27.10.14

Policía del lenguaje, ¿dígame?

Matadero Madrid acoge el Congreso Internacional de Correctores de Textos en Español  
"Escribir bien como quieren esos putos de la Academia", Paul Morel, en El caso Morel de Rubem Fonseca./Ilustración de Ulises./elmundo.es

Decía Michel de Montaigne que "la palabra es mitad de quien la pronuncia y mitad de quien la escucha". Las palabras, a simple vista, parecen inocentes pero también conducen relaciones de poder entre el que emite y el que recibe. Precisamente de eso, de palabras, trata el tercer Congreso Internacional de Correctores de Textos en Español.
Por allí pasarán lingüistas, correctores y periodistas que viven rodeados de palabras, su forma de vida. "El lenguaje está en todo, las palabras son el lenguaje del alma y es importante saber qué lenguaje es adecuado para cada uno" dice María Irazusta, directora y fundadora de Irazusta Comunicación. Ella se encarga de 'vestir' el lenguaje que utilizan las empresas cuando quieren hablarle al mundo. "El poder el lenguaje es mucho más importante de lo que creemos. Hoy en día, más del 80% del valor de una empresa está en la parte intangible, y ahí entra la comunicación" continua.
El poder del lenguaje es algo que Irazusta conoce muy bien. Ya se encargó de hacer que los españoles 'reaprendiésemos' nuestro idioma con la publicación del libro 'Las 101 cagadas del español'. "Los escritores van a las palabras, pero yo voy al conjunto de todo: al lenguaje" afirma Irazusta, quien asesora a empresas del calibre de Repsol o Indra. "Yo soy una 'personal shopper' del lenguaje, incluso a veces me considero dietista al decirle a ciertas personas que se traguen sus palabras". De eso se encarga Irazusta, de qué 'traje' le va a sentir mejor a cada empresa atendiendo a su personalidad como organización.

El germen de la duda

'La vida más allá de la editorial: asesores lingüísticos en empresas' es la mesa redonda que UniCo ha programado en este Congreso y en el que María Irazusta ha intervenido junto a Cristina Sierra, correctora de una empresa de abogacía; Antón Lado, editor en 2.0 Editora y Antonio Calvo Roy, periodista de la empresa Divulga que se dedica a la elaboración de contenidos de comunicación científica y ambiental. Todos ellos, a su manera, se encargan de cuidar el lenguaje que utilizan las empresas. De ser los guardianes de la comunicación y de lo adecuadamente escrito y dicho.
Aunque cada uno de ellos discrepa en lo que tiene que tener un corrector o editor, todos están de acuerdo en que se necesita una base lingüística muy sólida. "Un corrector tiene que poder razonar cualquier cosa y si no sabe algo, por lo menos sí saber en que lugar buscarlo. Y que tenga mucho sentido común", afirma Cristina Sierra. Para Antón Lado la versatilidad de la persona es algo primordial, mientras que María Irazusta busca una gran empatía con la empresa a la que hay que ayudar a comunicar, "que se esté muy impregnado en la cultura corporativa de esa entidad para saber qué es lo que le queda bien a esa organización".
Las empresas buscan, cada vez más, que su mensaje sea lo más claro y correcto posible. Otras se mantienen fuera del cuidado de su lenguaje. "Lo importante es introducir el germen de la duda, la duda es básica para saber si algo está bien o mal escrito" dice Antonio Calvo Roy, que trabaja desde mediados de los años 80 como periodista científico y que opina que "el hábito sí hace al monje" en cuestiones de lenguaje. Por su parte, Antón Lado afirma que cuando las empresas utilizan asesores o correctores están consiguiendo "mejorar su lenguaje para también mejorar su comunicación".
El Congreso Internacional de Correctores de Textos en español se celebró los días 24, 25 y 26 en el auditorio de La Casa del Lector de Matadero de Madrid. La Unión de Correctores ha organizado esta cita que ha tenido una gran acogida entre el mundo de los lingüistas y correctores. Aquellas personas que hacen, a su forma, de guardianes del lenguaje y las palabras.

Batalla del feminismo y el sujeto neoliberal

Nancy Fraser. El gran desafío del feminismo sigue siendo la paridad, dice la ensayista y asegura que América Latina dinamiza la lucha por los derechos
Protesta. Marcha en Jujuy por la libertad de Romina Tejerina (Télam/Raúl Ferrari)./revista Ñ
 
Nancy Fraser, activista estadounidense del feminismo.
Nancy Fraser, figura clave del feminismo, heredera de la teoría crítica y profesora de teoría política y social en la New School for Social Research de Nueva York, es ante todo una pensadora del presente. De visita en Buenos Aires, invitada por la Universidad de San Martín, la intelectual habló no sólo del futuro posible del feminismo sino de la igualdad y de los derechos humanos, hoy amenazados en gran parte del mundo.
–En su último libro “Fortunas del feminismo” usted presenta una cronología del feminismo del siglo XX dividida en tres fases. Redistribución, reconocimiento... ¿Cómo fue el desarrollo de estas dos primeras fases?
 –En primer lugar, se trata de un diagnóstico: ¿qué ha fallado en el feminismo? Me refiero en su mayor parte al feminismo del Norte global. Hacia finales de los sesenta y en los setenta hubo un feminismo que se generó en diálogo estrecho con la Nueva Izquierda, en parte dentro de las tradiciones socialista y marxista. Se estaba desarrollando una poderosa crítica feminista del androcentrismo de la sociedad capitalista con su división fundamental entre el trabajo productivo pago y el trabajo reproductivo no pago. Al mismo tiempo, estos movimientos estaban también tratando de ampliar la agenda política de la izquierda, más allá de los temas de la clase y la economía, para incluir violencia de género, libertad reproductiva, y todas las formas, digamos, de silenciamiento cultural de las mujeres. Este feminismo, podríamos decir usando un lenguaje que no estaba disponible en aquella época pero que desarrollé más tarde, ya estaba integrando cuestiones de distribución y de reconocimiento. Sin embargo, luego la agenda del feminismo se estrechó a preocupaciones de reconocimiento, y la crítica del capitalismo y su economía política fue abandonada o quedó muy subordinada. Y esto fue parte de un cambio en la cultura política de EE.UU.: volvía a imponerse la normal hegemonía del liberalismo, lo que es siempre la mentalidad por defecto en EE.UU., con su individualismo, su talento meritocrático. Entonces, en un segundo período tenemos este feminismo liberal. Y al mismo tiempo, en la universidad, se afianzó el feminismo cultural del posestructuralismo, de las políticas de la identidad. Surgió entonces un tipo de alianza impía entre capitalismo y el posestructuralismo, un giro hacia una política centrada en el reconocimiento. Creo que eso es lo que salió mal, porque esto ocurrió en el exacto momento en que necesitábamos una crítica feminista de la economía política del neoliberalismo.
–¿Y cuál sería la tercera fase de este proceso?
 –La tercera fase sigue en marcha. Pero permítame matizar este punto: cuando escribí la introducción a Fortunas del feminismo fue en el momento de lo que parecía una crisis mayor del neoliberalismo, en la crisis financiera de 2008. Pensé entonces que el neoliberalismo podía estar entrando en una crisis profunda, a punto de convertirse en una tercera cosa. Esto no ocurrió. De modo que hoy tendría que modificar esta idea de que estamos en una tercera fase genuinamente definida; no creo que así sea, seguimos luchando en la fase neoliberal. Sin embargo, lo que digo allí acerca de aquello en lo que un feminismo debería convertirse sigue siendo correcto: debe combinar la crítica de la economía política, que yo llamo “redistribución”, con una crítica del orden androcéntrico y sexista, el “reconocimiento”, más una crítica. Este es un tercer elemento nuevo, de la organización o de la institución de un espacio político, tanto en la arena nacional como también globalmente, lo que tiene que ver con cuestiones de la voz y de la representación. Representación en instituciones formales pero también en espacios informales de opinión pública de la sociedad civil. La idea sería que necesitamos una política feminista que combine redistribución, reconocimiento y representación.
–Usted propone, en este contexto, el concepto de “paridad de participación”. ¿Hasta qué punto esta idea sobrepasa la clásica de igualdad? 
–La paridad participatoria es un modo específico de interpretar la idea de igualdad, que es un concepto muy discutido, con numerosas interpretaciones opuestas. Está la idea liberal de la meritocracia (cada uno llega hasta donde sus talentos lo lleven). Está la del intercambio en el mercado, que también es una interpretación de la igualdad. Están los derechos políticos formales e igualitarios. Lo que yo estoy diciendo con la idea de paridad de participación es que todas las otras interpretaciones resultan demasiado estrechas. Y mi idea es que la paridad de participación es una interpretación radicalmente democrática de la igualdad, en lugar de una interpretación liberal de la igualdad. Este concepto se ha expandido y se ha profundizado. Se aplica cada vez a más áreas de la vida, no sólo a la esfera legal, no sólo a la esfera política, también a la esfera económica, la familia, la sociedad civil. De modo que no queda satisfecha con los meros derechos formales en el papel, sino con las condiciones materiales efectivas requeridas por la gente para realmente interactuar como pares o como iguales en la sociedad.
–¿Hay aún una dimensión utópica en esta igualdad, como la escuela de Frankfurt lo pensaba para toda crítica de la sociedad?
 –Realmente creo que uno nunca consigue un cambio genuinamente transformador sin una dimensión utópica. Sin embargo, la dimensión utópica es difícil de defender en lo filosófico. Porque siempre hay un elemento de especificidad y de deseo que escapa a lo racional. Esto siempre viene de la experiencia de desear algo más allá de lo que está dado, aun cuando haya dificultad en decir qué es lo que puede ser eso más allá. Creo que en la teoría crítica necesitamos varios elementos diferentes: un diagnóstico muy claro y racional de cómo funciona la sociedad presente, cuáles son los mecanismos por los que la desigualdad, la opresión, la dominación son generados, necesitamos un diagnóstico muy claro de la esfera civil y política, qué están haciendo los movimientos sociales, si están pensando correctamente para enfrentar la crisis. Todo esto es un tipo de racionalidad. Pero también necesitamos una teoría normativa, como la paridad participativa en tanto modo de imaginar cómo sería una sociedad más igualitaria. Y, al mismo tiempo, necesitamos una sensibilidad para este elemento utópico transracional de deseo.
–En su libro “Escalas de justicia”, usted se refiere a la perspectiva crítica de Hannah Arendt acerca de un posible régimen internacional de derechos humanos. ¿Hay forma de mejorar el accionar de estas instituciones?
 –Creo que todo el movimiento de lo que hoy llamamos el régimen de los derechos humanos, o los regímenes en plural, son muy importantes a nivel histórico, y sin embargo tienen algunas ambivalencias, algunas limitaciones. Creo que el lado positivo es bastante obvio; quisiera enfocarme entonces en las ambivalencias y en las limitaciones. Un punto es que, de alguna manera, la idea de los derechos humanos está sustituyendo esos tipos de utopía que mencionábamos antes, pero son demasiado débiles como utopía. No es suficiente como visión de una buena sociedad. Está demasiado enfocada en la justicia legal, judicializa, es un poco demasiado moralizante, no es una visión política genuina. Un segundo punto sería que existe un cierto tipo de justicia de los vencedores en los derechos humanos; alguien decía hace poco: ¿a quién procesamos en las violaciones de los derechos humanos internacionales? En su mayoría: a malvados hombres negros en países pobres. No procesamos a criminales de guerra estadounidenses, y tampoco lo haremos si no es través de una gran transformación. Además, tenemos esta importante crítica feminista de los derechos humanos: la de un cierto tipo de androcentrismo, estar demasiado enfocados en la violencia perpetrada por los gobiernos en contra de los individuos. Sin la presión de los movimientos sociales, que se movilizan desde abajo, algo falta: no se puede dejar estas cosas únicamente en manos de los jueces. Tiene que haber un diálogo constante entre las cortes internacionales y los movimientos de la sociedad civil para asegurar una comprensión completa y amplia de los derechos humanos.
–Al recibir el Doctor Honoris Causa de la Universidad de San Martín, usted habló de las limitaciones de la crítica que ejerce el feminismo y el papel dinamizador de América Latina. ¿En dónde reside esta diferencia?
 –Creo que la tendencia histórica en el feminismo y otras corrientes del Sur global es mirar hacia el Norte, como si nosotros fuéramos los expertos y productores de las teorías que ustedes adoptan, pero creo que nosotros en el Norte global hoy en día estamos en un verdadero impasse, creo que estamos estancados. Tanto políticamente como en el nivel de la imaginación. No tenemos ninguna oposición movilizada real contra el neoliberalismo, con orientación programática. Todo el mundo odia a los neoliberales, pero se trata de una oposición desmoralizada, dispersa, fragmentada, sin proyecto contrahegemónico. Y hemos tenido protestas explosivas, como Occupy o los Indignados en Europa. Estas protestas explotan pero se disuelven y desaparecen sin dejar ninguna organización, pensamiento programático, ni proyecto para seguir luchando contra la globalización. Todos los partidos políticos oficiales son básicamente una versión u otra del neoliberalismo. Creo que en Latinoamérica, a pesar de las diferencias entre los países, a pesar de las dificultades aquí o allá, al menos se está articulando desde una posición de poder oficial una oposición al neoliberalismo. Al menos está la idea de desarrollar una alternativa contrahegemónica. Es lo que nos falta en Europa y Estados Unidos.
–¿Cuál es el rol de la emancipación en esta oposición al neoliberalismo? 
–No podemos pensar esta crisis simplemente como una crisis económica y financiera. También tenemos una muy profunda crisis ecológica, tenemos una crisis política, una crisis de la imaginación, y hasta se podría llamar una crisis de emancipación. De modo que se trata de una crisis multidimensional. Karl Polanyi, al escribir acerca de las crisis de 1930 y el auge de los fascismos durante la Segunda Guerra Mundial en su libro La gran transformación , también tuvo una crisis multidimensional que era más amplia que la idea marxista. Sin embargo, quisiera decir entre paréntesis, que yo no renuncio a la idea de Marx, sólo quiero situarla en una perspectiva más amplia. Polanyi entendió el surgimiento del fascismo y el colapso de toda la civilización en la Segunda Guerra como algo puesto en movimiento por una loca idea del siglo XIX: que la sociedad podía estar organizada alrededor de un mercado autorregulado. Toda la sociedad civil y las ideas éticas debían ser puestas de lado frente a esta autorregulación. Esa idea destructiva terminó amenazando toda la organización social. Ese mercado no regulado estaba destruyendo también la naturaleza. De modo que las luchas sociales no eran una lucha de clases como lo pensaba Marx, sino que se trataba de una lucha entre las fuerzas que querían expandir el mercado y aquellas que querían proteger la sociedad y la naturaleza frente al mercado. Pero hay algo erróneo allí, la lucha social no tiene dos caras, tiene al menos tres. Ese valioso panorama deja afuera, en el siglo XIX, a la lucha mundial para abolir la esclavitud, las luchas por la emancipación de las mujeres, las luchas anticoloniales, estas no son luchas a favor del mercado o a favor de la protección de la sociedad, son luchas, tal como yo digo, por la emancipación. De modo que tenemos que pensar en un triple movimiento, y una vez que uno introduce esta idea, tenemos todas estas complejas posibilidades de dos contra uno: ¿qué versión de la emancipación? ¿Es la versión que está del lado del mercado o estará del lado de la protección social? Para mí esta fue una forma de analizar esas problemáticas liaisons dangereuses del feminismo con el mercado. Esto es importante: cuando los movimientos sociales se alían con el mercado, abandonan la idea de la protección social. Necesitamos una nueva alianza: protección social y emancipación.

Por la vereda del sol

 Escritor y académico nacido en Minas Gerais, Silviano Santiago se caracteriza por haberse apartado de la tradición más bien insular de la literatura brasileña mediante viajes que lo mantuvieron fuera de su país por casi diez años y una apertura a la literatura europea contemporánea
Silviano Santiago, ensayista, poeta y escritor  brasileño trashumante con una obra a descubrir los lectores latinoamericanos./pagina12.com.ar

Acaba de obtener el Premio Iberoamericano José Donoso por su trayectoria. Su obra se viene publicando en castellano en la colección Vereda Brasil de Corregidor y por estos días estuvo de visita en Argentina. En esta entrevista, Santiago repasa la génesis de algunos de sus libros más destacados, como En libertad y Stella Manhattan, donde logró fusionar su pasión creativa con rigurosas reconstrucciones documentales.
Desde hace algunos años, una nueva camada de escritores, liderada quizás por Joao Gilbero Noll, trajo novedades a ese vínculo extraño, quejumbroso y distante que mantenemos con la literatura brasileña. Obras que no sólo obligaron a repensar viejos tópicos anclados en el asunto de la diferencia idiomática sino que abrieron también las puertas a migraciones literarias a otros escritores más o menos contemporáneos que habían pasado sin pena ni gloria por nuestro país, casi como un refresh de aquello de Kafka y sus precursores. Favorecidos por el enorme trabajo que vienen haciendo desde hace años algunos críticos (el libro Genealogías culturales de Florencia Garramuño, es un claro ejemplo) y editores (la colección Vereda Brasil de Corregidor), lo notable es que esas obras que iluminaron con otra luz la literatura de Brasil sean en algún sentido más opacas que transparentes, más caóticas que ordenadas.
También resulta insólito pensar que por esa misma puerta abierta por otros entrara el escritor Silviano Santiago. No sólo porque tiene peso propio y una trayectoria destacadísima –viene de obtener la decimocuarta edición del Premio Iberoamericano José Donoso que ya, entre otros, obtuvieron Beatriz Sarlo, Ricardo Piglia, Antonio Lobo Antunes, Javier Marías, Jorge Volpi, Sergio Ramírez, Juan Villoro y Pedro Lemebel– sino también porque, desde hace mucho tiempo, viene pensando las relaciones de Brasil dentro de Latinoamérica, como es el caso de algunos de los ensayos de Una literatura en los trópicos o Las raíces y laberintos de América Latina.
“No creo que esa distancia entre Brasil y Argentina sea exclusivamente una cuestión latinoamericana, sino propia de la literatura mundial”, relativiza en un muy buen español Silviano Santiago, desde el comedor vacío de un hotel a tope en el barrio de Retiro, donde se alojó durante los primeros días de octubre para participar del II Coloquio Literatura y margen de la Maestría en estudios literarios latinoamericanos de la Universidad de Tres de Febrero.
“Con muy pocas excepciones, sucede también en Europa: los italianos no leen mucho a los franceses; los alemanes no leen mucho a los españoles; los ingleses, tampoco a los escandinavos y así. La cuestión de fondo es que ya casi no existe relación entre un escritor y un público universal y, si pensamos en el siglo XX, muy pocos autores pudieron hacer ese salto, Beckett, Camus, Sartre y ninguno más. Sí es cierto que en Europa se aprenden más lenguas de los países vecinos”, reconoce Santiago en un hablar lento pero al mismo tiempo apasionado que lo lleva desde el formal reconocimiento a su colega argentino Luis Mario Schneider, por quien empezó a leer literatura de nuestro país (Borges, Cortázar, Ricardo Piglia, Silvia Molloy, Edgardo Cozarinsky), hasta la emoción al borde de las lágrimas al recordar el día que conoció a Jorge Luis Borges:
“Lo conocí en San Pablo, en 1972, cuando ganó un premio. El tenía un secretario gringo que se llamaba Giovanni, o algo así (aclaración: Thomas Norman Di Giovanni), él me lo presentó y le empecé a hablar de mis lecturas sobre sus obras, y en un momento pidió permiso y me pasó las manos por mi rostro para conocerme mejor. Fue como una epifanía, creo que me impresionó tanto que nunca lo pude decir y creo que es la primera vez que lo cuento. Después de eso, recuerdo que seguimos hablando otro tanto, pero no dijo cosas muy interesantes porque la verdad es que él no sabía mucho de literatura brasileña”, remata Santiago y se ríe.
Y en cuanto a la producción actual, ¿notás más semejanzas o diferencias entre ambas literaturas?
–En Brasil hay, a grandes rasgos, una literatura literaria y otra más documental. La literaria tiene mucho que ver con Argentina; la documental, que recorre una región muy precisa como la de las favelas, mucho menos. Al mismo tiempo hay una conexión muy fuerte entre la literatura documental y el cine; en cambio, en Argentina el cine es muy literario y el brasileño, muchísimo más documental. Y yo creo que ese predominio de lo documental está siendo más dañino para nuestro cine que para nuestra literatura, porque prescinde de un trabajo de imaginación, y por eso al cine brasileño le cuesta tanto entrar en el sistema cinematográfico mundial. Esa crisis en el cine brasileño se puede ver a partir de un cambio que hubo en la búsqueda de los escritores: los que antes escribían pensando en que se hiciera un film basado en su novela ahora lo hacen con la expectativa de ser traducidos. El cine argentino, en cambio, está muy bien, y en Brasil se ven casi todas las películas argentinas, y además con mucho éxito.

Un tranvia llamado deseo

Silviano Santiago es un escritor extraño dentro de la literatura de Brasil, sobre todo en lo que concierne a la cuestión del viaje, ahí donde Santiago acumula millas y estadías, sus colegas apenas llegaron a tramitar el pasaporte: “Al escritor brasileño en general no le gustaba viajar y era muy endogámico. Drummond de Andrade sólo viajó a Argentina una vez porque tenía una hija acá; Graciliano Ramos hizo dos viajes: uno a la Unión Soviética porque le pagaron para escribir un libro muy malo y otro a Argentina para tratarse un cáncer de pulmón, y Mário de Andrade nunca ha viajado. Por algún motivo relaciono esa falta de viajes con algo que no me gusta de la literatura brasileña que es el tono confesional: Fernando Sabino, por ejemplo, después de su novela Encuentros marcados, que es muy buena, casi no escribió más, seguramente porque tardó muy poco en contarlo todo”.
Mucho más gradual y escalonado en ese arte de contar fue, precisamente, Silviano Santiago, que nació en 1936 en el estado de Minas Gerais, en cuya universidad se licenció en Filosofía y Letras. A principios de los años sesenta viajó a Nueva México, donde empezó a leer en profundidad a diversos autores latinoamericanos como Carlos Fuentes y Mario Vargas Llosa, aunque su formación es, en esencia, francesa: Artaud y, sobre todo, André Gide, a tal punto que se doctoró en literatura francesa por la Sorbonne con una tesis sobre Los monederos falsos, novela polifónica publicada en 1925 que influyó además en su propia literatura a partir de la búsqueda de una diversidad notable que hace de cada uno de sus libros (por no hablar incluso de sus personajes) un mundo aparte.
El ejemplo más evidente es Stella Manhattan: con un doble eje marcado por la política y la sexualidad despliega una trama de subjetividades y desdoblamientos que parece no tener fondo. Anclada a finales de la década del sesenta, aun en años de dictadura, la novela arranca con Eduardo Costa, un hombre apolítico expulsado de Brasil por su homosexualidad. Y mientras se desempeña como empleado del Consulado brasileño en Nueva York, crea y se recrea en Stella, un trasvasamiento de todos los estereotipos que se manejaban por entonces. Y aunque comparten el mismo cuerpo, también entre ellos dos van apareciendo tensiones y oposiciones en torno del deseo y sus distintas modalidades de crear vínculos, al mismo tiempo que surgen también otras subjetividades marginadas como la de los negros y los portorriqueños.
Sin lugar a dudas, en su relación con la palabra Silviano Santiago parece también manejar una multiplicidad de sistemas operativos a partir de los cuales se desempeñan, de manera paralela, el ensayista, el académico, el artista y un escritor con notable capacidad de imaginación.
“Mi caso es bastante especial, sobre todo por mi formación académica. Yo empecé por el cine: a los quince años empecé a leer crítica de cine que me pareció distinta de la académica. Entonces empecé a incorporar ese tono ensayístico, esa búsqueda un poco más literaria no sólo en mis escritos sino también en cómo enseñaba. Hasta que decidí dejar las imágenes y la crítica de cine para empezar a trabajar con palabras –ya conocía la historia del cine, había visto los clásicos–, es decir que llegué a la literatura con una visión universal muy rara para el escritor brasileño, que suele empezar casi siempre con literatura brasileña.
¿Y cómo influyó el cine en tu literatura?
–Me acuerdo de que a los seis años, en la ciudad de Formiga, donde vivía, iba todas las noches al cine a ver películas sobre la Segunda Guerra Mundial, que me interesaban mucho, y a su vez me enseñaban porque antes de cada película había una especie de documental. Me da la impresión de que esa formación volvió muy visual mi literatura. En Stella Manhattan, por ejemplo, hay mucho de La ventana indiscreta. Además es muy importante en mis libros la posición de la cámara, desde dónde se ve la escena. También suelo hacer mucha investigación relacionada con el cine: si bien lo que se dice en la novela En libertad es falso, elaboré para escribirla una especie de grilla con las noticias, películas y acontecimientos que sucedían cada día, y creo que eso es lo que le da verosimilitud.

Yo soy tu bandera

En libertad es otro de los libros más destacados de Santiago que también se consigue en español. Publicado originalmente en 1981, se trata de esas obras que producen múltiples resonancias. Además de una exquisita escritura que hace del libro algo muy parecido a un clásico, constituye también una verdadera apuesta literaria, un ejercicio narrativo que consolida, al mismo tiempo, la poética de Silviano Santiago de un modo notablemente paradójico: metiéndose de lleno en la cabeza y la pluma del escritor y periodista brasileño Graciliano Ramos, que nació en 1892 y murió en 1953. Autor de libros como Angustia y Vidas secas, fue llevado a la cárcel durante el gobierno de Getúlio Vargas tras una represión a un levantamiento comunista, experiencia que pondría por escrito en su libro Memórias do Cárcere (1953). En libertad es el modo a través del cual Santiago se erige casi como médium de Ramos para contar lo que significó su salida de la prisión: la falta de dinero y de trabajo, la relación con su mujer Heloísa y con los otros escritores e intelectuales y, sobre todo, con ese cuerpo reprimido y torturado que, a partir de ahora, vive una especie de salvaje renacimiento en Ipanema.
“Graciliano Ramos, que es muy conocido en Brasil pero no popular, es para mí una gran figura paterna. Y como no me sale escribir sobre lo real e inmediato, suelo buscar una manera metafórica de hacerlo; dicho de otra forma, suelo ser autobiográfico pero nunca confesional. Sufrí mucho porque tengo un hermano que era secretario del Partido Comunista y también estuvo preso durante la dictadura. Estuve encerrado dos años en la Biblioteca Nacional para hacer este libro, trabajé incluso con los chistes que salían en las revistas”, cuenta Santiago.
Es rarísimo decirlo, pero este libro en cierta forma terminó de darte una voz en la literatura.
–Hay una herencia muy fuerte que recibieron los escritores del siglo XIX: la necesidad de tener personalidad, y el que es fragmentario no la tiene. Tiene, en cambio, muchas posibilidades de vida: yo considero que nadie debería limitar esas posibilidades con vistas a un ser íntegro. Yo no tengo estilo ni personalidad: cada libro es muy distinto. En libertad, de hecho, tiene el estilo de Graciliano: no es parodia, es muy consciente de esa imitación, es un pastiche. Escribí En libertad dentro de la prisión de Graciliano, a mí me gusta trabajar con formas de prisión para destruirlas. Es algo que tomé de Gide, y también de Derrida, a quien conocí por casualidad en el ’70.
¿Cómo era Derrida?
–Muy guapo, se parecía mucho al actor Omar Sharif (risas). Y era muy simpático, pero sus conferencias eran muy complicadas: leía todo el tiempo pero sin embargo tenía cierto magnetismo. Nunca lo vi improvisar, en ese sentido era como Foucault, siempre pensé que esa obsesión por preservar lo escrito contradecía su teoría. En esa primera conversación que tuvimos me dijo que él quería saber qué pensaba un brasileño de su obra. Yo fui el primero en presentar su obra de manera formal en Latinoamérica, allá por 1974, cuando no había nada de él. Yo creo que le gustó esa primera conversación porque fuimos amigos durante un tiempo. Le dije: usted habla mucho del logocentrismo y fonocentrismo, pero lo que más me interesa es lo que dice del etnocentrismo que básicamente son los trabajos de Lévi-Strauss sobre Brasil, quiere decir que usted trabajó sobre Brasil y muy bien y sin saberlo.

La alegria brasileña

En libertad empieza diciendo: “No siento mi cuerpo. No quiero sentirlo por ahora. Sólo me permito existir, hoy, como pura consistencia de palabras”; y termina con una incertidumbre que involucra, finalmente, también al cuerpo: “No sé cómo vamos a caber todos en el exiguo cuarto de la pensión”.
Por otro lado, Silviano Santiago explica que, a pesar de que muchos de sus libros bordean ese tema, él no cuenta con la experiencia de vida de la dictadura en Brasil, porque salió del país en 1962 y regresó recién en 1974. Sin embargo, aclara que en Stella Manhattan, “un libro que no es sobre su país sino sobre la posibilidad de una revolución en los países americanos”, Brasil aparece pero a través del cuerpo: “Yo creo que la gran herencia de la dictadura que los progresistas recibieron es el desgobierno del cuerpo, el cuerpo martirizado pero al mismo tiempo el cuerpo alegre de Caetano Veloso como resistencia al sufrimiento, casi lo contrario a la actitud de Chico Buarque que es, más bien, la de un resentido. La censura y la represión de Brasil no fueron contra la literatura sino contra el cuerpo: el cantante, el actor de teatro y el actor de cine, con el escritor nadie se metía. Las censuras en literatura sólo se daban contra algún contenido erótico, o sea, otra vez el cuerpo”.
¿Eso quiere decir que la tan mentada alegría brasileña vendría a ser una forma de reacción a la dictadura?
–Claro, Brasil no siempre fue alegre. La alegría es resistencia y ahí entra también el tema de la homosexualidad que incluye el martirio, la beatitud, San Sebastián y demás. En Brasil la gente era queer antes de la teoría queer. En ese sentido, es fundamental Caetano Veloso, que dijo todo con su primera canción “Alegría alegría”, tan distinta de “Carcará”, de Maria Bethania. Después de la dictadura, se dio una contigüidad interesante entre heterosexuales y homosexuales, no quiero decir que todos tengan la misma orientación, pero hay buena convivencia; en todo caso la homofobia de Brasil que ejercen, sobre todo, los evangélicos, es atacada y puesta muy en evidencia en comparación con la del resto del mundo.

Una ficción teórica

Por Silviano Santiago
El cuento “Pierre Menard, autor del Quijote”, de Jorge Luis Borges, sirvió de inspiración para el inusitado título del ensayo, escrito en 1970, Eça, autor de Madame Bovary. Se transformó en apoyo táctico para la atribución equivocada de la autoría (Eça no es autor de Madame Bovary) y la obvia inversión cronológica (el notable romance de Flaubert es anterior a O primo Basilio). Autoría equivocada y cronología invertida eran juegos usados como estrategia de desestabilización de la literatura comparada canónica que, apoyada en las nociones eurocéntricas de fuente y de influencia, establecía la incontestable superioridad y primacía de las obras artísticas producidas en las naciones colonizadoras.
De forma similar a lo que sucede en la Poética de Aristóteles, donde el filósofo extrae de la obra Edipo Rey, de Sófocles, su esqueleto teórico, yo buscaba en la creación literaria moderna y posmoderna el andamio que sustentaría el largo proceso de construcción de los presupuestos teóricos que a su vez servirían de fundamento para la lectura subversiva de obras literarias escritas en las antiguas colonias, cuya invención y composición abrían brechas en la norma establecida por el Romanticismo europeo y por los movimientos canónicos posteriores.
En otras palabras: mis apuestas en el campo de la teoría literaria poscolonial tenían y tienen como inspiración no sólo las discusiones propiamente filosóficas y estéticas, de las que es un ejemplo contemporáneo el posestructuralismo francés, como también fueron y son enriquecidas por el vaivén entre práctica de lectura y teoría. El resultado es la elaboración personal de una ficción teórica, que sirvió y sirve de metodología de análisis e interpretación, cuyo estímulo está dado por los creadores literarios que elijo.
La falta de sentido común asocia el ya citado cuento de Borges a un rasgo capital del manifiesto Dadá, firmado por Tristan Tzara. Leemos en Borges palabras definitivas sobre el sacrificio al texto original y sobre la invención de variantes: “Mi solitario juego está gobernado por dos leyes polares. La primera me permite ensayar variantes de tipo formal o psicológico; la segunda me obliga a sacrificarlas al texto ‘original’ y a razonar de un modo irrefutable esa aniquilación”. En el Manifiesto Dadá 1918, leemos el elogio de acciones simultáneas como forma de composición literaria: “Redacto este manifiesto para mostrar que es posible realizar simultáneamente acciones opuestas en una única fresca respiración; contra la acción; por la continua contradicción; por la afirmación también: yo no soy ni pro ni contra y no explico por qué odio el sentido común”.
Falta de sentido común crítico (la autoría equivocada, la inversión cronológica) y juego de las variantes no sacrificadas al modelo original encuentran eco en el elogio de la paradoja, en el elogio de la contradicción como afirmación, valores defendidos por Tristan Tzara en su manifiesto. Como resultado, la prosa o el poema paródico, compuestos por acciones opuestas y contradictorias, se escribe en una única y fresca respiración, en simultáneo. La noción de entrelugar proporcionaba el espacio teórico para aprender al unísono tanto la copia (sacrificio al original) como la invención personal (variantes), constitutivas de la parodia. Se trataba de leer el texto en sus transparencias intertextuales.
Fragmento de “La literatura brasileña desde una perspectiva poscolonial”, conferencia pronunciada por Silviano Santiago durante el II Coloquio Literatura y Margen (el primero estuvo dedicado a Mario Levrero), que próximamente publicará la editorial de la Untref junto a los artículos de cada uno de los participantes y la entrevista pública que Daniel Link le realizó al escritor.

26.10.14

El cuento del domingo

Roberto Bolaño
Llamadas telefónicas
B está enamorado de X. Por supuesto, se trata de un amor desdichado. B, en una época de su vida, estuvo dispuesto a hacer todo por X, más o menos lo mismo que piensan y dicen todos los enamorados. X rompe con él. X rompe con él por teléfono. Al principio, por supuesto, B sufre, pero a la larga, como es usual, se repone. La vida, como dicen en las telenovelas, continúa. Pasan los años.
Una noche en que no tiene nada que hacer, B consigue, tras dos llamadas telefónicas, ponerse en contacto con X. Ninguno de los dos es joven y eso se nota en sus voces que cruzan España de una punta a la otra. Renace la amistad y al cabo de unos días deciden reencontrarse. Ambas partes arrastran divorcios, nuevas enfermedades, frustraciones. Cuando B toma el tren para dirigirse a la ciudad de X, aún no está enamorado. El primer día lo pasan encerrados en casa de X, hablando de sus vidas (en realidad quien habla es X, B escucha y de vez en cuando pregunta); por la noche X lo invita a compartir su cama. B en el fondo no tiene ganas de acostarse con X, pero acepta. Por la mañana, al despertar, B está enamorado otra vez. ¿Pero está enamorado de X o está enamorado de la idea de estar enamorado? La relación es problemática e intensa: X cada día bordea el suicidio, está en tratamiento psiquiátrico (pastillas, muchas pastillas que sin embargo en nada la ayudan), llora a menudo y sin causa aparente. Así que B cuida a X. Sus cuidados son cariñosos, diligentes, pero también son torpes. Sus cuidados remedan los cuidados de un enamorado verdadero. B no tarda en darse cuenta de esto. Intenta que salga de su depresión, pero sólo consigue llevar a X a un callejón sin salida o que X estima sin salida. A veces, cuando está solo o cuando observa a X dormir, B también piensa que el callejón no tiene salida. Intenta recordar a sus amores perdidos como una forma de antídoto, intenta convencerse de que puede vivir sin X, de que puede salvarse solo. Una noche X le pide que se marche y B coge el tren y abandona la ciudad. X va a la estación a despedirlo. La despedida es afectuosa y desesperada. B viaja en litera pero no puede dormir hasta muy tarde. Cuando por fin cae dormido sueña con un mono de nieve que camina por el desierto. El camino del mono es limítrofe, abocado probablemente al fracaso. Pero el mono prefiere no saberlo y su astucia se convierte en su voluntad: camina de noche, cuando las estrellas heladas barren el desierto. Al despertar (ya en la Estación de Sants, en Barcelona) B cree comprender el significado del sueño (si lo tuviera) y es capaz de dirigirse a su casa con un mínimo consuelo. Esa noche llama a X y le cuenta el sueño. X no dice nada. Al día siguiente vuelve a llamar a X. Y al siguiente. La actitud de X cada vez es más fría, como si con cada llamada B se estuviera alejando en el tiempo. Estoy desapareciendo, piensa B. Me está borrando y sabe qué hace y por qué lo hace. Una noche B amenaza a X con tomar el tren y plantarse en su casa al día siguiente. Ni se te ocurra, dice X. Voy a ir, dice B, ya no soporto estas llamadas telefónicas, quiero verte la cara cuando te hablo. No te abriré la puerta, dice X y luego cuelga. B no entiende nada. Durante mucho tiempo piensa cómo es posible que un ser humano pase de un extremo a otro en sus sentimientos, en sus deseos. Luego se emborracha o busca consuelo en un libro. Pasan los días.
Una noche, medio año después, B llama a X por teléfono. X tarda en reconocer su voz. Ah, eres tú, dice. La frialdad de X es de aquellas que erizan los pelos. B percibe, no obstante, que X quiere decirle algo. Me escucha como si no hubiera pasado el tiempo, piensa, como si hubiéramos hablado ayer. ¿Cómo estás?, dice B. Cuéntame algo, dice B. X contesta con monosílabos y al cabo de un rato cuelga. Perplejo, B vuelve a discar el número de X. Cuando contestan, sin embargo, B prefiere mantenerse en silencio. Al otro lado, la voz de X dice: bueno, quién es. Silencio. Luego dice: diga, y se calla. El tiempo —el tiempo que separaba a B de X y que B no lograba comprender— pasa por la línea telefónica, se comprime, se estira, deja ver una parte de su naturaleza. B, sin darse cuenta, se ha puesto a llorar. Sabe que X sabe que es él quien llama. Después, silenciosamente, cuelga.
Hasta aquí la historia es vulgar; lamentable, pero vulgar. B entiende que no debe telefonear nunca más a X. Un día llaman a la puerta y aparecen A y Z. Son policías y desean interrogarlo. B inquiere el motivo. A es remiso a dárselo; Z, después de un torpe rodeo, se lo dice. Hace tres días, en el otro extremo de España, alguien ha asesinado a X. Al principio B se derrumba, después comprende que él es uno de los sospechosos y su instinto de supervivencia lo lleva a ponerse en guardia. Los policías preguntan por dos días en concreto. B no recuerda qué ha hecho, a quién ha visto en esos días. Sabe, cómo no lo va a saber, que no se ha movido de Barcelona, que de hecho no se ha movido de su barrio y de su casa, pero no puede probarlo. Los policías se lo llevan. B pasa la noche en la comisaría.
En un momento del interrogatorio cree que lo trasladarán a la ciudad de X y la posibilidad, extrañamente, parece seducirlo, pero finalmente eso no sucede. Toman sus huellas dactilares y le piden autorización para hacerle un análisis de sangre. B acepta. A la mañana siguiente lo dejan irse a su casa. Oficialmente, B no ha estado detenido, sólo se ha prestado a colaborar con la policía en el esclarecimiento de un asesinato. Al llegar a su casa B se echa en la cama y se queda dormido de inmediato. Sueña con un desierto, sueña con el rostro de X, poco antes de despertar comprende que ambos son lo mismo. No le cuesta demasiado inferir que él se encuentra perdido en el desierto.
Por la noche mete algo de ropa en un bolso y se dirige a la estación en donde toma un tren con destino a la ciudad de X. Durante el viaje, que dura toda la noche, de una punta a otra de España, no puede dormir y se dedica a pensar en todo lo que pudo haber hecho y no hizo, en todo lo que pudo darle a X y no le dio. También piensa: si yo fuera el muerto X no haría este viaje a la inversa. Y piensa: por eso, precisamente, soy yo el que está vivo. Durante el viaje, insomne, contempla a X por primera vez en su real estatura, vuelve a sentir amor por X y se desprecia a sí mismo, casi con desgana, por última vez. Al llegar, muy temprano, va directamente a casa del hermano de X. Éste queda sorprendido y confuso, sin embargo lo invita a pasar, le ofrece un café. El hermano de X está con la cara recién lavada y a medio vestir. No se ha duchado, constata B, sólo se ha lavado la cara y pasado algo de agua por el pelo. B acepta el café, luego le dice que se acaba de enterar del asesinato de X, que la policía lo ha interrogado, que le explique qué ha ocurrido. Ha sido algo muy triste, dice el hermano de X mientras prepara el café en la cocina, pero no veo qué tienes que ver tú con todo esto. La policía cree que puedo ser el asesino, dice B. El hermano de X se ríe. Tú siempre tuviste mala suerte, dice. Es extraño que me diga eso, piensa B, cuando yo soy precisamente el que está vivo. Pero también le agradece que no ponga en duda su inocencia. Luego el hermano de X se va a trabajar y B se queda en su casa. Al cabo de un rato, agotado, cae en un sueño profundo. X, como no podía ser menos, aparece en su sueño.
Al despertar cree saber quién es el asesino. Ha visto su rostro. Esa noche sale con el hermano de X, entran en bares y hablan de cosas banales y por más que procuran emborracharse no lo consiguen. Cuando vuelven a casa, caminando por calles vacías, B le dice que una vez llamó a X y que no habló. Qué putada, dice el hermano de X. Sólo lo hice una vez, dice B, pero entonces comprendí que X solía recibir ese tipo de llamadas. Y creía que era yo. ¿Lo entiendes?, dice B. ¿El asesino es el tipo de las llamadas anónimas?, pregunta el hermano de X. Exacto, dice B. Y X pensaba que era yo. El hermano de X arruga el entrecejo; yo creo, dice, que el asesino es uno de sus ex amantes, mi hermana tenía muchos pretendientes. B prefiere no contestar (el hermano de X, a su parecer, no ha entendido nada) y ambos permanecen en silencio hasta llegar a casa.
En el ascensor B siente deseos de vomitar. Lo dice: voy a vomitar. Aguántate, dice el hermano de X. Luego caminan aprisa por el pasillo, el hermano de X abre la puerta y B entra disparado buscando el cuarto de baño. Pero al llegar allí ya no tiene ganas de vomitar. Está sudando y le duele el estómago, pero no puede vomitar. El inodoro, con la tapa levantada, le parece una boca toda encías riéndose de él. O riéndose de alguien, en todo caso. Después de lavarse la cara se mira en el espejo: su rostro está blanco como una hoja de papel. Lo que resta de noche apenas puede dormir y se lo pasa intentando leer y escuchando los ronquidos del hermano de X. Al día siguiente se despiden y B vuelve a Barcelona. Nunca más visitaré esta ciudad, piensa, porque X ya no está aquí.
Una semana después el hermano de X lo llama por teléfono para decirle que la policía ha cogido al asesino. El tipo molestaba a X, dice el hermano, con llamadas anónimas. B no responde. Un antiguo enamorado, dice el hermano de X. Me alegra saberlo, dice B, gracias por llamarme. Luego el hermano de X cuelga y B se queda solo.
Roberto Bolaño Ávalos (Santiago, 28 de abril de 1953 – Barcelona, 15 de julio de 20031 ).Escritor y poeta chileno, cuya novela Los detectives salvajes ganó los premios Herralde 1998 y Rómulo Gallegos 1999. Después de su muerte Bolaño se ha convertido en uno de los escritores más influyentes en lengua española, como lo demuestran las numerosas publicaciones consagradas a su obra y el hecho de que tres novelas —además de la ya citada, 2666 y la breve Estrella distante— figuren en los 15 primeros lugares de la lista confeccionada en 2007 por 81 escritores y críticos latinoamericanos y españoles con los mejores 100 libros en lengua castellana de los últimos 25 años.2
Hijo de León Bolaño y Victoria Ávalos, Roberto pasó su infancia en las ciudades de Los Ángeles, Valparaíso, Quilpué, Viña del Mar y Cauquenes. Fue un escolar con problemas de dislexia.3 A los 15 años, en 1968, se trasladó con su familia a México, donde continuó sus estudios secundarios que abandonó definitivamente a los 17. Durante su adolescencia fue un asiduo visitante de la biblioteca pública de la Ciudad de México.
En 1973 regresó a Chile con el propósito de apoyar el proceso de reformas socialistas de Salvador Allende. Tras un largo viaje en autobús y barco (atravesando prácticamente toda América Latina) llegó a Chile pocos días antes del golpe de estado del 11 de septiembre; al poco tiempo fue detenido cerca de Concepción y liberado ocho días después gracias a la ayuda de un antiguo compañero de estudios en Cauquenes que se encontraba entre los policías que debían custodiarlo. Se piensa que esta experiencia podría haber originado su cuento Detectives, publicado en Llamadas telefónicas.4
Sobre su posición política, él mismo comentó que no le gustaba "la unanimidad sacerdotal, clerical, de los comunistas. Siempre he sido de izquierda y no me iba a hacer de derechas porque no me gustaban los clérigos comunistas, entonces me hice trotskista. Lo que pasa que luego, cuando estuve entre los trotskistas, tampoco me gustaba la unanimidad clerical de los trotskistas, y terminé siendo anarquista [...]. Ya en España encontré muchos anarquistas y empecé a dejar de ser anarquista. La unanimidad me jode muchísimo".5

El infrarrealismo

Después de pasar una breve estadía en El Salvador con Roque Daltón y la guerrilla del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional,6 regresa a México, donde junto al poeta Mario Santiago Papasquiaro (quien serviría de modelo para Ulises Lima en Los detectives salvajes) fundó el movimiento infrarrealista, que, surgido a partir de reuniones y tertulias en el Café La Habana de la calle Bucareli, se opuso radicalmente a los poderes dominantes en la poesía mexicana y al establishment literario de ese país, que tenía a Octavio Paz como su figura preponderante.
El movimiento infrarrealista tuvo como guía romper con lo oficial y establecerse como vanguardia. Si bien se agruparon bajo el apelativo de infrarrealistas alrededor de quince poetas (entre ellos Roberto Matta, Óscar Altamirano Carmona, José Rosas Ribeyro y Rubén Medina), Roberto Bolaño y Mario Santiago Papasquiaro fueron los exponentes estilísticamente más sólidos, destacando ambos por una poesía cotidiana, disonante y con varios elementos dadaístas. Santiago cultivó este género hasta el final de su vida pero Bolaño lo fue abandonando poco a poco por la prosa, aunque él mismo nunca dejó de considerarse poeta.
Respecto a su relación con este movimiento, comentó el escritor Juan Villoro: "Se podría sostener que el infrarrealismo lo determinó como escritor de la misma forma que el alejamiento de la corriente le permitió iniciar su carrera como novelista. México para él fue central, porque lo determinó como escritor (...) el México nocturno, el México de las calles, del habla cotidiana, de un destino quebrado y a veces trágico y el humor lo cautivaron. No es casualidad que sus dos novelas más grandes las haya centrado en México, Los detectives salvajes y 2666."7

Europa

Emigró a España, concretamente a Cataluña, donde ya vivía su madre. Allí desempeñó diversos oficios, como vendimiador en verano, vigilante nocturno de un camping en Castelldefels o vendedor en un almacén de barrio, para más tarde dedicarse por completo a la literatura. Finalmente se instala en Blanes.
Em 1982 se casa con Carolina López, catalana que trabaja en los servicios sociales, con quien tiene un hijo y una hija: Lautaro y Alexandra.
En 1998 Bolaño ganó el Premio Herralde de Novela gracias su obra Los detectives salvajes, por la que también obtuvo el Premio Rómulo Gallegos8 en 1999. Sobre esta novela, Enrique Vila-Matas escribió: "Los detectives salvajes —vista así— sería una grieta que abre brechas por las que habrán de circular nuevas corrientes literarias del próximo milenio. Los detectives salvajes es, por otra parte, mi propia brecha; es una novela que me ha obligado a replantearme aspectos de mi propia narrativa. Y es también una novela que me ha infundido ánimos para continuar escribiendo, incluso para rescatar lo mejor que había en mí cuando empecé a escribir."9
En 2004, un año después de su muerte, Bolaño obtuvo el Premio Salambó a la mejor novela escrita en español, por 2666. El jurado destacó el nivel y diversidad de los cinco finalistas, todos ellos "libros nobles, respetables y muy notables", considerando sin embargo a éste "el resumen de una obra de mucho peso, donde se decanta lo mejor de la narrativa de Roberto Bolaño (...) que supone un gran riesgo y lleva al extremo el lenguaje literario de su autor".10
Bolaño falleció el martes 15 de julio de 2003 en el hospital Valle de Hebrón de Barcelona tras pasar diez días en coma como consecuencia de una insuficiencia hepática. Dejó inconclusa la novela 2666, en la que llevó al extremo su capacidad fabuladora, esta vez en torno a un personaje, Benno von Archimboldi, mediante el que retoma la figura del escritor desaparecido.
Tras su muerte, la obra de Bolaño ha conocido una mayor difusión en el mundo de habla hispana pero también en Francia y Estados Unidos, donde estuvo en la lista de los 10 mejores libros del año de algunos de los más prestigiosos medios, como el The New Yorker, Slate y Bookforum.11
Semblanza biográfica:Wikipedia.Texto: El cuento del día. Foto:Archivo.

25.10.14

"El libro de la envidia" y otras novelas que usted jamás debería leer

Reseña. La obra narra un día en la vida del Loco Cacanegra, quien ha sido testigo del asesinato del poeta bogotano José Asunción Silva, hipótesis retomada del gran historiador colombiano Enrique Santos Molano
Ricardo Silva Romero, autor colombiano de  El libro de a envidia./eltiempo.com
 
El libro de la envidia  de Ricardo Silva Romero
El libro de la envidia  es la más reciente novela del escritor colombiano Ricardo Silva, conocido por sus muchas colaboraciones en distintos medios impresos del país. Fue lanzada en abril en el marco de la Feria del libro de Bogotá y fue promocionada como una de las grandes novedades de la Feria, junto a los más recientes lanzamientos de Jorge Franco y Juan Gabriel Vásquez.

La obra narra un día en la vida del Loco Cacanegra, quien ha sido testigo del asesinato del poeta bogotano José Asunción Silva, hipótesis retomada del gran historiador colombiano Enrique Santos Molano. Este Loco, que es el hijo bastardo de un consagrado gramático, se la pasa por las calles de la Bogotá de 1896 haciendo mandados y replicando el supuesto asesinato del poeta mientras convive con los fantasmas de su infancia y de la muerte de su esposa. La novela, que prometía ser una gran novela histórica de tono detectivesco es para mí uno de los grandes fiascos que la literatura nacional ha producido en los últimos años, tanto así que me tomó más de cinco meses terminar su lectura que no puedo calificar sino de lenta y tediosa.  Pienso que el mote de novela histórica le queda grande, el retrato que hace de la Bogotá de finales del siglo XIX no es convincente y la estructura circular de las acciones narrativas es predecible y prolongada.

Me desconcierta tan fastuosa publicidad y el buen número de elogios que en su momento reseñaron esta obra como un gran hito literarario. Me desconcierta pero no me sorprende, porque tanta expectativa es la reafirmación de que como en todo, los medios meten más la cucharada en la literatura  de lo que deberían.  Pienso que a Ricardo Silva, a quien considero un excelente columnista, le inflaron su novela a punta de alabanzas inmerecidas que tal vez surgieron como pago por pertenecer al medio. No sería la primera vez que esto ocurre, pasa siempre que a alguien del medio le da por probar con la literatura: a veces estos experimentos producen felices resultados como  La balada de María Abdalá  de Juan Gosaín o muchas de las novelas de Germán Castro Caycedo, pero en la mayoría de ocasiones el producto es nefasto, como la insoportable y mediática ¡Salta cachorro! de Fernando Gómez, director de la Revista Bocas, de Don Juan y columnista de El Tiempo, o la melosa pero publicitada El credo de los amantes de Alberto Medina, periodista de toda la vida de grandes medios nacionales.

Así que si usted quiere disfrutar de una buena obra de algún novelista actual le recomiendo por ejemplo El mundo de afuera  de Jorge Franco, que se sitúa en la Medellín de los Setenta y tiene por protagonista a un delincuente patético que declama versos de Julio Flórez, o quizás  El ruido de las cosas al caer de Juan Gabriel Vásquez, que retrata la ciudad de Bogotá a lo largo de varias décadas del siglo XX de una manera realmente espléndida. Y no le pare tantas bolas a la complaciente crítica de nuestros medios, puede que se desilusione.

García Márquez, el gran conspirador

Álvarez ha querido hablar de Gabo como un hijo, con esa mirada bipolar que todos los hijos tienen sobre sus padres, con ese respeto: "Gabo nos allanó el camino a todos los escritores colombianos", subraya casi antes de empezar
Sergio Álvarez (izquierda) y Juan Cruz |Getafe Negro./elpais.com
 
En un programa tan amplio como el de Getafe Negro, tienen cabida temas dispares y apasionantes. Los escritores Juan Cruz y  Sergio Álvarez han hablado esta tarde en la localidad del sur de Madrid de la vertiente negra de Gabriel García Márquez, de su capacidad para acercarse al lado más oscuro de la realidad a través del mejor periodismo de sucesos y de toda su obra.

Cruz y Álvarez, distinta generación, distinto origen, distintos recorridos, han coincidido en su fascinación por la figura del ganador del Premio Nobel de Literatura, su vida al lado del poder, en la sombra de las conspiraciones del siglo XX, junto a todos los grandes acontecimientos de las últimas décadas. Una vida de conspirador para un narrador genial que tuvo en el periodismo una de sus grandes labores, influencias y pasiones. Una vida de novela negra.

Seguimos así con la cobertura de Getafe Negro que iniciamos con las recomendaciones sobre el programa, varias de ellas todavía vigentes, las lecturas de las estrellas del festival, la entrevista a modo de tercer grado con Lorenzo Silva o mi conversación con Lee Child en el Museo del Prado. Lean y disfruten.


“El periodismo y el tono de su abuela son los dos grandes instrumentos de García Márquez para contar historias” ha atacado Juan Cruz nada más empezar. El periodista, gran conocedor de la obra del escritor colombiano y admirador de su trabajo periodístico habla de Gabo como un gran fabulador, un mentiroso que contaba grandes verdades y que vivía por y para las historias.“Los materiales que usó Gabo como periodismo puro cuando ya era famoso, por ejemplo en Noticia de un secuestro, son esos que había aprendido en su periódico, como encargado de sucesos, y los establece como paradigma del reportaje más importante que se ha hecho sobre terrorismo en la prensa española en todo el siglo XX. Sus materiales fueron siempre periodísticos” ¿Fabulación? “Hacía falta para la ficción, la hacía más creíble, no para los reportajes, que nunca tuvieron desmentidos”, asegura.

El colombiano Sergio Álvarez ha querido hablar de Gabo como un hijo, con esa mirada bipolar que todos los hijos tienen sobre sus padres, con ese respeto: “Gabo nos allanó el camino a todos los escritores colombianos", subraya casi antes de empezar.  

“Uno podría construir un gran imaginario relacionado con la novela policíaca a partir de sus novelas, pero es a partir de sus vidas donde se engrandece esa figura. Su vida es la de un inmenso conspirador. De hecho yo creo que escribía en los ratos libres que le dejaba la conspiración, el intento de hacerse amigo de un presidente, de trabajar en las sombras del espionaje. Tiene un inmenso timing como ser humano y como narrador y eso es la novela negra, lo que le hace tan importante y esencial: grandes personajes, gran uso del tiempo, una relación con los lectores que nosotros llamamos suspense y que al final tiene una solución. Y en todo esto García Márquez es un mago”.

¿Es o no es un mentiroso? ¿Realmente eso importa? “No nos mentía”, asegura el autor de La lectora,  “construía verdad a través de ciertas mentiras. Si conseguía emocionarnos con ciertas mentiras ese hecho se convertía en importante”, añade algo emocionado, como el hijo que se fascina ante la figura del padre.  “La cercanía de García Márquez con lo policíaco viene de los tiempos que le tocaron vivir: Allende, la Guerra Fría, etc. Y lo supo vivir y contarlo y ser partícipe de ello”. ¿Y cómo se ve eso en sus libros? “Si uno lo analiza con cuidado,los libros de Gabo son todos grandes investigaciones con los que él juega. Por ejemplo en Cien años de Soledad con el manuscrito de Melquíades”.

 Alvarez 2“Crónica de  una muerte anunciada es fascinante como narración y si uno se pone a leer las entrevistas, las personas a las que investigó, cómo se convirtió en un inmenso detective”, asegura Álvarez, antes de entrar de lleno en Noticia de un secuestro, el libro clave del Gabo periodista. “Pablo Escobar secuestraba a los ricos y  eso tiene mucho de thriller, nadie pensaba que no tuvieran que ser secuestrados”, afirma entrando de lleno en una polémica que García Márquez supo incendiar con una narración milimétrica de una investigación. “Nos cuenta un inmenso thriller y a través de él consigue que nos entendamos un poco más”, añade arrojando cierta luz de esperanza. “Aprendí una cosa de Gabo y es que incluso en la crónica oscura, con los muertos y los secuestros, lo importante es poder contar las cosas humanas y contarlas a partir de ese punto de vista mucho más enriquecedor”.

“Me ha emocionado lo que has dicho”, salta Cruz casi encima de las palabras de su compañero de tertulia. “Es inevitable que uno haya vivido situaciones en las que la tragedia humana cobra nombres propios”, relata en su torrente casi infinito de palabras. “Todas las historias en el periodismo y en la vida adquieren otra dimensión cuando ves el latido humano de la tragedia”.

Más enseñanzas. Álvarez entra a analizar: "La novela negra nórdica es racional, lógica. En América Latina nadie se creería eso. Que alguien es decente y honrado y tan inteligente y sutil, no se lo creería nadie”, ataca Álvarez. “Y García Márquez en Crónica de una muerte anunciada nos enseña que el azar también crea grandes historias”.

El día que Pablo Escobar prohibió las drogas

En Medellín, el mayor capo de la droga de la historia de Colombia, Pablo Escobar, prohibía la droga cuando la situación se ponía fea y la violencia se desbordaba. Esta maravillosa paradoja, contada por Álvarez con el ritmo de un buen narrador, inmersa en una investigación periodística, en una aventura por conseguir un reportaje, muestra la enorme capacidad de narración de los colombianos y oculta una enseñanza. “Uno por rastrear una historia termina encontrándose un montón de cosas absurdas que nadie creería”, concluye para demostrar los extraños límites de la realidad, tan bien manejados por Gabo.

Y si hablamos de historias y fábulas, Juan Cruz no tiene tantas como García Márquez, pero se le acerca. Eso ya lo dejamos para otro día.

NOTA: Todo este papel en el mundo diplomático, en conversaciones más o menos secretas, siempre de intermediario, de agente de Cuba ante Estados Unidos, ha sido narrado en Back Channel to Cuba, de los investigadores William M. Leogrande y Peter Kornbluh.

Banville: "Todo el mundo sabía y sabe que en Irlanda se comete pederastia"

John Banville repasa en Oviedo ante alumnos de Humanidades su dualidad creativa
John Banville, Premio Príncipe de Asturias de las Letras. / Julián Rojas./elpais.com

Sentado junto a la estatua de Úrculo en Oviedo, en esa cabeza de libros apilados coronada por un sombrero Borsalino, como el que lleva el premio Príncipe de Asturias de las letras de este año, uno no llega a saber bien si la obra firmada por el artista asturiano se trataba de un profético homenaje a John Banville o a Benjamin Black.
Quizás, la prenda acompañe más al autor de género negro, urdidor de una intensa e inteligente trama continua de elegante suspense que al narrador poético de El mar. Si quien lleva su verdadero nombre, Banville, es un autor apresado por los enigmas líricos, el del pseudónimo Black despliega una inteligencia de pistas que dan la vuelta al género con suspense.
En esa placentera esquizofrenia devota de Robert L. Stevenson se mueve el irlandés. En esa relajada dualidad, juguetona y cómplice, esquiva y sana con los géneros. Porque Banville (Wexford, 1945) posee tanto talento que puede ser a la vez dos cosas tan radicalmente opuestas como escritor de culto y autor de éxito para públicos más amplios.
Y esto último sin que su inquebrantable compromiso con la literatura le lleve al terreno del best-seller. Aunque para él es más sencillo de explicar: “Para mí existen dos maneras de escribir, la del artista y la del artesano. Banville es el primero, Black, el segundo”, confiesa por la tarde, degustando un vino blanco, en el hotel Reconquista.
Por la mañana, afable, encantado, accesible, Banville conquistó a un auditorio masivamente joven de estudiantes en la universidad de Oviedo. Muchos de ellos con ejemplares de sus libros. “Black funciona basándose en el cliché, Banville está en su mundo imaginario. El otro en el mundo real. Yo necesito la fantasía, la realidad me mata”.
Sobre todo abordando asuntos como la pederastia y los abusos. “Quizás no hayamos dado con la palabra exacta, la que dé significado preciso a esa atrocidad, quizás sea una cuestión de lenguaje”, comentaba en privado.
“Todo el mundo sabía en Irlanda y sabe, que se cometen abusos”, declaró ante los estudiantes. “Sabíamos y no sabíamos a la vez”, comentó. Como en todos esos países en los que durante décadas ese drama se ha tratado con silencios y sobreentendidos, caso de España.
Son esos asuntos en los que ambos escritores coinciden a veces. Temáticas recurrentes de uno de los autores más sutiles, misteriosos y sugerentes de la literatura mundial. Cuestión de puntos de vista también, como abordaba el autor bajo un lema que presidía la sala por la mañana y rezaba: “El extraño caso del Dr Banville y Mr Black”.
En él conviven y se cruzan de la manera más natural, los dos creadores: “No hago más que reflejar esa multiplicidad de puntos de vista que hace el mundo tan maravilloso. Inventamos y nos reinventamos constantemente, somos individuos que arrojamos con diferente intensidad luz en el mundo”.
Quizás él lo haga un tanto apartado: “Soy un individuo bastante desconectado de lo que ocurre y encerrado en una habitación desde la que hago uso de mi imaginación, más que otras cosas”, afirma. “Nadando en la ambigüedad, también, es lo que hace que la vida sea interesante, de otra forma, la realidad acabaría con nosotros, a mi me interesa tratar de aproximarme a los secretos, a las penumbras”. Y a fe que lo ha hecho, como ahora, con trabajo y una novela firmada por Banville en la que lleva metido tres años: “Tuve que reescribirla, me equivoqué en el tono, en la forma, es como cuando escuchas la radio y no atinas a encontrar la frecuencia nítida”.
Pasará al catálogo de una imaginación y una dedicación fecunda de la que han salido obras frecuentemente sublimes como la citada El mar, pero también ese regalo de los dioses mirándonos con terror que es Los infinitos o la arrebatadora Antigua luz –por parte de Banville- así como El otro nombre de Laura, En busca de abril o Muerte en verano, firmados por Benjamin Black.