10.1.11

La huella de los libros

Hay escritores que atesoran y acumulan libros, mientras otros les dejan de prestar atención una vez leídos. La formación de las bibliotecas particulares crea manías. Una serie de autores responde a la pregunta sobre el apego que se puede tener por ellos
Rincón de la biblioteca de Ernesto Sábato.

Biblioteca de Javier Marías.fotos.fuente:elpais.com

Dos estantes de madera barata, amurados a la pared a los pies de la cama de la habitación de un niño que, cuando sea grande, será escritor. En los estantes, algunos cómics, libros de Mark Twain, de Bradbury, poesía.

Cinco estantes de madera barata, amurados a la pared a los pies de la cama de la habitación de un adolescente que, cuando sea grande, será escritor. A los cómics, a los libros de Mark Twain y de Bradbury, se han sumado Julio Cortázar, J. D. Salinger, Henry Miller, Mario Vargas Llosa, Gabriel García Márquez.

Seis estantes de madera barata, amurados a la pared a los pies de la cama de la habitación de un piso de soltero de un varón joven que empieza a ser escritor. En los estantes hay dos hileras de libros más varias pilas sobre la mesa de noche más cinco pilas a los pies de la cama. Los cómics, Mark Twain y Ray Bradbury se mezclan ahora con Paul Auster, Dostoievski, Henry James, Scott Fitzgerald, Flaubert, Nabokov, Barthes, Faulkner.

Diez estantes de madera de roble a los pies de la cama de una habitación matrimonial de un hombre que es escritor; varios estantes de madera de color blanco en el pasillo que comunica la habitación con el baño; unos pocos estantes de madera de nogal en una hornacina originalmente construida para ser un exhibidor de vajilla; una estructura de madera indescifrable que cubre dos de las paredes del estudio y, finalmente, la bestia demencial, la nave madre: la biblioteca de piso a techo que recorre las paredes de la sala. Y en todas partes -en la habitación, en el pasillo, en la hornacina, en el estudio, en la sala- la orgía de lomos: ensayo, literatura norteamericana, francesa, española, latinoamericana, libros propios, clásicos, poesía, diez ediciones distintas -tapas duras, bolsillo, diversos idiomas- de Suave es la noche, de El mundo según Garp, de Madame Bovary. Y, en todas partes, la bestia múltiple se relame y se declara en triunfo porque, además, el escritor es joven y eso quiere decir que éste es sólo el comienzo. Y es un gran comienzo.

-Tengo una relación alimentaria con mis libros -dice el escritor chileno Rafael Gumucio, autor de La deuda (Mondadori)-. Quiero devorarlos, consumirlos y luego, como un pollo rostizado que se enfría en la mesa, los abandono, los olvido, los dejo ir.

-Conservar los libros es conservar las huellas de mis lecturas -dice el escritor argentino Martín Kohan, autor de Cuentas pendientes (Anagrama)-. No son objetos fetiche, no los atesoro ni los venero; los retengo para poder volver sobre mi trabajo.

-Atesoro libros pero, paradójicamente, no estoy apegado a ellos -dice el escritor colombiano Héctor Abad Faciolince, autor de El olvido que seremos (Seix Barral)-. No los maltrato, pero no me importa demasiado perder algunos. Tengo con ellos una relación íntima y distante al mismo tiempo: no son parientes (no soy aprensivo con ellos), son amigos.

-Somos muy felices juntos. Y seguimos creciendo. En la salud y en la enfermedad y hasta que la muerte nos separe -dice Rodrigo Fresán, escritor argentino autor de El fondo del cielo (Mondadori).

-Me he mudado muchas veces -dice el escritor peruano Santiago Roncagliolo, autor de Tan cerca de la vida (Alfaguara)- y en cada una de ellas he regalado mis libros. Siempre he creído que mi vida debería pesar menos de 32 kilos, que es el equipaje que me traje del Perú a España. Todo lo demás es innecesario y te mantiene atado al pasado.

-Tengo con ellos una relación de necesidad (no puedo estar lejos de los libros), de culto (creo en la superioridad del libro), de complicidad (confío en los libros más que en la mayoría de las personas, las artes, las tecnologías) -dice el escritor argentino Alan Pauls, autor de Historia del pelo (Anagrama)-. No veo en mi biblioteca ningún alarde, ninguna suntuosidad, ni siquiera el brillo de un capital acumulado. Mi biblioteca es mi comunidad: ahí están mis interlocutores más amigos y más radicales; ahí están los que me sostienen, me discuten, me forman, me seducen, me inspiran, me mejoran.

La biblioteca no como una colección de libros -jamás como una colección de libros- sino como una huella. Como una forma de tener o no tener, de aferrarse o dejar ir. Una autobiografía. Un mapa del pasado y un intento de dibujar, sobre las aguas indescifrables de lo que vendrá, un gesto seguro porque, como se sabe, salvo error o inundación o incendio o naufragio, los libros siempre -siempre- estarán allí. A veces por suerte. A veces no tanto.

La biblioteca como acumulación, como manía. La biblioteca como la primera de todas las pertenencias (se compran libros propios mucho antes de poder comprar la propia ropa), la biblioteca como cultivo, como cosecha, como carga. La biblioteca como pesadilla.

-Dije "mi biblioteca" la primera vez que tuve que mudarla -dice Alan Pauls-. El sentimiento: una mezcla de orgullo y de terror. Pensé: ¿cuántas veces en mi vida tendré que pasar por esto? Cada vez que tengo que mudar la biblioteca se me ocurre que es quizás lo único que podría hacerme dejar la literatura y cambiar de vida.

-Mudarse con los libros es una experiencia traumática -dice la escritora argentina Mariana Enríquez, autora de Los peligros de fumar en la cama (Emecé)-. Las empresas de mudanza obligan a poner los libros en canastos de mimbre gigantes. Yo suelo llenarlos hasta el tope y luego me piden que saque la mitad: en mi mente, los libros no pesan.

En un texto publicado en la revista española Eñe, que dedica una sección a que los escritores hablen de sus bibliotecas, Rodrigo Fresán relata el horror de mudar la suya. "Llego a mi casa y el pequeño ejército de mi mujer baja cajas del camión y las sube por una escalera y es como si yo contemplara el lento pero constante relleno de una pirámide: los tesoros de un faraón doméstico acumulados a lo largo de una vida", escribe Fresán. "El peso del pasado de un escritor es, también, el peso de la biblioteca".

La biblioteca como el rastro de una excentricidad, de una obsesión, de unos amores, de unos desamparos. La biblioteca como resguardo contra el olvido.

Bibliotecas que se disolvieron en inundaciones o se deshicieron roídas por las ratas o fueron descuartizadas en divorcios escabrosos. Y personas. Personas que tienen pesadillas recurrentes con la última escena de la película El nombre de la rosa, en la que Sean Connery, en el rol de Guillermo de Baskerville, ve cómo la biblioteca de una abadía benedictina se incendia a su alrededor mientras él intenta salvar -infructuosamente- tres, cuatro incunables. Personas que, como Eduardo Mendoza, ante la pregunta de qué libro se llevaría a una isla desierta, responden: "Prefiero ahogarme en el naufragio".

Héctor Abad Faciolince. Escritor. Colombiano. Su biblioteca -unos siete mil volúmenes- cruzó el Atlántico cuatro veces en dos mudanzas. No lo une a ella una relación de orgullo porque "es como tener una casa. Es algo tan necesario como tener techo, y uno no se enorgullece de los bienes de primera necesidad". Tiene una primera edición de Poeta en Nueva York, de Federico García Lorca, aunque no sabe cómo llegó a sus manos porque no recuerda haberla robado. Abandona y presta libros. No le importa que se manchen con comida o se estropeen. No tiene prurito en partirles el lomo cuando no se abren con facilidad. Si un incendio o un terremoto lo obligaran a huir de su casa no pensaría en qué libros llevarse sino en sus hijos y en su vida: "Los libros son secundarios. Si se pierden estos, otros sobrevivirán. Que se jodan los libros".

-¿Cuál es la peor pesadilla relacionada con su biblioteca, que lo aplaste, que se incendie?

-Todas esas y alguna otra -dice Rodrigo Fresán.

-Que no entre -dice Alan Pauls.

-Mi peor pesadilla es que me mencionen este horrible tema -dice el escritor colombiano Daniel Samper Pizano, autor de La mica del Titanic (Aguilar).

-Que se me caiga encima -dice Martín Kohan.

"He llegado a tener un baño con paredes tapizadas de estanterías, lo que imposibilitaba el uso de la ducha y obligaba a bañarse con la ventana abierta para evitar la condensación -escribe Jacques Bonnet en Bibliotecas llenas de fantasmas (Anagrama)-. (...) Sólo la pared de mi dormitorio en la que se encuentra la cabecera de la cama ha quedado libre debido a un viejo trauma: me enteré, hace muchos años, de las circunstancias en las que murió el compositor Charles-Valentin Alkan, apodado el "Berlioz del piano": lo encontraron muerto el 30 de marzo de 1888, aplastado por su biblioteca".

Alan Pauls. Escritor. Argentino. Subraya los libros y llena de notas las últimas páginas, pero nunca dobla las esquinas. Se desprende de varios volúmenes cada vez que se muda. Encontró un libro alemán para chicos, Der Struwwelpeter, de Heinrich Hoffmann, en circunstancias extrañas: "Tiene en la tapa a una especie de niño enano con una melena afro rubia y uñas larguísimas, vestido con calzas verdes y zapatos ballerina. Me lo leía mi abuela alemana cuando era chico. Lo gocé como un loco, lo aborrecí, lo perdí de vista. Cuarenta y cinco años después, a poco de morir mi padre (que había nacido en Berlín), lo encontré en un estante de su biblioteca cuando entré a su departamento para poner en orden sus cosas. La melena afro no podía ser más contemporánea: yo acababa de publicar una novela llamada Historia del pelo".

¿Qué es lo que mueve a alguien a acumular objetos pesados, analógicos, anacrónicos, que según una clasificación torpe podrían dividirse en libros que nunca se han leído y que nunca van a leerse pero que se conservan "por las dudas"; libros que ya se han leído y que probablemente nunca vuelvan a leerse pero que se conservan de todos modos; y libros que aún no se han leído y que pasarán, en breve, a formar parte de alguna de las dos categorías anteriores? En su texto Desembalo mi biblioteca. Un discurso sobre el arte de coleccionar, Walter Benjamin dice: "Cuántas cosas surgen de la memoria una vez que uno se zambulló en la montaña de cajones para empezar a sacar los libros como de una mina a cielo abierto o, mejor dicho, de la noche cerrada. La forma más contundente de demostrar la fascinación de esta tarea de desembalar es la dificultad de abandonarla. Había comenzado a mediodía y llegó la medianoche antes de que hubiera llegado a las últimas cajas". En ese mismo texto Benjamin recuerda que, cuando le preguntaron a Anatole France si había leído todos los libros que poseía, respondió: "Ni la décima parte. ¿O usted tal vez come todos los días en su vajilla de Sèvres?".

Rodrigo Fresán. Escritor. Argentino. No heredó libros. Todos los que tiene son adquiridos -o robados- por él. Evita prestarlos y puede montar un escándalo si se manchan con comida. Jamás subraya, jamás dobla esquinas, jamás quiebra lomos. Tiene un hijo de cuatro años a quien sólo permite tomar alguno "bajo estricta vigilancia". Ha transportado de una ciudad a otra más de mil kilos de papel. Tiene un ejemplar de The stories of John Cheever, firmado por Cheever, que compró a 25 centavos de dólar, y un ejemplar de la primera edición de Matadero Cinco en cuya primera página se lee "To R. from K.". Solía comprar diversas ediciones de una misma obra y llegó a acumular quince de El mundo según Garp, de John Irving.

-Si le prestan un libro, lo lee, le gusta y sabe que es inconseguible, ¿qué hace?

-Lo miro fijo, lo sigo mirando fijo, lo miro fijo un poco más. Y así hasta que suceda un milagro.

Andrés Trapiello, español, autor de Los confines (Destino), tiene su biblioteca en dos casas, una en Madrid, otra en el campo extremeño.

-Que esté dividida tiene una desventaja: no encuentras nunca el libro que necesitas, pero también una gran ventaja: nunca pierdes la esperanza de encontrarlo en la otra.

Pero hay casos extremos en los que la biblioteca no está en dos ciudades, ni en dos casas, sino en dos países y, a veces, en dos continentes. El escritor boliviano Edmundo Paz Soldán, autor de Los vivos y los muertos (Alfaguara), enseña en la Universidad de Cornell y vive en Ithaca, Estados Unidos.

-Tengo varias. Una en la casa en la que vivo, en Ithaca. Otra en mi oficina de la universidad. Otra en la casa de mi papá en Cochabamba, Bolivia. Y he dejado bibliotecas enteras. Cuando me fui de Buenos Aires a estudiar a Alabama dejé mi biblioteca y nunca la fui a buscar. En Alabama comencé otra pero, tres años después, al irme, también la dejé. No tengo una relación de posesión con mis libros. Están hechos para circular.

Daniel Samper Pizano tiene dos bibliotecas, una en Colombia y otra en España.

-Quienes hemos tenido que salir del país donde atesoramos la primera biblioteca, nos paseamos por el mundo con los recuerdos, los pesares y los conocimientos descuartizados. Yo mantengo en Colombia casi todos los libros que obtuve y leí o quise leer hasta 1986, y de 1986 a hoy he formado otra biblioteca en España. En ambas hay un número de títulos comunes sin los cuales me sentiría profundamente inseguro.

"El hogar -decía el escritor, militar, científico y explorador británico Richard Burton- está donde se tienen los libros".

Rafael Gumucio. Escritor. Chileno. Formó una biblioteca siendo adolescente pero empezó a viajar y la regaló para poder seguir viajando. Le gusta, después de leer un libro, "botarlo como un chocolate al que se le quita el envase". Robó una novela de Cortázar a unas monjas que lo salvaron de unos trabajos voluntarios de ultraizquierda. No subraya porque no lo necesita: es disléxico y lee tan lento que las frases se le quedan pegadas. Dobla las esquinas de las hojas y anota números de teléfonos y direcciones en la última página.

En Pensar, clasificar, George Perec enumeraba así las posibles formas de ordenar una biblioteca: alfabética, por continentes o países, por colores, por encuadernación, por fecha de adquisición, por fecha de publicación, por formato, por géneros, por grandes periodos literarios, por idiomas, por prioridad de lecturas, por serie. Hace años el escritor argentino Guillermo Piro -que alquilaba un departamento sólo para guardar sus libros y que, si tenía que fotocopiarlos, lo hacía sólo con su "fotocopiador de confianza"- decía que, en una época, solía clasificar por amistades y enemistades de los autores: Celine cerca de Proust porque Celine odiaba a Proust y esa era una forma póstuma de propiciar un encuentro.

-La única parte organizada de mi biblioteca es la "egoteca" -dice Santiago Roncagliolo-. Contiene mis libros, antologías de cuento con mis cuentos, traducciones de mis libros, copias pirata.

-Casi no los clasifico -dice Rafael Gumucio-, y cuando lo hago, lo hago por el peor criterio de todos, el color y la forma de sus lomos para que se vea más o menos estético.

-Agrupo así -dice Martín Kohan-: teoría y filosofía, crítica literaria, literatura argentina, literatura latinoamericana, otras literaturas, política, San Martín, otros. Los de teoría se agrupan por afinidad temática o por corrientes; los de literatura argentina, alfabéticamente; los de literatura latinoamericana, por países.

-Como todo bibliómano -dice Daniel Samper Pizano- tengo capítulos curiosos y mimados en la mía. La Gaboteca, por ejemplo, donde están todas las primeras ediciones de Gabriel García Márquez dedicadas por el propio autor y casi todas las traducciones de Cien años de soledad. O la Titanicoteca, compuesta por libros y artículos que atesoro sobre el famoso naufragio desde que tenía doce años. O la Quevedoteca, una colección de libros sobre la obra de don Francisco y el Siglo de Oro, que incluye tres libros publicados a principios del siglo XVIII.

-Mi orden es así -dice Mariana Enríquez-: argentinos, latinoamericanos, novelas gráficas, arte e ilustración, libros de viajes, libros de psicogeografía, gótico sureño, japoneses, biografías, ensayo y crónica y no ficción en general, ingleses, norteamericanos, franceses, italianos, alemanes, resto de Europa, resto del mundo, África, libros de terror, libros de rock, poesía, libros que me falta leer.

-Los clasifico en dos grandes categorías -dice Alan Pauls-: ficción y no ficción. Dentro de ficción: literatura angloamericana, literatura europea, literatura argentina y latinoamericana. Dentro de cada categoría rige el orden alfabético. Están prohibidas las clasificaciones especiales y las excepciones.

Los clasifico así, dicen, y enumeran, como si esas clasificaciones fueran un dispositivo obvio, una fuerza de la naturaleza: algo que sólo puede hacerse así y jamás -jamás- de otra manera.

Daniel Samper Pizano. Escritor. Colombiano. Dueño de unos 10.000 libros. Tan avaro en el préstamo como honrado en la devolución. Tiene una edición primera de Cien años de soledad con una dedicatoria de García Márquez que dice: "Dámelo, que yo lo escribí". Los subraya, los escribe, pero no les parte el lomo ("he partido el lomo de gente que se ha atrevido a partir el lomo de un libro").

-Si hubiera invertido en finca raíz lo que he gastado en libros tendría un ático en Manhattan... pero inútil, sin libros.

-¿Se desprende de libros cada tanto o los conserva todos?

-No -dice Martín Kohan-, pero perdí la pasión de su posesión, el gusto del atesoramiento.

-He regalado una hija mía a un mercader árabe y vendido dos nietos a familias estériles europeas, pero sólo un cirujano hábil o un escuadrón del Mosad podrían lograr que me desprendiera de un libro, aunque sepa que nunca lo leeré. Siempre flota la duda: "¿Y si llego a necesitarlo?" -dice Daniel Samper Pizano.

-De tanto en tanto se impone una purga estalinista -dice Rodrigo Fresán-. "Fuera todo libro que ya nunca volveré a abrir en mi vida y que no tenga valor sentimental". Pero debo agregar que soy alguien mucho más sensible que Stalin y perdono muchas, demasiadas vidas.

Un día miércoles el escritor español Andrés Trapiello responde a la pregunta "¿ha perdido algún libro que aún recuerde con dolor? ¿En qué circunstancias?" con esta respuesta:

-Sí, un libro de Fellini que éste había dedicado a mi mujer. Era una edición corriente de bolsillo, pero en ella estaba el trazo de aquel hombre maravilloso.

Cinco días más tarde llega un mensaje suyo que dice: "Te lo creas o no, después de diez años buscándolo en ambas casas, el libro de Fellini dedicado a mi mujer acaba de aparecer, se diría que convocado. Yo tengo otra teoría, a veces los libros se van de casa, y vuelven un día impensado, como los hijos pródigos. Y la alegría es mayor no por el hallazgo, sino por la vuelta a la normalidad".

La vuelta a la normalidad. Que es, como todos saben, más y mejores libros.

Modernos y mafiosos

Don Winslow fue investigador privado y luego comenzó a escribir novelas policiales especializadas en el mundo de la mafia, revelando a qué negocios se dedican los herederos de El Padrino en tiempos de mercados diversificados y globalizados

Don Winslow, autor de El poder del perro.foto.fuente:pagina12.com.ar

En la colección Roja & Negra publicada por Mondadori –fiel heredera de la vieja Séptimo Círculo y de la no tan vieja Serie Roja– su editor, Rodrigo Fresán, sumó a su catálogo una novela llamada El poder del perro, estremecedor y megalómano relato sobre las últimas noticias del narcotráfico a nivel mundial. El autor, Don Winslow, era un total desconocido para el público hispanoparlante, al igual que sus anteriores trabajos en el género. Ahora, en el caudal de best sellers veraniegos aparece una novela de Winslow de 2006 a considerar: El invierno de Frankie Machine.

A Frank Machiano le gusta surfear, vender carnada en un parador de la costa, hablar con la gente, ser un buen tipo. Claro que eso no le alcanza para costear la educación de su única hija, así que también está en el negocio inmobiliario. Pero un día, unos chicos vienen a buscarlo para pedirle un trabajo distinto del de vender lombrices o casas. Un trabajo vinculado con el antiguo oficio de Frank; ser un matón de la mafia de San Diego, con una intachable trayectoria en su haber, alimentada por las leyendas que inspiran su singular seudónimo: Frankie Machine. Desglosar aquí la trama resultaría un tanto contraproducente, ya que cada eslabón de información que Winslow suelta cuidadosamente con cuentagotas y en lugares estratégicos de su novela, reformularían en buena medida el cuerpo del relato. Vale decir que con un tono seco, heredero del famoso hard boiled de Cain, Hammett y los desconocidos de siempre, el ritmo de lectura, más cercano al montaje vertiginoso de Buenos muchachos que a los largos protocolos de El Padrino, avanza imparable hasta el último punto.

El invierno de Frankie Machine. Don Winslow Planeta 413 páginas

Mientras Frank se oculta y escapa tanto de la policía como de un grupo de mafiosos que quieren su cabeza como trofeo, recuerda, y asistimos al pasado reprimido de Frank, quien estuvo fuera de "servicio" por más de veinte años. Winslow entonces arma la estructura de su novela como si fuera un juego de black jack y él nuestro croupier omnisciente: para entender por qué lo quieren matar, Frank vuelve a su pasado en distintos flashbacks, que funcionan dentro del relato como pequeños cuentos, o episodios cerrados, sobre su sentimental educación mafiosa. Al igual que en una novela de aprendizaje, o como los guionistas del cine clásico norteamericano lo llamaron (y los siguen llamando) "el camino del Héroe", descubrimos en los recuerdos de Frank cómo fue que devino en matón de la mafia. Hacen su aparición entonces los referentes: El capo Bap, cuyas enseñanzas Frank recapitula a cada rato; el compañero de aventuras, Mike Pella; los distintos capos que ascienden y caen al ritmo de los nuevos negocios. Winslow recapitula aquella vieja enseñanza de Scott Fitzgerald (pasada por Chandler): el carácter de un personaje define la acción.

A pesar de que a Frank no le tiembla el pulso a la hora de bajar muñecos, tiene un código. Como Phillip Marlowe, es un tipo moral dentro de un mar de inmoralidad. Aunque su moral es personal, al igual que su ética. No soporta a los soplones, pero no duda en trabajar para un policía a la hora de capturar a un violador de niños.

El género policial –sea del color que fuere– nunca dejó de tener un fuerte lazo con la realidad. De ahí que muchos escritores del género consideren a sus novelas como verdaderas crónicas de denuncia sobre relaciones de poder que se articulan en la sociedad capitalista; aquello de que, al decir de Brecht, no hay diferencia entre robar un banco y fundarlo. El propio Winslow denunció en su novela El poder del perro, con datos reales, las nuevas rutas del narcotráfico y las víctimas que quedan en su camino.

Si bien con un menor grado de ambición literaria, El invierno de Frankie Machine, además de ser un entretenimiento, corre el velo de la realidad norteamericana para mostrar las distintas caras que tomó el dinero en los últimos treinta años; la industria pornográfica, el gran auge de la cocaína en los estratos más altos, y estafas financieras a prestamistas y ahorristas. Pero, a pesar de que los negocios cambien de forma, como ya lo señaló James Ellroy en Los Angeles al desnudo, la cara del poder sigue teniendo la misma expresión: el trasfondo de corrupción política que sostiene el entramado y se alimenta de esos negocios hasta agotarlos y desecharlos cuando ya no le sirven más, y se convierten en un mal recuerdo, una cuenta pendiente.

Como dice el propio Frank: "Todo va a parar al dinosaurio de todos modos. No importa quién apague la luz; siempre está oscuro".

Como el tiempo que fluye

Cuentos completos reúne esta obra breve en un volumen ideal para los lectores que hayan seguido a Yourcenar a través de sus grandes novelas y relatos autobiográficos

Marguerite Yourcenar, autora francesa de Las memorias de Adriano.foto.fuente:pagina12.com.ar

Los cuentos de Marguerite Yourcenar fueron escritos y reescritos a lo largo de unos cincuenta años, e incluso algunos llegaron a ver la luz en forma póstuma. Presentan los tópicos grecolatinos de su formación clásica, su interés por la historia y finalmente el orientalismo.

En su notable libro de ensayos El tiempo gran escultor (1983), Marguerite Yourcenar habla de sus antepasados –los Crayencour, de donde nació el anagrama por el que se la conoce–, de literatura, de sueños y de su propia obra. Pero, claro, el hilo conductor no es otro que el tiempo: "La imagen del pájaro venido no se sabe de dónde, y que parte en no se sabe qué dirección, sigue siendo un buen símbolo del inexplicable y corto paso del hombre sobre la tierra. No hay ni pasado ni futuro, tan sólo una serie de presentes sucesivos, un camino perpetuamente destruido y continuado por el que avanzamos todos".

Justamente, esos soldados del tiempo que son las fechas resultan fundamentales a la hora de indagar en los años no tan tiernos de la vida de esta escritora francesa nacida en Bélgica: su madre murió a los diez días de su nacimiento por complicaciones en el parto, a los ocho años ya leía a Racine y Aristófanes y cuatro años después su padre le enseñaría griego clásico y latín. En 1919 empieza a firmar bajo el seudónimo de Yourcenar y diez años después publica su primera novela, Alexis o el tratado del inútil combate.

Cuentos completos. Marguerite Yourcenar Alfaguara 523 páginas

Esos episodios bastan para explicar el Big Bang que consolidaría una de las obras más sólidas y, a la vez, delicadas del siglo XX. Lo cierto es que, en aquel libro de 1983, Yourcenar dedicaba un capítulo a explorar, justamente, los efectos que el paso del tiempo genera en cualquier tipo de vida: "Las estatuas, esos objetos moldeados a imitación de las formas de la vida orgánica, han padecido a su manera lo equivalente al cansancio, al envejecimiento, a la desgracia. Han cambiado igual que el tiempo nos cambia a nosotros". Justamente se trata de un fragmento que puede aportar una clave para leer toda su obra. Porque el tiempo tiñe y estructura, de diversas formas, la literatura de Marguerite Yourcenar. Como si en los primeros años de juventud, y con todo el caudal de información al que había accedido en su infancia, Yourcenar hubiera concebido una obra que se encargó de plasmar, consolidar y volver realidad con el paso de los años: la tradición grecolatina, el clasicismo francés, la tragedia de lo efímero y lo efímero de lo trágico; un estilo al que acaso sólo agregaría, en su madurez, un tema: el orientalismo. Algo que se profundiza aun más con las continuas correcciones, reescrituras, añadidos y reediciones que plagan su obra. Es por todo eso que su trayectoria literaria da esa impresión tan fuerte de relatividad temporal, en lo temático y en lo material. Mientras que constituye el gran fondo temático de la mayoría de sus novelas, sobre todo en Memorias de Adriano –obra que la llevó a la fama de manera casi inmediata–, sus cuentos, aunque también plasman en su argumento el paso del tiempo, parecen estar fabricados a partir de la marca de lo temporal, tal como deja ver la flamante edición de sus Cuentos completos que incluye cuatro obras: Cuento azul, cuyo notable primer cuento pinta la gama completa de esa tonalidad; Fuegos, Cuentos orientales y, tal vez el título más temporal de todos, Como el agua que fluye.

Sus relatos de Cuento azul, escritos entre 1924 y 1930, cuando aun Yourcenar no había cumplido tres décadas de vida, fueron publicados póstumamente en 1993; y Cuentos orientales, luego de su primera aparición en 1938, tuvo una edición ampliada cuarenta años después. No es fácil determinar si la intención de su autora era mostrar la influencia en su obra del paso del tiempo o, por el contrario, evitar que el tiempo ejerciera su erosión.

En todo caso, es importante destacar que no se trata únicamente de una decisión literaria sino más bien de una visión filosófica que influye obviamente en su poética, en su plan de escritura. En la introducción del hermoso libro de prosas poéticas Fuego, también incluido en sus Cuentos completos, Yourcenar explica los motivos que la impulsaron a escribirlo y realiza un libelo contra el amor loco, o al menos le impone sus reservas: "El amor por una persona determinada, aun siendo tan desgarrador, no suele ser sino un hermoso accidente pasajero, menos real en cierto sentido que las predisposiciones y opciones que lo preceden y que sobrevivirán a él".

Es así que Yourcenar decide reemplazar las raíces literarias del amor por las del tiempo, cambiar la radiografía de los corazones rotos por la autopsia de unas vidas quebradas por la vejez, la desgracia, la desilusión. En ese sentido, lo contrario del amor no sería el odio ni la indiferencia y, ni siquiera, el desamor, sino la erosión temporal. El amor de pareja según Yourcenar (porque no sucede lo mismo con el de maestro–discípulo del primer relato de Cuentos orientales, ni con el amor consuelo entre Antígona y Edipo en Fuegos), es por definición una aporía, una estrella fugaz cuya única virtud radica, durante el poco rato que dura, en detener el tiempo: "Me es imposible no ver en mi amor una forma refinada del libertinaje, una estratagema para pasar el tiempo, para prescindir del Tiempo".

A su vez, esa concepción del tiempo como escenario absoluto, interrumpido solamente (y por muy poco tiempo) por el amor, desemboca inevitablemente en el otro tema por excelencia de Yourcenar, la muerte, que en su obra es un sinónimo de la soledad: "Diez años es mucho tiempo, es más largo que la distancia entre Troya y Micenas; el rincón del pasado está asimismo más alto que el lugar donde nos encontramos, porque sólo podemos bajar y nunca subir las escaleras del Tiempo. Sucede como en las pesadillas: cada paso que damos nos aleja más de nuestra meta en vez de acercarnos a ella".

Literatura de segunda mano

Fernández Mallo reescribe a Borges en una versión de El hacedor

Literatura de segunda mano- FERNANDO VICENTE.fuente:elpais.com

Hay narradores con un escritor en las tripas y un lector en la cabeza. A veces, uno vive de espaldas al otro. A veces se confunden. Este último es el caso de Borges, que, ya es un tópico, imaginaba el paraíso con forma de biblioteca. No es, pues, extraño que su obra, sin dejar de ser inconfundiblemente borgiana, fuera con frecuencia fruto de la lenta digestión de relatos ajenos de ciencia ficción o de clásicos como Apolodoro, San Marcos o Cervantes. Ahí está el inevitable Pierre Menard, autor del Quijote, que narra la reescritura, letra por letra, de la novela cervantina.
Hace dos años, el escritor argentino Rodolfo Fogwill versionó El Aleph de su paisano en la novela Help a él, cuyo título era un anagrama del encabezamiento del famoso relato. Ahora es Agustín Fernández Mallo el que se acerca al autor bonaerense con El hacedor (de Borges). Remake que publicará la editorial Alfaguara el próximo 23 de febrero. Borges publicó El hacedor -un conjunto de cuentos, poemas y falsas citas- en 1960, siete años antes de que naciera el autor de la trilogía Nocilla. "Fue el primer libro suyo que leí", cuenta Fernández Mallo, "y me impresionaron dos cosas: la capacidad de transmitir emoción a través de algo aparentemente descarnado y un montón de intuiciones que yo compartía sobre el tiempo, el espacio, la matemática y la metafísica".

A todo ello habría que añadir el carácter misceláneo del libro -una "silva de varia lección", como lo define el propio Borges- que desborda las fronteras de los géneros. Un artefacto marca de la casa: poemas narrativos, cuentos que parecen ensayos... "Cuando escribo no pienso en términos de género literario. Me parece limitador", explica Mallo. Otro concepto que, dice el escritor, "no circula" por su cabeza es el de originalidad: "Sacar una obra de su contexto ya es crear algo nuevo". En su nueva obra, él mantiene los títulos de Borges y reescribe los contenidos, a veces incluso con la ayuda del imprevisible y surrealista traductor de Google.

Pese a que la palabra remake parece reservada últimamente al cine, las versiones literarias de una misma historia son tan antiguas como la propia literatura. Ahí están Joyce reescribiendo a Homero, Goethe y Thomas Mann haciendo lo propio con la vieja historia de Fausto o J. M. Coetzee con Daniel Defoe. Por su parte, la editorial 451 se estrenó con una colección en la que ha participado media literatura española reciente -de Antonio Orejudo a Francisco Casavella pasando por Luisa Castro- para reescribir a Bécquer, Shakespeare, Lope o Larra.

A veces las páginas de un libro continúan en las de otro. Lo hizo Andrés Trapiello con Cervantes en Al morir don Quijote y Luisgé Martín con el propio Mann en La muerte de Tadzio. No hace falta pensar en Avellaneda, tirar del hilo era lo más normal cuando las historias no tenían dueño ni autor conocido. Así, la Biblioteca Castro acaba de reunir en un volumen dos secuelas del Lazarillo y una del Guzmán de Alfarache. Por si había alguna duda sobre la relación entre las palabras original y origen.

9.1.11

El cuento del domingo

Clarice Lispector


Amor

Un poco cansada, con las compras deformando la nueva bolsa de malla, Ana subió al tranvía. Depositó la bolsa sobre las rodillas y el tranvía comenzó a andar. Entonces se recostó en el banco en busca de comodidad, con un suspiro casi de satisfacción. Los hijos de Ana eran buenos, algo verdadero y jugoso. Crecían, se bañaban, exigían, malcriados, por momentos cada vez más completos. La cocina era espaciosa, el fogón estaba descompuesto y hacía explosiones. El calor era fuerte en el departamento que estaban pagando de a poco. Pero el viento golpeando las cortinas que ella misma había cortado recordaba que si quería podía enjugarse la frente, mirando el calmo horizonte. Lo mismo que un labrador. Ella había plantado las simientes que tenía en la mano, no las otras, sino esas mismas. Y los árboles crecían.

Crecía su rápida conversación con el cobrador de la luz, crecía el agua llenando la pileta, crecían sus hijos, crecía la mesa con comidas, el marido llegando con los diarios y sonriendo de hambre, el canto importuno de las sirvientas del edificio. Ana prestaba a todo, tranquilamente, su mano pequeña y fuerte, su corriente de vida. Cierta hora de la tarde era la más peligrosa. A cierta hora de la tarde los árboles que ella había plantado se reían de ella. Cuando ya no precisaba más de su fuerza, se inquietaba. Sin embargo, se sentía más sólida que nunca, su cuerpo había engrosado un poco, y había que ver la forma en que cortaba blusas para los chicos, con la gran tijera restallando sobre el género. Todo su deseo vagamente artístico hacía mucho que se había encaminado a transformar los días bien realizados y hermosos; con el tiempo su gusto por lo decorativo se había desarrollado suplantando su íntimo desorden. Parecía haber descubierto que todo era susceptible de perfeccionamiento, que a cada cosa se prestaría una apariencia armoniosa; la vida podría ser hecha por la mano del hombre.

En el fondo, Ana siempre había tenido necesidad de sentir la raíz firme de las cosas. Y eso le había dado un hogar, sorprendentemente. Por caminos torcidos había venido a caer en un destino de mujer, con la sorpresa de caber en él como si ella lo hubiera inventado. El hombre con el que se había casado era un hombre de verdad, los hijos que habían tenido eran hijos de verdad. Su juventud anterior le parecía tan extraña como una enfermedad de vida. Había surgido de ella muy pronto para descubrir que también sin la felicidad se vivía: aboliéndola, había encontrado una legión de personas, antes invisibles, que vivían como quien trabaja con persistencia, continuidad, alegría. Lo que le había sucedido a Ana antes de tener su hogar ya estaba para siempre fuera de su alcance: era una exaltación perturbada a la que tantas veces había confundido con una insoportable felicidad. A cambio de eso, había creado algo al fin comprensible, una vida de adulto. Así lo había querido ella y así lo había escogido. Su precaución se reducía a cuidarse en la hora peligrosa de la tarde, cuando la casa estaba vacía y sin necesitar ya de ella, el sol alto, y cada miembro de la familia distribuido en sus ocupaciones. Mirando los muebles limpios, su corazón se apretaba un poco con espanto. Pero en su vida no había lugar para sentir ternura por su espanto: ella lo sofocaba con la misma habilidad que le habían transmitido los trabajos de la casa. Entonces salía para hacer las compras o llevar objetos para arreglar, cuidando del hogar y de la familia y en rebeldía con ellos. Cuando volvía ya era el final de la tarde y los niños, de regreso del colegio, le exigían. Así llegaba la noche, con su tranquila vibración. De mañana despertaba aureolada por los tranquilos deberes. Nuevamente encontraba los muebles sucios y llenos de polvo, como si regresaran arrepentidos. En cuanto a ella misma, formaba oscuramente parte de las raíces negras y suaves del mundo. Y alimentaba anónimamente la vida. Y eso estaba bien. Así lo había querido y elegido ella.

El tranvía vacilaba sobre las vías, entraba en calles anchas. Enseguida soplaba un viento más húmedo anunciando, mucho más que el fin de la tarde, el final de la hora inestable. Ana respiró profundamente y una gran aceptación dio a su rostro un aire de mujer.

El tranvía se arrastraba, enseguida se detenía. Hasta la calle Humaitá tenía tiempo de descansar. Fue entonces cuando miró hacia el hombre detenido en la parada. La diferencia entre él y los otros es que él estaba realmente detenido. De pie, sus manos se mantenían extendidas. Era un ciego.

¿Qué otra cosa había hecho que Ana se fijase erizada de desconfianza? Algo inquietante estaba pasando. Entonces lo advirtió: el ciego masticaba chicle... Un hombre ciego masticaba chicle.

Ana todavía tuvo tiempo de pensar por un segundo que los hermanos irían a comer; el corazón le latía con violencia, espaciadamente. Inclinada, miraba al ciego profundamente, como se mira lo que no nos ve. Él masticaba goma en la oscuridad. Sin sufrimiento, con los ojos abiertos. El movimiento, al masticar, lo hacía parecer sonriente y de pronto dejó de sonreír, sonreír y dejar de sonreír -como si él la hubiese insultado, Ana lo miraba. Y quien la viese tendría la impresión de una mujer con odio. Pero continuaba mirándolo, cada vez más inclinada -el tranvía arrancó súbitamente, arrojándola desprevenida hacia atrás y la pesada bolsa de malla rodó de su regazo y cayó en el suelo. Ana dio un grito y el conductor dio la orden de parar antes de saber de qué se trataba; el tranvía se detuvo, los pasajeros miraron asustados. Incapaz de moverse para recoger sus compras, Ana se irguió pálida. Una expresión desde hacía tiempo no usada en el rostro resurgía con dificultad, todavía incierta, incomprensible. El muchacho de los diarios reía entregándole sus paquetes. Pero los huevos se habían quebrado en el paquete de papel de diario. Yemas amarillas y viscosas se pegoteaban entre los hilos de la malla. El ciego había interrumpido su tarea de masticar chicle y extendía las manos inseguras, intentando inútilmente percibir lo que estaba sucediendo. El paquete de los huevos fue arrojado fuera de la bolsa y, entre las sonrisas de los pasajeros y la señal del conductor, el tranvía reinició nuevamente la marcha.

Pocos instantes después ya nadie la miraba. El tranvía se sacudía sobre los rieles y el ciego masticando chicle había quedado atrás para siempre. Pero el mal ya estaba hecho.

La bolsa de malla era áspera entre sus dedos, no íntima como cuando la había tejido. La bolsa había perdido el sentido, y estar en un tranvía era un hilo roto; no sabía qué hacer con las compras en el regazo. Y como una extraña música, el mundo recomenzaba a su alrededor. El mal estaba hecho. ¿Por qué?, ¿acaso se había olvidado de que había ciegos? La piedad la sofocaba, y Ana respiraba con dificultad. Aun las cosas que existían antes de lo sucedido ahora estaban precavidas, tenían un aire hostil, perecedero... El mundo nuevamente se había transformado en un malestar. Varios años se desmoronaban, las yemas amarillas se escurrían. Expulsada de sus propios días, le parecía que las personas en la calle corrían peligro, que se mantenían por un mínimo equilibrio, por azar, en la oscuridad; y por un momento la falta de sentido las dejaba tan libres que ellas no sabían hacia dónde ir. Notar una ausencia de ley fue tan súbito que Ana se agarró al asiento de enfrente, como si se pudiera caer del tranvía, como si las cosas pudieran ser revertidas con la misma calma con que no lo eran. Aquello que ella llamaba crisis había venido, finalmente. Y su marca era el placer intenso con que ahora gozaba de las cosas, sufriendo espantada. El calor se había vuelto menos sofocante, todo había ganado una fuerza y unas voces más altas. En la calle Voluntarios de la Patria parecía que estaba pronta a estallar una revolución. Las rejas de las cloacas estaban secas, el aire cargado de polvo. Un ciego mascando chicle había sumergido al mundo en oscura impaciencia. En cada persona fuerte estaba ausente la piedad por el ciego, y las personas la asustaban con el vigor que poseían. Junto a ella había una señora de azul, ¡con un rostro! Desvió la mirada, rápido. ¡En la acera, una mujer dio un empujón al hijo! Dos novios entrelazaban los dedos sonriendo... ¿Y el ciego? Ana se había deslizado hacia una bondad extremadamente dolorosa.

Ella había calmado tan bien a la vida, había cuidado tanto que no explotara. Mantenía todo en serena comprensión, separaba una persona de las otras, las ropas estaban claramente hechas para ser usadas y se podía elegir por el diario la película de la noche, todo hecho de tal modo que un día sucediera al otro. Y un ciego masticando chicle lo había destrozado todo. A través de la piedad a Ana se le aparecía una vida llena de náusea dulce, hasta la boca.

Solamente entonces percibió que hacía mucho que había pasado la parada para descender. En la debilidad en que estaba, todo la alcanzaba con un susto; descendió del tranvía con piernas débiles, miró a su alrededor, asegurando la bolsa de malla sucia de huevo. Por un momento no consiguió orientarse. Le parecía haber descendido en medio de la noche.

Era una calle larga, con altos muros amarillos. Su corazón latía con miedo, ella buscaba inútilmente reconocer los alrededores, mientras la vida que había descubierto continuaba latiendo y un viento más tibio y más misterioso le rodeaba el rostro. Se quedó parada mirando el muro. Al fin pudo ubicarse. Caminando un poco más a lo largo de la tapia, cruzó los portones del Jardín Botánico.

Caminaba pesadamente por la alameda central, entre los cocoteros. No había nadie en el Jardín. Dejó los paquetes en el suelo, se sentó en un banco de un atajo y allí se quedó por algún tiempo.

La vastedad parecía calmarla, el silencio regulaba su respiración. Ella se adormecía dentro de sí.

De lejos se veía la hilera de árboles donde la tarde era clara y redonda. Pero la penumbra de las ramas cubría el atajo.

A su alrededor se escuchaban ruidos serenos, olor a árboles, pequeñas sorpresas entre los "cipós". Todo el Jardín era triturado por los instantes ya más apresurados de la tarde. ¿De dónde venía el medio sueño por el cual estaba rodeada? Como por un zumbar de abejas y de aves. Todo era extraño, demasiado suave, demasiado grande. Un movimiento leve e íntimo la sobresaltó: se volvió rápida. Nada parecía haberse movido. Pero en la alameda central estaba inmóvil un poderoso gato. Su pelaje era suave. En una nueva marcha silenciosa, desapareció.

Inquieta, miró en torno. Las ramas se balanceaban, las sombras vacilaban sobre el suelo. Un gorrión escarbaba en la tierra. Y de repente, con malestar, le pareció haber caído en una emboscada. En el Jardín se hacía un trabajo secreto del cual ella comenzaba a apercibirse.

En los árboles las frutas eran negras, dulces como la miel. En el suelo había carozos llenos de orificios, como pequeños cerebros podridos. El banco estaba manchado de jugos violetas. Con suavidad intensa las aguas rumoreaban. En el tronco del árbol se pegaban las lujosas patas de una araña. La crudeza del mundo era tranquila. El asesinato era profundo. Y la muerte no era aquello que pensábamos.

Al mismo tiempo que imaginario, era un mundo para comerlo con los dientes, un mundo de grandes dalias y tulipanes. Los troncos eran recorridos por parásitos con hojas, y el abrazo era suave, apretado. Como el rechazo que precedía a una entrega, era fascinante, la mujer sentía asco, y a la vez era fascinada.

Los árboles estaban cargados, el mundo era tan rico que se pudría. Cuando Ana pensó que había niños y hombres grandes con hambre, la náusea le subió a la garganta, como si ella estuviera grávida y abandonada. La moral del Jardín era otra. Ahora que el ciego la había guiado hasta él, se estremecía en los primeros pasos de un mundo brillante, sombrío, donde las victorias-regias flotaban, monstruosas. Las pequeñas flores esparcidas sobre el césped no le parecían amarillas o rosadas, sino del color de un mal oro y escarlatas. La descomposición era profunda, perfumada... Pero todas las pesadas cosas eran vistas por ella con la cabeza rodeada de un enjambre de insectos, enviados por la vida más delicada del mundo. La brisa se insinuaba entre las flores. Ana, más adivinaba que sentía su olor dulzón... El Jardín era tan bonito que ella tuvo miedo del Infierno.

Ahora era casi noche y todo parecía lleno, pesado, un esquilo[1] pareció volar con la sombra. Bajo los pies la tierra estaba fofa, Ana la aspiraba con delicia. Era fascinante, y ella se sentía mareada.

Pero cuando recordó a los niños, frente a los cuales se había vuelto culpable, se irguió con una exclamación de dolor. Tomó el paquete, avanzó por el atajo oscuro y alcanzó la alameda. Casi corría, y veía el Jardín en torno de ella, con su soberbia impersonalidad. Sacudió los portones cerrados, los sacudía apretando la madera áspera. El cuidador apareció asustado por no haberla visto.

Hasta que no llegó a la puerta del edificio, había parecido estar al borde del desastre. Corrió con la bolsa hasta el ascensor, su alma golpeaba en el pecho: ¿qué sucedía? La piedad por el ciego era muy violenta, como una ansiedad, pero el mundo le parecía suyo, sucio, perecedero, suyo. Abrió la puerta de la casa. La sala era grande, cuadrada, los picaportes brillaban limpios, los vidrios de las ventanas brillaban, la lámpara brillaba: ¿qué nueva tierra era ésa? Y por un instante la vida sana que hasta entonces llevara le pareció una manera moralmente loca de vivir. El niño que se acercó corriendo era un ser de piernas largas y rostro igual al suyo, que corría y la abrazaba. Lo apretó con fuerza, con espanto. Se protegía trémula. Porque la vida era peligrosa. Ella amaba el mundo, amaba cuanto había sido creado, amaba con repugnancia. Del mismo modo en que siempre había sido fascinada por las ostras, con aquel vago sentimiento de asco que la proximidad de la verdad le provocaba, avisándola. Abrazó al hijo casi hasta el punto de estrujarlo. Como si supiera de un mal -¿el ciego o el hermoso Jardín Botánico?- se prendía a él, a quien quería por encima de todo. Había sido alcanzada por el demonio de la fe. La vida es horrible, dijo muy bajo, hambrienta. ¿Qué haría en caso de seguir el llamado del ciego? Iría sola... Había lugares pobres y ricos que necesitaban de ella. Ella precisaba de ellos...

—Tengo miedo -dijo. Sentía las costillas delicadas de la criatura entre los brazos, escuchó su llanto asustado.

—Mamá -exclamó el niño. Lo alejó de sí, miró aquel rostro, su corazón se crispó.

—No dejes que mamá te olvide -le dijo.

El niño, apenas sintió que el abrazo se aflojaba, escapó y corrió hasta la puerta de la habitación, de donde la miró más seguro. Era la peor mirada que jamás había recibido. La sangre le subió al rostro, afiebrándolo.

Se dejó caer en una silla, con los dedos todavía presos en la bolsa de malla. ¿De qué tenía vergüenza?

No había cómo huir. Los días que ella había forjado se habían roto en la costra y el agua se escapaba. Estaba delante de la ostra. Y no sabía cómo mirarla. ¿De qué tenía vergüenza? Porque ya no se trataba de piedad, no era solamente piedad: su corazón se había llenado con el peor deseo de vivir.

Ya no sabía si estaba del otro lado del ciego o de las espesas plantas. El hombre poco a poco se había distanciado, y torturada, ella parecía haber pasado para el lado de los que le habían herido los ojos. El Jardín Botánico, tranquilo y alto, la revelaba. Con horror descubría que ella pertenecía a la parte fuerte del mundo -¿y qué nombre se debería dar a su misericordia violenta? Sería obligada a besar al leproso, pues nunca sería solamente su hermana. Un ciego me llevó hasta lo peor de mí misma, pensó asustada. Sentíase expulsada porque ningún pobre bebería agua en sus manos ardientes. ¡Ah!, ¡era más fácil ser un santo que una persona! Por Dios, ¿no había sido verdadera la piedad que sondeara en su corazón las aguas más profundas? Pero era una piedad de león.

Humillada, sabía que el ciego preferiría un amor más pobre. Y, estremeciéndose, también sabía por qué. La vida del Jardín Botánico la llamaba como el lobo es llamado por la luna. ¡Oh, pero ella amaba al ciego!, pensó con los ojos humedecidos. Sin embargo, no era con ese sentimiento con el que se va a la iglesia. Estoy con miedo, se dijo, sola en la sala. Se levantó y fue a la cocina para ayudar a la sirvienta a preparar la cena.

Pero la vida la estremecía, como un frío. Oía la campana de la escuela, lejana y constante. El pequeño horror del polvo ligando en hilos la parte inferior del fogón, donde descubrió la pequeña araña. Llevando el florero para cambiar el agua -estaba el horror de la flor entregándose lánguida y asquerosa a sus manos. El mismo trabajo secreto se hacía allí en la cocina. Cerca de la lata de basura, aplastó con el pie a una hormiga. El pequeño asesinato de la hormiga. El pequeño cuerpo temblaba. Las gotas de agua caían en el agua inmóvil de la pileta. Los abejorros de verano. El horror de los abejorros inexpresivos. Horror, horror. Caminaba de un lado para otro en la cocina, cortando los bifes, batiendo la crema. En torno a su cabeza, en una ronda, en torno de la luz, los mosquitos de una noche cálida. Una noche en que la piedad era tan cruda como el mal amor. Entre los dos senos corría el sudor. La fe se quebrantaba, el calor del horno ardía en sus ojos.

Después vino el marido, vinieron los hermanos y sus mujeres, vinieron los hijos de los hermanos.

Comieron con las ventanas todas abiertas, en el noveno piso. Un avión estremecía, amenazando en el calor del cielo. A pesar de haber usado pocos huevos, la comida estaba buena. También sus chicos se quedaron despiertos, jugando en la alfombra con los otros. Era verano, sería inútil obligarlos a ir a dormir. Ana estaba un poco pálida y reía suavemente con los otros.

Finalmente, después de la comida, la primera brisa más fresca entró por las ventanas. Ellos rodeaban la mesa, ellos, la familia. Cansados del día, felices al no disentir, bien dispuestos a no ver defectos. Se reían de todo, con el corazón bondadoso y humano. Los chicos crecían admirablemente alrededor de ellos. Y como a una mariposa, Ana sujetó el instante entre los dedos antes que desapareciera para siempre.

Después, cuando todos se fueron y los chicos estaban acostados, ella era una mujer inerte que miraba por la ventana. La ciudad estaba adormecida y caliente. Y lo que el ciego había desencadenado, ¿cabría en sus días? ¿Cuántos años le llevaría envejecer de nuevo? Cualquier movimiento de ella, y pisaría a uno de los chicos. Pero con una maldad de amante, parecía aceptar que de la flor saliera el mosquito, que las victorias-regias flotasen en la oscuridad del lago. El ciego pendía entre los frutos del Jardín Botánico.

¡Si ella fuera un abejorro del fogón, el fuego ya habría abrasado toda la casa!, pensó corriendo hacia la cocina y tropezando con su marido frente al café derramado.

—¿Qué fue? -gritó vibrando toda.

Él se asustó por el miedo de la mujer. Y de repente rió, entendiendo:

—No fue nada -dijo-, soy un descuidado -parecía cansado, con ojeras.

Pero ante el extraño rostro de Ana, la observó con mayor atención. Después la atrajo hacia sí, en rápida caricia.

—¡No quiero que te suceda nada, nunca! -dijo ella.

—Deja que por lo menos me suceda que el fogón explote -respondió él sonriendo. Ella continuó sin fuerzas en sus brazos.

Ese día, en la tarde, algo tranquilo había estallado, y en toda la casa había un clima humorístico, triste.

—Es hora de dormir -dijo él-, es tarde.

En un gesto que no era de él, pero que le pareció natural, tomó la mano de la mujer, llevándola consigo sin mirar para atrás, alejándola del peligro de vivir. Había terminado el vértigo de la bondad.

Había atravesado el amor y su infierno; ahora peinábase delante del espejo, por un momento sin ningún mundo en el corazón. Antes de acostarse, como si apagara una vela, sopló la pequeña llama del día.




Clarice Lispector (Chechelnyk, Ucrania 10 de diciembre de 1920 - Río de Janeiro, 9 de diciembre de 1977) fue una escritora brasileña.

Clarice Lispector es considerada una de las más importantes escritoras brasileñas del siglo XX. Pertenece a la tercera fase del modernismo, el de la generación del 45 brasileño. De difícil clasificación, ella misma definía su estilo como un "no-estilo". Aunque su especialidad ha sido el relato, dejó un legado importante en novelas, como La pasión según G.H. y La hora de la estrella, además de una producción menor en libros infantiles, poemas y pintura.


De origen judío, sus padres emigraron a Brasil, a la ciudad de Recife, Pernambuco, cuando Clarice contaba tan sólo con dos años de edad. A la edad de diez años, Clarice perdió a su madre. Escritora desde edad temprana, envió varios cuentos al Diario de Pernambuco, que rechazó su publicación en una sección de contribuciones infantiles porque, mientras las historias de los demás niños poseían algún tipo de narrativa, los textos de Clarice no describían más que sensaciones.

Una de sus primeras influencias fue el escritor paulista Monteiro Lobato, creador de un universo literario de tintes regionalistas. Sobre el libro El reinado de Narizinho, Clarice escribió:


Al llegar a casa no empecé a leer. Simulaba que no lo tenía, únicamente para sentir después el sobresalto de tenerlo. Horas más tarde lo abrí, leí algunas líneas maravillosas, lo cerré de nuevo, me fui a pasear por la casa, lo postergué aún más yendo a comer pan con mantequilla, fingí no saber dónde había guardado el libro, lo encontraba, lo abría por unos instantes. Creaba los obstáculos más falsos para esa cosa clandestina que era la felicidad. (en: Felicidad Clandestina, cuento)


Cuando tenía 14 años, se mudó a Río de Janeiro con su padre y una hermana. Allí, la muy joven Clarice empezó a leer libros de autores nacionales y extranjeros de más relevancia como Machado de Assis, Rachel de Queiroz, Eça de Queiroz, Jorge Amado y Dostoievski. Ingresó en la Facultad Nacional de Derecho en 1939 a la vez que escribía pequeñas contribuciones para periódicos y revistas de la época. A los 21 años logró publicar el libro Cerca del corazón salvaje, que había escrito a los 19. Este libro recibió el premio Graça Aranha para el mejor romance publicado en 1943.

Cursando la carrera de derecho conoció a su esposo, el diplomático Maury Gurgel Valente, con quien acompañaría a menudo de país en país, hasta la separación en 1959. Los constantes viajes fue uno de los conflictos de la vida de Clarice, quien seguía al marido dejando detrás familia y amigos. En su primer viaje a Europa, a Nápoles en 1944 durante la II Guerra mundial, Clarice Lispector confesaba "En realidad no sé escribir cartas de viajes, en realidad siquiera sé viajar." Durante la guerra, prestó auxilio en hospitales a soldados brasileños heridos.

En un periodo de 5 años Clarice se trasladó repetidamente, yendo de Inglaterra a París y finalmente a Berna, donde tuvo su primer hijo, Paulo. Mientras vivía en estos países, profundamente nostálgica de Brasil, intercambiaba cartas casi a diario con el escritor y amigo Fernando Sabino que redactaba con la máquina de escribir sobre las rodillas para así poder sujetar a su hijo. En 1945 publicó su segunda novela, O lustre, escrita durante esta fase.

De vuelta a Río en 1949, Clarice Lispector retomó su actividad periodística, firmando con el seudónimo Tereza Quadros una columna en un periódico local. En septiembre de 1952 volvía a dejar Brasil, desplazándose con el marido a Washington, DC. En febrero de 1953 dio la luz a su segundo hijo, Pedro. En 1954 se publicó la primera traducción de un libro suyo: Cerca del Corazón Salvaje en francés, con portada de Henri Matisse. En la capital estadounidense vivió ocho años, desarrollando una gran amistad con el escritor brasileño Érico Veríssimo y su esposa Mafalda. Desde allí logró publicar cuentos en revistas brasileñas y mantuvo una gran actividad epistolar con el escritor Otto Lara Resende.

En 1959 rompió con su marido para regresar a Río de Janeiro, donde volvió a la actividad periodística, escribiendo artículos en los medios para conseguir el dinero necesario para independizarse. En 1960 publicó su primer libro de cuentos, Lazos de familia, con relativo éxito. En 1961 salió al público la novela La manzana en la oscuridad, más tarde convertida en obra de teatro. En 1963 publicó la que es considerada su obra-maestra, la novela La pasión según G.H., escrita en tan sólo algunos meses.

En la madrugada de 1966 la escritora durmió con un cigarrillo prendido, provocando un incendio que destruyó completamente su dormitorio. Con quemaduras en gran parte del cuerpo, pasó algunos meses en el hospital. Su mano derecha, muy afectada, casi tuvo que ser amputada por los médicos y jamás recuperó la movilidad de antes. El incidente repercutió profundamente en su estado de ánimo, y las cicatrices y marcas en el cuerpo le causaron frecuentes depresiones, a pesar del amparo de amigos. Entre el final de la década de 60 y principio de los años 70 publicó libros infantiles y algunas traducciones y adaptaciones de obras extranjeras, obteniendo un rampante reconocimiento e impartiendo charlas y conferencias en distintas universidades de Brasil.

Murió en Río de Janeiro el 9 de diciembre de 1977 a los 56 años, víctima de un cáncer de ovario, algunos meses después de publicarse su última novela La hora de la estrella.

Clarice Lispector ha sido muchas veces comparada a sus contemporáneos Virginia Woolf y James Joyce por compartir el uso del flujo de conciencia, aunque Lispector no los hubiese leído todavía al publicarse sus primeras novelas, donde ya adoptaba la técnica. Clarice Lispector ha sido vinculada por algunos críticos y biógrafos a una literatura de fuerte carácter femenino y feminista, tratando siempre de temas intimistas y de profundo carácter psicológico.

Bibliografía

Traducciones al Español

  • Cerca del corazón salvajeSiruela
  • Lazos De Familia. Trad. Haydée M. Jofre Barroso - Buenos Aires. Editorial Sudamericana, 1973. 157 p.
  • Silencio. Traducción y Prólogo de Cristina Peri Rossi - Barcelona. Grijalbo Mondadori, 1988. 174 p.
  • Felicidad Clandestina. Trad. Marcelo Cohen - Barcelona. Ediciones Grijalbo, 1988. 190 p.
  • Aprendizaje o El libro de los placeres. Trad. Cristina Sáenz De Tejada y Juan García Gayo - Madrid. Ediciones Siruela, 1994. 140 p.
  • Un soplo de vida (Pulsaciones). Trad. de Mario Merlino - Madrid, Siruela, 1999, 160 pp.
  • La hora de la estrella. Trad. Ana Poljak - Madrid. Ediciones Siruela, 2001. 81 p.
  • La Araña. Trad. Haydée M. Jofre Barroso - Buenos Aires, Ediciones Corregidor, 2003, 312p.
  • Revelación de un mundo. Trad. Amalia Sato - Buenos Aires, Adriana Hidalgo Editora, 2004, 330p.
  • La manzana en la oscuridad Siruela"
  • La Pasión según G.H, Trad. Juan García Gayo-Monte Ávila Editores, Caracas, 1969, 217 p.
foto:elpdlp.com.Semblanza biográfica:Wikipedia.Texto:Relatos:www.quedelibros.com

8.1.11

"1Q84", el nuevo libro de Murakami, sale a la calle el primero de febrero

Con un título que es un guiño a Orwell, fue todo un acontecimiento cultural cuando se publicó en Japón

Éxito. En Japón, el libro se agotó en la primera semana foto:universal.mx.com.fuente:lavanguardia.es

Los dos primeros volúmenes de la trilogía "1Q84", el nuevo proyecto literario del aclamado escritor japonés Haruki Murakami, y el libro más vendido en Japón en 2009, estará en las librerías españolas el uno de febrero

"1Q84", un guiño a Orwell, fue todo un acontecimiento cultural cuando se publicó en Japón, donde se agotaron más de dos millones de ejemplares en la primera semana. Y es un curioso y ambiguo título por su grafía.

En japonés la letra "q" y el número "9" son homófonos, ambos se pronuncian "kyu", de tal manera que "1Q84" es, "sin serlo", 1984. "La variación de la grafía remite a la sutil alteración del mundo en que habitan los personajes, que es sin serlo el Japón de 1984", explica Tusquets, la editorial que publica a este escritor.

Y es que este nuevo libro de Muraki, el autor japonés más internacional, con millones de seguidores en todo el mundo y candidato al Premio Nobel, sale a la calle cinco años después de su último título, "After dark".

El propio Murakami, cuando estuvo en Barcelona en 2009, en una excepcional visita, ya que es no dado ni a conceder entrevistas ni a promocionar sus libros, apuntó a Efe que "1Q84" era "un guiño a Orwell".

"Orwell escribió '1984' mirando al futuro, y yo, con mi novela, quiero hacer lo contrario, mirar al pasado, pero sin dejar de ver el futuro. Se trata de mi obra más ambiciosa. Es la más voluminosa y espero que sea importante en mi vida y en la de los lectores", dijo.

En la novela, el autor de "Kafka en la orilla" o "Tokio Blues", vuelve a la descripción de ese mundo, de apariencia normal, con sensaciones surrealistas, mágicas, silenciosas e inexplicables, para ahondar en la compleja condición del ser humano.

Y así, en "1Q84" se mueven Aomame (judía verde en japonés), una mujer independiente, profesora de gimnasio, y Tengo, un profesor de matemáticas. Ambos solitarios y ambos con idas y venidas hacia el recuerdo de su infancia y su pasado.

Y, lo más importante, con vidas mucho más complicadas de lo que parecen, porque la bella Aomame es una asesina de maltratadores y Tengo es, además, un escritor en la sombra al que le está dictando un libro, para ganar un prestigioso concurso literario, una cautivadora adolescente.

Cada uno de estos dos volúmenes está dividido, a su vez, en veinticuatro capítulos, siguiendo la estructura de "El clave bien temperado" de Bach.
El tercer libro, y última parte de esta trilogía, salió en Japón en 2010 y fue recibido con la misma expectación y el mismo éxito de ventas. En total, la trilogía ocupa 1.657 páginas de un escritor que hechiza a millones de lectores de todo el mundo.

Haruki Murakami fue distinguido por el Gobierno español con la Orden de las Artes y las Letras en 2009.

Manifiestos para salir de la granja

Libros del Zorro Rojo publica Rebelión en la Granja, un clásico de George Orwell presentado con las ilustraciones del mítico Ralph Steadman

Ilustración de Rebelión en la granja.

Portada de Rebelión en la granja.fotos.fuente:lavanguardia.es

Este año inmediatamente pasado, se recordará, entre por otras muchas bombas informativas, por cómo Wikileaks ha desnudado a Estados Unidos, demostrando que sabemos lo que sabemos, y poca cosa más. ¿Es, pues, necesario interrogarse hoy sobre cómo se estructura el poder? ¿La democracia moderna ejerce la corrupción con estrategias similares a los regímenes fundamentalistas?

Este 2010 también tendría que recordarse porque se cumplen sesenta años de la muerte de George Orwell. Editoriales como Libros del Zorro Rojo nos ayudan a hacerlo de la mejor manera posible, invitándonos a leer su obra. Esta 'Rebelión en la Granja' no viene sola, sino acompañada de cincuenta ilustraciones y bocetos del mítico Ralph Steadman, uno de los creadores – junto al escritor Hunter S. Thompson – de lo que se llamaría "periodismo gonzo", habiendo trabajado para medios como 'Punch', 'The New York Times' o 'The Daily Telegraph', desde donde ha ejercido la sátira política y social. El trazo, la tinta y el ingenio al servicio de la denuncia de las trampas en las que solemos caer, sin rechistar.

Orwell no lo tuvo fácil. 'Rebelión en la Granja' se erigió como una crítica al régimen comunista de Stalin justo cuando Inglaterra estaba concentrada en luchar contra Hitler. Los intelectuales británicos no podían, o no querían, ver los excesos de los rusos, una alianza fundamental en esos momentos. Hasta cuatro editores rechazaron el manuscrito. Fue en 1946, tres años después de su escritura, cuando el libro llegó a Estados Unidos y se convirtió en un éxito. Hoy, es un clásico de la literatura universal.

En la granja no aguantan más la opresión. Por eso, los animales se rebelan y deciden gestionar ellos mismos su día a día. Para ello, crean siete mandamientos, entre los cuales se declara que "todos los animales son iguales". Con el paso del tiempo, una acotación a esta frase explicará el inicio del abuso de poder "…pero algunos animales son más iguales que otros".

Es justamente ahí, en la legitimación de las excepciones en cuestión de derechos, desde donde crece la corrupción y se expande. Por ello, esta sátira nos habla tan claro y tan directo, tan al estómago, porque Orwell nos pregunta sobre la "normalidad" y los procesos por los cuales hemos confundido la ley con la ética. Con la pérdida de los matices, se cuelan todas las brechas que nos hacen más débiles, más vulnerables. Y con más ganas de buscar enemigos que, en realidad, habitan en granjas mucho peores que las nuestras.