9.12.16

Lugares comunes: 6 errores que pueden echar por tierra tu novela

La construcción de una buena historia no es fácil, resulta hasta frustrante muchas veces
Dalton Trumbo personificado por Bryan Cranston en Trumbo usando seudónimos para sobrevivir como guionista./tregolam.com

Nos entusiasmamos con unas ideas, desechamos otras inmediatamente, nos quedamos en blanco… Damos un paseo hasta la despensa, luego otro más y otro… Así mientras ponemos nuestras neuronas a trabajar y las visualizamos cansadas, haciendo spinning en el gimnasio con la lengua fuera y sin fuerzas después de haberse zampado un menú gigante en el burger. Incluso nos sucede que, cuando acabamos de escribir, tenemos la sensación de que algo no termina de funcionar, de que no estamos contando nada nuevo o nos hemos dejado ese algo especial por el camino. Respira, despeja la mente. Aquí te dejamos algunos consejos que seguramente te ayudarán a mejorar tu novela. Así podrás salir de los lugares comunes en los que a veces se cae, esos errores que pueden echar por tierra tu novela y que restan originalidad.

1. No más repeticiones, usa sinónimos

Nuestro lenguaje es tremendamente rico, pero tendemos a desaprovecharlo empleando constantemente un vocabulario limitado por nosotros mismos. De igual forma, otro error que solemos cometer a menudo es el de escribir tal y como hablamos. Nos olvidamos de que existen infinidad de formas para contar lo que queremos. Para evitarlo, no repitas palabras tan genéricas como “cosa” y tampoco emplees el mismo verbo o adjetivo una y otra vez. Busca sinónimos, antónimos, piensa en una manera diferente de describir a un personaje o una situación usando metáforas, comparaciones o alusiones a películas.

Sal de tu diccionario habitual, de tu zona de confort. Explora tu riqueza expresiva, busca analogías, aprende nuevas palabras y lee a otros autores. Saber escribir es, en parte, una especie de gracia natural, pero también hay que conocer el medio en el que nos estamos moviendo, en este caso, la literatura. Leyendo las obras de otros escritores, conocerás palabras que no sabías ni que existían y, aún más, aprenderás el contexto adecuado en el que poder usarlas.

2. Excesiva adjetivación

Igual que nos quedamos cortos en vocabulario, a menudo, creemos que nuestra novela será más rica cuantas más palabras tenga. Nada tiene que ver. Coger un diccionario y ponerse a escribir una palabra tras otra sin otro criterio que aumentar el contador de Word no tiene sentido. Por ejemplo, para contar que un personaje se caracteriza por su guapura, no es necesario decir “su belleza era excesivamente hermosa”.

Como comentábamos antes, se pueden poner detalles sin usar adjetivos. Cuando quieras expresar el aspecto o el carácter de un personaje, puedes usar dos o tres adjetivos y, a partir de ahí, pasar a otro tipo de descripciones. Evita enumeraciones como: “era feo, poco agraciado, encorvado, de rostro enjuto…”. Lo recomendable es que este tipo de adjetivación rimbombante se reserve para los lugares. Eso sí, siempre con equilibro y mesura, y si procede. Asimismo, no abuses de los adverbios acabados en -mente. Transmiten falta de interés, sensación de querer acabar cuanto antes.

3. Otro de los errores que pueden echar por tierra tu novela: el gerundio

Estamos tan acostumbrados a emplear el gerundio que no lo concebimos como un error; por ello, debemos prestarle especial atención. Es incorrecto decir “llegando, comprobó que se había dejado encendida la luz”. Lo mejor es que sustituyas el gerundio por el infinitivo: “al llegar, comprobó que se había dejado encendida la luz”.

4, Deja que el personaje se exprese

Otra manía que tenemos es la de cargar al narrador con toda la información habida y por haber. A través de él, nos empeñamos en contar, describir y aclarar todo. ¿Dónde quedan los personajes, por tanto? Los personajes son la acción, la historia misma y, si le quitas su voz, es como si desaparecieran. Deja que sea el personaje quien nos cuente de primera mano sus pensamientos, sus inquietudes, lo que pretende hacer, lo que le está sucediendo. Si acudes constantemente al narrador para llevar a cabo dicha tarea, se pierde emoción y cercanía con el lector. No recurras al narrador siempre que quieras expresar los sentimientos del personaje.

Por ejemplo, piensa en un debate en una clase. Tú mismo transmites tu opinión a los demás y muestras a través de tus gestos y de tu tono lo que estás sintiendo (nervios, seguridad, rabia, etc.), así como tu conformidad o desacuerdo con el resto de opiniones. Si no necesitas ningún intérprete, ¿por qué darles uno a tus personajes? El cuento de J. D. Salinger Un día perfecto para el pez plátano es el mejor ejemplo de cómo, con apenas injerencia del narrador, se puede construir la acción. Aquí un fragmento:

—Diga—dijo, manteniendo extendidos los dedos de la mano izquierda lejos de la bata de seda blanca, que era lo único que llevaba puesto, junto con las chinelas: los anillos estaban en el cuarto de baño.
—Su llamada a Nueva York, señora Glass—dijo la operadora.
—Gracias—contestó la chica, e hizo sitio en la mesita de noche para el cenicero.
A través del auricular llegó una voz de mujer:
—¿Muriel? ¿Eres tú?
La chica alejó un poco el auricular del oído.
—Sí, mamá. ¿Cómo estás?—dijo.
—He estado preocupadísima por ti. ¿Por qué no has llamado? ¿Estás bien?
—Traté de telefonear anoche y anteanoche. Los teléfonos aquí han…
—¿Estás bien, Muriel?
La chica separó un poco más el auricular de su oreja.
—Estoy perfectamente. Hace mucho calor. Este es el día más caluroso que ha habido en Florida desde…
—¿Por qué no has llamado antes? He estado tan preocupada…
—Mamá, querida, no me grites. Te oigo perfectamente —dijo la chica—. Anoche te llamé dos veces. Una vez justo después…
—Le dije a tu padre que seguramente llamarías anoche. Pero no, él tenía que… ¿Estás bien, Muriel? Dime la verdad.
—Estoy perfectamente. Por favor, no me preguntes siempre lo mismo.
—¿Cuándo llegasteis?
—No sé… el miércoles, de madrugada.
—¿Quién condujo?
—Él—dijo la chica—. Y no te asustes. Condujo bien. Yo misma estaba asombrada.
—¿Condujo él? Muriel, me diste tu palabra de que…
—Mamá—interrumpió la chica—, acabo de decírtelo. Condujo perfectamente. No pasamos de ochenta en todo el trayecto, esa es la verdad.
—¿No trató de hacer el tonto otra vez con los árboles?
—Vuelvo a repetirte que condujo muy bien, mamá. Vamos, por favor. Le pedí que se mantuviera cerca de la línea blanca del centro, y todo lo demás, y entendió perfectamente, y lo hizo. Hasta se esforzaba por no mirar los árboles… Se notaba. Por cierto, ¿papá ha hecho arreglar el coche?

5. Arquetipos vs. estereotipos

A veces, por su componente repetitivo, confundimos los arquetipos con los estereotipos. Sin embargo, la presencia de uno u otro en la novela tiene efectos bien diferentes. Un arquetipo es un modelo, un ejemplar ideal con unas características iterativas y un patrón fácilmente reconocible. Por ejemplo, el “poli” bueno que se mueve según el ideal de justicia o el héroe que antepone el bien común por encima de su ego.

Los estereotipos, por su parte, se basan en una concepción simplista y exagerada de un grupo de personas con características similares. Los más comunes quizá sean los policías comiendo donuts, la bibliotecaria rancia con moño y gafas, el empollón “cuatro ojos” de la camisa de cuadros, la secretaria rubia, pija y delgada de la falda ajustada o el profesor que, solo por ser joven y guay, se permite la licencia de llevar pelo largo y barba.

A diferencia de los estereotipos, los personajes arquetipo no son necesariamente negativos. De hecho, incluso son necesarios: al estar insertados en el inconsciente colectivo, se produce una rápida identificación. De esta manera, los arquetipos despiertan sentimientos en los lectores y les motivan a seguir leyendo. Los estereotipos, en cambio, sí son perjudiciales, pues denotan carencia de imaginación y originalidad. En algunos casos, sobre todo en autores jóvenes, se percibe la influencia directa de Hollywood, que son los que en realidad suelen crear esos estereotipos con sus películas. Pero esto no solo alcanza a los personajes, sino que también encontramos en la literatura multitud de escenarios y tramas recurrentes que resultan pesadas al lector, como la típica cabaña en el bosque o la escena del crimen común.

Cuando vayas a incluir un arquetipo en tu historia, te recomendamos que le des unas pinceladas de originalidad, que incluyas rasgos innovadores. Para los estereotipos, procura que tengan un papel secundario; los lectores no quieren encontrar un protagonista insulso basado en una generalidad. Al contrario, buscan autenticidad.

6. Huye de los clichés

Seguro que estás harto de ver tráilers de películas que incluyen frases del tipo “espectacular”, “una obra maestra”, “excelente”, “te deja sin aliento”. Con las novelas y los relatos, sucede lo mismo. No abuses de metáforas y comparaciones. Son tediosas, cansan y dan la sensación de estar leyendo el mismo libro una y otra vez. Intenta evitar las expresiones trilladas y no caigas en las descripciones habituales. Lee y relee tu novela si es necesario. Realiza cambios si detectas cualquier frase o recurso manido y carente de gracia. Aquí te dejamos algunos ejemplos:
“cabellos dorados como la miel”,
“silencio sepulcral”,
“las gotas de lluvia parecían diamantes resplandeciendo a la luz del sol”,
“belleza sublime”,
“atasco monumental”,
“la música inundaba la sala”,
“sonrisa maquiavélica”,
“mirada cómplice”,
“deambuló por las calles”,
“baño de masas”
“luna de marfil”

Para concretar: otórgale a tu libro un sello de identidad, una marca propia que te diferencie como autor. No dudes en echarle imaginación, tanta como sea necesaria. Pide consejo a los profesionales, crea tu estilo y no te olvides de ser autocrítico. Tu novela es un diamante que está por pulir, no pretendas escribirla a la perfección en una noche. Siempre hay que revisar lo que se redacta y aprender a solventar los fallos; así podrás crecer como escritor. Comprobar que cometes errores no debe influirte de manera negativa. No debes tener miedo a progresar, sino a poner límites a tu creatividad.