25.1.12

¿Por qué escribe usted?

"Si la pregunta ¿Por qué escribe usted? la animara la inteligencia defectuosa o frívola lo percibiría, seguido. Como también repararía si su emisión procediera del vecindario del reproche. Pero, no. Se trata de una pregunta honesta, motivada por el deseo de adentrarse en el laberinto de la vocación escrituraria, sinceramente interesada en los procesos creadores que culminan en lo que se nomina, empeñosamente, la obra"



Luis Rafael Sánchez, Humanista del año 1996
A mi vocación literaria, a mi modo de enfrentarla, a mis ciclos de euforia creadora o de silencio penitenciario, se les suelen pedir más cuentas de las que yo, razonablemente, puedo dar. Como si quienes me piden las cuentas, los lectores habituales o circunstanciales, hubieran separado para sus personas el derecho a preguntarme, sin explicaciones previas, de buenas a primeras, ¿Por qué escribe usted?

Taimadamente, como quien devuelve el golpe, yo debería responder a la pregunta con otra, ¿Por qué lee usted? Pues el escribir y el leer formulan una hechizada conversación entre dos personas que aman lo mismo: los movedizos contenidos de la palabra. Si el lector anda, siempre a la búsqueda del libro que le regale satisfacciones, el escritor anda, siempre, a la espera del lector que tienda un firme puente hasta las orillas de su libro, un lector dispuesto a transformar el libro en el boleto para un viaje singular si bien de apariencia inmóvil. Cuantas veces el lector asume su papel, la obra resucita de la tumba del libro, se replantea la armonía de su construcción. Cuantas veces el escritor presta la voz suya a la voz de la obra, ésta renace, ésta recupera su antigua novedad.

Si la pregunta ¿Por qué escribe usted? la animara la inteligencia defectuosa o frívola lo percibiría, seguido. Como también repararía si su emisión procediera del vecindario del reproche. Pero, no. Se trata de una pregunta honesta, motivada por el deseo de adentrarse en el laberinto de la vocación escrituraria, sinceramente interesada en los procesos creadores que culminan en lo que se nomina, empeñosamente, la obra. Se trata de una pregunta en que parece sintetizarse la sorpresa que suscitan las manifestaciones del talento dedicado a levantar realidades autónomas con las palabras como material único y los signos de puntuación como los moldes que expanden o que restringen las palabras.


Elogio del punto y de la coma

A la coma no se le ha dado el reconocimiento que merece como la indicadora de la respiración pulmonar del texto. Tampoco se han valorado las posibilidades semánticas del punto. Aunque en dos obras capitales de nuestros días, Esperando a Godot y El lugar sin límites, al punto se le encarguen unas funciones que desbordan el mero dar aviso del final de la oración. Unas funciones que inciden en el acto de caracterizar los personajes, de perfilar sus insuficiencias, por un lado. Y por el otro, de propiciar unas atmósferas de mortificación y de embriaguez moral. El nihilismo becketiano, el desempleo existencial de Vladimir y Estragón, navegan entre los puntos de sus conversaciones truncas, mientras esperan al dichoso Godot, ese desconocido cuya informalidad lo lleva a posponer su comparecencia, una y otra vez. Y la personalidad oculta de Pancho Vega, un protomacho hispanoamericano afectado por la sexualidad ambigua, avanza entre los puntos suspensivos con los que José Donoso desgrana sus reveladoras, sus pavorosas pesadillas.

El lector como el autorizador

Porque la literatura, aunque se modela en las apariencias de la realidad, constituye una realidad autónoma, una realidad de tal manera independiente que promulga las leyes que la sustentan. Al margen de que la crítica ensaye, periódiocamente, unas teorías explicatorias, cuyo afán de novedad amenaza, en ocasiones, la sencilla intelección, al margen de que los procesos literarios de canonización o los tejemenejes mercantiles empañen la amable sorpresa de la imprevisión, la obra literaria retiene una integridad impostergable, una integridad resistente a los desafíos del lector. Quien es, por otra parte, quiéralo o no, lo repetimos, el sujeto que reactiva la belleza o la resonancia, la complejidad o la transparencia de la obra, cuantas veces se sienta a leerla, cuantas veces se sienta a autorizarla.


En fin, que si bien la razón de la obra artística no hay que buscarla fuera de ella, aunque en ella se impliquen la cultura de la época y la biografía sensorial del autor, corresponde al lector resucitarla del libro, enjuiciarla, compartir la noticia de su hallazgo, revitalizarla con la interpretación convencional o arbitraria. En fin, recorrer los caminos recorridos por el talento de quien la firma. Un talento que, por cierto, día a día, con mayor convicción, yo asocio con las benditas iluminaciones de la paciencia.

Las bendiciones de la paciencia

La palabra paciencia parecería restarle mérito y prestigio divino a la escritura, parecería restarle luz angelical, eternidad. La palabra paciencia parecería destinada a los usos corporales como el deporte y las faenas asociadas al desempeño físico. La palabra paciencia parece ajena o forzada a la hora de juzgar la escritura.

No lo es.

A ella, a la paciencia, hay que responsabilizar, esencialmente, por la florida del talento, a la paciencia ascendida a pasión, a la paciencia que hace inefectivo el tópico romántico de la inspiración o el estado de gracia. Convengamos, en que aún pervive el lastre romántico de que el escribir literario se efectúa tras un arrebato, un trance casi místico, o una posesión sobrenatural.

Desde luego, hay días especiales en que la sensibilidad o la inteligencia se agudizan, se hacen más patentes, fluyen con tanta fertilidad y naturalidad que parecen haber sido determinadas por una conciencia superior. Con la especialidad de esos días, dos poetas hispanoamericanos hoy circunscritos a un lugar secundario en las historias literarias, Juana de Ibarboru y Porfirio Barba Jacob, han compuesto unas salutaciones optimistas que han quedado como un inesperado aparte en sus obras completas.


Pero la poca frecuencia de esos días que la sensibilidad y la inteligencia, por sí solas, apenas si producen el combustible suficiente para que el arte se logre, apenas si garantizan la energía necesaria para que la obra empiece a cimentarse, palabra a palabra, oración a oración, párrafo a párrafo hasta su final convertimiento en una estructura sólida, espaciosa, duradera, ¿Qué otra cosa es Don Quijote de la Mancha, además de un universo atestado por la grandeza espiritual, sino una perfecta e inconfundible construcción verbal, una deslumbrante y deslumbrada? ¿Qué otra cosa es Cien años de soledad, además de una saga en donde toda pasión halla su asiento, sino una edificación monumental en la que una sola palabra, soledad, posee el virtuosismo de ser la llave que abre y que cierra las vidas? Martillo, condúceme al corazón del misterio suplica Enrique Ibsen; súplica entre aturdida y emocionada, que servirá como su epitafio. La súplica a la humilde pero útil herramienta patentizada el camino de trabajo, de esfuerzo, de confiada dedicación por él seguido a la hora de dar forma a sus grandes ficciones, Casa de muñecas, El enemigo del pueblo, Las columnas de la sociedad, Espectros.

La inquebrantable voluntad de decir, la necesidad visceral de encontrar una expresión original, pueden listarse entre las consecuencias de la paciencia, como también el ideal lopista de que el verso claro levantara de un borrador oscuro. Y ese otro monstruo de la naturaleza, Pablo Picasso, cuyas creaciones imponen su nombre en toda nómina del arte como sublevación, del arte como la traducción inobjetable de lo informe a lo perceptible, aclaraba, entre ufano y jactancioso- Yo no busco, yo encuentro. El pregón de sus encuentros no era más que la declaración de su capacidad para volcarse en el trabajo, su indisoluble voto matrimonial con la paciencia.

Pero, volvamos al punto de partida.


Selección de algunos de los libros publicados por Luis Rafael Sánchez
Interrogatorio francés


La última vez que oí la pregunta ¿Por qué escribe usted? fue por boca de un periodista del parisino Liberation, Jean Francois Fogel, a quien se le encargó, junto a su colega Daniel Rondeau, la confección de un número extraordinario que acogería las respuestas dadas a la misma por escritores del mundo entero. El número tenía un antecedente honroso.

En el año 1919 el periódico Liberation hizo la misma pregunta a Paul Valery, Louis Aragon, André Breton, Paul Eluard y otros escritores franceses que, con el paso del tiempo, fundamentarían su hacer literario en la audacia irrestricta. Eluard ya había escrito el poema donde aparece el verso Buenos días tristeza, que años después, daría título a la novela precoz de Francoise Sagan y, muchos años después, a una balada para el lucimiento de la voz entrecortada de Isabel Pantojas, una cantante cuya vida sentimental tiene el tempo de un pasodoble triple.

En cambio, Breton no había publicado los manifiestos surrealistas ni recalado en el México lindo y querido, como tampoco Valery había publicado ese cuerpo lírico, sin par, que constituye El cementerio marino. Pero, ya se reconocía en sus obras tempranas una práctica literaria avanzada e indomable; práctica que habría de remontar hasta dar pie a las obras citadas. Unas obras que, acaso, hallaron la motivación adicional en los desastres de la guerra recién concluida y que pasó a llamarse, adecuadamente, Primera Guerra Mundial. Como si se intuyera o se supiera que, en lo adelante, jamás podría haber conflictos bélicos aislados, porque ya el universo consignaba su nueva y definitiva forma- la de una temeraria sopa de aldeas. Como si se intuyera o se supiera que las nociones políticas y culturales de centro y periferia, de ortodoxia y marginalidad se aprestaran a sufrir una socavadora revisión.

Frágiles y esquivas marchan las palabras

André Maurois escribió, como conclusión de su apretado y excelente ensayo sobre la obra de André Gide, que la función del escritor reside en construir un edificio y la del lector en ocuparlo. Acaso, quienes me preguntan ¿Por qué escribe usted? son lectores ávidos de ocupar mis edificaciones literarias, a los que les parecen semejantes el propósito y la manera. Es decir, seguidores de mis invenciones que, motivados por su devoción, se allegan a mí con el santo y seña que consideran menos levantisco.

La recurrente pregunta, que la redime la buena intención, coloca la escritura en el apartado del hacer arbitrario y dispensable. Detrás de la misma se parapeta la sospecha de que el trabajo del escritor no pasa de ser un pasatiempo que no responde a jefatura alguna, un entretenimiento flexible que se cultiva a deshora y en cualquier lugar. Hasta tumbado bajo la sombra de un pino, hasta en la holganza asociada con la cama y con la hamaca. Esto es, como una actividad libre de tensiones y sudores, como una variación del recreo o el asueto, como un devaneo por los días y las horas del desocupado escritor.

Porque sólo la desocupación amable y sin problematizar autorizaría un hacer con palabras, un hacer inexacto entonces. Que entre palabra y palabra hay corredores secretos y puentes levadizos como afirma el gran poeta José Gorostiza cuando se arriesga a precisar la dificultad que encara la poesía. Y por medio de un homenaje en prosa al diccionario, pareable en la eficacia y la belleza a la Oda al diccionario de Pablo Neruda, un muy brillante escritor dominicano, Manuel Rueda, celebra las dificultades que éste resuelve. ¿No tendrá, por tanto, la pregunta ¿por qué escribe usted? un poco de reconvención, de llamado a la cordura?

A un médico cirujano nadie le pregunta por qué realiza la operación, a menos que se necesite conocer, a profundidad, el estado del paciente. Que habrá de ser un familiar cercano puesto que la pregunta huelga si se trata de primos, tíos o vecinos. Tampoco a un albañil se le pregunta por qué mezcla el cemento y la arena, ni a una cocinera por qué adereza las legumbres que juntó en la escudilla. ¿Quién le pregunta al bombero por qué apaga el fuego o al abogado por qué defiende al criminal? Todo oficio o profesión define su hacer y su alcance en cuanto se nombra: costurera, aviador, mecánico automotriz, sepulturero.


¿Serán respuestas o serán coartadas?

En cambio, insistentemente, se pregunta a quien escribe por qué lo hace. Tal como si tratara de un asunto turbio o delictivo, un asunto a sospechar, un asunto volátil o impráctico. Algunos escritores, que muy pronto repararon en que la pregunta se la podían espetar a la primera oportunidad, han patentizado una respuesta que les permite salir del paso con gracia y con chispa. De entre las numerosas que circulan, a punto ya de integrar un volumen grueso e ingenioso, prefiero las de dos escritores de excepcional reciedumbre, a los que tengo por amigos, Gabriel García Márquez y Juan Goytisolo.

El primero ha acuñado una respuesta que no huele a guayaba pero sí a fragante trampa- Escribo para que mis amigos me quieran más. La respuesta tiene mucho de greguería. Aunque en la greguería ramoniana el resorte insólito se le encarga a la paradoja. Además de confirmar el carácter retozón del colombiano universal, la respuesta plantea un formidable ardid. García Márquez confiesa que escribe para endeudar a los otros con el cariño, para satisfacer la expectativa a propósito de su genialidad creativa. Juan Goytisolo, más enigmático que Gabriel García Márquez, más apegado al ideal de la escritura compleja, dice que cuando sepa por qué escribe dejará de hacerlo. La respuesta sugiere que en cada obra suya se elabora, inconscientemente, una teoría del autoconocimiento, la búsqueda de una respuesta cuya fatalidad radica en su posible hallazgo.

Por otro lado, Rosario Castellanos, la admirable escritora mexicana, expresa que da por no vivido lo no escrito, una paráfrasis feliz de los versos de Jorge Manrique- Daremos por no venido lo pasado- Una pregunta apropiada para hacerle a Rosario Castellanos sería ¿Por qué vive usted?


Ando convencido de que la pregunta ¿Por qué escribe usted? contiene otras preguntas como contiene varias cajas la sorprendente caja china; que la pregunta esconde un doble fondo, como lo esconden los baúles de los cuales escapan los magos ante el aplauso del público agradecido por la eficacia de la trampa.

Aún así, como la pregunta recurre; como parece que deba darle una pregunta fluida y convincente, tarde o temprano; como suele formularle una persona joven, a lo mejor atemorizada por los compromisos a que empuja la vocación artística, he empezado a razonar, lápiz en mano, por qué escribo.



Quíntuples representación en el teatro de la Universidad de Puerto Rico
Poco a poco, sin nada de alboroto


No les extrañe que sea ahora cuando me dicido a llevar a cabo tan poco promisorio inventario. A la madurez de los años le agradezco, públicamente, la rebaja de la ansiedad que, en muchas ocasiones, ha sobresaltado mi vocación literaria, llevándome asumir en el silencio penitenciario a que ya hice referencia. Una ansiedad que, por otro lado, me ha salvado de rebajar la escritura a producción industrial, de confundirla con la grafomanía megalómana, de ceder a la tentación de dar gato por libro. He publicado lo que he creído pertinente, responsable y necesario si bien ha caído, en ocasiones, en lo que algunos de mis buenos amigos llaman el pecado de la inedición. También explica que sea ahora que los años tañen mi sonata de otoño, ahora que vivo una feliz reconciliación con la complejidad de mi persona, esa persona que poquísima relación guarda con los ruidos que le valen a esas dos hijas bastardas del trabajo y la paciencia que se llaman la fama y la celebridad, cuando acepto adelantar una reflexión introductoria, una reflexión en tono menor, de mi escritura, de sus voces, de las razones que concurren en ella.

Créanme.

Yo nunca he tenido el temperamento exigido para mentir en la vida, a riesgo de desilusionar a los que aman el embuste sin temer a sus consecuencias. Yo sólo he querido, sólo he tratado de mentir frente a la página en blanco, empleándome en el trance precario de un dios menor pero diligente, un dios que adjudica destinos y resuelve dificultades, un dios que tira de los hilos de sus personajes con dispendiosa piedad, un dios tan pobre que su cielo está en la tierra.

Intento, pues, una especulación para dar con la imposible respuesta. La especulación se apresta a reconocer que la escritura se visualiza, mayoritariamente, como un pasatiempo que consigue para su cultivador una cierta notoriedad. La especulación postula, en segundo lugar, que el hecho de escribir lo sostienen unas razones que van más allá del escribir mismo- la fama, el dinero, los viajes, la imagen de estrella.

Desde luego, no hablo del escribir formularios, solicitudes de empleo, informes, cartas de negocios; del escribir tildado de grafía mecánica y que se realiza tras un entrenamiento de carácter elemental. Desde luego, hablo del otro escribir, el escribir a plenitud, el que abreva en la fuente de la imaginación, el que se compone con sugestivas cadencias o se levanta sobre la página como una impasible escultura de palabras, el escribir obligado a encontrar el tono preciso antes de asentarse en la página.

Hablo del acto de escribir que, a falta de otras explicaciones coherentes y racionales, se intenta definir mediante algunas metáforas que aluden al tormento, a la angustia y a la guerra. Como la metáfora de los demonios. Como la metáfora de las obsesiones circulares. Como la metáfora de la batalla con el ángel. En fin, el escribir trabajoso, el escribir precario, el escribir asaltado por la duda, el escribir peleado con la arrogancia- esa hermana gemela de la ignorancia.

Hechas las introspecciones de rigor, tras repasar en el frágil archivo de la memoria unas cuantas de mis obras, puedo entonces confesar que, en términos generales, escribo para entablar un diálogo crítico, vivo, a fuego cruzado, con mi país y con mi tiempo; para mediar entre los asombros producidos por la realidad que me rodea y mi persona que la padece. Lo que es un riesgo excepcional si se vive en las Antillas, si se es hijo del Caribe, ese alucinante archipiélago de fronteras.

Mar Caribe, alárgate en mi espíritu

De todas maneras fronterizo es el Caribe, de todas maneras mezclado. Hasta el extremo de que sólo una paradoja tiene la competencia dialéctica para caracterizarlo. Lo único puro en el Caribe es la impureza. La mescolanza racial, la mescolanza idiomática, la mescolanza religiosa, la mescolanza ideológica, la mescolanza política, la mescolanza de las disímiles pobrezas, hacen del Caribe un lugar desgarrado según la óptica de Palés Matos y Jean Alex Phillips, de Jamaica Kincaid y Reynaldo Arenas; un lugar de municipal raigambre según la óptica de Derek Walcott y Marcio Vélez Maggiolo, de Aimé Cesaire y Ana Lydia Vega; un lugar descorazonadamente exótico según la óptica de Graham Greene y V.S. Naipaul. A la vez, un lugar duro y amargo para los propósitos del arte, un lugar destructivo sobre todo. Que en las geografías donde manda el hambre el artista viene condenado a cumplir el papel del paria o del comediante, del extranjero en casa o del asqueante adulador del poder, del mal visto tejedor de la historia de la tribu accidental como llama Fedor Dostoeivski al país donde se nace.

Aunque de agua o de sal sean los barrotes un país con forma de isla es un país con forma de cárcel. Tarde o temprano, el Caribe le impone al caribeño la emigración, la errancia, el exilio. Si la emigración se legaliza el viaje tiene como su transporte legal la guagua aérea. Si la emigración se ilegaliza, si se provoca la fiereza de los mares, si se desafía la hambruna de los tiburones, el viaje tiene como su transporte la yola, la balsa.

Desde las islas que la revistas de viaje catalogan de paradisíacas, hasta las islas que las agencias noticiosas catalogan de conflictivas, el Caribe lo integra un hervidero de falsas postales. Detrás de las fachadas idílicas se arrastran unos países con hambre de comida, de alfabetización y de justicia. Detrás de las fachadas conflictivas serpentean unas castas que apartan para sí los más inesperados privilegios.

Escribo, también, para compartir la satisfacción y la dicha que me inspiran el ser un hombre caribeño. Un hombre caribeño, oriundo de Puerto Rico, de señas mulatas- la piel prietona, la nariz ensanchada, los labios abultados, el pelo rizoso.

De forma abreviada gloso el comentario anterior, pues quisiera ponerle impedimento de salida a lo que sepa a demagogia, lo parezca o lo sea



Indiscresiones de un perro gringo

Yo no tengo la culpita, oigan queridos hermanos

Nunca he practicado la ilusión de provenir de otro lugar del que provengo. Tampoco me ha ilusionado ser otra persona diferente a ésta que soy. A la vez, porque nunca se me ha hecho sana, inteligente o tolerable la idea de que hay un mérito intrínseco en la procedencia nacional, advierto que nunca me ha robado el sueño la imposibilidad absoluta de ser, por ejemplo, estadounidense.

Además, tal sueño me ha parecido siempre el colmo de la aberración, el paradigma superior de la tontería. Sin la necesidad de estafar la propia naturaleza, afincado hasta las entretelas en lo que uno es, sea hombre o mujer, blanco o negro, amarillo o mestizo, religioso o agnóstico, europeo o novomundista, heterosexual u homosexual, joven o viejo, puertorriqueño o estadounidense, hay suficiente aventura y significación, hay complejidad y destino de sobra, como para poder adelantar cualquier vocación, como para poder vislumbrar cualquier proyecto.

En ese sentido, en el hecho de ser puertorriqueño sin traumatismos ni compunciones, sin ceder un ápice a los peligros de la victimación, echando mano del patriotismo cuando ha sido menester pero desacreditando la patriotería cuando ha sido necesario, he buscado, hasta encontrarlos, los materiales con que construir mi obra. Una obra que ha tenido como reiterado eje el diálogo, sin ambages, con mi tribu accidental. El diálogo se ha amparado en eso que un distinguido puertorriqueño, hombre de letras, Arcadio Díaz Quiñones, llama la continuidad de la mirada. Esto es, la observación interminable, hasta los abismos de la obsesión, de mi país puertorriqueño. El país que me acompaña por doquier. El país cuya canción, dulce o amarga, quiero cantar, inevitablemente.

No se me escapan los riesgos del plan. Y a veces me quejo, de mí y ante mí mismo, por no haber hecho una literatura aún más mía en mí, más contaminada por los dictámenes de la carnalidad y el instinto, más sometida a las movedizas leyes del deseo, más receptiva del amor como un sometimiento que formula su poderío en la irracionalidad.

Otros cuadernos del país natal

No obstante, desde que se publica la colección de cuentos En cuerpo de camisa, he querido hablar, ahora amorosamente, ahora furiosamente, de mi país; he querido, poco a poco, textualiarlo, ahondar en las posibilidades de su fisonomía y de su tipicidad, conjuntar algunos de sus rasgos tajantes. Aunque sin olvidar la verdad de que todo país se configura con una pluralidad de temperamentos y de visiones, de miradas enfrentadas y de indistintas apuestas a los azares del destino. Aunque sin desatender la verdad de que en la geografía moral de un país caben miles de países ensoñados. Hasta en los países cuyos gobiernos representan, en tandas corridas, la comedia de la igualdad a ultranza, la realidad subvierte los reclamos de una taquilla exitosa.

Repito, yo escribo para dar noticia al mundo de mi país. Lo hago porque ha sido en los libros donde he bebido el aliciente para enamorarme, perdidamente, de un lugar particular, de la gente que lo habita y lo modifica, lo vitaliza y lo espiritualiza.

Por ejemplo, amaba a Bahía antes de conocerla, un amor inducido por las novelas sensuales firmadas por Jorge Amado. Con igual fuerza amaba a Madrid antes de conocerla, un amor inducido por las novelas del genial Pérez Galdós. Acaso, más que a Madrid, a las calles que se hacían camino en La de Bringas, Fortunata y Jacinta, Miau, las novelas de Torquemada; esa Madrid de calles vetustas y paredones maculados.

Uno y otro, Jorge Amado y Benito Pérez Galdós, colocan la ciudad en el centro del conflicto novelesco, de manera que los avatares de los personajes no se conciben fuera de ella. Una Bahía más parecida a Africa que a América, puesta en evidencia por un Jorge Amado promotor de la magia. Una Madrid chismosilla y aldeana, puesta en evidencia por un Benito Pérez Galdós de perpetuo adosado a la realidad.

Tempranamente, cuando mi vocación apenas si era el balbuceo de un muchachón del caserío Antonio Roig, en Humacao, ciudad oriental de Puerto Rico, desinformado y mal formado, dueño de una vida que apenas sabía hacia dónde iba a encarrilarse, uno de ellos me dio una lección formidable. Más allá de escenografía, más allá de lugar de la acción, más allá de recinto histórico, la ciudad cumple la misión del ojo de las tormentas personales. El otro, más tardíamente, cuando mi vocación letrada empezaba a echar sus bases, me dio otra lección inolvidable. Todos los colores le sirven a la sensualidad, hasta el burlado color local; ese color local que en la novelística de Jorge Amado, por efecto de su ilustre paleta, asciende a color universal, a color primer mundista.

Escribo, también, para recuperar las lejanas vivencias de la persona cuya presencia en la tierra la reconoce el Registro Demográfico bajo dos apellidos y dos nombres, Luis Rafael Sánchez Ortiz, hijo de Luis Sánchez Cruz y Agueda Ortiz Tirado, panadero el padre, bordadora en el bazar de Josefina Reyes la madre. Cuando la familia, que completaban Elba Ivelisse Sánchez Ortiz y Néstor Manuel Sánchez Ortiz, se mudó a San Juan, cuando arriesgó su caudal de ilusiones en las sabanas enfangadas de Puerto Nuevo y Caparra Terrace, mi padre pasó a ser policía insular y mi madre pasó a ser empleada en una fábrica de zapatos baratos llamada Utrilón.



Luis Rafael Sánchez
Los que viven por sus manos y los ricos


Cuando retomo los nombres de mis padres retomo la clase social que me origina. Una clase social que en el caserío subsidiado por el gobierno tuvo su anclaje inicial, una clase cuya certidumbre más legítima era la pobreza.

Entonces, sin que la afirmación se equivoque con los suspiros reaccionarios de la nostalgia, Puerto Rico era pobre de otra manera. Entonces, de la instrucción con miras al diploma se encargaba la escuela y de la educación restante se encargaba el hogar. Tres nortes guiaban aquella educación hogareña, tres nortes resumibles en tres letanías repetidas, mañana, tarde y noche. Porque, justamente, a la repetición se le atribuía un valor pedagógico.

Pobre pero decente.
Pobre pero honrado.
Pobre pero limpio.

La pobreza se aceptaba como un hecho alejado de la política, como un acontecimiento inmodificable a no ser por la vía del trabajo arduo. La pobreza se confrontaba como un desafío individual. De ahí la imperiosidad de la conjunción adversativa. La decencia, la honradez, la limpieza, elevadas a señas morales o virtudes a ser desplegadas por los pobres en toda ocasión y lugar, no estaban sujetas a la transigencia. De los ricos no había por qué esperar que fueran decentes, honrados o limpios, porque los ricos contaban entre sus incontables lujos el poder vivir de espaldas a la opinión. Para eso eran ricos. Para poder ser y hacer lo que les daba la gana, cuando le viniera en gana, como les viniera la gana.
Esos códigos rígidos educaron a la inmensa mayoría del país puertorriqueño hasta antier. Después, cuando la pobreza empezó a apropiarse de los valores y los rencores de la clase media, cuando la pobreza a la antigua empezaron a difuminarla las hipotecas bancarias y el prestamito para ir a esquiar a Vermont y a Colorado, cuando el progreso estalló en la cara del país como si fuera una bomba de demoledora potencia, aquellos códigos rígidos dejaron de observarse. Hasta el lamentable extremo de que la pobreza desaseada se convirtió en otro aprovechado disfraz de la pequeña burguesía- el mahón deshilachado pero de marca Levis, el jean roto en las rodillas pero de marca Pepe. Hasta el amargo extremo de que la pobreza fue atendida como otra de las posibilidades de la estética.

Colofón

Sin que resulte dogmático uno puede suscribir la vieja idea de que en toda obra literaria hay biografía, que la persona del autor asoma, ya de manera principal o secundaria, ya ubicua o frontalmente. Los puertorriqueños tenemos, como apeaderos notables de nuestra identidad colectiva, el son, el mestizaje y la errancia. La nuestra ha sido, destacadamente, una cultura callejera, una cultura del vocerío y la estridencia. Mi obra no quiere hacer otra cosa que biografiar, más que mi persona, mi país. Más, no el plácido que halla su deformación en la postal que lo promociona como un paraíso sin serpiente. El otro país me interesa a la hora de literaturizar. El caótico, el despedazado, el hostil.

Mientras afilo las líneas de cierre me doy cuenta que escribo, en fin, para confirmar la vida como un tejido de bruscas y desapacibles testualidades.

Un bardo ilustre, cuya poesía más acendrada se trasvasa en la forma del bolero, reclama en uno de sus trabajos más difundidos, un aplauso al placer y al amor. Para eso, también escribo. Para aplaudir las grandes avenidas del placer, para hacerle terreno a las grandes ilusiones del amor. Decía Elías Cannetti, el inmenso escritor búlgaro, Todo se nos puede perdonar menos el no atrevernos a ser felices. También para eso escribo, para atreverme a ser un poco feliz.

fotos.fuente:enciclopediapr.org

24.1.12

Pensar en español es pensar con memoria

"Pensar nuestro tiempo con instrumentos que expresen lo que nos ocurre"

El camino abierto por María Zambrano está por recorrer. fotos. fuente:elpais.com

Un francés, un inglés o un alemán no se harían esa pregunta porque lo tienen claro. El hispanohablante, sí, por dos razones: porque pensar, pensar se hace en griego o en alemán, como dejó dicho Heidegger. La cosa no tendría mayor importancia si no fuera porque nosotros nos lo hemos creído. Cuando decimos que el español piensa narrando, es decir, haciendo literatura, estamos reconocimiento que lo nuestro es una forma de pensar menor. La segunda razón es la invasión de una industria cultural que se escribe en inglés, y eso tiene un inconveniente. Nos pasa lo que a aquel joven cubano que estudiaba economía con libros traducidos del ruso, pensados para problemas que no existían en la pequeña Cuba.

No se trata de reivindicar el pensamiento castizo, sino de pensar nuestro tiempo con instrumentos que expresen lo que nos ocurre, huyendo de conceptos abstractos que nada dicen o de categorías colonizadoras que tanto deforman. Durante más de veinte años hemos dispuesto de un laboratorio excepcional para calcular el punto en que se encuentra el pensar en español. Ha sido la Enciclopedia Iberoamericana de Filosofía, que está a punto de concluir. Para que la ingente masa de proyectos y publicaciones ahí reunidos de salto cualitativo, necesita identificar referentes cognitivos específicos que confieran personalidad al pensar en nuestra lengua.

Los principales son éstos. En primer lugar, la naturaleza de una lengua, el español, hablado por vencedores y vencidos; conquistadores y conquistados. Estamos ante una lengua que encierra experiencias enfrentadas de una historia común. Explicitar esas experiencias dará un colorido específico al pensamiento. Al pensar teniendo en cuenta la memoria, no tendrá cabida, por ejemplo, una teoría de la verdad que legitime algún tipo de injusticia.

En segundo lugar, el exilio. El pensar como exilio. Hay un antecedente en el judaísmo que durante siglos hizo de la diáspora una forma de vida y de pensamiento. El exilio, tantas veces padecido en nuestra historia, debería ser elegido como estructura cognitiva. El camino abierto por María Zambrano está por recorrer.

En tercer lugar, el barroco como figura cultural en la que cristaliza una forma de representación del EspañolCubierta mundo en la que encuentra acomodo nuestro modo de ser. Opción clara de la imagen sobre el concepto, con un añadido de gran actualidad: en la vida ocultada en las calaveras y escombros reside la posibilidad de un futuro diferente.

En cuarto lugar, el marranismo, esa experiencia que nos es tan familiar y que consiste en pensar nuestro presente desde un lugar ajeno. Como en el caso de Spinoza, "el marrano de la razón", se trata de superar el tiempo y el espacio sin refugiarse en la abstracción y sin renunciar al compromiso con nuestro tiempo.

Y, finalmente, el ensayo como forma de expresión. La filosofía, tiene por tarea "elevar su tiempo a conceptos"; el ensayo añade un matiz: eso hay que hacerlo desde el compromiso estético y ético. Estético, ya que se le exige belleza formal, capacidad representativa; y ético pues se pide al autor que ejerza de intelectual. El ensayista no puede ser sólo un académico ni un mero erudito: es un pensador comprometido con las angustias y esperanzas de las que habla.

La creación de una comunidad cultural iberoamericana debería tener como núcleo orgánico la pregunta por el pensar en español, una pregunta que se articula en torno a ejes como los aquí descritos.

María Luisa Bombal, la abeja de fuego

Cambió la novela chilena y hoy una película intenta saldar la deuda de su olvido.La autora de La amortajada dijo alguna vez que ser escritora era sinónimo de sufrir y su vida se convirtió en el fiel reflejo de sus dichos

LA VIDA INTENSA. Una película salda la deuda con María Luisa Bombal, la autora que cambió la novela chilena. foto.fuente:Revista Ñ

Fue una fascinación inexplicable. Dicen que la primera vez que María Luisa Bombal divisó a Eulogio Sánchez, algo la conmovió y tuvo la certeza de que ese hombre sería el gran amor de su vida. La encandilaban los hombres mayores y aquel amigo de la familia la esperaba junto a su madre y sus dos hermanas cuando regresó de Francia en el trasatlántico Reina del Pacífico. No tenían nada en común. Ella era una chica pálida, la más trágica de la carrera de literatura francesa en La Sorbona, y ávida escritora; él, un hombre casado, exitoso empresario e integrante de la milicia republicana, un movimiento de ultra derecha.

El romance siempre fue apenas: él, separado de hecho, la escondía, y ella se perdía entre sus ideas rumiantes. Tenían citas ocasionales con Eulogio, "¿amiga o amante?" se preguntaba, y María Luisa comenzó a trastabillar en medio de esa nebulosa que puede ser un amor cruel. En ese tiempo ya tenía fantasías sobre su muerte o la de Eulogio. Una noche, invitada a comer junto a su hermana Loreto y en la propia casa del miliciano, Bombal revuelve los cajones de las habitaciones y encuentra un arma. Se para frente a él, titubea y se dispara en el hombro derecho.

Tras ese incidente, viaja a Argentina intentando huir del final de su relación con Sánchez, le gusta Buenos Aires y su bohemia. Entre los intelectuales que visita conoce al pintor Jorge Larco, quien queda cautivado por su inteligencia. Él se convierte en su esposo... Fue un pacto, una unión piadosa.

El artista homosexual y ella, despechada, deciden sortear juntos la escasez de dinero y la soledad. Larco sigue con sus andanzas y ella quiere a su confidente, pero se siente atrapada en la mentira y todo termina mal. Sobrevive, como siempre, y escribe El árbol, artículos, guiones y vienen otros desamores. La mala suerte no le da tregua y se acerca el incidente, el punto de inflexión que quebró su carrera entre un antes y un después. La muerte en vida.


La deuda con Bombal

Ese claroscuro de la escritora fue lo que Marcelo Ferrari (Subterra), director de la película, quiso rescatar. La cinta, con estética de cine negro, plantea esa tensión permanente entre las páginas policiales y las de cultura en la que quedó situada la biografía de Bombal. Su autodestrucción y Eulogio Sánchez, son el contraste del brillo de la mujer que cambió la novela chilena. ¿Qué sucede a una amante obsesiva sin su objeto de deseo?, parece ser la pregunta y la extinción fue su respuesta.

Para Ferrari, otros de los padecimientos de Bombal fue ser una mujer libre en una época donde a las señoras sólo les quedaba la sumisión entre las cuatro paredes de inmensos caserones. "Ella tomó la vida con la intensidad que creyó que merecía ser vivida. Más que adelantada de época, fue una mujer sin época. Espero que la gente la lea después de conocer el corazón y la piel de la escritora", comenta el director.

Contraria a la pasividad femenina de la época, logró retratar en cada uno de sus personajes la incomprensión y existencia rutinaria a la que podía estar condenada una mujer. "Inconscientemente él se apartaba de ella para dormir, y ella inconscientemente, durante la noche entera, perseguía el hombro de su marido, buscaba su aliento, trataba de vivir bajo su aliento...", dice su personaje Brígida de El árbol.

Paula del Fierro y Ana María del Río, guionista y escritora, madre e hija respectivamente, fueron las encargadas de darle la voz a los años más intensos de Bombal. En seis meses, ambas aportaron las anécdotas y la psicología una mujer deslumbrante, pero presa de sus manías. "Para ella, matar a Eulogio hubiese sido perfecto, en un momento confiesa que no quiere salir de la cárcel, porque para ella fue terrible que Sánchez viviera. Quisimos tomar el momento que marcó su vida, cuando el personaje cambió, de ahí en adelante María Luisa se fue apagando", dice del Fierro.

Ana María del Río, que obtuvo el premio María Luisa Bombal por su novela Óxido de Carmen, se fue interesando de a poco en este personaje que había admirado desde su juventud. Sabe que el conocimiento de la escritora en Chile es escaso y se limita a la lectura obligatoria del libro La última niebla en la materia Lenguaje y Comunicación. Recalca que Bombal fue la precursora del modo 'indirecto libre' en Latinoamérica, prosa que además destaca por su elegancia y precisión. "Borges la respetaba por eso, fue una pionera en la narrativa latinoamericana. Su figura es centrífuga, uno va interesándose cada vez más en su vida y fue fácil escribir sobre una persona que tuvo ideas fijas", comenta.


Bombal en Argentina

Para muchos, la escritora fue una mujer singular, libre en una élite reprimida, erótica para otros puritanos, que además no fue profeta en su propia tierra, al igual que otras tantas historias que se le parecen. Mientras estuvo en Argentina, Pablo Neruda fue su mejor amigo y le dio el impulso que necesitaba. La apodó "la abeja de fuego", para describir la vehemencia esa chica menuda con flequillo, que siempre le pareció melancólica.

Conoció a Federico García Lorca, Oliverio Girondo, "Georgie" (Jorge Luis Borges) entre otros. Fue en la cocina del departamento de Avenida Corrientes de Neruda donde trazó La última Niebla, sin ser conciente de su valor. "Me creía universalmente insuficiente porque Eulogio no me quiso", repetía. Tenía 24 años, su primera novela y los críticos a sus pies. Parecía no importarle.

Persevera y escribe La amortajada, logró el éxito y una nueva relación con Carlos Magnini, un médico mayor de 62 años, pero aún la asaltan los recuerdos de Eulogio y decide viajar a Chile. Por el periódico ve la fotografía de Sánchez y a su nueva esposa. Llama a Magnini, pero él, en vez de regalarle palabras cariñosas, le dice al teléfono que se casó hace dos semanas con una mujer de 22 años. Cuelga el teléfono.

Eulogio y el doctor se hacen un sólo hombre en su cabeza. Vuelven los pensamientos insistentes y se aprende y repasa la ruta de Sánchez por el centro de Santiago. El hotel Crillón le parece el escenario perfecto, pierde la cuenta de las copas, lo sigue, la gente no existe, estaba posesa. Levantó el arma e intentando matar la mala fortuna. "¡Eulogio!, lo llamó por última vez, y se oyeron las balas, los gritos, y su confesión. "Soy la única culpable".


El ocaso

"Hay una deuda con ella como existe con otros artistas nacionales, los premios le fueron esquivos porque existió un grupo en la élite, los conservadores de siempre que la hicieron a un lado, y cuando las cosas no son como esperan, se lanzan con rabia. Por otra parte el alcohol acabó con ella y terminó su vida relativamente abandonada, luego que en Chile le dieran la espalda", afirma Ferrari, para describir los últimos días de la escritora donde todo se volvió difuso.

El final del camino comenzó en Estados Unidos donde otra vez su vida quedó envuelta en la bruma. Escribió guiones, se casó, tuvo una hija, fue madre ausente, todo como una especie de zombie, siempre abstraída. ¿Qué habrá pensado cuando Sánchez murió en un accidente aéreo en 1956? Sus ojos y esa veta triste fueron el preludio de su decadencia. De vuelta en Chile su salud se fue debilitando. En 1980 la internaron en el Hospital Salvador de Santiago, dejó de existir la madrugada del seis de mayo, producto de un coma hepático. "Todos los muertos que queremos están vivos", declaró alguna vez, aunque murió sola, tal y como temía.

Argentinoir

Dicen en Italia que Alfred Hitchcock no ha muerto, que vive en el cuerpo de una señora de Buenos Aires y hace novelas bacanas
La escritora argentina Claudia Piñeiro. foto: Leo Vaca.fuente:elmundo.es

¡Elementaaaal, boluuuuudos! Si los 'ragazzos' del 'Corriere della Sera' aseguran que Hitchcock, el mismo Alfred Hitchcock que dirigió 'Psicosis' o 'Los pájaros', entre otros muchos clásicazos, alias 'El Gordo', "es una mujer que vive en Buenos Aires", habrá que aplicarse un poco y empezar a leer las novelas de Claudia Piñeiro, la 'Miss Hitchcock' en cuestión, y hacerlo como si no existiese un mañana. E ideal, para comenzar, se muestra esta 'Betibú', su última novela, que se publica ahora en España, de la mano de Alfaguara, tras haber cosechado un enorme éxito en Argentina. Vuelta de tuerca al género negrocriminal e hiriente repaso a una sociedad devorada por la corrupción del poder, de las autoridades policiales y de los medios de comunicación. ¡Vamos, que por muy ambientada en Argentina que esté la cosa, podría perfectamente haberse escrito aquí, en casa, en esta desdichada España nuestra, país de negruras y horrores alentados por voraces primas de riesgo!

Basta con echar un vistazo a las reseñas que ha aparecido en los periódicos del otro lado del charco para constatar que Betibú va en serio. En 'El Atlántico de Mar de Plata': "Es mucho más que una novela. Es un pequeño manual de periodismo, pero no porque explique la técnica de cómo construir una buena nota en pirámide invertida, sino porque transmite –a través de sus personajes– el amor por una profesión. 'Betibú' es, ante todo, una novela exquisita e ineludible". En 'ADN': "La suya es a la vez una escritura de género y también una escritura popular. Como tal, al modo folletín de Eugéne Sue, es una literatura crítica, pero también recepcionista y consoladora". Y, finalmente, en 'La Nación': "Con 'Betibú', su reciente novela, vuelve a estar en el podio de los autores más vendidos. La muerte, los fantasmas, las claves de su literatura popular y el doble filo del éxito, según Claudia Piñeiro, primera dama del policial argentino". ¿Alguien da más?

Claro que sí. Ella misma. Doña Claudia 'Hitchcock' Piñeiro. Al regalarnos esta enérgica historia de crímenes y venganza en la que, en vez de buscarse un detective al uso, traspasa el caso a la redacción de 'El Tribuno' y adopta como investigadores a Jaime Brena, un viejo periodista de sucesos de los que echaron sus primer diente babeando tinta frente a una desvencijada Olivetti; a un pibe recién salido de la facultad que cree que va a encontrar todas las respuestas en Twitter, Facebook y Google; y a Nuri Iscar, la tal 'Betibú' del título, escritora de 'best-sellers' que anda de capa caída después de editar una última obra fallida y vive apartada del mundillo literario. ¡Ojalá pudiésemos contar por estos pagos con dos o tres Claudias Piñeiro! Pero no se puede tener todo. Ahí van tres impagables párrafos, extraídos de la novela, sobre el periodismo de nuestros días. ¡Prestad atención, porque contienen tres verdades como sendos puños! Es más, no tienen desperdicio. ¡Chau!

"¿Sabes cuál es tu problema, pibe?, mucho Internet y poca calle. Un periodista policial se hace en la calle. ¿Cuántas veces te escondiste detrás de un árbol, vos?, ¿cuántas veces llamaste a un testigo de un crimen o a un pariente muerto haciéndote pasar por el comisario Fulano de Tal?, ¿cuántas veces te disfrazaste para meterte en un lugar donde no te dejaban entrar? El pibe no contesta, pero es evidente que nada hizo de lo que le pregunta Brena. Acordate, pibe, mucha calle, ser entrador y mimetizarte con la situación: vos tenés que ser el ladrón, el asesino, el muerto, el cómplice, lo que haga falta para entenderles la cabeza. Y largá un poco la computadora, tanto Google te está haciendo mal".

"Hacételo, el tiempo, hacételo, y lee ficción. Si querés ser un buen periodista, tenés que leer ficción, pibe, no hubo ni hay ningún gran periodista que no haya sido un buen lector, te lo aseguro".

"Se sacan de encima empleados con sueldos que fueron ganando aumento a lo largo de los años y los reemplazan con periodistas recién recibidos que contratan por la mitad. Por eso pagan, para que se vayan. No importa que los nuevos conjuguen mal los verbos, que no sepan cuándo tienen que escribir concejo y cuándo consejo, o que confundan a Tracy Austin con Jane Austen. Ya lo corregirá alguien en el camino. Y si no, mala suerte. Lo importante es que los viejos y caros se vayan, sin prisa pero sin pausa".

Rushdie, furioso por una falsa amenaza de muerte

El escritor canceló a un viaje a Rajastán porque le informaron que los sicarios iban por él. Pero la policía niega tal amenaza
Salman Rushdie furioso por la falsa alarma sobre su muerte por aquella revivida fatua fundamentalista. foto:archivo.fuente:elmundo.es

El escritor Salman Rushdie ha acusado al Gobierno del Estado indio de Rajastan de inventar 'falsos informes de inteligencia' sobre una trama que pretendía asesinarlo.

Así lo informa la radiotelevisión pública británica, BBC, que ya la semana pasada anunció que la participación de Rushdie en un festival literario en Jaipur había quedado suspendida, dado que grupos de extremistas musulmanes planeaban atentar contre el autor de 'Hijos de la medianoche'.

Ahora, y según, de nuevo, la BBC, Rushdie dice sentirse enfurecido con las autoridades de Rajastán, porque considera que le engañaron.

"Estoy furioso, muy enfadado", ha escrito Rushdie en su cuenta de Twitter. Según el escritor, el Gobierno de Rajastán le anunció que "sicarios de los bajos fondos de Bombai podrían haber viajado a Jaipur" contratados por islamistas radicales para eliminarlo. Además, le recordó que algunos clérigos musulmanes de la ciudad habían protestado por su viaje.

Sin embargo, fuentes de la policía india niegan haber elevado ningún informe sobre amenazas a la adminitración de Rajastán. El Gobierno, sin embargo, dice que las acusaciones de Rushdie son infundadas.

El enredo alude a la fatua que Irán decretó en 1989 contra Rushdie por la publicación de 'Los versos satánicos', obra que Teherán consideró blasfema. Tras aquella sentencia a muerte, Rushdie tuvo que vivir escondido durante 20 años. En Rajastán, la población de religión musulmana representa el 8,5% del total. El partido del Congreso (laico) gobierna el Estado.


Tamaro retoma en su nueva novela el camino de 'Donde el corazón te lleve'

Para siempre, editada por Seix Barral, es la historia de Matteo, un cardiólogo que aún busca reconciliarse con la muerte de su esposa
La escritora italiana Susanna Tamaro. foto:Mondelo. fuente:lavanguardia.com

Susanna Tamaro
retoma el camino que empezó hace casi veinte años con Donde el corazón te lleve en su nueva novela, Para siempre, que comparte con su exitosa obra "la senda de la oscuridad hacia la luz y la reparación del corazón", ha explicado hoy la autora italiana en una entrevista con Efe.

Para siempre (Seix Barral) es la historia de Matteo, un cardiólogo que aún busca reconciliarse con la muerte de su esposa, ocurrida quince años atrás. Un relato escrito en forma de parábola y en el que reaparecen otras obsesiones de la literatura de Tamaro.

Aunque también se encuentran nuevas facetas, como el protagonismo de un hombre frágil. "He escrito sobre tantos hombres detestables en mis libros que de alguna manera le debía al género un hombre profundo. Pienso que en la literatura contemporánea, al menos en la italiana, faltan este tipo de figuras masculinas", afirma.

En el libro se reflexiona sobre una crisis existencial que Tamaro había anticipado en sus inicios literarios. "Esta crisis yo la llevo viendo desde hace veinte años, desde que empezó a existir una ausencia de ética", explica.

Ahora que la crisis se ha hecho patente en el mundo, la escritora italiana la relaciona con "la renuncia del hombre a sus capacidades extraordinarias, que la tecnología nos ha hecho olvidar".

Tamaro precisa que no es una tecnófoba, pero considera que las tecnologías generan una incomunicación por la que -dice- "nos perdemos las cosas más bonitas de la vida".

"Un día puede suceder algo que nos cambie la vida para siempre y no seremos capaces de verlo", añade.
Tanto la escritora como el protagonista de su novela encuentran la salida a esta crisis en la soledad del campo, donde Tamaro vive ya desde hace veinte años y en el que encuentra el lugar para crecer.

"Soy consciente de que no todo el mundo puede vivir en medio de la montaña como Matteo, pero sí que necesitan encontrar un tiempo para pensar todos los días", señala.

La autora hace partícipe a sus lectores de estas reflexiones y en Para siempre interroga al lector sobre la muerte -"algo que me sublevaba y me parecía absurdo desde muy pequeña", señala- y la espiritualidad.

"¿Quién es Dios?", es la pregunta que repite el protagonista de Para siempre y a la que Tamaro contesta alejada de todo elemento católico, adjetivo que numerosas veces se ha utilizado en su contra. "La respuesta que a mí me sirve es que Dios es la vida que renace siempre, la vida que va hacia la vida", afirma.

Tras diez años personalmente "difíciles", Susanna Tamaro ha regresado con "Para siempre" al camino de la esperanza que trazó en "Donde el corazón te lleve", que lleva vendidos más de catorce millones de ejemplares en todo el mundo.

El éxito de ventas no le impide pensar que "sigue habiendo un punto de cortocircuito" entre el mercado literario y ella, pero la autora italiana tiene ya nuevos proyectos sobre la mesa.

"Quiero volver a escribir literatura infantil, aunque es un género más complejo", anticipa Tamaro, cuya última obra destinada a los lectores más pequeños, Il grande albero, vendió 700.000 copias en Italia.

La autora italiana no se olvida de las relaciones familiares y pretende escribir también una saga que recorra varias generaciones. "Yo tengo una historia familiar muy compleja a la espalda y creo que tengo material para hacer un gran libro", explica.

La actualidad también es un tema sobre el que escribe Tamaro que publica artículos de opinión en el periódico milanés Corrie della Sera, y que se muestra esperanzada ante la situación de su país.

"El gobierno técnico de Mario Monti está realizando las reformas necesarias para sacar a Italia de un sistema anclado en el Medievo", destaca.

Aunque también se muestra a favor de movimientos como el 15-M y "Occupy Wall Street". "Pienso que es justa una rebelión en nuestro mundo donde solo existe la apariencia y el tener, cuando el hombre es ser", concluye.

23.1.12

Todorov: "Hay que convertir la indignación en acción política"

"Para mí el futuro de Europa está ligado a un crecimiento de la comprensión e interacción entre estas diferentes partes"

Lingüista, filósofo, historiador, crítico y teórico literario de expresión y nacionalidad francesa, en 2008 le fue concedido el Premio Príncipe de Asturias. foto: Miquel Taverna. fuente:revistadeletras.net

El pensamiento de Tzvetan Todorov (Sofía, 1939) transciende cualquier forma de sociedad sea ésta líquida, sólida o de redes. Para él lo importante es no caer en las trampas de las utopías ni de las falsas promesas de paraíso, y confiar en las virtudes de la democracia y de la moderación. Con él acaba de arrancar la serie de debates «Virtudes», organizada por el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona (CCCB), que semanalmente y hasta el próximo 12 de marzo, traerá a pensadores de diversas disciplinas para que reflexionen sobre una virtud democrática. Todorov es la prueba más evidente de que hablar de moderación atrae audiencia: llenó por completo el teatro y se habilitó con pantallas una segunda gran sala.

Aprovecho su visita a Barcelona para preguntarle también por su último libro Goya a la sombra de las luces (Galaxia Gutenberg, 2011). Todorov ha encontrado en la obra de Goya la oscuridad y las sombras que el movimiento ilustrado –optimista redomado- no supo ver. Hace quince siglos, Simónides de Ceos describió la pintura como una poesía silenciosa; para Todorov las artes visuales tienen la capacidad de ser, con Goya, puro ensayo filosófico. La barbarie no desapareció con las luces de la Ilustración y eso Goya lo pensó con sus imágenes mejor que ninguno de los filósofos políticos de su tiempo. Goya es el pintor fundador de la modernidad y su obra, sostiene Todorov, contiene una lección de sabiduría que se dirige a nosotros hoy en día.

Lingüista, filósofo, historiador, crítico y teórico literario de expresión y nacionalidad francesa, en 2008 le fue concedido el Premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales por representar el espíritu de la unidad de Europa, del Este y del Oeste.

En plena globalización y desorientación europea, ¿qué significa ahora ser un hombre de las dos Europas?

Para mí el futuro de Europa está ligado a un crecimiento de la comprensión e interacción entre estas diferentes partes. En un momento de crisis, las personas que pueden jugar un papel de mediador entre ambas partes es particularmente bienvenido, pero también puede suceder que la crisis favorezca el egoísmo nacional y aquélla persona que no se reconoce exclusivamente del lugar donde vive, sino de diferentes lugares a la vez, pueda pasar a ser percibida como molesta, poco deseable. Así pues, vamos a ver cuál es el papel que finalmente se juega.

Tzvetan Todorov (foto © Miquel Taverna/CCCB, 2011)

Viene al CCCB para hablar de moderación como antídoto de la amenaza de la barbarie, justamente ahora que comenzamos a experimentar cómo los mercados están minando el estado de bienestar en Europa. ¿No cree usted que hay que rebelarse contra un sistema que parece injusto?

Pienso que, efectivamente, todos los países europeos ven amenazados su plan de solidaridad social y de cultura, porque podría parecer que este tipo de gasto se puede reducir por encima de otros que se ven absolutamente necesarios. Mi comentario no es el de un economista y no tengo una propuesta sobre cómo realizar el reparto presupuestario, pero digamos que el ser humano no vive sólo de pan.

El ser humano no vive aislado, es antes que nada un ser social que vive en interacción con sus semejantes y que además es formado por esta interacción. Por tanto, los valores superiores de una sociedad son también los valores sociales, y no estrictamente económicos. La economía debe subordinarse al bienestar y no al revés. La solidaridad y las actividades culturales como la universidad y centros culturales no son un lujo, son necesarios y aseguran un bienestar social de largo plazo. Hay que acabar, pues, con esta lógica populista que sólo tiene en cuenta el presente inmediato, sin tomar en consideración el contexto más largoplacista y la necesidad de continuidad. Quizá porque avanzo en edad y tengo hijos e incluso un nieto me inquieto también por ellos, porque sé que ciertas decisiones que se tomen hoy en día tendrán consecuencias muy importantes dentro de 20 y 40 años. No hay razón, por tanto, para decidir de una manera inmediata y egoísta.

Y qué actitud puede tomar el ciudadano frente a la situación actual…

En democracia, en principio, hay medios que permiten influir sobre la evolución y la orientación del país, y yo prefiero el medio democrático al medio revolucionario. En Bulgaria, mi país de origen, he visto los resultados nefastos de los movimientos revolucionarios que nos prometieron maravillas y que en realidad produjeron situaciones mucho más desastrosas todavía que aquellas de las que nos querían liberar. Así pues, a priori, tengo una cierta desconfianza hacia los medios violentos para cambiar el presente.

Pero indignarse me parece útil. Los indignados de la Puerta del Sol ó Plaza Cataluña no proponen hoy una solución a nuestro problema, pero incorporan un mensaje que los partidos políticos o todos los órganos de gobierno han de tener en cuenta. Encuentro que este movimiento tiene el mérito de situar lo esencial en el centro de atención y de pedir por qué vías nos queremos conducir y cuáles deben ser los principios de nuestra existencia. La indignación me parece un buen punto de partida, pero también hay que convertirla en acción política, y la acción política pasa por las elecciones y por las manifestaciones de todo tipo que existan, esto es mucho más deseable a un golpe de estado.

"Los enterradores", de Goya (1912-1820)

Echemos pues mano de la herencia del pensamiento racional. ¿Qué nos queda del siglo de las Luces, cuyas sombras tan bien retrató Goya?

Muchas cosas, nuestra democracia contemporánea sin duda se fundó sobre los logros de la época de la Ilustración. En lo esencial, somos sus herederos. Creemos en la posibilidad de resolver las cuestiones públicas a través de argumentos racionales, recurrimos a la ciencia por encima de la superstición, creemos en los principios de igualdad y libertad, incluso si la fraternidad llega con un poco de retraso; y a pesar de todo, en nuestros países estos principios no son papel mojado. Tenemos el derecho de expresar y difundir nuestra opinión a viva voz, somos todos iguales ante la ley, tenemos derecho a voto… Todo eso el hombre anterior a la Ilustración no lo tenía. Todo esto procede de las luces. Somos, pues, beneficiarios de todo lo que la Ilustración ha hecho.

Pero…, porque siempre hay un pero, la Ilustración estuvo animada por un optimismo excesivo, por un voluntarismo grandilocuente, creyendo que todos los problemas del mundo podrían resolverse con una buena decisión política colectiva. Visto así, todo mal era superficial. En el fondo, el problema de la Ilustración es que no creyó en el mal, a diferencia de los primeros cristianos que lo situaron en el pecado original, algo que ahora nos puede parecer ridículo, sin embargo, era la manera que tuvieron en épocas antiguas de evidenciar un mal imposible de superar; porque el ser humano tiene caras oscuras que hay que tener muy en cuenta, y eso no es así por azar. Esa lucidez es la que le faltó a la Ilustración. Se volcaron en las luces, en la educación, pero todo eso no paró todo el mal que conocimos en el siglo XX, en gran parte procedente de gente con un alto nivel de educación. La barbarie no desapareció con las luces, y eso Goya lo sabía mejor que ninguno de los pensadores políticos de su tiempo.

Usted sitúa el pensamiento de Goya a la altura del de Goethe.

Goya es un pintor universal, y el más contemporáneo, habla con nuestro lenguaje. Primero he de decir que para mí la pintura es pensamiento, no sólo visión. Las imágenes que produce la pintura se transforman con el tiempo. Cuando uno las mira bien al repasar la historia de la pintura, su transformación es una importante muestra sobre el propio cambio que experimenta la mentalidad humana.

En Goya apreciamos un cambio en la tradición pictórica, y cuando miramos ahora hacia atrás vemos que efectivamente también se ha producido en el curso de este periodo de la historia un cambio de mentalidad, que él supo ver y expresar. Con Goya la imagen es pensada. Goya es el pintor fundador de la modernidad. Con él tenemos una nueva visión del ser humano, visión que se impondrá -de lo que el ser humano es- a lo largo de los siglos XIX y XX. Luego hemos ido renunciando a la representación o la figuración, pero continuamos siendo los hijos de Goya. Incluso los fotógrafos continúan construyendo sus fotografías más sorprendentes teniendo de forma inconsciente las imágenes de Goya.

Capricho 39 de Goya: "Asta su abuelo" (1799)

El conjunto de su obra capta la doble condición humana. De la pintura de la vida de corte a la pintura negra, Goya muestra un origen común del bien y del mal…

Sí, ahí dice usted muchas cosas. Goya es un pintor excepcional y hay algo de ello en la doble existencia que ha llevado, sin llevarlo a ser esquizofrénico, porque podría pensarse que lo era en el sentido técnico de la palabra. Por un lado era pintor de corte, primer pintor del rey con todo lo que eso significa, pinta los retratos de toda la aristocracia y burguesía madrileña y española, y en esta parte de su existencia es tan convencional como le era posible. Pero por la otra parte, a lo largo de toda su vida y en particular tras la enfermedad de 1792-93 y hasta su muerte, 35 años más tarde, tiene también una vertiente que yo a veces llamo nocturna y que impregna toda su actividad.

Primero en sus dibujos. Goya es el primer pintor que se toma los dibujos de una forma tan seria. Durante la pintura clásica se servían mucho del dibujo como forma de preparación del cuadro, pero no le concedían un valor autónomo, mientras que Goya ha dado forma a sus álbumes como si fueran libros, hasta sumar ocho libros. Estos dibujos no los vio nadie en toda su vida. Es decir, eran la parte más grande de su producción, la que mayor tiempo le tomó, y la gente ignoraba que existieran. Luego hizo los grabados. Los primeros, que eran Los caprichos, intentó venderlos, pero más tarde señalaría que no se vendían bien, que la gente no los comprendía, y los retiró de la venta al cabo de quince días, y enseguida retiró incluso las placas de cuero. El segundo ciclo de trabajo fueron Los desastres de la guerra, que jamás puso en circulación. Este hecho es muy extraño. Los grabados en esta época tenían el valor de las fotos hoy en día, un medio con alto poder de reproducción y difusión. Goya pagó, pues, todo el material y realizó todo un trabajo, adquirió las placas de cuero, las grabó y cubrió de tinta, luego realizó una tirada de cada uno y se los guardó en casa. Lo mismo hizo con la pintura.

Así es como él reacciona contra su enfermedad. Una vez pasada la enfermedad, que lo deja completamente sordo de por vida, realiza doce cuadros y los envía a la Academia de San Fernando diciendo: "Generalmente no hago más que obras por encargo, y ahora quiero hacer los cuadros en los que yo decido lo que hay". Así continuó el resto de su larga vida, y esto culmina con las pinturas negras que podemos encontrar en el Museo del Prado, que son algo increíble. Goya elabora unas inmensas piezas, que tienen una cantidad de pintura comparable a la de la Capilla Sixtina de Miguel Ángel, las guarda cerradas bajo llave y se va al extranjero. Nadie, ningún testigo contemporáneo a él, ni una sola persona las vio mientras él vivió.

¿Y qué es lo que Goya muestra en esta pintura, en estos grabados y en estos dibujos? Muestra todo aquello que la Ilustración dejó a la sombra. Goya exploró todas las sombras que oscurecen el alma y la actividad humana. Muestra los locos, los prisioneros, los asesinos, los violentos y todo eso que la pintura de entonces ignora totalmente, y que no conocemos más que de forma marginal, él lo introduce de forma masiva en el mundo. Goya nos revela que el ser humano tiene un inconsciente que se le escapa totalmente y que le conduce por zonas oscuras, que pueden hacer de él un criminal, un loco, un prisionero. Goya ha transformado nuestra visión y comprensión del ser humano, por eso es tan gran pensador, y no simplemente un gran pintor.