29.1.22

Las traducciones de Proust

 Para reanudar el debate: ¿cuál es el mejor tomo de En busca del tiempo perdido?

Marcel Proust, en su aniversario/ elespectador.com



La celebración este año del centenario de la muerte de Marcel Proust será una buena excusa para reanudar el debate: ¿cuál es el mejor tomo de En busca del tiempo perdido? De los siete, hay cinco favoritos: I, II, IV, V, VII. A la última deliberación pasan dos: el I y el VII. Y gana por un margen mínimo el I. ¿Sospechoso? Un poco: muchos de los que eligen el I no han leído ni leerán ningún otro tomo (yo conozco a varios: son los “lectores sinécdoque”: los de la “parte” por el “todo”, los mismos que juran por el alma de sus madres que la lectura de una reseña de un libro equivale a la lectura de ese libro). En esta instancia el debate debe reiniciarse con mayor transparencia.

Por el lado de las traducciones, el debate también es arduo. Por casi medio siglo la traducción de Alianza Editorial —en la que participaron Pedro Salinas, José María Quiroga Plá y Consuelo Berges— fue punto de referencia obligatorio. Vinieron después las versiones de Carlos Manzano (Lumen), Mauro Armiño (Valdemar) y Estela Canto (Losada). Manzano tiende a neutralizar los vericuetos de la sintaxis proustiana en beneficio de la sintaxis española, Armiño peca por preciosista e incluye un aparato crítico-histórico bastante engorroso (tres diccionarios, fotos, notas y una introducción muy bien documentada que suman unas 500 páginas), y Canto mantiene una consistencia notable a pesar de que no alcanzó a traducir el séptimo tomo (a cargo de Graciela Isnardi, fiel al tono de su predecesora). De las tres me quedo con la de Estela Canto, y, puestos a elegir la mejor, diría que supera a la de Alianza, que de entrada tiene el “mal gusto” de castellanizar los nombres: Gilberta y Francisca en vez de Gilberte y Françoise, etc…

En el plano sintáctico hay grandes diferencias. Veamos dos pasajes de A la sombra de las muchachas en flor.

1. (Salinas): “Un mismo ser cogido en sucesivos momentos de su vida se entra en ambientes de distinta altura en la escala social, que no siempre son más elevados; y cada vez que en un periodo diferente de nuestra vida creamos relaciones o las reanudamos con un medio determinado, donde nos miman, empezamos, muy naturalmente, a tomarle apego y a echar en él raíces humanas”. (Canto): “Un mismo ser, tomado en momentos sucesivos de su vida, se baña en diferentes grados de la escala social, en medios que no son forzosamente más y más elevados; y cada vez que, en otro periodo de la existencia, anudamos o reanudamos vínculos con cierto medio, en el que nos sentimos elegidos, empezamos, naturalmente, a unirnos a él, creando raíces humanas”.

2. (Salinas): “Eso que se llama la posteridad es la posteridad de la obra. Es menester que la obra de arte (sin tener en cuenta, para simplificar, a los genios que en la misma época puedan trabajar paralelamente preparando para el porvenir un público mejor, del que se aprovecharán otros) cree ella misma su posteridad”. (Canto): “Lo que se llama la posteridad es la posteridad de la obra. Es necesario que la obra (sin tomar en cuenta, para simplificar, los genios que en la misma época pueden paralelamente preparar para el porvenir un público mejor, del que se beneficiarán los otros genios) cree ella misma su posteridad”.

Juzguen ustedes.

22.1.22

El salto a la ficción del cronista Cristian Alarcón se alza con el premio Alfaguara de novela

 El jurado ensalza El tercer paraíso como una obra que “abre la puerta a la esperanza de hallar en lo pequeño un refugio frente a las tragedias colectivas”

Cristian Alarcón se alza con el premio Alfaguara de novela./elpais.com.Foto/elperiodico.com



El confinamiento de 2020 es el punto de partida de la novela El tercer paraíso, la primera que ha escrito el veterano cronista Cristián Alarcón (La Unión, Chile 52 años) y con la que ha obtenido el XXV Premio Alfaguara. Autor de dos importantes títulos de no ficción Cuando me muera quiero que me toquen cumbia. Vidas de pibes chorros (2003) y Si me querés, quereme transa (2010), el periodista, que ha sabido narrar como pocos en las últimas décadas la violenta realidad urbana de Argentina, se aleja en su nueva obra de la crónica para adentrarse en una historia en la que se vertebran botánica e historia familiar. Así conforma un libro “dual”, según apuntó el presidente del jurado, Fernando Aramburu, el jueves por la tarde en el Casino de Madrid. Desde Buenos Aires con camisa floreada y planta al fondo, el autor se conectó telemáticamente tras conocerse el fallo. Antes, habló Nuria Cabutí, consejera delegada de Penguin Random House, grupo editorial al que pertenece el sello Alfaguara, quien recordó la historia del galardón y su clara vocación panhispánica.

 Veinticinco años después de que el Premio Alfaguara de novela resurgiera —con la voluntad de “apoyar el mejor talento de nuestra lengua común”, como apuntó Cabutí— la obra ganadora en 2022 está ambientada en Chile y Argentina. El tercer paraíso abarca una línea temporal amplia en la que son reconocibles hechos históricos como el terremoto de 1960, el gobierno de Salvador Allende y el golpe de Estado de Pinochet. “Aunque la historia no elude tragedias es una novela de esperanza ante la posibilidad de encontrar un paraíso personal”, subrayó Aramburu. El autor de Patria cerró su intervención citando unos versos de la canción de Violeta Parra, La jardinera: “Cuando me aumentan las penas, de mi jardín han de ser las enfermeras”.

Nacido en Chile, Alarcón llegó con su familia a Argentina con poco más de cuatro años huyendo de la dictadura de Pinochet y se formó como periodista en la Universidad de la Plata, donde hoy imparte clases. Desde los años noventa sus investigaciones han aparecido en los diarios Página/12 y Clarín, y en revistas como Gatopardo y Rolling Stone. Hace una década armó la revista digital Anfibia, publicada por la UNSAM, y Cosecha Roja, la Red Latinoamericana de Periodismo Judicial, dos proyectos que siguen en marcha. La hibridación entre el mundo académico y el periodístico, que caracteriza esa publicación, está conectada también con su debut en la ficción con un libro en el que se van entrelazando distintas líneas narrativas, reconstruyendo la historia familiar del narrador, el jardín que va plantando y la historia de la botánica. “He sido periodista toda mi vida. He escrito sobre la guerra urbana, sobre narcos y a los 50 años me reencontré con la profunda relación que muchos necesitamos con la naturaleza. He buscado dentro y no fuera. Esta novela es un proceso de introspección, un homenaje a todas las mujeres que han sembrado todo lo que ha crecido en Latinoamérica. El encierro me ha liberado”, apuntó el escritor que definió su obra como “feminista, queer y botánica”, una “performance botánica en un texto”.

Alarcón tenía dos proyectos de no ficción estancados, y en el confinamiento recibió un encargo para escribir un ensayo sobre el futuro, que resultó ser la semilla del libro ahora premiado. Ha pasado dos veces la covid y durante la escritura de El tercer paraíso (título que, como apuntó, rinde homenaje a Manifiesto del tercer paisaje de Gilles Climent) logró dejar atrás “al cronista que lo controla todo como un tercer ojo universal”, y en un momento dado cruzar también la frontera física argentina e instalarse en Chile en la comunidad campesina y proletaria de la que procede su familia y en la que él nació. “Me reencontré con el mundo mapuche y con ese Chile en transformación, aunque esto último queda fuera de la novela”, señala. Añade que entre sus nuevos proyectos está el lanzamiento de una edición chilena de Anfibia.

El protagonista de El tercer paraíso, cuya publicación simultánea en España, América Latina y Estados Unidos está prevista el 24 de marzo, se retira a una cabaña en las afueras de Buenos Aires ante el advenimiento de la pandemia. Allí se vuelca en el cultivo de plantas y en el estudio de la botánica y las grandes expediciones científicas del siglo XVIII. A través de las plantas reconstruye el pasado, las dalias de su abuela, el exilio y la incertidumbre, con una estructura elíptica. “Van y vienen historias del clan que sobrevive a sí mismo, desde el niño marica y la violencia que atraviesa su clase, a la necesidad de narrar la construcción de un jardín”, explica.

Homenaje a las mujeres

Alarcón ha concebido su debut en el terreno de la ficción como un homenaje a las mujeres. Ellas siempre han jugado un papel importante en sus crónicas. “Esas luchadoras feroces vuelven a estar aquí, pero a través de personajes inspirados en mi madre y mi abuela. La mujer latinoamericana es la más golpeada, la que defiende la comida y el territorio y se defiende sus padres y esposo”, señala.

Después de dos años de pandemia y ese ensayo sobre el futuro del que surgió esta novela, ¿ha llegado Alarcón a alguna idea sobre el futuro? “Es una palabra enorme que ha perdido sentido, nos excede la naturaleza y también nos exceden los ancestros. Lo que me impulsa siempre es aprender”, asegura con exultante sonrisa.

Dotado este año con 154.000 euros, el premio Alfaguara en estos 25 años ha premiado entre otros al nicaragüense Sergio Ramírez, al argentino Tomás Eloy Martínez, a los colombianos Juan Gabriel Vásquez y Pilar Quintana, o al español Ray Loriga que en 2022 ha formado parte del jurado. Además de Aramburu en él estaban la periodista y escritora Olga Merino; Marisol Schultz, directora de la FIL de Guadalajara; la librera de La lata peinada, Paula Vázquez, y la directora editorial de la división literaria de Penguin Random House, Pilar Reyes, con voz pero sin voto.

16.1.22

El cómic del posconflicto en Colombia

 La tragedia de la guerra en Colombia y las dificultades de la posguerra han encontrado un nuevo nicho narrativo para ser contados a un público más amplio: la novela gráfica

          Cubiertas de los cómics 'En el ombligo' y 'Tierra removida'./elpais.com

Una mujer colombiana busca enterrar el cadáver de su padre en su pueblo, pero encuentra que el cementerio es un campo minado. Unas familias campesinas buscan reconstruir su vida en la tierra de la que fueron desplazadas por la violencia, pero encuentran sus casas tomadas por la maleza o rodeadas de monocultivos de palma. Una mujer guerrillera pensaba que ya no tenía familia, pero descubre al desmovilizarse que uno de sus compañeros de guerra era su primo. Una chica en Burdeos pensaba que su madre le había abandonado, pero se entera décadas después que esta desapareció en un centro de tortura.

Historias como estas, que ha dejado la guerra en Colombia, abundan en la vida cotidiana, pero no siempre encuentran la mejor vía para ser contadas. Los reportes académicos sobre lo ocurrido en más de medio siglo de conflicto armado tienen pocos lectores, al igual que las sentencias judiciales, aunque sean aportes fundamentales para la verdad. Pero en los últimosaños, en el mundo de las letras, estas complejas historias de vida han encontrado un nuevo nicho para hacerse escuchar ante un público más amplio: la novela gráfica o cómic.

“Lo que el cómic te da es una lectura rápida, fácil, atractiva”, dice el ilustrador español Javier de Isusi, quien publicó Transparentes en 2021, una conmovedora novela gráfica sobre una mujer en Burdeos que busca la verdad sobre su madre y otras historias de colombianos exiliados. “Las personas siempre necesitamos contarnos historias para entender la realidad y el cómic es una manera que aprovecha el vehículo de los dibujos”, añade Isuso. “El texto te puede aportar los hechos, pero el dibujo entra por otro lugar distinto al cerebro: no entra por un lugar tan cognitivo como es la letra sino por un lugar más sensorial. Los dibujos siempre permiten entrar por el lado de la emoción”.

Isusi publicó Transparentes en 2021 tras ser contactado por la Comisión de la Verdad, una institución de justicia transicional que fue creada tras los acuerdos de paz entre la guerrilla de las FARC y el Gobierno en 2016, y que busca que el debate por la memoria colectiva de la guerra sea lo más amplio posible. “Quienes nos fuimos de Colombia nos volvimos transparentes a los ojos de los que se quedaron”, dice uno de los personajes en la novela. “Como que no contamos ya”. De acuerdo a cifras de la ACNUR, entre 2000 y 2012, al menos 400.000 colombianos se vieron forzados al exilio.

Uno de los principales representantes de la Comisión de la Verdad, Carlos Maristein, le permitió al ilustrador tener acceso a documentos, testimonios y lo invitó a reuniones con hijos de exiliados cuyas historias inspiran esta novela. “De todos los guiones de cómic que he escrito, este es uno de los más difíciles que he hecho”, cuenta Isusi, quien ganó el Premio Nacional de Cómic en España en 2020.

 “El cómic siempre ha estado muy asociado a lo urbano, a fantasías, al humor y aventuras, pero para nosotros era interesante como grupo poder sacar nuestro oficio de la ciudad y de nuestra zona de confort”, cuenta el colombiano Pablo Guerra, fundador de Cohete Comics, uno de los pocos sellos editoriales en el país que se dedican a la novela gráfica, desde 2016.

Guerra es coautor de Caminos Condenados, una novela de 2016 que él describe como cómic documental y que se basó en un estudio académico sobre el desplazamiento forzado de campesinos en una zona rural del caribe colombiano llamada Montes de María. Allí, empresas madereras de teca y de palma se tomaron los terrenos abandonados por campesinos durante los peores años de la violencia. “Nos están enterrando en nuestra propia casa”, dice uno de los campesinos en la novela.

En el cómic documental, explica Guerra, es evidente que lo que se reporta sobre el conflicto armado está mediado por el ilustrador: es imposible ignorar que se trata de un dibujo, una caricatura, y no una foto. Pero precisamente por eso es un género que tiene el potencial de volver a recordar visualmente, trabajando junto a las personas que vivieron la guerra, aquello que ocurrió y que ninguna cámara pudo registrar. Eso que solo registró la memoria.

“Un cómic está hecho de viñetas en secuencia, pero tenemos el reto de, a partir de esas viñetas, reconstruir un territorio, y cada viñeta era una ventana a cómo ese territorio es recordado por alguien”, cuenta Guerra. Además de dirigir Cohete Comics, también fue coautor de La Palizúa y Sin Mascar Palabra, dos novelas gráficas del Centro de Memoria Histórica —otra institución de justicia transicional— sobre dos comunidades campesinas que fueron desplazadas por grupos armados. “Las comunidades tienen distintas maneras de cómo quieren hacer su proceso de reparación y estas dos en específico pidieron que como parte del proceso hubiera una narrativa gráfica que contara lo sucedido allí”, cuenta Guerra. De acuerdo con cifras oficiales, al menos seis millones de personas fueron desplazadas de sus hogares durante el conflicto de las últimas décadas.

Comete Cómics es un sello que forma parte de Laguna, una editorial independiente que en 2021 ganó el premio nacional de poesía en Colombia por un libro que, si bien no es una novela gráfica, también combina de forma muy innovadora la poesía con las ilustraciones. La Mata, un poemario de Eliana Hernández e ilustrado por María Isabel Rueda, es un libro sobre una dolorosa e icónica masacre que llevaron a cabo grupos paramilitares en el año 2000 contra otro pueblo de el caribe, El Salado, y de la que fueron víctimas al menos 105 personas. El pueblo quedó casi desierto.

“¿En qué piensa la mata, sonámbula, luego de verlo todo?”, se pregunta el poema, que cuenta la masacre desde distintas voces mientras dibujos de las plantas se toman una casa del pueblo abandonada. Para su investigación Hernández se basó en el primer informe de la Comisión de Memoria Histórica sobre El Salado, junto con reportes de prensa, pero también fuentes que explicaran la flora en esta región del caribe colombiano. 

“El dibujo de María Isabel crea un efecto análogo a lo que hacen los poemas, pero desde un lugar quizás menos consciente”, cuenta Hernández. “Sugiere una violencia que va abarcando el espacio, tomándose las voces, y al final da cuenta también de una transformación. Me parece que le aporta al libro una oscuridad que necesitaba”.

En otra esquina, los victimarios de la guerra, no solo las víctimas, también han llegado a las viñetas del cómic. A finales del 2020, las españolas Gala Rocabert Navarro y Anna-Lina Mattar ganaron el Premio Internacional de Novela Gráfica Fnac-Salamandra Graphic por un libro sobre los desmovilizados de las FARC titulado En el ombligo. Publicado en diciembre en España (llegará a finales de enero a Colombia), esta novela también está inspirada en hechos reales y cuenta la historia de una estudiante de ciencias sociales que viaja como voluntaria a uno de los territorios transitorios donde se conglomeran 248 guerrilleros para su proceso de desmovilización y reintegración. En 2016, se estima que cerca de 13.000 guerrilleros accedieron a dejar las armas en el proceso de paz.

“Después de tantos meses aquí, noto que hay quienes todavía no confían en mí”, dice la estudiante, Gala, inspirada en la autora del libro, quien vivió en este campamento entre abril del 2017 y septiembre del 2019. “Lo he ido entendiendo”, añade el personaje. “La experiencia de la guerra deja miedos, recelos, desconfianzas… tanto con la gente con la que compartieron como con la nueva”.

“El formato de este libro es como un diario de campo: no tiene viñetas cerradas y tiene algunos trozos de texto”, explica Anna-Lina Mattar, quien ilustró la novela usando el diario de campo de Navarro. “Si se trata de retratar temas muy íntimos, como estos, si lo dibujas es menos invasivo para la gente”, dice Mattar, comparando este género con el documental o el ensayo fotográfico. Una cámara puede ser tan intimidante que puede silenciar al entrevistado. Un dibujante, en cambio, es más silencioso: escucha con calma y luego dibuja.

“Yo he visto la novela gráfica como una oportunidad para llegar a un público más amplio y que no fuera sólo académico”, dice Navarro, que estudió antropología y sociología pero decidió mudarse al formato gráfico para poder compartir su experiencia en una sociedad donde la desmovilización de las FARC sigue siendo un tema polarizante en Colombia. “Lo que he intentado en el libro es trascender esa polarización, he intentado ir más allá”, dice Navarro. “Por ejemplo, todos los personajes que salen son personajes cotidianos de la base, no hay personajes políticos ni destacados, y veo que es lo que pasa en el día a día de la gente, porque creo que es desde ahí es como se construye la paz. Quisiera superar ese discurso de la guerra que separa víctimas y victimarios”.

Las novelas gráficas del posconflicto muestran que la paz, como la prometen los discursos políticos o los acuerdos legales, es mucho más difícil de cumplir. Los exiliados temen regresar. Los desplazados no consiguen, entre la palma, reconstruir la vida que tuvieron. Los guerrilleros desmovilizados no siempre reciben los apoyos que les prometieron. Desde finales del 2016, se considera que casi 300 excombatientes han sido asesinados en Colombia. El posconflicto es un proceso más difícil de lo que se veía en 2016.

Natalia Jiménez es miembro de una organización no gubernamental llamada Somos CaPAZes y que hace pedagogía sobre construcción de paz y que hace poco decidió incursionar en el cómic. En el primer semestre de este año publicarán Tierra Removida, una novela gráfica sobre una mujer que viaja con el cadáver de su padre a su pueblo natal para enterrarlo allí, pero se encuentra con que el cementerio está lleno de minas puestas ahí durante el conflicto. El Gobierno, muestra el cómic, ha sido lento e ineficaz en el proceso de desminar el cementerio.

“Hace 15 años que no enterramos a nadie”, cuenta el alcalde del pueblo en esta novela gráfica en la que un policía, un desmovilizado de las FARC y otro de los paramilitares logran trabajar juntos a pesar de haber sido enemigos a muerte. Los personajes, como en los otros cómics, están basados en historias reales. “Es hora de revolver la tierra y resembrar”, responde otro personaje más adelante.

“Este cómic lo hicimos después de que ACDI/VOCA –una organización de USAID– hizo un estudio que revelaba que, en los municipios especialmente golpeados por el conflicto armado, el 85% de los jóvenes pensaban que no había habido ningún avance en términos del acuerdo de paz del 2016″, cuenta Jiménez. Se refiere a una encuesta en 170 municipios que tienen unos programas especiales de desarrollo desde 2016. “Y sí hay muchos problemas, es cierto, también es cierto que sí ha habido avances. Nosotros queríamos llegar a estos jóvenes, pero no queríamos que ellos sintieran que les estábamos dando cátedra”.

El ilustrador de esta novela gráfica es Miguel Vallejo, conocido como Gusanillo, que prefiere usar la palabra historietas para hablar de cómic, y que considera que el país vive un renacimiento del género. Recuerda un único esfuerzo en el mundo de la historieta colombiana, en los años setenta, cuando un reconocido sociólogo colombiano llamado Orlando Fals Borda intentó hacer cómics sobre la historia de movimientos campesinos que reclamaban su derecho a la tierra en el caribe.

“Lo que hizo Fals Borda fue un referente importante, pero creo que lastimosamente él no estaba tan articulado editorialmente”, cuenta Vallejo. “Ahora sí siento que tenemos una oportunidad para volver a contar esa historia, nuestra historia, en nuestros propios términos. Y es genial hacerlo en un país donde el cómic no es algo tan estructurado como lo es en Francia o Estados Unidos: nosotros podemos beber de cualquier parte, es decir, de distintas estructuras. En otras partes buscan autores o editores que tengan las mismas líneas, que sean sobre todo lo que quiere Marvel o DC Comics”.

La historia de la guerra puede contarse de distintas maneras: sentencias, libros académicos, películas, novelas, canciones, grafitis. Nadie tiene, afortunadamente, el monopolio. Ahora se suma la novela gráfica, que, como dice Vallejo, “era antes vista como algo para niños”. Cuando se publicó la novela Transparentes, Francisco de Roux, un reconocido sacerdote jesuita que preside la Comisión de la Verdad, escribió un prólogo en el que dice que el cómic “no es un panfleto para ojear ni un texto para leer a la carrera”. Es un libro para escuchar, de otra forma, a quienes vivieron la guerra. “Es una convocatoria a caminar con otros caminos que continúan”, dice. “Tómenlo en serio”.


9.1.22

Cinco libreros nos recomiendan sus autores colombianos favoritos de 2021

Libreros de Cartagena, Cali, Medellín y Bogotá hablaron con de sus mejores descubrimientos en autores colombianos. Una lista perfecta para las lecturas de fin de año

La librería Wilborada 1047 está ubicada en el barrio Quinta Camacho en Bogotá / FOTO: Wilborada 1047

Alberto León Gómez, Wilborada 1047, Bogotá

Wilborada es una librería con énfasis en narrativa y ciencias sociales, ubicada en una casa tradicional del barrio Quinta Camacho en Bogotá, donde trabaja un equipo de seis libreros.  

Alberto Gómez es uno de ellos, es literato de la Universidad de los Andes, nació en Medellín, pero ha vivido toda su vida en la capital colombiana. Estos son sus tres libros recomendados del año: 

  1. Sofoco, de Laura Ortiz Gómez. Editorial Laguna Libros

“Este libro consta de una serie de cuentos que se sitúan en la ‘periferia’ del país. Narra lugares que han vivido problemas causados por el conflicto que desde las ciudades no alcanzamos a dimensionar. La narración nos acerca a habitantes, de lugares como Dabeibá, El Tigre, Ituango e incluso a sitios urbanos como el barrio El Pescadito de Cali, contándonos sus alegrías, tristezas y anhelos. En todas las historias hay algo de humor y se nota que la autora ha recorrido el país. La autora pone a hablar a sus personajes con un tono muy natural”. 

Sofoco ganó este año el Premio Nacional de Narrativas Elisa Mujica, que reconoce las mejores obras de escritoras colombianas. 

  1. Esta herida llena de peces, de Lorena Salazar Masso. Editorial Angosta

“Para nosotros en Wilborada este libro ha sido una grata sorpresa, pues ha tenido un importante récord de ventas. Es la historia de una madre blanca que lleva a hijo adoptivo negro para entregárselo a su mamá biológica. El viaje se sitúa en el Río Atrato y la narración está llena de reflexiones muy interesantes sobre la maternidad”. 

  1. Las Travesías, de Gilmer Mesa. Editorial Penguin Random House

“Esta es una ficción autobiográfica que explora la violencia en Antioquia desde la primera mitad del siglo XX hasta nuestros días. En 2019 el autor publicó la novela La Cuadra, en la que a los lectores nos quedaron muchas preguntas sobre la violencia que vivieron los personajes de la obra. Mesa se devuelve en el tiempo y en Las Travesías explora esos elementos pendientes. Los dos libros se pueden leer de forma independiente, pero cuando se leen los dos, ambos adquieren significados distintos”.  

La librería feminista El Telar de las palabras está ubicada en la localidad de Chapinero, en Bogotá. / FOTO: El Telar de las Palabras

María Isabel Martínez, El Telar de las Palabras, Bogotá

“Las mujeres tejen, y tejen palabras”, dice María Isabel Martínez, una de las fundadoras de El Telar de las Palabras, librería feminista que se encuentra en la localidad de Chapinero, en Bogotá. 

Martínez recomienda estos tres libros, escritos por mujeres, que fueron publicados en 2021: 

  1. Anacronía: antología de cuentos feministas, de Dunia Oriana González. Editorial Cuatro Ojos

“Es una serie de cuentos que narran las violencias que viven niñas, jóvenes y mujeres en Colombia. Las historias son contadas con un tono feminista desde las voces propias de estas mujeres que resisten, y es una narración muy personal sobre situaciones cotidianas”. 

  1. Qué hacer con estos pedazos, de Piedad Bonnett. Editorial Alfaguara

“Piedad Bonnett es una gran escritora colombiana que todas deberíamos leer”, dice Martínez. 

Este libro cuenta la historia de una periodista jubilada llamada Emilia y empieza con la remodelación de su cocina, que realmente es una metáfora sobre las experiencias del personaje frente a las violencias de género. 

  1. Entre redes, de Alexandra Castrillón Gómez. Editorial Alexandra Castrillón

“Este libro narra la historia de dos personas, @iotaescritor y @marcelalinda90, que se conocen a través de Instagram, se enamoran; pero luego se desilusionan al darse cuenta que sus personalidades fueron construidas artificialmente para redes sociales. Es un libro interesante porque, al igual que todos los escritores, Castrillón escribe desde su contexto histórico y reflexiona sobre este. La historia del libro es un reflejo de las dinámicas sociales en la actualidad, en la que las ‘selfies’ y los posts se convierten en máscaras que no muestran nuestra realidad”.  

Grámmata Librería tiene una sede en el barrio Laureles de Medellín. / FOTO: Librería Grámmata

Marvin Santiago, Librería Grámmata, Medellín

Grámmata fue fundada hace diez años por Wilson Mendoza, reconocido librero que también ayudó a montar la librería de la Universidad de Antioquia. 

Marvin Santiago trabaja en Grámmata. Es Historiador de la Universidad Nacional de Colombia, tiene 24 años y sus géneros favoritos son la crónica y los relatos. Estos son sus recomendados del año: 

  1. Mientras mueres, de Ana Ramírez G. Grámmata Editores

“Ramírez es una autora antioqueña y talentosa. Este libro es una historia muy fuerte sobre una mujer que tiene Alzheimer y está narrado a seis voces, lo cual es un reto muy grande para los escritores. La mujer, sus cuatro hijos y la trabajadora doméstica muestran cómo la familia se desintegra con el tiempo”.  

  1. Grávido Río, de Ignacio Piedrahíta. Editorial Eafit

“Usualmente no vemos de cerca a las personas que trabajan en las ciencias naturales y este libro nos permite hacerlo a través del campo literario. Esta obra es una colección de relatos que enganchan al lector sobre un geólogo, el mismo autor, y sus recorridos por el río Magdalena y parte del río Cauca”.  

  1. Lo urdido en las aceras, de Arbey Salazar Blandón. Vásquez Editores

“Esta serie de relatos que ocurren en el barrio Aranjuez, de Medellín, nos invita a repensar el entorno urbano y a los barrios populares de Colombia. Es común ver que muchos escritores al narrar la ciudad deciden ser pulcros, y por ello poco sinceros. Sin embargo, en esta obra el autor sale completamente de ese estilo de escritura”.  


En medio de la Ciudad Amurallada de ‘La Heroica’ se encuentra Ábaco libros y café. / FOTO: Ábaco libros y café

Juan Daniel Barón Grillos, Ábaco libros y café, Cartagena

Ábaco fue fundada en el 2001 por María Gutiérrez, una bogotana que le apostó a crear la “primera librería independiente” en Cartagena. Está ubicada en el centro histórico de la ciudad. 

Juan Daniel Barón trabaja hace cuatro años en la librería. Estudió Comunicación Social en la Universidad Jorge Tadeo Lozano y se graduó de la sede de Cartagena. Tiene 33 años y recomienda estos libros para cerrar el 2021: 

  1. Casa de furia, de Evelio Rosero. Editorial Alfaguara

“Rosero se burla de la idiosincrasia colombiana sin caer en un tono grosero o prepotente. Narra la historia de una fiesta de aniversario de un político y su esposa en la que ocurren una serie de calamidades. Aunque la protagonista es una de las hijas del político, todos los personajes narran una historia dramática, pero con mucha gracia, que parece fantasía y pueden llegar a pasar en el contexto colombiano”.  

  1. Asombro, de Tomás González. Editorial Seix Barral

“González en sus obras suele conectar catástrofes naturales con las emociones y experiencias de los personajes. En este libro el autor reflexiona sobre su vida privada y su obra en general de una manera fascinante”.  

Asombro es una obra en la que Tomás González recopila entrevistas que le han hecho y algunos de sus textos de no ficción de los últimos 20 años en un solo libro. 

  1. Los abismos, de Pilar Quintana. Editorial Alfaguara

“Esta obra es una muestra de la resistencia de la autora como mujer en un mundo en el que todo es más difícil para ellas. Es un recorrido por la vida de una adulta que recuerda su camino desde la niñez. El relato está atravesado por experiencias de depresión y traición, y en la construcción de los personajes se pueden ver una reflexión sobre los referentes de las mujeres en su vida. Es un gran libro, que además se ganó el premio Alfaguara”. 

La Libertienda de Cali, ubicada en el barrio San Cayetano. / FOTO: Libertienda

Héctor Iván Granda, Libertienda, Cali

La Libertienda de Cali, que se ha convertido en un centro cultural de la ciudad, fue fundada por Héctor Iván Granda hace ocho años y hoy se encuentran en el barrio San Cayetano. 

Granda nació en Palmira y vive en Cali desde hace 21 años, donde trabajó como vigilante mientras estudiaba filosofía en la Universidad del Valle (Univalle). Él recomienda estos libros: 

  1. Lo que no fue dicho, de José Zuleta. Editorial Seix Barral

“José es un excelente escritor caleño del que vale la pena leer su obra completa. Lo que no fue dicho fue lanzado hace tres meses en la Feria del Libro de Cali. Inicia con la noticia de que la madre del narrador ha muerto y desde allí se convierte en una novela existencial llena de poesía y paisaje que engancha a los lectores”. 

  1. La gente pide para bailar tumba y bongó, de Fabio Martínez. Editorial Pigmalión

“Fabio Martínez ha tenido una trayectoria muy interesante como escritor. Es docente y fundó la revista La Palabra de la Univalle. Este libro trata sobre afrodescendientes que viven a las orillas del río Cauca, entre los años 60 y 70. Lo recomiendo para aquel que quiera conocer más sobre la cultura caleña y la ciudad a la que nuestra generación quiere volver: la Cali de antes de la época del narcotráfico. Muestra los ritmos musicales del Valle, el momento en el que se impone la salsa y definitivamente es un libro para ‘ser bailado’”, concluye Granda. 

  1. La madre, de Óscar Hernán Correa Victoria. Editores Unidos

“Trata sobre un personaje de 80 años que vive en Palmira con su madre de 103. Todos los días el hombre se levanta a revisar con su dedo índice la respiración de su mamá para asegurarse que respira y se dice ‘hoy no es el día’. Correa tiene una pluma muy dulce y llena de metáforas que sorprende a los lectores, por eso lo recomiendo”. 

Tomado de Colombia Visible. wradio.com.co

18.12.21

La revolución ultraísta en Madrid

 Los jóvenes artistas encontraron durante los años veinte en las vanguardias europeas un medio para intentar cambiar el mundo con su particular revolución

Jorge Luis Borges 1899-1986/elpais.com

Madrid, en los años veinte, era una fiesta. Al menos, en el plano cultural. Los jóvenes artistas encontraron en las vanguardias europeas un medio para intentar cambiar el mundo con su particular revolución. Una nueva concepción del arte, provocativa y rompedora, llegó de la mano del futurismo, importado desde Italia; del cubismo, iniciado por Picasso en París con Las señoritas de Avignon; del dadaísmo, cuyos integrantes exponían un urinario como si fuera el David de Miguel Ángel. Y sobre todo del ultraísmo: la primera vanguardia original española.

“Los motores suenan mejor que endecasílabos”, escribiría el madrileño Guillermo de Torre, uno de los adalides del movimiento. Los ultraístas reflejaron en sus poemas la adoración que sentían por la modernidad, el progreso, la maquinaria. Abolieron la rima y los signos de puntuación y rechazaron toda muestra de sentimentalidad. La sentimentalidad era, para ellos, la última huella de un mundo en decadencia. Lo denunciaron mediante imágenes chocantes: “Yo quiero por amante / la hélice turgente de un hidroavión” (G. de Torre).

Tuvieron sus propias revistas: Cervantes, Grecia, Horizonte... Y Ultra, que celebra este año su primer centenario. Su número inicial vio la luz el 27 de enero de 1921. Un 15 de diciembre, ayer hizo justamente 100 años, se publicaba el número 20. Tres meses más tarde, la revista cerró por falta de financiación tras haber alcanzado los 24 números. Ahora, Ediciones Ulises –perteneciente a la editorial sevillana Renacimiento– acaba de reunirlos en una cuidada edición facsímil de Ultra con un estudio preliminar de Carlos García (Buenos Aires, 1953), especialista en el campo de la vanguardia histórica de España e Hispanoamérica. La edición incluye las diferentes cubiertas a cargo de los ilustradores Norah Borges, Rafael Barradas y Wladislaw Jahl.

Ultra nació con la pretensión de convertirse en la revista “oficial” del movimiento, anunciada en el primer manifiesto, que fue publicado en la revista Cervantes en enero de 1919: “Nuestra literatura debe renovarse. […] Creemos suficiente lanzar este grito de renovación y anunciar la publicación de una revista, que llevará este título de Ultra, y en la que sólo lo nuevo hallará acogida. Jóvenes, rompamos por una vez nuestro retraimiento y afirmemos nuestra voluntad de superar a los precursores”. Los firmantes –entre ellos, Guillermo de Torre, Pedro Garfias y José Rivas Panedas– estaban vinculados a la tertulia ultraísta de Rafael Cansinos Assens, celebrada en el Café Colonial de Madrid, que se ubicaba en el número 3 de la calle de Alcalá y fue destruido en un bombardeo durante la Guerra Civil. Actualmente, en el lugar de aquel edificio se halla el Pasaje de la Caja de Ahorros.

A la tertulia asistían también otros poetas, como Lucía Sánchez Saornil, Gerardo Diego y el chileno Vicente Huidobro, quien llegado el momento rechazó la propuesta de unirse a la directiva de la revista Ultra, porque no le acababa de convencer el movimiento. Lo consideraba una degeneración del creacionismo, la vanguardia que él mismo había iniciado. Fue en 1918 cuando Huidobro residió una temporada en Madrid, en un apartamento de la Plaza de Oriente. Allí celebraba veladas literarias en las que participaban los pintores cubistas Sonia y Robert Delaunay y una serie de escritores españoles; entre ellos, el propio Cansinos Assens, que reconoció la deuda del ultraísmo para con el creacionismo de Huidobro. Realmente, ambos movimientos resultaron muy similares –rechazo de la subjetividad y el sentimentalismo, abolición de la rima y los signos de puntuación, culto a la modernidad...–, si bien el creacionismo posee una concepción más trascendental de la obra de arte como ente autónomo del mundo y del poeta como dios creador. En palabras de Huidobro: “No cantes a la rosa, hazla florecer en el poema”.

Ultra no contó con Huidobro entre sus filas, pero ya desde el primer número hizo una declaración de intenciones incluyendo un texto inaugural de Ramón Gómez de la Serna, el polifacético escritor a quien le debemos, en gran parte, la llegada de las vanguardias europeas a Madrid, y que de algún modo estaba enfrentado a Huidobro. El equipo directivo de Ultra siempre intentó mantenerse en el anonimato, pues pretendían que la revista fuera la expresión del grupo, del movimiento. Sin embargo, gracias a la correspondencia sabemos que, al menos en un primer momento, estaban implicados los hermanos Humberto y José Rivas Panedas y Tomás Luque. Cansinos Assens, tan fundamental en los orígenes del movimiento, rompió con la revista hacia mayo de 1921 debido a una serie de desavenencias.

Dos veladas ultraístas

Quien sí colaboró de lleno en Ultra fue el escritor argentino Jorge Luis Borges, que había llegado con su hermana Norah a Madrid en 1919 y no tardó en fundirse con el efervescente ambiente literario de la capital. En 1921, escribe en una carta dirigida a un amigo: “En Madrid triunfa el ultraísmo. Todos los periódicos hablan de él. Con ironía u odio, pero hablan”. En efecto, los ultraístas se hacían notar. Celebraron dos veladas importantes en la ciudad en las que se leyeron poemas y se escandalizó a una parte del público. La primera tuvo lugar el 28 de enero de 1921 en la Parisiana, un mítico lugar de Madrid junto al Faro de la Moncloa que quedó reducido a escombros durante la Guerra Civil. Se trataba de un edificio de estilo modernista que albergaba un restaurante de lujo y una sala de fiestas, rodeado de magníficos jardines frecuentados por la aristocracia madrileña. La segunda velada ultraísta fue en el Ateneo de Madrid.

Ultra tuvo su redacción en Monteleón, 7. Después se trasladó a Goya, 86. Terminó en 1922 como un sueño intenso, pero efímero. El facsímil de Ediciones Ulises permite a los lectores viajar en el tiempo a través de textos geniales y desconcertantes de Gómez de la Serna, Rafael Lasso de la Vega, Gerardo Diego, Borges, Pedro Garfias, Sánchez Saornil… Escribieron: “Todo lo que está fuera del ultraísmo no existe. Los poetas, los literatos y los pintores, gatean a tientas deslumbrados por la luz que se desprende de nuestros ventanales”. Al final, el ultraísmo acabó consumiéndose, ardiendo en su propia luz. Pero conservamos la estela de su recuerdo.

 

4.12.21

Fernando Aramburu: 'La tarea del escritor es revelar lo humano'

Después de Patria, el escritor español vuelve con una nueva novela: Los vencejos 

Aramburu ha escrito once novelas y siete libros de cuentos. En todos está presente su país de origen, España./Iván Giménez./eltiempo.com

Dice que no va a durar mucho tiempo. Solo un año. Que en doce meses se va a suicidar. Día y hora exactos. Esto nos cuenta Toni, el protagonista de Los vencejos –la nueva novela del español Fernando Aramburu– desde los primeros párrafos. Toni es un profesor de instituto, 55 años, separado, padre de un hijo con el que no se entiende, cansado de la vida sin saber por qué razón. Eso es lo que pretende averiguar durante el año que se ha dado de plazo.


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Toni escribirá cada noche una especie de diario y con esas palabras, esas reflexiones, buscará comprender su decisión. Las páginas que el profesor llena con total franqueza –convencido de que nadie las va a leer– son las que componen esta novela que, como en todas las obras de Aramburu (nacido en San Sebastián, 1959), ofrece también un relato coral mediante el cual hace un retrato de la sociedad. Esta vez la protagonista es la España actual, sus violencias soterradas, sus vericuetos políticos, con las calles del barrio madrileño de La Guindalera como escenario.

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Aramburu llevaba cinco años sin publicar una novela, desde el tremendo éxito que logró con su anterior obra, Patria, considerada con razón como el mayor fenómeno editorial de los últimos años en su país. Para el momento de su publicación, en 2016, Aramburu ya tenía a cuestas varias novelas (ha escrito once), libros de cuentos, de ensayo, de poesía. Pero Patria fue un antes y un después.

Esta novela -que narra los efectos del conflicto vasco desde sus entrañas, que disecciona lo que la violencia deja en el alma de las personas (tanto de las víctimas como de los victimarios)- ha vendido un millón y medio de ejemplares, ha sido traducida a más de treinta idiomas, ha ganado una decena de premios y el año pasado llegó a la televisión en una serie producida por HBO. Sin contar que, gracias a ella, la pluma de Aramburu ha sido comparada con la de grandes como Benito Pérez Galdós o el mismísimo León Tolstói. Palabras mayores. Ahora llega con Los vencejos, una novela en la que vuelve a mostrar su sello como escritor.

'Los vencejos' nos muestra la vida de un personaje a partir del momento en que sabe el día en que va a morir. ¿Cómo nació la idea de esta novela?

A menudo una novela nace de una trivialidad, una imagen, un suceso cotidiano que uno ha vivido. En este caso, el origen fue una pregunta que me ha acompañado durante largo tiempo. Y es cómo repercutiría en la vida de una persona la circunstancia de que sepa el día y la hora exacta de su muerte. La respuesta a esta pregunta, en forma narrativa, es el origen de Los vencejos.

¿Por qué cree que lo ha acompañado esta pregunta?

Bueno, porque es uno de esos enigmas que uno se plantea y que no tienen respuesta. Salvo que uno recurra a la imaginación. En mi caso, a la literatura. De manera que por medio de historias, largas o breves, uno trata de responderse preguntas como esa y otras similares. Cuestiones que algunos nos planteamos y que nadie nos sabe responder. Entonces delegamos en la imaginación una posible solución o una posible respuesta.

Porque además el caso del protagonista de la novela no es el de un enfermo terminal, por ejemplo, que puede esperar la muerte. Él impone su día y hora sin razón aparente...

Evidentemente, si uno tiene una enfermedad en estado terminal puede dar por hecho que va a morir. Pero ni siquiera en ese caso sabría la hora exacta. Lo esencial, en lo que yo plantee y que me llevó a la novela, es la repercusión que este conocimiento extraño de la hora concreta de la muerte tiene en esta persona, en su manera de ver la realidad, en su relación con los demás, en su forma de entender el sentido de la vida –si es que alguno tiene. Los vencejos es el desarrollo de todas estas inquietudes. Aunque no de forma teórica, claro.

Esa sensación de estar haciendo todo por última vez…  

Sí, el protagonista tiene la posibilidad de racionalizar toda esta experiencia y toma una serie de decisiones. Por ejemplo, se va desprendiendo de sus bienes, particularmente de sus libros, a los que le había tenido un gran apego. Se plantea cuestiones morales que a mí me parecen muy importantes. Pensemos que una persona que tiene los días contados, por decisión propia, podría permitirse un crimen, por ejemplo. Porque ya no hay tiempo para un juicio ni para un castigo. La valoración de las cosas también cambia. De hecho, cuando tenemos el tiempo limitado –aunque este tiempo no termine en la muerte, digamos que tenemos unos pocos días antes de cambiar de estado civil o de emprender los estudios o comenzar un viaje– también gestionamos el tiempo de una manera distinta. Así lo hacemos todos. Seleccionamos. Cuando a un reo de muerte se le concede el deseo final, por tradición sabemos que elige algo placentero. Un vaso de vino, el último cigarrito. Esto es un poco la base de mi novela.

Sin embargo, este hombre no hace nada extraordinario, no rompe con su rutina…

Está aprisionado en esa rutina. Una de sus grandes frustraciones –que no está explicitada en el texto, pero los lectores perspicaces la descubrirán– es la falta de épica. El hecho de que él se considera ciudadano de una sociedad en la que no ocurren grandes hechos. Y lo que normalmente llena las páginas de los periódicos o las pantallas de los televisores son hechos triviales.

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Lo que se entiende es que él considera como épico su suicidio…

Exacto. Porque, por una vez en su vida, quiere protagonizar algo grande, algo dramático. Y no sabe cómo. Esa es una de las razones por las que considera la posibilidad del suicidio. Tampoco está dicho explícitamente. Está presente en las páginas junto a otras razones, como la cercanía de la vejez, cierto hastío y otras más. De hecho, al principio de la novela –que en realidad la escribe él– confiesa que no sabe por qué se va a suicidar. Se concede un año, un plazo bastante generoso, para averiguar las razones de por qué ha tomado una decisión tan radical, lo que por otro lado lo convierte en dueño de su destino, algo que no está en la mano de todo el mundo.

Ha dicho que tiene una forma de ver la vida muy diferente a la del protagonista. ¿Es más interesante escribir una novela con un personaje tan diferente a lo que uno es?

Esta necesidad de historias tiene que ver con que somos insuficientes. Nuestra existencia abarca unos pequeños metros cuadrados

Sinceramente no lo sé. Aunque tengo mis sospechas. No lo sé porque no he tenido otra opción. Pero es verdad que residir en un lugar comporta una perspectiva, un punto de vista a la hora de observar las cuestiones humanas. Lo que sí constato es que escribo siempre sobre la época que me ha tocado vivir y sobre España. No sobre España como tema, sino historias situadas en ese país. No había sido consciente de esto durante mucho tiempo. No sé, quizá por alguna de esas peculiaridades psicológicas que uno lleva encima, ¿no? Mi situación es la de un escritor que escribe en una lengua que es la suya, la materna, pero vive en un lugar donde esa lengua no se habla. Mi vida cotidiana transcurre con el idioma alemán. Esta distancia ha desaparecido, en el fondo, desde que existe internet. En lo que es la parte documental, tengo el mismo acceso a la información que cualquier compatriota que viva en una ciudad española. Me faltarán algunos detalles. No voy al teatro porque no estoy allí, no hablo con los amigos en los bares de allí, puede que a algunos cantantes de moda los conozca más tarde, algunos chistes no los terminaré de entender, pero son minucias. En cambio, la posición del que observa desde cierta distancia, lo que he llamado hace un rato el tablero donde se efectúa la partida, a la larga ha sido muy beneficiosa para mí. Mi literatura no se entendería sin mi particular posición vital, de un hombre que reside en un lugar que no es el suyo nativo, y sobre el que apenas escribe.


Esa tarea de documentación de la que habla es muy exigente en sus libros. ¿Cómo fue en el caso de Los vencejos, que además finalizó en medio de la pandemia?

Este libro lo comencé antes de la irrupción de la pandemia. Tuve que compaginar el trabajo con viajes constantes, lo cual no es positivo porque supone interrupciones. Pero después llegó el confinamiento, se acabaron los viajes y dispuse de un suplemento de tiempo. De manera que Los vencejos es el resultado de un trabajo diario, de lunes a domingo, y de mañana a finales de la tarde. No recuerdo haber escrito un libro con tanta dedicación y con tanta intensidad como este. No es que escribiera los otros en los ratos libres, pero nunca llegué a estar tan absorbido por un proyecto literario como en este caso. Lo cual no es garantía de calidad, ni mucho menos.

Los animales suelen aparecer en sus historias. ¿Cómo llegaron los vencejos en esta ocasión?

Los vencejos son unos pajaritos por fortuna frecuentes en muchas ciudades europeas, y particularmente en Madrid. Aunque he leído que su cantidad está disminuyendo, y no me extrañaría teniendo en cuenta la forma como el ser humano trata el planeta. Estos pajaritos están en mi novela, pero no como un ornamento, no como un elemento meramente decorativo. El personaje principal establece con ellos una vinculación simbólica que no voy a revelar porque sería privar a los posibles lectores del pequeño gozo de descubrirlo. Además, cumplen una función muy importante dentro de la trama. Les corresponde, en un momento determinado, un papel de gran relieve, en el sentido de que la decisión de suicidarse por parte de Toni no sea definitiva hasta el día en que él aviste el primer vencejo de la temporada. Estas aves suelen emigrar a finales del verano al hemisferio surafricano en un viaje migratorio muy largo, que es impresionante –en realidad es un pajarito excepcional en todos los sentidos–, y vuelve a Europa ya cuando entra la primavera. De hecho, fijé la llegada del primer vencejo el 27 de abril, que es el dato que me proporcionó un ornitólogo. Esto muestra un poco la manera como trabajo y el ejercicio de documentación que citabas. Todas las afirmaciones de la novela están contrastadas. La ficción me permitiría inventar, pero me gusta este trabajo minucioso. Así que si hay alguna persona con mala intención que quiera verificar la falsedad de un dato, lo va a tener difícil.

Es decir que cuando el protagonista dice que tal día hay lluvia o hay sol, ese día en realidad hubo lluvia o hubo sol...

Exacto, y esto se une con lo que dije de relativizar la distancia. Desde mi estudio en Alemania estoy en condiciones de saber si un día determinado de febrero de 2019 en España –o en Colombia, da igual– llovió, hizo calor, hizo frío o hubo un día ventoso. Claro, esto no significa que simplemente con internet las novelas estén hechas.

En el caso de 'Los vencejos', como en sus otras novelas, hace un retrato de época. ¿Es importante para usted acompañar la historia de esta especie de fresco de la sociedad?

Sí, por elección propia. Forma parte de mi proyecto literario. Esto no se lo exijo a otros. Hay diferentes maneras de contar historias por escrito, naturalmente. La mía es esa. La de dar un retrato del hombre de mi época –hombre en el sentido de ser humano–. No solo en su aspecto privado, familiar, íntimo, sino en su vinculación con lo colectivo, lo social. Por eso, cuando escribo una novela, estoy atento a las noticias relacionadas con la época en que se desarrolla. Más en el caso de Los vencejos, cuya acción transcurre entre el 1.º de agosto de 2018 y el 31 de julio de 2019. Esto me obligaba a atender a la realidad española a diario, lo que suponía ver los periódicos o la televisión, con la mira puesta en extraer algún asunto que me viniera bien para la novela.

Uno de esos temas presentes es el auge de la ultraderecha...

A la hora de saber cómo se vivió en una determinada sociedad, qué suponía estar allí en aquellos tiempos, la literatura tiene una función de primer orden 

Porque es un fenómeno actual. Los novelistas que se propongan trazar un dibujo social de su época deben tenerlo en cuenta. El auge de la ultraderecha es antiguo en Europa, salvo en dos países. Uno, Alemania, donde estas tendencias han tenido un freno muy grande porque reavivan el recuerdo del nazismo. Aunque existen con cierta fuerza en algunas zonas, hay un límite que de momento ha evitado que se apoderen del espacio público. Y en España también han sido un poco tardías porque recuerdan al franquismo. Es inevitable vincularlas con aquella época que los españoles demócratas no queremos repetir de ninguna manera. Pero están ahí y probablemente tienen un trasfondo geopolítico importante sobre el cual los sociólogos y politólogos podrían decirnos la última palabra. Los escritores lo que percibimos son los síntomas. Vemos cómo estas y otras tendencias de tipo populista entran en las vidas de las personas, dan lugar a ciertos comportamientos. Nuestra tarea, la de los novelistas, es relatar cómo se comporta la gente en relación con estos fenómenos, si los adoptan, si se enfrentan con ellos, si afectan la vida cotidiana.

Con 'Patria' usted mostró precisamente cómo esa vida cotidiana, esa vida íntima, es afectada por la violencia, en este caso por el terrorismo de ETA. Pero es una novela que también nos dice mucho a los lectores colombianos, porque muestra la importancia de romper el silencio, de la memoria y de oír no solo a la víctima, sino al victimario...

Patria ha tenido una enorme repercusión no solo en España. Con el tiempo me he dado cuenta de que esto es así porque muestra cómo la historia colectiva, que puede ser sangrienta –como lo fue en parte en el País Vasco, y como lo es en muchos otros sitios–, repercute en la vida cotidiana de la gente. Y esto es lo que suele quedar, por razones fácilmente asumibles, fuera de la Historia, con mayúsculas, que se ocupa de datos o de debates donde se enfrentan ideas, opiniones; o del periodismo, que no tiene calma para mostrar las facetas internas de los implicados. Entonces llega el novelista y nos mete en las cocinas de las casas, nos lleva a la infancia de los implicados, nos introduce en su intimidad, en sus pensamientos, en sus dudas, en sus temores. De esta manera, la conexión de los lectores con estos personajes es muy intensa y está relacionada directamente con lo emocional. Esa es la tarea del escritor: revelar lo humano. Lo humano de la víctima, lo humano del agresor –del agresor que en otro contexto es víctima, de la víctima que tampoco es perfecta–, contarnos su circunstancia vital, sus cenas, su manera de dormir, de amar, sus penas. Y además hacerlo de una manera concreta, detallada, narrativa. Es lo que hice con Patria y lo que han hecho otros, naturalmente. ¿Qué ocurre? Que esto apela directamente al núcleo humano de cada uno de nosotros. La literatura tiene una función muy importante a la hora de entender la historia, si se quiere, con minúscula. A la hora de saber cómo se vivió en una determinada sociedad, en una determinada época, no qué pasó ni por qué, sino cómo se vivió, qué suponía estar allí en aquellos tiempos, la literatura tiene una función de primer orden. Siendo ficción.

Y muchas veces esa historia con minúscula determina la historia con mayúscula…

Haga lo que haga una persona, ya sea en su vida privada o en sus afirmaciones públicas, al final debe aportar algo positivo a los demás         

Es que la Historia lo que hace es aportarnos datos. Que son verificables, que se supone que se pueden contrastar. Y eso es muy importante. Pero no tiene espacio para el individuo. Bueno, en alguna biografía, a modo de curiosidad, nos contarán que el papa Pablo VI tenía hipo crónico, por ejemplo. Es un dato que recuerdo. Pero no es eso lo que le interesa. Le interesan las causas, los acontecimientos, los grandes protagonistas, las ideas, el origen de los conflictos, sus resoluciones, si es que los hay. Al historiador –de la historia con mayúscula– no le sirve encontrar si en la batalla de Waterloo llovía, si los soldados levantaban moscas al caminar, que es justo lo que sí interesa al escritor de novelas o relatos. Porque así nos dan una impresión muy cercana a lo ocurrido y nos permiten ponernos en el lugar de los hechos. Por eso leyendo una novela o viendo una película una persona puede llorar emocionada. Leyendo un libro de historia, lo dudo.

Antes hablaba de cómo se ha valido de ciertos personajes para narrar ‘vía vicaria’ algunos aspectos personales. Pero hay un libro en el que usted ofreció de frente su historia: 'Autorretrato sin mí'. ¿Cómo se sintió escribiéndolo?

Es un libro especial entre los míos. Nunca me había abierto tanto, podría decir desnudado, ante los posibles lectores como ahí. Ese libro es inmediatamente anterior a Los vencejos. De hecho, en Los vencejos el protagonista hace lo que yo hice en Autorretrato sin mí. En este libro estoy entero, con mis pensamientos, mi pequeña historia personal, mis sensaciones, mis sentimientos. Lo que digo ahí nace directamente de mí y me retrata. Lo mismo hace Toni en su novela, pero lo que cuenta es su vida, sus cosas.

Usted ha dicho que la lectura lo salvó de un destino diferente. ¿En qué momento pensó que su camino iba a ser la escritura?

Eso llegó en la adolescencia, con 13, 14, 15 años. Para entender esto, tengo que decir que yo procedo de una familia muy humilde. En mi casa no había libros. Yo tenía todas las cartas para repetir el destino laboral de mi padre en una fábrica como obrero raso, porque no había medios para más. Pero a mí no me apetecía ser un obrero toda la vida. Quería ser algo más. Tener una vida más interesante que me permitiese conocer gente, viajar, aprender otros idiomas. Para salir del pozo social recurrí, como tantos niños, a lo típico: el deporte. Fútbol, ciclismo. Aunque mostraba maneras, pronto me di cuenta de que no tenía un gran futuro. Por ejemplo, para llegar al equipo de mi ciudad que juega en primera división, el Real Sociedad, había diez mil niños esperando. Así que en un momento, quizá influido por un buen profesor de colegio, descubrí los libros. Es decir, el dominio de la lengua. Hablada y escrita. Y esto lo simbolizo en la lectura, en los libros. En el conocimiento que, como dice el filósofo Antonio Escohotado, equivale a la libertad. Desde que descubrí ese caminito, mi vida ha transcurrido por él hasta llegar al escritor que soy, con todos mis defectos.

Entre todos los libros que empezó a leer, ¿por qué resultó tan importante para usted 'El hombre rebelde', de Camus?

Le debo a El hombre rebelde la base moral que me ha servido como escritor y también en mi vida privada. Y esto fue un cambio muy grande. Yo era un niño educado en la religión católica, pero que en un momento determinado dejó de creer. Me encontré con la nada moral en la que están algunos de los personajes de Dostoievski, por ejemplo. Pero entonces vino El hombre rebelde y me hizo amar a los demás. Me hizo saber que, haga lo que haga una persona, ya sea en su vida privada, en sus escritos, en sus afirmaciones públicas, puede ser todo lo rebelde que quiera ser, pero al final debe aportar algo positivo a los demás. Esto se lo debo a Albert Camus.