29.1.13

Tesoro nacional y sádico

Noticias del mundo literario

Marqués de Sade. Patrimonio Cultural Francés./elpais.com

Como enumera Elaine Sciolino en The New York Times, en Los 120 días en Sodoma el Marqués de Sade describe "orgías y abusos [...], actos de pedofilia, necrofilia, incesto, tortura, violación, asesinato, infanticidio, zoofilia...". En algunos países esto bastaría para ordenar su retirada de las bibliotecas públicas, pero no en Francia, donde consideran que la obra es un tesoro nacional. No puede decirse lo mismo de obra fotográfica del poeta Allen Ginsberg, un álbum de recuerdos beat que ahora se expone en Nueva York, pero sí de Jane Austen: ni un solo periódico/suplemento cultural se ha olvidado del cumpleaños de Orgullo y prejuicio y, además, según un reciente estudio, ella y Sir Walter Scott son los escritores más influyentes del siglo XIX. Empezamos.   
FRANCIA
Los 120 días de Sodoma era, según su autor, el Marqués de Sade, “la historia más impura jamás contada desde que el mundo es mundo”. Bruno Racine, director de la Biblioteca Nacional de Francia, considera que es una obra “depravada”, sin duda. Pero también un tesoro nacional y por ello está dispuesto a pagar en torno a cuatro millones de euros por el manuscrito de la obra escrita por Sade mientras se encontraba preso al coleccionista suizo Gérard Nordmann. “El documento de Sade es una obra atroz, extrema y radical. Pero no la juzgamos moralmente”, insiste Racine. Éste dirige la institución francesa desde 2007 y entre sus objetivos siempre estuvo el de recuperar importantes manuscritos clasificados como “tesoros nacionales”. En 2010 se hizo con las memorias de Casanova, y también ha comprado los archivos de Michel Foucault o Guy Debord. (vía The New York Times)
Los artistas belgas Auriae Harvey y Michaël Samyn han creado un videojuego basado en la novela Moderato cantabile de Margerite Duras. (vía Le Nouvel Observateur)
REINO UNIDO
Investigadores de la biblioteca John Rylands de la Universidad de Manchester han encontrado cientos de grabados perdidos del poeta y artista William Blake. Durante dos años de trabajo, un equipo de estudiantes rastreó una colección de un millón de libros y documentos en la que, sospechaban, se encontraban las ilustraciones de Blake. (vía The Independent)
ESPAÑA
Ya ha comenzado la cuenta atrás: el viernes arranca BCN Negra. Aquí Rosa Mora repasa el programa de la octava edición del festival y aquí Guillermo Altares escribe sobre Yasmina Khadra, uno de los más de 60 autores que se darán cita en Barcelona hasta el 9 de febrero.
"Misterios de las noches y los días son cuentos en los que el elemento fantástico es clave pero tampoco son tan diferentes a los de Largo noviembre de Madrid. Allí, al tratarse de relatos ambientados en una situación límite como la guerra civil, muchos personajes quedaban entrevistos, enigmáticos. No veo mucha diferencia entre la imaginación y la vida real, porque la fantasía también se nutre de los datos que llamamos comprobados", decía Juan Eduardo Zúñiga en 1992. Ese libro de cuarenta relatos breves, Misterios de las noches y los días, una obra casi desconocida incluso para los lectores del autor madrileño, acaba de volver a las mesas de novedades de las librerías.
Etgar Keret presenta esta semana su nuevo libro, De repente llaman a la puerta. Aquí se puede leer un fragmento y, a continuación, ver uno de sus 38 cuentos. Esta es la adaptación de What Do We Have in Our Pockets? que el cineasta Goran Dukic presentó la semana pasada en el Festival de Sundance:

PALESTINA
La pasada semana se estrenó en Ramala The Great Book Robbery, un documental sobre el saqueo de más de 70.000 libros que tuvo lugar durante la guerra de 1948. Con el caos de la guerra, el robo pasó desapercibido y el destino de muchos de esos documentos sigue sin estar claro: algunos se reciclaron, otros, suponen, terminaron arrumbados en las casas de los ladrones y en torno a 6.000 aún se conservan en la Biblioteca Nacional de Israel. (vía Prospero | The Economist)

ESTADOS UNIDOS
Jack Kerouac
Allen Ginsberg era un gran poeta. Para la fotografía, en cambio, no estaba tan dotado (al menos, en opinión de Ken Johnson de The New York Times). Pero sus instantáneas en blanco y negro son el álbum de fotos de la generación beat, por eso merece la pena visitar la Grey Art Gallery de Nueva York o asomarse a esta galería de The Huffington Post. (vía The Huffington Post)
¿Quiénes son los escritores más influyentes del siglo XIX? Los especialistas probablemente incluirían en la lista nombres como Charles Dickens, Thomas Hardy, Herman Melville, Nathaniel Hawthorne o Mark Twain. Pero, el big data concluye que no: tras el análisis de 3.592 obras publicadas entre 1780 y 1900, un estudio acaba de confirmar que los autores que más influyeron a sus colegas fueron Jane Austen y Sir Walter Scott. (vía The New York Times)
ARGENTINA
"El concepto 'vacaciones' no existió siempre. Apareció recién hacia fines del siglo XIX, como un derecho del trabajador en las sociedades modernas a cambio de exigirle un trabajo más intensivo que en épocas anteriores. Y no responde necesariamente a una actitud altruista, no reclama justicia en el intercambio de capital y trabajo. Se le da vacaciones pagas, antes que nada, para que a lo largo del año rinda más. Estos conceptos aplicados al escritor hacen agua por muchos costados. Primero habría que definir si escribir la propia obra entra en esta acepción de la palabra trabajo. Nadie nos paga si suspendemos la escritura de una novela para tomarnos unos días. Incluso es probable que no queramos suspenderla, o hasta que planifiquemos las vacaciones con esa contradictoria prioridad: “trabajar” con más intensidad y más calma sobre el texto en cuestión". Claudia Piñeiro escribe sobre escritores y vacaciones en la revista Eñe. (vía Revista Eñe)
BRASIL
"Para horror de los académicos brasileños, muchos lectores extranjeros solo son capaces de identificar un escritor brasileño: Paulo Coelho. Sin embargo, iniciativas del gobierno y del sector privado están tratando de cambiar esta situación promocionando la literatura brasileña en el extranjero", escribe Kristal Bivona en Language Magazine. ¿Cómo? En los próximos ocho años el gobierno invertirá 26 millones de euros para financiar traducciones, ayudas a editores internacionales y viajes promocionales a autores brasileños. (vía Language Magazine) 

Presentan en España reedición de memorias de guerra de Fidel Castro

La edición española de un libro que agrupa las obras La victoria estratégica y La contraofensiva estratégica de Fidel Castro Ruz, que forman parte de sus memorias de guerra fue presentada en Madrid

El secretario del PCE, José Luis Centella; el presidente del Ateneo, Carlos París; la escritora Katiuska Blanco, y el subdirector de la editorial Akal, Jesús Espino, de izqda a drcha, durante la presentación de la edición española/lainformacion.com

La presentación de este libro coincidió con el aniversario del nacimiento del prócer cubano José Martí y al acto acudieron entre otras los embajadores de Cuba, Alejandro González Galiano, y de Venezuela, Bernardo Álvarez, en España.
"Este libro es un grandísimo documento histórico", dijo Jesús Espino, responsable de la Editorial Akal, responsable de la nueva edición, en la presentación, que también contó con la presencia del secretario general del Partido Comunista en España, José Luis Centella, y la escritora cubana Katiuska Blanco.
"Este libro ofrece documentos que quedarán ahí por muchas generaciones, que podrán conocer las emociones de este grupo de idealistas", agregó Espino, en el acto organizado en el Ateneo de Madrid.
Espino destacó que, a su juicio, fue la gran lucha de "un pequeño grupo de idealistas contra el Ejército de la tiranía (...) Fidel guió a Cuba por la senda de la dignidad y apostó por la sanidad y la educación, en lugar de convertirla en un país de servicios para los vecinos ricos", manifestó.
"La victoria estratégica" y "La contraofensiva estratégica" forman parte de las memorias de guerra de Fidel Castro y narran, a modo de diario, los hechos acaecidos a lo largo del año 1958 que culminarían con la victoria del Ejército Rebelde de Castro en 1959.

¿Qué le pasó a Julian Barnes?

Cuando Julian Barnes obtuvo el premio Booker con El sentido de un final, las opiniones no tardaron en dividirse. Más allá de merecimientos y discusiones formales, la apuesta de la novela resultó bastante desconcertante 
Julian Barnes, autor de El sentido de un final./pagina12.com.ar
Dos puntos de vista sobre los hechos de una vida y sobre todo, de la juventud del narrador, de sus amigos del alma en los 60 y de los caminos que cada uno tomaría. Y la pregunta por el sentido de un final que remite a la biografía de Barnes y ha dejado a los críticos comentando en voz baja qué le pasó.
Hay que decirlo: El sentido de un final de Julian Barnes es una novela que desconcierta sin ser desconcertante. Las repercusiones que tuvo fueron dispares, tan dispares como lo son también las repercusiones del Booker, clásico premio inglés como el té de las cinco, que Barnes obtuvo finalmente (después de años y años de ser finalista) con esta novela. El escritor Geoff Dyaer, desde las páginas de The New York Times, calificó a la novela de “promedio” (tal y como se define a sí mismo el protagonista) y la acusó de contribuir a la disminución de la novela británica. Mientras en The Guardian se exaltaron las cualidades más visibles que tiene el texto: “Una meditación sobre el envejecimiento, la memoria y el remordimiento”. En ambos casos, se ve un extremo.

El sentido de un final es una buena novela, impecablemente escrita, aunque se percibe en su lectura cierto desencanto, cierto apresuramiento; algo así como una novela de oficio, que, si llegáramos al final de nuestra especulación, tal vez ni se quiso escribir. Es, en rigor, una novela corta estirada en dos partes. El argumento es muy sencillo (como lo son la mayoría de los argumentos de Barnes), al menos en la primera parte: Tony Webster narra su vida en retrospectiva. Recuerda a sus amigos de la secundaria, sus salidas, su patética incursión en la vida de los ’60, las charlas con sus dos amigos, al que después se sumó un cuarto: Adrian. Tony recuerda bien, hasta con lujo de detalles, la inteligencia y la personalidad evasiva, demasiado madura, de Adrian. Las charlas con su profesor de Historia, sus salidas, la sensación de ser más inteligente cuanto más cerca estuviera de Adrian. Hasta que se termina la secundaria y comienzan la universidad; la vida se bifurca en sus previsibles caminos, Tony conoce una chica, Veronica, demasiado histérica según el punto de vista de Tony, aunque demasiado buena para él según el punto de vista silencioso de sus amigos. Salen, se hacen novios, Tony conoce a los padres de Veronica en una reunión, y tras un desencanto, se pelean.

Hasta acá, la novela se sostiene en un tono reflexivo. Tony rememora y reflexiona sobre su vida, sobre el amor, sobre su cuerpo, sobre los años sesenta, una década donde todo cambiaba, todo era nuevo, pero en rigor todo parecía estar pasando en otro lado. La novela de Barnes se basa sobre esa idea; que un estilo muy bien depurado, simple y sobrio, puede sostener un argumento demasiado sencillo. Ya lo grita Norman Mailer en El arte espectral: lo único que importa es el estilo. Pero para que todo estilo alce vuelo, bien lo sabe Barnes, se necesita un personaje (o al menos la marca de uno): Tony Webster entonces, un tipo “promedio”, sencillo, que intenta reflexionar sobre las cosas que ocurren a su alrededor como si no las entendiera del todo, un personaje como el doctor Braithwaite, narrador evasivo de El loro de Flaubert, que mientras lee y relee Madame Bovary, su mujer se acuesta con cuanto tipo se le cruza por el camino. Es decir: esos personajes son ya una marca de estilo de Barnes. Tipos semigrises que le permiten a Barnes un acercamiento ambiguo al humor, algo que, sorpresivamente, falta en El sentido de un final.

El sentido de un final. Julian Barnes Anagrama 192 páginas

Y ése es justamente el tema: hay un vínculo invertido entre El sentido de un final y su autobiografía, titulada Nada que temer. Muchos son los puntos de contacto también argumentales entre un texto y otro: el hermano de Barnes es un reconocido filósofo que ha dado clases por las más prestigiosas universidades europeas con una inteligencia analítica muy parecida a la de Adrian en la novela. También un par de eventos parecen sacados de un texto y puestos deliberadamente en el otro: como los cruces de cartas y los diarios. Sin embargo, el mayor problema de la novela surge cuando Barnes intenta complejizar la sustancia narrativa con la que viene trabajado para, de algún modo, darle un sentido al final.

En la segunda parte, la edad madura de Tony, reaparecen los fantasmas del pasado, y los olvidos deliberados se hacen presentes nuevamente. Adrian se suicida y Tony recibe una carta de la madre de Veronica con una herencia para él. Barnes enreda la trama a tal punto que el lector se queda atónito preguntándose el porqué de semejante decisión. En cierto modo, y es el argumento del narrador, Tony reflexiona y recuerda su pasado. En ese reflexionar y en ese recordar sobre la propia vida y la propia experiencia hay cosas que se le escapan y reaparecen, oh casualidad, cuando la trama se lo demanda.

A pesar de ser un francófilo declarado y un amante incondicional de Gustave Flaubert, Julian Barnes es un gran heredero de Henry James, sobre todo en sus cuentos, memorias, y recortes culinarios (se sabe de la eterna disputa entre James y Flaubert, tan eterna como las eternas guerras isabelinas entre Inglaterra y Francia). Y esto parece arraigarse más en su última novela, la que probablemente sea la más jamesiana de todas en un sentido estilístico del término. Sobre todo en el hecho de construir un relato donde el punto de vista determina a la narración y no es la narración (los hechos, los famosos hechos) la que determina el punto de vista. Porque la vida que vivimos no es otra que la vida que contamos, y la vida que contamos es la vida que nos inventamos, con sus variables, con las cosas que elegimos olvidar pero que sabemos que siempre están.

La novela de Barnes entonces se basa sobre la fluctuante experiencia, sobre los distintos puntos de vista que se adoptan a lo largo de una vida, y sobre las sorpresas que te dan el paso de los años, cuando parecía que tenías una vida armada y un cambio de timón le dio un sentido arbitrario a las cosas.

El escritor en vacaciones

Tiempo de descanso y desconexión, este derecho laboral en las sociedades modernas puede ser contradictorio para aquellos que, para poder seguir escribiendo, deben trabajar de otra cosa, dice la autora en esta nota

VACACIONES. El concepto apareció recién hacia fines del siglo XIX, como un derecho del trabajador./Revista Ñ

El concepto “vacaciones” no existió siempre. Apareció recién hacia fines del siglo XIX, como un derecho del trabajador en las sociedades modernas a cambio de exigirle un trabajo más intensivo que en épocas anteriores. Y no responde necesariamente a una actitud altruista, no reclama justicia en el intercambio de capital y trabajo. Se le da vacaciones pagas, antes que nada, para que a lo largo del año rinda más. Estos conceptos aplicados al escritor hacen agua por muchos costados. Primero habría que definir si escribir la propia obra entra en esta acepción de la palabra trabajo. Nadie nos paga si suspendemos la escritura de una novela para tomarnos unos días. Incluso es probable que no queramos suspenderla, o hasta que planifiquemos las vacaciones con esa contradictoria prioridad: “trabajar” con más intensidad y más calma sobre el texto en cuestión. Pero el escritor, visto como trabajador, es hoy alguien partido al medio que no sólo escribe su obra, y esto cambia el asunto.
Mucho se ha escrito sobre el tema antes y después de “El escritor en vacaciones”, artículo de Roland Barthes incluido en Mitologías que escribió a partir de fotos de Le Figaró. Vale la pena leer ese texto, pero más allá de la certeza de sus afirmaciones, uno acá, muy lejos de Europa y varias décadas después, se pregunta si alguno de nosotros, escritores que además de escribir textos propios tenemos que trabajar de alguna otra cosa para subsistir, entramos dentro del mito planteado por Barthes. Una mirada burguesa sobre el oficio de escribir, y una mirada romántica sobre el lugar que la sociedad les da a los escritores. O les daba. “El (el escritor) acepta sin duda que está provisto de una existencia humana, de una vieja casa de campo, de una familia, de un short, de una hijita, etc., pero contrariamente a los otros trabajadores que cambian de esencia y en la playa no son más que veraneantes, el escritor conserva en todas partes su naturaleza de escritor; al tener vacaciones, muestra el signo de su humanidad; pero el dios permanece, se es escritor como Luis XIV era rey, incluso en el inodoro”. Si ya en el texto de Barthes está afirmación escondía cierta ironía, hoy y acá nos queda claro que ni casa de campo ni dios, inodoro sí.
El texto arranca con un párrafo donde, después de haber visto la foto que lo representa, Barthes dice: “Gide leía a Bossuet mientras bajaba por el Congo. Esa postura resume bastante bien el ideal de nuestros escritores ‘en vacaciones’ (...): juntar al placer banal el prestigio de una vocación que nada puede detener ni degradar”. El placer banal, las vacaciones; la vocación, la literatura. El párrafo me remitió a una foto de 1946 de Bioy Casares y Silvina Ocampo que encontré en el blog de la Audiovideoteca de Buenos Aires. Los dos en la playa, en Mar del Plata, ella con una capelina en la mano y los clásicos anteojos de las Ocampo, él con el sombrero puesto, los dos sentados sobre la arena, delante de una carpa. A la foto la acompaña un texto extraído de una entrevista que Tomás Barna le hizo a Bioy en 1997. “Con Silvina, nuestra costumbre era quedarnos en Mar del Plata después de la estación de verano. (...) Hacía mucho frío. Había muchos días de tormenta, entonces nos quedábamos en la casa mucho tiempo, y se nos ocurrió que podíamos escribir esta historia (Los que aman, odian) que no sé (si ella o yo) quién la invento”. Bioy y Silvina no sólo podían pasar su verano en Mar del Plata sino que se podían quedar a escribir una novela. Una realidad bastante distinta a la mía y a la de muchos de mis colegas.
Hay un uso más adecuado de la palabra “vacaciones”, cuando se aplica a esa mitad de nosotros que se ocupa de actividades rutinarias con las que juntamos el dinero necesario para vivir y poder seguir escribiendo. Federico Jeanmaire es bibliotecario en el Congreso, Félix Bruzzone limpia piletas, Jorge Consiglio trabajaba hasta hace poco como visitador médico. Y todos, mientras tanto, escribieron lo que escribieron. Sin mencionar los que trabajamos de docentes, reseñistas, escritores fantasmas, jurados de concursos, editores, conferencistas. En estos casos pensar bajar por el Congo leyendo a Bossuet o quedarse en Mar del Plata hasta que salga una novela, resulta casi impertinente.
Cuando Barthes dice, “falso trabajador, también es un falso vacacionista”, no se refiere a la mitad del escritor que cumple un horario, que tiene un jefe, que recibe un sueldo a cambio de su trabajo, que se le da vacaciones para que después rinda más. El escritor de aquí y ahora sale de vacaciones con sus dos mitades: el trabajador y el escritor. Más la mujer o el marido, los chicos, el perro y probablemente la computadora. Y se hace lo que se puede.
Algunos ejemplos. María Rosa Lojo: “Los meses más tranquilos de enero y febrero (cuando no hay clases ni vida académica) resultan los mejores para desarrollar o terminar proyectos literarios. La verdad es que he trabajado sin solución de continuidad la mayor parte de mi vida”. Gabi Cabezón Cámara: “Este año me tomo febrero y me voy a una playita mínima, con la idea de escribir y hacer vida sana. Veremos qué sale”. Sandra Lorenzano: “Durante el año le robo horas al sueño para escribir, así que se me hace agua la boca al pensar en las semanas en que puedo escaparme del trabajo cotidiano y sumergirme en la escritura”. Eduardo Sacheri: “Alguna vez me he llevado un cuaderno como para tranquilizar mi conciencia, bajo el principio de ‘mirá si se me ocurre algo buenísimo y yo con estas mechas’. Pero jamás he escrito una línea estando de vacaciones. Una especie de respeto por los tiempos de la familia”. Sergio Olguín: “Me desconecto de aquello que considero trabajo (no escribo artículos, no respondo mails laborales) pero hago la principal tarea de un escritor: leo por placer. Y pienso escribir algo si me queda tiempo (“el ocio no me deja tiempo para nada”, dice una canción del Cuarteto de nos)”. Antonio Santa Ana: “Hace unos años me traje una novela a la costa y por poco me echan de casa. Desde entonces aprovecho para hacer el trabajo previo o paralelo, el de las lecturas que ayudan a bocetar personajes a tomar apuntes”.
Distintas opciones. ¿Coincidencias de género? Puede ser, pero eso daría lugar a otra columna que tendré que dejar para mejor momento, porque con el siguiente punto final esta mitad de mí empieza sus vacaciones.

28.1.13

¿Por qué se rajan en lectura nuestros niños?

Expertos analizan las causas y dan consejos para enamorarlos de los libros

Niños comprenden mejor escritos literarios que informativos, según estudios./eltiempo.com

 

Los resultados del último Estudio Internacional de Competencia Lectora (Pirls, por su sigla en inglés), publicados esta semana, volvieron a arrojar un dato desalentador: 6 de cada 10 alumnos de primaria en Colombia tienen problemas para entender textos complejos; por esa razón, comprenden mejor escritos literarios que informativos y sus niveles de asimilación siguen siendo bajos.
Según los expertos, hay razones para preocuparse por esta persistente debilidad, toda vez que esta competencia es definitiva en su desempeño escolar y desarrollo personal. Ante semejante panorama vuelve a surgir la inquietud en torno a la forma como los niños entran hoy en contacto con la lectura.
Para empezar, cabe decir que ellos son lectores por naturaleza; por eso, es importante dejarlos jugar con las palabras. Cuando su creatividad fluye en una narración oral y luego se les permite plasmarla en el papel, aprenden que leer y escribir son actividades útiles y agradables.
Este paso, esencial en el proceso de aprendizaje, muchas veces se omite. A los pequeños se les escucha poco y rara vez tienen con quién compartir la representación que tienen sobre el mundo, lo cual es un problema, pues la oralidad y la lectura en voz alta hacen que el cerebro se acomode a la complejidad de un discurso.
Y es que, con cierta frecuencia, el concepto de lectura ha quedado relegado al reconocimiento de las letras del alfabeto. Para Neyith Ospina, directora de la licenciatura en Pedagogía Infantil de la Universidad Javeriana, “en ese afán de que los niños aprendan a leer y a escribir antes de los 6 años los docentes no se preocupan por la comprensión de lectura sino por la decodificación”.
A eso hay que sumar la entrada infeliz que muchos niños tienen en la lectura y la escritura, algo en lo que pecan padres y docentes. Fabio Jurado, coordinador de la línea de investigación en lenguajes y literaturas de la Maestría en Educación de la Universidad Nacional, señala que uno de los errores más frecuentes es la “inoficiosa” insistencia en enseñarles las partes de la oración sin contexto, muchas veces distanciadas del lenguaje que se usa en la casa, en la calle o en el colegio. Y lanza una sugerencia: “¿Qué tal si se les pide grabar la conversación entre un comprador y un vendedor en la plaza de mercado y luego analizar la gramática de ese lenguaje?”.
A juicio de Rosa Julia Guzmán, directora de la maestría en Pedagogía de la U. de la Sabana, también son errores el ejercicio repetitivo de las planas (que algunos papás usan como castigo) y confundir la comprensión de lectura con la memoria. “No podemos seguir trabajando la lectura para aprobar grados, sino para afrontar la vida y descubrir lo que somos”, agrega Jurado.
Crear el hábito
El lector se construye en un horizonte, en una perspectiva; no se puede leer por deber ni por obligación. Hay que leerles a los niños en voz alta, comentar la lectura y hacerles preguntas sobre ella. Este ejercicio de discusión afianza la comprensión. Puede ser un cuento, una fábula, una historia de ficción o un poema.
Eduardo Escallón, director del Centro de Español de la Universidad de los Andes, advierte que en este ejercicio de lectura acompañada los adultos deben llevar al niño a tomar conciencia de todos los elementos explícitos e implícitos que le dan sentido al texto: leer implica saber de qué habla el texto, confrontar lo que dice con conocimientos previos en el niño y contrastar esa información con otros textos.
Así las cosas, desarrollar la capacidad de análisis, reflexión y argumentación de los niños no es un problema que atañe solo a los docentes del área de lenguaje. Les compete a los padres de familia y a los maestros de las diferentes áreas del conocimiento; entender cada disciplina del saber implica entender los textos de esta disciplina. “La comprensión de lectura nos concierne a todos”, puntualiza Escallón.
El hábito empieza a cultivarse en casa
Permítales el contacto con los libros desde los primeros años. Léales en casa, en voz alta.
Llévelos a bibliotecas y déjelos elegir textos de su agrado.
Al leer, ayúdelos a identificar el planteamiento del autor, los argumentos que usa y las ideas principales. También, a jerarquizar, a organizar la información y a relacionar un párrafo con otro.
Cuando trabaje en comprensión de lectura, invítelo a que critique, proponga, opine y defienda sus ideas sobre lo que lee. Que llegue al texto con preguntas para así discutir el escrito con él.
Permítales relacionar el contenido del texto con lo que les pasa en la vida cotidiana.
El papel de los profesores
Los profesores también tienen una gran responsabilidad en el tema. “Es necesario que el Gobierno vincule los resultados de estas pruebas con la formación de los docentes”, sugiere Fabio Jurado, director de la maestría en Educación, de la Universidad Nacional.

Los escritores difíciles

Cuatro generaciones de autores latinoamericanos arrojan luz sobre la nueva escena literaria que se aleja cada vez más de España, en el marco del Hay Festival

De izquierda a derecha, los escritores Álvaro Enrigue, Valeria Luiselli y Tryno Maldonado./Daniel Mordzinski./elpais.com

Cuando aún retumbaban las palabras de Mario Vargas Llosa en las calles de Cartagena, aterrizaba una camada de cuatro generaciones posteriores de escritores al autor peruano. Frente a unas cervezas y unos cuantos cigarrillos, Valeria Luiselli, Carolina Sanín, Álvaro Enrigue y Tryno Maldonado intentan diferenciar sus palabras escritas del eco del Nobel de Literatura, con el que comparten cartel en el Hay Festival, el encuentro cultural que cerró hoy su octava edición en esta ciudad del Caribe colombiano.
“Los escritores del boom abrimos una puerta a la literatura latinoamericana hace 50 años que no se ha vuelto a cerrar”, afirmaba Vargas Llosa durante la charla que compartió el viernes con el ensayista colombiano Carlos Granés. “Ahora hay una dispersión de voces y temas estilísticamente muy disímiles, más sana e interesante”, toma la palabra Maldonado (Zacatecas, México, 1977), autor de la Temporada de caza para el león negro, finalista del premio Herralde. Sanín (1973, Bogotá) coincide y se aventura a describir la situación opuesta a la que narra Vargas Llosa. La escritora de la compilación de relatos Ponqué y otros cuentos (2010) cree que “el supuesto puente que era España ha dejado de cumplir esa función y son ahora las editoriales pequeñas las que conectan a los escritores latinoamericanos y sus lectores”. El advenimiento y consolidación de una miríada de sellos independientes a lo largo de América Latina genera un nuevo espacio de intercambio que deslocaliza los tradicionales centros de poder editorial –“situados en España, en concreto en Barcelona”, apostilla Luiselli-, en beneficio de la periferia.
"Los escritores del boom abrimos una puerta a la literatura latinoamericana hace 50 años que no se ha vuelto a cerrar"
Mario Vargas Llosa
Los ejemplos de Sexto Piso y Almadía en México, Eterna Cadencia en Argentina y Estruendo Mudo en Perú configuran una cartografía editorial sustentada en la comunidad, aunque con ciertos dejes del modelo tradicional que adelantó el sello Joaquín Mortiz en España. “Su papel es romper el star system”, asegura Valeria Sanelli (Ciudad de México, 1983), residente en Nueva York con su marido Álvaro Enrigue (Guadalajara, México, 1969) y su hija, donde ambos son profesores y escritores a tiempo completo. “Apelan a un lector distinto”, apostilla Maldonado. Enrigue, seleccionado por la New York Public Library como escritor residente en 2011 y 2012 tras la publicación de Decencia, desconfía de las afirmaciones que dividen la literatura en dicotomías. “El nuevo sistema de mediaciones y la crisis económica han dinamitado lo que quedaba, aunque sigue habiendo autores que quieren ser de Alfaguara o Anagrama”, asegura Enrigue. “Antes, de hecho, el escritor tenía que cumplir las funciones de un prócer, mi generación ya no tiene esa forma de relacionarse, no se busca esa cercanía con el poder”, afirma Maldonado. “La idea del patriarca literario está obsoleta”.
La bibliografía de estos cuatro autores está plagada de géneros e historias que complican arar surcos de tendencias. Luiselli, autora de la novela Los ingrávidos (2011) también huye de las clasificaciones, “poco fructíferas”: “En México, ha habido un boom de la novela del narco y los libros históricos, pero esto te obliga a polarizar sin aportar nada a una determinada circunstancia creativa o editorial”. El caso colombiano, en palabras de Sanín, se estanca en la preeminencia de la escritura que trata la identidad en un afán “épico y convencional” por escribir la gran novela nacional. “Podemos decir enfáticamente que las novelas latinoamericanas se han vuelto más cortas”, plantea Enrigue. “Pero yo no sé si el número de páginas es el tipo de criterio crítico que debemos adoptar para juzgar la producción de una generación, una región o una especie”.
"Mi generación ya no busca esa cercanía con el poder"
Tryno Maldonado
La preocupación por los argumentos, las historias, que los escritores observan en parte de la literatura que se realiza en América Latina responde a la manera en la que se representan estos pueblos, siempre orientados hacia la gesta. “Esto genera una falta de preocupación por el estilo o el deseo de investigar el lenguaje, las formas y los géneros”, asegura Sanín, que ejerce como profesora de literatura del Siglo de Oro y medieval en la universidad de los Andes en Bogotá. “La generación McCondo escribía para el exterior, enseñaban una Latinoamérica con aptitudes neoliberales, todos éramos más guapos y vivíamos en barrios de moda, libros listos para ser traducidos”, explica Maldonado. “Me da miedo generalizar, pero la literatura de mi generación es más intimista y experimental en la fragmentación de la novela, corre riesgos”, ejemplifica. O lo que terminan por denominar: escritura difícil. “La que no vende”, bromea Luiselli. “Bueno, le decimos difícil para no quedar mal”, responde Enrigue.
"Pese al nuevo sistema de mediaciones y la crisis económica, sigue habiendo autores que quieren ser de Alfaguara o Anagrama"
Álvaro Enrigue
El Hay Festival se convierte en ejemplo de ese laboratorio en el que se pueda dar “la conversación con los difuntos” –los clásicos a los que recurren estos escritores-, y las mesas con los nóbeles, sin demeritar al hervidero de escritores que como Luigi Amara consiguieron agotar en dos meses la edición de su libro La escuela del aburrimiento, tras su paso por la edición mexicana de Xalapa en octubre. “Emiliano Monge, Julián Herbert, Alejandro Zambra,… ponen en jaque las tradiciones y discuten el lugar del escritor y la posición social de la escritura”, opina Enrigue. “Tengo la sensación de que mi generación ya no tiene como referente a Carlos Fuentes”, plantea Maldonado, en referencia a una antología sobre sus coetáneos que publicó en México y donde se encontró con que los autores más mentados eran Bolaño, Piglia, Rodrigo Rey Rosa, “marginados por el canon latinoamericano”.
La cuarta pata para sostener la literatura latinoamericana que encuentra el quórum entre los autores es la Academia. Sea por deformación profesional o por la libertad lectora que encuentran al preparar sus clases, coinciden en que en “la república de las letras en español se produce una paradoja bastante seductora cuando se tiende a despreciar públicamente a la academia”, dice Enrigue, ejerciendo casi de portavoz.
Sanín, Luiselli, Enrigue y Maldonado están convencidos de que “lo que importa es la conversación con el lector. Todo lo demás –tendencias, referentes, maneras de contar la historia, el léxico- es sucedáneo”.

Puentes de palabra

El fotógrafo de los escritores, como popularmente se conoce al argentino Daniel Mordzinski, expone en el marco del Hay Festival de Cartagena de Indias su obra compilatoria de 35 años de trabajo: La vuelta al mundo en 80 retratos de escritores

Daniel Mordzinski da la vuelta al mundo en 80 retratos de escritores./lainformacion.com, planb.com.co
Gabriel García Márquez./Daniel Mordzsinki.

                                                                                             Jorge Luis Borges. /Daniel Mordzinski.
                                                                                               Fred Vargas. /Daniel Mordzinski.
                                                                                                Beigbeder. /Daniel Mordzinski.
                                                                                               Juan Gabriel Vásquez. /Daniel Mordzinski.

A sus cincuenta y dos años, Mordzinski reconoce que somos el resultado de nuestros encuentros y nuestras decisiones, de lo que comemos, de lo que escuchamos, "y claro, soy un argentino que no siempre pudo elegir como muchos latinoamericanos".
Mordzinski reconoció en una charla con Efe que desde pequeño utilizaba los libros que leía, las películas que veía y las fotos que hacía, para refugiarse, aislarse y protegerse de la terrible dictadura militar que vivió su país.
"Hoy me pregunto mirando estos 35 años de retratos, si finalmente esta cinta sin fin hecha de tantos rostros de escritores no son justamente la manera que yo tenía que escaparle a esa dictadura militar y de refugiarme en esas historias que leía o esas películas que veía", dijo.
Mordzinski reconoció sin embargo, la buena mano que la vida le ha jugado, pues cuando a penas ajustaba los dieciocho años, mientras trabajaba como becario en una película, tuvo la fortuna de retratar a una de las plumas más importantes de la literatura latinoamericana, su compatriota Jorge Luis Borges, quien era el protagonista de la cinta.
A pesar de ello, Mordzinski acepta que el encuentro más importante fue con el también escritor Julio Cortázar "sin lugar a dudas, no fue primero, pero fue el más importante".
La fotografía es la vida para Mordzinski; "recuerdo esa manera maravillosa de definir la fotografía para la gran Susan Sontag, quien decía que es un pasaporte, y en mi caso es cierto porque me permite viajar y me permite conocer a aquellos escritores que tanto han contado en mi vida".
"El hecho de poderlos acompañar a todos los Hay Festival es un privilegio, es un honor, es como una página en blanco que me regalan para luego llenarla con mis fotos y con mis historias", manifestó.
Cuando no está tras un escritor en algún lugar del mundo, Mordzinski desde hace dieciséis años trabaja como corresponsal en París, Francia, para el diario español El País, y se siente un privilegiado de poder seguir viajando y viviendo de su pasión pese al crudo momento que atraviesa el país ibérico.
"Yo tengo la suerte de vivir del periodismo pero también de hacer este trabajo de retratista que no busca el lucro, por eso puedo pasarme media hora con un escritor y no hacerle fotos, porque definitivamente es eso lo que quiero justamente, escucharlo", comentó Morszinski a Efe.
"Te aseguro que en un segundo encuentro las fotos van a ser mucho mejor gracias a esa primera media hora", afirmó.
El fotógrafo y periodista argentino además de exponer en Cartagena "La Vuelta al Mundo en 80 retratos de escritores", tiene otras exposiciones en Bogotá, en el Museo de Arte Moderno y en la Alianza Francesa, donde muestra una antología de su trabajo a través de imágenes de los rostros más importantes de la literatura latinoamericana y francesa.
El argentino comparte aplausos en esta octava versión del Hay Festival de Cartagena de Indias, con escritores como los premio Nobel de literatura, la rumana Herta Müller y el peruano Mario Vargas Llosa, al igual que con plumas como los españoles Fernando Savater y Alex de la Iglesia.