10.2.17

Breve manual para insultar sin que parezca que insultas

Las palabras tienen el poder de cambiar las cosas. Las palabras pueden ser afiladas, venenosas, demoledoras. Te quiero, te odio, palabras que obran como conjuros. Sin embargo, lo peligroso no son las palabras, sino las intenciones
Insultar es un arte que se vale de las palabras./yorokobu.es

Pero, ay, qué difícil es juzgar una intención y qué fácil juzgar una palabra. Cualquier acto puede estar revestido de cientos de capas de cebolla, y llegar al tuétano resulta a menudo imposible. Pero una palabra solo es un conjunto de fonías que incluso Siri es capaz de reconocer.
Si llamas al asistente de tu Smartphone y lo insultas verbalmente, este reaccionará negativamente a esa imprecación. Pero Siri no tiene ni idea de qué intención hay detrás de ese insulto. Como tampoco sabrá si al llamar ‘cabronazo’ a un amigo lo hacemos de forma amistosa o dolosa.
Por eso, supongo, la gente prefiere quedarse en las palabras, en la apariencia, en los sonidos, y no en el corazón, las entrañas, la voluntad. De algún modo, la mayoría de la gente ha acordado que las cosas sean así para facilitar la convivencia. El mundo ha acordado que seamos superficiales como Siri.
Si alguien usa el insulto por Twitter es condenable judicialmente. Si alguien usa la hipocresía, sale de rositas. El ‘piii’ censurador en los programas de televisión solo enmascara las palabrotas, no las ideas de mierda o las actitudes de mongol. Se pixela un cigarrillo pero no una maquiavélica manipulación psicológica. Se dice «caca» al niño que lanza un improperio a la vez que se pasa por alto algunas muestras de egoísmo (o narcisismo) que, a muchos, sacan el Herodes que llevan dentro.
Afortunadamente podemos soltar mucha más mala baba usando palabras que sí están aceptadas en el Diccionario de la Corrección Política (cuidado, este diccionario se actualiza mucho más diligentemente que la RAE, así que no os relajéis).
Ante lo cual, a continuación hemos propuesto un breve manual para insultar sin usar insultos, y así podremos ciscarnos en los muertos más frescos de todo aquel papanatas que, a nuestro juicio, lo merezca, y podremos, también, desahogar la contención victoriana, la hipocresía de baratillo y la oligofrenia reinante. Vayamos , pues, con el manual catárticoAvergüénzate. Si a un ministro o un policía le dices hijoputa o malnacido o subnormal, te espera una buena reprimenda legal. Pero si dices me avergüenza que usted sea mi representante, no cabe dolo ahí: ¿cómo voy a poder controlar mi vergüenza? El problema es mío, no suyo. Tengo vergüenza y eso no significa necesariamente que el fulano que tenemos delante haya cometido algún acto vergonzoso. Apuntadlo y usadlo sin miedo por Twitter y otras redes sociales. Siento profunda vergüenza.
Hijo de fruta. Cambiar sutilmente algún sonido por otro constituye también una buena estrategia para evitar el escarnio público. No importa que consideréis absurdo que Dios no se molestará, y tampoco la anciana que pasea al perro: si decís «Oh, my Gosh» en vez de «Oh, my God», se os abre un peaje directo hacia el Cielo. Lo primero puede ser constitutivo de blasfemia, lo segundo no. Hete aquí el poder de las palabras.
Negación irónica. Rajoy no es un mangante. Belén Esteban no parece retrasada mental. ¿Veis por dónde voy? Negad, negad, negad cuanto podáis como rebelión ante la censura. Negad hasta quedaros ahítos. Si negáis el insulto, quedaréis siempre a salvo.
Halago contrafáctico. Eres un Einstein, le podéis dedicar a un bobo. El halago debilita, que decía el Butanito, aquel comentarista deportivo adicto a los sinónimos. Y el halago, también, enmascara las intenciones. Nada como halagar encomiásticamente a cualquierla para reflejar que, en realidad, representa justo lo contrario. Señora, su hijo es Einstein. Señor, qué guapo y qué listo es usted. A ver en qué tribunal se sacan de la chistera una máquina que detecte la ironía. Berlanga construyó gran parte de su filmografía escamoteando a la censura con esta y otras tretas similares: ya se sabe que los censores no son nada cazurros (guiño, guiño, codazo, codazo).
Acrónimos. Todo sirve si está escrito con un acrónimo. WTF o LOL. Los acrónimos pueden informar de nuestra desgana, sin invocar el hechizo. Recordad siempre la obsesión de la gente por los sonidos, por las palabras mágicas que embrujan mentes. Aquí todos parecen vivir en Hogwarts y es algo de lo que podemos sacar provecho. HDP.
Anglicismos. Un truco un poco más arriesgado es tomar prestados insultos en otros idiomas, pero en la mayoría de los casos da buen resultado, Motherfucker.
Insulto Rebaño. Finalmente, si todos los anteriores trucos salen rana, siempre queda la opción más sencilla: confundirse con la masa. Todos tienen opiniones generalmente negativas sobre algunos asuntos, de modo que si insultas esos asuntos, instituciones o personas, automáticamente se unirán a ti con insultos similares o incluso más procaces. Felicidades, ya eres como todos. Como Supermán disfrazado de Clark Kent. Formas parte de la peña y podrás desahogarte todo lo que quieras sin que nadie dude, ni por un segundo, de que eres una persona buena e íntegra. Qué hijoputas fueron los nazis, joder.

Las palabras no modelan la mente

Y no importa que esto carezca de sentido. Que no existan ninguna prueba de que las palabras modelen nuestra mente (y que por ello todos los padres anden tan obsesionados con la idea de si sus hijos sueltan tacos al final actuarán inmoralmente). No importa que constantemente estemos censurando palabras para evitar herir sensibilidades aunque, con el transcurrir del tiempo, las nuevas palabras también deban suprimirse porque adquieren las connotaciones de las primeras (en lo que se llama la rueda del eufemismo).
Por ejemplo, en 1994, Los Angeles Times prohibió en sus publicaciones unas 150 palabras de este tipo: inválido, minusválido, hijastro o Canuck (canadiense en sentido peyorativo). Pero ello no enmienda el problema del racismo ni del desprecio, ni tampoco de los estereotipos, como expresa el psicólogo cognitivo Steven Pinker:
Los lingüistas conocen bien el fenómeno, al que se podría denominar «la rueda del eufemismo». La gente inventa palabras nuevas para referentes con una carga emocional, pero el eufemismo se contamina pronto por asociación, y hay que encontrar otra palabra, que enseguida adquiere sus propias connotaciones, y así sucesivamente. Así ha ocurrido en inglés con las palabras para denominar los cuartos de aseo: water closet se convierte en toilet (que originariamente se refería a cualquier tipo de aseo corporal), que pasa a bathroom, que se convierte en restroom, que pasa a lavatory.

Las palabras no son las que modelan la mente de las personas, sino los conceptos. Podemos bautizar un mismo concepto con diferentes nombres, pero el concepto permanece, y acabará invadiendo al nuevo nombre. Pero la gente sigue con la misma matraca, con grimorios llenos de palabras mágicas como las que usa Harry Potter. Así que recuérdalo: si quieres una vida tranquila y feliz, intenciones (e incluso actos), pero nunca palabras. Ni mu.