2.10.13

Mafia, África y piratas en la obra póstuma de Elmore Leonard

En Yibuti, una de las pocas novelas de Leonard que no transcurre en EE UU, se sirve de Dara Barr, una afamada directora de documentales, para trasladarse al cuerno de África, con su admirado ayudante de cámara y lobo de mar,Xavier Lebo, para contar qué hay alrededor de los piratas somalíes que secuestran barcos

Yibuti novela póstuma de Elmore Leonard./elpais.com
 
Si alguien podía contar ese oscuro mundo que se mueve alrededor de los piratas en aguas de Somalia ese era Elmore Leonard (Nueva Orleans, 1925- Detroit , 2013), el gran novelista americano fallecido el  pasado 20 de agosto.
Su última obra Yibuti llega ahora a España de la mano de Alianza Editorial (Traducción de Catalina Martínez Muñoz). Desde la primera página, sus diálogos, clave en la obra de Leonard, impresionan. No hay respiro y te introduce en la trama sin anestesia. El autor te presenta a los personajes y desde las primeras líneas ya empiezan las dudas del lector sobre quién será el malo de la historia o el peor.
De este maestro del género negro ya publicamos un gran homenaje de Guillermo Altares. 
En Yibuti, una de las pocas novelas de Leonard que no transcurre en EE UU, se sirve de Dara Barr, una afamada directora de documentales, para trasladarse al cuerno de África, con su admirado ayudante de cámara y lobo de mar,Xavier Lebo, para contar qué hay alrededor de los piratas somalíes que secuestran barcos.
Leonard nació en Nueva Orleans pero se trasladó a vivir a Detroit donde murió a los 87 años. Su carrera literaria empezó con novelas del Oeste, la primera de ellas, ‘El agente apache',  vendida por 90 dólares. Toda su vida hizo lo que más le gustaba, escribir e inventarse personajes, que han sido memorables a lo largo de toda su obra, tan cinematográficos que han acabado en cine o televisión. Todavía hoy se exhibe en España en Canal 13, Justified, serie basada en el marshall Rayland Givens y que ha contado con gran éxito de público y de crítica.
Leonard era un hombre disciplinado en su trabajo. Escribía a mano todos los días durante ocho horas diarias y eso le permitió escribir casi una novela por año de una América perdida y desconocida. Cuando Detroit perdió la base industrial los delincuentes que habitaban en esa zona se trasladaron al sur de Florida, lugar que él conocía bien porque había pasado largas temporadas, en las que vio incluso cómo la zona cambiaba con la llegada de los inmigrantes de Cuba o Colombia.
Elmore Leonard, que había nacido en el primer cuarto del siglo XX, ya no soportaba contestar a aquellos que le preguntaba por su éxito literario, hasta tal punto que en 2001 escribió un decálogo memorable para The New York Times,  imprescindible para todos aquellos que crean que escribir un libro lo puede hacer cualquiera.

Poesía para ‘Breaking Bad’

¿Quién iba a decirle a Vince Gilligan cuando escribió los primeros guiones de Breaking Bad que muy pronto dejaría de lado la historia del profesor de química que se lanza a la fabricación de metanfetaminas y pasaría a hablarnos de alguien que toma la decisión muy consciente de entregarse al Mal?

Bryan Cranston como Walter White, o di mi nombre Heisenberg, en la finalizada serie Breaking Bad./elpais.com

Publicado por Errata Naturae, Breaking Bad. 530 gramos (de papel) para serieadictos no rehabilitados es un libro que de algún modo nos confirma que el éxito de esta serie está ligado a la inspirada narración de una metamorfosis. ¿Se hartó el profesor de química Walter White de querer parecer bueno solamente para que su propio espejo y la gente le miraran bien? ¿Somos buenos porque realmente lo somos o porque queremos que los demás nos aprueben?
Lo más notable de la mudanza moral que describe Breaking Bad estriba en que no narra una transformación corriente, sino la historia de cómo un gris profesor de química se cambia a sí mismo: en un momento dado, White decide volverse malo, pésimo. Y eso, a mi entender, le permite encontrar un destino idéntico al del célebre paseante Jean Jacques Rousseau, aunque siguiendo para ello un proceso a la inversa. El filósofo y botánico aspiraba a asomarse amablemente al mundo exterior pero, como cuenta Safranski en su imprescindible ¿Cuánta verdad necesita el hombre? (Tusquets), “acabó replegado en sí mismo y cargado de enemigos sin explicarse por qué”. Walter White, en cambio, se crea adversarios con aplomo, naturalidad y plomo, pero se intuye —a falta de los capítulos que nos quedan por ver— que terminará igual que su antagónico Rousseau: desapareciendo en sí mismo.
A la vista de la buena fortuna de Breaking Bad, me pregunto si, de cambiar algún día las inercias que nos encadenan al pie del poder (al pie del Castillo), podría tener también suerte la serie que a veces imagino y en la que, repitiendo la fórmula del proceso de cambio del químico White, presenciaríamos la historia de un gris hombre sumiso de nuestro tiempo —pongamos que un señor macizo con frente esculpida según los cánones que diseña el Estado, creyente con bandera de patriota en su alma o balcón, con críos que llevar de la mano y ataduras a un trabajo imbécil pero útil— que de pronto daría un salto y emprendería una ruta, tan frágil como radicalmente diferente, un camino que le llevaría a huir de cualquier ciclo más de participación en la gran farsa general.
Sería, para entendernos, un tipo que viviría un cambio glorioso al transformarse en un solitario que tomaría la decisión consciente de ser poeta y volver todas las noches a casa caminando con paso veloz y vidrioso, con su cuerpo levemente doblado, ondeando como si ráfagas de viento le arrastrasen a uno y otro lado de la acera, las manos cruzadas en la espalda y una larga zancada.
Escribir significaría para él poder “permanecer fuera”, refugiarse en lo que K. definió como “el misterioso, quizá más peligroso, quizá más redentor consuelo de la escritura: ese escapar de un salto de las filas de los asesinos mediante la observación de los hechos”.
¿Crearía serieadictos la mutación de alguien que abandona las filas de los asesinos porque entiende que el sentido de la descripción de su vida interior y el terror al mundo (que es lo mismo que su escritura), ha relegado todo lo demás al terreno de lo accesorio?
Narrada con las mismas armas de Breaking Bad, la serie imaginada, con su larga historia de poesía y transformación, mostraría cómo un hombre cambia las filas de los asesinos por un camino que le va haciendo “desaparecer en sí mismo”, que le aleja felizmente cada vez más de ese castillo o centro máximo de poder, donde en realidad, según rumores cada vez más extendidos, no hay nadie, sólo un corral de pollos a la deriva.

1.10.13

Reapareció Gabo

El Nobel colombiano se mostró de buen humor y en buen estado de salud

Gabo hace la tradicional mamola colombiana./lainformación.com

El escritor colombiano Gabriel García Márquez visitó hoy un centro comercial en el sur de la Ciudad de México, donde lució de buen humor e incluso posó junto a sus admiradoras.
El premio nobel de literatura 1982 recorrió la plaza acompañado por una persona cercana, quien no se separó de él cuando entró a un local para probarse algunos anteojos.
En más de una ocasión el autor de Cien años de soledad  se mostró sonriente y con buen ánimo hacia quienes lo saludaban e incluso se dejó tomar fotografías con algunas seguidoras que lo reconocieron a su paso.
Vestido con camisa color crema, un saco gris de lana a cuadros y sin corbata, Gabo, de 86 años de edad, caminó por los pasillos de centro comercial Perisur un día después de que inaugurara ayer un boliche en un exclusivo barrio de la capital mexicana acompañado por su esposa, familiares y amigos.
Allí el novelista degustó algunos platillos y una copa de vino tinto y también se dio tiempo para atender a quienes buscaban un autógrafo y posar para las cámaras.
Las salidas del autor de El amor en los tiempos del cólera muestran que no sólo está de muy buen humor, sino que goza de "un buen estado de salud", dijo una fuente cercana al escritor.
"Ya ustedes lo vieron ¿no?, si estuviera mal, pues imagínate. Ya parece que andaría en la calle y no estuviera inaugurando nada", añadió.
El escritor colombiano, quien vive desde hace más de cinco décadas en la capital mexicana, tenía ya varios meses sin asistir a actos públicos.
Debido a que no se encontraba en México, García Márquez no asistió a la despedida de su amigo y también escritor colombiano Álvaro Mutis, quien falleció la semana pasada, pero en su lugar estuvo su esposa, Mercedes Barcha.

Francia concede la Legión de Honor al poeta nicaragüense Ernesto Cardenal

El gobierno de Francia, a través de su embajada en Nicaragua, impuso la orden Legión de Honor en grado de Oficial al poeta y sacerdote trapense Ernesto Cardenal

Francia concede la Legión de Honor al poeta nicaragüense Ernesto Cardenal./lainformacion.com

La orden fue entregada por el embajador francés en Managua, Antoine Joly, quien ofreció una recepción en su residencia a Cardenal, de 88 años y considerado actualmente como uno de los poetas vivos más importantes de Latinoamérica.
En su discurso, el diplomático explicó que Francia decidió otorgar la orden Legión de Honor a Cardenal porque ha estado "siempre fascinada por los poetas y los escritores actores de revoluciones", que también decidieron en un momento preciso de sus vidas cumplir con sus compromisos políticos concretos.
Cardenal (Granada, Nicaragua, 1925), poeta, sacerdote católico defensor de la Teología de la Liberación, político -fue ministro de Cultura durante la Junta de Gobierno de Nicaragua entre 1979 y 1988, aunque ahora está muy distanciado del gobernante Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN)-.
Cardenal, que agradeció la condecoración, llegó ataviado con su acostumbrada y larga camisa blanca o "cotona" de algodón, de confección tradicional, boina negra, y sandalias de cuero.
Siendo ministro de Cultura, Ernesto Cardenal recibió la amonestación pública del papa Juan Pablo II, al visitar Nicaragua (marzo de 1983), por mezclar la religión con la revolución sandinista.
Entre sus obras poéticas, que han sido publicadas en 20 idiomas y en más de 200 ediciones, destacan: "La ciudad deshabitada", "Hora Cero", "Getsemany KY", "Salmos", "Oración por Marilyn Monroe y otros poemas", "El estrecho dudoso", "Vida en el amor", "Homenaje a los indios americanos", "Cristianismo y Revolución", "La santidad en la revolución" y "En Cuba".
A la condecoración del octogenario vate, que fue propuesto por la Sociedad General de Autores y Editores (SGAE) al premio nobel de literatura 2010, acudieron el escritor y exvicepresidente Sergio Ramírez, la poetisa y escritora Gioconda Belli y otros intelectuales nicaragüenses.

La gran novela leve

Nuevos Escritores Latinoamericanos

Alejandro Zambra se ha convertido en un maestro de la liviandad y la ficción autobiográfica con obras como Bonsái o Formas de volver a casa. El chileno fue seleccionado por la revista Granta entre los mejores escritores jóvenes en español

El escritor chileno Alejandro Zambra. / Daniel Mordzinski./elpais.com

Alejandro Zambra nació en Chile el año 1975. La dictadura de Pinochet vivía su periodo más negro. La antigua dirigencia de la Unidad Popular estaba toda en el exilio, o muerta. El país se hallaba enteramente controlado por los militares. Santiago era una ciudad tomada. Ya no había resistencia, pero continuaba la persecución. El organismo encargado de realizar el aseo ideológico se llamaba DINA —Dirección de Inteligencia Nacional—, y había entrado formalmente en funcionamiento durante 1974, gracias a un decreto ley que la oficializaba. En 1975 Pinochet viajó a Madrid, al entierro de Franco. En otro ámbito, Chile vivía una revolución neoliberal. Los economistas de Chicago, discípulos de Milton Friedman, experimentaban acá las teorías de su maestro. Servimos de laboratorio. La pobreza campeaba. Para cubrir la desocupación inventaron el PEM (Programa de Empleo Mínimo), y no era raro toparse por ahí con piquetes de obreros moviendo piedras de un lugar a otro. Zambra creció en Maipú, una comuna capitalina de clase media, donde miles de personas llegaron a vivir, en villas de casas pareadas y pequeñas, a fines de los setenta. Muchos de sus habitantes con gusto se autodefinirían como “gente de esfuerzo”.
La generación de la que Zambra es el escritor que más lejos ha llegado —lo han traducido a varios idiomas y publicado en EE UU, con muy buena crítica— entraba a la adolescencia cuando retornó la democracia en 1989. “La adolescencia fue verdadera, pero la democracia no tanto. Tratábamos de entender lo que ocurría: igual era una dictadura, igual estaba Pinochet en el poder. Era un Chile del triunfo, de la democracia inmediata, de líderes con mucho miedo, que estaban obligados a mostrar esta cara sonriente de continuidad del sistema económico, y yo lo vivía muy desde el margen porque estudiaba en la Facultad de Filosofía, que era un pulmón de resistencia, pero una resistencia que nadie pescaba. Todos parecían unidos en defender que éramos los jaguares de América Latina y esas cosas que se decían entonces. Ahí la literatura también tenía una vocación de marginalidad, porque éramos personas que habían optado por el fracaso. Yo venía de un colegio totalmente triunfalista (Instituto Nacional, la más prestigiosa escuela pública), pero optar por la literatura era optar por la derrota. No te prometía ningún trabajo, salvo, en el mejor de los casos, hacer clase en la Universidad. Se vivía muy tristemente. Muchos éramos jóvenes conflictuados. Escuchábamos a Radiohead todo el día. Los noventa es una época en la que me interesa indagar”.
En Bonsái, su primera novela, toda esa ajenidad queda destilada en un texto brevísimo. “La idea era que fuera un bonsái de libro, un libro como de mentira. Hay un descreimiento respecto de la novela en la base de Bonsái”, explica. “Nuestros profesores venían del exilio, muy desencantados de todo, por lo que no eran parte de esa fiesta en la que durante esos años se supone que vivía el país. No llegaban como héroes, sino que volvían como fantasmas, descoyuntados vitalmente, equilibrando las separaciones y el escepticismo, y nosotros aprendíamos de ellos a desconfiar de todo. Ser inteligente era no creer en Dios, no creer en ningún proyecto político serio, no creer en nada. Regocijarse en el rizoma, las indeterminaciones, la posmodernidad. Y Bonsái nace por eso, contra eso. Buscando algo”. Sus personajes —“que no son exactamente personajes, aunque tal vez conviene pensarlos como personajes”, aclara el narrador de Bonsái— son tan creíbles como distantes, encerrados en su mundo de sexo y literatura, de vidas mínimas (así se llama un libro de González Vera que Zambra admira) experimentadas con la soberbia “de los que se creen mejores, más puros que el resto”. Es la historia de una pareja de estudiantes de literatura, que apenas salen al espacio público. El escenario de la trama es más su música emotiva y nostálgica que lugares concretos. El contexto es más psicológico que histórico, más interpersonal que político, aunque los que vivimos ese tiempo sabemos que trasunta realidad. “Federico Schopf decía en clase que nosotros habíamos crecido en la anestesia, que éramos incapaces de sentir el mundo. Y algo de eso había. Éramos árboles reprimidos. Queríamos despertar, pero no siempre sabíamos que estábamos durmiendo. La literatura nos despertaba, pero cuando presentíamos esa obligación de escribir sobre la dictadura, pensábamos que podíamos escribir de cualquier cosa, que nadie nos podía obligar a escribir sobre nada”.
Se decía que quienes llegaron a la juventud durante los noventa aseguraban “no estar ni ahí”. Frente al entusiasmo ideológico de las generaciones anteriores, respondían con dicha fórmula. Psicólogos y sociólogos escribieron multitud de tratados al respecto. “Nosotros, en realidad, sí estábamos ahí, pero no sabíamos con qué. La democracia era una dictadura disimulada, a veces de manera burda. El asunto comenzó a cambiar cuando tomaron preso a Pinochet en Londres, recién en 1998. Vista en retrospectiva, la cosa es muy simple y fuimos todos unos mediocres, del presidente para abajo, pero se experimentaba un ambiente todavía muy opresivo, también en la prensa, no existía entonces ni siquiera The Clinic, y los pocos intentos por hacer diarios de izquierda o menos comprometidos con la derecha terminaron en farras o fracasos. Nosotros crecimos con cierta violencia explícita, ocultada por los medios de comunicación, y con mucha violencia cotidiana casi imperceptible. Por eso, aunque suene antipático, yo creo que la función de la literatura tiene que ver con la complejidad. La literatura quiere captar la complejidad de los hechos, no simplificarlos. Mi estilo o mi deseo de estilo nace de eso: de querer narrar lo complejo, lo incierto, con las palabras y las formas más simples posibles”.
—¿Te han sorprendido, al convertirte en un escritor leído más masivamente, lecturas inesperadas de tus propios textos?
—Sí, claro. De ser un niño muy teórico e inteligentoso, la literatura pasó a servirme para explicarme cosas de las que no estaba seguro. En Formas de volver a casa yo sabía lo que estaba narrando, pero pretendía también disolver otras certezas, conseguir una cierta ambigüedad. Que el libro fuera muchas cosas a la vez. Y por supuesto que algunas cosas no sabía que estaban ahí. Eso es lo que tiene la literatura de intransferible: existen fragmentos no calculados. Creo que intenté otra manera de hablar de la dictadura chilena, que a ratos desconcierta. Hay escritores chilenos profesionales que recorren Europa…
—Comercializando el dolor.
—Claro, y bueno, sabemos quiénes son. A veces cuesta explicar en el extranjero que acá existía una vida cotidiana mientras sucedían hechos horrendos. Un periodista francés, a propósito de Formas de volver a casa, me preguntó cómo era posible que un niño anduviera por las calles en ese tiempo, sin saber que los niños de entonces andábamos por las calles harto más que los de ahora.
"En los años noventa
la democracia era una dictadura disimulada. Todo empezó a cambiar cuando tomaron preso
a Pinochet en Londres"
Los libros de Zambra, no es ni necesario preguntárselo, son autobiográficos. Hurguetean en él mismo. Hay una voz que los atraviesa. Cualquiera sea el conflicto —siempre finalmente íntimo— está el testimonio de un narrador encarnado. “En Formas de volver a casa pagué una deuda con mi infancia. Durante mucho tiempo pensé que mi experiencia no tenía importancia. Era el tiempo en que lo realmente significativo era que se esclarecieran los crímenes, que las víctimas de la tortura pudieran hablar; los que importaban no éramos nosotros —los hijos de la clase media del extrarradio, despolitizada— sino los hijos de las víctimas. Si entonces me hubieran dicho que escribiría una novela sobre la villa en que vivía en Maipú, no lo hubiera creído. Esa novela, más que relatar hechos, lo que quiere es hacerse cargo de la imposibilidad de relatarlos. En rigor, ahí hay experiencias, pero también está la sensación de que no valen la pena de ser narradas, porque hay asuntos que son más importantes. En el fondo tiene que ver con el duelo, cuando este se transformó en algo realmente colectivo en Chile. Esto debe haber pasado hace unos diez años. Dejó de ser un asunto solamente de las víctimas, y la mayoría de los chilenos entendieron que estas cosas le habían pasado al país. Aún quedan muchos crímenes sin resolver, todavía campea la impunidad, pero al menos los chilenos entendimos, la mayoría, que el duelo es colectivo”.
Alejandro Zambra es un tipo apacible. Tiene la curvatura física y los modales de un joven profesor de letras, admirado por sus alumnos. Hace clases de poesía chilena en la Universidad Diego Portales. Se ríe con facilidad, pero sin perder la compostura. No le interesa llamar la atención con historias extrañas ni análisis rebuscados, aunque ocasionalmente hace alardes de ingenio con chistes de la escuela inglesa.
—¿Siempre pensaste en narrar, en escribir novelas?
—No. Empecé a escribir novelas la primera vez que me atreví a decir yo, aunque no dijera yo explícitamente. Mi generación se crió en el prestigio de lo indirecto, de lo intelectual. Mis primeros textos literarios eran sin sujeto. Era de mal gusto hablar de uno mismo, y a la vez era de mal gusto reclamar. Si te cagaban, te volvías un rencoroso, pero reclamar era denigrarse. Cuando sentí mucha necesidad expresiva, eso se rebasó y ahí apareció la voluntad de narrar algo. La liviandad del comienzo de Bonsái, por ejemplo, fue muy raro para mí descubrirla como un tono posible. Todo tenía que ser esencial y profundo.
—Eso parece que se llama juventud. Pero, ¿qué te dice la honestidad en literatura?
—Yo la reivindicaría también en relación con la ficción. Creo que hasta puedes ser más honesto inventando personajes que fingiendo una voz única. La honestidad tiene que ver también con esa complejidad de la que hablábamos. Por ejemplo, un amor de juventud. Uno olvida que a los 15 años estabas enamorado de una polola y la vida te parecía inimaginable sin ella. Habría que ser capaz de recordar eso, sin nostalgia, de la manera más realista posible, sin sentirnos superiores a quienes éramos. En ese sentido, la literatura está en contra de la simplificación del presente, del pasado o del futuro. Y esto tiene que ver con la precisión, con “la moralidad de la precisión”, como decía Ezra Pound. Cuando llegas a una imagen muy precisa, eso desestabiliza las cosas en lugar de ordenarlas. En vez de fijar, te hace ver el lugar en que realmente estabas. Muchas veces, la mala literatura es un mecanismo de validación, de mentira en el sentido más burdo de la expresión. Eso no me interesa. Prefiero lo de Carver: “Sin heroísmos, por favor”. El protagonista de Formas de volver a casa es cuestionado por los otros personajes de la novela. No está heroizándose. Relatos heroicos se pueden escribir todos los días, porque convivimos con visiones superpositivas de nosotros mismos.
—¿Te parece que la literatura chilena ha dado bien cuenta de lo que ocurrió?
—No creo que la literatura tenga que dar cuenta literalmente de los hechos.
—Quítale lo “literal”.
"La literatura busca captar la complejidad
de los hechos, no simplificarlos. Mi
estilo nace de querer narrar lo complejo con palabras simples"
—Me parece que sí, pero también estoy pensando en los documentales y en el periodismo, que yo disfruto muchísimo. El periodismo de investigación y la crónica me parece que son parte de la literatura. No les pido menos de lo que le pido a una novela o un poema. Me gusta lo que está pasando, casi siempre a contrapelo de los medios oficiales: editoriales independientes, escritores que buscan y no marcan el paso”.
Zambra conquistó el escenario literario discretamente. Sus primeros compañeros de andanzas fueron los poetas de su edad: Andrés Anwandter —con los versos de quien comienza su segunda novela, y a los que debe su título, “…como la vida privada de los árboles / o de los náufragos”— y Kurt Folch, entre otros. Él mismo publicó dos libros de poemas antes de intentar con la narrativa: Bahía Inútil (1998) y Mudanza (2003). Deben ser muy pocos, si acaso los hay, los escritores chilenos que no comiencen escribiendo poesía. “A todos nos gustaba Enrique Lihn”, asegura, el poeta de La musiquilla de las pobres esferas, que nunca salió “del horroroso Chile” (eso escribió el poeta), y que murió a los 58 años, de un cáncer fulminante, meses antes de que la dictadura fuera vencida en el plebiscito. Nunca escuchó el aplauso del público, pero a cambio, y en parte por lo mismo, se quedó con el cetro de poeta de los poetas.
—¿Te interesa algo que no habla del mundo?
—No. Toda la literatura habla del mundo, pero siempre prefiero algún grado de apelación. No me gusta poner las cosas tan dogmáticamente, pero hay una literatura que dejó de interesarme en el momento en que empecé a pedirle esa huella de realidad. La literatura que siempre me interesó es la poesía chilena. Nunca me ha decepcionado.
—¿Dónde radica su particularidad?
—Yo creo que en su rebeldía a lo convencional, incluso cuando parece muy convencional. Si se la compara, por ejemplo, con la española, es una poesía muy extravagante. Esa cosa contratextual que Parra le metió a Neruda tiene toda una línea de continuidad, incluso contra Parra. Generó una dinámica de mucha rebeldía al padre. Neruda es asombroso, capaz de poetizarlo todo, chamullento, versero, pero efectivo.
—Y parece ser una poesía muy terrestre, ¿no? Ha estado muy vinculada a la política.
—Eso tiene que ver con el mito del poeta chileno. Por algún motivo son más famosos y significativos para la sociedad que los novelistas. Fíjate en la cantidad de poetas que escriben columnas de opinión. Tienen un nivel de apelación a la sociedad que es inédito en la poesía. En otros países se mantiene dentro de los márgenes del género.
—¿Y tú, ya optaste definitivamente por contar?
—Sigo escribiendo poesía. Pero también la poesía chilena es muy narrativa, la de muchos de mi generación, sin ir más lejos, como Germán Carrasco, Leo Sanhueza, Anwandter, Vero Jiménez. No está reñida con la prosa. Si aceptamos la teoría muy discutible de que la prosa se subdesarrolló en Chile, sería porque la poesía también cumple esa función. Por ejemplo, Gonzalo Millán, un poeta tan exquisito, indudablemente habla de cosas que nos importan.
—¿Te interesa el Chile de hoy?
—Claro que sí. Están pasando cosas. Hace tiempo que se están soltando amarras, que hay una visión crítica de la sociedad que va contra la medianía. A la vez, la Transición ha sido muy lenta. Los enclaves conservadores, los Legionarios de Cristo, el Opus Dei, la derecha más recalcitrante está perdiendo poder. Ven que se viene algo y la manera de contrarrestarlo es ofreciendo un poquito. Ahora hay una generación nacida en democracia que no tiene por qué entender los traumas del país. A mí me gusta mucho estar acá. No me iría. Me encanta lo que está pasando.

Zambra en tres palabras

Fumador. Unos cuantos meses atrás, Alejandro volvió a fumar. No sé si llegó nuevamente a los tres paquetes diarios, pero no pasa media hora sin encender un cigarrillo. Si para hacerlo tiene que salir al aire libre, se fuma dos al hilo para aprovechar el viaje. No parece tener otro vicio. Es un buen chico. Toma y se emborracha, pero en lugares y momentos donde corresponde que suceda. También fuma marihuana de cuando en vez, como la gente normal. De drogas duras ni hablar; supongo que algunas las ha probado, pero no es de temple rocanrolero, sino más bien un tipo calmo y bien portado. No tiende a los escándalos. Incluso cuando está loco por prender un pucho, se las arregla para transmitir la urgencia sin brusquedad.
Bolaño. Zambra fue el escritor chileno que mejor agarró la ola de Bolaño. Mientras otros novelistas nacionales, como Contreras y Marín, lo miraban con sospecha y un pretendido desdén, Zambra lo admiró desde el primer momento. De Los detectives salvajes dijo que se había leído sus seiscientas veintidós páginas de una sentada. A continuación explotó violentamente su fama, y Zambra supo navegar con habilidad sobre sus ondas expansivas. La bolañitis le abrió camino.
Poetas. Alejandro Zambra comenzó escribiendo poesías. Todavía las escribe. Pertenecía a uno de los muchos grupos de poetas que existen en Chile. Hasta el día de hoy, no son pocos los lugares donde se puede escuchar, cada tanto, a uno que declama. En las ferias de libros regionales hay siempre un lugar donde recitan sin apuro. Cuando un poeta se sube a leer sus versos en un estrado, no es fácil bajarlo. Los poetas de acá toman mucho vino navegado. Publican en pequeñas editoriales que de milagro sobreviven. Sienten un cierto desprecio por la narrativa. No sé si aún sucede, pero hasta hace poco un verdadero poeta no leía novelas: solo poemas y ensayos. Raro, porque a Neruda le encantaban las historias policiales, o quizás por lo mismo. Con los poetas nunca se sabe. “Ellos suspiran y responden lo que han respondido siempre: que solo la poesía salvará el mundo, que hay que buscar, en medio de la confusión, palabras verdaderas y aferrarse a ellas. Lo dicen sin fe, rutinariamente, pero tienen toda la razón”, según Zambra.


Patricio Fernández es escritor, periodista y director de la revista chilena The Clinic.

McEwan : "He querido unir el mundo de los escritores y el de los servicios secretos"

Costó unas cuantas idas y venidas, cruces de mails, ajustes y reparaciones a mi viejo y maltrecho ordenador, la instalación de un programa para grabar conversaciones por Skype y unas siete horas de placentera lectura antes de apuntar al vuelo, con el tiempo encima, qué quería preguntar a Ian McEwan -en la hora que me ofrecía su agente- sobre Operación Dulce 

Ian McEwan, autor de Operación Dulce./elcultural.es

Al parecer también a Ian McEwan le ha llegado la hora del thriller, ambientado en plena Guerra Fría en este caso. La trama se podría describir en tres líneas y dejarla en suspense, como una buena escena de novela negra: una joven estudiante es reclutada por el MI5 para organizar la llamada Operación Dulce, una misión cuyo objetivo fundamental es ayudar económicamente a novelistas prometedores para generar a través de sus obras propaganda anticomunista. 

La novela entera es en realidad un pulso de a dos: la oficialista y secreta de Serena Frome y la psicológica y precisa de un escritor que muy bien podría ser un trasunto del propio McEwan en su juventud a comienzos de los 70, el principiante y corrosivo Tom Haley. Suena la llamada en Skype y aparece en la pantalla Ian McEwan. A pesar de sus más de sesenta años sigue teniendo esa sempiterna medio sonrisa de preadolescente que acaba de cargarse el jarrón de alguien. Nos saludamos y repasamos conocidos mutuos. A su espalda un estudio amplio, estanterías repletas de libros, una mesa victoriana y una alfombra elegante, y en medio McEwan sentado de perfil y agarrando con el brazo el cabecero de su silla, chulesco y educado a la vez.

Ian McEwan: No te puedo ver.
Andrés Barba: Tengo apagada la cámara, si la enciendo empeora la grabación.
I. McEwan: Ya.

No parece gustarle demasiado la idea, pero lo cierto es que acaba resultando muy acorde con su propio libro: el escritor que escribe sobre espías acaba siendo espiado por un entrevistador al que no puede ver.

A.B: Empecemos si quiere con el caso de la revista Encounter, la revista literaria que fue financiada por la CIA, y que resultó ser el punto de partida de la novela. ¿Qué le hizo suponer que podía escribir una novela basándose en aquel episodio?
I.M: Siempre me han interesado mucho las políticas culturales de la CIA. En 1949 y en los años siguientes invirtieron decenas de millones de dólares no sólo en la financiación de revistas literarias sino también en conferencias, conciertos y tours de orquestas americanas, exposiciones de artistas expresionistas abstractos, todo tipo de eventos de alta cultura. Muchos agentes de la misma CIA eran hombre muy cultos, profesores en universidades como Yale y Harvard y todos tenían un objetivo muy claro: convencer a toda la intelectualidad de corte izquierdista europea que América era mucho más interesante de lo que creían desde el punto de vista cultural, y desde luego mucho más interesante que la Unión Soviética. Mi interés en este tema se basaba en la increíble paradoja que suponía que alguien estuviese promoviendo valores como la democracia, la tolerancia, y un mundo de puntos de vista plurales y diversos y al mismo tiempo estuviese haciendo todas esas cosas... en secreto. Toda la situación me parecía que contenía una especie de 'locura institucional' que por supuesto me entusiasmaba y que también me parecía un colosal acto de mala fe, si quieres llamarlo así. Y así fue como surgió la idea de Operación dulce, de unir el mundo de los escritores con el de los servicios secretos.

A.B: Una idea tal vez un tanto abstracta para empezar: los novelistas y el poder...
I.M: Los novelistas siempre estamos obligados a contar las historias a través de individuos concretos, si algún día decidiera escribir sobre lo que ahora mismo está sucediendo en Siria, por poner un ejemplo, de la misma forma en la que lo he hecho aquí en Operación Dulce tendría que centrarme en dos o tres personajes concretos porque si no, más que una novela acabaría haciendo sociología o teoría política y esa es la razón por la que Operación Dulce es también y sobre todo una historia de amor, y no sólo una historia de amor entre un hombre y una mujer, sino también entre un lector y la ficción, entre dos tipos de lectores en realidad: Serena y Tom. Siempre resulta fascinante trazar novelas con un trasfondo político pero si están desprovistas del toque humano se convierten en una estructura demasiado ardua y dialéctica para mi gusto.

Los felices, esquizofrénicos 70

A.B: Se puede decir que Operación dulce es también una novela de atmósfera, de tono. En este caso el espíritu de los 70 sobrevuela todo el texto como un personaje más. ¿Cómo se ve, desde hoy, la experiencia de aquella década?

I.M: La experiencia de aquellos años fue muy contradictoria, iba a decir esquizofrénica pero esa no es la palabra, la palabra es contradictoria. Yo tenía veintidós años en 1970, acababa de mudarme a Londres y estaba empezando no sólo a publicar mis primeros cuentos sino también a conocer a autores que luego se convertirían en grandes amigos, como Julian Barnes, Martin Amis, Craig Raine, James Fenton, y más tarde Salman Rushdie. La vida era muy excitante y, desde el punto de vista político, el país estaba en un punto que podría describirse como al borde de una crisis nerviosa, todavía estábamos demasiado cerca de la II Guerra Mundial, mirando todavía demasiado a la época del Imperio, lamiéndonos las heridas tras una decadencia larga y lenta, daba la sensación de que algunos de nuestros enemigos como Japón y Alemania nos estaban superando, en muchos sentidos, no sólo en el industrial, todavía estábamos haciéndonos a la idea de que éramos un poder medio, y a eso había que añadirle una crisis energética, enormes diferencias de perspectiva entre la izquierda y la derecha, un problema internacional y global sobre el asunto de los sindicatos y si debían formar o no parte del gobierno, algo que los sindicatos daban por descontado, pero al mismo tiempo teníamos un ambiente cultural muy vivo que venía de los sesenta y de los movimientos verdes, todo tipo de experimentaciones en teatro, en artes plásticas... fue, como he dicho, una época contradictoria, una época fantástica para ser joven, para no estar demasiado establecido o atado a una hipoteca o a un trabajo específico.

A.B: Siempre ha defendido una idea de la novela como forma de investigación y análisis. Me gustaría que nos hablara de las conclusiones a las que ha llegado en este caso particular, qué es lo que ha motivado en Operación Dulce ese deseo de investigación.
I.M: Todo parte de la idea de que es una novela sobre la lectura. Serena es en realidad un tipo de lectora. Un tipo de lectora un tanto simple que lo único que hace cuando abre un libro es buscarse a sí misma, quiere encontrar su propio mundo reflejado en las páginas, y que lee movida por un sencillo movimiento de curiosidad y no le interesa en absoluto lo que sí le interesa a su amante, el escritor Tom Haley, más inclinado a libros como los de Pynchon, o Barthes, libros que reflexionan sobre temas como los límites entre el arte y la vida y ese tipo de cosas. Si tuviera que ofrecer una conclusión diría que lo que he intentado hacer es una novela que pueda gustar a esos dos tipos distintos de lectores. Es decir una novela que fuera política, que estuviese enmarcada en hechos reales e identificables y al mismo tiempo establecer un juego con el lector y también con el marco, jugar con el asunto de quién es la persona que nos está relatando la historia y encontrar un punto en el que se pudieran encontrar esos dos lectores: el elemental, que quiere saber qué va a pasar y tiene curiosidad, y el que quiere jugar, el metaficcional.

Suena el teléfono y McEwan lo coge y lo deja caer directamente, como un golpe de batuta, un gesto teatral que parece dar una solidez inusitada a sus últimas palabras. Con esa forma de hablar pausada, elocuente y un tanto profesoral, pero amable y distinguida, dice que se lo ha pasado muy bien escribiendo este libro. “Es probable que sea el libro que más me haya divertido escribir”. Que ha tenido pequeños problemas, pero por lo general en la escritura de una novela, en el proceso de ‘despliegue' de un texto largo siempre hay algo que hace que el espíritu decaiga un poco”

A.B: Eso de 'desplegar' el texto suena a Henry James...
I.M: Es verdad. En cierto modo estoy totalmente de acuerdo con ese mandato de Henry James en el que dice que la primera obligación de todo novelista es la de ser interesante. No es que explique a continuación en qué consiste serlo, pero es cierto que Henry James tiene razón: uno tiene que despertar (y estoy seguro de que esto lo aprobaría totalmente una lectora como Serena) la curiosidad del lector, y además tiene que hacerlo lo antes posible porque el mundo está lleno de distracciones y los novelistas nos contamos por millones y a parte de las novelas hay muchos placeres llamando a las puertas, ya no podemos esperar que se nos lea como si se tratara de una obligación.

A.B: Me pregunto si una de las razones que ha hecho que le interese escribir esta novela es la de hacer una autobiografía soterrada del escritor que fue en los 70 a través del personaje de Tom Haley...
I.M: Sí, en esta novela hay también una especie de autobiografía más bien distorsionada. Le di a Tom Haley parte de mi historia, muchos de los cuentos que escribe son cuentos míos en realidad, pero he cambiado muchas cosas, he cambiado los nombres, he cambiado detalles o he jugado con ellos, le he dado todo mi entorno literario de comienzos de los setenta y muchos de los colegas literarios de aquella época que todavía siguen hoy en mi vida, le di mi universidad, y también le di una buena parte de mi obsesión por la ficción de aquella época pero eso no significa en absoluto que sea una autobiografía o una novela autobiográfica, sencillamente he utilizado algunos de los aspectos de mi pasado para construir el personaje de Tom Haley.

A.B: Me da la sensación de que su reivindicación de la Sussex University en este punto de su vida esconde algo...
I.M: Eso está bien visto. Creo que durante años fui un poco reticente a reconocer mi formación pero a medida que van pasando los años he ido comprendiendo lo buena que fue y lo mucho que ha satisfecho las necesidades intelectuales que he ido teniendo con los años. Yo estudié literatura inglesa pero también se me exigía estar al tanto de una buena parte de la filosofía europea, tuve también la oportunidad de estudiar algo de política y relaciones internacionales, de hecho en aquella clase era el único alumno así que se convirtió casi en una tutoría y mi profesor era nada menos un abogado que había participado en los juicios de Nuremberg, tuve también la oportunidad de estudiar algo de ciencia, francés y otras cosas que han sido extremadamente útiles a la hora de organizar mis propios pensamientos. Comencé a leer a Kafka, que resultó ser esencial en el comienzo de mi carrera, leí mucho a Freud, que en aquel momento fue una gran influencia para mí, aunque ya no lo sea, de modo que cuando Tom escribe su carta a Serena y le acusa de ser un poco snob con su educación de Cambridge, me puse a pensar que en aquella época si ibas a Cambridge a estudiar literatura inglesa básicamente lo que hacías era un curso intensivo que abarcaba de Chaucer hasta Tennyson mientras que yo me vi en medio un parque de atracciones intelectual. Me pareció que tenía una deuda pendiente con mi antigua universidad y que un buen modo de resolverla era haciendo que uno de mis personajes hablara a su favor.

A.B: Hay también cierto aire, no sólo en este, en sus últimos libros de esperanza de un mundo mejor, y en una entrevista recuerdo que comentó una idea que me resultó particularmente interesante: la de que desde que tuvo su primer hijo ya no se había permitido cerrar un libro sin dejar al menos una pequeña vía a la esperanza...
I.M: Lo cierto es que es un punto de vista no precisamente popular en mi generación durante los años 60 y 70. La idea de que el mundo podía ser mejorado resultaba pasada de moda y poco excitante y todavía hoy pienso que hay algo en el pesimismo que hace que resulte particularmente apetecible para la mente humana. Me sigue pareciendo bien que nos miremos de vez en cuando con desaprobación por el mundo que estamos construyendo, pero la idea de abandonar toda esperanza de ofrecer alguna mejora es en realidad una especie de vanidad intelectual y un lujo malsano. Lo más interesante de todo es que la mayoría de la gente que dice ese tipo de cosas ni siquiera se las cree, hablan del fin del mundo pero al mismo tiempo están pensando en a qué colegio van a llevar a sus hijos. Creo que tener un hijo es el paso más grande que uno puede dar en la juventud, o en la edad adulta, no importa a qué edad, para aproximarse a la idea de que el mundo prosigue tras tu extinción y que no tiene sólo que ver contigo, que tienes cierta obligación de poner algo más sobre la mesa y que no puedes entretenerte demasiado en una especie de frívolo pesimismo, que no tienes derecho, y cuantos más años voy cumpliendo y más me voy acercando a ese eterno olvido, en el breve espacio de conciencia que me queda, ese pequeño sándwich de conciencia que hay entre esas dos eternidades de olvido, más presente tengo y de hecho también más agradable me resulta la idea de aportar algo positivo al proyecto humano.

A.B: ¿Se podría decir que, en cierto modo, Operación dulce es una novela de género?
I.M: Por supuesto, es una novela de espías. Creo que una las razones por las que los escritores de ficción de cuando en cuando decidimos escribir una novela de género, ya sea de espías, o de detectives, o del oeste, es que en ese tipo de géneros hay también una gran cantidad de energía creativa que hace que tu ambición se reduzca un poco. Es agradable alejarse de uno mismo porque cuando uno asume que está escribiendo una novela que se adscribe a uno de esos géneros te ves obligado de inmediato a pensar en la forma.

Una historia de amor

A.B: Lo cierto es que sus lectores españoles se cuentan por legión, pero véndale la novela a un indeciso...

I.M: Creo, de corazón, que es una historia de amor, pero no solo entre un hombre y una mujer, sino de amor a la literatura, creo que eso es lo que le diría.

Mc Ewan mira el reloj y a continuación indefinidamente, a un punto demasiado alto, como un ciego. Durante la charla había olvidado la incomodidad de estar siendo observado sin poder observar, pero la recupera y se revuelve en la silla.

A.B: Gracias por la entrevista, Ian, creo que eso es todo. Nos veremos pronto en España.
I.M: Sí, muy pronto.

Y vuelve a sonreír con astucia inglesa, a la espera de la revancha del observador observado. Exactamente igual que Tom Haley, el protagonista de su novela, pienso en cuanto cuelgo la llamada. Espero que su revancha no sea, en mi caso, tan terrible.

Los Beatles: Historias y razones que avalan un éxito de 50 años

Un repaso exhaustivo a la biografía del cuarteto de Liverpool. Siete intensos años de éxitos

Los Beatles bajan del avión a su llegada a Barcelona en 1965. /elpais.com
 
John Lennon, Paul McCartney, George Harrison y Ringo Starr han constituido el fenómeno musical mas importante desde los años sesenta, revolucionaron la música y pusieron banda sonora a un momento de cambio social de primer orden. Su legado musical, sus récords casi imbatibles y la plena vigencia de su obra, mantienen en plena actualidad el fenómeno que vamos a revivir. Así que si les parece…
Los cuatro vivieron su infancia en las secuelas de la Segunda Guerra Mundial en Liverpool, una ciudad portuaria entonces oscura. George y Paul crecieron en familias humildes y en el caso de John y Ringo, además, notablemente desestructuradas. A excepción de Richard Starkey (Ringo) todos estudiaron en Quarry School. Allí John Lennon, un estudiante inquieto, creativo, y polifacético que destacaba por su mala conducta formó su banda: The Quarrymen.

El Paleo-Beatle: De Quarry School a Hamburgo y grupo de acompañamiento
The Quarrymen (1957) era una banda sencilla liderada por John Lennon que practicaba un género musical conocido como skiffle, de gran simplicidad y muy válido para amenizar fiestas de colegio y cumpleaños. Poco después le presentaron a Paul McCartney, al que dio acceso a la formación porque sabía más acordes y más canciones, aunque ambos tocaban la guitarra rítmica. Paul introdujo a George Harrison, que aunque tenía mucho que aprender era tenaz con su instrumento. El grupo terminó de conformarse en 1960 con la llegada de Stuart Sutcliffe para tocar el bajo y Pete Best, la batería. A partir de aquí su nombre metamorfoseó en derivaciones varias para acabar siendo The Beatles.
Con la formación definida deciden irse a Hamburgo, donde tocan en auténticos “antros”, malviven , pero tocan juntos casi 12 horas diarias. Allí se estructura la banda, empiezan a sonar como grupo y a desarrollar sus propios temas, pero al trascender que Harrison es menor de edad es deportado y acaban regresando. Aunque hasta 1962 siguen viajando para tocar en otros clubs de Hamburgo, Sutcliffe decide quedarse en Alemania y Paul tuvo que asumir ser el bajista de los Beatles. Fue aquí donde Bert Kaempfert les eligió como grupo de acompañamiento para que Tony Sheridan grabase el EP (disco de 4 canciones) de My Bonnie, su primer disco. Poco después, el batería Pete Best fue reemplazado por Ringo Starr, que venia de uno de los grupos punteros de Liverpool.

Con la ayuda de la amistad: Brian Epstein y George Martin

Discografía 1ª Etapa : El dulce encanto de la sencillez: Please Please Me y With the Beatles
En los cincuenta y principios de los sesenta, los álbumes recopilaban discos sencillos (singles) o epés previamente lanzados que se completaban con unos temas adicionales para definir el repertorio. Así, después de Love Me Do, hubo que buscar más temas. Iban a imponerles uno ajeno, pero apareció Please Please Me en el último momento. Era finales de 1962, alcanzaron el puesto número dos de las listas de los más vendidos.
El 11 de febrero de 1963 se encierran en Abbey Road (los estudios de grabación de EMI) y en una sesión única graban las 10 canciones restantes del álbum que aparece un mes tarde y a partir de mayo permaneció 30 semanas en el número uno. La mayoría de canciones eran de McCartney y Lennon (así firmaban entonces), a destacar I saw her standing there y Misery, y algunos temas de otros como Chains (Gerry Goffin y Carole King) o Twist and Shouth (Medley & Rusell).
La grabación costó 400 libras y los Beatles consiguieron ser los artistas ingleses más jóvenes en lograr un número uno. Cinco meses después vuelven a Abbey Road para grabar With the Beatles mejorando el sonido del anterior e incluyendo una mayoría de canciones suyas: All my loving o I wanna be your man que dieron a los Rolling Stones para que la grabaran, u otras tomadas por su adecuación al sonido del grupo, como Roll over Beethoven (Chuck Berry) o You Really got a hold on me (Smokey Robinson). Resultado: este álbum aparta del número uno al Please, pleease me y permaneció allí 21 semanas más y fue el segundo disco en conseguir un millón de copias vendidas en Inglaterra.

El inicio del fenómeno de masas: La beatlemanía

En paralelo a la salida de estos álbumes los Beatles siguen lanzando discos sencillos: From Me to You (abril de 1963), She loves you (agosto de 1963) y I Want to Hold Your Hand (noviembre de 1963) son los responsables de la explosión americana y mundial de la beatlemanía. Nunca anteriormente un grupo inglés o europeo había logrado una recepción mediática y humana así. Estados Unidos había decido hacerlos suyos. Con ellas comienzan las giras multitudinarias, con los mejores equipos técnicos de aquella actualidad que hoy serían absurdos y ridículos, que no permitían oir ni lo que tocaban, con unos sistemas férreos de seguridad y con una explosión de productos beatles en Inglaterra y Estados Unidos que inundaban todas las tiendas que se jactaban de ser jóvenes.

Discografía 2ª Etapa: El perfeccionamiento de la banda : A hard day’s night y Beatles for sale.
Siguiendo la estela de Elvis Presley, Brian Epstein decidió hacer cine y apostó por Richard Lester que realizó una película digna y divertida que logró tanto éxito casi como el disco de A hard day’s night. Éste es un álbum de transformación con canciones ciertamente similares a los álbumes anteriores como Can’t buy me love o I should have known better. En él conviven los nuevos brotes de su música: A hard day’s night y If I Fell. Pero las canciones que complementaban la banda sonora mostraban una evolución sostenida con respecto a lo anterior: I’ll Cry Instead, Things We Said Today o I’ll be back empiezan a marcar senderos diferenciales y demuestran que la banda madura creativa, técnica e instrumentalmente. El álbum salió en julio de 1964 y fue número uno prácticamente mundial al igual que la película.
Entre gira y gira y tan solo cinco meses más tarde el cuarteto sorprendió con un nuevo álbum: Beatles for sale. A pesar de que ya querían ser autores de todo su repertorio no hubo tiempo y debieron tomar algún éxito prestado de otros como Rock & roll music o Kansas City. A pesar de ser un disco hecho a contrarreloj incorpora canciones de gran calado como Eight days a week, Words of love o I’ll follow the sun que compuso Paul con 16 años. La beatlemanía compensaba el resto: apeó A hard day’s night del podio en diciembre del 64 y permaneció en esa posición durante 11 semanas.

Discografía 3ª Etapa: La inquietud y el talento generan la revolución: De Help! a Sgt. Pepper´s
En julio de 1965 se estrenó Help!, una nueva película, pero si ellos no quedaron convencidos de esta obra de Richard Lester, la satisfacción fue muy positiva por la banda sonora. Un nuevo álbum con siete temas adicionales a los que aparecían ya en el filme sorprendió por una madurez contrastada que situaba a los Beatles en áreas de innovación: Ticket to ride, You’ve got hide your love away y sobre todo Yesterday marcaban un nivel máximo en aquella época. Desde una perspectiva temporal, se puede decir que se trata de un álbum crítico en el paso hacia una época diferente y revolucionaria, que repitió número uno generalizado y vendió millones de copias en todo el mundo.
Como ya era habitual, el siguiente álbum llegó antes de las navidades de 1965. Rubber soul se despega de todo lo anterior. Un sencillo intermedio, Day tripper / We can work it out, ya apuntaba al cambio de dirección. Las canciones de Rubber soul mantienen hoy una validez plena, Drive my car, Norwegian wood (con el aporte de la guitarra sitar), Nowhere man, Michelle y Girl marcaban un acmé no imaginable y cotas de vanguardia esperadas en ellos, pero sorprendentes. Incluso George, que siempre quedaba relegado a uno o dos temas por álbum, aporta If I needed someone, que le elevaba al nivel de lo extraordinario.
En la primavera del 66, mientras preparaban la siguiente grabación, el cuarteto ya sabía que la próxima gira de conciertos iba a ser la última. Estaban hartos de no parar y el sonido de sus discos era imposible trasladarlo a los escenarios con la tecnología coetánea. Esa etapa coincidió con el lanzamiento de Revolver en agosto de ese mismo año.
Los Beatles, en 1967. / EFE
Lo que se apuntaba en Rubber soul se dispara en el nuevo disco. Eleanor Rigby, Here there and everywhere, For no one o Got to get you into in my life definen la aportación de Paul, y en el otro extremo John, con su inquietud y una buena dosis de drogas que todos compartían en mayor o menor grado, llega a She said she said o Tomorrow never knows. Por su parte Harrison sigue creciendo con Taxman, Love you to o I want to tell you. Una portada –mezcla de retratos a lápiz y puzzle de fotos– rompe con la brillante etapa de álbumes anteriores ilustrados por Robert Freeman.
Este vértigo evolutivo se tradujo en su nueva obra comenzada a finales del 66 y que durante 700 horas de grabación gestó el que para muchos es el mejor álbum de los Beatles y según la revista Rolling Stone el mejor álbum de todos los tiempos. Ya el single que enviaron de avance era una señal de aviso de lo que venía: Strawberry fields forever y Penny Lane, paradójicamente no fue número uno en Inglaterra, posiblemente por la decepción del abandono de sus giras.
El álbum, La banda del Club de Corazones Solitarios del Sargento Pimienta (Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band), va mucho más allá: grandes canciones distintas y un solo concepto. Orquestaciones, sonidos hindúes, ambientes de circo, mezclas de estilos conforman un disco único que respira excelencia en cada segundo.
Desde la apertura de la banda, a With a little help from my friends pasando por el baño de psicodelia de Lucy in the Sky with diamonds, She´s leaving home, Being for the benefit of Mr. Kite!, la incursión hindú en Within you without you, When I’m sixty four, conducen a A day in the life que lleva al estremecimiento y la grandiosidad al final del disco, que se grabó con un mesa de mezclas de cuatro pistas con la técnica de reducción de mezclas. Increíble. Talento versus tecnología.
La portada de Michael Cooper y Peter Blake se desmarca de todo lo realizado hasta entonces y marca un modelo seguido hasta hoy en un álbum en su conjunto difícilmente superable. Solo un detalle más, los Beatles dejaron un mes después del lanzamiento de este álbum, en el primer programa de TV retransmitido para todo el mundo Our World, un mensaje de paz y amor, All you need is love. Impacto universal.

Discografía 4ª etapa: La música como base del fenómeno multimedia: Magical Mystery Tour y Yellow Submarine
Después de un esfuerzo y un éxito del calibre del Sgt. Pepper´s, los Beatles, que hicieron con Strarberry fields forever el primer video clip de la historia del pop, decidieron experimentar la era multimedia a través de un film para la TV, Magical Mystery Tour. Posiblemente lo mejor es su banda sonora que contó con The fool on the hill y I am the walrus. Aquel doble epé transformado en álbum se completó con Strawberry fields forever, Penny Lane y All you need is love.
Hemos querido agrupar con este a Yellow Submarine (aunque apareció en 1969) como una evolución de su música a través de los dibujos animados. Al contrario que Magical Mystery Tour, tuvo excelentes críticas por la innovación de la animación y constituyó un experimento bien recibido por el mundo del cine.

Discografía 5ª etapa: Evolución, separación y nacimiento del mito
John, Paul George y Ringo crecían en todo lo personal y evolucionaban desde la idea original de grupo hacia grandes personalidades que resultaban complementarias. Dos sencillos, Lady Madonna y Hey Jude, aliviaron con millones de ventas y números uno la espera de un álbum gestado en una meditación trascendental que les trasladó a la India y que generó un doble álbum rico en personalidades y que presentaba a unos Beatles cada vez más distantes, pero que aun así, sabían colaborar en los temas de los demás.
Apareció pegado a las navidades del 68 y fue el primer álbum que se lanzó con su propia discográfica, Apple Records. John Lennon aportó Dear Prudence, Hapinness is a warm gun, Sexy Sadie, Revolution o Julia. Paul dejó un muestrario de estilo perfectamente ejecutados desde Martha my dear a Blackbird pasan por el desgarrador Helter Skelter, hasta llegar a Honey Pie o Goodnight.
La sorpresa de este álbum fue George Harrison, que contribuyó con tres de los 30 temas que incorporaba, pero uno de ellos, While my guitar gently weeps, con Eric Clapton como invitado, era casi el primero que podía estar en el podio de lo mejor de los Beatles sin duda alguna. El álbum alcanzó la categoría de diamante (10 millones de copias) y da idea del éxito que supuso el White Album.
La disgregación personal que se apuntaba en el Álbum Blanco es protagonista en Let it be. Paul propone que el grupo vuelva al directo y para ello ensayan en unos estudios de cine con la intención de rematar con un concierto en directo. Empezaron a grabar en Twickenham y tuvieron que cambiar a sus estudios de Apple Records para lograr la acústica deseada. El ambiente se corta, la tensión entre ellos crece, y solo el final resulta atractivo e innovador: un concierto en la azotea de su compañía que cerraría la película que iba a ser exhibida en todo el mundo.
Grandes canciones: Get back, Let it be, The long and winding road, Across the universe garantizaban una banda sonora realmente atractiva. El disco no acabó de satisfacer a la banda y lo dejan en barbecho. Tenían claro que este trabajo en el estado de pre-separación del grupo no podía ser el legado final. Deciden que el álbum no se publique en ese momento.
Mese más tarde Los Beatles se reunieron de nuevo con George Martin para grabar su álbum final y para ello se comprometieron a trabajar en equipo. Lennon llegó con Come together, I want you o Because. Paul puso Oh! Darling; Ringo, Octopus's Garden, aunque en aportes individuales el que gana la carrera es Harrison, con dos maravillas Something y Here comes the sun.
Los Beatles, en una de sus últimas sesiones de fotos en 1969.
Pero si algo hace excepcional este Álbum Blanco es el medley final de 17 minutos que constituye uno de los momentos más brillantes de los Beatles (You never give me your money, Sun King, Golden slumbers, Carry that weight y The end).
Este si era un disco para poder demostrar que Los Beatles se iban en lo más alto y así en septiembre de 1969 se lanza y logra el número uno mundial y un nuevo disco de diamante. Un año más tarde, aparecería Let it be con arreglos de Phil Spector aunque fue grabado anteriormente. Por cierto, fue Oscar a la mejor canción del año.
Importante: Todas las canciones de discos sencillos que hemos mencionado no incluidas en los álbumes oficiales están recogidas junto a otras versiones importantes en su álbum de recopilación Past Masters, también incorporado en esta colección.

El fenómeno irrepetible

Los Beatles nacieron en un industria discográfica incipiente y, a lo largo de los 60, la música grabada logra una vertebración y un desarrollo que llegará a su culmen a finales de los 80 y 90 con la explosión del CD.
Los Beatles maravillaron entre octubre del 62 (Love Me do) hasta septiembre del 69 (Abbey Road). En esos siete años los Beatles grabaron 13 álbumes, 13 epés y 22 singles hasta un total de 236 canciones (211 propias y 25 versiones, incluyendo Los Anthologys y Past Masters). Para que nos hagamos una idea Michael Jacskson lanzó entre 1982 y 1989 dos álbumes.
Lo que aquella industria alentaba era una forma casi delirante de desarrollar los discos. Un artista hoy de importancia global no puede en menos de tres años componer, grabar, distribuir un álbum y realizar la gira de conciertos correspondiente. Por último los medios en aquel momento eran abarcables: prensa, radio y TV. Hoy la dimensión es diferente y sería casi imposible estar en todo.
Si los Beatles apareciesen hoy me temo que sería imposible que el aparato industrial pudiese dar respuesta a tal cantidad y calidad de creación. O a lo mejor dentro de poco si.

50 años siendo números uno

Se estima que Los Beatles superan los 1.000 millones de copias vendidas de entre discos originales y recopilatorios en todos los formatos, cifras cercanas a las de Elvis Presley.
Todos sus álbumes fueron número uno en Estados Unidos e Inglaterra a excepción de Yellow Submarine y Magical Mistery Tour. De sus numerosas canciones, 27 de ellas alcanzaron lo más alto en las listas de singles, siendo Yesterday el tema más versionado de todos los tiempos.
En la historia de los Beatles hay un momento clave con dos protagonistas diferentes. Un chaval entra en la mejor tienda de electrodomésticos de Liverpool propiedad de los padres de Brian Epstein y en la que él se encargaba de la “mejor sección de discos de ciudad” y le pide el disco de My Bonnie de Los Beatles. Ante la imposibilidad de encontrarlo decidió buscar al grupo para poder satisfacer a su cliente. Los encontró en The Cavern, lugar en el que tocaban a la hora del almuerzo de los trabajadores. A los pocos días él y ellos decidirían que Brian sería el manager de los Beatles.
El primer objetivo de Brian fue conseguir una discográfica; pensó que era sencillo porque todas eran clientes de su tienda. La primera, Decca les grabó 15 temas, les dijo “NO” e intentó desanimarles sin éxito. En la segunda compañía, Parlophone, se encontraron con George Martin, grabaron Love Me Do y P.S. I Love You, y el disco logró llegar al nº 17 de la listas inglesas de ventas. Anécdota: Al señor Martin no le gustaba cómo tocaba Ringo y lo sustituyó por Andy White, un músico del estudio.
Llegados aquí hay que hacer una pausa: Brian y George son protagonistas activos de toda esta historia, el primero los pulió, les dio imagen, les disciplinó para lograr su objetivo y organizó la trama empresarial para que todo aquello fructificara. George Martin, su productor, enriqueció su música, despertó en ellos la inquietud por nuevas formas y fue una ayuda imprescindible para lograr brillo y vanguardia.