2.4.14

Las recetas de un misántropo exuberante

Padrino de la generación beat e influencia decisiva de sus autores, en 1969 Burroughs explicó su método en un libro, ahora reeditado

BURROUGHS. Uno de los novelistas estadounidenses más radicales, extraños y contundentes del siglo XX./revista Ñ

Una de las razones por las cuales los escritores radicalmente innovadores demoran en ser establecidos es porque su obra, aparte de ser una cosa en sí misma, funciona también como una especie de manual de instrucciones sobre cómo leer esa misma obra. Un ejemplo clásico es Ulises, de James Joyce. En 1922 (el año de su primera edición) la única manera de aprender a leer Ulises era leyendo Ulises. Después, Joyce mismo dio una mano difundiendo un grilla simbólico-mitológica que mostró el esqueleto teórico de la narración. Los lectores de novelas hoy, por más que no hayan leído Ulises , tienen asimiladas las innovaciones de Joyce. Lo que en su momento parecía caótico (el monólogo interior, por ejemplo) ya es una herramienta básica del arte de la novela.
William Burroughs es un caso parecido. Para convertirse en un lector fiel de Burroughs hay que hacer más que simplemente leer sus libros. También hay que entender cómo los escribió y por qué. Si uno intenta lograr esta lectura empática, los libros de Burroughs pasan de ser desopilantes y escatológicas aventuras picarescas a ser –además de eso– instrumentos iconoclastas que buscan denostar y corromper los valores del mundo moderno, occidental, capitalista. Uno puede rechazar o abrazar la moral de Burroughs; eso corre por cuenta de cada lector.
A Burroughs le interesaba mucho que el sentido de su obra fuera entendido y fue muy abierto en compartir sus ideologías, tanto estéticas como culturales. Una de las mejores fuentes para quienes quieran conocer estas claves de la obra de Burroughs es el libro que compila sus entrevistas desde 1960 y 1997, Burroughs Live (Semiotex(e), 2001). Si pueden, consíganlo. Una segunda opción, igual de fundamental, es La tarea, Conversaciones con Daniel Odier , recién editado por El Cuenco de Plata. En este segundo libro Burroughs explícitamente delinea sus creencias fundamentales y explica sus métodos de composición. Explica además como las primeras están unidas al segundo.
El método de composición que “descubrió” junto con su amigo, el pintor Brion Gysin, fue el cut-up . Consiste en doblar y cortar páginas y arreglarlas en forma aleatoria para generar frases inesperadas sobre las cuales tejer narraciones. La intención de Burroughs al hacer esto es avanzar la literatura hacia una nueva vitalidad: “Creo que la forma de la novela probablemente está pasada de moda y hay que mirar hacia delante... Para competir con la televisión y las fotonovelas los escritores deberán desarrollar técnicas especiales, capaces de producir en el lector el mismo efecto que la fotografía de un hecho violento.” Otra de las motivaciones para emplear este método fue poder usar las palabras de la misma forma en que un pintor usa la pintura; no ser atrapado por las exigencias lógicas del lenguaje sino poder manipularlo. “El escritor aún no sabe qué son las palabras”, dice Burroughs. “Opera con abstracciones que surgen de las palabras. La posibilidad del pintor de tocar y manipular sus materiales lo llevó a técnicas de montaje hace sesenta años. Es de esperar que la divulgación de las técnicas del cut-up haga viables experimentos verbales más radicales, dando una nueva dimensión a la escritura.” En cuanto a su visión del mundo, Burroughs desconfía de todo. Es un misántropo exuberante. Para él, los países son campos de concentración; las corporaciones programan nuestra forma de pensar; las leyes contra las drogas son un pretexto para expandir el poder de la policía. Estas ideas, en sí mismas, no son originales. Más bien son fundamentales al discurso de cualquier paranoico. Pero la visión de Burroughs no es meramente denunciatoria. Al contrario, su búsqueda ontológica incluye y unifica lo biológico, la tecnológico, el mundo de los sueños, el mundo de las alucinaciones inducidas por la droga y los mecanismos de control de la sociedad.
Una de sus ideas más sorprendentes es que el lenguaje es producto de un virus; postula: “Mi teoría básica es que la palabra escrita en realidad era un virus que hizo posible la palabra hablada”. Se pregunta: “¿Entonces el virus es simplemente una bomba dejada en este planeta para ser activada por control remoto? ¿Un programa de exterminio, en realidad?” Declaraciones como estas irrumpen incesantemente en La tarea . Es fascinante y frustrante a la vez, porque las suelta sin profundizarlas. Pero en realidad no hace falta que lo haga, porque Burroughs es un novelista. Sus ideas no existen para crear una filosofía existencial. Sirven para crear ficciones. Sobre esta tarea Burroughs dice: “El novelista se dedica a crear personajes. Necesita al lector en tanto espera que algunos de sus lectores se conviertan en sus personajes”.
La tarea sirve como un prólogo a las obras completas de Burroughs pero también puede ser que sea un manual de cómo convertirse en uno de sus personajes.

Libros que fueron prohibidos en varios países

Desde textos con lenguaje sexual hasta cuentos infantiles fueron censurados

 ¿Dónde está Wally?, de Martin Hardford: por contener dibujos desnudos o personajes polémicos, este libro fue prohibido en algunos países.

 Las aventuras de Huckleberry Finn,  de Mark Twain: su prohibición tuvo origen en el hecho de tratar temas como el racismo y la esclavitud en los Estados Unidos.

Ulysses,  de James Joyce: en 1920 fue prohibido por considerarse obsceno ya que contenía una escena en donde se trataba el tema de la masturbación.


 Alicia en el país de las maravillas, de Lewis Carroll: fue prohibido en algunos países en 1863 por otorgarle a los animales cualidades para que actuaran como seres humanos.


Trópico de Capricornio, de Henry Miller: por el manejo fuerte de la temática sexual este libro fue prohibido en Estados Unidos y Reino Unido en 1934, época en la cual fue impreso por primera vez.
 Diario, de  Ana Frank: el libro cuenta la historia de una joven judía de origen alemán y se convirtió en uno de los libros más vendidos. Este tema hizo que perdiera su puesto en algunas librerías del mundo.
 El Gran Gatsby, de F. Scott Fitzgerald: el libro publicado en 1925 narraba cómo se vivía durante la Era del Jazz en los Estados Unidos, algunos detractores hicieron que fuera censurado.
 El origen de las especies, de Charles Darwin: este libro habla sobre la evolución y la selección natural. Fue prohibido en países como Yugoslavia, Grecia y Reino Unido, por motivos religiosos.
 1984, de  George Orwell: este libro incorporó la figura del omnipresente “Gran Hermano” tomada del famoso reality show, pero fue censurado por su alto material sexual explícito.
 Matar a un ruiseñor,  de Harper Lee: Este libro fue prohibido por reflejar el racismo de entonces y por incluir la escena de una violación. Fue publicado en 1960 y tuvo un éxito arrasador./diarioadn.co




1.4.14

República Alfabética Española (RAE)

 67 académicos rinden tributo al idioma en el libro Al pie de la letra. Geografía fantástica del alfabeto español, escribiendo sobre la letra del sillón que en su día les tocó ocupar

República Alfabética del Español./elpais.com

Le preguntó un taxista a Manuel Seco cuando estaban llegando un jueves a la Academia: “Perdone, ¿es usted académico?”. “Sí”. El taxista también quiso saber qué sillón tenía. “A mayúscula”. “Ese debe ser el más importante, no?”. El académico cuenta en Al pie de la letra. Geografía fantástica del alfabeto español lo que le dijo al conductor. “No hay ningún sillón más importante que otro”. “Entonces, ¿por qué le dieron ese?”.
En el libro, que se publica esta semana editado por la Real Academia y la Fundación Lara con motivo del tercer centenario de la Docta Casa, Seco le explica a su ávido entrevistador ocasional la verdad del asunto: “Me tocó en suerte”. Todos los académicos, de la A la Z, incluidas sus minúsculas, “tienen el sillón que correspondía cubrir en el momento en que fueron elegidos". Y cuando eligieron a Seco, como este le explicó al curioso transportista, “se trataba de cubrir la vacante producida por la muerte del académico que últimamente había ocupado el sillón A mayúscula”. Ese académico era Vicente García de Diego, muerto en 1973 a los cien años. Y Seco parecía tener esa letra A predestinada, pues es el autor de famosos diccionarios que, naturalmente, empiezan por la A.
La primera edición vio la luz en 2001; esta incorpora a 12 nuevos académicos
Les tocan en suerte las letras, pero ya viven en ellas, al menos cada jueves, cuando se sientan en los sillones académicos que reproducen el orden alfabético. Ahí, como dice Camilo José Cela, en la letra que tuvo, la Q, “léase cu”, es “donde cada jueves del curso asiento mi cu, tradúzcase culo”. Este libro es una idea muy suculenta que ya vio la luz en dos ocasiones anteriores (2001 y 2004) y que ahora regresa a las librerías con 12 incorporaciones de académicos que han ido viniendo a suceder, en sus sillones, a otros que han ingresado en la inmortalidad.
Entre estos nuevos académicos, le correspondió a José María Merino (que se sienta en la letra m) ser el coordinador de este edición. Él asocia su letra con palabras como madre y música, además de montaña, mito o muerte, mientras que su antecesor en el mismo sitio, Claudio Guillén, asoció su convivencia con la m minúscula a la palabra montaña, en la que los antiguos veían las moradas de los dioses…
José Manuel Blecua: “Las letras pueden estar cargadas de valor simbólico”
El libro es un abecedario y un vericueto, se lee como se mira una vuelta ciclista. Fernando Lázaro, que jugaba con las palabras como nadie, para clavarles dardos, se ríe de la suya (la R mayúscula), que tanta grima da cuando la repites en palabras como grima. Porque también está en perro, el viejo Covarrubias (cita Lázaro) recuerda que se la había llamado canina, “por el estridor con que se pronuncia, como el perro cuando regaña”. Antonio Mingote asocia rebaño a su r minúscula. Pero también se siente cómodo con rosa, rotonda, rosbif, retruécano, ruiseñor, romboedro…, aunque comprende “que también crepúsculo, devaneo, grímpola, amor, estribillo, mineralogénesis y otras merecen la admiración, el cuidado y hasta el amor de quienes las apacientan”.
Al rebaño le gustó este juego de las palabras y los sillones, y su diversión la han trasladado a este libro que parece de aventuras. Dice Juan Luis Cebrián (que se sienta en la V) que la que le corresponde es “una letra mayestática, arrogante y poderosa incluso cuando se la emplea para vituperar lo que es vil o vulgar”. Y Antonio Muñoz Molina, que está en la u minúscula, apunta a la autobiografía: “Llamándome Muñoz y siendo de Úbeda trabé desde pequeño estrecho contacto con la letra u, especialmente en su forma minúscula, sin saber que muchos años después acabaría sentándome en ella cuando ingresara en la Academia”. Es como todas las letras, pequeñas o grandes, “y uno se acomoda en su concavidad de una manera muy satisfactoria”.
Para Cela, por ejemplo, la Q mayúscula propiciaba imágenes de bailarinas, pero la q minúscula lleva a Gregorio Salvador a esta memoria de la batalla de letras concomitantes: “Le dediqué mi discurso de ingreso en la Academia, tan minúscula ella, de uso tan limitado además, que se reparte el mismo fonema con la c, y ambas amenazadas por la k”. Y advierte, solidario con le letra de su sitio: “Tan inútil, según algunos, que no pocos arbitristas la quieren desterrar del alfabeto y sustituirla por esa otra letra extranjera (¡qué desgracia si tuviéramos que empezar a querer con k!); y tan incapaz de valerse por sí sola que necesita siempre de la u. Y tan poco arrogante que ni siquiera se incluye en su propio nombre: cu”. Volvemos, pues, al cu de Cela, pero en minúscula. A Emilio Lledó le gusta mucho la suya, es l de libertad, líquido, lástima, labio, luego, lírica, y de ahí hasta letra…
En la primera edición de esta obra escribió Víctor García de la Concha, director honorario de la RAE: “De la a la Z, he aquí una guía para recorrer la geografía fantástica del orden alfabético”. En esta de 2014 el actual director de la institución, José Manuel Blecua, dice: “Las letras pueden estar cargadas de valores simbólicos; la letra y, la denominada y pitagórica, representaba el proceso de elección que se nos plantea a lo largo de la vida humana”. Pues, caramba, esa y pitagórica se le ha hurtado a este abecedario académico, que acaba con la Z mayúscula de la que con tanto salero granadino escribió Francisco Ayala
Entre los académicos de la nueva hornada, Carme Riera describe la letra de su residencia académica: “(…) la n, a pesar de pertenecer a dos mundos o quizá por eso mismo, es una letra de apariencia humilde, una letra que al contrario de la inmensa mayoría de sus hermanas, se sienta en la realidad del abecedario y pone los dos pies (n) en el suelo con una firmeza y una dignidad verdaderamente humanas que ya quisieran para sí muchas otras”. Su colega Soledad Puértolas le da a su g minúscula el honor de los versos y a cada una de estas palabras (lágrimas, alegría, agosto, vagamente, fugacidad, navegar, domingo, argucias, agotamiento, regocijo) les dedica con fervor unos versos que terminan con esta línea: “Nada digo”. En seguida, para acabar este recuento con el aliento humilde de lo mudo, la H mayúscula que eligió el recientemente fallecido Martín de Riquer. Él la defiende de los ataques y “las antipatías” que ha suscitado. Pero cómo olería el azahar, sugiere, si la casualidad lo hubiera convertido en azar. Y dónde se sentaría un académico si, como la letra, el suyo fuera también un sillón mudo.

La muerte del pequeño Shug: poesía violenta sobre la vida y la infancia

En La muerte del pequeño Shug vemos cómo la pureza de espíritu o la simple bondad pierden la batalla ante la brutalidad y la fuerza, las tentaciones, la depravación o la repetición de lo que el niño ha visto hacer desde que tiene uso de razón


Daniel Woodrell. autor estadounidense de  La muerte del pequeño Shug./elpais.com

Hay obras que trascienden clasificaciones y etiquetas, que están por encima del bien y del mal; novelas que son negras porque la vida lo es, cantos poéticos llenos de una violencia que no necesita ser explícita. Es el caso de La muerte del pequeño Shug, de Daniel Woodrell que ahora edita Alba (traducción de Isabel González- Gallarza). Se trata de una novela sobre la vida en un pueblo de las montañas Ozark (Misuri), sobre el destino aciago de un niño de 13 años, sobre la violencia, las adicciones, el incesto, el odio y la muerte.
Pero el autor de Los huesos del invierno (también editada por Alba y de la que ya hablamos aquí) no necesita ser explícito. Su narración de esta tragedia, de estas andanzas de Shug por la senda marcada del perdedor, está llena de buena prosa, adjetivos precisos, palabras que dicen algo, diálogos devastadores. Dos maestros, Dennis Lehane y George Pelecanos, dicen que Woodrell es un autor esencial para entender la literatura contemporánea en EE UU. No seré yo quien les contradiga.
Shug, en realidad Morris Atkins, tiene 13 años, está gordo, sufre serios problemas para relacionarse con chicos de su edad y se gana unos dólares segando la hierba del cementerio junto al que vive con su madre, Glenda, a la que siempre llama por su nombre. El escenario vital en el que se mueve augura el desastre: vive con su supuesto padre, Red, un hombre violento, un politoxicómano que se mete lo que puede y le obliga a robar medicinas en casas de médicos y enfermos. La madre de Shug es hermosa, demasiado hermosa, “una mujer que puede hacer que un simple ‘hola que hay’ sonara tan pecaminoso que corrieras a lavarte los oídos después de oírlo y luego probablemente volvieras para oírlo otra vez”. Glenda vivió mejores tiempos y ahora bebe mucho y deja que su marido les maltrate y desaparezca largas temporadas con su compañero de fatigas y drogas, Basil. Shug es listo, pero es un perdedor con las cartas marcadas.
Woodrell nos lleva de la mano por esas poblaciones de las montañas de Ozark donde nació y donde vive en la actualidad, una región poblada en origen por su familia y otros como ellos, gente que venía de Kentucky y Tennesse y que consideraba que esos estados eran “demasiado civilizados y fácilmente gobernables”, como confiesa el propio autor. Un universo que ya vimos en Los huesos del invierno, donde los violentos son la norma, donde la pobreza, la exclusión, el narcotráfico y el desprecio por la ley están generalizados y donde sobrevivir y mantener la inocencia es misión imposible.
En La muerte del pequeño Shug vemos cómo la pureza de espíritu o la simple bondad pierden la batalla ante la brutalidad y la fuerza, las tentaciones, la depravación o la repetición de lo que el niño ha visto hacer desde que tiene uso de razón. Woodrell, en una constante que se repite en su obra, aborda también las difíciles relaciones de familia en unos contextos asfixiantes, promiscuos, donde la opresión del más fuerte juega un papel esencial.  
La vida de Shug es mísera, pero sabes desde el primer momento que va a ir peor. Y esperas el desastre, una muerte, un acto que desencadene la tormenta. Y mientras, sufres con la destrucción de un niño que ha dejado de serlo, con la salvaje condición de quienes le rodean, y te estremeces cuando le ves hacer ciertas cosas mientras te repites “No, Shug, por favor. No”. Lehane dice de Woodrell que “escribe  con una claridad poética tal que su prosa parece lavada y relavada en un arroyo frío”. Ahí queda. No se pierdan a este gran autor. Lean y disfruten

México se reconcilia con la figura de Octavio Paz

Octavio Paz en su Vuelta

A los cien años del nacimiento del Premio Nobel, su país celebra el legado del escritor y el político


El escritor, en una imagen de 1993./C. Miralles./elmundo.es,elcultural.es
Pocas veces los pastelosos homenajes de recuerdo a autores fallecidos hace un siglo tienen el poder terapéutico del celebrado en recuerdo a Octavio Paz (1914-1998).
Medio México aplaude con la mano floja y otro medio aprovecha para reivindicar su certera visión política. Aunque ya existía un consenso en cuanto a la calidad de su obra, apuntalada a base de premios y reconocimientos en todo el mundo, incluido el Nobel (1990) con el que terminó de callar muchas bocas, no lo había en torno a su dimensión política.
Como si fuera un ajuste de cuentas con su pasado y con su memoria, México celebró ayer los cien años del nacimiento de Octavio Paz con todo tipo de mesas redondas, artículos, conferencias y especiales en prensa y televisión. Pero, sobre todo, con el objetivo de limpiar para las nuevas generaciones la imagen de un hombre visto hasta ahora como un traidor a la Revolución (cuando se escribía con mayúscula) y al PRI, a quien describió como el "ogro filantrópico".
En medio de los homenajes pocos recuerdan estos días cuando sus libros fueron quemados en la calle o dejaron de ser lectura obligada en los colegios por orden oficial. O cuando su figura ardió frente a la embajada de Estados Unidos en medio de la ira colectiva tras haber criticado el rumbo que tomaban las guerrillas centroamericanas.
Un distanciamiento que empezó en 1968 cuando dimitió de su puesto como cónsul en la India tras la matanza de la plaza de Tlatelolco ordenada por Luis Etxeberría. Ya en los años 80, fue el primero en criticar el rumbo totalitario que tomó la revolución en Nicaragua y la lucha insurgente en El Salvador, que apoyaba el régimen de José López Portillo. Para Paz, el cambio social en América Latina se encontraba indisolublemente ligado al avance democrático.
Un polémico discurso en la misma dirección durante la Feria del Libro de Frankfurt (1984) terminó de distanciarle de la izquierda y del partido oficial. A los pocos días se difundió un pliego condenatorio a las opiniones de Paz firmado por 228 profesores de varias universidades. La irritación con las afirmaciones fue tan grave que el 11 de octubre, durante una manifestación de rechazo a la visita a México del secretario de Estado norteamericano, la efigie del escritor, enmarcada en una televisión, fue quemada frente a la embajada de EEUU, bajo un coro que rezaba: "Reagan rapaz, tu amigo es Octavio Paz".
En 1992, el Gobierno mexicano encargó a Aguilar Camín, uno de los intelectuales más prestigiosos del momento, la organización del Coloquio de Invierno. Octavio Paz, el intelectual que en 1951, con la publicación de 'Los campos de concentración soviéticos', comenzó la denuncia de los horrores del socialismo, reprochó haber sido excluido junto con los colaboradores de su revista, 'Vuelta', y acusó al coloquio de ser una maniobra izquierdista, sectaria, procastrista y financiada con recursos públicos. El jueves, el organizador de aquella mesa, Aguilar Camín, presentó una ponencia sobre su obra y lo describió como un escritor "deslumbrante".
Han sido necesarios 16 años de su muerte y un aniversario para conciliar amantes y detractores de Paz en busca de un estudio menos desapasionado como el que se celebró el domingo en el Colegio Nacional y en el que estuvieron Roger Bartra, Jorge Volpi y Héctor Aguilar Camín.
"Lo más brillante de Octavio Paz como intelectual, explica Roger Bartra, es su análisis del momento que lo rodeaba, de la coyuntura política, de los acontecimientos, no quería ser profeta". Para el escritor Jorge Volpi, el reconocimiento del escritor de los dos Méxicos ha sido doble: "Por un lado, muchos de sus detractores que se hallaban en la izquierda terminaron por acercarse a sus posiciones, e incluso han ido más allá: hacia ese liberalismo que Paz toleraba pero con el que nunca comulgó del todo. Y a su vez, Paz se fue acercando a sus posiciones juveniles, cuando al final de su vida insistió en la solidaridad frente al egoísmo neoliberal".
"Es curioso, porque en vida Octavio Paz fue una figura muy polémica, muy atacada y ahora parece que todas las críticas se desvanecieron. Esa izquierda que criticó a Paz o una de dos: o se convenció completamente de que Paz tenía razón y ahora simplemente se hace la loca como de no querer saber, o ya no le interesa el tema", acusó el escritor Aguilar Rivera.
Clarividencia y soberbia intelectual que lo hicieron un tipo antipático para la intelectualidad del momento, como cuando se burló de Carlos Monsiváis diciendo que era "un hombre de ocurrencias, no ideas". Pero el distanciamiento de Paz no tenía que ver sólo con el poder, en una época en la que apartarse del PRI suponía pasar mucho frío. Octavio Paz levantó heridas en lo más intrínseco del mexicano con 'El laberinto de la Soledad'. Se metió en el alma del mexicano. Un alma que describe como esquizofrénica, que no acepta que proviene de un padre español y una madre indígena. O reprimida que se libera con el alcohol y la fiesta.
Un brillante ensayo que está plagado de descripciones metafóricas que valen para las personas y los países. "El amor es escándalo y desorden, transgresión: el de dos astros que rompen la fatalidad de sus órbitas y se encuentran en la mitad del espacio".
La casualidad hizo que un día antes de celebrarse un siglo de la muerte de Octavio Paz muriera su hija Helena. Encerrada en un manicomio hasta sus últimos días, Helena Paz Garro es fruto del primer matrimonio de Octavio Paz con la escritora Elena Garro. Nació y se crió en cuna de oro en los mejores y más caros colegios de México, Francia y Suiza, pero pasó sus últimos años casi en la indigencia e internada. Sus problemas empezaron cuando ella y su madre fueron acusadas de organizar el movimiento de 1968, con Helena Paz criticando la renuncia de Octavio Paz a la Embajada de México en la India. Durante ese tiempo, madre e hija estuvieron bajo vigilancia de la policía secreta. La relación familiar se fracturó durante décadas. Tras la separación de su padres (Octavio Paz se casó dos veces) vivió con su madre en Madrid con graves problemas económicos. Incluso tuvieron que pedir limosna y llegaron a estar en un albergue para indigentes ante la falta de dinero hasta que el alcalde Enrique Tierno Galván las ayudó, comunicó su situación a Octavio Paz y se reconciliaron. Tras los fallecimientos de Paz y Garro (1998), Helena vivió en una casa en Cuernavaca de su padre. Luego, por su precario estado de salud y falta de recursos, decidió irse a vivir a un asilo. 
Río arriba, Octavio Paz, árbol adentro, por Luis María Anson

- Perfil de un poeta, por Andrés Sánchez Robayna

- Los caminos de la libertad de crear, por Antonio Colinas

- Antología del poeta hecha por poetas

- Hacer de una mirada ua visión, por Alberto Ruy Sánchez

- Las revistas de un disidente, Aurelio Major

- Lucidez y voluntad crítica en Paz, por Jorge Volpi 

Milan Kundera y su lucha contra el kitsch

Milan Kundera, uno de los escritores checos más conocidos internacionalmente, cumple este martes 85 años


Milan Kundera, escritor de origen checo nacionalizado francés, autor de La insoportable levedad  del ser./radio.cz
Nacionalizado francés y divorciado definitivamente de su patria, Kundera acumula tras de sí una obra literaria de gran altura intelectual dedicada a mostrar lo polifacético de la existencia y destruir la idea ingenua de una única realidad.
Sin duda se trata del escritor checo contemporáneo más conocido internacionalmente, la relación con su tierra natal es sin embargo conflictiva. Exiliado en Francia desde 1975, Kundera vio imposible su vuelta y reintegración a la sociedad checa una vez caído el régimen comunista, y decidió nacionalizarse francés, escribir en la lengua de su nueva patria e incluso vetar la traducción de sus nuevas obras al checo.
Con 85 años, que cumple este martes, el autor de *La Insoportable Levedad del Ser o La Broma tiene en su haber un legado de diez novelas, un libro de relatos, poemas, ensayos e incluso obras de teatro. El denominador común de su prosa es su estilo sencillo y claro, sin pretensiones estilísticas, y el tono ensayístico, casi didáctico, de su narración, predominando claramente el fondo sobre la forma.
Kundera huye de las verdades monolíticas, presentando diversos puntos de vista contradictorios a través de distintos personajes, y resultando a menudo agudo y brillante, pero también cínico y cáustico. Es este precisamente el principal legado literario de Kundera, según el filósofo checo Václav Bělohradský.
“La gran tesis de Kundera es que la verdad que no tiene conocimiento de la verdad opuesta es un kitsch. No es un dogma, sino un kitsch. Creo que la crítica al kitsch y la defensa de Europa como un territorio que lucha contra el entusiasmo lírico, que es realista en el sentido de las grandes novelas del siglo XIX y XX, esa es la herencia de Kundera”.
Milan Kundera, hijo del clarinetista Ludvík Kundera, aunque mantuvo siempre un vínculo con la música decidió inclinarse por la literatura y estudiar en Praga estética y guión. Su debut literario fue la antología poética El Hombre es mi Jardín, de 1953.
Aunque en principio fue un convencido comunista, poco a poco fue distanciándose del régimen y de hecho fue expulsado del Partido en dos ocasiones. El punto de ruptura llegó con su discurso durante la Conferencia de Escritores Checoslovacos de 1967, que lo encuadró en el grupo de autores rebeldes que conformarían la llamada Generación de Agosto y a la que también pertenecen Josef Škvorecký, Ivan Klíma o Ludvík Vaculík.
Fracasada la Primavera de Praga y renovada la ortodoxia comunista, su obra fue prohibida y distribuida únicamente mediante ediciones clandestinas. En 1975 se exilió a Francia, donde editó dos obras inéditas, escritas a comienzos de los setenta en Checoslovaquia: La Despedida y  La Vida está en Otra Parte, que curiosamente se publicaron antes en francés que en checo. Su novela de mayor fama fue sin embargo La Insoportable Levedad del Ser, de 1984, que fue posteriormente llevada al cine, y que no se publicó en Chequia hasta 22 años después.
La Inmortalidad, de 1988, fue su última obra escrita originalmente en checo. Sus siguientes novelas, ‘La Lentitud, La Identidad, La Ignorancia y el reciente La Fiesta de la Insignificancia, fueron escritas directamente en francés y todavía no se han traducido al checo.

* El Café Literario Bibliófilos, en sus Encuentro de Lectores, de la Biblioteca Pública Virgilio Barco de Bogotá. tendrá la lectura compartida de La insoportable levedad del ser de Milan Kundera. Sábados. 3pm.Salón Dos. Bienvenidos

Una exposición recuerda a Bohumil Hrabal en el centenario de su nacimiento

Una exposición y la reedición de su más simbólica biografía celebran el centenario del escritor checo Bohumil Hrabal, uno de los grandes autores del siglo XX, un creador de culto, que vivió las consecuencias del nazismo y el estalinismo y paradigma de la literatura checa, junto con Milan Kundera

Bohumil Hrabal, escritor checo en su estudio de Praga.
La máquina de escribir de Bohumil Hrabal./

Bohumil Hrabal en su centenario./la información.com
"Bohumil Hrabal 1914-1997. Los frutos amargos del jardín de las delicias" es el título de la exposición, que comisariada por la directora del Centro Checo de Madrid Vera Zatopkova, se puede ver desde el tres de abril y hasta el 21 de septiembre, en la Casa del Lector.
La muestra, organizada con la colaboración del Museo Nacional de la Literatura de la República Checa y Prague City Tourist, se completa con la biografía de Hrabal, escrita por Monika Zgustova y publicada por Galaxia Gutenberg-Círculo de Lectores.
Zgustova, quien conoció personalmente a Hrabal, desde 1987, cuando comenzó a traducir sus obras al castellano, compartiendo mucho tiempo con él y con sus esposa, sus buenos y malos momentos, ha reafirmado hoy, durante la presentación de la muestra, que Bohumil Hrabal se tiró desde el sexto piso del hospital de Praga, donde pasó enfermo los últimos meses de su vida.
"Cuando murió en 1997, se dijo que pudo haber caído accidentalmente desde el sexto piso, cuando iba a dar de comer a las palomas, como hacía todos los días, pero esto no pudo ser y no es verdad. Yo estuve el día de antes con él y lo vi mal; me cogió la mano durante cinco minutos en silencio. Considero que, aunque fue una tragedia, fue un acto de gran valor, elegir morir cuando ya sabes que ya no puedes dar más", ha explicado Zgustova.
Bohumil Hrabal era, junto con Milan Kundera, uno de los prosistas checos de la actualidad más conocidos en todo el mundo. Nació el 28 de marzo de 1914 en la ciudad de Brno, Moravia, y realizó estudios en la Facultad de Derecho de la Universidad Carolina de Praga.
Antes de comenzar a vivir de la literatura, en 1962, trabajó en una notaría, fue jefe de estación de trenes, agente de seguros, vendedor ambulante y peón en las acerías de Kladno, no lejos de Praga.
El nombre de Hrabal comenzó a conocerse en la literatura mundial a partir de 1956 y más aún en los años 60 con sus relatos Perlas en el fondo y otros textos llenos de una óptica muy irónica y exenta de convencionalismos.
Fue autor de obras traducidas a muchos idiomas, como Lecciones de Baile para mayores y avanzados o Trenes estrictamente vigilados, que fue llevada al cine por el director Jiri Menzel y premiada con un Oscar en 1968.
Entre las obras de la extensa bibliografía de Hrabal se encuentran la trilogía Tonsura, La Bellapena  y Los Millones del Arlequín.
Hrabal sufrió como escritor la represión del régimen checoslovaco de Gustav Husak, y gran parte de sus obras se dieron a conocer en el país y en el extranjero gracias a las publicaciones subversivas realizadas por las organizaciones de la disidencia que luchó contra el gobierno comunista.
La muestra consta de ocho secciones:"La Praga de Hrabal", "Juventud: el aprendiz de fabulador. 1915-1949". "Los bellos collages de la capital. 1950-1969"; "La primavera de Praga. 1968", "Vivir en las tinieblas". 1970-1989"."Euforia y cansancio. 1990-1997", "Bohumil Hrabal en España. 1993 y 1995", "Bohumil Hrabal y el cine". 30 carteles originales de las películas de Jiri Menzel, adaptadas a partir de las obras de Hrabal.
Además se puede de Jiri Kolar varios collages que ilustran varios de su libros.
Un ciclo de cine complementa la programación dedicada a Bohumil Hrabal, de quien también Galaxia Gutemberg-Círculo de Lectores publica esta semana "Tierno bárbaro", inédito en España.