voluntad divina es ciertamente una tontería, igual que confiarse del destino. La voluntad divina es un engaño para los débiles y los pobres, mientras que el destino se comporta según se le pague. Hasta ese momento lo estaba sobornando exitosamente y ahora se resistía a la idea de que repentina e irremediablemente no se saliera con la suya.
Esa misma tarde se sentó en su Mercedes, tomó su pasaporte y las cosas más necesarias para el viaje y se dirigió a la frontera.
La cuenta suiza contenía algo más de cien mil francos, en la alemana había más dinero. Solicitó el dinero en efectivo ante el asombro de los cajeros. Regresó con el dinero la siguiente noche, escondió los billetes en una pequeña caja fuerte, cuyo código sólo él sabía. Al día siguiente fue a hacerse los primeros exámenes.
Cuando se estaba preparando para ingresar al hospital, le surgió la pregunta de qué hacer con el dinero en la caja fuerte. El médico le advirtió que podría permanecer varias semanas en el hospital, es verdad que no mencionó la posibilidad de nunca abandonar el hospital, pero el vendedor de automóviles sabía que ni siquiera ésta se podía descartar. Incluso podría no salir con vida de la sala de operaciones.
No quería dejar el dinero en su casa, ¿pero llevarlo consigo al hospital? ¿Dónde lo escondería? ¿Qué haría con él en el momento en que estuviera inconsciente en la mesa de operaciones?
Finalmente decidió dividir los paquetes de cien mil en otros más pequeños, los metió en unas pantuflas viejas con hebillas y las cubrió con calcetines enrollados. Luego, ante su mujer, empacó las pantuflas en una caja, la pegó con cinta adhesiva y le pidió que se la llevase al hospital junto con algunos objetos más como otras pantuflas corrientes, una bolsa de viaje con artículos de tocador, dos números de una revista de automovilismo y el monedero con unos cientos de coronas, cuando se lo pidiese.
Apartó unos miles de marcos en un sobre para el cirujano. Sin embargo éste, con una explicación poco clara de que era supersticioso y antes de la operación ni quería oír hablar de dinero, rechazó el sobre.
Cuando abrieron a Burda en la mesa de operaciones se dieron cuenta de que el tumor no sólo había afectado el páncreas sino que también se había ramificado hacia otros órganos; una operación radical parecía ser tan inútil que lo cosieron. Tras dos días en la unidad de terapia intensiva, lo colocaron en la recámara número ocho, la compartían con él nada más dos pacientes. El vecino a la izquierda era un campesino hablador, que se la pasaba contando historias insignificantes de su vida y temía por el destino de su granja, que ahora estaba a cargo de su abandonada mujer. El vecino a la derecha era un silencioso anciano, muriéndose quizá, que oportunamente, sea dormido o en estado de vigilia, despedía chillidos de fiera inarticulados de manera extraña. Aquéllos perturbaban al vendedor de automóviles más que las historias del campesino, que simplemente no escuchaba.
Los médicos le recetaron muchos medicamentos y además una vez por día una enfermera traía a su cama un soporte, ponía una botella y luego clavaba una aguja en sus venas, y él podía observar cómo le fluía la sangre o algún líquido incoloro por una manguerilla transparente hasta llegar a su cuerpo. A pesar de ello se sentía cada vez más miserable.
La mujer le trajo todas las cosas que él había preparado, agregó un ramo de flores y un frasco de conserva de frutas.
Las flores no le interesaron y había perdido totalmente el apetito. Cuando se fue su mujer, abrió la caja con las pantuflas, quitó los calcetines, divisó el paquete de billetes, volvió a meter los calcetines, cerró la caja y la escondió en la mesa de noche. Todavía podía caminar, pero de todas maneras se levantaba de la cama sólo un poco, se arrastraba a la ventana o al pasillo y en un momento regresaba nuevamente a su lecho metálico. Ahora prefería no abandonar su recámara en lo absoluto. No pensó concretamente en su muerte, pero tampoco pudo dejar de advertir cómo disminuían sus fuerzas. Cuando se le acaben completamente, cerrará sus ojos y ya no será capaz ni de pensar, ni de hablar, menos de actuar. ¿Qué hará con ese dinero?
Su mujer lo visitaba dos veces por semana, de vez en cuando también aparecía su hija casada, incluso en una ocasión vino el mayor de sus hijos. Cada quien le traía alguna cosa que no le hacía falta, y sin interés la guardaba en su mesa de noche, donde se quedaba hasta que se fuese la visita y pudiese tirarla a la basura.
Había varias enfermeras que hacían turnos. Una era mayor, las demás apenas pasaban la edad escolar, le parecía que una se asemejaba a la otra y las distinguía solamente según el color de su cabello. Lo trataban con cordialidad profesional, de vez en cuando hacían un intento de bromear o de darle ánimos. Cuando le clavaban la aguja en sus venas, se disculpaban porque le iba a doler un poco. Luego, aparentemente después de sus vacaciones, regresó todavía una enfermera, no era más grande que las demás, pero le llamó la atención su voz, que le recordaba a la remota y casi olvidada voz de su madre en la época de su niñez. La enfermera se llamaba Vera. Notó que siempre que se acercaba a él para ejecutar alguna de las tareas rutinarias, añadía algunas frases. Y sorprendentemente esas frases no traían sólo las usuales palabras de compasión, sino que le comunicaban algo del mundo de afuera, de que hoy era un día caluroso, que ya habían florecido los jazmines, que ya estaban madurando las fresas en su balcón. La escuchaba, con frecuencia ni percibía el contenido de lo que comunicaba, percibía sólo el colorido de su voz, su extraño consuelo.
Una vez, cuando se sentía un poco mejor después de la transfusión, le pidió que se sentara a su lado.
"Pero señor Burda", se extrañó, "¿qué diría la primera enfermera si me agarrase descansando?" No obstante trajo una silla, se sentó al lado de la silla de él, tomó su mano llena de incontables piquetes, y le acarició el dorso de la mano.
"Pues, ¿cómo vive usted, enfermera?", le preguntó.
"¿Cómo vivo?", se sonrió. "Como todos."
"¿Vive con sus padres?"
Asintió. Dijo que tenía una pequeña recámara en un complejo multifamiliar, en su recámara sólo había una cama, una silla, un pequeño librero, también, en un pilar de bambú, macetas con flores de la pasión, fucsias y coronas de Cristo. Le contó largamente de las flores. Las flores nunca le habían interesado, bajo sus nombres no le surgían ningunos colores o formas, pero percibió la ternura en la voz de aquella mujer, percibió el tacto liviano de sus dedos en el dorso de la mano y notó que sus ojos eran cafés oscuros, aunque su cabello tenía un color claro natural. Prometió que le traería algunas flores de las que cultivaba en su balcón, y se levantó de la silla.
Al día siguiente realmente le trajo una azucena y nuevamente se sentó junto a él.
Burda le preguntó si no sufría la escasez de algo importante.
Ella no entendió el sentido de su pregunta.
Entonces le preguntó si tenía carro.
"¿Carro?", se rió de la pregunta.
"¿Y lo quisiera?"
"Pues usted los vendía", se dio cuenta. Luego dijo que nunca pensaba que pudiese tener un carro. Vivía sólo con su madre y apenas tenían para comprarse una bolsa de jitomate de vez en cuando. El año pasado había plantado unos arbustos en su balcón, pero se pudrieron, y no logró cosechar nada. Le preguntó si le gustaban los jitomates. Lo preguntó de la misma manera en que él solía preguntarle a la gente si le gustaba el caviar o si prefería las ostras. Le contestó que sí, aunque no recordaba que los hubiese comido alguna vez con gusto.
Le quería preguntar si no la deprimía su vida, pero lo invadió un repentino ataque de dolor y la enfermera salió corriendo por la médica, que le aplicó una inyección después de la cual se le enturbió rápidamente la razón.
Cuando volvió levemente en sí en la noche, primero se dio cuenta con una urgencia absoluta de la realidad de que en unos días probablemente moriría. No obstante encendió la pequeña lámpara arriba de su cama, se inclinó sobre la mesa y sacó la caja con las pantuflas. Detrás de los calcetines arrugados permanecía la fortuna, con la cual se podrían comprar vagones enteros de jitomates.
Puso todo en su estado anterior y regresó la caja a la mesa; la riqueza, que lo llenaba generalmente de satisfacción, se hacía de repente una carga.
¿Debería de heredarla a algún organismo de caridad? ¿O a este hospital? ¿Regalarla a los médicos, que de todas maneras no podían ayudarle? ¿A su mujer para que pudiese pagar a amantes aún más exigentes o ir a esquiar hasta por allá de las montañas Rocallosas?
Luego se le apareció de repente la cara de aquella enfermera y escuchó la voz que se asemejaba a la de su madre. Tenía curiosidad de saber si mañana iba a estar de turno, y se dio cuenta de que deseaba que estuviese.
Al día siguiente efectivamente vino y le trajo un jitomate. Era grande, duro y tenía el color de la sangre fresca.
Le dio las gracias. Lo mordió y le dio varias vueltas en su boca, pero no logró tragarlo, sintió que lo vomitaría.
La enfermera colocó el soporte a su cama, puso la botella y anunció: "Le vamos a alimentar un poco, señor Burda, si no se nos debilitaría mucho."
Asintió con la cabeza.
"¿Viene a verlo su familia?", preguntó la enfermera.
Debería contestar que no tiene familia, que tiene sólo una mujer y tres hijos, pero en lugar de eso contestó que desde hace mucho nadie lo visitaba.
"Ellos vendrán", dijo la enfermera, "y enseguida se sentirá más alegre."
Cerró los ojos.
Ella tocó su frente con los dedos. "Ya fluye", dijo. "Dios puede hacer un milagro, sanar al enfermo igual que perdonar al pecador. Y recibir a cada quien con amor."
"¿Por qué?", preguntó, refiriéndose a por qué se lo estaba diciendo, pero ella no entendió. "Porque Dios es el amor mismo."
Aunque le daban medicamentos fuertes, no lograba conciliar el sueño en la noche. Pensó en aquella extraña realidad, que el mundo continuaría, saldría el sol, correrían los carros, serían inventados nuevos modelos de carros, se venderían en el negocio que su mujer seguramente venderá, se construirían nuevas autopistas y puentes, se abriría el túnel debajo del Petrín, pero él no se enteraría de nada de nada de aquello. Esa realidad tenía una mano helada con la que le apretaba el cuello. Trató de escaparle, buscar la ayuda de alguien, pero no tenía con quién refugiarse. Luego le surgió la cara de la enfermera que se sentó junto a su cama y le dijo que Dios puede recibir a cualquiera con amor. Dios lo logra, mientras que él nunca lo ha logrado. Es que si existiera un dios, si existiera, debería reinar en el mundo por lo menos un poco de amor. Trató de recordar a quién y cuándo había amado, y quién y cuándo lo había amado a él, pero aparte de su mamá, que ha estado muerta desde hace tres décadas, no recordaba a nadie. Mañana le preguntará a aquella enfermera dónde nació su fe en Dios o siquiera en el amor. Finalmente logró dormirse. Al despertarse a mitad de la noche, se le ocurrió algo sin sentido. Le regalará el dinero a esa enfermera. Por lo que le dijo de Dios y del amor. Por acariciarle la frente, aunque sabe que él morirá. Lo sabe igual que lo saben los demás, pero aquellos no le acariciaron la frente.
Luego se imaginaba qué diría ella de recibir una fortuna inesperada. ¿Lo aceptaría? La experiencia le decía que la gente nunca rechaza el dinero. Aparentan resistirse, pero finalmente sucumben. Por supuesto que no le puede meter en el bolsillo unos millones; le pedirá que llame al notario, le dictará su última voluntad y le heredará el dinero. ¿Qué hará ella con él? Ni sabe si tiene un amante o si vive sola.
Al día siguiente, en lugar de indagar sobre su fe, le preguntó si vivía sólo con su madre o si salía con alguien.
Sorprendida, levantó su mirada, pero no le contestó. Su novio se llama Martín, es violinista, ayer fueron juntos al concierto, presentaron el concierto en re menor de Beethoven. ¿Lo conoce? ¿Le gusta?
No conocía a Beethoven, aunque debió haber escuchado ese nombre alguna vez. No le alcanzaba el tiempo para la música, aunque en la tienda comúnmente tocaban alguna música. Pero eran canciones de moda.
También le dijo que se iba a casar con Martín en otoño. "¿Irá a mi boda?", le preguntó.
"Si me invita".
Al día siguiente la enfermera Vera tenía un día libre y él entonces pudo reflexionar si había considerado todo bien y si su decisión no era demasiado precipitada. ¿Qué pasaría si sanara por fin, cuando Dios hiciera aquel milagro o algún medicamento que le introdujeran en las venas le regresara la fuerza? ¿Por qué otra razón lo estaría invitando la enfermera a su boda? Con un moribundo no estaría bromeando así.
También la cantidad era desproporcionadamente alta, al final con su regalo la pondría en sospecha de un acto deshonesto. Pero le podría regalar por lo menos una parte de ese dinero, por lo menos un pequeño paquete de billetes de mil francos.
Al día siguiente empeoró, pero percibió cuando se le acercó la enfermera Vera que puso para él una flor fresca en la botella con agua, acercó el soporte y picó con la aguja una vena en su pierna izquierda.
"Se lo compensaré", dijo él con una voz silenciosa.
"Me lo compensará al sentirse mejor", dijo. Luego abrió la ventana y preguntó. "¿Siente? Ya están floreciendo los tilos".
No sintió nada, sólo un gran cansancio. Debería decirle que llamase a un notario, pero en ese momento se le hizo que toda la idea era una tontería, simplemente tendría que introducirle en el bolsillo de la bata unos billetes. Hasta eso significaría para ella una gran fortuna.
La enfermera le acarició la frente y salió de la recámara.
La siguiente noche Alois Burda murió. Justo era el turno de la enfermera Vera y algunos momentos antes de que él respirase por última vez, se sentó junto a él y le sostuvo la mano, pero el moribundo seguramente ya no supo de ello.
Luego asignaron a la enfermera para sacar todas las cosas de la mesa del muerto y hacer una lista detallada. La enfermera lo hizo. La lista tenía dieciocho artículos, el número once decía: Un par de pantuflas con hebillas con un par de calcetines adentro. Le sorprendió a la enfermera que las pantuflas parecieran demasiado pesadas, y se le ocurrió que podría sacar los calcetines, ponerlos aparte y fijarse adentro de las pantuflas, pero no lo hizo, ya que se agregaría un artículo más; encontró inútil hurgar de cualquier manera en las cosas que aparentemente nadie nunca usaría.
Cuando llegó la mujer de Burda al hospital para levantar el acta de defunción, le entregaron la bolsa con las cosas del difunto y la lista de lo que estaba en la bolsa. La mujer le echó una ojeada a la lista de los objetos. En los últimos años le asqueaba su esposo, así que un par de sus miserables cosas le asqueaba aún más. El monedero con trescientas coronas se lo entregaron aparte. Tomó el saco con las cosas y lo guardó en la cajuela de su carro. Cuando salía del hospital, notó que cerca de allí había un tiradero improvisado. Se detuvo mirando bien a su alrededor, luego abrió la cajuela y tiró la bolsa.
Aquella noche la enfermera Vera tuvo una cita con su violinista. "Aquel Burda, el que dormía en la ocho, murió", le anunció; "dicen que era tremendamente rico, uno de los hombres más ricos en Praga."
"¿Y te dio algo?", le preguntó.
"No", dijo ella, "traía en su monedero sólo trescientas coronas."
"Los ricos suelen ser gente extraña", dijo él, "¿a quién heredará todo?"
"Sabrá Dios", dijo ella, "él quizá ni siquiera tenía a alguien. No vino nadie que por lo menos le tomase la mano en aquel momento." -— Traducción de Irena Chytra


Ivan Klima: República Checa. 1931.Escritor checo nacido en Praga. De padres judíos, pasó más de tres años en un campo de concentración nazi durante la Segunda Guerra Mundial. Estudió Literatura en la Universidad de Praga y llegó a convertirse en editor del prestigioso diario semanal Literarni Noviny. Convertido en un exitoso autor teatral, su escritura fue considerada radical y considerado como un disidente, lo que le llevó a perder su trabajo y a que su obra fuera prohibida en Checoslovaquia. Trabajó de conductor de ambulancias, mensajero y asistente de tipógrafo. Fue editor del diario del Sindicato de Escritores Checos durante la primavera de Praga y en 1969 profesor visitante en la Universidad de Michigan. En 1990 se levantó la prohibición de sus obras y sus libros fueron publicados en su país, siendo aclamado por la crítica y convirtiéndose en un éxito instantáneo. Es autor de Una Aventura de Verano (1987), El Amor y la Basura (1990), Mis Primeros Amores (1988), Juez en Juicio (1991), Mis Intercambios Dorados (1992), La máxima intimidad (1997) y el ensayo El Espíritu de Praga (1994). ©epdlp

Semblanza biográfica: Epdlp.com.Texto: El cuento del día. Foto: Internet

21.12.13

Un año de Cultura

La despedida de Mutis, los premios literarios del mundo, el debate y las exposiciones del año en Colombia


Álvaro Mutis, se fue dejándonos a Maqroll el Gaviero./Vicky  Ospina./semana.com

La última escala del almirante

En septiembre Colombia se despidió de unos de sus mayores escritores: Álvaro Mutis. Su muerte cerró un capítulo definitivo en la historia de la literatura nacional. A sus 90 años recién cumplidos Mutis dejó una obra literaria prodigiosa y un grupo de amigos y admiradores repartidos alrededor del mundo.

PREMIOS LITERARIOS
Alice Munro. La Academia Sueca recordó a las escritoras con su premio.

Nobel de Literatura

La canadiense Alice Munro recibió el reconocimiento por toda su obra y fue nombrada “la maestra del relato breve contemporáneo”. La decimotercera mujer que obtiene este galardón es conocida como la Chejov canadiense.
Elena Poniatowska, recibió el Premio Cervantes.

Premio Cervantes

El reconocimiento más prestigioso de las letras hispanas se le otorgó a la mexicana Elena Poniatowska, quien a sus 81 años es reconocida por su carrera como escritora, periodista y cronista. 

Gregor Von Rezzori
Juan Gabriel Vásquez, se universaliza.

El ruido de las cosas al caer, de Juan Gabriel Vásquez, obtuvo este prestigioso premio italiano para autores extranjeros. Esta novela ya ha sido traducida a 16 idiomas.

Beca MacArthur
AJunot Díaz, escrito estadounidenese dominicano.

Junot Díaz obtuvo la codiciada beca de medio millón de dólares. Díaz se ha dedicado a narrar la realidad de los inmigrantes latinos en Estados Unidos.

INAUGURACIÓN

Casa Daros en Río de Janeiro
La Casa Daros abrió con una exposición de Colombia.

El 23 de marzo se inauguró Casa Daros en Río de Janeiro, que cuenta con la mayor colección de arte latinoamericano contemporáneo. El espacio abrió con Cantos Cuentos Colombianos, una muestra de lo mejor del arte reciente del país. 

ANIVERSARIOS

200 años del nacimiento de Giuseppe Verdi y Richard Wagner, los compositores de ópera más importantes del siglo XIX.

40 años de la muerte del chileno Pablo Neruda, uno de los grandes poetas hispanoamericanos.

50 años de la publicación de Rayuela, la novela más famosa del escritor argentino Julio Cortázar.

100 años de la muerte de Albert Camus, autor de El extranjero, La peste y El mito de Sísifo.

100 años de la publicación de En busca del tiempo perdido de Marcel Proust.

Debate del año

Los precios exorbitantes que alcanzaron las obras del artista colombiano Óscar Murillo en varias subastas generaron una álgida controversia en el mundo del arte nacional. Para algunos se trata de un artista sin experiencia, inflado por sus galeristas. Para otros es el nuevo genio del arte colombiano. El tiempo dará su veredicto. 

EXPOSICIONES

MamBo 50. La Colección (marzo – abril). El Museo de Arte Moderno de Bogotá celebró 50 años de existencia con una exposición de 4.300 obras que hoy hacen parte de su colección permanente. 

J. J. Seinen, un hallazgo (marzo). El holandés J. J. Seinen murió el año pasado en Colombia sin haber expuesto ninguna de sus obras. Julio Pérez Navarrete y Johanna Calle mostraron sus dibujos en la Galería Casas Riegner. 

Dioses, mitos y religión de la antigua Grecia (julio–octubre). El Museo Nacional presentó 94 cerámicas y esculturas de la colección del Museo del Louvre en París. 

Vik Muniz. Más acá de la imagen (agosto–octubre). Esta fue una espectacular retrospectiva del artista brasileño en el Museo del Banco de la República.

Nueva colección del Museo de Arte del Banco de la República (desde el 26 de julio). Cinco curadores volvieron a interpretar la colección permanente.

Argentina homenajea a Bolaño, a quien "todo escritor castellano debe leer"

El Centro Cultural Recoleta de Buenos Aires recoge material inédito y algunas de las mejores obras del narrador chileno Roberto Bolaño, muerto en 2003 y uno de los autores que "todo escritor castellano debe leer", según dijo el comisario de la exposición, Juan Insua

Roberto Bolaño, escritor chileno está de homenaje en homenaje a su memoria./lainformacion.com

La muestra lleva por título "Archivo Bolaño: 1977-2003", y se centra en la etapa que el artista pasó en España, en la calle Tallers de Barcelona, en Gerona y en el municipio barcelonés de Blanes, donde desarrollo la gran parte de su obra.

La exposición fue inaugurada en la capital catalana este año, y Buenos Aires es su primera parada en un recorrido mundial que la llevará aNueva York y a Madrid, entre otras, recordó en la presentación el ministro de Cultura porteño, Hernán Lombardi.

En declaraciones a Efe, Juan Insua, jefe de proyectos del Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona, describió a Bolaño como "un gran poeta que fue tragado por el narrador", y que supo alternar la explicación de la vida desde su corazón con la narración de historias.

"Muchas de sus páginas, de novelas como "Amuleto" o de sus obras mayores como "2666" solo pueden haber sido escritas por un poeta", explicó el comisario.

En opinión de Insua, el chileno es "uno de los grandes autores de la nueva literatura mundial" que "creó un puente entre el siglo XX y el XXI", y todos los jóvenes autores castellanos que, en su día, debían leer a Julio Cortázar, Gabriel García Márquez o Jorge Luís Borges, "es inevitable que ahora pasen por la lectura de Bolaño".

La exposición recoge 14.374 páginas, con varios cientos de poemas, 27 cuentos y cuatro novelas inéditas dejadas en su archivo personal por el autor chileno y cedidas por sus herederos.

La gran mayoría de las obras largas inéditas pertenecen a su etapa en Barcelona, en la que, pese a su brevedad, Bolaño llegó a escribir diez obras, de las cuales solo dos vieron la luz, una de ellas de forma póstuma.

Del resto de ellas, cinco fueron escritas durante su etapa en Gerona, mientras que de su etapa en Blanes todas fueron publicadas salvo la primera que firmó en el municipio de la Costa Brava catalana.

Según recordó el crítico literario Maximiliano Tomas, "Bolaño guardaba todo" y mantenía un archivo de su obra con una minuciosidad "que linda con la patología".

Además de las obras inconclusas y privadas de Bolaño, la muestra ofrece también las seis que vieron la luz tras su muerte: "2666" -que recibió media docena de premios literarios-, "Entre paréntesis", "La Universidad Desconocida", "El secreto del mal", "El Tercer Reich" y "Los sinsabores del verdadero policía".

Pero la exposición no se limita a sus escritos, sino que permite ver las máquinas de escribir que utilizó, así como cuadernos y bloc de notas personales.

En ellos se pueden comparar las diversas pruebas y borradores de sus obras, que permiten ver cómo, en sus últimos años de vida, "casi no hay tachaduras y correcciones", apuntó Tomas.

Intercaladas con el mundo literario de Bolaño también se pueden ver fotos del propio escritor y vídeos con imágenes en movimiento lugares importantes para su vida, como la calle Tallers y el bar Parisienne, en el Raval barcelonés.

Además, animaciones dan vida a varias escenas de sus obras, para que los visitantes puedan ver el texto en movimiento.

En las paredes, una cronología explica el orden en que el artista realizó sus escritos, incluidos los inéditos, y permite comparar su situación personal y la mundial con los temas tratados en su obra.

La exposición es gratuita y permanecerá abierta hasta el 16 de febrero en el Centro Cultural Recoleta.

Vitale:"Soy poeta por pereza e irresponsabilidad"

La autora uruguaya, eterna candidata al Cervantes y superviviente de la generación del 45, la de Mario Benedetti o Idea Vilariño, repasa a sus 90 años una vida y una obra consagradas a la pureza del lenguaje y marcadas por el exilio

Ida Vitale, retratada recientemente en Madrid. /Samuel Sánchez./elpais.com


El exilio ha marcado la obra de Ida Vitale (Montevideo, 1923). Aunque no en sentido negativo. Dejó Uruguay en 1974 rumbo a México y, 10 años después, se instaló en Austin (Texas), donde vive desde entonces. Profesora de literatura, ensayista y, sobre todo, poeta, vive embarcada en la búsqueda infinita de la precisión, esa lucha de gigantes que dota de absoluto misterio su frágil obra. Ella dice que su poesía despegó gracias a su aterrizaje en México y que luego encontró la tranquilidad necesaria para seguir madurando en su hogar actual: “Me basta un buen aeropuerto y una maravillosa biblioteca para estar bien”. Enmarcada en la llamada generación del 45 —la de Benedetti, Idea Vilariño o Carlos Maggi, la que miró con fascinación y distancia al paterOnetti—, Vitale, de nombre familiar para los amantes de las quinielas del Cervantes, pasó por Madrid hace unas semanas para ofrecer un recital en el festival Poemad. Desplegó su milagrosa energía, su exquisita educación y su ejemplar fortaleza y sencillez, siempre riéndose y sin darse importancia.
“Soy poeta por pereza y por irresponsabilidad”, asegura con elegante coquetería. “La novela exige una concentración distinta. ¡Yo llevo años con una novela que nunca acabo! La poesía nace de otra manera, me gusta su inmediatez. Yo no hago poemas largos y cuando los hago me siento insegura, como si la prolongación fuese algo indebido. Juan Ramón [Jiménez] me dijo algo que no olvido: lo mejor que se puede hacer es escribir y guardar. Guardar en un cajón y sacarlo con el tiempo. Me hablaba de no olvidar nunca la objetividad, la autocrítica. Y yo lo hago. Lo guardo todo hasta olvidarlo”. Para ella escribir esconde siempre un gran fracaso, quizá por eso le cuesta hablar de un acto que en el fondo considera profundamente íntimo. “En el primer plano de la poesía debe estar el lenguaje, ese es el tema. Lo que me mueve a escribir es él, la búsqueda de lo que ya no se va a dar”.
Juan Ramón me aconsejó no olvidar nunca la capacidad autocrítica"
Cuando salió de Uruguay, empujada por la dictadura, ya era una poeta reconocida y una mujer “crecida”. “Pero el exilio me puso más en actividad y me ayudó a despegar. Me amplió el campo”, explica. “El exilio puede ser una experiencia dramática y terrible o una cosa maravillosa. En mi caso me dolió mucho alejarme de mi gente, lo pasé muy mal, pero al poco tiempo me sentí mucho más enriquecida. México me dio no solo la comodidad de un mundo agradable, sino la oportunidad de sentirme útil con traducciones, con clases… y eso es algo que jamás dejaré de agradecerle a ese país, su enorme apertura hacia el que venía de fuera”.
Vitale se había criado en una familia culta y cosmopolita que forjó, en su pequeño cuerpo, a una mujer con seguridad y determinación. “Yo me formé en un núcleo de mujeres que trabajaban y leían, jamás sentí a ningún hombre por encima. Mi marido, que es uruguayo, dice que yo nunca me he dado cuenta de lo machista que es Uruguay porque en mi casa no lo eran, muy al contrario. En mi familia los libros eran importantes y nosotras siempre estuvimos rodeadas de ellos. Adoro a Virginia Woolf, pero yo tenía un cuarto propio y enorme libertad de lectura. Mi tarea los sábados era limpiar una biblioteca”.
Cuarta generación de emigrantes italianos, guarda recuerdos vivos de la casa familiar, del altillo donde estaban sus libros favoritos, “leía Guerra ypaz, libros de historia, de Napoleón, me gustaban esas cosas”. Dos poetas uruguayas del siglo XIX, María Eugenia Vaz Ferreira y de Delmira Angustini, determinan su tradición (“me siento más cerca de María Eugenia, era diferente, despojada. Era la escéptica, la feminista, la que sintió la necesidad de imponerse”), pero sus dos grandes referentes fueron españoles: su profesor José Bergamín y Juan Ramón Jiménez. “Juan Ramón llegó a Montevideo en una gira que hizo por América para recuperar el español. Aquel viaje suyo fue su resurrección, una gira triunfal. Recuerdo un recital en el teatro Solís donde la gente se colgaba de los palcos para escucharlo, no cabía un alfiler. Era una conferencia sobre el Cancionero y el Romancero, una maravilla… Pero Bergamín fue otra cosa, no puedo explicar su importancia en mi vida. Nos contagiaba cada día su entusiasmo, siempre con sus libros, los prestaba, los regalaba para que leyéramos a los románticos alemanes, a Juan de la Cabada, a Juan Ramón, a ¡todos! Podías estar de acuerdo o no, pero no te podías resistir a su personalidad”.

Rossana Podestà, reina del péplum

Protagonizó superproducciones de Hollywood y películas de serie B en Italia y será recordada por imponerse a Ava Gardner y Elizabeth Taylor en el casting de Elena de Troya

Rossana Podestà, actriz italiana, en 1956. / Cordon./elpais.com

Rossana Podestà, la pin up italiana que protagonizó tantas películas péplum en los años cincuenta y sesenta, murió en Roma a los 79 años. Su vida cambió el día de 1955 en el que el director Robert Wise la prefirió —ella, que ignoraba por completo el inglés, con apenas 18 años, sonrisa de niña y cuerpo de mujer— a estrellas de Hollywood como Ava Gardner, Lana Turner y Liz Taylor, para el papel de la protagonista en Elena de Troya. Aquella cinta, sus batallas, duelos, bacanales, besos y lágrimas se rodaron en los estudios de Cinecittà y coronaron a Podestà reina del género de las aventuras mitológicas.
Su fresca sensualidad se hizo indispensable en las superproducciones norteamericanas filmadas en Italia, tras la II Guerra Mundial, los sandaloni, como se llamaban en la capital, cuando de boca en boca rebotaba la noticia de un rodaje y enjambres de buscavidas acudían a las puertas de Cinecittà con un par de sandalias en la mano y el hambre en la barriga. Entre la ruidosa humanidad de los figurantes, los dioses del Olimpo y los héroes sin manchas, ella era la diva, en la pantalla y fuera de ella.
Carla Dora Podestà, alias Rossana, nació en junio de 1934 en Trípoli, cuando Libia formaba parte de los dominios del Reino de Italia. Con el conflicto mundial el país perdió sus colonias y muchos italianos de África tuvieron que desplazarse a la península. Los Podestà aterrizaron en Roma. Mona, lozana, graciosa e insolente, inocente y maliciosa a la vez, como una Lolita, no fue difícil para esta muchacha que aún frecuentaba el instituto destacar en los castings que animaban entonces la ciudad.
El primero en notarla fue el director Léonide Moguy, nombre casi olvidado de la cinematografía, que a mediados del siglo pasado firmó dos películas míticas sobre los adolescentes (con títulos en italiano, a pesar de ser ruso, y trabajar entre Francia y EE UU): Domani è troppo tardi (1949) y Domani è un altro giorno (1951). Rossana se incorpora en el segundo. “Siendo actriz”, declaró luego a la revista Época, “me ganaba dos duros, pero mi verdadera vida era otra”. Es el primer papel de una carrera que llegó a los 60 hasta mediados de los años ochenta.
En 1953 su sensualidad carnal centra, y a la vez altera, La Red, del mexicano Emilio Fernández. El año siguiente, hechiza al público —y no solo a los apasionados de intrigas mitológicas— en la piel de Nausicaa, en el Ulises de Mario Camerini, protagonizado por Kirk Douglas. A la vez, cabalga la ola del llamado “neorrealismo rosa”. Es la época de Guardie e ladri, de Steno (Stefano Vanzina) y Mario Monicelli (1951); Gli angeli del quartiere, de Carlo Borghesio (1952); Le ragazze di San Frediano, di Valerio Zurlini (1954). Apenas veinteañera, Rossana es una chica de portada. No tarda mucho en decidir que su porvenir estaba escrito en el cine.
La vida de la diva Rossana Podestà acabó pareciéndose a las aventuras de fuego y pasión que interpretaba, que fueran ambientadas en el mito o en la realidad más apremiante. Su aventura personal no fue menos poética, ni menos literaria. En 1954 se casó con Marco Vicario, con el que rodó en España Playa prohibida. Vicario la dirigió en varias películas, que contribuyeron a esculpir la fama de su guapa esposa más que marcar hitos en la historia del séptimo arte: Le ore nude (1964),Siete hombres de oro (1965), El gran golpe de los siete hombres de oro(1967), Il prete sposato (1970), Homo eroticus (1972), Paolo il caldo(1973).
A principios de los ochenta, llegó otro romance: ya divorciada, en una entrevista Podestà contesta a bote pronto a una pregunta bien manida: ¿Quién te llevarías a una isla desierta? “Me iría con Walter Bonatti”, declaró la actriz pensando que tener a un conocido escalador y explorador como compañero sería lo más apropiado para una aventura exótica. Bonatti le escribió una carta que más o menos se podría resumir en la siguiente frase: “¿Cuándo salimos?”. Ella contestó con su número de teléfono. Él la llamó y dijo que estaría libre en unos meses. “Ah, ¿esto es lo mucho que te intereso?”, se negó ella. El Rey de los Alpes volvió a llamar. La cita se fijó para el día después. Era el 2 de junio de 1981, Roma estaba celebrando la fiesta de la República. Desde aquella primera comida, ya no se separaron hasta la muerte de Bonatti, en 2011. Ahora ella le alcanza, en un epílogo perfecto para un poema épico, donde solo la muerte puede con tanto amor.

Charlotte Gainsbourg pasa del porno

Su negativa a masturbar a un actor X calienta el estreno de Nymphomaniac. Esta será su tercera colaboración con el realizador danés Lars von Trier.  La actriz y cantante permanece inmune al escándalo, a pesar de haberlo vivido desde cría

Charlotte Gainsbourg en 'Nymphomaniac'. /Christian Geisnaes./elpais.com

A veces basta una chispa para quemar todo el bosque. En el caso de Charlotte Gainsbourg han sido unas declaraciones extraídas del Vanity Fair francés en referencia a su tercera colaboración con Lars von Trier, para la película Nymphomaniac, que se estrena este miércoles: “Nadie me había pedido que fuera tan lejos. Resultó excitante e intenso, con tanto sufrimiento… A veces me sentí realmente mal. Nunca había vivido nada tan fuerte”. Y añadía: “Lars lleva demasiado lejos sus obsesiones sexuales. Se pasa de explícito, tanto en su discurso como en las imágenes”. Reconocía haberse negado a masturbar a un actor porno y a compartir el plano mientras él se masturbaba. Y en la presentación en Copenhague, hace unos días, confesaba: “Las escenas de sexo no fueron tan duras como las de masoquismo. Esas resultaban vergonzosas y, sí, un tanto humillantes”.
Pero no hay que llamarse a engaño: Charlotte Gainsbourg lleva 30 años acostumbrada al escándalo. Desde el día en que entonó a dúo junto a su padre, el ínclito Serge, Lemon incest, la canción que transformaba una pieza de Chopin en un libidinoso canto de amor paterno-filial. Tenía 13 años. Y ya parecía inmune. “No fue un shock. Entendía que se trataba de una provocación”, comentaba en una entrevista reciente en la BBC.
Quizá por eso suena a sobredimensionado el eco de su protesta ante Von Trier. Sencillamente, estamos ante una artista –actriz, cantante, musa de Nicolas Ghesquière– que puede permitirse hacer lo que quiera. Por algo es hija del chanteur por excelencia y de Jane Birkin, y ejerce de manera innata de emblema del bobo (bohemian bourgeois). Carine Roitfeld, exdirectora de Vogue Paris, ha definido su magnetismo mejor que nadie: “Es el equivalente francés a Sofia Coppola: alguien que viene de una familia famosa y con un estilo cool que todas las chicas de París quieren tener. Hay algo en su forma de andar, con su chaqueta de cuero y el pelo en la cara, que es mitad de su madre, mitad de su padre, pero que le pertenece exclusivamente a ella”.
El estreno de Nymphomaniac viene precedido también por la pérdida de su medio hermana, la fotógrafa Kate Barry, que cayó de su apartamento en París a la calle. Esta semana, el clan se unía de luto en la iglesia de Saint-Roch rodeado por otras celebridades como Catherine Deneuve o Carla Bruni. La propia Charlotte ya vio la muerte de cerca en 2007. Mes y medio después de sufrir un accidente de esquí acuático, tuvo que ser intervenida de urgencia. “Mi cabeza estaba llena de sangre”, contaba sin pudor en una entrevista tras otra durante la promoción de IRM, el disco que le produjo Beck donde incluyó los sonidos de sus resonancias magnéticas.
Lars von Trier lleva demasiado lejos sus obsesiones sexuales", ha declarado la actriz
Convirtió su entrega a la locura (la pérdida de un hijo, la automutilación genital...) de Anticristo en parte de su recuperación. “Llevaba un año preocupándome de mi salud cuando me la ofrecieron. Quería olvidarme de mí y esa película era tan violenta que me arrastró a otro mundo”, contaba a este periódico en 2010. El encuentro con Lars von Trier le valió el premio a la mejor actriz en Cannes.
La película que ahora protagoniza se vende como “el viaje erótico de una mujer desde que nace hasta que cumple 50 años”. La ninfómana del título es, claro, Gainsbourg. La sola premisa ha llevado a los agoreros a señalar que estamos ante otro exabrupto misógino del danés. Su actual musa se adelantó a defenderle en The Hollywood Reporter: “Retratar a mujeres que sufren o se castigan no le convierte en un misógino. Mi papel podría haberlo escrito una mujer. De hecho, siento que estoy interpretando al propio Lars”.
La coproductora de todos los filmes de Von Trier, Marianne Slot, lo confirma al teléfono: “Es evidente que habla ante todo de sí mismo [risas]. Hay muchas historias rondando sobre Lars que magnifican su faceta oscura, obsesiva y cruel. En primer lugar, es un tipo fantástico con el que trabajar, siempre propone nuevos retos. La prueba no está en que Charlotte haya repetido tres veces, sino en que la mayoría de los que rodamos con él lo hemos hecho durante muchos años. No engaña a nadie sobre lo que quiere, y solo hay una manera de sacarlo adelante: con él, nunca contra él”.
Que se lo digan a Björk, la primera en despacharse con él tras Bailar en la oscuridad. “Necesita a las mujeres. Las envidia y las odia por ello. Así que tiene que destruirlas”, escribió la islandesa en su blog. Para Slot, es exagerado. “Por supuesto que te va a llevar muy lejos. ¿Demasiado? Eso ya debe valorarlo cada uno. Pero una cosa es irrebatible: lo que han hecho con él las grandes actrices que han estado a sus órdenes no se lo habíamos visto hacer en otras películas antes”. Dice que “hay muchas Charlottes: la divertida, la frágil, la fuerte… Pero la discreta prevalece sobre las demás”. La mejor fórmula, quizá, para sobrevivir con éxito al peso del apellido.