2.11.14

El cuento del domingo


Nikolai Gogol
La nariz
En marzo, el día 25, sucedió en San Petersburgo un hecho de lo más insólito. El barbero Iván Yákovlevich, domiciliado en la Avenida Voznesenski (su apellido no ha llegado hasta nosotros y ni siquiera figura en el rótulo de la barbería, donde sólo aparece un caballero con la cara enjabonada y el aviso de «También se hacen sangrías»), el barbero Iván Yákovlevich se despertó bastante temprano y notó que olía a pan caliente. Al incorporarse un poco en el lecho vio que su esposa, señora muy respetable y gran amante del café, estaba sacando del horno unos panecillos recién cocidos.

-Hoy no tomaré café, Praskovia Osipovna -anunció Iván Yákovlevich-. Lo que sí me apetece es un panecillo caliente con cebolla.

(La verdad es que a Iván Yákovlevich le apetecían ambas cosas, pero sabía que era totalmente imposible pedir las dos a la vez, pues a Praskovia Osipovna no le gustaban nada tales caprichos.) «Que coma pan, el muy estúpido. Mejor para mí: así sobrará una taza de café», pensó la esposa. Y arrojó un panecillo sobre la mesa.

Por aquello del decoro, Iván Yákovlevich endosó su frac encima del camisón de dormir, se sentó a la mesa provisto de sal y dos cebollas, empuñó un cuchillo y se puso a cortar el panecillo con aire solemne. Cuando lo hubo cortado en dos se fijó en una de las mitades y, muy sorprendido, descubrió un cuerpo blanquecino entre la miga. Iván Yákovlevich lo tanteó con cuidado, valiéndose del cuchillo, y lo palpó. «¡Está duro! -se dijo para sus adentros-. ¿Qué podrá ser?»

Metió dos dedos y sacó... ¡una nariz! Iván Yákovlevich estaba pasmado. Se restregó los ojos, volvió a palpar aquel objeto: nada, que era una nariz. ¡Una nariz! Y, además, parecía ser la de algún conocido. El horror se pintó en el rostro de Iván Yákovlevich. Sin embargo, aquel horror no era nada, comparado con la indignación que se adueñó de su esposa.

-¿Dónde has cortado esa nariz, so fiera? -gritó con ira-. ¡Bribón! ¡Borracho! Yo misma daré parte de ti a la policía. ¡Habrase visto, el bribón! Claro, así he oído yo quejarse ya a tres parroquianos. Dicen que, cuando los afeitas, les pegas tales tirones de narices que ni saben cómo no te quedas con ellas entre los dedos.

Mientras tanto, Iván Yákovlevich parecía más muerto que vivo. Acababa de darse cuenta de que aquella nariz era nada menos que la del asesor colegiado Kovaliov, a quien afeitaba los miércoles y los domingos.

-¡Espera, Praskovia Osipovna! Voy a dejarla de momento en un rincón, envuelta en un trapo, y luego me la llevaré.

-¡Ni hablar! ¡Enseguida voy a consentir yo una nariz cortada en mi habitación!... ¡Esperpento! Como no sabe más que darle correa a la navaja para suavizarla, pronto será incapaz de cumplir con su cometido. ¡Estúpido! ¿Crees que voy a cargar yo con la responsabilidad cuando venga la policía? ¡Fuera esa nariz! ¡Fuera! ¡Llévatela adonde quieras! ¡Que no vuelva yo a saber nada de ella!

Iván Yákovlevich seguía allí como petrificado, pensando y venga a pensar, sin que se le ocurriera nada.

-El demonio sabrá cómo ha podido suceder esto -dijo finalmente, rascándose detrás de una oreja-. ¿Volví yo borracho anoche, o volví fresco? No podría decirlo a ciencia cierta. Ahora bien, según todos los indicios, éste debe ser un asunto enrevesado, ya que el pan es una cosa y otra cosa muy distinta es una nariz. ¡Nada, que no lo entiendo!

Iván Yákovlevich enmudeció, a punto de desmayarse ante la idea de que la policía llegase a encontrar la nariz en su poder y lo empapelara.

Le parecía estar viendo ya el cuello rojo del uniforme, todo bordado en plata, la espada... y temblaba de pies a cabeza. Finalmente, agarró la ropa y las botas, se puso todos aquellos pingos y, acompañado por las desabridas reconvenciones de Praskovia Osipovna, se echó a la calle llevando la nariz envuelta en un trapo.

Tenía la intención de deshacerse del envoltorio en cualquier parte, tirándolo tras el guardacantón de una puerta cochera o dejándolo caer como inadvertidamente y torcer luego por la primera bocacalle. Lo malo era que, en el preciso momento, se cruzaba con algún conocido, que enseguida empezaba a preguntarle:

«¿A dónde vas?, o ¿a quién vas a afeitar tan temprano?», de manera que a Iván Yákovlevich se le escapaba la ocasión propicia. Una vez consiguió dejarlo caer, pero un guardia urbano le hizo señas desde lejos con su alabarda al tiempo que le advertía: «¡Eh! Algo se te ha caído. Recógelo». De modo que Iván Yákovlevich tuvo que recoger la nariz y guardársela en el bolsillo.

Lo embargaba la desesperación, sobre todo porque el número de transeúntes se multiplicaba sin cesar, a medida que se abrían los comercios y los puestos.

Tomó la decisión de llegarse al puente Isákievski, por si conseguía arrojar la nariz al río Neva... Pero, a todo esto, he de pedir disculpas por no haber dicho hasta ahora nada acerca de Iván Yákovlevich, persona honorable bajo muchos conceptos.

Como todo menestral ruso que se respete, Iván Yákovlevich era un borracho empedernido. Y aunque a diario afeitaba mentones ajenos, el suyo estaba eternamente sin rapar. El frac de Iván Yákovlevich (porque Iván Yákovlevich jamás usaba levita) ostentaba tantos lamparones parduzcos y grises que, a pesar de ser negro, parecía hecho de tela estampada; además tenía el cuello lustroso de mugre y unas hilachas en el lugar de tres botones. Iván Yákovlevich era un gran cínico. El asesor colegiado Kovaliov solía decirle mientras lo afeitaba: «Siempre te apestan las manos, Iván Yákovlevich.» A lo que Iván Yákovlevich contestaba preguntando a su vez: «¿Y por qué han de apestarme?» El asesor colegiado insistía: «No lo sé, hombre; pero te apestan.» Por lo cual, y después de aspirar una toma de rapé, Iván Yákovlevich le aplicaba el jabón a grandes brochazos en las mejillas, debajo de la nariz, detrás de las orejas, en el cuello... Donde se le antojaba, vamos.

Nuestro respetable ciudadano se encontraba ya en el puente de Isákievski. Empezó por mirar a su alrededor, luego se asomó por encima del pretil como para ver si había muchos peces debajo del puente y arrojó disimuladamente el trapo con la nariz. Notó como si le hubieran quitado de golpe diez puds de encima: incluso esbozó una sonrisita socarrona. Y entonces, cuando en vez de marcharse a rapar mentones oficinescos se dirigía a tomar un vaso de ponche en cierto establecimiento cuyo rótulo decía «Comidas y té», divisó de pronto al final del puente a un guardia de gallarda apostura y frondosas patillas con su tricornio y su espada. Se quedó frío: el guardia lo llamaba con un dedo y decía:

-Ven para acá, hombre.

Conocedor de las ordenanzas, Iván Yákovlevich se quitó el gorro desde lejos y obedeció a toda prisa con estas palabras:

-¡Salud tenga usía!

-Deja, hombre, déjate de usías y explícame lo que estabas haciendo ahí en el puente.

-Por Dios le juro, señor, que iba a afeitar a un parroquiano y sólo me detuve a mirar si llevaba mucha agua el río.

-¡Mentira! Estás mintiendo. Pero, no te ha de valer. Haz el favor de contestar.

-Estoy dispuesto a afeitar a vuestra merced dos veces por semana, o incluso tres, sin rechistar -contestó Iván Yákovlevich.

-¡Quiá! Déjate de bobadas, amigo. A mí me afeitan ya tres barberos, y lo tienen a mucha honra. Conque haz el favor de contarme lo que estabas haciendo allí.

Iván Yákovlevich se puso lívido... Pero el suceso queda a partir de aquí totalmente envuelto en brumas y no se sabe nada en absoluto de lo ocurrido después.

II

El asesor colegiado Kovaliov se despertó bastante temprano y resopló -«brrr...»-, cosa que hacía siempre al despertarse, aunque ni él mismo habría podido explicar por qué razón. Kovaliov se desperezó y pidió un espejo pequeño que había encima de la mesa. Quería verse un granito que le había salido la noche anterior en la nariz. Y entonces, para gran asombro suyo, en el lugar de su nariz descubrió una superficie totalmente lisa. Mandó que le trajeran agua y se frotó los ojos con una toalla húmeda: ¡nada, que no estaba la nariz! Comenzó a palparse, preguntándose si estaría dormido. Pero, no; no era una figuración. El asesor colegiado Kovaliov se tiró precipitadamente de la cama, sacudiendo la cabeza con preocupación: ¡no tenía nariz! Pidió su ropa al instante y partió como una flecha a ver al jefe de policía.

A todo esto, bueno sería decir unas palabras acerca de Kovaliov para poner al lector en antecedentes del rango de nuestro asesor colegiado. Los asesores colegiados que han obtenido su título mediante estudios respaldados por certificaciones científicas no pueden ser comparados en modo alguno con aquellos que se han firmado en el Cáucaso. Son dos categorías enteramente distintas. Los asesores colegiados... Pero, Rusia es un país tan peregrino que basta decir algo acerca de un asesor colegiado para que, desde Riga hasta Kamchatka, se den por aludidos todos cuantos poseen igual título... Y lo mismo sucede con todos los demás títulos o grados. Kovaliov era asesor colegiado del Cáucaso. Sólo hacía dos años que ostentaba el título, hecho que no se permitía olvidar ni por un instante. De manera que, para darse más prestancia y fuste, nunca se presentaba como asesor colegiado sino como mayor. «Oye, guapa, pásate por mi casa -solía decir al cruzarse en la calle con alguna vendedora de pecheras almidonadas-. Está en la calle Sadóvaya. Con que preguntes dónde vive el mayor Kovaliov, cualquiera te lo dirá.» Y si se encontraba con una de buen palmito, precisaba confidencialmente: «Pregunta por el piso del mayor Kovaliov, ¿eh, preciosa?» Por eso mismo, también nosotros llamaremos mayor a este asesor colegiado.

El mayor Kovaliov tenía el hábito de pasear todos los días por la Avenida Nevski. Llevaba siempre el cuello de la pechera muy limpio y almidonado. Sus patillas eran como las que todavía usan los agrimensores provinciales y comarcales, los arquitectos y los médicos de regimiento, igual que los funcionarios de policía y, en general, todos esos caballeros de mejillas rubicundas y sonrosadas que suelen jugar muy bien al boston: son unas patillas que bajan hasta media cara y llegan en línea recta a la misma nariz. El mayor Kovaliov lucía multitud de dijes, unos de cornalina, otros con escudos labrados y también de los que llevan grabadas las palabras miércoles, jueves, lunes, etc. El mayor Kovaliov había viajado a San Petersburgo para ciertos menesteres consistentes en buscar un acomodo a tenor con su rango: un nombramiento de vicegobernador, si lo conseguía, o, en todo caso, el de ejecutor en algún Departamento de fuste. El mayor Kovaliov tampoco estaba en contra de casarse, pero sólo en el caso de que acompañara a la novia un capital de doscientos mil rublos. Por todo lo cual podrá comprender ahora el lector el estado de ánimo de este mayor al descubrir un estúpido espacio plano y liso en lugar de su nariz, que no era nada fea ni desproporcionada.

Para colmo de males, no aparecía ni un solo coche de punto por la calle, y el mayor tuvo que caminar a pie, embozado en su capa y cubriéndose la cara con un pañuelo como si fuera sangrando. «Pero, bueno, ¿no será esto una figuración mía? Es imposible que una nariz se extravíe así, estúpidamente», pensó, y entró en una pastelería, con el solo fin de mirarse al espejo. Por fortuna, no había parroquianos en el establecimiento. Unos chicuelos barrían el local y ordenaban los asientos mientras otros, con ojos de sueño, sacaban bandejas de pastelillos recién hechos; sobre las mesas y las sillas andaban tirados periódicos de la víspera manchados de café. «¡Menos mal que no hay nadie! -se dijo Kovaliov-. Ahora podré mirarme.» Se acercó tímidamente al espejo y miró. «Pero, ¿qué demonios de porquería es ésta? -profirió soltando un salivazo-. ¡Si por lo menos hubiera algo en lugar de la nariz!... ¡Pero, es que no hay nada!»

Salió de la pastelería mordiéndose los labios de rabia y, en contra de sus hábitos, decidió no mirar ni sonreír a nadie. De pronto, se detuvo atónito a la entrada de una casa. Ante sus ojos se produjo un fenómeno inexplicable: un carruaje paró al pie de la puerta principal y, cuando se abrió la portezuela, saltó a tierra, ligeramente encorvado, un caballero de uniforme que subió con presteza la escalinata. Cuál no sería el sobresalto, y al mismo tiempo la estupefacción de Kovaliov al reconocer a su propia nariz. A la vista de semejante portento, le pareció que todo daba vueltas a su alrededor. Notó que apenas podía tenerse en pie y, sin embargo, decidió, aunque tiritando como si tuviera fiebre, aguardar a toda costa a que volviera a subir al coche. Efectivamente, a los dos minutos salió la nariz. Vestía uniforme bordado en oro, de cuello alto, y pantalón de gamuza y llevaba la espada al costado. El penacho del tricornio indicaba que poseía el rango de consejero de Estado. Según todas las apariencias, estaba haciendo visitas. Miró a un lado y a otro, llamó de un grito al cochero, subió al carruaje y partió.

El pobre Kovaliov estuvo a punto de volverse loco.

No sabía ni qué pensar de tan extraño suceso. En efecto, ¿cómo podía vestir uniforme una nariz que, la víspera sin ir más lejos, se encontraba en mitad de su cara y no era capaz de desplazarse, ni en carruaje ni a pie, por sí sola? Corrió en pos del vehículo que, felizmente, pronto se detuvo ante la iglesia de Nuestra Señora de Kazán.

Kovaliov corrió hacia el templo, abriéndose paso entre las filas de viejas mendigas -entrapajadas hasta el extremo de que sólo quedaban dos orificios para los ojos- de las que tanto se burlaba antes, y penetró en la iglesia. Había pocos fieles y casi todos se habían quedado cerca de la puerta. Kovaliov se hallaba en tal estado de consternación que ni siquiera tenía ánimos para rezar, y buscaba con los ojos a aquel caballero por todos los rincones. Al fin lo descubrió, un poco apartado. La nariz tenía el rostro totalmente oculto por el gran cuello alto y oraba con extraordinaria devoción.

«¿Cómo lo abordaría? -se preguntó Kovaliov-. A la vista está, por el uniforme, por el tricornio, que se trata de un consejero de Estado. El demonio sabrá...»

Carraspeó varias veces cerca de la nariz, que no abandonaba ni por un instante su devota actitud ni cesaba en sus genuflexiones.

-Caballero... -dijo Kovaliov, haciendo un esfuerzo para darse ánimos-. Caballero...

-¿Qué se le ofrece? -preguntó la nariz volviendo la cara.

-Estoy extrañado, caballero... Me parece... Debería usted saber cuál es su sitio. De repente lo encuentro a usted... ¿Y dónde le encuentro? En una iglesia. Habrá de convenir que...

-Perdone usted, pero no logro entender lo que tiene usted a bien decirme. Explíquese.

«¿Cómo voy a explicarme?» -pensó Kovaliov-, y luego, sacando fuerzas de flaqueza, comenzó:

-Claro que yo... Por cierto, he de decirle que soy mayor y eso de andar por ahí sin nariz, como usted comprenderá, es indecoroso. Sin nariz podría pasar cualquiera de esas vendedoras de naranjas peladas del puente de Voskresenski; pero yo, que aspiro a obtener..., habiendo sido presentado en muchas casas donde hay damas como la señora Chejtariova, esposa de un consejero de Estado, y otras muchas... Hágase usted cargo... Yo no sé, caballero... -al llegar aquí, el mayor Kovaliov se encogió de hombros-. Usted perdone, pero considerando todo esto desde el punto de vista de las normas del deber y del honor..., usted mismo comprenderá...

-Pues no. No comprendo absolutamente nada -contestó la nariz-. Hable de modo más explícito.

-Caballero... -replicó Kovaliov con aire muy digno-, no acierto a interpretar sus palabras... Me parece que el asunto está bien claro. ¡O pretende usted... ¡Pero si usted es mi propia nariz!

La nariz consideró al mayor y frunció un poco el ceño.

-Está usted en un error, caballero. Yo soy yo, además, que entre nosotros no puede haber la menor relación directa, pues a juzgar por los botones de su uniforme, usted pertenece a otro departamento que yo.

Dicho esto, la nariz volvió la cabeza y prosiguió sus oraciones.

Totalmente confuso, Kovaliov se quedó sin saber qué hacer y ni siquiera qué pensar. En esto se escuchó el encantador rumor de unas vestiduras femeninas. Llegaba una señora de cierta edad, toda encajes, y con ella otra, muy esbelta, con un vestido blanco que dibujaba a la perfección su fina silueta y un sombrero de paja ligero como un pastel.

Un lacayo alto, con frondosas patillas y una buena docena de esclavinas en la librea, se situó detrás de ellas y abrió una tabaquera.

Kovaliov se acercó un poco, estiró el cuello de batista de su pechera, retocó los dijes colgantes de la cadena de oro y, sonriendo a un lado y a otro, fijó su atención en la etérea dama que se inclinaba levemente, parecida a una florecilla de primavera, y elevaba hacia la frente su breve mano blanca de dedos traslúcidos. La sonrisa de Kovaliov se acentuó cuando divisó, bajo el sombrero, su mentón redondo, deslumbrante de blancura, y parte de la mejilla teñida por el color de la primera rosa primaveral. Pero de pronto pegó un respingo como si se hubiera quemado con algo. Recordó que no tenía absolutamente nada en lugar de nariz y se le saltaron las lágrimas. Dio media vuelta con objeto de tildar sin rodeos de farsante y miserable al señor del uniforme, para decirle que no era ni por asomo consejero de Estado, sino única y exclusivamente su propia nariz... Pero ya no estaba allí la nariz. Se conoce que, entre tanto, había salido disparada para continuar sus visitas.

Esta circunstancia sumió a Kovaliov en la desesperación. Salió de la iglesia y se detuvo un instante bajo el pórtico, escudriñando hacia todas partes por si divisaba en algún sitio a su nariz. Recordaba muy bien que llevaba tricornio con penacho y uniforme bordado en oro, pero no se había fijado en el capote, ni en el color del carruaje, ni en los caballos y ni siquiera en si llevaba lacayo detrás y cómo era su librea. Con la particularidad de que habría sido difícil identificar aquel carruaje entre tantos, como circulaban en uno y otro sentido a toda velocidad. Además, aunque lo hubiese identificado, no tenía a su alcance ningún medio para hacerlo detenerse. Hacía un día espléndido y soleado. La Avenida Nevski era un hormiguero de gente. Desde el puente de Politséiski hasta el de Anichkin cubría las aceras una policroma cascada femenina. Kovaliov divisó también a un consejero de la Corte conocido suyo a quien siempre daba el tratamiento de teniente coronel, especialmente si se hallaban ante extraños. Luego vio a Yariguin, jefe de negociado en el Senado, gran amigo suyo, que siempre era pillado en renuncio al boston cuando jugaba el ocho. Y otro mayor, con asesoría del Cáucaso, que agitaba una mano llamándolo...

-¡Maldita sea! -masculló Kovaliov-. ¡Eh, cochero! ¡A la prefectura de policía!

Kovaliov subió al vehículo y se pasó todo el trayecto gritándole al cochero: «¡arrea, hombre, arrea!»

-¿Está en su despacho el señor prefecto? -preguntó a voz en cuello al penetrar en el vestíbulo.

-No, señor -contestó el conserje-. Acaba de salir.

-¡Ésta sí que es buena!

-Y no hace mucho que salió, por cierto -añadió el conserje-. Con haber llegado un momento antes, quizá lo hubiera encontrado.

Sin apartar el pañuelo de su rostro, Kovaliov regresó al coche de alquiler y ordenó con acento desesperado:

-¡Tira!

-¿Hacia dónde? -inquirió el cochero.

-Derecho.

-¡Derecho! ¡Pero, si estamos en un cruce! A la derecha o a la izquierda?

Esta pregunta dejó cortado a Kovaliov y lo obligó a reflexionar de nuevo. En su situación, lo lógico era acudir, antes que nada, a la Dirección de Seguridad, y no por su relación directa con la policía, sino porque sus disposiciones podían ser mucho más expeditas que las de otras instancias. En cuanto a buscar justicia recurriendo a las autoridades superiores del Departamento al que dijo pertenecer la nariz, no tenía sentido, pues de las propias respuestas de la nariz se podía colegir que no había nada sagrado para aquel sujeto y era muy capaz de mentir en esa circunstancia, lo mismo que había mentido al afirmar que nunca se habían visto. De modo que Kovaliov iba a ordenar ya al cochero que lo condujera a la Dirección de Seguridad, cuando de nuevo lo asaltó la idea de que aquel redomado bribón, que con tanta desfachatez se había comportado durante la primera entrevista, podía muy bien aprovechar el tiempo para escabullirse de la ciudad y todas las pesquisas serían entonces inútiles o podían durar un mes entero si Dios no ponía remedio. Finalmente, como si el cielo lo iluminara, decidió personarse en la oficina de publicidad para que apareciera en los periódicos, sin pérdida de tiempo, un anuncio con la descripción detallada de todas las señas, de manera que cuantos se encontraran con él pudieran conducirlo, acto seguido, a su presencia o, por lo menos, darle a conocer su paradero. Nada más tomar esta decisión, ordenó al cochero que lo llevara a la oficina de publicidad, y fue todo el trayecto aporreándole la espalda con el puño, repitiendo: «¡Date prisa, miserable! ¡Date prisa, bribón!» A lo que el cochero sólo contestaba: «¡Ay, señorito!...», sacudiendo la cabeza y arreando con las riendas a su caballo, tan peludo como un perro de lanas. El carruaje se detuvo al fin, y Kovaliov irrumpió todo jadeante en una oficina de reducidas dimensiones. Detrás de una mesa, un empleado canoso y con gafas, que vestía un viejo frac, recontaba las monedas que había cobrado, manteniendo la pluma entre los dientes.

-¿Quién recibe aquí los anuncios? -preguntó Kovaliov en un grito-. ¡Ah! Buenos días.

-Muy buenos los tenga usted -contestó el empleado canoso alzando un momento los ojos y volviendo a posarlos en el dinero que contaba.

-Desearía insertar...

-Perdone. Le ruego que aguarde un instante -profirió el empleado anotando un número en un papel al tiempo que pasaba dos bolas de ábaco con la mano izquierda.

Un lacayo de casa grande, a juzgar por su empaque y por su librea galonada, esperaba junto a la mesa con una nota en la mano y consideró oportuno patentizar su urbanidad:

-Le aseguro, caballero, que el perrillo no vale ochenta kopecs. Es más: yo no daría ni cuatro por él. Pero la Condesa le tiene cariño; sí, le tiene cariño, y ya ve usted: ¡cien rublos a quien lo encuentre! Si hemos de hablar con propiedad, así, como estamos aquí usted y yo, hay personas que tienen gustos disparatados. Puestos a tener un perro, que sea uno de muestra, o un maltés. Y entonces, no hay que reparar en quinientos rublos; ni siquiera en mil, con tal de que sea lo que se dice todo un perro.

El respetable empleado escuchaba todo aquello con aire entendido, aunque sin dejar por eso de calcular las letras del anuncio que le habían entregado. Alrededor se apretujaban viejucas, dependientes de comercio y porteros; todos con alguna nota en la mano. Una era ofreciendo los servicios de un cochero de conducta sobria; otra un carruaje en buen uso, traído de París el año 1814, y otra más una moza de diecinueve años, sabiendo lavar y planchar, así como otras faenas... Se vendía una calesa resistente, aunque le faltaba una ballesta, un joven y brioso caballo rodado de diecisiete años, simientes de nabo y rábano recién recibidas de Londres, una casa de campo con todas sus dependencias, dos cuadras para caballos y un terreno donde se podía plantar un magnífico soto de abedules o abetos... También había un aviso para quienes desearan adquirir suelas usadas, invitándolos a la reventa que se efectuaba diariamente de ocho a tres. El cuarto donde se hacinaba toda aquella gente era pequeño y la atmósfera estaba sumamente cargada; pero el asesor colegiado no podía percibir el olor porque se cubría la cara con el pañuelo y porque su nariz se encontraba Dios sabía dónde.

-Permítame preguntarle, señor mío... Es muy urgente, -pronunció al fin con impaciencia.

-Ahora mismo, ahora mismo... Son dos rublos con cuarenta y tres kopecs. Enseguida lo atiendo. Un rublo con sesenta y cuatro kopecs -decía el empleado canoso arrojándoles a viejucas y porteros sus respectivos recibos a la cara-. ¿Deseaba usted? -preguntó al fin dirigiéndose a Kovaliov.

-Pues, quisiera... -contestó Kovaliov-. He sido víctima de una extorsión o de una superchería..., no podría decirlo a ciencia cierta hasta este momento... Sólo quisiera anunciar que quien me traiga a ese canalla será cumplidamente recompensado.

-¿Su apellido, por favor?

-¿Mi apellido? ¡No! ¿Para qué? No puedo decirlo. ¡Con tantas amistades como tengo! La señora Chejtariova, esposa de un consejero de Estado... Palagueia Grigórievna Podtóchina, casada con un oficial superior... ¿Y si se enteraran de pronto? ¡Dios me libre! Puede usted poner, sencillamente, un asesor colegiado o, mejor todavía, un caballero con el grado de mayor.

-Y el que se le ha escapado, ¿era siervo suyo?

-¿Quién habla de un siervo? Eso no sería una granujada muy grande. Lo que se me ha escapado es... la nariz...

-¡Jum! ¡Qué apellido tan raro! ¿Y le ha estafado mucho ese señor?

-No me ha entendido usted. Cuando digo nariz, no me refiero a un apellido, sino a mi propia nariz, que ha desaparecido sin dejar rastro. ¡Alguna jugarreta del demonio!

-Pero, ¿de qué modo ha desaparecido? No acabo de hacerme cargo.

-Tampoco podría decir yo de qué modo ha desaparecido; pero lo esencial es que ahora anda de un lado para otro por la ciudad y se hace pasar por consejero de Estado. Por eso le ruego poner el anuncio: para que quien le eche mano me la traiga inmediatamente, sin dilación alguna. Hágase usted cargo: ¿cómo me las voy a arreglar sin un apéndice tan visible? Porque no se trata de un simple meñique del pie, por ejemplo, que va metido dentro de la bota y nadie advierte su falta. Yo suelo ir los jueves a casa de la señora Chejtariova, esposa de un consejero de Estado. También me distinguen con su amistad Palagueia Grigórievna Podtóchina, casada con un oficial de Estado Mayor, y su hija, que es un encanto. Conque, dígame usted qué hago yo ahora. No puedo presentarme a ellas de ninguna manera.

El empleado se puso a cavilar, lo que podía colegirse por el modo de apretar los labios.

-Pues, no. No puedo insertar ese anuncio -dictaminó al fin, después de un largo silencio.

-¿Cómo? ¿Por qué no?

-Porque podría desprestigiar a un periódico. Si ahora se pone a escribir la gente que se le ha escapado la nariz, pues... Demasiado se murmura ya de que publicamos muchos disparates y bulos.

-¿Y por qué es esto un disparate? Me parece que no tiene nada de particular.

-Eso se lo parece a usted. Bueno, pues mire: la semana pasada ocurrió algo por el estilo. Se presentó un funcionario, de la misma manera que se ha presentado usted ahora, con una nota que le salió por dos rublos y setenta y tres kopecs, anunciando en todo y por todo que se había escapado un perro de aguas de pelo negro. Al parecer, nada de particular, ¿verdad? Pues resultó un embrollo: se trata del cajero de no recuerdo qué establecimiento.

-Pero el anuncio que yo le traigo no se refiere a ningún perro, sino a mi propia nariz, cosa que equivale casi a mi propia persona.

-No. Yo no puedo insertar en modo alguno un anuncio así.

-Pero, ¡si es verdad que se ha extraviado mi nariz!

-Entonces, eso es cosa de los médicos. Los hay, según cuentan, que son capaces de ponerle a la gente la nariz que quiera. Pero, estoy viendo que es usted un hombre de buen humor y amigo de gastar bromas.

-¡Por Dios santo, le juro que es verdad! En fin, si hasta aquí hemos llegado, ahora verá usted mismo...

-¿Para qué se va a molestar? -protestó el empleado tomando un poco de rapé-. Aunque, si no le hace extorsión -añadió, picado ya por la curiosidad-, me gustaría verlo.

El asesor colegiado retiró el pañuelo de su rostro.

-Es rarísimo, efectivamente -opinó el empleado-. Tiene el sitio de la nariz tan liso como la palma de la mano. Sí, sí, increíblemente liso...

-¿Seguirá discutiendo ahora? Ya lo está viendo: no hay más remedio que publicarlo. Le quedaré especialmente agradecido, y celebro que este suceso me haya proporcionado el placer de conocerle...

Como puede verse, el mayor llegó incluso a rebajarse un poco en esta ocasión.

-Claro que publicarlo no cuesta ningún trabajo -dijo el empleado-, aunque no veo que saque provecho alguno de ello. Si tanto interés tiene, cuéntele el caso a alguien que tenga la pluma fácil para que lo describa como un fenómeno de la naturaleza y lo publique en La abeja del Norte -aquí sorbió otro poco de tabaco- para instrucción de la juventud -aquí se limpió la nariz- o simplemente como un hecho curioso.

El asesor colegiado estaba totalmente apabullado. Bajó los ojos, que tropezaron con la cartelera de espectáculos al pie de un periódico. Iba a sonreír al leer el nombre de una encantadora actriz y echaba ya mano al bolsillo para comprobar si llevaba algún billete de cinco rublos, pues los oficiales superiores, en opinión de Kovaliov, debían sentarse en el patio de butacas, cuando el recuerdo de la nariz echó por tierra toda su alegría.

Al propio empleado pareció afectarle la situación peliaguda de Kovaliov. Y creyó oportuno mitigar un poco su pesar con algunas palabras de simpatía.

-En verdad lamento mucho el percance que le ha sucedido. ¿No quiere usted tomar un poco de rapé? Disipa los dolores de cabeza y los disgustos. Incluso va bien para las hemorroides.

Con estas palabras, el empleado presentó a Kovaliov su tabaquera escamoteando con bastante agilidad la tapa que representaba a una señora con sombrero.

Esta acción impremeditada sacó de sus casillas a Kovaliov.

-No comprendo cómo se le ocurren esas bromas -dijo irritado-. ¿No está viendo que me falta, precisamente, lo necesario para aspirar el rapé? ¡Al diablo con su tabaco! Ahora no puedo ni verlo, aunque me lo ofreciera de la mejor marca y no esa porquería que fabrica Berezin.

Dicho lo cual, salió profundamente contrariado de la oficina de publicidad para dirigirse a casa del comisario de policía; hombre muy aficionado al azúcar. En el recibimiento, que hacía las veces de comedor, había gran cantidad de pilones de azúcar, amistosa ofrenda de los comerciantes. La sirvienta estaba quitándole al comisario las botas altas de reglamento; la espada y demás atributos guerreros pendían ya pacíficamente en sus rincones; el imponente tricornio había pasado a manos del hijo del comisario, un niño de tres años, y el propio comisario se disponía, después del batallar cotidiano, a gozar de una calma deliciosa.

Kovaliov se presentó cuando el comisario decía, entre un desperezo y un resoplido: «¡Vaya dos horitas de siesta que me voy a echar!» De lo cual podía colegirse que la llegada del mayor era totalmente intempestiva. Y no creo que le hubiera recibido con excesiva afabilidad aun trayéndole en ese momento unas libras de té o una pieza de paño. El comisario era gran amante de todas las artes y los productos manufacturados, aunque por encima de todo prefería los billetes de banco. «Esto sí que es bueno -solía decir-. No hay nada mejor. No piden de comer, ocupan tan poco sitio que siempre caben en el bolsillo y si se caen, no se rompen.»

El comisario dispensó a Kovaliov una acogida bastante fría y dijo que después de comer no era el momento de realizar investigaciones, que era mandato de la propia naturaleza descansar un poco después de alimentarse suficientemente (de lo cual pudo deducir el asesor colegiado que el comisario no ignoraba las sentencias de los sabios de la Antigüedad), que a ninguna persona de orden le arrancan la nariz y que anda por el mundo buen número de mayores de toda calaña que ni siquiera tienen ropa interior decente y frecuentan lugares poco recomendables.

Lo que se llama un buen revolcón. Preciso es señalar que Kovaliov era un hombre sumamente susceptible. Podía perdonar cuanto dijeran de su persona, pero de ningún modo lo que se refiriese a su categoría o a su título. Incluso opinaba que en las obras de teatro se podía pasar por alto todo lo relativo a los oficiales subalternos, pero que de ahí para arriba era inadmisible cualquier ataque. El recibimiento dispensado por el comisario lo ofuscó tanto que sacudió la cabeza y dijo muy digno, abriendo un poco los brazos: «Confieso que, después de observaciones tan afrentosas por su parte, yo no puedo añadir nada...», y se retiró.

Llegó a su casa tan cansado que casi no podía tenerse. Había caído la tarde. Después de tantas gestiones infructuosas, su domicilio le pareció tristón y de lo más repugnante. Cuando entró en el recibimiento descubrió a Iván, su criado, tumbado de espaldas en un mugriento sofá de cuero y dedicado a escupir al techo con tanta puntería que muchas veces acertaba en el mismo sitio. Indignado ante tal indiferencia, Kovaliov le pegó un sombrerazo en la frente rezongando: «Tú siempre haciendo estupideces, ¡cerdo!».

Iván se levantó de un brinco y corrió a quitarle la capa.

Al entrar en su cuarto, el mayor se dejó caer cansado y abatido en un sillón y al fin dijo, después de unos cuantos suspiros:

-¡Dios mío! ¡Dios mío!, ¿qué habré hecho yo para merecer este castigo? Si me hubiera quedado sin un brazo, o sin una pierna, habría sido preferible; incluso sin orejas, aunque estaría mal, aún podría pasar. Pero, ¿qué diablos es un hombre sin nariz? No es un pajarraco ni es un ciudadano honrado. Nada; una cosa que se puede tirar sencillamente por la ventana. Y bueno que el percance hubiera ocurrido en la guerra o en un duelo o por culpa mía. Pero, ¡es que mi nariz ha desaparecido sin más ni más, tontamente!... Aunque, no; no puede ser -añadió después de pensarlo un poco-. Es inconcebible que desaparezca una nariz: de todo punto inconcebible. O estoy soñando, o es una figuración; seguro. O quizá me haya bebido por equivocación, en vez de agua, el vodka de friccionarme la cara después del afeitado. El estúpido de Iván no lo volvería a su sitio, y yo me lo bebí.

Para convencerse de que, efectivamente, no estaba borracho, el mayor se pegó tal pellizco que no pudo reprimir un grito. Aquel dolor lo persuadió de que era realidad todo lo que hacía y lo que le pasaba. Se acercó sigilosamente al espejo, y primero cerró los ojos con la esperanza de que quizá apareciera la nariz en su sitio cuando los abriera, pero al instante pegó un respingo y retrocedió exclamando:

-¡Qué asco de cara!

En efecto, aquello era incomprensible. Si se hubiera perdido un botón, una cuchara de plata, un reloj o cosa por el estilo... Pero, ¡perderse aquello! Y dentro de casa, además... Sopesando todas las circunstancias, el mayor consideró como más probable la hipótesis de que el culpable sólo podía ser la señora Podtóchina, esposa de un oficial de Estado Mayor, que pretendía casar a su hija con Kovaliov. Y él, aunque le agradaba cortejarla, eludió un compromiso definitivo. De manera que cuando la señora Podtóchina le declaró sin ambages que deseaba dársela en matrimonio, él recogió velas poco a poco en sus asiduidades, alegando que todavía era joven y que aún necesitaba hacer méritos en su carrera unos cinco años para cumplir los cuarenta y dos. Y entonces, seguramente por venganza, la señora Podtóchina urdió aquello de desfigurarle, pagando a cualquier bruja agorera, pues no podía admitirse en modo alguno que la nariz hubiera sido cercenada: nadie había entrado en su habitación. Iván Yákovlevich, el barbero, lo afeitó el miércoles, y Kovaliov conservó su nariz íntegra durante todo el miércoles e incluso el jueves a lo largo de todo el día. Eso lo recordaba y lo sabía muy bien. Además, hubiera notado dolor y, desde luego, la herida no habría podido cicatrizarse tan pronto y quedar lisa como la palma de la mano. Se puso a cavilar en si debía denunciar en toda regla a la señora Podtóchina ante los tribunales o personarse él en su casa y echarle en cara su acción. Vino a interrumpir sus reflexiones un destello de luz que penetró por todas las rendijas de la puerta y era indicio de que Iván había encendido ya una vela en el recibimiento. Enseguida apareció el propio Iván con ella, iluminando la estancia. El primer movimiento de Kovaliov fue echar mano de un pañuelo y cubrirse el lugar que su nariz ocupaba todavía la víspera para que aquel estúpido no se quedara con la boca abierta ante un hecho tan insólito en su señor.

Apenas se había retirado Iván a su cuchitril cuando una voz desconocida se dejó oír en el recibimiento:

-¿Vive aquí el asesor colegiado Kovaliov?

-Adelante. Aquí está el mayor Kovaliov -contestó él mismo, levantándose precipitadamente para abrir la puerta.

Entró un guardia de buena prestancia, con patillas no muy claras ni tampoco oscuras y mejillas bastante llenas: el mismo que al comienzo de nuestro relato vimos en un extremo del puente Isákievski.

-¿Es usted el caballero que ha perdido la nariz?

-En efecto.

-Pues ha aparecido.

-¿Qué me dice usted? -lanzó un grito el mayor Kovaliov, y se quedó sin habla de la alegría, mirando fijamente al guardia plantado delante de él, en cuyos mofletes y labios abultados se reflejaba la trémula luz de la vela-. ¿Cómo ha sucedido?

-Por pura casualidad. Le echamos mano cuando casi estaba en camino: iba a tomar ya la diligencia para marcharse a Riga. Y el pasaporte había sido extendido hace ya tiempo a nombre de cierto funcionario. Lo extraño es que, al principio, yo mismo lo tomé por un caballero. Afortunadamente llevaba las gafas, y enseguida me di cuenta de que se trataba de una nariz. Porque le diré que yo soy miope y, si se coloca usted delante de mí, yo sólo veo su cara, pero sin distinguir la nariz, la barba ni nada. Mi suegra, es decir, la madre de mi esposa, tampoco ve nada.

Kovaliov estaba como loco.

-¿Dónde está? ¿Dónde? Voy corriendo...

-No tiene usía por qué molestarse. Suponiendo que le haría a usted falta, la traigo yo. Y, ya ve usted qué raro: el autor principal del hecho es un pícaro barbero de la calle Voznesénskaia que ahora está detenido en el cuartelillo. Hace ya tiempo que yo andaba tras él por borracho y ratero. Anteayer, sin ir más lejos, robó una docena de botones en una tienda. En cuanto a la nariz de usía, está exactamente igual que estaba.

Con estas palabras, el guardia metió la mano en un bolsillo, de donde extrajo la nariz envuelta en un papel.

-¡Ésa es! ¡Sí, sí! -gritó Kovaliov-. Hoy tiene usted que quedarse a tomar una taza de té conmigo.

-Aceptaría con sumo gusto, pero no puedo de ninguna manera: desde aquí tengo que acercarme al manicomio. Han subido mucho los precios de todas las subsistencias... Yo debo mantener a mi suegra, la madre de mi esposa, que vive con nosotros, y a mis hijos. El mayor, sobre todo, es un chico listo, que promete mucho, pero carezco totalmente de posibilidades para darle estudios...

Kovaliov se dio por enterado y, tomando de encima de la mesa un billete de diez rublos, lo puso en manos del guardia que abandonó la estancia después de pegar un taconazo y cuya voz oyó Kovaliov casi al instante en la calle aleccionando, con acompañamiento de puñetazos, a un estúpido mujik que se había metido en la acera con su carreta.

Después de marcharse el guardia, permaneció el asesor colegiado unos minutos como aturdido y sólo al cabo de ese tiempo, tal era el desconcierto que le produjo la inesperada alegría, recobró la capacidad de ver y sentir. Tomó con precaución la nariz en el cuenco formado por las dos manos y volvió a observarla atentamente.

-Es ella, claro que sí -decía el mayor Kovaliov-. Aquí está, en el lado izquierdo, el granito que le salió ayer.

El mayor estuvo a punto de soltar la risa de alegría.

Pero no hay nada eterno en el mundo. Por eso, la alegría del primer instante no es ya tan viva a los dos minutos, al tercero se debilita más aún y al fin se diluye inadvertidamente con el estado de ánimo habitual, lo mismo que el círculo formado en el agua por la caída de una piedra acaba diluyéndose en la superficie lisa. Kovaliov se puso a cavilar y sacó en claro que todavía no estaba todo terminado: la nariz había aparecido, sí; pero faltaba ponerla y ajustarla en su sitio.

-¿Y si no se pega?

El mayor se quedó lívido al hacerse esta pregunta.

Presa de un miedo indescriptible corrió a la mesa y acercó el espejo, no fuera a colocarse la nariz torcida. Le temblaban las manos. Con cuidado y mucho tiento aplicó la nariz en el lugar de antes. ¡Qué espanto! La nariz no se pegaba... La acercó a su boca, le echó el aliento para calentarla y de nuevo la aplicó a la superficie lisa que se extendía entre sus mejillas; la nariz no se sujetaba de ninguna manera.

-¡Vamos! Pero, ¡vamos! ¡Quédate ahí! -le decía.

Pero la nariz parecía de madera y caía sobre la mesa con un ruido extraño, como si fuera un corcho. Una mueca contrajo el rostro del mayor. «¿Será posible que no se pegue?», se preguntaba asustado. Pero, por muchas veces que colocó la nariz en el lugar adecuado, todos sus esfuerzos continuaron siendo estériles.

Llamó a Iván y lo mandó en busca del médico que vivía en el entresuelo de la misma casa, ocupando el mejor piso. Aquel médico era hombre de gran prestancia, que poseía unas magníficas patillas negras, y una esposa lozana; rebosante de salud, se desayunaba con manzanas y cuidaba esmeradamente el aseo de su boca, enjuagándose cada mañana durante casi tres cuartos de hora y puliéndose los dientes con cinco cepillos distintos. El doctor acudió al instante. Después de inquirir el tiempo transcurrido desde el percance, levantó la cara de Kovaliov agarrándolo por la barbilla y le pegó tal papirotazo en el lugar antes ocupado por la nariz que el mayor echó violentamente la cabeza hacia atrás hasta pegar con la nuca en la pared. El médico dijo que aquello no era nada, lo invitó a apartarse un poco de la pared, le hizo volver la cabeza hacia la derecha y, después de palpar el sitio donde antes se encontraba la nariz, dijo «ummm». Luego le mandó volver la cabeza hacia el lado izquierdo, profirió otra vez «ummm» y, finalmente, le pegó con el pulgar otro papirotazo que hizo respingar al mayor Kovaliov lo mismo que un caballo cuando le miran los dientes. Después de esta prueba, el médico sacudió la cabeza diciendo:

-No. No puede ser. Preferible es dejarlo así, porque podría quedar peor. Arreglo tiene, desde luego, y yo mismo se la pondría quizá ahora mismo. Pero le aseguro que sería peor para usted.

-¡Ésta sí que es buena! ¿Cómo voy a quedarme sin nariz? -protestó Kovaliov-. Peor que ahora, imposible. ¿Qué demonios es esto? ¿Dónde me presento yo con esta facha? Yo tengo muy buenas relaciones. Hoy mismo debo asistir a dos veladas. Conozco a mucha gente: la señora Chejtariova, esposa de un consejero de Estado, la señora Podtóchina, casada con un oficial del Estado Mayor... Aunque, después de su actual comportamiento, mi único trato con ella puede ser a través de la policía. Por favor se lo ruego -prosiguió Kovaliov suplicante-. ¿No hay ningún remedio? Póngamela como sea, aunque no quede bien, con tal de que se sostenga. Incluso podría sujetarla un poco con la mano en los casos de apuro. Además, como no bailo, tampoco es de temer ningún movimiento brusco que la perjudique. Y en lo referente a agradecerle su visita, tenga por seguro que, en la medida de mis posibilidades...

-Crea usted -intervino el doctor en un tono que no era ni alto ni bajo, pero sí sumamente persuasivo y magnético- que yo nunca ejerzo por el dinero. Eso sería contrario a mis normas y a mi arte. Cierto que cobro mis visitas, pero con el único fin de no agraviar a nadie al negarme. Desde luego, yo podría ajustar su nariz. Sin embargo, y lo afirmo por mi honor, si mi palabra no le basta, quedaría mucho peor. Deje actuar a la naturaleza. Las frecuentes abluciones frías lo mantendrán a usted, aun sin nariz, tan sano como si la tuviera, se lo aseguro. En cuanto a la nariz, le aconsejo que la meta en un frasco de alcohol o, mejor todavía, añadiendo una solución de dos cucharadas de vodka fuerte y vinagre caliente. Entonces podrá sacar por ella una cantidad respetable. Yo mismo se la compraría si no se excede en el precio.

-¡No, no! No la vendería por nada del mundo -protestó el mayor desesperado-. ¡Prefiero que desaparezca!

-Perdone usted, pero yo quería hacerle un favor -replicó el médico saludando-. ¡En fin! Por lo menos, habrá usted visto mi buena intención.

Con estas palabras, el médico abandonó muy dignamente la estancia. Kovaliov no se había fijado siquiera en su rostro, ya que, en su profundo abatimiento, sólo acertó a ver los puños de la camisa pulcra y blanca como la nieve asomando por las mangas del frac negro.

Al día siguiente, y antes de presentar querella, se decidió a escribir a la señora del oficial de Estado Mayor para ver si accedía a devolverle de buen grado lo que era suyo. La carta decía lo siguiente:

«Muy señora mía, Alexandra Grigórievna:

»No alcanzo a comprender tan extraño proceder por parte suya. Tenga la seguridad de que, obrando de este modo, no ganará usted nada ni me obligará en modo alguno a casarme con su hija. Crea usted que me hallo perfectamente enterado de la historia de mi nariz como también de que usted y nadie más que usted ha sido la principal causante de ella. El súbito desprendimiento, la fuga y el disfraz de mi apéndice nasal, apareciendo primero bajo el aspecto de un funcionario y luego con el suyo propio, no son ni más ni menos que consecuencia de las hechicerías practicadas por usted o por quienes se ejercitan en menesteres tan nobles como los suyos. Por mi parte, considero deber mío advertirle que si el susodicho apéndice no se reintegra hoy mismo a su sitio, me veré en la obligación de apelar a la defensa y la protección de las leyes.

»Por lo demás, con todos mis respetos, tengo el honor de quedar de usted, seguro servidor

Platón Kovaliov.»

«Muy señor mío, Platón Kuzmich:

«Su carta me ha dejado sumamente sorprendida. Le confieso a usted con toda sinceridad que nunca esperé nada parecido y menos aún lo referente a los injustos reproches de usted. Pongo en su conocimiento que jamás he recibido en mi casa, ni con disfraz ni bajo su aspecto propio, al funcionario a quien usted alude. No niego que me ha visitado Filipp Ivánovich Potánchikov. Pero, aunque él aspiraba, es cierto, a la mano de mi hija -y tratándose de una persona de conducta buena y sobria, así como de muchos estudios-, yo nunca le he dado la menor esperanza. También menciona usted la nariz. Si con ello quiere dar a entender que yo me proponía dejarle con tres cuartas de narices, o sea, darle una negativa rotunda, me sorprende que sea usted quien lo diga, sabiendo como sabe que mi intención es muy otra y que si usted se compromete ahora mismo y en debida forma con mi hija, yo estoy dispuesta a acceder sin dilación, pues tal ha sido siempre el objeto de mis más fervientes deseos, en espera de lo cual quedo siempre al servicio de usted

Alexandra Podtóchina.»

«No, seguro que no ha sido ella -se dijo Kovaliov después de leer la misiva-. ¡Imposible! En la forma que está escrita la carta, no puede ser obra de quien haya cometido un delito. -El asesor colegiado era hombre entendido en la materia; pues, hallándose todavía en la región del Cáucaso, había sido encargado varias veces de instruir sumario-. ¿Cómo ha podido suceder esto? ¿De qué manera? Sólo el demonio lo entendería», concluyó desalentado.

Entretanto, corrían ya por toda la capital los rumores acerca de tan extraordinario suceso, adornado con toda clase de exageraciones, como suele ocurrir. Precisamente por entonces se hallaban las mentes orientadas hacia lo sobrenatural, pues hacía poco tiempo que a todos intrigaban los experimentos sobre los efectos del magnetismo. Además, como la historia de las sillas danzantes de la calle Koniúshennaia era todavía reciente, nada tiene de particular que al poco tiempo se empezara a comentar que la nariz del asesor colegiado solía pasearse a las tres en punto de la tarde por la Avenida Nevski. Y a diario acudía allí una multitud de curiosos. Alguien anunció que la nariz se encontraba en la tienda de Junker, y frente al establecimiento se formó tal aglomeración que hubo de intervenir la policía. Un especulador con aspecto respetable, que usaba patillas y solía vender pastas variadas a la puerta del teatro, fabricó especialmente unos magníficos y sólidos bancos de madera que alquilaba, a razón de ochenta kopecs por persona, a cuantos curiosos deseaban subirse en ellos para ver mejor. Un benemérito coronel salió de su casa con ese único fin antes que de costumbre y a duras penas logró abrirse paso entre el gentío; pero, cuál no sería su indignación al ver en el escaparate de la tienda, en lugar de la nariz, una simple camiseta de lana y una litografía representando a una jovencita que se subía una media mientras un petimetre con chaleco de solapas y barbita la espiaba desde detrás de un árbol. Dicha litografía llevaba ya más de diez años colgada en el mismo sitio. Al retirarse, el coronel dijo contrariado: «¿Cómo se puede soliviantar a la gente con bulos tan estúpidos e inverosímiles?»

Luego cundió la especie de que no era por la Avenida Nevski sino por el jardín de Taurida por donde se paseaba la nariz del mayor Kovaliov y eso, desde hacía ya mucho tiempo. Tanto, que cuando Jozrev-Mirza se alojó allí, le sorprendió sobremanera aquel extraño capricho de la naturaleza.

Allá fueron algunos estudiantes de la Academia de Cirugía. Una ilustre y noble dama rogó al vigilante del jardín, por carta especial, que mostrara a sus hijos el raro fenómeno y, a ser posible, se lo explicara de modo instructivo y a la vez edificante para ellos.

Todos estos hechos fueron acogidos con gran regocijo por los caballeros asiduos de las veladas de sociedad y aficionados a distraer a las señoras con curiosas historias, cuyo repertorio se encontraba por entonces agotado. Una minoría de respetables personas de orden estaba sumamente descontenta. Un señor decía, muy sulfurado, que no comprendía cómo era posible que se propalaran absurdos infundios en nuestro siglo ilustrado y que le sorprendía que el gobierno no prestara atención al hecho. Al parecer, ese señor era de los que quisieran complicar al gobierno en todo; incluso en las trifulcas cotidianas que tiene con su esposa. Luego... Pero, a partir de aquí, de nuevo queda el suceso totalmente envuelto en brumas y no se sabe nada en absoluto de lo acaecido después.

III

En el mundo ocurren verdaderos disparates. A veces, sin la menor verosimilitud; súbitamente, la misma nariz que andaba de un lado para otro con uniforme de consejero de Estado y que tanto alboroto había armado en la ciudad volvió a encontrarse como si tal cosa en su sitio, es decir, exactamente entre las dos mejillas del mayor Kovaliov. Esto sucedió ya en el mes de abril, el día 7. Al despertarse y lanzar una mirada fortuita al espejo, descubrió el mayor que allí estaba la nariz. Echó mano de ella, y allí estaba, sí! «¡Al fin!», exclamó Kovaliov y, de la alegría, estuvo a punto de ponerse a bailar, tal y como estaba, descalzo, por toda la habitación; pero la entrada de Iván se lo impidió. Enseguida pidió agua para lavarse y, mientras se aseaba, lanzó otra mirada al espejo. ¡Allí estaba la nariz! Cuando se secaba con la toalla, miró una vez más: ¡allí estaba la nariz!

-Mira a ver, Iván: parece como si tuviera un granito en la nariz -dijo al tiempo que pensaba-: «Menudo disgusto si Iván me dice ahora: Pues no, señor; no veo ningún grano ni tampoco veo la nariz.»

Pero Iván contestó:

-No; no hay ningún grano. No tiene nada en la nariz.

«Esto ya está bien, ¡qué demonios!», se dijo el mayor chascando los dedos. En ese momento asomó por la puerta el barbero Iván Yákovlevich, pero con tanto temor como un gato al que acaban de atizar por robar tocino.

-Lo primero que debes decirme es si traes las manos limpias -lo interpeló ya desde lejos Kovaliov.

-Sí. Claro que están limpias.

-¡Mentira!

-Le juro que están limpias, señor.

-Bueno. Ya veremos.

Kovaliov se sentó. Iván Yákovlevich le puso el paño y, con la brocha, convirtió su barba y parte de las mejillas en algo parecido a la crema que se suele servir en los convites onomásticos de los comerciantes.

«¡Bueno!... -exclamó Iván Yákovlevich para sus adentros contemplando la nariz, y luego torció la cabeza hacia el lado opuesto para verla de perfil-. ¡Mírenla ustedes!... ¡Ahí está! Aunque la verdad es que, si se para uno a pensar...», agregó, y estuvo mirando todavía un buen rato la nariz. Finalmente, con toda la delicadeza y todo el esmero que se puede uno imaginar, levantó dos dedos para sujetarla por la punta, pues tal era el sistema de Iván Yákovlevich.

-¡Eh, eh, tú! ¡Cuidado! -gritó Kovaliov.

Más aturdido y confuso todavía, Iván Yákovlevich retiró la mano. Al fin comenzó a pasar la navaja por debajo del mentón y, aunque le resultaba muy incómodo y difícil rapar sin tener sujeto el órgano del olfato, logró vencer todos los obstáculos y terminar de afeitar ingeniándoselas para atirantar la piel con su áspero dedo pulgar apoyado unas veces en la mejilla y otras veces en la mandíbula inferior del mayor.

Cuando todo estuvo listo, Kovaliov se apresuró a vestirse inmediatamente, tomó un coche de punto y se fue derechito a una pastelería. Nada más entrar, gritó desde lejos: «¡Un chocolate, muchacho!» y al instante se dirigió hacia un espejo. ¡Tenía la nariz! Dio media vuelta lleno de alegría y contempló con aire sarcástico, entornando un poco los párpados, a dos militares: la nariz de uno de ellos tenía apenas el tamaño de un botón de chaleco. Luego se dirigió a las oficinas del Departamento donde estaba gestionando un puesto de vicegobernador o de ejecutor, en su defecto. Al cruzar la antesala, se miró a un espejo: ¡allá estaba la nariz! Más tarde fue a visitar a otro asesor colegiado -o mayor, si se quiere-, gran amigo de chanzas, a cuyas mordaces observaciones solía contestar Kovaliov: «¡Demasiado te conozco a ti. Eres un criticón!» Durante el trayecto, iba pensando: «Si el mayor no revienta de risa al verme, seguro es que cada cosa está en su sitio.» Pero el asesor colegiado se quedó tan campante. «Perfecto, perfecto, ¡qué demonios!», se dijo Kovaliov. Después se encontró con la señora Podtóchina, esposa de un oficial de Estado Mayor, y su hija. Las saludó y fue acogido con exclamaciones de júbilo: por tanto, no se advertía en él ningún defecto. Conversó con ellas un buen rato y, sacando adrede la tabaquera, se complació largamente delante de ellas en atascar su nariz de rapé por ambos conductos, mascullando para sus adentros: «Así, para que se enteren, cabezas de chorlitos. Y con la hija no me caso, desde luego. Así por las buenas, par amour, ¡ni pensarlo!» A partir de entonces, el mayor Kovaliov volvió a pasearse como si tal cosa por la Avenida Nevski, a frecuentar los teatros y acudir a todas partes. Y también su nariz campaba en medio de su rostro como si tal cosa, sin aparentar siquiera que hubiera faltado nunca de allí. Después de todo esto pudo verse al mayor Kovaliov siempre de buen humor, sonriente, rondando absolutamente a todas las mujeres bonitas e incluso detenido una vez delante de una tienda de Gostínni Dvor para comprar el pasador de una condecoración, si bien por motivos desconocidos, ya que él no era caballero de ninguna orden.

¡Ahí tienen ustedes lo sucedido en la capital norteña de nuestro vasto imperio! Y únicamente ahora, atando cabos, vemos que la historia tiene mucho de inverosímil. Sin hablar ya de que resulta verdaderamente extraña la separación sobrenatural de la nariz y su aparición en distintos lugares bajo el aspecto de consejero de Estado. ¿Cómo no se le ocurrió pensar a Kovaliov que no se podía anunciar el caso de su nariz en los periódicos a través de la Oficina de Publicidad? Y no lo digo en el sentido de que me parezca excesivo el precio del anuncio: es una nadería y yo estoy lejos de ser una persona roñosa. ¡Pero, es que resulta desplazado, violento, feo! Y otra cosa: ¿cómo fue a parar la nariz al interior de un panecillo y cómo es que Iván Yákovlevich...? Nada, nada, que no lo entiendo. ¡No lo entiendo de ninguna manera! Pero lo más chocante, lo más incomprensible de todo es que los autores sean capaces de elegir semejantes temas. Confieso que esto es totalmente inconcebible, es como si... ¡Nada, nada, que no lo entiendo! En primer lugar, que no le da ningún provecho a la patria; en segundo lugar... Bueno, pues, en segundo lugar, tampoco le da provecho. No sé lo que es esto, sencillamente...

Aunque, sin embargo, con todo y con ello, si bien, naturalmente, se puede admitir esto y lo otro y lo de más allá, es posible incluso... Porque, claro ¿dónde no suceden cosas absurdas? Y es que, no obstante, si nos paramos a pensar, seguro que hay algo en todo esto. Se diga lo que se diga, sucesos por el estilo ocurren en el mundo. Pocas veces, pero ocurren.
Nikolai Gogol.(Nikolai Vasilievich Gogol; Sorochintsi, actual Ucrania, 1809-Moscú, 1852) Escritor ucraniano en lengua rusa. Hijo de un pequeño terrateniente, a los diecinueve años se trasladó a San Petersburgo para intentar, sin éxito, labrarse un futuro como burócrata de la administración zarista. En 1831 se incorporó como profesor de historia a la universidad, donde conocería a Pushkin.

De su colaboración regular con distintas publicaciones nacieron las Veladas en la finca de Dikanka (1831-1832), que constituyeron un enorme éxito y lo llevaron, en 1835, a abandonar la universidad para centrarse definitivamente en la literatura. Ese mismo año publicó Mirgorod y Arabescos, que suponían su paso al realismo crítico. Mirgorod es una continuación de las Veladas y contiene cuatro relatos, entre ellos el poema épico Taras Bulba.

En 1836 publicó la comedia El inspector, una sátira de la corrupción de la burocracia que obligó al escritor a abandonar temporalmente el país. Instalado en Roma, en 1842 escribió buena parte de su obra más importante, Almas muertas, donde describía sarcásticamente la Rusia feudal. También en ese año publicó El abrigo, obra que ejercería una enorme influencia en la literatura rusa. Después de una corta estancia en Moscú, y de regreso en Roma, empezó a escribir la segunda parte de Almas muertas.

Una profunda crisis espiritual le llevaría, en 1848, a peregrinar a Jerusalén. En los últimos años de su vida escribió artículos; en los Fragmentos escogidos de la correspondencia con los amigos (1847) defiende la religión ortodoxa. Al borde de la locura, poco antes de morir quemó el manuscrito de la segunda parte de Almas muertas. Gogol marcó el inicio de la tradición realista en la literatura rusa.
Semblanza biográfica:biografiasyvidas.com.Texto:El cuento del día. Foto:Internet.

1.11.14

Finalistas Premio Hispanoamericano de Cuento Gabriel García Márquez

Se anuncian los cinco finalistas del Premio Hispanoamericano de Cuento Gabriel García Márquez
 
Las obras finalistas al Premio Hispanoamericano Gabriel García Márquez./mincultura.gov.co

Cinco escritores de Argentina, Chile, España y México son los finalistas de la primera edición del Premio Hispanoamericano de Cuento Gabriel García Márquez, creado en memoria de nuestro Nobel de Literatura. El ganador recibirá un estímulo de cien mil dólares, en una ceremonia que se realizará el próximo 21 de noviembre, en la capital colombiana.
Bogotá D.C, 31 de octubre de 2014. La primera edición del Premio Hispanoamericano de Cuento Gabriel García Márquez, creado por el Ministerio de Cultura y la Biblioteca Nacional de Colombia, con el apoyo del Instituto Cervantes, como un importante estímulo al género literario en el que Gabriel García Márquez fue maestro de maestros, seleccionó a sus cinco finalistas.
Después de cuatro días de deliberación, el jurado del Premio, conformado por Antonio Caballero, de Colombia; Horacio Castellanos Moya, de El Salvador; Cristina Fernández Cubas, de España; Mempo Giardinelli, de Argentina e Ignacio Padilla, de México, seleccionó a los siguientes cinco escritores y sus libros, como finalistas del Premio de cuento más importante en el idioma español.
Los finalistas son:
*Carolina Bruck, con su libro Las otras.
Adriana Hidalgo Editora (Argentina)
*Héctor Manjarréz, con Anoche dormí en la montaña.
Ediciones Era (México) 
*Guillermo Martínez, con Una felicidad repulsiva.
Editorial Planeta. (Argentina) 
*Óscar Sipán, con Quisiera tener la voz de Leonard Cohen para pedirte que te marcharas.
Editorial Base (España) 
*Alejandro Zambra con Mis documentos.
Editorial Anagrama (Chile) 
En esta primera edición del Premio, que pretende constituirse en referente para el campo literario de la creación y el universo editorial en lengua española, así como un invaluable esfuerzo en prolongar el legado de cuentistas tan importantes y destacados en el dominio del género, como lo fueron Jorge Luis Borges, Juan Rulfo, Julio Cortázar y el propio Gabriel García Márquez, participaron en total 123 libros de cuentos publicados en 2013.
El ganador del Premio Hispanoamericano de Cuento Gabriel García Márquez, quien recibirá una estímulo de cien mil dólares, se conocerá el viernes 21 de noviembre, en el marco de una semana de actividades que reunirá a los jurados, finalistas y a escritores colombianos, en la ciudad de Bogotá.
Finalistas:
Carolina Bruck (La Plata, 1971) Es profesora de Letras (UNLP) y magíster en Creación Literaria por la UPF (Barcelona), donde escribió su tesis dirigida por Juan Villoro. En 2008 recibió el primer premio en el V Concurso Nacional Macedonio Fernández por su primer libro de relatos, Fast Food. Sus textos integran, entre otras, las antologías Emergencias (Barcelona, Candaya, 2013) y ¡Basta! Cien mujeres contra la violencia de género, edición Argentina (en prensa).
Héctor Manjarrez (Ciudad de México, 1945) es narrador, poeta, dramaturgo, ensayista, autor entre otros libros de los volúmenes de cuentos No todos los hombres son románticos y Ya casi no tengo rostro. Ha obtenido los premios Diana Moreno Toscano, Xavier Villaurrutia, José Fuentes Mares, Internacional de Novela de la Diversidad y Nacional de Narrativa Colima.
Guillermo Martínez (Bahía Blanca, 1962) En 2003 obtuvo el Premio Planeta de Argentina con la novela Crímenes imperceptibles. Traducida a 35 idiomas, fue llevada al cine por Álex de la Iglesia. Colabora habitualmente con artículos y reseñas en distintos medios. Es uno de los autores argentinos más traducidos en el mundo.
Oscar Sipán (Huesca, 1974). Galardonado en numerosos certámenes literarios y autor de los libros Rompiendo corazones con los dientes (Premio de Novela, Odaluna, 1998), Pólvora mojada (XVII Premio de Narrativas Santa Isabel de Aragón, Reina de Portugal 2003, Diputación de Zaragoza), Leyendario. Monstruos de agua (2004, March Editor), Escupir sobre París (2005, March Editor).
Alejandro Zambra (Santiago, 1975). Es autor de Bahía Inútil (1998), Mudanza (2003), Bonsái (2006), La vida privada de los árboles (2007), No leer (2010), Formas de volver a casa (2011) y Mis documentos (2013). Sus novelas han sido traducidas a más de diez idiomas. Estudió literatura en la Universidad de Chile y es profesor en la Universidad Diego Portales.
Sobre el Premio
El Premio se otorgará anualmente a un libro de cuentos de un escritor, con la condición de que su obra haya sido originalmente escrita en español y editada por primera vez el año inmediatamente anterior al de la convocatoria.
Gabriel García Márquez, quien falleció el pasado 17 de abril, escribió alrededor de cuarenta cuentos, entre los que se destacan: "El ahogado más hermoso del mundo", "Ojos de perro azul", "La mujer que llegaba a las seis", "En este pueblo no hay ladrones", "Un señor muy viejo con unas alas enormes" y "La luz es como el agua", relatos que ocupan un destacado lugar en la historia de la literatura universal.
Esta primera edición del Premio se convierte además en motivo de conmemoración del aniversario número 67 de la publicación del primer cuento del Premio Nobel colombiano, escrito en respuesta a Eduardo Zalamea, el entonces editor cultural de el diario El Espectador, quien sostenía que no había un escritor en Colombia que fuera capaz a medírsele a escribir una obra literaria con el rigor y la precisión que exige el género. El resultado quedó plasmado en el cuento "La tercera resignación" (1947).
La iniciativa, a cargo del Ministerio de Cultura y la Biblioteca Nacional de Colombia, con el apoyo del Instituto Cervantes, se constituye de esta manera en un importante estímulo a este género literario en el que Gabriel García Márquez ha sido maestro de maestros.

El factor Montevideo

Empecé a tener la extraña sensación de estar en mi lugar. En la ciudad el ritmo es sabio y maravilloso
 
Enrique Vila-Mata, autor español de Un viaje vertical./elpais.com
En Montevideo me crucé con la sobrina de Felisberto Hernández. Como dos días antes, en el bonaerense barrio de Palermo, a dos pasos de la seductora librería Crack Up, había saludado a la sobrina de Gombrowicz, pensé que había entrado en una racha de sobrinas y que luego vendrían las de Onetti, Idea Vilariño, Levrero, Lautréamont, y así hasta la intemerata. Pero la racha se apagó enseguida, terminó en Felisberto, aquel pianista que jugaba a no terminar sus geniales cuentos y que vivió en Montevideo en un piso encima del cine Rex sin saber que su nueva esposa era espía y por la noche, en lugar de trabajar de modista, transmitía “secretos nucleares” a Moscú.
Cerca del Rex estuvo el Cervantes, el hotel donde Cortázar situó su famoso cuento La puerta condenada. Le cambiaron el nombre y ahora se llama Esplendor. Tras una breve incursión en él, pude averiguar que la habitación del tremendo relato es la 106 y está siempre ocupada, eso al menos dijeron los recepcionistas, quizás para darle más misterio al asunto.
Paseando, me acordé de El uruguayo, libro escrito en francés por Copi y el único que he traducido en mi vida; una experiencia juvenil muy instructiva, porque me parecía tan disparatado lo que allí se relataba que creía que lo estaba traduciendo mal, pero en realidad sólo estaba descubriendo la libertad al narrar: “Aquí tienen palabras para todo. Hay una para decir me siento en mi lugar y ésta es precisamente el nombre de la ciudad: Montevideo”.
Pronto empecé a tener la extraña sensación de estar en mi lugar, y quizás por eso fui mirando sin demasiado asombro la arquitectura de la ciudad, el llamado “estilo Montevideo”. La belleza de las plazas y calles —sólo Nueva York la supera en edificios art decó— viene de la gran época de prosperidad de principios del siglo pasado, la edad de oro uruguaya que facilitó incluso que surgieran allí las primerísimas “vanguardias literarias” de America Latina, con el poeta y falso morfinómano Julio Herrera y Reissig a la cabeza.
En una de las sencillas casas de primera línea frente al Río de la Plata, el joven Herrera y Reissig, genio y figura, creó en 1900 una conjura de poetas, una banda de “detectives salvajes” que conspiraban en “La Torre de los Panoramas”, un minúsculo cuarto en el terrado del edificio. Allí, un cartel advertía jocosamente en la entrada: “Prohibido el paso a los uruguayos”.
Ricardo Ramón me guió hasta la Torre, donde nada queda de los viejos tumultos, pero a la vez todo está allí, diría que perfectamente ausente. A cuatro pasos, el rascacielos Salvo, monumental edificio art decó inspirado en la Divina Comedia, también parece deshabitado. Pasan montevideanos. Son personas muy amables, no contaminadas del histerismo moderno, reñidas enigmáticamente con el malhumor. Sonríen, como si tuvieran todo el tiempo del mundo. En la ciudad el ritmo es sabio y antiguo, lo cual es maravilloso. Las casas, el puerto, las calles, las playas, emiten signos de una calma rara que nos lleva a sentir que en verdad hemos llegado a nuestro lugar.

Roberto Ampuero: aquellos años en la RDA

Detrás del Muro es el título de la última novela del autor chileno
Roberto Ampuero, autor chileno de Detrás del Muro. /latercera.com

“¿Por qué he regresado a Berlín?”, se pregunta Roberto Ampuero (61) en las primeras páginas de su último libro. “No lo sé muy bien. O quizá lo sé, y tal vez sean muchas las razones. Lo cierto es que hace poco, en mi casa del Midwest, mientras escuchaba una canción de Coldplay y surfeaba en la web, me topé con los acogedores estudios renovados que alquila Brilliant Apartments en distintas ciudades europeas. Enorme fue mi sorpresa al notar que uno de estos estudios se encontraba justo en la vivienda de Isabella. Las fotografías no podían engañarme. Las interpreté como una invitación y sentí de inmediato la tentación de cruzar el Atlántico para explorar los espacios que frecuenté hacía varias décadas”.
Isabella fue una amante que vivía en la Oderberger Strasse de Berlín Oriental, muy cerca del Muro. La vuelta de Ampuero tuvo que ver con este recuerdo, pero también con otros que iban camino a diluirse y que hablan de entusiasmos y desilusiones en tiempos de Guerra Fría. “Novela de mi memoria imprecisa”, Detrás del muro es un viaje del escritor, ex embajador y ex ministro a sus años de juventud. Una suerte de continuación de Nuestros años verde olivo (1999), sobre su vida en Cuba tras la partida al exilio. 
Eso sí, dice que ya no podía recordar con la misma precisión. Por eso volvió a la ciudad, ahora junto a su esposa, en los veranos de 2010 y 2011. Allí arrendó un estudio y pasó revista a su pasado, en un ejercicio de “memoginación”: una mezcla de memoria e imaginación. Y así surgió un volumen que arranca en 1974 y termina tras la caída del Muro hace ya un cuarto de siglo.
Ampuero llegó dos veces a Berlín Oriental. La primera, en 1974, era un veinteañero militante. En esa ocasión permaneció poco más de seis meses, tiempo en el que tuvo una polola alemana que no podía creer que, tras pasar por Amsterdam y Berlín Occidental, hubiese optado por la RDA. “Yo soy comunista y quiero vivir en un país comunista”, se explicaba él. Y ella replicaba: “Pobre estúpido. Acá lo único que queremos es irnos”. 
La segunda estada fue más larga. Venía de vuelta de Cuba, en 1979, poco después de haber renunciado a las Juventudes Comunistas, y se quedó hasta fines de 1982. Tras llegar se unió a la UJD, que define como “una unión de jóvenes más o menos arrepentidos, liberales, tolerantes, decepcionados del socialismo real”. Tenía, a diferencia de casi todos los chilenos expatriados, la ventaja de hablar el alemán adquirido en sus años escolares en Valparaíso. Eso sí, sus necesidades de vivienda, educación, salud y otras pasaban por el filtro del Comité Chile Antifascista (CHAF), integrado por representantes de los partidos de la Unidad Popular y funcionarios locales, “principalmente de la Stasi”,  la policía política germano-oriental.
Seducido, para propósitos literarios, por “la atmósfera de opresión, de control y de frustraciones ciudadanas del totalitarismo”, el autor de Los amantes de Estocolmo explica sus creencias de ayer. “Uno tenía su edificio dogmático en la cabeza que te ayudaba a justificar por qué las cosas eran de cierta forma”. Por qué, por ejemplo, había un muro del que oficialmente no se hablaba en la RDA. Y por qué la defensa de un estado de cosas justificaba silencios y omisiones de parte de  exiliados chilenos, incluso tras el fin de URSS.
En este punto, no sólo ve Ampuero una conexión entre su nuevo libro y Morir en Berlín, de Carlos Cerda, con quien señala haber compartido miradas escépticas en el Berlín Oriental de los 80. También critica la gratitud con el régimen de Erich Honecker por parte de chilenos que habían encontrado una nueva patria, casa, trabajo, salud y educación gratis para sus hijos: “Hay una gratitud mal entendida. Una cosa es que tú agradezcas el apoyo y la solidaridad, pero el próximo paso que tienes que dar es decir, yo condeno, o al menos reconozco que recibí todo lo que recibí por parte de un estado totalitario que mataba, encarcelaba, torturaba. Callar porque recibí un departamento o una beca es el principio del fin de la lógica democrática”.

El dinero vive sólo de ficciones

Crítica. Tres novelas recientes de autores latinoamericanos –Bellatin, Lísias y Volpi– evidencian la dosis de ficción necesaria para fundamentar la economía política capitalista
CREENCIA. "La mercancía, el dinero o la bolsa existen porque creemos en ellas y actuamos como si existieran", dice el autor de esta nota./revista Ñ

Porque tiene la forma de una ficción, con efectos de verdad concretos, irresistibles y devastadores, la economía capitalista comparte con la literatura un núcleo reprimido de metáforas, tropos y mecanismos ficcionales que sostienen y propagan la creencia en el mercado como base de toda la existencia. Las ficciones del capital son, en todos los sentidos posibles, especulaciones que comienzan con un acto de imaginación y de creencia: la mercancía, el dinero o la bolsa existen porque creemos en ellas y actuamos como si existieran.
Si el dinero, decía Ricardo Piglia a propósito de Arlt, es un gran novelista porque siendo un signo vacío, goza de un poder absoluto, ¿qué puede decirse entonces, en la era de la globalización del capital, de los volátiles mercados financieros y su repertorio de entelequias –acciones, bonos de deuda, títulos, derivados financieros, fondos buitre–, creando millones de dólares del aire que no por nada Marx ya llamaba capital “ficticio”? ¿Qué “repertorios de futuros posibles”, parafraseando a Borges, encierra el mercado y su economía narrativa?
La literatura argentina y latinoamericana no ha dejado de producir y reproducir lo que en lecturas recientes la crítica literaria, interesada en la centralidad que las representaciones del capital ocupan en la construcción de imaginarios económicos, ha llamado “Ficciones del capital” (Ericka Beckman), “Ficciones del dinero” (Alejandra Laera) o “Ficciones especulativas” (Alessandro Fornazzari): ficciones sobre el capital y el mercado tal como aparecen representados en la literatura latinoamericana, pero también ficciones del capital, ficciones generadas por el propio capital que gobiernan la vida económica de una sociedad disciplinada a golpes de mercado.
Tres novelas recientes, El libro de los mandarines del brasileño Ricardo Lísias (San Pablo, 1975), Memorial del engaño del mexicano Jorge Volpi (México, 1968) y El hombre dinero del peruano-mexicano Mario Bellatín (México, 1960) usan los procedimientos y la fuerza imaginaria de la literatura para captar y hacer ver los fundamentos ficcionales de la economía política burguesa y la lógica de sus deseos. Son ficciones del capital que dicen la verdad mintiendo: en lugar de denunciar y desenmascarar el origen fraudulento de la renta financiera desde un lugar de verdad y de virtud, dicen en cambio que la ficción es la condición misma de una economía que, a partir de un núcleo de quimeras constitutivo, trabaja con estrategias de deseo y profecías autocumplidas. El verdadero enigma de la economía de mercado es la manipulación de percepciones, expectativas y creencias inherentes al capital, un estatuto de ficción que, como señala Beckman, “no se capta expulsando sus elementos fantásticos, sino preservando la quimera como su condición normal”.
Otro lobo de Wall Street
El arte de tapa de Memorial del engaño es una advertencia, una suerte de pacto de lectura: un hombrecito de negocios calvo frente a un enorme caballo de Troya empapelado en dólares, que esconde en su interior una serie de aparatos de representación comunes a la novela y a los mercados bursátiles representados en ella. La novela, una suerte de tragicomedia financiera, hace lo que dice, y comienza con un engaño tan viejo como la novela misma: el viejo truco del manuscrito apócrifo con las memorias de un tal J. Volpi, un lobo de Wall Street y mecenas de la ópera prófugo de la ley, fundador y director de un fondo de inversión que en 2008, el año de la crisis financiera, estafó a sus clientes por un monto cercano a los 15 mil millones de dólares. Con la honestidad brutal de un perverso y sin el menor arrepentimiento (“No fuimos irresponsables. No fuimos rapaces ni ambiciosos. Sólo tuvimos mala suerte”), Volpi describe en primera persona (o más bien, canta todo: el libro tiene la estructura de una ópera bufa) un crimen que se aprovecha de las bases de creencia sobre las que se asienta el mundo financiero.
Pero el hecho de que sea una novela disfrazada de testimonio autobiográfico, que los datos del autor, las reseñas de las solapas y las fotos que documentan la historia sean ficticias, pone al libro del lado del fraude y de la falsificación. De hecho, en un juego de desdoblamientos y duplicaciones que comienza desde la firma (todo en el libro es doble: la contabilidad, la pertenencia, la ideología), “J. Volpi” se llama igual que el mexicano Jorge Volpi, miembro de la llamada Generación del Crack, autor de En busca de Klingsor (1999).
Pero Memorial no es sólo la historia de la caída de Lehman Brothers, una de las obras cumbres del capitalismo del desastre, sino también la caída del padre de Volpi, otro economista que alrededor de los años 40 se arroja desde un piso 11 por razones que el hijo desconoce. El misterio pone en marcha una búsqueda familiar (algo así como Pedro Páramo en versión hollywoodense) que, en clave de thriller económico y a fuerza de Wikipedia (¿Quiénes fueron Harry Dexter White y John Maynard Keynes? ¿Cuándo se fundó el Fondo Monetario Internacional? ¿Qué es el “esquema Ponzi”?), reconstruye no sin ironía el origen del presente: la fundación del FMI y el Banco Mundial, diseñado por un grupo de economistas de la Reserva Federal acusados en pleno macartismo de espiar y conspirar a favor de la Unión Soviética.
Gracias a un hábil manejo de los efectos de verdad, Memorial es un libro inmoral al servicio de la moral, que apunta a la reacción republicana de un lector tentado e indignado al mismo tiempo por la mueca obscena y corrupta del amo capitalista saliéndose increíblemente con la suya. El lector no puede creer (moralmente) en lo que (los) Volpi le hacen creer con malas artes de novelista. Después de todo, la historia del Volpi financista y el Volpi novelista se tocan en algún lugar: uno cotiza en Wall Street, el otro en los mercados literarios globales, como representante de una política (literaria) global sin rasgos nacionales, que rechaza los colores locales y las dificultades formales de la literatura del Boom en nombre de una lengua transparente, legible, sin fricciones, al servicio del cliente lector.
Un cuento chino
Al lector de El libro de los mandarines , en cambio, por más que quiera, no se le permite creer ni un sólo instante en la supuesta verdad de una voz narrativa inestable, poco confiable, fraudulenta de punta a punta. La novela de Ricardo Lísias, que recientemente ganó notoriedad con la publicación de Divórcio , cuenta en clave de picaresca el ascenso de Paulo, un metódico y ambicioso ejecutivo paulista a cargo del Area de Desarrollo de un banco multinacional británico. A la vanguardia de los discursos corporativos, de la futurología de los mercados y del “desarrollo de nuevas técnicas empresariales” que incluyen la “lingüística corporativa”, Paulo se pone a estudiar mandarín y a reunir información enciclopédica que luego vuelca en prolijos y precisos memorándums que lo llevarán de San Paulo a la casa matriz en Londres y de allí a la lejana China: frontera última del capital financiero, un mercado soñado, grandioso, lleno de posibilidades y promesas, incluida la cura de un dolor de espalda crónico que no lo deja en paz.
Tan productiva y enriquecedora como la obra de su admirado Fernando Henrique Cardozo, la experiencia del viaje le sirve para ganar confianza, al punto que decide renunciar a la carrera corporativa para volver a San Paulo a fundar un centro de “ counseling, coaching y mentoring ” para ejecutivos inspirado en los valores de la China contemporánea, que incluye charlas motivacionales y servicios de masajes orientales antiestrés, y a publicar su libro con consejos para futuros hombres de negocios que lo consagraría como uno de los grandes pensadores de la vida corporativa. Pero “en rigor de verdad” (y cuando el narrador de Lísias repite “en rigor de verdad”, la relación entre las palabras y las cosas se relaja y la lengua se derrumba), Paulo nunca estuvo en China, sino en Sudán, monitoreando los fundamentos de una economía globalizada tan negra como el petróleo tercermundista que la alimenta (tráfico de armas, lavado de dinero, contrabando de piedras preciosas, terrorismo, fraudes bancarios). Tampoco la consultora es exactamente un retiro empresarial, ni las geishas son chinas expertas en aliviar el dolor, ni lo que ofrecen son masajes terapéuticos: ¿no son prostitutas sudanesas, cuyo sexo mutilado fascina a los brasileños? Y para ser sinceros, ¿qué es la “lingüística corporativa”, sino un palabrerío aforístico de charlatán de feria, mezcla de cháchara de marketing y manual de autoayuda? Y el poder de innovación de Paulo, su genial capacidad de saber “reconocer el talento” de los demás y liderar grupos, ¿en qué se diferencia del plagio, la deslealtad y la explotación de las ideas y el trabajo ajenos, comenzando por el ghost writer poeta que le escribe los libros?
Afectando la capacidad de nombrar las palabras por medio de un uso irónico del indirecto libre (¿quién habla? ¿qué está diciendo? ¿está hablando en serio?), Lísias nos sumerge y nos saca del reino de la lengua fácil y patética de una economía que hace cosas con palabras corruptas. Al cuento chino de la globalización, a la malversación de las palabras, Lísias contrapone la “paulización” de un mundo (todos personajes se llaman igual, Paulo, Paul, Paulson, Paula, Paulito, Pauling) sin falsa conciencia, sin engaños, donde los personajes son sujetos de una razón cínica que, parafraseando a Peter Sloterdijk, saben lo que hacen, y a pesar de ello, no se abstienen de hacerlo.
Fetiches
El problema con la razón cínica es que no toca las fantasías, esto es, ese nivel corporal, afectivo, preideológico, donde se juegan las identificaciones que sostienen, por ejemplo, el interés personal o el deseo de consumir: una cosa es criticar al capitalismo, y otra muy distinta es comenzar a desear según una economía no capitalista del goce. Hacia allí se dirige la extraña literatura de Mario Bellatin y su trabajo con el sueño, no porque sus relatos cuenten un sueño, sino porque tienen la forma de los sueños. La relación con el dinero superpuesta a la relación con los padres, el nexo libidinal entre dinero, cuerpo y enfermedad; los juegos entre el escritor, el narrador y el autor; la relación entre literatura y dinero; la imposibilidad de decidir entre realidad y sueño y la precariedad del pacto ficcional, reaparecen en El hombre-dinero con la naturalidad y la frialdad con que los sueños asocian y transforman una cosa en otra. De hecho, El hombre dinero es un sueño con la destrucción en apariencia milagrosa y liberadora de miles de billetes, que el padre del escritor, un inmigrante ilegal en los Estados Unidos obsesionado por la falta de dinero, le contaba al hijo nacido con un solo brazo. Entre la falta de dinero y la falta del brazo hay una relación enigmática, que se remonta a la oferta de una agencia de publicidad de exhibir el cuerpo con un brazo de menos en las gigantografías de Times Square, tanto como al origen de la escritura de alguien fascinado con acuñar letras sobre el papel.
El narrador de Bellatin nunca se pregunta “por ninguna de las circunstancias que hacían posible que estuviese sucediendo una escena semejante”; más bien, deja que aparezcan por sí mismos fragmentos con un sentido desconocido, según una suerte de alegoría trunca que se resiste a entrar en intercambios. Y esto tiene que ver, aunque no sepamos exactamente qué, con la escena fetichizada de los billetes –con imágenes de escritores clásicos impresos en el dorso– que el protagonista retira de circulación y atesora como objeto sagrado, en el núcleo mismo de la imaginación capitalista.
Fermín A. Rodríguez enseñó teoría literaria en la UBA y literatura latinoamericana en San Francisco State University.

El irresistible encanto del policial

Es una lectora voraz y su debilidad son los policiales: los devora en dos noches y a la tercera ya está lista para acometer uno nuevo
 
El comisario Croce investiga, en El astrologo, un cuento inédito de Ricardo Piglia./adncultura.com
Todas las noches se toma la combi de las nueve que la lleva del trabajo a su casa. En la penumbra del vehículo, túnel del tiempo directo a los días escolares de la infancia, no condesciende a la camaradería del regreso, a la banalidad tranquilizadora de esas charlas de fin de jornada. Lo suyo es la lectura. Enciende la lucecita cenital y minúscula y se zambulle en el libro de ocasión. Es una lectora voraz y su debilidad son los policiales: los devora en dos noches y a la tercera ya está lista para acometer uno nuevo. Pero en la combi nunca. En la combi sólo se distrae con otro tipo de ficciones o con algún libro de historia. ¿Por qué? "Porque el placer de llegar a casa y saber que me espera una novela policial por la mitad es incomparable", dice con sencillez .
Desafío al ingenio, catarsis justiciera, parábola restauradora del equilibrio roto, los relatos policiales en todas sus variantes no han dejado de cautivar con la fuerza de los cuentos de Sherezade. En su hora despreciados como pasatiempos triviales, luego reivindicados y por último ensalzados con cierto esnobismo, nunca perdieron el poder de provocar a la inteligencia y estimular la imaginación .
El cuento que ofrecemos en la presente edición de adncultura es un policial escrito por Ricardo Piglia. El autor de Plata quemada tiene con el género una intensa relación como crítico y como narrador. En esta oportunidad, "El astrólogo", relato que ofrecemos a modo de anticipo de su nuevo libro, Antología personal, rinde oblicuo homenaje al mundo de Roberto Arlt y reflexiona sobre la política argentina del pasado reciente con un discurso que hace guiños permanentes a la actualidad. Su protagonista es el comisario Croce, sutil presencia en la obra de Piglia que cobra contundencia en sus piezas más breves.
El escritor contó alguna vez que con el personaje de Croce quiso explorar las posibilidades que el género le ofrece a una criatura más intuitiva que racional; más dada a seguir las conexiones que establece el azar que los cauces necesarios de la lógica. Tiempo atrás, dialogando con la periodista Raquel Garzón, Piglia explicaba que lo que más lo atraía del policial era "su capacidad de convertir en muy apasionante y peligrosa la situación cotidiana de la investigación. También está la idea de trabajar con la épica. Son historias con una dimensión de peligro, de muerte".
La pasajera de la combi me dijo un día, con el tono bajo y levemente sombrío de quien está a punto de confesar un crimen, que no siempre lee policiales buenos. También ataca los mediocres, y no los suelta hasta la última página. No la mortifica la sensación de que tal vez esté perdiendo el tiempo. Sabe que son gajes del oficio. Y que el próximo puede ser mejor. Siempre.

El astrólogo

Ricardo Piglia 

Un legendario y escurridizo ladrón obsesiona al comisario Croce, protagonista de una serie de nuevos relatos que el escritor da a conocer en su Antología personal, de inminente aparición. Con trasfondo de complot arltiano, ambos personajes terminan encontrándose en la más clandestina de las circunstancias 


El comisario Croce se había enfrentado durante años con Leandro Lezin, el Maquiavelo de los bajos fondos, como lo había definido un cronista de la sección policial del diario Crítica en octubre de 1931 luego de que el malhechor lograra escapar -con su concubina y dos de sus guardaespaldas- de la redada policial que lo tenía prácticamente cercado en una quinta al sur del Gran Buenos Aires. Había planeado un golpe de una audacia demencial destinado a ocupar en un solo día el Banco Central, el Ministerio de Hacienda, la Catedral y la Casa Rosada. "El poder en la Argentina está concentrado en la manzana que rodea a la Plaza de Mayo y nuestro objetivo es controlar ese emplazamiento y paralizar de asombro a la nación", señaló. Habían elegido el feriado de Semana Santa y pensaban usar la procesión de Corpus Christi para encubrir a los miembros del grupo comando, pero como sucede a menudo bastó un solo infiltrado para desbaratar el complot y liquidar a su organización. Habían secuestrado en una pensión del centro al ejecutivo de una compañía azucarera para cobrar un abultado cheque en dólares sin saber que el sujeto era un informante de la marina de guerra.
Aunque esa historia ha sido contada en un libro tan famoso que está para siempre en la memoria de todos, la leyenda de Leandro Lezin siguió creciendo en las dos décadas siguientes, enriquecida por la perversa perfección de sus delitos destinados -como suponían los investigadores- a financiar sus actividades subversivas. Era un criminal, pero también era un revolucionario, era un hombre de acción, pero también era un sofisticado intelectual experto en ciencias ocultas y en estrategia militar. La mayor virtud de este disolvente -y demoníaco- dandy del crimen era su innata capacidad para borrar sus huellas y hacerse invisible.
Croce era en aquel tiempo un joven comisario de provincia que en secreto se ilusionaba con la posibilidad de capturar a este émulo criollo de Fantomas. Conocía su legajo judicial y su prontuario y podía imaginar sus maniobras destinadas a crear un calculado desorden con sus aguerridas células criminales capaces de las mayores proezas. "Todo es fluido en él, nunca está fijo, es cambiante y traicionero como las corrientes y los riachos del delta del Paraná, donde tiene su guarida", pensaba Croce mientras observaba la irritante quietud de la llanura pampeana, siempre igual a sí misma, lisa y chata e inmóvil hasta el fin de los días. "Yo estoy quieto y él se desplaza; cuando él se aquiete y yo esté en movimiento lo detendré", pensaba mientras tomaba mate en la puerta de la casita blanca donde funcionaba la comisaría. "Detenerlo es fijarlo", pensó. "¿Estará cansado, ese día, tirado en un catre, dormido? No creo; cuando se mueve no para, y solo para cuando está planeando nuevas paradas. Para", pensó. "Ajá, ¿para qué? Para saber su paradero... Para en un parador, en un paraje de algún páramo del litoral por ahí", dijo y miró el horizonte. Así pensaba Croce, aliterando, veía una sinonimia y ya no paraba y se perdía entre los cardos.
-Parado, pienso mejor parado -dijo y se levantó del banco y el cuzco se le acercó moviendo la cola; era un cachorrito, feo y amarillo, una compañía en la soledad del pensar. -¿No, Cuzquito? -dijo Croce. La verdad no estaba aislada, ni quieta. La verdad era variable y comparativa. "Los entes reales son relaciones", pensó. "La verdad es la forma de una relación más que su esencia", pensaba; "nos interesa la duración, la mutabilidad; las relaciones internas de la verdad cambian, se mueven". Le interesaba entender, desde chico era así; entender le interesaba demasiado, a veces no podía dejar de rumiar, se perdía en las variaciones contingentes del mundo, quería saber, captar, detener el vaivén de la vida, y si no podía llegar a una conclusión, se ponía obsesivo, medio catatónico y terminaba en el hospicio. "No se puede pensar de más, uno salta la tranquera y cae en el barro y ya no puede volver"; por eso decidió estudiar filosofía, de muchacho, para tener un objeto concreto en el que meditar, pero no pudo. En cuanto empezaba a leer quería actuar; leía por ejemplo sobre el noúmeno kantiano y pensaba que su amante, la bella Irlandesa casada con otro, que estaba ahí, en la cama, en el hotel de la ruta, desnuda, plena en su ser, era una diosa, apasionada, divertida y sin embargo incognoscible, incomprensible y opaca. "¿Me entendés, Nena?", preguntaba Croce, que mantenía con la mujer largas conversaciones filosóficas en las clandestinas siestas de verano. "Claro", decía ella, "para vos soy la cosa en sí, el Ding an sich"; en alemán se lo decía, divertida, la Colorada, que había estudiado en el Trinity College de Dublín. "Todas las mujeres son kantianas", concluyó Croce. "Cánt-aros", decí mejor, se reía ella, y luego, alegre, volvía a acentuar y hacer una escansión "como cant-os en la noche", dijo. Era más inteligente que él, ella, ocurrente, filosa, menos vueltera.
"Me da por rachas", se resignaba Croce, "empiezo a volar y no aterrizo, me lleva el viento, me lleva la brisa fresca que viene de la laguna". Leyendo, empecinado, a luz de un candil, a razón de quince líneas por día, durante semanas, la Introducción general a la Crítica del juicio, comprendió, de pronto, claramente, en medio de la noche, que el mejor lugar para él era la escuela de policía. El crimen escondía la verdad de la sociedad; era el en-sí del mundo, si pensaba en eso todo el tiempo, como pesquisa podía pasar desapercibido. "Este Lezin, por ejemplo", pensaba Croce, "no es un cualquiera". Era rápido, se anticipaba, estaba siempre un paso adelante, era capaz de pensar con los pensamientos de sus enemigos; era fácil para Lezin ponerse en el lugar de sus perseguidores y pensar por ellos. "Pero no puede pensar como yo", pensó Croce, "que estoy en el aire".
-¿No es cierto, Cuzco? -dijo y el cachorro movió la cola y salió disparando y al rato volvió con una rama entre los dientes-. Vení, a ver -dijo Croce y le sacó la rama y se la tiró de nuevo hacia el pajonal.
El comisario estaba al tanto de las pesquisas y de los datos de los informantes y de las inútiles redadas policiales en la capital, pero fue por azar que Lezin se lo cruzó dos veces y que el tercer encuentro resultó el definitivo -como quien le tira una rama a un cachorro para jugar y ve que el perro la busca y escarba y gime en el lugar donde, justo ahí, estaba enterrado lo que Croce quería-.
La primera vez que lo vio fue en el otoño de 1952, cuando tuvo a su cargo una estafa en los ferrocarriles ingleses con una carta de porte por un envío de madera que en realidad escondía un tráfico de armas que a su vez ocultaba un millonario contrabando de joyas robadas. El vagón con la mercadería había quedado varado en el playón de carga de la estación Chillar y como después de una semana nadie se presentó a retirar la mercadería la policía ordenó requisar la madera y ahí encontraron las armas disimuladas visiblemente entre los troncos serruchados. Una madrugada Croce, con una linterna y una lupa, se dedicó a revisar astilla por astilla el piso del vagón vacío hasta encontrar el diminuto broche de una pulsera de platino que brillaba como una brizna de pasto o una rubia hormiga muerta. ¿Las damas de sociedad con sus joyas y vestidos de noche habían cargado los rifles y las pistolas Ballester Molina? Difícil, dedujo Croce. ¿Una de ellas había usado el nocturno vagón después de un baile para tener un encuentro sexual con su amante proletario y perdió el broche en un abrazo pasional? Posible pero dudoso, decidió Croce y se dedicó a estudiar la invisible pista con un microscopio hasta descubrir dos levísimas -pero nítidas- líneas curvas de la huella dactilar del escurridizo masculino más buscado del país. Dedujo que había usado las armas como señuelo para distraer a los ya distraídos agentes de la policía ferroviaria. De inmediato bajó a la capital y visitó a los reducidores y a los capitalistas que compraban joyas robadas; enlazó su conjetura con el robo de joyas de Ricciardi en exhibición en el hotel Alvear el verano anterior. Pidió una lista de las joyerías abiertas en los últimos meses en la ciudad y, luego de dos o tres deducciones rápidas e inspiradas, allanó el negocio de compra y venta de valores El Buscador de Oro, donde secuestró parte de los diamantes ya desmontados y expuestos para la venta. Aunque no pudo detener a Lezin, que escapó justo por los techos y al que alcanzó a ver desde una claraboya cuando subía muy tranquilo en la esquina de Libertad y Cangallo a un veloz cupé negro y escapaba hacia el Bajo.
-Le vi la cara -dijo Croce a su ayudante Medina-. Era tan natural en su modo de moverse que daba la sensación de ser nadie. Está muy flaco ahora y tiene cara de bagre -concluyó.
La segunda oportunidad se presentó dos años más tarde y fue más abstracta: una noche de 1954, mientras tomaba mate en su rancho, sintonizó por casualidad en una repetidora de Azul un programa de radio dedicado a la astrología numérica; le llamaron la atención los raros dichos del conductor. Una voz grave, convincente y falsamente abrasilerada, con el pretexto de hablar del poder mágico de los astros bajaba línea sobre la coyuntura política. Básicamente, la audición -que duraba una hora, no tenía publicidad y se interrumpía en mitad de una frase cada siete minutos para transmitir tangos de Julio De Caro- estaba centrada en la sorda disputa entre el presidente Juan Perón y la alta jerarquía eclesiástica -conflicto que aún no había tomado estado público-. El comisario pensó que el programa obedecía a una política de contrainformación de algún servicio de inteligencia. Pero la semana siguiente, al sintonizar de nuevo la audición, tuvo una de sus clásicas iluminaciones y comprendió que quien hablaba en la radio era el perseguido Leandro Lezin, que ya había usado sus conocimientos de astrología como tapadera en su primera época y verificó que en medio del palabrerío esotérico difundía propagandas y propuestas.
Nosotros acogeremos a los peronistas, a los católicos, a los desquiciados, a los tristes, a los empleados que aspiran a ser millonarios, a los que tienen un plan para reformar el universo, a los cesantes de cualquier cosa, a los proscriptos, a los que acaban de sufrir un proceso y quedan en la calle sin saber para qué lado mirar.
Croce hizo algunas averiguaciones en las radios rurales de la región y una noche en el horario del programa allanó la emisora central, en la ciudad de La Plata. Con su ayudante Medina irrumpieron en el estudio donde solo encontraron un grabador activado por un sereno somnoliento, que declaró que recibía las cintas del programa los miércoles en una encomienda y que una mujer -levemente coja y muy bien puesta, acotó- le había pagado una suma abultada para transmitir los jueves de 22 a 23 las cintas por los micrófonos de Radio Provincia y de sus repetidoras del interior.
-Es Hipólita -le dijo Croce a Medina, que anotó el nombre de la mujer.
-¿Es un alias? -preguntó.
-Poné Hipólita Ergueta, farmacéutica, meretriz convertida y librepensadora.
Croce no quiso dar cuenta de sus descubrimientos y siguió adelante a puro golpe de intuición. Sabía que Lezin se dirigía a sus acólitos y que enfrentaba una compleja conspiración, una red clandestina que se movía con eficacia y discreción confundida con la realidad misma. Bastaba saber leer los diarios, registrar la confusa serie de hechos políticos, la sección policial, las necrológicas, los avisos clasificados, las crónicas de hechos extravagantes para comprobar que el país estaba siendo sometido a una campaña de insidiosas acciones demenciales y no lo sorprendió que esa caótica sucesión de hechos le permitiera encontrarse cara a cara con su rival. Como si lo real -el tejido inconcebible de acontecimientos contingentes- hubiera definido la cita y el encuentro.
Para que eso sucediera tuvo que sobrevenir una catástrofe -imposible e inevitable- que cambió para siempre la realidad del país: en septiembre de 1955 un golpe militar derrocó al presidente Perón, el general se escondió en una cañonera paraguaya, escapó sin pelear, y comenzó su largo exilio. El comisario fue exonerado de su cargo, su casa fue allanada, su hermano menor fue fusilado en la frustrada rebelión del general Valle de 1956 y Croce anduvo deambulando por los campos y durmiendo en precarias guaridas, viajando en oscuros vagones cerrados, en lentos trenes de carga, hasta que al fin pudo entrar en contacto con las frágiles redes clandestinas de la -así llamada- Resistencia Peronista. Pasó a ser Isidro Leiva, de oficio peón rural, y a residir en una pensión de marineros y changadores cerca del puerto de Quequén. Era un lugar seguro; los activistas encubiertos de la zona, que se movían por las lagunas del sur, le consiguieron una reunión con un tal Freire en el comando de la regional sur.
Se encontraron en el local interminable y estrecho de una ferretería náutica en el puerto de Necochea, que encubría, en el altillo, la casa operativa de la conducción provincial del movimiento clandestino. Croce subió por una entrada lateral que se abría sobre una alta escalera de mármol blanco. Al final, en un recodo del pasillo, había una puerta de vidrio con dos jóvenes armados que lo hicieron pasar al salón principal.
-Entre -le dijeron-, pero no lo toque al jefe, ni le dé la mano. Freire estaba de pie junto al amplio ventanal que se abría sobre los docks y los barcos anclados en la dársena; saludó desde lejos con aire de satisfecha confianza y lo invitó a sentarse en uno de los sillones de cuero.
-Soy Leiva -dijo Croce.
Freire sonrió.
-Lo admiro y me alegra volver a verlo, comisario -dijo ante la mirada sorprendida de Croce-. Recuerdo su cara en la banderola del negocio de la calle Libertad la tarde en que casi me detiene.
-Así que entonces...
-Era -dijo Freire-, pero usted está igual.
-Es difícil cambiar -dijo Croce.
-Hemos sido derrotados tantas veces que ya no vamos a cambiar -dijo Freire-, es lo único que nos queda en medio del desastre. Uno sigue pensando lo mismo para que vean que no ha sido doblegado. Ahora los dos estamos en el mismo bando, somos perseguidos. Mientras-dijo pensativo y hosco- nuestros amigos claudican y triunfan. ¿Se acuerda de Barsut? -preguntó de pronto con visible rencor-. El que nos traicionó en Temperley, un cara lisa, triunfó en Hollywood con el nombre de Carlos Thompson...
Croce no recordaba quién era Barsut y tampoco el que estaba ahí era el que recordaba o el que había imaginado, aunque notó en él la fuerza del odio y el afán de venganza. Lezin era un hombre de cejas pobladas y cara flaca; la nariz de boxeador bajaba desde la frente tumultuosa, el pecho amplio estaba apenas contenido por un saco negro, sobre la camisa blanca y el cuello de clergyman; usaba botines lustrosos y un pantalón entallado también negro. Parecía tener, calculó Croce, unos cincuenta y cinco años. Por lo visto se había hecho romper la nariz para cambiar por completo la expresión de su cara. Imaginó la escena: un golpe seco y brutal en el hueso, la sangre en la boca. "Mi pensamiento se distrae con descripciones", dedujo Croce; "quiere decir que estoy nervioso". Cuando Lezin giró para buscar unos papeles, Croce vio la tonsura de sacerdote en medio del pelo mota, enredadísimo y corto. "Ah, claro, ahora es el padre Freire", pensó. Había una Biblia sobre la mesa baja y un crucifijo sobre la pared.
-Raro para mí estar hablando con usted, la verdad, podríamos haber empezado a los tiros. Y raro que un hombre como usted sea policía.
Croce lo miró impasible.
-Ex policía en todo caso.
-Voy a ser franco -dijo, y a grandes rasgos, con un tono de orgullosa soberbia, le resumió su historia.
En 1931, luego de los episodios en la quinta de Temperley, había cruzado con su mujer al Uruguay y luego al Brasil y había regresado clandestino por la frontera norte y se afincó en Misiones, que en aquel tiempo todavía era territorio nacional. Era la selva, no había Estado, ni ley, y rápidamente se puso al frente de una banda de contrabandistas y cuatreros. Compró una hacienda en el interior y armó un pequeño ejército privado con bandoleros brasileros y paraguayos y organizó una logia científico-militar reclutando a todos los europeos desquiciados que sobrevivían en la zona -matemáticos alemanes y rusos que escapaban de la guerra, físicos húngaros, químicos italianos, ex teólogos jesuitas-, hombres brillantes, borrachos y borrosos. Construyó una iglesia, un laboratorio clandestino y una estación de radio. Durante años fue un caudillo respetado e influyente, y empezó a preparar un plan para separar la región de la administración central y formar una república independiente y libertaria. El inesperado ascenso de Perón cambió el país y trastocó los planes; sus hombres desertaron en masa y se unieron al general. Lezin disolvió su banda, volvió a la capital y se dedicó a la propaganda, a las expropiaciones y a trabajos de organización.
-También yo me metí en el peronismo, a mi manera -concluyó-. No soy un cínico, la realidad es cínica, yo solo me adapto a ella. ¿Usted es peronista?
-No creo.
-¿No cree o no piensa?
-No creo.
-Yo primero creo y después veo si conviene o no. No hay política sin creencia, no me interesa voltear este gobierno, me interesa el poder.
"Es cierto que de perfil se parece a Lenin, como dijo Erdosain", pensó Croce.
-Estamos en una situación inmejorable -siguió el Astrólogo-. Tenemos un líder carismático y está lejos, podemos pedir cualquier cosa en su nombre. Ya es un mito. Y no se puede hacer la revolución sin un mito... La gente está triste, está acorralada y es capaz de cualquier cosa. Vea -dijo y desplegó un mapa. La Argentina estaba dividida en zonas, había círculos rojos y azules, rayas verticales, cruces, siglas-. Hay que abandonar la capital, replegarnos al sur: Avellaneda, Florencio Varela, Bahía Blanca. -Con un puntero mostraba regionales, rutas, centros neurálgicos-. Estamos fuertes en el gran Rosario, hay gente nuestra en el cinturón industrial de Córdoba pero no en la ciudad. Mi idea es infiltrarnos en las zonas débiles y dominar todo a costa de dinero y terror.. El que tenga un poco de psicología se pone este país en el bolsillo.. Estamos frente a una coyuntura. (Pronunciaba coiuntura, notó Croce, "le debe parecer más académico o más preciso", pensó.) Una coyuntura como esta -insistió Lezin- se da una vez cada cien años. Vamos a liquidar y a sobornar a quienes haga falta, siempre en nombre del Líder. -Su rostro parecía enrojecido por el fulgor de una fragua exigida a pleno y sus pulmones se movían como un fuelle desaforado; su voz en cambio era fuerte pero tranquila y modulaba con los modos de un actor convincente y sincero-. Pero sobre todo vamos a comprar voluntades, negociar con almas; comerciar hoy es igual a hacer política, estamos en la era de los grandes negociados -dijo-. La corrupción es el rostro humano del sistema, el engranaje emocional de la maquinaria abstracta del capitalismo, su eslabón débil. Los coimeros, los avivados, los ventajeros, los estafadores, los usureros son nuestros aliados, están en todos lados, en las oficinas, en las empresas, en los ministerios y realizan por su cuenta las mismas trapisondas que el poder económico hace todos los días en escala gigantesca: robar, engañar, estafar, quedarse con el vuelto.
Lezin los conocía y confiaba en ellos. Roban pero están descontentos, son honestos pero también deshonestos, creen en la moral y son inmorales, critican a los malos gobiernos y cobran comisiones para aceitar los trámites. Son y no son, y para ganarlos hay que correrlos para el lado que disparan, ofrecerles una salida.
"Me gusta", pensó Croce. "Es original. Está loco, pero es vivísimo." Y le pareció adivinar su conclusión: ¿O vamos a tomar el poder con los tinterillos y los tenderos?
-Lo que hace falta ahora es un estratega -dijo el Astrólogo-. El general no está en el territorio, necesitamos un jefe acá, en el campo de batalla. El hombre más irresistible de la Tierra -dijo de pronto- es el soñador cuyos sueños se hacen realidad. -Croce había aprendido por su oficio a no mostrase nunca sorprendido y escuchar con ojos impávidos lo que no entendía-. ¿Cómo la ve? -preguntó el Astrólogo.
-Soy un simple comisario de pueblo pero no se imagina las cosas que he visto.. -contestó reflexivo Croce-. Hay que lidiar con el mal y con la estupidez ajena. La gente mata por nada, dejan a los hijitos atados a una estaca con un tiento de un metro y medio, les ponen agua y dulces en una manta y se van al baile, y cuando vuelven se los han comido los perros. Casos y casos así he visto, señor mío; el horror y la idiotez reinan en el mundo.
-Lo entiendo, mi amigo -dijo el Astrólogo meditabundo, y se acercó a los ventanales-. Las calles están vacías, no hay gente en ningún lado, no hay nadie en el puerto, todo está muerto, es demencial, leguas y leguas de campo tendido, y atrás nada, los perros cebados, las osamentas, solo hay vientos, polvo y soledad. Pero este es un país cambiante, hay que estar prevenido. Me guío por mis horóscopos. ¿Ve? Saturno está sobre Venus. Ojo, no se confunda, soy el Astrólogo pero no soy un gil. -Abrió un baúl de madera cruzado por flejes de metal-. Mire -estaba lleno de dólares, billetes de cien, atados en fajos de papel con el sello del Banco Nación-, podemos financiar lo que haga falta. ¿Ve aquí? -Señaló con el puño cerrado el sol en un lienzo con signos zodiacales-. El solsticio estival es propicio, hay que actuar, no tenemos otras certezas, mi querido amigo. Mucha plata en la faltriquera, un arma en la cintura y la voluntad de vencer. Eso es todo.
-Tiene razón -dijo Croce-. Pero ¿qué podemos hacer nosotros? -preguntó. Siempre hablaba de sí mismo en plural cuando era escéptico.
-Tengo grandes planes, el régimen tiene los días contados... Confíe en mí -dijo el Astrólogo-. Nos vemos pronto, mi gente le avisa. -Golpeó las manos con un gesto teatral. Uno de los jóvenes armados se asomó por la puerta-. Acompañen al comisario -dijo el Astrólogo y de inmediato se olvidó de él y se inclinó con expresión intensa sobre el horóscopo con un compás en la mano.
"Es extraño, tiene carisma, es uno de esos hombres", pensaba Croce ya en la calle, "que fijan la atención en alguien y lo iluminan con una inolvidable sensación de intimidad, pero cuando han conseguido lo que quieren, abandonan a su interlocutor y lo olvidan al instante, como si no lo conocieran , y fijan su interés -su calidez, su simpatía- en otra cosa que les interese -una persona, un perro, un dibujo-, lo que sea -una piedra, incluso-, y la capturan y seducen. Sí", se dijo, "aunque sea un objeto, igual lo hacen sentir que es único e insustituible. Por eso la gente los sigue, porque durante un instante eterno hacen que uno se sienta lleno de vida. Son al revés que yo", pensó con una rara torsión sintáctica que delataba su melancolía, "que siempre estoy distraído y distante como si me separara del mundo una plancha de vidrio y cuando me intereso por alguien es para interrogarlo, para saber qué piensa o qué hizo. Mientras, los hombres como el Astrólogo solo quieren hablar ellos, decir lo suyo", se dijo mientras caminaba por los muelles del puerto vacío; "en cambio yo no tengo nunca nada que decir".
Dos semanas después, cuando Croce había conseguido por fin un trabajo de escribiente en los depósitos de carga y descarga de la estación de Olavarría y vivía clandestino en una casita alquilada, supo que Lezin y su mujer habían muerto al resistir un allanamiento del Ejército en Avellaneda. Nadie se refirió públicamente a su muerte y nadie recordó su historia, ni escribió su necrológica, salvo Azul y Blanco, el periódico nacionalista de Sánchez Sorondo que labró su epitafio con enérgica y lacónica prosa de combate.
Matan a dos patriotas. Un grupo de cipayos uniformados de la revolución fusiladora allanó anoche sin orden judicial la vivienda de Leandro Lezin, más conocido como el Astrólogo, y fusiló al legendario pensador nacional y a su compañera, la activista de la causa popular y defensora de los derechos de la mujer argentina, Hipólita Egueda, cariñosamente conocida como la Renga Brava. El pueblo no los olvida y reza por ellos. QEPD.
Croce se guardó el recorte en la carpeta donde conservaba los testimonios de aquellos tiempos difíciles.
"Como todos los tiempos, en todos los tiempos, para todos los hombres. Difíciles", se dijo Croce, mirando arder la brasa del cigarro en la oscuridad, echado en la cama, sin poder dormir, mientras esperaba el alba, solo en su cuarto, escuchando muy bajo en la radio las cifras del precio del kilo vivo del ganado en pie en el mercado de Liniers. "Al matadero", pensó.

El mapa secreto de una literatura

Una antología personal, definición y título de que gustaba también Borges, no es tanto un ranking de lo ya conocido y valorado como una muestra de las elecciones del gusto y del afecto de un escritor. La versión que propone Ricardo Piglia (Adrogué, 1940) de ese ritual es original. Para comenzar, porque incluye una buena cantidad de inéditos, como los cuatro relatos dedicados al inefable comisario Croce. El personaje, que había hecho su primera aparición en su novela Blanco nocturno, es el protagonista de "Liminar", "La música", "La película" y "El astrólogo", que reproducimos en esta edición, y se caracteriza por la singularidad de sus métodos deductivos.
Además de incluir algunos ensayos pocos conocidos, como "El escritor como lector", publicado en México (2007) en el volumen Entre ficción y reflexión. Juan José Saer y Ricardo Piglia, el autor de Respiración artificial y La ciudad ausente recorta, para hacerlos funcionar como cuentos perfectamente autónomos, relatos extraídos de esas novelas, por ejemplo, "La isla de Finnegan". El resultado es así una suerte de mapa secreto de toda una literatura, delineado por su propio creador.