27.9.11

Mendoza: "El Gobierno de Calderón ha llevado México a una pérdida de control y de vidas"

El escritor, Élmer Mendoza, invitado en el Hay Festival, es el creador de un lenguaje propio para describir el horror que asuela su país
El escritor mexicano Élmer Mendoza, en el Hay Festival de Segovia. foto:Aurelio Martín.fuente:elpais.com

El escritor mexicano Elmer Mendoza (Culiacán, 1949) es un hombre de fronteras: la que separa México de Estados Unidos y que ha condicionado la historia del país; esa otra, difusa, entre el bien y el mal, y una última y definitiva que le lleva a la creación de un lenguaje nuevo, trasunto de influencias variopintas, corridos, televisión y voces populares. Mendoza es un autor enfrascado en una búsqueda continua de la fortaleza necesaria, la confianza, las justificaciones históricas y las fuentes, literarias o no, para el uso del lenguaje de la calle, de los antros, del día a día más gris, una búsqueda que le lleva hasta Aristófanes o el Borges de Hombre en la esquina rosada, pasando por autores contemporáneos de todo pelaje y origen.

Considerado por muchos como el rey de la novela de narcos, el creador de la serie del policía Edgar, el Zurdo Mendieta (Balas de plata y La prueba del ácido, ambas editadas por Tusquets, estuvo en el Hay Festival de Segovia para conversar sobre todos estos asuntos con Arturo Pérez Reverte. Horas antes, en una mañana soleada de principios de otoño, Mendoza conversó con EL PAÍS sobre la situación de México, los personajes de sus novelas y su verdadera obsesión por la renovación del lenguaje. Con un hablar pausado que no revela nada de lo que ha visto un hombre que ha convivido con la violencia desde niño, Mendoza nos aporta algunas de las claves de su obra y su visión del mundo.

¿Qué le ha pasado a México

Tenemos una larga historia condicionada por nuestra relación con EE UU que tiene que ver con el tráfico ilegal. Primero era de alimentos, después, durante la Ley Seca, de tequila, aunque ya entonces había producción de goma de opio. Y ahora, nosotros no producimos coca, pero están las rutas de paso y producimos metaanfetaminas y también cannabis, pues a los gringos les sigue gustando mucho la que producimos nosotros. Y ahora hay también un tráfico que tampoco es nuevo pero que ha crecido mucho y que es el tráfico de personas. Y digamos que esa relación de cercanía ha degenerado en esto.

¿Qué se puede hacer? ¿Hay una alternativa a la guerra directa planteada por el Gobierno de Calderón?

El presidente Calderón y su equipo son gente que no conoce el país que gobiernan, o no lo conocían. Él y su equipo son un grupo de buenas personas, de buenas familias, pero México es un país tan grande que las buenas personas de buenas familias se mueven en un territorio bastante limitado, igual las universidades en las que estudian, que no tienen que ver con otras regiones, otros perfiles, otro tipo de personas. Ellos llegan ahí y quieren hacer la del Llanero Solitario y creen que pueden resolver este problema. Lo que hacen es declarar la guerra a la delincuencia organizada pero luego lo único que hicieron fue producir una situación nueva, de pérdida de control, de pérdida de vidas y que los ha llevado en estos cinco años a ningún sitio y que tampoco les llevará a ningún lado en el año que le queda a la administración. Eso es lo que le pasó a México: un país mal dirigido, donde los que gobiernan han descubierto que es muy difícil tener éxito porque tenemos una policía corrupta, un Ejército bajo sospecha.

¿Pero qué esperanza tiene un país donde, como se ve en sus dos últimas novelas, más del 90% de los crímenes no se resuelven, donde los mandos policiales ordenan a sus agentes cerrar en falso un caso en el que está implicado el procurador de turno, o un empresario poderoso?

Las élites se han fortalecido porque la corrupción se lo ha permitido. Y tienen influencia en todo, están en todas partes. La forma en la que operan es así. En un Estado que no sea tan corrupto, las relaciones del poder, del Estado con la gente, no son tan corruptas pero en mi país no es así. Y no tengo idea de cómo lo harán. Habría que refundar México. Hemos pedido al Gobierno que llame a los expertos a los que no ha llamado, que reelabore la Constitución, que replantee el sistema de justicia y de educación y la relación del Gobierno con el sistema económico.

En su obra El amante de Janis Joplin se ve muy bien cómo el narco es una mancha que se extiende discretamente entre la mayoría de la población mexicana.

En México el narco afecta, de alguna u otra manera, digamos, a más o menos un 70% de la población, y eso no excluye estatus: desde los que tienen una economía precaria hasta los consorcios que lavan dinero. Todos, todos, todos están... [se detiene y sonríe antes de seguir] Hay regiones enteras en las que están identificados ciclos que tienen que ver con la siembra de la amapola o cannabis. Hay un momento en el que no hay ventas de coches, por ejemplo, y llega el tiempo de cosecha y venden joyas, mucha cerveza... Y los que tienen sus negocios saben eso. Y vuelve a reactivarse a los tres meses, con la siguiente cosecha. Todos estamos ahí. Lástima que no compren libros, pero no están dentro de sus necesidades primarias.

La búsqueda de una estética de la violencia, de un lenguaje propio que hable de esa situación límite ¿tiene peligros? ¿No puede generar cierto lenguaje legitimador? Porque hay acusaciones de este tipo desde distintos estamentos de la política o las artes...

La estética de la violencia es una postura artística para que los lectores del mundo experimenten lo que vive la gente de la calle en México. Los que quieren, por ejemplo, que se prohíban los narcocorridos no conocen el país, han vivido de otra manera durante todos estos años. Ahora el acierto es que hemos encontrado un lenguaje, aunque todo lenguaje es limitado en ese terreno a la hora de trabajar los efectos de la violencia, pero también lo vuelve interesante y es algo que podemos compartir con el mundo y la cantidad de artistas de todas las disciplinas que están implicados es lo que le ha dado fuerza.

¿Qué ventajas tiene en este sentido la novela negra?

La ventaja de la novela negra es que su territorio es el delito y entonces, al trabajar con este género, cubres el primer estamento, no hay que explicar nada y eso le hace un vehículo muy, muy efectivo. Pero, sobre todo, es que la novela negra es absolutamente social y eso quiere decir que toca todos los aspectos positivos de una sociedad, los negativos, siniestros, las debilidades, la podredumbre, los sueños, los deseos. También, cuando los casos se resuelven con las posibilidades de la aplicación de la ley, aparece la vertiente legal, pero no es el caso de las novelas mexicanas.

Háblenos de Edgar Mendieta, ese personaje tan peculiar y atractivo, que sin ser un ejemplo de corrupción, se mueve siempre en aguas procelosas, que recurre a la ayuda de los narcos a los que combate si los necesita.

El Zurdo sabe muy bien donde trabaja y cuáles son las fuerzas que pueden estar en contra y a favor. Él simplemente las usa. Un policía que hace su trabajo en una corporación como las mexicanas tiene que usar todo si quiere sobrevivir, si no, no lo consigue. Porque ahora están haciendo purgas de policías corruptos, pero antes ha habido muertes de policías que trabajaban relativamente bien que serían los padres de Mendieta. El Zurdo no quiere enfrentar a los narcos, pero tampoco quiere ser gente de ellos, los usa. Mendieta tiene que estar muy consciente de la realidad en la que le toca operar y entonces ahí a veces tiene que haber un contubernio, una convivencia con los mismos malos que no siempre está muy clara.

¿De dónde sale ese lenguaje tan peculiar, reconocible y único?

Parto del lenguaje callejero, del lenguaje que no tiene a veces mayor explicación que la arbitrariedad. Sin embargo, al principio me gustaba mucho desbocarme, ahora creo que me autorregulo lo suficiente. Eso sale de todas partes, pero básicamente de la calle, en los bares aprendo muchísimo, de la tele, de las lecturas.

Pero, en cierto modo, esa búsqueda era asomarse al abismo, cruzar otra frontera...

El asunto era que yo tomara confianza. Yo me decía: Aristófanes usó expresiones no habituales, que no las utilizaría Sófocles, lenguaje fuerte, popular. Descubrí que Dante, cuando decide escribir La Divina Comedia en italiano decide incluir lenguaje popular y que tardó 12 años en publicarlo porque sus amigos le decían que no lo hiciera, que ese lenguaje no le iba a llevar a ningún lado. Yo tengo dos maestros españoles que no me fallan: Cervantes y Quevedo. Y Shakespeare, que en Hamlet ya usa palabras que puso como le vino en gana y que solo tienen una función poética, y son expresiones callejeras, a veces solo se trata de reproducir sonidos, el significante y no el significado y eso me gusta muchísimo. Esos genios de la literatura me muestran que todo tiene un límite y que el lenguaje es representatividad y que es algo mucho más profundo que simplemente la utilización de una palabra, creo que es la expresión también de un perfil cultural. Esto lo he notado en el momento de ayudar a mis traductores. Cuando explico una expresión no solo tengo que poner el significado probable, sino que tengo que explicar cuál es su origen, dónde se usa, y este proceso me ha dado confianza para usar expresiones con total libertad; son expresiones reales, tienen una explicación que soy capaz de dar.

¿Tiene miedo a perder lectores en esa búsqueda de un lenguaje tan personal? Porque le aseguro que la reproducción literaria del lenguaje de Sinaloa crea problemas al lector.

No me preocupa porque mi lector ideal es una persona curiosa, temperamental y también un lector que lee por apasionamiento y si lee por apasionamiento es capaz de superar ciertos obstáculos que son mínimos.

¿Dónde se encuentra el español a principios del siglo XXI?

Creo que hay que sentirse orgullosos de la lengua que hablamos. Orgullosos en el sentido de que es una lengua que está viva, y que desde luego siempre está generando expresiones que como son nuevas no conocemos, algunas no sobreviven, otras sí pero creo que es una lengua muy fuerte. A veces me da grima que no sea más importante.

¿Qué le falta a nuestra lengua para tener la consideración que se merece?

Menos complejos. Yo descubro que cada vez hay más críticos y escritores que se ocupan de sus lenguas, pero nuestros libros más vendidos siguen siendo traducidos, algo que no ocurre en Reino Unido, EE UU o Alemania. ¿Qué ocurre con nosotros? Tenemos que reforzar la identidad y para ello tenemos que impedir que en países como España, que ha llevado el español por el mundo, se bloqueen las renovaciones. Las únicas limitaciones tienen que ser nuestras propias limitaciones como autores, que a veces ya son demasiadas para tomar otras que tienen que ver con el manejo del público al que llegamos.

¿Cuáles son sus principales influencias en el ámbito de la novela en español contemporánea?

Dos novelistas que me han influido. Uno mexicano: Rafael Bernal, autor de una novela genial que es El complot mongol, novela cruda, por el lenguaje, por lo que ocurre, con un detective, García, muy mal hablado; y un escritor brasileño que se llama Rubén Fonseca, que no en toda su obra, pero si en algunas partes, usa el lenguaje de la calle con muchísima propiedad y también el manejo de la ironía, una ironía muy velada, que es donde está su fortaleza y que tiene que ver con el perfil de sus personajes. Me gusta también cómo manejan los colombianos Mario Mendoza, Jorge Franco, Santiago Gamboa ciertas formas del lenguaje de la calle. Siempre te da la sensación de que se puede. Borges y su obra Hombre en la esquina rosada, un cuento de cuchilleros en el que se usa el lenguaje popular con una propiedad, un ritmo un poco antiguo, es una de mis referencias constantes.

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La crisis en todas sus variantes


Trieste y Magris

La ciudad y sus fronteras más literarias
Claudio Magris contempla el mar de Trieste, triste y nostálgico.foto.fuente:que-leer.com

Históricamente considerada como una estratégica encrucijada de caminos, la ciudad adriática de Trieste (Italia) esconde numerosas historias donde las relaciones humanas y las fronteras –en su más amplia acepción– son las protagonistas fundamentales. El Centre de Cultura Contemporània de Barcelona presenta hasta el 17 de julio una exposición que indaga en las relaciones de esta ciudad con escritores como Claudio Magris.

El viento que más temían los antiguos griegos era el del norte: Bóreas. Según las representaciones mitológicas, se trataba de un hombre barbudo, con una melena revuelta y las mejillas hinchadas en el acto de soplar.
En la ciudad de Trieste, en el extremo noreste de Italia, sopla un viento que, aunque no rapte a las jóvenes como narra la historia de Bóreas y Oritía, tiene un nombre parecido, Bora, en referencia al viento septentrional, boreal; llega desde el este o el noreste y zarandea las existencias de la gente con ráfagas secas y repentinas, que los triestinos llaman refoli.
De la bora habla Giani Stuparich, el autor triestino de La isla, que la recuerda como un movimiento de renovación que baja desde las colinas y llega hasta el mar, llevando consigo olores de pinos y piedras y devolviendo a la ciudad colores límpidos y tersos. En años más recientes, otro escritor triestino, Mauro Covacich, en su guía Trieste sottosopra (que podría traducirse por "Trieste, patas arriba"), define la bora como "una perfecta síntesis del espíritu de la ciudad", porque, explica el autor, nace del encuentro entre un clima nórdico y otro mediterráneo, al estar situado Trieste entre la extremidad de un mar caliente y, tierra adentro, el frío altiplano del Carso.
La descripción de la bora que propone Covacich es útil para profundizar en más aspectos de la ciudad; sus palabras nos sugieren otras, como contrastes, contradicciones, fronteras, de las que no se puede prescindir en el momento de narrar esta tierra.

Dicotomía fronteriza
Al hablar de fronteras y Trieste, el nombre que sin duda cabe pronunciar es el de Claudio Magris, cuya literatura no existiría sin los conceptos de arraigo y desarraigo, alteridad, frontera. Sus páginas literarias, desde Danubio a Microcosmos, desde Utopía y desencanto a Otro mar, estudian la relación entre el ser humano y la frontera, sea ésta personal, geográfica, cultural o temporal, e investigan los recorridos de acercamiento o alejamiento respecto a ella. Magris define algunas de las obras maestras de la literatura mitteleuropea como "un diccionario o enciclopedia de la vida"; en cambio, su literatura representa un gran atlas de la humanidad donde los límites, si bien marcados, consiguen convertirse en una pertenencia universal, gracias a un cuidado análisis del vaivén entre los microcosmos y el macrocosmos.
En Utopía y desencanto, el autor recuerda el peso que tuvieron las fronteras en su infancia y adolescencia, el viaje postbélico del los exiliados italianos de Istria y el de los italianos comunistas y estalinistas, primero hacia Yugoslavia, y luego hacia los gulags de Tito, lugares de los que también ha hablado en Isola nuda la escritora serbia Dunja Badnjievi.
En su reflexión sobre las cuestiones fronterizas, Magris afirma: "La frontera es doble, ambigua; en unas ocasiones es un puente para encontrar al otro y en otras una barrera para rechazarlo. (…) La literatura, entre otras cosas, es también un viaje en busca de la refutación de ese mito del otro lado (…) Hay ciudades que se hallan en la frontera y otras que tienen las fronteras dentro y están constituidas por ellas".
Existe un pequeño libro de Trieste, publicado en 1951, que recoge veintiuna impresiones sobre la ciudad escritas entre 1793 y 1887; entre ellas se encuentra una del emperador de México, Maximiliano, que aprecia, al bajar desde el Norte, el maravilloso panorama sobre la ciudad: la vista sobre el mar, las viñas y el clima que poco a poco se hace más templado. Es el mismo paisaje que fascina a escritores nórdicos como Hans Christian Andersen y Henrik Ibsen. En el volumen se recogen también los recuerdos de Sir Richard Burton, diplomático inglés, explorador, estudioso orientalista y traductor de Las mil y una noches y el Kama Sutra. Su biografía, relatada por su esposa Isabel, nos reconduce a la Trieste de la segunda mitad del siglo XIX, ciudad poblada por eslavos, italianos, austriacos, ingleses, judíos y griegos, en la que se habla una amplia diversidad de idiomas.

La nación "triestina"
Hoy en día, en Trieste se habla el italiano, el esloveno y el dialecto triestino. Uno de los representantes de la minoría eslovena es el escritor Boris Pahor, testigo, con su novela autobiográfica Necrópolis, de los horrores perpetrados en los campos de concentración. Los temas tratados por Pahor en algunas de sus obras están tristemente relacionados con la historia de Trieste, ciudad que desgraciadamente puede lucir la presencia, en su territorio, de la Risiera di San Sabba, el único campo de concentración nazi en Italia, y de la Foiba di Basovizza; el término foiba indica las profundas cavidades de las rocas del Carso, donde fueron arrojados miles de italianos, eslovenos y croatas, exfascistas o anticomunistas.
Aunque entre las más antiguas de aquéllas veintiuna reflexiones recopiladas se hable de Trieste sobre todo como de un lugar de cruce y encuentro de varias culturas, la biografía decimonónica de Burton apunta que lo que constituye la ruina de la ciudad es su política estéril y remarca la distancia entre austriacos e italianos, recordando las revueltas y bombardeos de los italianissimi en la segunda mitad del XIX. Claudio Magris y Angelo Ara en Trieste. Una identidad de frontera subrayan cómo la ciudad deja de ser un "archipiélago y crisol de culturas" a partir del 1848, cuando empiezan las luchas nacionales y termina "la etapa de aquella 'nación triestina' que hasta ese momento había concebido su italianidad como elemento cultural, mientras que ahora empezaba a sentirla como un objetivo político".
En 1861, año de unificación de la cercana Italia, nace en Trieste Italo Svevo, el escritor que en 1919 empezaría La conciencia de Zeno, la obra con la que dará prueba, citando nuevamente a Magris, de "una pasión analítica que disgrega toda unidad con el ánimo de crear un diccionario universal de la vida". Uno de los conciudadanos con los que Svevo suele consultar acerca de sus escrituras es su profesor de inglés, James Joyce. En la ciudad que, según él mismo afirma, "le había comido el hígado", el escritor irlandés vive impartiendo clases de inglés, hablando el dialecto triestino, frecuentando las tabernas y el Cafè San Marco, uno de los microcosmos relatados por Magris, y empezando a escribir los capítulos del Ulises.
Antiguo puerto del imperio austro-húngaro y, hasta años más recientes, verdadera puerta de entrada a Oriente, al Este o, mirándola desde el otro lado, frontera que había que cruzar para alcanzar Occidente, la ciudad de Trieste es un lugar donde se entiende lo importante que puede llegar a ser precisamente para una tierra fronteriza, de varias pertenencias o abandonos como ésta, un proceso de búsqueda de una identidad y de un nombre, y un idioma en el que pronunciarlo, para su propia casa y hogar.
En realidad, Magris afirma que la "triestinidad" encuentra su verdadera patria en la literatura y que, quizás por eso, Trieste es, más que cualquier otra ciudad, su literatura.

Escritores en el filo
Es la definición más usada para hablar de los autores triestinos, y sus biografías explican el porqué; entre ellas, hay que recordar la del novelista Fulvio Tomizza que, nacido italiano en tierras actualmente croatas, se muda en los años 1950 a Trieste. Pocos años antes, el tratado firmado tras la Segunda Guerra Mundial había establecido los límites del Territorio Libero, una zona neutral gobernada por los militares aliados (A) y por los militares yugoslavos (B). En 1954, la zona A y la zona B pasan, provisional y respectivamente, a Italia y Yugoslavia, y sólo más de veinte años más tarde se declara definitiva aquella división. Mientras tanto, en 1960, el nombre del pueblo de origen de Tomizza, situado en la península istriana, se convierte en el título de su primera, y preciosa, novela: Materada.
Nos encontramos en Trieste, ciudad que "tiene una arisca / gracia" y "donde las tristezas son muchas, / y las bellezas de cielo y de barriada", escribe de ella su poeta Umberto Saba. Estamos en la Piazza dell'Unità d'Italia, frente al mar Adriático, y la mente se traslada a la Praça do Comercio de Lisboa, con la que parece compartir ciertos rasgos, quizás porque ella también se halla, una vez más, en otra y distinta frontera. Sin embargo, estamos aquí: en la parte más oriental de Italia, en la parte más nórdica de las tierras adriáticas, en la parte más meridional de los ex territorios austrohúngaros y más occidental del Este de antaño, al lado de Eslovenia y Croacia. ¿Lejos de dónde, cerca de qué?

Los niños, los libros y las chicas

En 2008, en las puertas de una discoteca, el escritor francés Frédéric Beigbeder fue detenido por consumir cocaína en la vía pública. En la celda, empezó a reconstruir la historia familiar, remontándose en la arqueología de un clásico clan de la burguesía francesa. Pero más allá del origen carcelario, Una novela francesa entra en la intimidad y la áspera ternura de la infancia, los recuerdos de la iniciación adolescente y la temprana pasión por los libros
Aquí se publica el prólogo que Michel Houellebecq escribió para la edición del libro en Francia.foto:internet.fuente: pagina12.com.ar

La mayor cualidad de este libro es, sin ninguna duda, su honestidad. Y cuando un libro es tan honesto, puede dar lugar, casi inadvertidamente, a verdaderos descubrimientos sobre la naturaleza humana, terreno en el que la literatura mantiene varios cuerpos de ventaja sobre las ciencias. Así, leyendo Una novela francesa, uno se da cuenta de que la vida de un hombre se divide en dos períodos, la infancia y la edad adulta, y de que resulta absolutamente inútil afinar el análisis. Quizás en otros tiempos existía una tercera época, llamada vejez, que hacía de nexo, una época en la que volvían los recuerdos de infancia y daba aspecto de unidad a una vida humana. Para entrar en la vejez, sin embargo, era necesario haberla aceptado, haber salido de la vida para entrar en la edad del recuerdo. Sumergido en deseos y proyectos de adulto, el autor no se encuentra en esta situación, y no conserva prácticamente ningún recuerdo de su infancia.

A pesar de todo, conserva uno que evoca unos camarones y una playa de la costa vasca. A la manera de Cuvier cuando reconstruía un esqueleto de dinosaurio a partir de un fragmento de hueso, Frédéric Beigbeder reconstruye, a partir de este único recuerdo, toda su historia familiar. Se trata de un trabajo serio, sólido, en el que descubrimos una familia francesa, mezcla a fin de cuentas armoniosa de burguesía y aristocracia, con una fuerte implantación regional. Una familia heroica hasta el absurdo durante la Primera Guerra Mundial; un poco más reservada luego, al estallar la Segunda, y dominada después de 1945 por un intenso apetito de consumo que alcanzará un nivel inusitado a partir de 1968, generalizándose al ámbito de la moralidad. Una familia como tantas otras, perteneciente más bien a las clases altas, pero es precisamente la banalidad de la historia familiar de Beigbeder lo que le da su fuerza, puesto que a la vez vemos cómo toda la historia de la Francia del siglo XX desfila ante nuestros ojos y revive sin aparente esfuerzo. A veces, en la primera lectura, uno se pierde un poco entre los personajes, es lo único que se podría reprochar al autor.

En la adolescencia, todo cambia y los recuerdos afluyen, pero en el fondo son dos cosas, y sobre todo dos, las que perviven en la memoria del autor: las chicas que le han gustado y los libros que ha leído. ¿Acaso es esto y sólo esto la vida y lo que de ella permanece? Parece ser que sí. Y en este punto la honestidad de Beigbeder es de nuevo tan evidente que uno ni siquiera se plantea pone en duda sus conclusiones. Si es en efecto esto y sólo esto lo que le parece importante, es que sólo esto lo es. En el fondo, el placer de la autobiografía es casi el inverso del de la novela: lejos de perderse en el universo del autor, el lector de una autobiografía no se olvida en ningún momento de sí mismo; se compara, se confronta, verifica, página tras página, su pertenencia a una humanidad común.

Me ha gustado menos lo que se refiere a las noches pasadas en detención preventiva por consumo de cocaína en la vía pública. No deja de ser curioso, pues debería haber simpatizado con ello, ya que yo mismo pasé una noche en prisión por una infracción casi igual de estúpida (fumar un cigarrillo en un avión) y puedo confirmar que las condiciones de detención son impresentables. Aun así, el autor y su amigo el poeta son un poco sobradores, bastante bocazas. La evocación del niño, ese pequeño ser enclenque todo barbilla y orejas que sigue lo mejor que puede a su querido y admirado hermano mayor, es breve, pero tiene tanta fuerza que experimenté la sensación de que ese niño leía conmigo, por encima de mi hombro, todo el libro. En este episodio de delincuencia hay algo que no funciona: el niño no se reconoce en el adulto en el que se ha convertido. Y esto, probablemente, vuelva a ser verdad: el niño no es el padre del hombre. Existe el niño, existe el hombre, y entre ambos no hay ningún nexo. Se trata de una conclusión incómoda, embarazosa, pues nos gustaría que en el centro de la personalidad humana hubiera cierta unidad. Es una idea que nos cuesta rechazar; nos gustaría poder establecer ese nexo.

En cambio, sí que lo establecemos enseguida en las páginas dedicadas a la hija, sin duda las más bellas del libro. Pues, imperceptiblemente, el autor se da cuenta, y nosotros con él, de que esos años de infancia que atraviesa su hija son los únicos de verdadera felicidad. Y de que nada, ni siquiera el amor que su padre le profesa, le evitará tropezar con los mismos obstáculos, recorrer las mismas sendas. Esta mezcla cada vez más desgarradora de tristeza secreta y amor culmina en el magnífico epílogo, que podría justificar por sí solo el libro, en el que el autor enseña a su hija, tal como su abuelo le enseñó a él, el arte de las cabrillas. En ese instante se cierra el círculo y todo queda justificado. La piedra que se eleva mágicamente "seis, siete, ocho veces" por encima del mar. La victoria, limitada, sobre la pesadez.

Una novela francesa
Frédéric Beigbeder
Anagrama
212 páginas

Lo que leemos y nosotros

Lees Pedro Páramo porque quizá lo has soñado, y lees Cien años de soledad porque quieres parar el tiempo, y lees a Rilke porque te falta la energía de la duda. Leer, ¿qué es leer?
Juan Cruz, el autor de este artículo, se pregunta:¿qué es leer? foto:archivo.fuente:laopinion.es

Pocas veces vi a un escritor de éxito que desplegara tanta timidez genuina. Sostengo que la timidez de Gabriel García Márquez es impostada, es decir, que el autor de Aracataca en realidad se ríe por dentro cada vez que exhibe sus inhibiciones. Y me parece que Juan Rulfo jugaba a esconderse de los otros tan sólo para ver qué decían de él mientras él andaba escondido. Y Juan Carlos Onetti se encerró en su cuarto por pereza, no por timidez, pues cuando quería daba mandobles sin cuento, y no dejaba títere con cabeza, desde Gabo a Cortázar pasando por Vargas Llosa. Así que cuando me encontré en un patio ancestral de Guadalajara, México, con J. M. G. Le Clézio pensé que la timidez que redondea el perfil que todos tenemos de él era una leyenda más, y que en cuanto se sentara ante mi este hombre de cerca de dos metros iba a desplegar la otra cara de los tímidos supuestos; que iba a exhibir esa arrogancia del famoso que espera agarrarte en un renuncio para atar corta la entrevista y darte con la puerta en las narices. No fue así. Es cierto que preparé la conversación como si fuera a entrevistarme con el primer director de mi primer periódico, y aproveché el rato largo que me pasé leyendo su libro El africano, que recomiendo absolutamente, como si me estuviera bebiendo la vida riquísima de un personaje humano y de leyenda. Pero no hacía falta tanto nerviosismo; Le Clézio desplegó con elegancia y comedimiento todas las características de sus personajes escritos; es decir, fue sensible, silencioso incluso cuando hablaba, y retumbaba más en mis oídos el sonido del agua que nos acompañaba que el tono de su voz, tan respetuosa con el periodista que parecía que la timidez era un signo de elegancia, un síntoma de que él me escuchaba.

Ahora recuerdo ese encuentro, entre otros encuentros recientes, y se aviva en mi memoria quizá porque recordar literatura es volverla a vivir; ese libro, El africano, está ahora en mi mente como uno de los resplandores a los que se asoma uno para entenderse a sí mismo. Lees Pedro Páramo porque quizá lo has soñado, y lees Cien años de soledad porque quieres parar el tiempo, y lees a Rilke porque te falta la energía de la duda. Leer, ¿qué es leer? Ahora que evoco esas horas leyendo El africano regresa a mi ese temblor con el que se lee la literatura ajena como si fuera la vida propia; el padre testarudo, la abuela que cuenta cuentos, los juegos infantiles en los barrios polvorientos… Cuando leí El extranjero, de Albert Camus, que tanto tiene, lejanamente, de El africano de Le Clezio, era un adolescente que vivía bajo el sol nublado de mi pueblo, el Puerto de la Cruz; ahí escuchaba los cantos de los grillos, la lejana presencia del mar, pero sobre todo el sol que caía sobre mi cabeza como una piedra húmeda, como aquella piedra en que se convirtió la historia de Mersault. Vivimos dentro de los libros ajenos, y cuando creemos que nuestra vida tiene su propia luz uno se encuentra en los poemas de Maccanti o de Sánchez Robayna, o de Padorno; ahora he leído poemas isleños de Sánchez Robayna y me he encontrado mirando con su propia luz espacios que acaso nunca vi pero que él me trajo. Octavio Paz, uno de sus maestros, escribió en México (o en la India) poemas que a nosotros nos parecía estar viviendo entre las neblinas isleñas, y él escribía desde dentro de la piedra de sol... Leo a Luis Feria, que es tan insular y tan cosmopolita, y no puedo dejar de pensar en un adolescente como él que era yo mismo leyendo a Camus y pensando: "Entonces, ¿la vida era esto?"

He estado en Barcelona, entrevistando a Ana María Moix; ella ha escrito un Manifiesto personal unamuniano, contra esto y aquello, pero hablábamos en su casa del centro de la ciudad bajo la sombra (benéfica) de sus amigos, Carlos Barral, Jaime Gil de Biedma. Y el temblor de su escritura juvenil me vino a la memoria como el tiempo que viví (vivíamos) pendiente también de la maestría (lejana, no los conocíamos) de esos escritores lejanos, que entraban de lleno en nuestros ojos tan llenos de inexperiencia como de ansiedad por conocer.
Empecé escribiendo de Le Clezio; en realidad quería decir que cuando uno lee ya uno es quien está en los libros. Repito. Lean El africano si no lo han hecho ya. Y lean, para sentir que ya estábamos en los libros. Somos escritura, y siempre estaremos pendientes de ser escritos.

26.9.11

Zambra:"Las palabras son todavía importantes"

Alejandro Zambra fue invitado a la Fiesta del Libro de Medellín y estuvo en Bogotá presentando su novela Formas de volver a casa
El escritor chileno estuvo en Colombia lanzando su más reciente novela, Formas de volver a casa, un libro que reconstruye la época de la dictadura desde la mirada de un niño. foto: Anagrama. fuente:elespectador.com

Nació en 1975 y claro, cuando los años 80 transcurrían, el escritor chileno Alejandro Zambra aún un chiquillo, crecía viendo a Don Francisco y a Pinochet por la tele. Su manera de mirar el mundo parecía vedada por una tela gris que sus padres habían desplegado para protegerlo, quizás, de los extremismos que coloreaban para entonces la realidad chilena.

Zambra fue creciendo y su manera de acercarse a lo que afuera acontecía empezó a ser consignada en poemas que por accidente terminaron un día en manos de algún profesor loco que puso a que todo un grupo de estudiantes los aprendieran y recitaran. Los libros también le ayudaron a entender, los cientos que devoraba con devoción y que le hacían decir que cuando fuera grande sería simplemente lector. Pero para ser lector, se hizo escritor.

Escribió dos cortas novelas: Bonsái, con la que ganó el Premio de la Crítica en Chile en 2006 y que fue traducida a más de diez idiomas, y La vida privada de los árboles, con la que además fue seleccionado por la revista Granta como uno de los mejores escritores en español menores de 35 años.

Zambra ha vuelto a escribir y utiliza esta vez su escritura, su universo de libros infinitos guardados en la memoria, para contar esa infancia de los 80, no la suya propiamente, pero sí la de su generación, una a la que quiere sacudirle la nostalgia.

El joven escritor estuvo de paso por Bogotá, donde habló sobre sus letras y su nueva novela.

¿Por qué se inclina por la escritura corta? 'Bonsái' no superó las 94 páginas y algo parecido sucedió con la siguiente.

No hay un motivo preciso. Las novelas son hijos rebeldes y éstas simplemente no quisieron crecer más.

¿Cómo logra que aún en la brevedad se puedan conocer los destinos de las personas, su vida emocional?

Yo creo que escribir es, entre muchas cosas, un desafío de precisión. Me gusta un mundo donde las palabras son todavía importantes. La verdad es que miro mucho antes de escribir, me demoro un montón en elegir esos dos o tres detalles reveladores que siempre hay en las personas o en los paisajes.

¿Qué fue lo que hizo de 'Bonsái' una novela tan especial para tanta gente y en tantos idiomas?

No lo sé muy bien. Cuando terminé de escribirla simplemente pensé que debía publicarla, pero no tenía muchas teorías sobre la novela. Tampoco ahora. Y que se lea en otros lados es para mí muy extraño, pues siempre pensé que era una novela muy chilena, no de manera explícita, pero muy chilena.

¿Cómo ha cambiado su relación con esta novela en el tiempo?

Con mis libros tengo sobre todo una relación amorosa. Los quiero mucho. Pero no me interesa defenderlos ni reescribirlos ni hablar demasiado sobre ellos. No siento que tenga una 'obra'. Más me interesa el libro en que trabajo ahora.

¿Qué es eso tan profundo que encuentras en la lectura?

En la lectura encuentro salud. Me siento bien leyendo. Me hace bien. Es mucho mejor que hacer deporte. Creo que descubrí la literatura gracias a los relatos sobre el terremoto del 39 en Chillán que hacía mi abuela (nos contaba historias para hacernos dormir, pero era imposible dormir después de escuchar que había perdido a sus padres y a sus hermanos en los escombros); gracias a la misa, porque cuando chico yo era muy creyente y me gustaba sobre todo el lenguaje raro y solemne de la misa, aunque confundía las frases (por ejemplo, esa parte en que dice "Mi paz os dejo, mi paz os doy", yo pensaba que decía "Ni pasos dejo, ni pasos doy", lo que me parecía bellísimo); y también gracias a los relatos radiales de Vladimiro Mimica, recuerdo que grababa los partidos y volvía a escucharlos una y otra vez, me encantaba ese lenguaje tan divertido.

Usted fue un crítico literario consagrado en Chile. ¿Qué hace que una crítica de libros sea buena?

A veces es un poco incómodo, porque en verdad no estoy tan interesado en lo que se diga sobre mis libros, pero de todos modos, inevitablemente, me entero. A veces me sorprende, sobre todo cuando algún crítico postula sentidos o interpretaciones que yo no había previsto.

Por mucho tiempo fue testigo de lo que pasaba en materia literaria en su país. ¿Qué diría que caracteriza la escritura chilena? ¿Cree que aún hay elementos nacionales en la escritura?

Bueno, sí. Hay elementos nacionales, claro que sí. Creo que siempre los hay, incluso si no escribes sobre tu país. Me siento tentado a decir que hay un grupo importante de escritores jóvenes o ya no tan jóvenes, haciendo cosas nuevas y sobre todo trabajando con autonomía, sin comprar una receta generacional. Pero de todos modos entiendo que algo nos une, incluso algo más que nuestro dialecto chileno, tan falto de palabras y sin embargo tan secreta y susurradamente rico.

¿Qué es en su historia como escritor este nuevo libro que publica en Colombia con la editorial Anagrama, 'Formas de volver a casa'?

Es un libro que siempre quise escribir, aunque no sabía cómo era. Es un libro sobre el lugar donde viví casi veinte años, en las afueras de Santiago. Y es un libro sobre la familia. Yo creo que este es un libro muy distinto a los anteriores, sobre todo porque está en primera persona. Pero también entiendo que hay una familiaridad o una continuidad con los libros que lo preceden.

¿Por qué decide afrontar de nuevo ese tema transversal en muchos autores chilenos: la dictadura? ¿Qué necesidades existenciales lo alentaron a volver sobre el tema?

Más que escribir sobre la dictadura me propuse escribir sobre la infancia, esa fue la única decisión 'temática' que tomé. Y en mi caso era absolutamente imposible escribir sobre la infancia sin hablar sobre la dictadura. Lo de las necesidades existenciales es algo que solamente podría abordar con mi terapeuta, si es que tuviera uno, aunque si tuviera uno quizás no escribiría libros.

Ha dicho que quisiera escapar de títulos que encasillen la novela, pero se alcanzan a percibir varias referencias a lo político. ¿Cómo conversa la literatura y la política en su quehacer como escritor?

La literatura nos permite ver mejor. Y es una forma de conocimiento. Creo que gracias a ella podemos entender mejor nuestro pasado. Los escritores no estamos obligados a nada, salvo a mirar bien, a ser precisos, a buscar más allá de los primeros signos. Y eso te lleva siempre a la política, seas explícito o no.

Una apuesta por la bibliodiversidad

La alianza de editores independientes y una suelta de libros para dar batalla en un mercado complejo
Editores independientes buscan alternativas a la bestsellerización de la oferta. foto.fuente: Revista Ñ

"Un libro hallado en el banco de una plaza o en el subte, además de ser un regalo feliz e inesperado, genera una escena disruptiva en medio de la cotidianidad de una ciudad que recuerda a su nuevo dueño que ese conjunto de hojas y tinta contiene un mensaje y que tiene su propia historia de lecturas a la que uno puede sumarse", dice Constanza Brunet, directora de la editorial Marea y presidente de la Alianza de Editores Independientes de la Argentina por la Bibliodiversidad, y se refiere a la intervención de suelta de libros con que celebró el pasado miércoles el "Día B", Día Internacional de la Bibliodiversidad.
"La bibliodiversidad es la diversidad cultural aplicada al mundo del libro. Como eco de la biodiversidad, se refiere a la necesaria diversidad de las producciones editoriales que se ofrecen a los lectores", comenta Guido Indij, librero, titular de Interzona y Lamarcaeditora y coordinador de la Red Hispanohablante de la Alianza Internacional de Editores Independientes.
En la búsqueda por garantizar esa bibliodiversidad, los editores independientes dan su más dura batalla.
"La existencia de la edición independiente es la garantía de la bibliodiversidad –afirma Brunet–. Hablamos de aquellos editores que aspiran a participar en lo más rico que tiene una cultura, que es lo emergente, y que convierten a su catálogo en una creación. Aquellos que se ocupan en la búsqueda, la experimentación y la oposición a la cultura dominante como única opción cultural".
En las últimas dos décadas, explica Indij, la edición independiente se ha profesionalizado y ha avanzado en el armado de lazos y redes que la fortalezcan. Ahora el desafío hacia adelante es "buscar alternativas claras a la bestsellerización de la oferta; el desarrollo de la circulación transversal del libro (y de la cultura en general) y el diseño de las políticas estratégicas con las que resistiremos o nos adentraremos en el paradigma del e-book", puntea Indij.
Tal vez el camino lo marque el faro de la literatura infantil: "La diversidad de ofertas en el mercado del libro infantil es inmensa y se ve favorecida por la situación de convivencia de distintos tipos de proyectos editoriales. Hay libros de ficción y de no ficción, informativos y literarios, en colores y en blanco y negro, novelas y libros-álbum, teatro y poesía, baratos y caros, etc. Hay pluralidad de propuestas", evalúa Adela Basch, escritora y directora de la editorial Abran cancha.

Rosa Montero presidirá el jurado del XV Premio Alfaguara de Novela

La proyección en todo el ámbito del idioma español de este premio, ha propiciado una difusión internacional de primer orden, apoyada por la edición simultánea de las obras ganadoras en España, Latinoamérica y Estados Unidos
Rosa Montero, la autora de La loca de la casa, presidirá el Jurado del XV Premio Alfaguara de Novela. La composición del resto del jurado no se hará pública hasta el momento del fallo del galardón, informa la editorial. foto.Efe.fuente:lainformacion.com


La escritora Rosa Montero será la presidenta del jurado de la XV edición del Premio Alfaguara de Novela que se conocerá el año que viene. La composición del resto del jurado no se hará pública hasta el momento del fallo del galardón, informa la editorial.

La proyección en todo el ámbito del idioma español de este premio, ha propiciado una difusión internacional de primer orden, apoyada por la edición simultánea de las obras ganadoras en España, Latinoamérica y Estados Unidos. Además, los sucesivos Premios Alfaguara han conseguido las mejores críticas en el ámbito internacional, así como otros galardones, que han venido a corroborar la calidad literaria de las obras ganadoras. La novela premiada en 2009, 'El viajero del siglo', de Andrés Neuman, fue galardonada en España, un año después, con el Premio de la Crítica Literaria.

Otro ejemplo sería 'Abril rojo', de Santiago Roncagliolo (Premio Alfaguara de Novela 2006), que este año ganó el Independent Foreign Fiction Prize, uno de los galardones ingleses más prestigiosos, cuyo jurado premia la mejor obra de ficción traducida en el Reino Unido.

UN PREMIO CON TRADUCCIONES

El éxito del Premio Alfaguara de Novela en estos 15 años trasciende las fronteras del español, como refleja el hecho de que todas las obras premiadas hayan sido traducidas a otras lenguas. 'El ruido de las cosas al caer' de Juan Gabriel Vásquez, obra ganadora en la última edición del Premio, ha sido vendida a editores de la relevancia de Seuil en Francia y Ponte all Grazie en Italia.

'El arte de la resurrección' de Hernán Rivera Letelier ha sido comprado por más de diez editores internacionales, entre quienes destacan Mondadori en Italia o Signatuur en Holanda. 'El viajero del siglo' de Andrés Neuman ha sido una de las novelas con más traducciones y será publicada por la prestigiosa Farrar, Straus & Giroux en Estados Unidos.

Una de las obras que han tenido mayor aceptación internacional ha sido 'Mira si yo te querré' de Luis Leante (Premio Alfaguara de Novela 2007). En total, los derechos de esta novela se han vendido hasta ahora en 21 países, entre ellos Inglaterra, Alemania, Brasil, China, Corea, Francia, Italia, Rusia y Turquía.

Desde su primera edición, en 1998, han presidido el Premio Alfaguara Carlos Fuentes, Eduardo Mendoza, Alfredo Bryce Echenique, Antonio Muñoz Molina, Jorge Semprún, Luis Mateo Díez, José Saramago, José Manuel Caballero Bonald, Ángeles Mastretta, Mario Vargas Llosa, Sergio Ramírez, Luis Goytisolo, Manuel Vicent y Bernardo Atxaga.