2.2.13

La ficción criminal no sabe de crisis. Te contamos BCNegra de Barcelona

Nadie sabe si es por la crisis, porque por fin se asentó en España un género que cuenta con una gran tradición en los países anglosajones y nórdicos o por qué

Se inició el BCNegra  de Barcelona.Esta es la ilustración de su programa./Jordi Fornas/Elpais.com/elemental

Pero la novela negra vive un momento excepcional en este país donde, como ya nos contó Rosa Mora, no dejan de salir en varias editoriales colecciones de calidad y es un género que ya vende más que el histórico. BCNegra es el mejor ejemplo de ello. Hay menos presupuesto, de nuevo la crisis, pero no menos interés. 60 autores se dan cita en Barcelona del 1 al 9 de febrero para hablar del género, la realidad y la vida. 
En la sección de Cultura de EL PAÍS hemos preparado una amplia cobertura con entrevistas, reportajes y críticas y alguna sorpresa en forma de regalo para nuestros lectores. Todo esto se podrá seguir en el apartado de novela negra y en este blog para amantes del género, donde, entre otras cosas, el escritor Tony Hill va a elaborar un relato diario de lo que allí ocurra. 
Kostas Vaxevanis no ha escrito nunca una novela negra, pero su vida puede protagonizar un relato de ficción criminal de alto nivel. Detenido por divulgar una lista de evasores de impuestos en Grecia que incluia a más de 2.000 patriotas que preferían no pagar impuestos, el periodista griego es una de las estrellas de BCNegra y un buen ejemplo de la relación tan directa que hay entre periodismo, corrupción y ficción criminal. Ese es uno de los temas estrella de esta edición de BCNegra, que sufre recortes en presupuesto pero no en interés. Un interés que esperamos corresponder con la cobertura preparada para la ocasión.
Además, aquí se puede consultar el programa completo de la cita.
Los periodistas Rosa Mora y Carles Geli entrevistarán a Frantz Delplanque, Antti Toumainen, Anne Holt, Ivika Dijikic, el propio Vaxevanis... y asistirán a eventos, charlas y encuentros. Uno de ellos, Doble personalidad, periodistas de día, novelistas de noche, el martes 5 de febrero, cuenta con la participación de Berna González Harbour, autora de Verano Rojo (RBA) y creadora y colaboradora de este blog que nos contará sus impresiones sobre el debate.
Si el año pasado fue el escritor Carlos Zanón quien se encargó de relatar el día a día del festival visto por unos ojos no periodísticos, este año la tarea corre a cargo de Tony Hill. El autor de El verano de los juguetes muertos (Mondadori) contará a diario en este blog y en clave negra su impresión de lo que ocurra en Barcelona.
Uno de los platos fuertes de la edición es la presencia de Alicia Giménez Barlett. La creadora de Petra Delicado será entrevistada por Rosa Mora. El gran Andrea Camilleri es otro de los centros de atención. El festival le homenajea con una exposición sobre él y su comisario Montalbano. Además de las fotos de la muestra, Guillermo Altares escribirá sobre el autor italiano, cada vez un poco mejor escritor, cada vez un poco más negro.
Además, la autora sueca Maj Sjöwall recibe el VIII Premio Pepe Carvalho por las 10 novelas que publicó junto a su marido Per Wahlöö y que son un elemento fundacional de la novela negra tal y como la entendemos hoy en día. Sobre su última obra, Los Terroristas  (RBA) y sobre su carácter crítico ya hemos hablado aquí. En breve os indicaremos cómo participar en el concurso que haremos en colaboración con la editorial para regalar un pack con todos sus libros.
Hay más. No se lo pierdan. A modo de recordatorio final: programa oficial, sección de novela negra en cultura y en este blog.
A leer, a discutir y a disfrutar.

Ödön von Horváth: un hijo de su tiempo

De origen húngaro, ciudadano de Berlín y de París, fue, entre las dos guerras mundiales, uno de los grandes dramaturgos de lengua alemana. La publicación en español de una de sus novelas clave permite conocer un estilo a contracorriente de su época

Ödön Von Hórvath tuvo una muerte absurda en los Campos Elíseos, durante una fuerte tormenta.. Foto: Wikimedia Commons./adncultura.com

En su breve vida (1901-1938) Edmund Josef von Horváth, más famoso como Ödön von Horváth, escritor de lengua alemana y pasaporte húngaro, vivió de cerca la Primera Guerra Mundial, la caída del Imperio austrohúngaro, la hiperinflación alemana, la República de Weimar y el inicio del nazismo. Hijo de un diplomático también llamado Edmund, educado en un medio cosmopolita y semiaristocrático, Horváth fue un cabal ejemplo de la mitteleuropa plural: raíces magiares y croatas por el lado paterno, raíces checas y alemanas por el lado de su madre. Todo esto influyó no sólo en su gusto por los viajes, sino también indudablemente en su férrea desconfianza hacia "el concepto de patria, falseado por los nacionalistas", como llegó a afirmar.
Horváth tenía 24 años cuando se instaló en Berlín tras haber estudiado en Múnich. Estrenó allí sus primeras piezas de teatro ( El funicular o Sladek, soldado de la armada negra ), escribió guiones radiofónicos y publicó en diversas revistas los "Cuentos deportivos" que, en muchos casos, son microrrelatos que no desentonan al lado de los del ruso Daniil Jams. "El ejército tiene muchos puntos en común con el deporte", le haría decir casi una década después al narrador de su novela Un hijo de nuestro tiempo .
Ya había recibido el premio Kleist cuando, en enero de 1933, Adolf Hitler llegó al poder y esto significó la prohibición de sus obras teatrales. Entonces decidió instalarse en Viena. Fue la primera escala de una interminable emigración: de momento, en países de lengua alemana. Aunque era ciento por ciento "ario", Horváth se impuso a sí mismo un exilio crítico, sólo interrumpido por un retorno fugaz. Al parecer, en un principio supuso (lo mismo que otros intelectuales) que el nazismo tenía los días contados. Así que volvió con la idea de estrenar alguna obra, pero todo terminó abruptamente luego de que la policía alemana allanara su lugar de residencia. Para el poder, Horváth era un "autor degenerado". Sus libros fueron quemados.
Casi a la vez, Horváth se casó con la cantante judía Maria Elsner; el matrimonio duró tan poco que hoy no faltan quienes estiman que sirvió principalmente para que ella obtuviera la nacionalidad húngara y huyera así de la persecución nazi. En marzo de 1938, tras la ocupación alemana, Horváth dejó Viena y empezó la segunda fase de su exilio: muy corta, fuera ya de la órbita germánica.
En París, una noche de junio de 1938, Horváth fue a ver en un cine Blancanieves y los siete enanitos . Al salir, se disponía a encontrarse con un grupo de amigos, pero advirtió que se avecinaba una tormenta eléctrica y decidió interrumpir su caminata por los Campos Elíseos para refugiarse en un lugar que por muchas razones le inspiraba protección: el teatro Marigny. Minutos más tarde, al ganar de nuevo la calle, se le cayó encima un árbol (un castaño debilitado por algún rayo, seguramente) y lo mató en forma instantánea.
Todo estaba preparado para que en pocas semanas se mudara a Estados Unidos, donde habitaba un tío suyo y donde (tras un encuentro con Robert Siodmak, quien planeaba llevar al cine su novela Juventud sin Dios ) se imaginaba escribiendo para Hollywood. Antes de viajar a Francia, de paso por Ámsterdam, una especie de pitonisa le había predicho que su estadía en París sería decisiva. Supersticioso, Horváth había soñado que un inmenso árbol lo aplastaba en un bosque. Meses antes, había escrito cierta escena en la que unos de los personajes de Juventud sin Dios muere con el cráneo roto.
Amigo de Stefan Zweig, entre otros, Horváth pintó como pocos escritores la amargura y las contradicciones de la clase media alemana durante el advenimiento del nazismo. Las dos novelas que publicó en su último año de vida ( Juventud sin Dios y Un hijo de nuestro tiempo ), escritas de manera arrebatada, en apenas siete u ocho meses, brillan por su implacable laconismo y anuncian un mundo entonces inminente, en el cual el alma del hombre -puede leerse- "se volverá tan rígida como el rostro de un pescado". La próxima guerra, anticipa en boca de un personaje, será "más intensa, más violenta, más brutal" que todas las anteriores.
Se cree que Horváth recurrió a la escritura novelística porque (prohibido, perseguido por el nazismo) le parecía inútil concebir piezas teatrales que nadie representaría. Las dos novelas consisten en largos monólogos, pero Horváth no es Schnitzler: sus personajes, más que hablarse a sí mismos, se dirigen a alguien, como un actor ante el público.
El narrador de Juventud sin Dios (Jugend Ohne Gott ) es un joven docente a quien el director del colegio no le pide que corrija a un alumno si éste dice que los negros son infrahumanos, y sí, en cambio, le recuerda que su obligación es "educar para la guerra". Parte de la acción transcurre en una especie de campamento paramilitar donde se produce un crimen misterioso. En Un hijo de nuestro tiempo ( Ein Kind unserer Zeit , título que remite a Un héroe de nuestro tiempo , del ruso Lérmontov), un muchacho sin trabajo, un "hijo" de la Primera Guerra Mundial y de la crisis de 1929, se alista en el ejército, tentado por la idea de ganar dinero fácil, y conoce finalmente un mundo de horror y muerte. La simpleza de su soliloquio resulta engañosa. Horváth incorpora nociones del discurso del poder ("la guerra es una ley de la naturaleza"), las combina con tópicos que habrían fascinado al Flaubert coleccionista de lugares comunes ("cuando la patria va bien, los hijos van bien") y el resultado se revela escalofriante. Se trata, acaso, del primer retrato a fondo, desde la literatura, de un soldado de Hitler, aun cuando Horváth en ningún momento emplea la palabra "nazi" ni explicita el lugar o la época en que se desarrolla la acción.
"Hace falta que escriba este libro. ¡Es urgente! No tengo tiempo para escribir grandes novelas porque soy pobre y debo trabajar para comer... Yo también soy un hijo de nuestro tiempo", le decía en 1937 a un amigo. Ser directo. Enviar el mensaje con urgencia. Los amigos de Horváth recordaban que, en su juventud, éste había protagonizado una historia bastante insólita: estaba paseando por los Alpes cuando de súbito se topó con un hombre muerto hacía tantos meses que, más que cadáver, era casi esqueleto. Junto al muerto había, no obstante, un bolso intacto. Horváth lo abrió y halló una tarjeta postal: "Estoy pasándola muy bien", rezaba o algo semejante. Los amigos quisieron saber qué había hecho con la postal. "Fui al correo -les explicó- y la despaché. ¿Qué otra cosa podía hacer?"

El eterno pequeñoburgués

En 1930, siete años antes de sus más célebres obras en prosa, Horváth publicó El eterno pequeñoburgués , su tercera novela (la primera en orden cronológico) que hasta el presente permanecía inédita en castellano y que acaba de rescatar la editorial española Marbot, con traducción de Isabel García Adánez. Klaus Mann afirmó que Horváth era, en esencia, "un notable contador de historias". La novela presenta tres relatos independientes, aunque entrelazados. El primero, el más extenso y jugoso, se titula "El señor Kobler se vuelve paneuropeísta" y narra el viaje del tal Kobler a la Exposición Universal de Barcelona, en 1929, gracias a 600 marcos que ha obtenido con la venta de un coche que no vale, en realidad, ni un céntimo. El episodio tiene ecos biográficos: el propio Horváth embolsó en 1929 un anticipo de 600 marcos de una editorial de Berlín y concurrió a la Exposición Universal. Kobler se llena la boca asegurando que viajar abre los horizontes culturales, pero en verdad sueña con conocer a una rica heredera (una "egipcia millonaria", eso imagina) que lo salve económicamente. El relato es todo lo opuesto a un bildungsroman . En el viaje, Kobler no aprende nada. Mientras que Horváth tenía por entonces una clara posición ideológica (simpatizante de la izquierda democrática y del pacifismo), Kobler no hace más que "amoldarse cobardemente", como sostiene el autor en una especie de advertencia inicial.
Así como en Barcelona (según Kobler) "se expone el mundo entero", la travesía ferroviaria es una suerte de exposición panorámica de Europa: un austríaco se jacta de haberle dado "una paliza a un judío", en Italia sube al vagón un supuesto espía de Mussolini, la escala en Marsella es ante todo prostibularia. El viaje ofrece, de paso, una galería de personajes extravagantes, pero en un nivel superficial: un maniático de la higiene que les pasa el plumero a las estatuas, un vendedor de boletos que sabe de memoria los horarios de los trenes de Europa.
Los otros dos relatos ("La señorita Pollinger se vuelve práctica" y "El señor Reinthofer se vuelve altruista") completan un cuadro que Horváth, con razón, considera "entre dos épocas": se habla aquí de las consecuencias de la Primera Guerra Mundial ("Europa occidental se ha vuelto notablemente más burguesa desde que ganó la guerra", proclama un personaje, "no quiero imaginarme lo que será cuando los europeos occidentales se den cuenta de que, en el fondo, han perdido") y se anticipa que "la guerra mundial del futuro será aún más escalofriante".
Horváth muestra los primeros signos del fascismo, pero el libro es, asimismo, una reflexión de curiosa actualidad acerca de la ardua unión de Europa o, como prefiere Horváth, del "paneuropeísmo". "Va ser difícil que nos entendamos porque nadie se fía del otro y cada cual se cree el bribón más grande." El "entendimiento" de Europa es tan leve como el de los personajes del libro: el señor Reinthofer tiene un encuentro con la señorita Pollinger, quien fue una fugaz amante de Kobler. Pero la cosa apenas pasa de allí. "La mayoría de la gente era un número a la que todo le daba igual", leemos. El mundo se acerca a una catástrofe mientras el señor Kobler mira por la ventanilla del tren y la señorita Pollinger se refugia en el cine.
Diversos estudiosos de la obra de Horváth (entre ellos, la francesa Florence Baillet) han caracterizado su estética como opuesta al pathos expresionista. El narrador de El eterno pequeñoburgués es distante, apenas interviene. Pero sabe más que los personajes, no esconde su escepticismo ("el autor no aspira siquiera a la esperanza de que estas páginas suyas puedan influir") y adopta con frecuencia un tono burlesco: "La viuda se quejaba de sus dolores ^[...] Un médico decía que tenía lumbago; otro médico, que tenía un riñón flotante; y un tercero, que debía tener cuidado con la digestión. Lo que decía un cuarto médico no se lo contaba a nadie".
Aunque la llegada de la Segunda Guerra Mundial hizo que Horváth cayera en un relativo olvido, los escritores de posguerra se reconocieron en su aparente objetividad que hace pensar, por momentos, en el novelista inglés Henry Green y que mucho le debe al teatro. En 1968, Peter Handke escribió que Horváth era "mejor que Brecht". Elogió su "desorden y su emoción no estilizada", pero ante todo "sus frases locas, que ponen en evidencia los saltos y las contradicciones de la conciencia, como solamente encontramos en Chéjov y en Shakespeare".
Los saltos y "sinuosidades" que subraya Handke aparecen a las claras en El eterno pequeñoburgués , narración episódica sin un claro personaje central, novela cuyo distanciamiento le valió una suerte de reprimenda de Heinrich Mann, quien estimaba que Horváth era "frío", como el resto de su generación. "A nosotros, a los escritores de la generación de la posguerra, no dejan de repetirnos que carecemos de alma [...] No creemos en el alma porque no creemos en el sacrificio", fue la respuesta de Horváth en 1930.
La negativa al sacrificio es lo que, en última instancia, parece narrar Un hijo de nuestro tiempo , pues el soldado, después de sacrificar su individualidad en la masa militar, clama ya cerca del final de su soliloquio que aborrece a quienes desprecian al individuo. A pesar de su antisentimentalismo, también en El eterno pequeñoburgués Horváth se aferra a los indicios de esperanza: "Había empezado a creer que en el mundo solo existía el mal y ahora vivía un ejemplo de lo contrario; un ejemplo menor, eso sí, pero a pesar de todo una señal de que la cultura y la civilización humanas son posibles".

1.2.13

Stephen King no dispara balas de salva

En Guns, el escritor estadounidense analiza lo que sucede en su país alrededor del control de armas, a raíz de la masacre en la escuela Sandy Hook

Stephen King, escritor estadounidense. / Flickr: Demetri Parides/elespectador.com
Hay pasión, argumentos explicados con vigor, ciertas aseveraciones perfectas para titular y escandalizar lejos del contexto en el que fueron hechas. No hay, sin embargo, terquedad, la salida fácil de no aceptar otro punto de vista y tampoco querer cambiar de conversación. Lo revelador del documento es que no propone soluciones definitivas, sino apenas algunos pasos para evitar más tragedias. En días tan aciagos, todo lo que no huele a milagro o a extremismo resulta algo muy cercano a la sabiduría.
El debate acerca del control a las armas suele avivarse con un par de cadáveres en el suelo, aún tibios, aún en pedazos. Y, con las noticias todavía resonando en el fondo de la habitación, la conversación se estanca en absolutos, un todo o nada que continúa hasta la siguiente masacre en la que, en algunas ocasiones, los atacantes apenas están rozando la pubertad.
En ‘Guns’, el más reciente ensayo del escritor norteamericano Stephen King, el autor imagina brevemente un mundo en el que los sectores de derecha y de izquierda son obligados a ver las noticias del otro bando: una especie de tortura psicológica que, como fin ideal, podría tener un abandono de los extremos y, con algo de suerte, un acercamiento hacia el centro. “No es ese un sueño adorable. Piense en la calma que traería si le bajaran un poco a toda esa retórica exacerbada. Piense en las peleas que no sucederían durante la cena. Incluso podría haber un regreso del diálogo. (…) Somos como borrachos en un bar. Nadie está escuchando porque todo el mundo está demasiado ocupado pensando qué va a decir después para probar que el otro está absolutamente lleno de mentiras”.
Las armas son un asunto frecuente en la vida del escritor, pues posee tres de estas. El tema también está presente en su obra: las masacres también suceden en sus páginas y a veces salen de estas para tomar forma en el mundo tangible en donde el horror llega en forma de adolescente malhumorado y herido.
‘Rage’, una novela de King escrita bajo un pseudónimo, inspiró al menos a cuatro jóvenes a empuñar un arma y salir a la calle con ganas de sangre; algunos lograron su cometido, otros no. En su momento, el escritor retiró del mercado su libro por la sencilla razón de que no estaba bien que el texto siguiera en circulación, no porque la ley se lo exigiera, sino por un sentido de decencia más allá de la obligación penal o civil; moral, le dirían algunos.
La novela describe a un adolescente con problemas en la casa y en la escuela, el tipo de joven que en algunas ocasiones termina alienado entre varios tipos de violencia y quien, para desgracia de todos, logra encontrar una pistola demasiado fácil, casi sin proponérselo. El texto le habló cerca al oído a un grupo de jóvenes perturbados y quebrados por dentro. Claro, las armas no matan por sí solas, pero es mejor que no sean encontradas por personas con un equilibrio mental frágil o inexistente.
King no se justifica (es probable que tampoco tenga razones por qué hacerlo), pero sí pone de plano que sabe de qué está hablando. Lo extraño del debate acerca de las armas (algo que, pensándolo bien, no es extraño ni poco común en casi todo debate) es que hay que establecer ciertos lazos con el bando de los atacados (los defensores de las armas) para evitar que el argumento sea descalificado per se: me parezco en algo a ustedes, escúchenme un poco.
Ahora, más allá de delimitar cierto terreno común con los amantes a ultranza del derecho a armarse, King elabora una serie de argumentos que, con una narración fluida y permeada por el sarcasmo y el humor, resume en tres puntos; tres peticiones que no suenan descabelladas e imposibles y que buscan frenar, desde los más práctico, la costumbre de masacrar civiles y niños en escuelas, teatros de cine y otras locaciones en Estados Unidos. Resulta casi irrisorio que el problema tenga que incluir cosas que podrían ser llamadas básicas, incluso en Colombia: verificación de antecedentes de las personas que quieran adquirir un arma (cosas como un periodo de espera de 48 horas antes de entregar el producto al cliente), prohibir la venta de cargadores con más de 10 balas (el fusil utilizado en el ataque a la escuela Sandy Hook permite disparar hasta 30 balas cada vez) e impedir la venta de rifles de asalto.
¿No parece tan complicado, cierto? Todos podrían ponerse de acuerdo. Parece que no. “La única forma en que este tipo de prohibiciones puedan funcionar es si las personas detrás del negocio de las armas las apoyan (…). Deben aceptar su responsabilidad, recordando que esto no es lo mismo a culpabilidad. Necesitan decir ‘apoyamos estas medidas, no porque la ley lo exija, sino porque es un tema sensible’”.
En la mitad del debate se encuentra la buena gente de la Asociación Nacional del Rifle (NRA), un poderoso grupo de lobby que representa a usuarios y a las compañías fabricantes de armas y cuya solución para la violencia es armar a más personas. Se trata, más que la extrema derecha, del extremismo en su forma más abyecta e inútil. Sus asociados, dice King, no son gente mala per se; algunos pueden ser donantes de sangre o haber entregado artículos de hogar y ropa para aliviar a los afectados por un desastre natural. El retrato tangencial que el escritor hace de estos ciudadanos es uno pintado con el pincel de la paranoia, ampliamente remojado en el miedo.
“Creo que la pregunta es ¿qué tan paranoico quiere ser? ¿Cuántas armas necesita para sentirse seguro? ¿Y cómo, simultáneamente, las mantiene cargadas y a la mano, pero lejos del alcance de los niños y los nietos? ¿Está seguro de que no le iría mejor con una alarma? Es cierto que debe acordarse de prenderla antes de acostarse, pero piense que si confunde a su esposa con un demente adicto a las drogas no puede matarla por accidente con una alarma”.
El autor se dedica en buena parte a quitarle pies y manos a la idea de la “cultura de la violencia”, un término que es usado para justificar que, claro, como se vive inmerso en un contexto violento es entendible que todos arranquen a masacrarse. King hace un repaso rápido de algunas cifras y hechos que dan cuenta de cómo la producción cultural masiva en Estados Unidos no gira en torno a las armas. Es más, el autor tiene un argumento que parece sólido al examinar cómo las grandes producciones evitan mostrar la crudeza y el espanto de lo que sucede después de que alguien hala el gatillo.
“En América no hay una cultura de la violencia, sino una cultura de las Kardashian. (…) El mensaje es claro: a los norteamericanos les interesa muy poco el entretenimiento que tiene que ver con las armas (…) Decir que la ‘cultura de la violencia’ es responsable por las masacres en los colegios es similar a que los ejecutivos de las compañías tabacaleras dijeran que la polución es la responsable principal del cáncer de pulmón”.
Pero, ¿para quién resulta útil seguir esparciendo el asunto de la “cultura de la violencia”? No a los psicólogos o a los trabajadores de la salud. De pronto ni siquiera a los legisladores (a menos de que sean amigos de la NRA). Los beneficiados más obvios, aunque puede que no sean los únicos, son los fabricantes de armas: “Vivimos en tiempos violentos, hay que responder a tiros”, podría ser el eslogan.
¿Cuántos asociados de la NRA han tenido que utilizar sus armas (o han logrado hacer uso de ellas) para repeler la intrusión de un atacante a sus casas? King refiere una historia bien conocida acerca de un señor de apellido Clutter: en su granja había rifles, pero eso no evitó que su familia fuera masacrada y que su tragedia fuera el insumo de A sangre fría, el libro de Truman Capote.
“Porque los hombres podrán ser los que se enloquecen, pero eso no los hace estúpidos. Llegan entonces al sitio del crimen armados, pero no con algo que sólo dispara un tiro a la vez, sino con artillería pesada. Algunos se arrepienten. Cuando no, lo que viene es la carnicería, el tipo de escena que les trae pesadillas a los forenses y a los policías durante años. Uno quisiera que Wayne LaPierre y la junta directiva de la NRA fueran obligados a ir algunos de estos lugares, en donde es necesario que se pongan botas y guantes de plástico para ayudar a limpiar la sangre, los sesos y los pedazos de intestino que aún contienen los restos medio digeridos de lo que fue la última comida de alguna persona que pasaba por ahí”.
La cosa es que el grupo de ciudadanos armados no está dispuesto a dejar su seguridad en manos de la Policía y el resto de autoridades. Eso por un lado. Por el otro, invocan la Constitución como la protección superior para alegar que lo que están haciendo es legal. Claro que lo es, en muchos casos al menos. Pero el punto es otro, pues no es sólo un asunto que deban debatir los abogados, bajo la óptica de King.
Lo que sucede es que el tema está tan enfrascado entre el control estatal y el poder ciudadano que una mujer, reseña el autor, terminó por escribir un ensayo en el que decía que las armas son herramientas, como las cucharas. ¿Se prohibirán las cucharas sólo porque algunos comen mucho?, se preguntaba ella. “Señora, veamos cómo trata de matar a 20 niños de un colegio con una puta cuchara”, le respondió King.
Al final de todo, un asunto bastante sangriento y que en últimas sucede en un país que no es este (acá nadie entra a un colegio a matar, pero sí va a un pueblo remoto para decapitar campesinos), lo que suele suceder es una serie de 21 pasos que King ha resumido con el título de “Así es que pasa”: una enumeración triste en la que en algún punto los reporteros preguntan cosas como “¿Cómo se siente?”, las víctimas sólo hablan de cosas que estallaban y que termina por ser olvidado cuando una embajada vuela en pedazos en el Medio Oriente o un tornado se lleva por delante a un pequeño pueblo. En ese punto todo vuelve a comenzar.

Cinismo vs. Poder: Ambrose Bierce y "El diccionario del Diablo"

Como escritor, su estilo está claramente dominado por el cinismo y la ironía, una ironía despiadada, con un humor ácido y mordaz. La misantropía y el pesimismo son dos características de su personalidad que saltan a la vista indefectiblemente al leer sus obras

Ambrose Bierce, escritor estadounidense que se perdió en plena revolución mexicana./revistadeletras.net
 
Ambrose Bierce, con diecinueve años, se alistó como voluntario en el ejército de la Unión, incorporándose al noveno regimiento de Infantería de Indiana. La Guerra de Secesión (1861-1865) le ofreció el espectáculo de una humanidad estúpida y cruel y, como resultado, el joven soldado quedó estremecido por la capacidad de los seres humanos para buscar con avidez la manera de masacrar a sus semejantes con mayor eficacia.
Además, fue un hombre marcado por una infancia repleta de represiones junto a sus doce hermanos (él fue el décimo de los trece hijos) puesto que sus padres eran granjeros de profunda fe calvinista y se esforzaron con tenaz afán en instaurar un ambiente puritano en su familia. Durante toda su vida conservó un fuerte desprecio para con todos los suyos, tomando especial relevancia el odio sentido hacia su padre que trató de exorcizar en su escritura con la descripción de varios parricidios.
Como escritor, su estilo está claramente dominado por el cinismo y la ironía, una ironía despiadada, con un humor ácido y mordaz. La misantropía y el pesimismo son dos características de su personalidad que saltan a la vista indefectiblemente al leer sus obras.
En su faceta de periodista (principalmente bajo el patronazgo de W. R. Hearst, primero en San Francisco y más tarde en Washington) Ambrose Bierce ejerció como crítico corrosivo de la corrupción política en Estados Unidos, siendo, sin lugar a dudas, un lúcido observador del caótico devenir de la humanidad durante el tiempo que le tocó vivir. En sus cuentos reincide en estos temas, posicionándose con claridad como un escritor que descree, sin ambages, de la bondad humana, supuesta cualidad, loada por siglos, que atesoramos los hombres y las mujeres. Destacamos Cuentos de soldados y civiles (1892), libro plagado de sombrías historias (posteriormente publicado bajo el título En el medio de la vida), ¿Puede ocurrir esto? (1893) y Fábulas fantásticas (1899). Asimismo, cultivó el relato macabro y de terror, como en Un suceso en el puente sobre el río Owl (1891), El clan de los parricidas, La cosa maldita (1894) y Partida de ajedrez (1909), lo que permite situarlo cerca de sus compatriotas Poe y Lovecraft en el género terrorífico.
Se casó el 25 de diciembre de 1871 con Mollie Day. Tuvieron tres hijos, Day, Leigh y Helen. Los dos varones murieron prematuramente, en 1889 y en 1901, respectivamente. El matrimonio se rompió un año antes de la muerte del primogénito al encontrar el escritor unas epístolas comprometedoras entre su mujer y un pretendiente danés. Sin embargo, no consiguió el divorcio hasta 1904. Durante toda su vida adulta arrastró problemas de salud, sobre todo debidos al asma y a las secuelas de las heridas recibidas en la guerra, una de ellas en la cabeza. Así, en su vejez vive solo y enfermo, pero encuentra suficientes fuerzas para trabajar con determinación en sus Obras completas (The collected works of Ambrose Bierce), que se publican entre 1909 y 1912.
En una carta fechada el 1 de octubre de 1913, cuando Ambrose Bierce contaba con setenta y un años, escribió las siguientes palabras:
«Adiós. Si oyes que he sido colocado contra un muro de piedra mexicano y me han fusilado hasta convertirme en harapos, por favor, entiende que yo pienso que esa es una manera muy buena de salir de esta vida. Supera a la ancianidad, a la enfermedad, o a la caída por las escaleras de la bodega. Ser un gringo en México. ¡Ah, eso sí es eutanasia!».
En su cabeza, con seguridad, estaba la idea, poco después llevada a la práctica, de cruzar por El Paso (Texas) a México para unirse a las tropas de Pancho Villa, hecho que tuvo lugar en Ciudad Juárez. Sin embargo, solo hay constancia de que acompañase al revolucionario hasta la ciudad de Chihuahua. En diciembre de 1913 su rastro desaparece envuelto en un misterio que podría haber servido de inspiración para escribir uno de sus cuentos. Se suele considerar como la fecha de su defunción el 11 de enero de 1914 porque lo más probable es que Ambrose Bierce muriese en la Batalla de Ojinaga, batalla en la que Pancho Villa tomó esa ciudad poniendo fin al último reducto del ejército Federal en el norte de México.
 
En cuanto a El diccionario del Diablo (The Devil’s dictionary) hay que subrayar que es la obra más conocida de Ambrose Bierce y que no fue concebida como libro sino años después de que los primeros aforismos sulfurosos aparecieran en el semanario The Wasp, en 1881, y allí continuasen hasta 1886. En 1887 reaparecieron las sarcásticas definiciones en The Examiner. En 1906, finalmente, es publicado por Doubleday, Page and Company en forma de libro bajo el título The cynic´s word book, un título que fue impuesto por prejuicios religiosos ajenos al escritor. Ambrose Bierce, no obstante, pudo desquitarse en 1911, pues en el Volumen 7 de sus Obras Completas remató el diccionario de 1906 (que contenía quinientas palabras, A-L) con quinientas palabras más (M-Z) eligiendo su título preferido, The Devil’s dictionary. De este modo, se obtuvo una versión completa con mil voces en la que no cabe la piedad para con el género humano y donde Ambrose Bierce se muestra como un eximio tocador de llagas, adelantado a su tiempo en muchos aspectos y sin temor ni miramientos para exponer bajo auténtica luz a la humanidad, que también está poblada de pústulas, con sus vicios, debilidades y taras. La primera traducción, elaborada por Jacques Papy en 1955, fue al idioma francés e incluía un prefacio de Jean Cocteau.
Para obtener una cierta idea de cómo es este asombroso, lúcido y, en ocasiones, hiriente diccionario, se transcribirán veinticinco voces, una por cada letra del alfabeto anglosajón. Es posible vislumbrar en este breve acercamiento que Ambrose Bierce afrontó armado del Cinismo un combate, en principio perdido, contra el Poder. No obstante tan desigual batalla, el escritor todavía no ha perdido la contienda porque The Devil’s dictionary continúa siendo editado y leído.
Es decir, la pelea no ha acabado.
“Amistad, s.- Barco lo bastante grande como para llevar a dos con buen tiempo, pero a uno solo en caso de tormenta”.
“Belladona, s.- En italiano, hermosa mujer; en inglés, veneno mortal. Notable ejemplo de la identidad esencial de ambos idiomas”.
“Cerdo, s.- Ave notable por la universalidad de su apetito, y que sirve para ilustrar la universalidad del nuestro. Los mahometanos y judíos no favorecen al cerdo como producto alimenticio, pero lo respetan por la delicadeza de sus costumbres, la belleza de su plumaje y la melodía de su voz. Esta ave es particularmente apreciada como cantante: una jaula llena, puede hacer llorar a más de cuatro. El nombre científico de este pajarito es Porcus Rockefelleri. El señor Rockefeller no descubrió el cerdo, pero se lo considera suyo por derecho de semejanza”.
“Desobediencia, s.- Borde plateado de una nube de servidumbre”.
“Empujón, s.- Una de las dos cosas que llevan al éxito, especialmente en política. La otra es el tirón”.
“Fidelidad, s.- Virtud que caracteriza a los que están por ser traicionados”.
“Gramática, s.- Sistema de trampas cuidadosamente preparadas en el camino por donde el autodidacto avanza hacia la distinción”.
“Hombre, s.- Animal tan sumergido en la extática contemplación de lo que cree ser, que olvida lo que indudablemente debería ser. Su principal ocupación es el exterminio de otros animales y de su propia especie que, a pesar de eso, se multiplica con tanta rapidez que ha infestado todo el mundo habitable, además del Canadá”.
“Imbecilidad, s.- Especie de inspiración divina o fuego sagrado que anima a los detractores de este diccionario”.
“Justicia, s.- Artículo más o menos adulterado que el Estado vende al ciudadano a cambio de su lealtad, sus impuestos y sus servicios personales”.
“Kilt, s.- Traje que suelen usar los escoceses en Norteamérica y los norteamericanos en Escocia”.
“Libertad, s.- Uno de los bienes más preciosos de la Imaginación, que permite eludir cinco o seis entre los infinitos métodos de coerción con que se ejerce la autoridad. Condición política de la que cada nación cree tener un virtual monopolio. Independencia. La distinción entre libertad e independencia es más bien vaga, los naturalistas no han encontrado especímenes vivos de ninguna de las dos”.
“Mujer, s.- Animal que suele vivir en la vecindad del Hombre, que tiene una rudimentaria aptitud para la domesticación. Algunos de los zoólogos más viejos le atribuyen cierta docilidad vestigial adquirida en una antigua época de reclusión, pero los naturalistas del postfeminismo, que no saben nada de esa reclusión, niegan semejante virtud y declaran que la mujer no ha cambiado desde el principio de los tiempos. La especie es la más ampliamente distribuida de todas las bestias de presa; infecta todas las partes habitables del globo, desde las dulces montañas de Groenlandia hasta las virtuosas playas de la India. El nombre que se le da popularmente (mujerlobo) es incorrecto, porque pertenece a la especie de los gatos. La mujer es flexible y grácil en sus movimientos, especialmente la variedad norteamericana (Felis pugnans), es omnívora, y puede enseñársele a callar”.
“Noviembre, s.- Decimoprimer duodécimo del tedio”.
“Ociosidad, s.- Granja modelo donde el diablo experimenta las semillas de nuevos pecados y promueve el crecimiento de los vicios básicos”.
“Plebiscito, s.- Votación popular para establecer la voluntad del amo”.
“Quórum, s.- En un cuerpo deliberativo, número de miembros suficiente para hacer su voluntad. En el Senado norteamericano, se forma quórum con el presidente de la Comisión de Finanzas y un mensajero de la Casa Blanca; en la Cámara de Representantes, bastan el presidente del cuerpo y el demonio”.
“Riqueza, s.- Don del Cielo que significa: “Este es mi hijo bien amado, en quien he puesto toda mi complacencia” (John D. Rockefeller). Recompensa del esfuerzo y la virtud (J.P.Morgan). Los ahorros de muchos en las manos de uno (Eugene Debs). El inspirado lexicógrafo lamenta no poder agregar nada de valor a estas excelentes definiciones”.
“Satanás, s.- Uno de los lamentables errores del Creador. Habiendo recibido la categoría de arcángel, Satanás se volvió muy desagradable y fue finalmente expulsado del Paraíso. A mitad de camino en su caída, se detuvo, reflexionó un instante y volvió.
—Quiero pedir un favor —dijo.
—¿Cuál?
—Tengo entendido que el hombre está por ser creado. Necesitará leyes.
—¡Qué dices, miserable! Tú, su enemigo señalado, destinado a odiar su alma desde el alba de la eternidad, ¿tú pretendes hacer sus leyes?
—Perdón; lo único que pido, es que las haga él mismo.
Y así se ordenó”.
“Tierra, s.- Parte de la superficie del globo, considerada como propiedad. La teoría de que la tierra es un bien sujeto a propiedad privada constituye el fundamento de la sociedad moderna, y es digna de esa sociedad. Llevada a sus consecuencias lógicas, significa que algunos tienen el derecho de impedir que otros vivan, puesto que el derecho a poseer implica el derecho a ocupar con exclusividad, y en realidad siempre que se reconoce la propiedad de la tierra se dictan leyes contra los intrusos. Se deduce que si toda la superficie del planeta es poseída por A, B y C, no habrá lugar para que nazcan D, E, F y G, o para que sobrevivan si han nacido como intrusos”.
“Urraca, s.- Ave cuya inclinación al robo ha sugerido a algunos la posibilidad de enseñarle a hablar”.
“Verdad, s.- Ingeniosa mixtura de lo que es deseable y lo que es aparente. El descubrimiento de la verdad es el único propósito de la filosofía, que es la más antigua ocupación de la mente humana y tiene buenas perspectivas de seguir existiendo, cada vez, más activa, hasta el fin de los tiempos”.
“Wall Street, s.- Símbolo de pecado expuesto a la execración de todos los demonios. Que Wall Street sea una cueva de ladrones, es una creencia con que todo ladrón fracasado sustituye su esperanza de ir al cielo”.
“Yugo, s.- Implemento, mi estimada señora, a cuyo nombre latino, jugum, debemos una de las palabras más esclarecedoras de nuestro idioma: la palabra que define con precisión, ingenio y perspicacia la situación matrimonial”.
“Zeus, s.- Rey de los dioses griegos, adorado por los romanos como Júpiter, y por los norteamericanos como Dios, Oro, Plebe y Perro. Algunos exploradores que han tocado las playas de América, entre ellos uno que pretende haberse internado una considerable distancia, piensan que esos cuatro nombres representan a cuatro divinidades separadas, pero en su inmortal obra sobre Creencias Supérstites, Frumpp insiste en que los nativos son monoteístas, y que ninguno tiene otro dios que sí mismo, a quien adora bajo muchos nombres sagrados”.
Estanislao M. Orozco

Martín:"Esta novela nace de la indignación"

Un 20 de mayo es asaltado el banco secreto de dinero negro de unos empresarios chinos, camuflado en una tienda de ropa al por mayor, en la calle de Trafalgar en Barcelona. Dos días después, aparece la cabeza de una mujer en el techo de un vehículo

Andre Martín, autor de Sociedad negra, está indignado por elestado de cosas de su país, España./elpais.com/elemental
Parece una máscara de carnaval. El resto del cuerpo está oculto bajo otro coche y es descubierto cuando el conductor arranca. Los Mossos d’Esquadra creen que se trata de una banda latina; el veterano inspector Diego Cañas, del Cuerpo Nacional de Policía, está convencido de que es un caso de chinos. Así empieza Sociedad Negra (RBA y en La Magrana en catalán), la novela con la que Andreu Martín ganó el Premio Crímenes de Tinta que concede anualmente el Departamento de Interior de Cataluña.
“Aunque hable de las mafias chinas o de la Mara Salvatrucha Sociedad negra nace de la indignación. Soy un indignado que quizá no tiene derecho a indignarse porque las cosas no me van mal. Pero estoy indignado con los políticos, con la corrupción, con  el montaje social que ya no controlamos. Tenemos que aprender a vivir de otra manera, pero no sé si hay tiempo y creo que a este paso me convertiré en un viejo gruñón”.
Hace ya tiempo que Andreu Martín está furioso. Dice que hay cosas con las que no puede. “Uno hace una tropelía y le dan un cargo en Telefónica. Los grandes chorizos marcan el territorio. A Bárcenas no le pasará nada. A ver si lo aprendemos de una vez. En 2008 nos declararon la guerra y la hemos perdido”.
¿Existen las tríadas en Barcelona?  “Oficialmente, no. No hay ninguna sentencia judicial contra un ciudadano chino en Barcelona. En general, no preocupan demasiado a las autoridades, porque no dan problemas, todo lo hacen entre ello aunque el caso Gao Ping es revelador. Todo sale de mi calenturienta imaginación a partir de esa pregunta. Si hay tríadas en París, Londres o Amsterdam,  ¿por qué no las hay en Barcelona?”.
Se habla desde hace tiempo en Cataluña de las mafias chinas, de la velocidad con que abren negocios, de que hacen largas jornadas de trabajo, explotados por compatriotas, de extorsión, juego y prostitución. “Se habla mucho, pero hay hechos reales: al puerto de Barcelona llegan 5.000 contenedores cada día, dos millones al año. Ese es mucho movimiento”. “La novela negra define la sociedad y eso es lo que he tratado de hacer”.
Sociedad_negra_300x459En algunos momentos, Sociedad negra parece una crónica periodística. Andreu Martín (Barcelona, 1948) explica que se ha documentado muchísimo sobre las mafias chinas y también sobre las bandas latinas, otro de los ejes de la novela, aunque los Mossos las denominan Nuevos Grupos Juveniles Organizados y Violentos. “Hay mucha prevención contra el racismo y en esto los Mossos son muy rigurosos”.
Sociedad negra tiene dos personajes protagonistas, el inspector Diego Cañas y su confidente Liang, un chino-catalán, aunque tiene tres voces narrativas. “El narrador que nos da la visión de Cañas, un narrador omnisciente que lo sabe todo y Liang, que habla en primera persona”.  Desde ese punto central que es el atraco al banco secreto chino la novela avanza y retrocede pero como en círculos concéntricos, en los que aparecen la visión de los hechos de Cañas, de Liang, de los Mossos y de la Policía Nacional y el lector se ve atrapado en un saludable vértigo.
“Esta estructura responde a una estrategia: no empiezo a escribir hasta saberme de memoria la novela. Lo he hecho con esta que no llega las 300 páginas y lo hice con Cabaret Pompeya, de 600. Cuando ya me sé la historia, decido cómo la planteo. Si lo hubiera hecho por orden cronológica hubiera sido aburrida y le faltaría pasión”.
Un policía veterano y con problemas
Cañas lleva más de 30 años en la policía nacional y tiene una vida personal muy complicada. Su hija de 15 años, “salvaje e insubordinada”, se fuga de casa y su mujer está al borde del ataque de nervios.  Sufre la doble presión de su mujer y de sus jefes, estos presionados al mismo tiempo por los políticos. En este aspecto, Sociedad negra recuerda las mejores novelas de Andreu Martín, Prótesis, Por amor al arte, El día menos pensado o, entre otras, Aprende y calla, en las que la enorme presión que sufren en ocasiones los ciudadanos provoca estallidos brutales  de violencia.
Liang es muy diferente a Cañas. “Reconozco que es el personaje mimado de la novela. Es un chino catalán con más vocación de chino que de catalán. En realidad, se llama Juan Fernández, nació en Hong Kong y es hijo de un español y una china. Quiere practicar el budismo zen que ha leído en los libros y resulta poco ortodoxo”. Es un chivato que se cree importante. Se convence de que lo que hace es por el bien de los chinos explotados y extorsionados. No quiere enamorarse de la fascinante Pei Lan, pero se enamora, no quiere tener apego al futuro ni al dinero, pero…
Andreu Martín recupera sus mejores ingredientes, violencia, sexo, corrupción. Y, lo más importante, una intriga muy verosímil. Narra muy bien el mundo de los delincuentes, de los policías, de los Mossos, de los jueces y de los políticos.

La Red Solidaria contra la Ocupación de Palestina inicia una campaña contra Antonio Muñoz Molina

La Red Solidaria contra la Ocupación de Palestina (RESCOP) y la Campaña Palestina de Boicot Cultural y Académico contra Israel ha iniciado una campaña contra el escritor Antonio Muñoz Molina, con motivo de la entrega del Premio Jerusalén de Literatura a la que acudirá el autor el próximo 10 de febrero

La Red Solidaria contra la Ocupación de Palestina inicia una campaña contra Antonio Muñoz Molin/lainformacion.com

La RESCOP pidió la semana pasada a Muñoz Molina que no legitime la ocupación ilegal de Palestina por Israel y renuncie a ir a recoger el premio Jerusalén. Sin embargo, según indica la organización en un comunicado, a fecha de hoy no ha recibido respuesta.
En su escrito, la organización comunicó al escritor que había "recibido con estupor, tristeza e indignación la noticia de su viaje a Jerusalén". En este sentido, "en representación de todas las personas defensoras de la paz, los derechos humanos y la legalidad internacional que se han adherido a la campaña de Boicot, Desinversión y Sanciones contra Israel", la RESCOP le pidió que no legitime "el sistema de ocupación, colonización y Apartheid israelí".
La red de asociaciones de solidaridad con el pueblo palestino recordó al miembro de la Real Academia Española que "la municipalidad de Jerusalén, que patrocina el Premio, ocupa ilegalmente toda la parte oriental de Jerusalén incluyendo su Ciudad Vieja y práctica todo tipo de prácticas discriminatorias hacia la población palestina".
Por su lado, la Plataforma Palestina de Boicot Académico y Cultural contra Israel, que forma parte de la Campaña Global de Boicot, Desinversión y Sanciones contra Israel, ha enviado una carta abierta para dirigirse a Muñoz Molina. En ella, sentencia que "los escritores que participan en eventos israelíes y reciben honores del estado israelí, lo que hacen es ceder sus nombres a la propaganda de estado, que no es más que un eje del programa de Marca Israel".

Lo real en tiempos de Internet

Presente y online son sinónimos: hasta los noticieros se alimentan de las redes sociales. Aquí, un análisis de los cambios que marcó lo digital en las nociones de identidad y ficción; una entrevista sobre los temores que genera la tecnología y una zambullida en el universo de los comentaristas, seres anónimos que opinan sobre todo lo que pasa en la Web

"Vivimos en un estado de reality permanente sostenido en lo digital"./Revista Ñ

Se acuerdan de aquel chiste, reproducido en cientos de libros y revistas, en el cual un perro le dice a otro mientras manipula una computadora “en Internet nadie sabe que sos un perro”? Esta viñeta, que el humorista Peter Steiner publicó en The New Yorker, pronto cumplirá veinte años. Una época sin blogs ni Facebook ni Twitter y en la cual lo que llamamos viralidad digital aún estaba en pañales. ¿De qué modo metabolizamos la creciente presencia de lo digital, del software, en nuestra vida cotidiana?
¿Aquel perro estaba creando su propia ficción personal?
¿Puede definirse ficción como un estado de la información? Hace muchos años, el escritor argentino Juan José Saer la describía como “un salto hacia lo inverificable”, lo contrario a la negación de una aparente realidad objetiva. En sus palabras, debía entenderse la ficción como una investigación de los modos en que construimos lo real. Demasiado tiempo pasó desde entonces. En aquella época, aún sabíamos perfectamente dónde localizar ese salto.
Desde su sitio web Fake it! (Falsifícalo! http://www.digital-selfdefense.com/), los analistas web Pernille Tranberg y Steffan Heuer comenzaron a promover, hace unos meses, estrategias de defensa a la intimidad personal, instigando a generar, para esto, datos distorsionados en las redes sociales. No es que Internet sea peligrosa: sino que nuestros bienes digitales pueden vulnerarse fácilmente y cierta reconfiguración de lo ficcional nos asiste como defensa y prevención.
Vivimos en un estado de reality permanente sostenido en lo digital. Presente y online tienden a confundirse en la perfecta sinonimia. Observen a los pasajeros en cualquier colectivo. Simplemente tomen nota del número de ellos que permanece absorto con la mirada fija en su iPhone o Blackberry, haciendo caso omiso a todo lo que sucede a su alrededor. ¿Realidad extendida dentro y fuera de la pantalla? ¿El revés de Las ruinas circulares de Borges? ¿La realidad dentro de la realidad?¿Cuál de cuál? ¿Acaso los noticieros no se alimentan también de las redes sociales?
Hace ocho años, en su libro Ciudad pánico (Capital Intelectual), Paul Virilio volvía a advertir sobre la desaparición de “una cierta relación con los lugares y con lo real, que se está disolviendo, que se está volviendo evanescente. La contaminación del tamaño natural, la contaminación de las proporciones, no es más que la contaminación de la relación con el mundo”. En julio pasado, la marca de lencería Victoria’s Secret fue cuestionada duramente por “abuso de Photoshop” en sus campañas mediáticas. En octubre, una publicidad de Christian Dior fue prohibida en Inglaterra por el retoque digital de las pestañas de Natalie Portman, atendiendo a un reclamo contra “el engaño de los posibles efectos del producto”. Ya sabemos, la virtualidad es el incesante lifting de lo real.
En la edición 474 de esta revista, el escritor brasileño Bernardo Carvalho comentaba: “La ficción sigue existiendo en Internet. Pero para que tenga algún efecto, necesita provocar daños reales. Internet está llena de ficción, pero la ficción en Internet debe parecer real. (…) Internet es un mundo de creyentes, lo que termina reduciendo la ficción al ámbito de la impostura, de la difamación, de la calumnia”.
¿Contra los demás? ¿Contra uno mismo?
Alguna vez, el antropólogo y poeta Michel Leiris promocionó la confesión como una tauromaquia: un modo muy peligroso de situarse frente a los demás, con la misma urgencia del torero frente a los cuernos de su embestidor. No hace tanto, el músico Andrés Calamaro relató en Twitter cómo asesinó a un heroinómano en Madrid. “Aunque filosóficamente es interesante, y no es nada del otro mundo. Le quité la vida a alguien y tampoco estoy demasiado orgulloso de eso. (…) Fue puro instinto, yo quería defender a los que estaban conmigo. No hubo casi pelea. Digamos que lo maté como a una rata”. Los medios enseguida se hicieron eco. Calamaro, rapidísimo de reflejos, no volvió sobre su narración, sino sobre la naturaleza del soporte, del lugar: “Para mí el Tweety es literatura o provocar pensamientos. Por lo visto es una propuesta que le queda grande a algunos bobinas”.

Reformateando la ficción
Sin dudas, usamos lo ficcional de otro modo. ¿Y qué es lo ficcional en este caso sino un contundente territorio de indeterminaciones que, invariablemente, afecta cualquier otra percepción que tengamos del entorno?
La Web deslizó la ficción a un territorio mucho más interpersonal. Desde bastante antes de las objeciones al alunizaje de 1969 (¿realmente Neil Armstrong pisó la Luna o fue una puesta en escena, todo un montaje en plena Guerra Fría?), la incertidumbre es el gran fantasma de los medios electrónicos. Recordemos el escándalo de Orson Welles en su recreación radial para CBS de La guerra de los mundos , en 1938, cuando gran parte de la audiencia realmente creyó que la Tierra estaba siendo invadida por alienígenas. De modo menos espectacular, más silencioso y definitivo, Internet fue convirtiéndose en un excepcional entorno para reformatear los límites de lo que entendíamos como ficción.
El deslizamiento es claro: Saer todavía concebía la ficción como un campo de pruebas desde donde generar otros relatos de lo posible. Pero hablamos de un tiempo en que las dimensiones de lo privado y lo público eran absolutamente más nítidas. ¿Qué podemos decir de una época donde existe CAM4, que ofrece gratuitamente shows en vivo de “exhibicionistas amateurs”, donde las intimidades pueden interconectarse webcams mediante?
Los Estados, sin embargo, parecen no tener dudas. Volvamos al perro internauta de Paul Steiner. Su juego de identidades hoy estaría en problemas en China. Desde marzo, los usuarios de Weibo (el Twitter chino) deben estar registrados a riesgo de sufrir represalias legales. Ciento veinticinco millones de usuarios tuvieron que identificarse por indicación del buró de Seguridad Pública. Seguramente, la salvaje Doctora Pignata, “abogada derecha y humana”, personaje archiconocido por los usuarios argentinos de Twitter, sería una perseguida política en las tierras de Confucio.
Alguna vez el escritor y editor Luis Chitarroni afirmó que no existía mayor mitología en las últimas cuatro o cinco décadas que la generada por la cultura rock. En innumerables notas producidas por la reciente visita de Lady Gaga a nuestro país, pudimos leer que, así como Madonna oportunamente construyó su personalidad e imagen artística por medio del video y la proliferación de MTV, la autora de Poker Face cimentó la suya a través de las posibilidades brindadas por las redes sociales, especialmente Twitter, Facebook, así también como por Youtube.
¿A alguien podría sorprenderle, en una época en que no existe suplemento o revista de espectáculos que no posea su sección de “lo que dicen los famosos en Twitter”?
Esta multiplicación de los canales de digitales de difusión, comunicación y creación de identidad ¿no es directamente proporcional a la multiplicación de programas televisivos de chimentos, a su tan buena salud de rating?
Y ese husmear en la intimidad de toda clase de figuras públicas ¿no es un género demasiado cercano a la ficción?
¿O es que la ficción como tal es una especie en extinción?
No debería culparse ni al software ni a Internet de esta progresiva sensación de “ficción recolocada y expansiva”. Aunque, por cierto, sea difícil encontrar causas más contundentes. Retomando lo enunciado por Carvalho en Ñ , la ficción parece entenderse más que nunca como la prolongación del discurso de lo real más allá de lo comprobable, ahí donde el show se vuelve peligroso. ¿Pero se trata, tal como lo afirma, de grandes contribuciones al fin de la ficción? ¿O es que lo que entendemos por ficción está transformándose otra vez? Hace años, en un seminario en el Centro Cultural Rojas, pregunté a los asistentes si era improcedente pensar al concepto de ciberespacio –que nace de una ficción del escritor William Gibson– de manera autónoma, de la misma manera en que hablamos de la autonomía del arte. No hubo manera de ponerse de acuerdo.
El gurú mediático canadiense Marshall McLuhan acuñó aquello de “la tecnología es una extensión de nuestro cuerpo y nuestra mente”. En un ensayo relativamente reciente, la crítica cultural alemana Mercedes Bunz revisó esta afirmación puntualizando que esa extensión se concreta mediante un pacto o contrato con el cual todo usuario acepta esta anexión. No somos pocos los que creemos que tal contrato se parece demasiado a aquellos de interminable pequeña letra con las que aceptamos –masivamente sin leer– las condiciones de pertenencia a cualquier red social. Redes sociales en las que todavía –al menos en Occidente– podemos ser un perro sin que nadie se dé cuenta.
¿La realidad fagocita a la ficción o al revés? Hace más de catorce años, en su indispensable La guerra de los sueños , Marc Augé advertía: “Están desapareciendo las mediaciones que permiten desarrollar la identidad, la conciencia de alteridad y los lazos sociales. (…) Esta nueva repartición entre lo real y la ficción condiciona también la circulación entre lo imaginario individual –los sueños–, lo imaginario colectivo –los mitos, ritos y símbolos– y la producción de obras de ficción.” Según la visión del antropólogo francés, lo que conocimos como ficción seguiría siendo ficción y lo real seguiría siendo real, mientras que la novedad estaría dada en otro tipo de distribución.
Veinte años atrás, analizando lo escrito por Jean Baudrillard sobre la Guerra del Golfo ( La Guerra del Golfo no ha tenido lugar , 1991), el artista y téorico del diseño Tomás Maldonado admitía la importancia de debatir cómo las tecnologías informáticas de simulación volvían casi irreconocible el paso de lo virtual a lo real, aunque veía en la negación de los hechos (en su ficcionalización) una negación de lo grave del asunto. “Si es cierto que el cada vez más invasor mundo de la apariencia puede causarnos miedo –y, a mi juicio, en ciertos aspectos justificadamente– no es menos cierto que en la servil aceptación de la apariencia hay, por otro lado, una especie de miedo a la realidad”.
Es necesario, una vez más, realizar una distinción terminológica: si cuando nos referimos a lo virtual lo hacemos teniendo en cuenta su variable digital, lo virtual no es lo contrario o diverso a lo real, sino a lo físico. Lo digital es real, pero todavía sigue discutiéndose si es o no material. Creo que lo que causa incertidumbre –incluso paranoia, miedo y angustia– es la falta de control sobre estos nuevos repartos mencionados por Augé. O dicho de otro modo, las relaciones culturalmente inestables entre lo que denominamos digital y lo que conocemos como ficción.

Cambios culturales
¿Tiene razón Calamaro cuando dice que Twitter es literatura? Creo que deberíamos seguir preguntándonos si lo que entendemos como autonomía de la ficción no pertenece a un período agotado o a punto de agotarse. Con esto no quiero decir que vivamos en la ficción total o que la realidad terminó devorándose a la ficción por completo. Muy por el contrario, tiendo a pensar que todavía sabemos muy poco sobre esta creciente geografía de repartos entre lo ficcional y lo real. Que aún estamos lejos de conocer el presente (y mucho menos el devenir) de las relaciones íntimas entre lo digital y lo ficcional.
Pero los síntomas no se reducen –en absoluto– a Internet y sus efectos. Por un lado, una artista como la británica Tracey Emin –quien expone por estos días en el Malba– es célebre por exhibir una versión de los traumas de su autobiografía en espacios de arte. Por más que la autobiografía sea un género –con todas las codificaciones que esto implica–, Emin lleva explícitamente su vida personal al museo o la galería. En su reverso, otra artista como la argentina Marisa Rubio interpreta personajes de ficción sin nada que señale que está actuando. Así, con nombres inventados, ha dado clases para construir mandalas –a partir de saberes simulados– o participado, con identidades igualmente de fantasía, en programas de televisión dedicados a conflictos personales o sociales. “Mi interés es fundamentalmente interactuar con distintos circuitos o dimensiones dentro de la realidad mediante perfiles diseñados para cada caso –declara Rubio– y que esa interacción sea autosustentable e independiente una de otra.” A partir de estas experiencias, la artista desarrolla una teoría “sobre el análisis de los límites de la actuación fuera del escenario”, donde desarrolla personajes con los que opera en el mundo real.
¿Una estética es el negativo de la otra?¿Se complementan? ¿Son los dos extremos de un mismo fenómeno? ¿Dos versiones extremas de la tauromaquia autobiográfica de Leiris en el siglo XXI?
Por otra parte, los artistas rosarinos Mauricio Caiazza e Inés Martino, que llevan adelante el colectivo Compartiendo Capital, presentaron entre 2003 y 2005 el proyecto PincheCable, en el cual, mediante un folleto, proporcionaron instrucciones precisas sobre cómo colgarse ilegalmente a una conexión de cable. Fueron entonces demandados penalmente por la empresa de TV por cable, acusados de “instigación a cometer delito”. Cuatro años después, mediante una apelación, fueron absueltos, invocando los beneficios de la autonomía artística. “En vez de amedrentar, la insistencia de la empresa de TV por cable otorgó una inesperada visibilidad a una práctica estético-comunicacional que, por otra parte, ya se encontraba desactivada”, comentaron entonces. No es menor que se presenten enunciando: “Internet no cambió nuestra manera de ver y entender el mundo. Internet ES nuestra manera de ver y entender el mundo, nuestro modo de consumir y relacionarnos”.
Cada vez se hace más evidente que el lugar de la ficción es cada vez menos evidente. ¿Cuántos cambios culturales implican estos movimientos? La interacción de lo ficcional y lo digital –entendidos en toda su amplitud, en cada uno de los efectos culturales que ocasionan– siguen redefiniéndose. Seguramente sea tiempo de volver a parafrasear a William Gibson cuando dijo “el futuro ya está aquí, lo que ocurre es que no ha sido equitativamente distribuido”.