5.11.14

Elogio de las identidades

Didier Eribon. El filósofo analiza el origen del orgullo gay, sigue a Deleuze en su rechazo al psicoanálisis y subraya nuevas razones de la desigualdad social
Marcha. “El orgullo gay nace de la injuria que produce vergüenza y que toca un límite cuando individuos y grupos deciden apropiarse de ella y transformarla” sostiene Eribon./revista Ñ

Hay que escaparle al psicoanálisis porque impide comprender los fenómenos políticos de dominación”, sostiene el sociólogo y filósofo Didier Eribon. Consagrado por su bella y tal vez definitiva biografía Michel Foucault (1989), en agosto estuvo en la Universidad Nacional de Tres de Febrero para inaugurar un congreso organizado por el ensayista Daniel Link. El coloquio conmemoró los 30 años de la muerte de Foucault, uno de los más importantes del siglo XX, aunque en Francia se lo haya comenzado a valorar recién en el siglo XXI. Afirma su biógrafo que “hasta hace 10 años el nombre de Foucault en Francia era mala palabra”.
Su posterior libro Foucault y sus contemporáneos (1994) fue en parte el producto de los estertores que emanaron de aquella biografía, que no omitió cuestiones atinentes a la homosexualidad del filósofo que supo develar los mecanismos del poder moderno. Allí responde tanto a quienes se indignan ante la sola idea de mencionar la vida de un autor como a quienes quieren explicar su obra refiriéndola a sus prácticas sexuales.
Debemos reconocer, sin embargo, que el nombre de Eribon ya no remite sólo a la vida de Foucault ni únicamente a la cuestión gay. Menos aún al “Foucault gay”. Es autor de una obra sagaz y polémica, que permite deconstruir algunos mitos –como la ideología meritocrática, según la cual los logros dependen exclusivamente del esfuerzo, descuidando, por ejemplo, consideraciones de clase–, cuestionar autores reverenciados en la filosofía contemporánea –como Badiou o Rancière, a quien acusa de ocultar las desigualdades reales y los efectos de la desposesión cultural mediante la exaltación populista derivada de un supuesto saber espontáneo– e incluso, poner en duda el triángulo edípico en torno al cual gira parte de la teoría psicoanalítica.
Ya en 1999, su trabajo Reflexiones sobre la cuestión gay se convirtió en una obra de referencia para pensar las cuestiones de género así como otras situaciones de subalternidad. Desde otra óptica, la de la clase, vuelve a trabajar el tema de la constitución identitaria en Regreso a Reims (2009), donde analiza algunas particularidades culturales que definen a la clase obrera francesa, de la que Eribon proviene y de la cual renegó durante largo tiempo, confesando incluso su vergüenza respecto de esa pertenencia. Su campo de estudio fue, entonces, el pueblo de su infancia; su informante clave, su madre; y sus modelos de análisis, sus hermanos. Como es fácil de imaginar, esto le ocasionó tensiones con la familia. La literatura del yo suele aparejar esos problemas y, en alguna medida, de eso se trata: “Esto que llamo ‘el círculo de retorno’ tal vez sea un movimiento implícito en todo proyecto de escritura sobre uno mismo”. Ahora, en esa otra especie de confesionario que es la entrevista, revela la vergüenza por haber sentido vergüenza.
–Aquí se celebra cada año la Marcha del orgullo gay. Ese orgullo, nos cuenta usted, proviene de una infamia, una injuria. ¿Cómo funciona ese mecanismo de inversión de la injuria en orgullo?
–Yo analicé un problema clásico de la filosofía política y de la sociología: una categoría específica, la injuria, para referirse a una población, y que no son sólo palabras que se escuchan en la calle sino toda una estructura de jerarquización que impone un lugar a cada grupo. Esa injuria que produce vergüenza toca un límite cuando individuos y grupos deciden apropiarse de ella y transformarla en orgullo. A partir de allí, esa identidad reapropiada ya no es la misma que fue asignada en la injuria. El orgullo gay abre la puerta, de ese modo, a muchos otros tipos de reivindicaciones identitarias.
–¿El mecanismo es el mismo cuando se trata de una cuestión de raza o de clase?
–Respecto de la raza, sí. Pero no cuando se trata de la clase, y esa es una de las preguntas principales de mi trabajo reciente, que es sobre la reproducción de las identidades de clase. Cuando se trata de clases sociales, como la clase obrera o los desocupados, afirmar el orgullo fue muy importante, pero se corre el riesgo de fijar la situación. Mientras que afirmar el orgullo negro, gay apunta a transformar la situación. Como decía Foucault, cada amenaza y cada resistencia necesitan análisis históricos específicos. No se trata de pensar la totalidad de un sistema de poder. Lo que importa son las formas diferentes de poder que se ejercen sobre ciertos dominios. No quiere decir que no exista el horizonte de una reflexión más global, pero ella no puede estar dada de antemano.
–Al intentar desentrañar los mecanismos de subjetivación, en su trabajo más reciente empieza por usted mismo y se pregunta “¿Quién soy, quién habla?”. Son preguntas que habilitó el psicoanálisis mediante el descentramiento del yo consciente. Pero usted se resiste a pensar la respuesta en términos del psicoanálisis. ¿Qué rechaza de esa corriente teórica?
–Del psicoanálisis, casi todo. Es muy importante escapar al psicoanálisis, porque impide comprender los fenómenos políticos de dominación y opresión, porque todas las cuestiones son remitidas al triángulo edípico. Trata siempre sobre los individuos y propone, para comprenderlos, una grilla universal de análisis. Me interesa lo contrario: proponer un análisis sociológico y político que contemple que muchos aspectos de la vida social y psíquica están ligados a las diferencias de clase, de género, de raza, de pertenencia étnica y religiosa. Y deconstruir la idea de sujeto sujetado o sometido implica reconstituir esa pertenencia social múltiple. Por ejemplo, los problemas con mis padres (N. de la R.: Eribon no se habló con sus padres por muchos años y, cuando murió su padre, no fue al funeral) no se dejan explicar por las cuestiones del Edipo, sino por cuestiones de clase –mis padres eran obreros; yo no lo soy–, la relación con el sistema escolar –mis padres no estudiaron; yo, sí–. Para comprender quién soy, puedo decir que soy hijo de un obrero, pero también me inscribo en la cuestión gay y, entonces, mi fecha de nacimiento debería ser el proceso contra Oscar Wilde por reivindicar esa identidad gay. No soy un sujeto unificado, sino el producto de diferentes historias: el hecho de que sea un hombre proveniente de la clase obrera francesa, blanco y gay me inscribe en una composición de múltiples historias; una composición siempre abierta, porque quizás otros movimientos políticos vendrán a decirme que tengo otra pertenencia que aún no conozco.
–¿Quiere decir que el instante de la nominación no es tan determinante como se supone?
–La nominación no es el nombre del padre. Es el orden social el que me señala quién soy. El trabajo personal y político que estoy llevando adelante es tratar de comprender cómo funciona este fenómeno de nominación, eso que denomino “el veredicto”. Cuando uno es hijo de obrero, por ejemplo, nunca escapa a la denominación de “obrero”. Aun cuando me haya convertido en profesor universitario.
–Esta trayectoria, de obrero a profesor universitario, ¿es común en Francia?
–No es un caso único. Pero que haya numerosas excepciones a una regla no significa que no exista la norma social. La inmensa mayoría de los hijos de obreros dejan el sistema escolar muy temprano, a los 16 años, que es la edad legal en Francia.
–Señala que es falaz postular que el sistema meritocrático es un factor de igualación social, ¿a qué se refiere?
–Es muy evidente que quienes acceden al sistema escolar no lo hacen con las mismas cosas en la cabeza y en el cuerpo. Los niños de la pequeña y mediana burguesía que viven en casas donde hay libros, se habla de arte, se frecuentan librerías y museos, cuando llegan al sistema escolar tienen posibilidades distintas que las de aquellos niños que crecen en hogares de clase baja, sin posibilidad de vacacionar ni visitar museos, etcétera. No es una cuestión de capacidades: estos chicos no van a tener la misma actitud social para aprovechar lo que el sistema escolar enseña y propone. Cada frase pronunciada por un docente es recibida de manera diferente por quienes están formados en uno u otro ambiente social.
–¿Esa fue su experiencia?
–Cuando entré a la secundaria, tuve muchas dificultades para disciplinar mi cuerpo. Para los niños de la burguesía, el cuerpo tenía una relación inmediata con el sistema escolar: podían escuchar sin interrumpir, prestar atención sentados correctamente, mientras que los hijos de obreros éramos incapaces de adoptar esas conductas.
–¿Tiene alguna ventaja esa indisciplina de los niños de la clase obrera?
–Ellos frecuentemente rechazan la cultura escolar. Eso puede vivirse como un acto de resistencia y de libertad, pero el resultado es que son eliminados del sistema escolar, y lo peor es que esa eliminación se produce con su consentimiento: es una autoeliminación. Por eso creo que la ideología de la meritocracia, que afirma que las desigualdades están ligadas a méritos personales, es uno de los mecanismos que perpetúan la división de la sociedad en clases.
–¿Qué resistencia se le puede oponer a esa ideología?
–Sacarse de encima la creencia de que el progreso personal depende del mérito y el trabajo, y tratar de pensar sistemas educativos que estén atentos a eso: hacer inversiones allí donde hay necesidades y no, como ocurre en Francia, en las escuelas de los barrios de elites.
–Dijo que comparte una historia común con la escritora argelina Assia Djebar, autora de “Grande es la prisión”, por escribir en francés. En esa idea quizá no está sopesado el poder que implica la imposición de una lengua. Si Djebar escribe en francés es porque esa lengua le fue impuesta a sangre y fuego a ella, a sus padres y abuelos, más allá de que hoy la viva como la lengua de su liberación …
–Lo que me interesa de ella es el primer volumen de su autobiografía, El amor, la fantasía, donde además de relatar cómo fue la liberación respecto de su entorno, muy opresivo para las mujeres, termina diciendo que ella nació en 1842, cuando las tropas coloniales francesas destruyeron el pueblo de sus ancestros. Entonces, en tanto mujer que escribe, ha sido producida por la colonización. Aunque ella escribe para dar una voz a quienes fueron masacrados, torturados, encarcelados y asesinados, es evidente que tiene una deuda con el colonizador, en tanto le debe la lengua y la cultura francesa y la emancipación en tanto que mujer, porque ella también es alguien que ha cambiado de clase, porque no es una mujer con velo, puede viajar, etc. Entonces la lengua del colonizador, que fue impuesta por la violencia colonial, fue la misma que le permitió convertirse en una novelista célebre. Yo me identifico con ella a partir de esta cuestión muy difícil que plantea, y que supone escribir en la lengua del dominador. Cuál es el efecto que produce escribir en la lengua de la clase dominante para hablar de los dominados y para darle la palabra a los dominados, es una contradicción insuperable, que trato de afrontar en mi trabajo.
–¿En qué momento la reivindicación identitaria, cualquiera sea, funciona como una cárcel y en qué momento puede transformarse en una instancia liberadora?
–Los grandes movimientos gay de los 80 y 90 fueron muy importantes, y lo son aun hoy en países como los africanos, donde los hombres son encarcelados y torturados por ser homosexuales. Es evidente que para ellos es absolutamente fundamental afirmar una identidad gay, que demanda leyes de protección. Entonces el derecho a una identidad, que hoy quizá parece un lujo occidental, incluso si comparto esta posición (y yo personalmente trato de deconstruir la noción de identidad, porque justamente tenemos varias identidades) no debe hacernos olvidar la necesidad de la afirmación urgente de una identidad homosexual en países donde no existen derechos, porque lo que está expuesto es su propia vida. En países como Uganda, por ejemplo, donde la manifestación del orgullo gay fue aplastada, para poder afirmar una identidad gay deben referirla al modelo occidental de la identidad gay, y a ellos no les podemos negar el derecho a una identidad.

Didier Eribon básico  Reims 1953. Filósofo y sociólogo.

Filósofo e historiador de la vida cultural francesa. Ha dirigido seminarios en la escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales de París. Ha enseñado además en diversas instituciones estadounidenses, como la Universidad de Chicago, la Universidad de Harvard y la Universidad de Yale, entre otras. Desde 1984 ha colaborado en Le Nouvel Observateur. Adquirió notoriedad por dos libros de entrevistas con Georges Dumézil (1987) y Claude Lévi-Strauss (1988), pero se destacó por su biografía de Michel Foucault (1989), que se tradujo a varios idiomas. Actualmente es profesor en la Universidad Jules Verne de Amiens.

Foucault, el filósofo político  

Como declara Eribon en “Foucault y sus contemporáneos”, no es raro que Foucault haya sido leído con un grado sorprendente de detalle tanto por los intelectuales bengalíes como en EE.UU. o los países del Este. Primero, porque sirvió de referencia a movimientos políticos de muy diverso signo, desde la izquierda marxista hasta los países que tuvieron que pensar la transición democrática luego de la caída del Muro, aun cuando, durante los 80 y 90, haya estado bloqueado en su propio país. “Ahora volvió pero de la mano de una academización, de una neutralización que proviene de considerarlo un clásico, un pensador del pasado que hay que reverenciar. Contra eso, hay que ‘presentificarlo’”, dice Eribon y explica cómo podría ser esa operación: “No se trata de seguirlo punto por punto. Es más importante su legado en términos de ethos que como sistema de ideas. Porque la teoría y la práctica política en Foucault comienzan con lo intolerable”. De lo que se trata, es de rechazar las grandes teorías que prometen un futuro y someten toda acción política a la concordancia con un gran plan. Por eso Eribon rechaza la “hipótesis comunista”, tal como propone Alain Badiou. “Ese planteo está en las antípodas de Foucault, porque muchas luchas se desarrollan en función de cuestiones locales y de tiempos singulares. No están prefijadas y tampoco pueden ser incluidas en un relato coherente con otras luchas”. Es claro que las teorías que proceden de ese  modo dejan fuera de juego a las luchas de género, por ejemplo.
Para Eribon, particularmente interesado por la articulación entre filosofía y política, el pensamiento siempre se articula con la política, quiéralo o no. “Esto no quiere decir –aclara– que le tenga que dar significación a todos los movimientos, porque muchas veces ellos producen su propia significación”.

Ortega, sin orteguianos y sin ortegajos

Los más grandes escritores son los que soportan las críticas más duras
El filósofo español José Ortega y Gasset fue decisivo en el ingreso de Hispanoamérica a la modernidad./eltiempo.com

Si es verdad que los más grandes escritores son los que soportan las críticas más duras, entonces José Ortega y Gasset es, quizá, el mayor escritor español del siglo XX, porque nadie ha soportado ataques, tergiversaciones, burlas y parodias tan sangrantes como él. Hay muchas razones que explican este hecho. Una es el lugar desmesurado que Ortega ocupó desde muy joven en la vida intelectual española, lo que hizo que ofreciera un blanco desmesurado.
Otra es el secuestro de Ortega por los orteguianos, que han estado a punto de convertirlo en un pensador repipi, reaccionario e insustancial. Otra, claro está, son sus propias debilidades, cada vez más acusadas a medida que envejece: su pedantería, sus cursiladas, su arbitrariedad, su prepotencia, su egolatría, su nacionalismo mal disimulado y su autoritarismo de salón, su gusto por las señoronas y los señorones y por supuesto sus ortegajos (como los llama Sánchez Ferlosio), esas sentencias lujosas pero huecas que de vez en cuando afligen su obra: “orquídeas verbales”, las llamaba Josep Pla.
A mi juicio, el mérito principal de la apasionante biografía de Ortega que acaba de publicar Jordi Gracia consiste en no ocultar ninguno de los defectos de Ortega recordándonos todas sus virtudes; es decir, recordándonos lo que nunca ha dejado de ser: un pensador vivísimo, jovial, subversivo, pletórico de estímulos, radicalmente ateo y anticatólico, radicalmente vitalista, radicalmente radical, porque va a la raíz de los problemas.
Gracia subraya paradojas fundamentales y ofrece más de una sorpresa a quienes creíamos conocer a Ortega; menciono dos. Goethe advirtió con razón que hay que tener mucho cuidado con lo que se quiere ser de mayor, porque puede acabar consiguiéndose; pero se le olvidó advertir que hay que tener todavía más cuidado con lo que no se quiere ser de mayor, porque también puede acabar consiguiéndose.
Es lo que le ocurrió a Ortega. Nacido en una familia de periodistas, de joven Ortega aspiró a huir del periodismo y a hacer “labor objetiva y científica en libros”, como escribe en una carta casi adolescente a su padre. La realidad, sin embargo, es que Ortega fue ante todo un escritor de periódicos, que solo publicó un libro como tal y que el resto de su obra consta de recopilaciones de artículos.
Lo curioso es que fue precisamente ese género, el artículo, el que le permitió a Ortega dar lo mejor de sí mismo, el que lo convirtió en el pensador asistemático y literario que es, lleno de intuiciones, vislumbres y fogonazos deslumbrantes; en cambio, cuando, ya de mayor, sintió la urgencia de forjar un sistema filosófico, fracasó.
Paradojas aparte, quizá la mayor aportación de Gracia reside en haber documentado al detalle la total imbricación de Ortega con la política de su país, su ciclotímica pero absorbente pasión política. Aquí Gracia destroza los clichés propagados con éxito sorprendente por quienes no han leído a Ortega o lo han leído con mala intención: Ortega no solo no tuvo la más mínima connivencia con el fascismo, sino que parte importante de su obra –La rebelión de las masas, sin ir más lejos– está escrita contra él; Ortega fue siempre un liberal –un liberal izquierdista de joven y un liberal conservador de viejo– y un demócrata casi siempre radical, lo que de joven hizo de él un antisistema y de mayor le convirtió en un defensor de la República, su gran proyecto político y su mayor fracaso, como el de toda su generación.
“¿Es el gran filósofo español?”, le preguntó Tereixa Constenla a Gracia en este periódico; la respuesta a esa pregunta fue otra pregunta: “¿Hay otro?”. La tradición del pensamiento español es la que es, y parece evidente que, al menos en el siglo XX, casi nadie ha pensado en español con la potencia, la inteligencia y la brillantez de Ortega. Para apreciarlo, no hace falta estar siempre de acuerdo con él. Al contrario. “Ricordati, Fabrizio”, le dice un amigo al protagonista de Prima della revoluzione, la película de Bernardo Bertolucci, “non si puó mica vivere senza Rossellini”.
Nosotros podemos pensar contra Ortega, quizá incluso debemos hacerlo; pero no podemos pensar sin Ortega, porque, al menos en español, no se puede vivir sin Ortega. Sin el Ortega que nos devuelve Gracia, por lo menos: un Ortega sin orteguianos ni ortegajos.

Se cumplen cien años de la invención del sujetador

La inventora Mary Phelps Jacob vendió su patente a Warner Corset Company por 1.500 dólares y éste facturó 15 millones en 16 años
Sofia Loren en su años de juventud y belleza luciéndose cuasi desnuda.
De izquierda a derecha la actriz Esperanza Roy. la cantante Miley Cirus y la actriz Angelina Jolie./lavanguardia.com

La ropa interior siempre ha oscilado entre la protección y la provocación. Aclaremos: interior, parte superior y femenina, porque en la sección caballeros poco tiene que hacer. Ni siquiera prescindiendo de ella, pues no pasó nada cuando Clark Gable se la quitó en Sucedió una noche, tratando de hundir la industria. Fue una pose del galán hacia una ingenua Claudette Colbert tras una velada que, con camiseta o sin ella, no llegó a parte alguna. A pesar de Gable, la moda no alteró sus postulados y la prenda se sigue vendiendo aunque sólo sea sólo para protegernos del frío en invierno o mostrar músculo (quien lo hubiera) en verano. Lo mismo pasará con los calcetines: la moda de no llevarlos no dejará de ser un esnobismo de tres modernos mal educados a quienes se les ha dicho que eso es tendencia. No se engañen, pues hasta al mismo Camilo José Cela le tuvieron que prestar (si, prestar) unos en Palma cuando en una recepción con el Rey alguien remarcó que no llevaba y eso, por protocolo, y educación, era impensable. Volviendo al sujetador, siempre ha sido la parte que primero se desmorona en la intimidad tras haber abandonado el vestido y antes de que la braga descienda hacia el principio del goloso final.
Aunque las mujeres han protegido el pecho toda la vida, parece que el sostén lo inventó la norteamericana Mary Phelps Jacob, un día en que, harta del corsé que le agobiaba y que, con todo, le dejaba el pecho fuera, ató dos pañuelos con una cinta rosa para evitar que se viera y lograr que su vestido de noche luciera en toda su magnitud. Lista en la creación, pero inexperta en los negocios, patentó el invento (número 1.115.674) el 3 de noviembre de 1914, hoy hace 100 años, y lo comercializó en su negocio Varesse Crosby, aunque vendió por 1.500 dólares la patente a Warner Corset Company, que facturó 15 millones de dólares 16 años después. El de Jacob fue un modelo a medida, detalle importante. Porque según una encuesta de Sayfit, una marca de Igualada especializada en corsetería, siete de cada diez mujeres no utilizan la talla y copa adecuadas y nueve de cada diez desconocen cuál es una y cuál la otra, con lo que la mitad de las dolencias mamarias provienen de ello. Para que las señoras conozcan bien su talla, Sayfit creó una campaña para todas las usuarias de su app para smartphones iOS y Android que, en menos de un año, ha tenido más de 50.000 descargas, no sólo para saber su talla sino también la dirección de la tienda más cercana para adquirirlo.
A la vista de las imágenes ilustrativas, vemos como los tiempos adelantan que es una barbaridad: no importa la talla, sino la actitud. Y el usarlo o no.

4.11.14

Cuando la literatura se ocupa del sufrimiento íntimo de las víctimas

La novela  Todo pasa pronto resulta en una apuesta novedosa por reconstruir historias y espacialidades que han sido dejadas a un lado por los sectores más conservadores de la literatura
Juan David Correa, autor colombiano de Todo pasa pronto./elespectador.com
 
Todo pasa pronto de Juan David Correa/Laguna Libros

Más de cincuenta años de conflicto armado han dejado un cumulo de secuelas en cientos de familias colombianas. Sus horrores y la degradación del ejercicio de la política no sólo se manifiesta en los grandes y dolorosos magnicidios como los de Luis Carlos Galán, Álvaro Gómez Hurtado, Bernardo Jaramillo, Carlos Pizarro y Jaime Pardo Leal sino también en la persecución a quienes disienten en el debate de las ideas políticas, muchas veces produciendo el exilio y en el peor de los casos, la muerte.
La conmoción por los asesinatos de líderes sociales y políticos en el país, dura poco tiempo. Pero para los familiares la ausencia (por muerte, secuestro, exilio) se convierte en un lastre, una pesada cruz que se lleva a cuestas en cada momento de la vida.
Esta dura situación es la que aborda Juan David Correa en su novela ‘Todo Pasa Pronto’, un trabajo ingenioso en su forma, y difícil de encasillar en un género, por cuanto hace uso inteligente de diversos giros literarios y herramientas periodísticas para atraer al lector, en especial de la crónica que permite integrar la riqueza de detalles con cifras y datos actuales. Todo ello sumado a la alternación de las temporalidades, ya que la trama no se va articulando de la mano de los recuerdos de los personajes, lo que subvierte los esquemas eurocéntricos del tiempo lineal.
‘Todo Pasa Pronto’ aborda la vida de un pequeño núcleo familiar de clase media cuya estabilidad está mediada en pleno por la realidad política del país; la vida de Daniel, un padre que aplazó durante la mayor parte de su juventud y adultez un proyecto ‘convencional’ de vida (buscar un trabajo con un horario fijo, preparase para un proyecto profesional) y se dedicó a la difusión de las ideas de izquierda, específicamente trotskistas, así como a la defensa de los derechos laborares de los trabajadores agrarios. ‘Esperanza’, su esposa, una mujer que huyendo de la sobreprotección y del férreo régimen disciplinario de un internado decidió correr a los brazos de Daniel para buscar algo de aventura, pero cuando ingreso a un empleo formal y sintió en carne propia los sacrificios y desmesuras de una vida contestataria, perdió el intereses por su esposo.
Uno de los personajes claves de la obra es ‘Pablo’, hijo de Daniel y Esperanza, a través del cual el autor desarrolla la historia usando como hilo conductor su experiencia vital, los traumas y miedos que lo agobian ( a la oscuridad, a la soledad, a perder su lugar ante un nuevo integrante en la familia, entre otras inseguridades). Pablo ejemplifica la realidad de centenares de niños colombianos que han sido víctimas de diversas formas de violencia simbólica, y que han sido expuestos, desde muy temprana edad, al juego de odios heredados desde el siglo XIX y que llegan hasta nuestros días.
El fútbol y los álbumes de los jugadores de los mundiales, las enfermedades que marcan a muchos en su infancia, los amigos, los diálogos familiares y la música, la transformación de la malla urbana en la ciudad, los cinemas, los cafés y las universidades públicas, el miedo al futuro y la exacerbada apuesta por el presente que muchos ciudadanos dejan entre ver en sus acciones; la vida cotidiana en general es usada para darle forma a esta novela.
“La clase media no ha sido protagonista de la literatura urbana que existe en el país porque se ha dedicado a otros sectores y elementos como el hampa. Me he ocupado de la clase media en medio de todo este cataclismo e historias tan encontradas, dándole voz a personas como cualquiera de nosotros que viven no de grandes rentas, sino de su sueldo, y libra diversas luchas cotidianas, quiere comprarse un carro o sueña con viajar, las historia de la gente de a pie son las que me interesan contar. Me he nutrido de estas historias y geografías de territorios que se han transformado y se han olvidado, de lugares que no se van a trazar en ninguna geografía. El arte tiene que mencionar, narrar dichas historias y lugares que parecen cosas sencillas, pero hacen parte de la vida cotidiana que alimenta la posibilidad de arraigo de una persona en una ciudad”, anotó Juan David Correa en entrevista con El Espectador.
Como la primera entrega de la trilogía, también publicada por la editorial independiente ‘Laguna Libros’, el diseño de su portada se convierte en una apuesta simbólica Se trata de un radio, un objeto que marco la generación del autor antes de la llegada de las sofisticadas herramientas para la comunicación y que hoy tienen a la mano cientos de personas.
Pensadores como Hegel y W. Dilthey señalaron la importancia de la comprensión de la realidad y de la historia a partir de la literatura, y ‘Todo pasa pronto’, la segunda entrega de la trilogía (la primera entrega fue ‘Casi nunca es tarde’) que Juan David Correa espera culminar con una próximo tomo, resulta crucial para la comprensión de lo que los historiadores llaman ‘la historia del tiempo reciente’, ya que su valor no simplemente se sujeta a los valores literarios, sino que nos presenta con una mirada incisiva las formas de los consumos, la caracterización de los personajes, los estilos de vida y de vestir de aquella época, sumado al uso de lenguajes propios que aún no están incluidos en ninguna enciclopedia o tratado literario. Geografías urbanas resignificadas y universos culturales que han sido dejados de lado en el campo literario, resultando en pionero y en un indispensable para la comprensión de la otra cara del conflicto social y armado por el que atraviesa el país, el sufrimiento en la vida íntima de las personas.

Helada luz en el corazón de las tinieblas

Rey Rosa –"el escritor más riguroso, más luminoso de mi generación" al decir de Bolaño– ha volcado en dieciséis textos breves, entre el diario, el cuaderno de viaje, la crónica judicial y de sucesos, testimonios negros e ineludibles de una serie de acontecimientos que destacan por su crueldad entre los más crueles de la segunda mitad del pasado siglo XX, siglo breve, oscuro, frío y cruel
 
Rodrigo Rey Rosa, entrega La cola de dragón, una serie de textos de no ficción./revistadeletras.net
En Helada, Thomas Bernhard hace decir al pintor Strauss que “el mundo es una disminución progresiva de la luz”. Para W.G. Sebald, quien aborda en sus ensayos sobre la demencia, la violencia política, pero también social, sobre la que insiste una y otra vez el genial novelista centroeuropeo; esa oscuridad progresiva, ese oscurecimiento gradual, no es sino la misma negación del sentido de la historia bajo cuyos auspicios la búsqueda de la verdad “es ya siempre un acto de desesperación”.
Uno se ha acordado de todo eso al cerrar el primer libro de “no ficción” de Rodrigo Rey Rosa (Guatemala, 1955) publicado en España.
Bajo el rótulo La cola del dragón (título del texto más emblemático del volumen) la joven editorial valenciana Contrabando –por medio, en este caso, del editor Sergio Pinto Briones- ha recogido y dotado de una refulgente coherencia una serie de textos de no ficción de uno de esos autores que ya consensuamos en reconocer como imprescindibles.
Efectivamente, el guatemalteco Rodrigo Rey Rosa (1955) –“el escritor más riguroso, más luminoso de mi generación” al decir de Bolaño– ha volcado en dieciséis textos breves, entre el diario, el cuaderno de viaje, la crónica judicial y de sucesos, testimonios negros e ineludibles de una serie de acontecimientos que destacan por su crueldad entre los más crueles de la segunda mitad del pasado siglo XX, siglo breve, oscuro, frío y cruel.
Contrabando
Contrabando
En común con el asqueo centroeuropeo (como eje temático, pero también como postura estética y sentimental) la reciente historia centroamericana –una suerte de relevo geográfico y temático del horror político pero también social del siglo XX, siglo centroeuropeo– permite secos y comprometidos ejercicios de escritura como el del novelista, aquí cronista, Rey Rosa. Ejercicios que ya no son, como en Bernhard, actos de irónica desesperación sino resultado de la fría, obstinada, quizás helada, pero siempre sobria, necesidad de dar testimonio.
Sí, desde el frontispicio, Rey Rosa deja saber que el libro que tenemos entre manos es un testimonio resultado de la necesidad de contar. Necesidad de testificar, necesidad también de acomodar, por honradez, por necesidad, el estilo a lo que se cuenta. ¿Qué se cuenta?
Tras unas pinceladas realistas tan ponderadas como emotivas sobre el escritor en formación (Bowles y yo, Estudios de Miquel Barceló), reivindicaciones de escritores poco conocidos (Salomón de la Selva en Encontrado en Nicaragua) se cuenta, lo habíamos adelantado ya, el horror, la brutalidad, la insoportable impunidad de esos crímenes que hemos calificado con voluntarista rotundidad como “crímenes de lesa humanidad”.
El genocidio perpetrado en la Guatemala de los años ochenta por el gobierno del general Efraín Ríos Montt, con el apoyo de los servicios de inteligencia de EEUU, contra pobres acusados de colaborar con movimientos de izquierda y campesinos indígenas se cobró la vida de más de 200.000 personas. Una media de 6000 asesinatos al año, la mayoría de los cuales, al igual que las violaciones y otras torturas de las que fue víctima la población maya-ixil, quedaron sin castigo.
La luz sobre la responsabilidad última de militares y políticos en el poder se desvaneció el año pasado con la anulación por parte de la Corte de Constitucionalidad de Guatemala (la Corte celestial) de la sentencia de genocidio. Se oscurecía así, de nuevo, esa parte del planeta que recogió el testigo horrible de la larga serie de corazones de tinieblas que mucho antes habían sido el Congo Belga en la época de Leopoldo II (el descrito por el propio Joseph Conrad), el padecido por el pueblo armenio, el Holodomor ucraniano o el Porraimos (contra el pueblo gitano) y la Shoa ya en el propio centro de Europa.
¿Qué estilo? Se cuenta austera, seca, rigurosa, ásperamente. Rey Rosa, el escritor, hace lo más caro a la vanidad de los autores: se hace desaparecer. Acción consecuente. ¿No fue acaso la magnitud de cada uno de aquellos horrores a los que antes aludíamos, el Holodomor, la Shoa… tal que se dudó (Theodor Adorno) de la posibilidad de seguir haciendo poesía? Tal era la oscuridad y la gélida temperatura de cualquier corazón mínimamente concernido. La poesía, pero también el poeta, desaparece. Rey Rosa es consciente de que las palabras que graba, el testimonio, el documento que reproduce habla, como se suele decir, por sí solos.
La cola del dragón, zona central del libro, tiene un trasfondo recurrente: la anulación de la sentencia que condenaba al golpista Ríos Montt como responsable final del arrasamiento genocida por parte del ejercito guatemalteco, auspiciado por el gobierno de Reagan, del llamado Triángulo Ixil. Para situar los hechos le basta al escritor con bosquejar un marco: “El paisaje del altiplano guatemalteco estaba, a finales de abril, sumido en un vasto baño neblinoso. Los pueblos de Chichicastenango y Santa Cruz del Quiché, sin la actividad febril de los días de mercado, parecían solamente sucios y caóticos, víctimas de la proliferante fealdad de nuestra era.” Y luego la realidad.
Mantenida la contención, la verdad se desborda, por decirlo como Nabokov, por el nebuloso margen de la página. Y es suficiente. Sobrevivientes ixiles declararon como soldados jugaban al futbol con la cabeza de una anciana. Sobre las torturas de chicos y chicas el pionero de la antropología forense Clyde Snow reconoció en su día que aunque hubo cosas parecidas en El Salvador, Bosnia o Irak, es en Guatemala donde peores atrocidades había visto.
“Cuando la derecha cazaba genocidas” escrito con Sebastián Escalón es la irónica, negra, crónica sobre la campaña de calumnia, desprestigio y asesinato de líderes democráticamente elegidos. Los informes de la CIA sobre las operaciones en Guatemala entre 1952 y 1954 que recoge Rey Rosa incluyen el Manual para asesinos (puesto al alcance del público en 1997). El insoportable cinismo de la agencia norteamericana es también tema específico del breve Snow Job. Rey Rosa deja, una vez más. que el texto se escriba solo: “(…) una categoría más se origina por la necesidad de ocultar el hecho de que la víctima fue asesinada (…) las herramientas simples y las que estén a la mano son las más eficaces. Un martillo, un desarmador, un atizador, un cuchillo de cocina, un pedestal de lámpara, o cualquier otro objeto duro y pesado que esté al alcance bastará (…) Para los asesinatos simples o de persecución el accidente prefabricado es la técnica más efectiva. Cuando se lleva a cabo con éxito causa poco alboroto y es investigado sólo de manera casual.”
Hechos cuya impunidad sobrevuela como un buitre disidente los cadáveres sin verdad de este periodo atroz de la historia de América y que regresan a estos breves textos una y otra vez, así el asalto a la embajada española el 31 de enero de 1980 donde se quemaron vivos a los 27 indígenas que habían ingresado de forma pacífica para denunciar los continuos abusos que sufrían. Sobrevivió, recordémoslo, el embajador español Máximo Cajal que saltó por un ventana, sobrevivió, denunciémoslo, un campesino que fue trasladado al hospital con graves quemaduras para ser secuestrado luego por varios hombres armados en el propio hospital. Su cadáver apareció muerto al día siguiente con señales de tortura.
Cita en Bogotá sirve a Rey Rosa para rebatir la negación del genocidio guatemalteco en la casa de Borges: la biblioteca. Cinco columnas señala los terribles matices de la palabra Kaibil, las técnicas de deshumanización y embrutecimiento para infundir terror (torturas, decapitaciones). Visita a la jueza Barrios es el retrato escrito con ternura seca de Iris Yassmín Barrios conocedora en tribunales de los llamados de Alto Riesgo de casos cruciales de la historia reciente de Guatemala: asesinatos, chantajes, extorsiones de investigadores, científicos y activistas de derechos humanos.
La violencia que generamos parte de la conocida tipología de la violencia por parte del filósofo esloveno Slavoj Žižek, violencia que, entre nosotros, también diseccionó perfectamente el desaparecido Vázquez Montalbán: la subjetiva –ejercida directamente por agentes individuales o colectivos; la objetiva –racismo, machismo, exclusión; la violencia simbólica o sistémica: necesaria para perpetuar ciertos modos de vida –la de los zares, la de las oligarquías latinoamericanas.
La tesoro de la Sierra es la crónica en autobús del tour de los horrores que significa para el medio ambiente y la salud, y por tanto para la supervivencia de los campesinos centroamericanos, la explotación a cielo abierto de minas de oro. La cuestiones son retóricas: ¿cómo puede la avaricia de una empresa privada y la ingenuidad de unos pocos poner en riesgo la vida de generaciones enteras? ¿qué nueva forma de violencia supone el desprestigio de las víctimas, su ninguneo, las injurias vertidas desde los medios de comunicación a quienes buscan esclarecer qué sucedió y llamarlo por su nombre? La respuesta regresa en La caja de los truenos y en el último de los Apéndices, el que sigue a la oscura “Entrevista en Ronda”.
En La cola del dragón, Rey Rosa ha dado, por necesidad, testimonio de la violencia (gubernamental, militar, pero también social), de la demencia (gubernamental, militar, pero también social). Ha tomado una lámpara y ha entrado en la cueva donde la barbarie del matarife convive con la indiferencia de los embrutecidos tal como en nuestra latitud hicieron con negra amargura Amery o Kertész. La cueva del dragón es la nuestra. La luz es fría, helada, como en el título de Bernhard. Nace del estupor que produce la impunidad, de la sensación de que todo puede seguir como si nada, que uno puede seguir viviendo, viajando o pescando, como en la imagen del famoso relato de Raymond Carver, con el lago lleno de cadáveres. Sí, el libro tiene sus personajes: en Encantador de serpientes, el doctor David C. Burden una suerte de Mengele selvático salido de Conrad; en el contexto de represiones indígenas de El santo ángel la campesina Petrona Corado pero el protagonista es siempre un estupor: el estupor frente a la insensibilidad.
Sabe Rey Rosa que añadir una palabra de más lo habría acercado (injustamente) al sensacionalismo, que debía alejarse, acercarse y alejarse otra vez. Es por ello un acierto de los editores situar al principio de este libro los textos que transcurren en el extranjero. Añaden a la lucidez del autor la perspectiva de la distancia. Quien ha viajado demasiado (Rosa volvió a Guatemala en 2001 tras vivir en Europa y Nueva York) sabe que a su regreso el país natal se carga siempre de extrañeza.
Como la literatura tiene por objeto la naturaleza humana, el libro lo leerá y lo hará mejor, el lector sensible. Los temas son también de interés para el estudioso “de la inhumanidad del hombre hacia el hombre” por decirlo como ese científico de los derechos humanos que fue Richard Claude: la responsabilidad de las corporaciones y empresas internacionales por violaciones de derechos humanos, la impunidad, la tipología de la violencia, la ineficacia de las normas jurídicas más imprescindibles, son todos ellos temas de triste actualidad.
Del escritor Rey Rosa uno se aventura a decir que habría empezado a escribir por y como Borges pero hubo de transitar, de nuevo por necesidad y lucidez, hacia la literatura comprometida de Camus. Rey Rosa ha querido dar luz fría al ennegrecimiento de una parte del mundo, un acierto, como acertada, dicho sea para finalizar, es la elección en la portada de una fotografía blanco y negro del autor de Piedras encantadas, Caballeriza o Los sordos con una cámara entre las manos: toda una imagen (una meta-fotografía) de la intención estética y del lúcido empeño anterior.

Un cuento largo, la reunificación alemana en la literatura

La caída del muro de Berlín ha terminado por formar un subgénero literario, en el que han partido desde Günter Grass a Lutz Seiler 

Un turista pasea a lo largo de los restos conservados del muro de Berlín junto al río Spree./ Markus Schreiber/lavanguardia.com

La caída del muro de Berlín, hace ahora 25 años, y la reunificación alemana han sido abordadas por tantas novelas -desde Es cuento largo de Günter Grass hasta Kruso de Lutz Seiler- que han terminado por formar un subgénero literario
Ese subgénero no se limita estrictamente al proceso de la reunificación, impulsado el 9 de noviembre de 1989 con la caída del muro, sino que esas novelas son una especie de necrología de la RDA.
Algunas están escritas en clave satírica, como "Héroes como nosotros" (1995) o "Avenida del Sol" de Thomas Brussig, y otras en tono algo elegíaco, como "En tiempos de la luz menguante" (2013) de Eugen Ruge, quien no lamenta la desaparición de la RDA, pero sí todos los esfuerzos y los sueños que se perdieron en ese experimento fallido.
Otras, como es el caso de las dos novelas de Ingo Schulze que abordan el tema -"Nuevas vidas" (2005) y "Adam y Evelyn" (2008)- se concentran en las dificultades que tienen algunos personajes para reencontrarse consigo mismos en una nueva realidad.
En todo caso, las novelas coinciden en el intento de construir una especie de contradiscurso al oficial de la reunificación, relativizando el júbilo de 1989 y 1990.
Ese deseo es especialmente claro en Grass, cuya novela apareció en momentos en que en el este del país la euforia había dado paso a cierta desilusión debido al aumento del desempleo y a lo que muchos sentían como una pérdida de identidad.
En el momento de su aparición "Es cuento largo" fue un escándalo político y hubo incluso quienes acusaron a Grass de idealizar la RDA, de disculpar las prácticas criminales de la temida Stasi y hasta de incitar a la violencia contra el nuevo orden político.
La dimensión política de la novela hizo que en parte se perdieran de vista aspectos meramente literarios, como el que toda la novela esté montada en torno a una parodia sobre un personaje que se cree la resurrección del novelista decimonónico Theodor Fontane.
De todos modos, el libro de Grass inauguró el subgénero que luego sería seguido por otros desde perspectivas no tan claramente políticas.
Diez años después de "Es cuento largo", Schulze publicaría "Nuevas vidas", una obra epistolar que fue considerada por la crítica como "la novela sobre la reunificación tanto tiempo esperada".
"Nuevas vidas", como posteriormente "Adam y Evelyn", es en parte una crónica de la desilusión. El paraíso con el que se soñaba, el oeste, es presentado como un paraíso perdido, en la medida en que ya no se puede soñar y se ha confundido con los problemas de la realidad.
Schulze, escritor nacido en Dresde, considerado por muchos como el novelista por excelencia de la reunificación y publicado en España por Destino, ha dicho sin embargo que la verdadera novela sobre ese proceso histórico debería ser escrita por alguien del oeste, que mostrará como ha cambiado la antigua República Federal de Alemania desde 1989.
Ese libro imaginado por Schulze, que debería ilustrar el desmantelamiento del estado de bienestar tras la desaparición de la amenaza comunista, no ha sido escrita todavía.
En cambio, si ha habido novelas que rememoran prácticamente toda la historia de la RDA, como "En tiempos de la luz menguante", de Rüge, centrada en los sueños y las decepciones de una familia comunista alemana que sigue fiel al régimen, pese a que uno de sus hijos fue víctima de las purgas estalinistas, de lo que nunca se habla.
Uno de los personajes centrales, un historiador, solo se atreve a ajustar cuentas con el régimen después de la desaparición de la RDA.
Uwe Tellkamp, por su parte, narra en "La torre" (2012) -una novela de más de mil páginas publicada en España por Anagrama- la historia de una familia de Dresde que, en los últimos doce años de la RDA, vive en una especie de exilio interior.
"Kruso", de Lutz Seiler, que acaba de ganar el premio a la mejor novela alemana del año, es el último ejemplo destacado del subgénero. El tema central allí es la búsqueda de la libertad y la idea de esa libertad un poco al margen de la represión concreta que se vivía en el régimen comunista.
Allí, sin embargo, la búsqueda individual del personaje central, que se refugia en una isla justo en 1989, termina contrastándose con la sensación de liberación colectiva que hubo con la caída del muro el 9 de noviembre de ese año.

¡Dios es 'negro'!

La sangre de los King, de Jim Thompson, aparece ahora felizmente reeditada.Es una novela  negranegrísima escrita en clave de western
El escritor estadounidense de novela negra Jim Thompson./elmundo.es

La sangre de los King, de Jim Thompson
Es lo que toca. Repetirnos. Repetirnos. Repetirnos. Re. Pe. Tir. Nos. Nos. Nos. Nos. Repetirnos hasta que los estúpidos de siempre tomen nota. Hasta que la palabra del único Dios de lo 'negropolicial' nos entre en la cabeza de una maldita vez hasta admitirlo, asumirlo, inocularlo. Y es una pena, la verdad. Que a estas alturas del siglo andemos algunas dándole vueltas a lo mismo. A nadar contracorriente para negar un presente que, en realidad, no nos gusta. A darnos cabezazos contra la pared hasta que reconozca un mínimo del personal que, en materia 'noir', nos la están dando con queso esos señoritos que creen manejar el cotarro editorial.
Es lo que toca, sí. Celebrar como si fuese un relato llegado de otro mundo 'La sangre de los King', novelaza de Jim Thompson. Publicada por primera vez en Londres en 1973, permaneció inédita en Estados Unidos hasta 1993. De hecho, fue la última novela que el autor publicó en vida y aparece ahora felizmente reeditada por los amiguetes de RBA, para demostrar al mundo 'negro' que no. Que no. Que no. No. Ni mucho menos. ¡Noooooooo! Que no nos vengan con gaitas posmodernas, ni apelando al cansino y gélido 'boom' de la novela negra nórdica, ni redecorando a García Pavón, puesto que la novela negra ya tiene un Dios. Desde hace tiempo. Y se llama Jim. Jim Thompson.
Se ha dicho de 'La sangre de los King', que es la maldad hecha novela. Una bomba de neutrones 'negranegrísima' escrita en clave de western. Me río yo, humilde servidora de nadie, aprendiz de crítica de 'novela negra', de todo lo que he escrito hasta el día de hoy. Pocas cosas se pueden comparar a las novelas de Thompson. Nada, en realidad. Digamos, sin acritud, que ese jodido 'troner' nacido en Anadarko, poblachón de Oklahoma, en 1906, tuvo los suficientes reaños para inventar un género que, por desgracia para los lectores del mundo libre, nadie ha podido, ni podrá, superar en muchísimo tiempo.
Sería estúpido tratar de venderos, a estas alturas de la masacre, al puñetero Jim Thompson. Aunque corren tiempos, por lo menos en este país de mierda, como para pensar que sus libros deberían leerse en las escuelas. Baste decir que, como indican acertadamente los editores de esta novela, "imaginen a Jack el Destripador en un capítulo de 'Cimarrón' y tendrán una idea aproximada de su grandeza". Aaaaaaaaamén. Ahí os dejo con su arranque. 

¡Palabra de Dios! ¡Te alabamos, Señor! De nada.
Justo antes de la primera luz, justo antes de que el alba pintara sus colores veteados sobre la pradera del Territorio de Oklahoma, Critch salió a la plataforma descubierta del tren y se quedó esperando a la novia del soldado. La chica había ido al servicio (¡menuda novedad!), así que tenía tiempo de prepararse mentalmente para lo que tendría que hacer si la actitud de ella lo exigía; para visualizar la escena final de un drama de robo y violación. Si la señorita le ponía las cosas difíciles, la sacaría del andén de un golpe. La mandaría entre los dos vagones y las chirriantes ruedas del tren. Había siete vagones detrás de ese. Cuando hubieran acabado con ella, la señorita se habría convertido en carne picada. Una no existencia que sería menos que nada cuando el alba llegara acompañada de los coyotes y los buitres. Riendo en voz baja, Critch encendió un purito, pensando en cómo le habría elogiado Ray de haber seguido con vida y poder dedicar elogios. Oh, Ray, ya lo creo que lo hubiera puesto por las nubes. Quizá con alguna reserva de poca importancia. "No pierdas de vista el objetivo, muchacho. El punto vital. El cual, permíteme añadir, nunca está en el útero. A no ser que... ja, ja..., a no ser que estés mucho mejor equipado que yo"*. ¡Ah, Ray, Ray! Pero todas las reglas tenían excepciones; y a veces el alumno supera a su maestro. Ella llevaba el dinero bajo la ropa, por lo que, ¿cómo podía alcanzarlo a no ser que fuera bajo la guisa del amor? Y conseguir el dinero donde lo había conseguido había sido su seguro de vida. A no ser que la chica fuera idiota, ahora no podía hablar. A no ser que fuera idiota, ella no intentaría tomar ninguna represalia. Por lo demás, a pesar de su inocencia a la hora de quitarse la ropa, ella tendría que explicar lo que no podía explicarse. No a su marido. Ni a ningún futuro marido. No aquel día ni en aquella época.