1.11.14

El dinero vive sólo de ficciones

Crítica. Tres novelas recientes de autores latinoamericanos –Bellatin, Lísias y Volpi– evidencian la dosis de ficción necesaria para fundamentar la economía política capitalista
CREENCIA. "La mercancía, el dinero o la bolsa existen porque creemos en ellas y actuamos como si existieran", dice el autor de esta nota./revista Ñ

Porque tiene la forma de una ficción, con efectos de verdad concretos, irresistibles y devastadores, la economía capitalista comparte con la literatura un núcleo reprimido de metáforas, tropos y mecanismos ficcionales que sostienen y propagan la creencia en el mercado como base de toda la existencia. Las ficciones del capital son, en todos los sentidos posibles, especulaciones que comienzan con un acto de imaginación y de creencia: la mercancía, el dinero o la bolsa existen porque creemos en ellas y actuamos como si existieran.
Si el dinero, decía Ricardo Piglia a propósito de Arlt, es un gran novelista porque siendo un signo vacío, goza de un poder absoluto, ¿qué puede decirse entonces, en la era de la globalización del capital, de los volátiles mercados financieros y su repertorio de entelequias –acciones, bonos de deuda, títulos, derivados financieros, fondos buitre–, creando millones de dólares del aire que no por nada Marx ya llamaba capital “ficticio”? ¿Qué “repertorios de futuros posibles”, parafraseando a Borges, encierra el mercado y su economía narrativa?
La literatura argentina y latinoamericana no ha dejado de producir y reproducir lo que en lecturas recientes la crítica literaria, interesada en la centralidad que las representaciones del capital ocupan en la construcción de imaginarios económicos, ha llamado “Ficciones del capital” (Ericka Beckman), “Ficciones del dinero” (Alejandra Laera) o “Ficciones especulativas” (Alessandro Fornazzari): ficciones sobre el capital y el mercado tal como aparecen representados en la literatura latinoamericana, pero también ficciones del capital, ficciones generadas por el propio capital que gobiernan la vida económica de una sociedad disciplinada a golpes de mercado.
Tres novelas recientes, El libro de los mandarines del brasileño Ricardo Lísias (San Pablo, 1975), Memorial del engaño del mexicano Jorge Volpi (México, 1968) y El hombre dinero del peruano-mexicano Mario Bellatín (México, 1960) usan los procedimientos y la fuerza imaginaria de la literatura para captar y hacer ver los fundamentos ficcionales de la economía política burguesa y la lógica de sus deseos. Son ficciones del capital que dicen la verdad mintiendo: en lugar de denunciar y desenmascarar el origen fraudulento de la renta financiera desde un lugar de verdad y de virtud, dicen en cambio que la ficción es la condición misma de una economía que, a partir de un núcleo de quimeras constitutivo, trabaja con estrategias de deseo y profecías autocumplidas. El verdadero enigma de la economía de mercado es la manipulación de percepciones, expectativas y creencias inherentes al capital, un estatuto de ficción que, como señala Beckman, “no se capta expulsando sus elementos fantásticos, sino preservando la quimera como su condición normal”.
Otro lobo de Wall Street
El arte de tapa de Memorial del engaño es una advertencia, una suerte de pacto de lectura: un hombrecito de negocios calvo frente a un enorme caballo de Troya empapelado en dólares, que esconde en su interior una serie de aparatos de representación comunes a la novela y a los mercados bursátiles representados en ella. La novela, una suerte de tragicomedia financiera, hace lo que dice, y comienza con un engaño tan viejo como la novela misma: el viejo truco del manuscrito apócrifo con las memorias de un tal J. Volpi, un lobo de Wall Street y mecenas de la ópera prófugo de la ley, fundador y director de un fondo de inversión que en 2008, el año de la crisis financiera, estafó a sus clientes por un monto cercano a los 15 mil millones de dólares. Con la honestidad brutal de un perverso y sin el menor arrepentimiento (“No fuimos irresponsables. No fuimos rapaces ni ambiciosos. Sólo tuvimos mala suerte”), Volpi describe en primera persona (o más bien, canta todo: el libro tiene la estructura de una ópera bufa) un crimen que se aprovecha de las bases de creencia sobre las que se asienta el mundo financiero.
Pero el hecho de que sea una novela disfrazada de testimonio autobiográfico, que los datos del autor, las reseñas de las solapas y las fotos que documentan la historia sean ficticias, pone al libro del lado del fraude y de la falsificación. De hecho, en un juego de desdoblamientos y duplicaciones que comienza desde la firma (todo en el libro es doble: la contabilidad, la pertenencia, la ideología), “J. Volpi” se llama igual que el mexicano Jorge Volpi, miembro de la llamada Generación del Crack, autor de En busca de Klingsor (1999).
Pero Memorial no es sólo la historia de la caída de Lehman Brothers, una de las obras cumbres del capitalismo del desastre, sino también la caída del padre de Volpi, otro economista que alrededor de los años 40 se arroja desde un piso 11 por razones que el hijo desconoce. El misterio pone en marcha una búsqueda familiar (algo así como Pedro Páramo en versión hollywoodense) que, en clave de thriller económico y a fuerza de Wikipedia (¿Quiénes fueron Harry Dexter White y John Maynard Keynes? ¿Cuándo se fundó el Fondo Monetario Internacional? ¿Qué es el “esquema Ponzi”?), reconstruye no sin ironía el origen del presente: la fundación del FMI y el Banco Mundial, diseñado por un grupo de economistas de la Reserva Federal acusados en pleno macartismo de espiar y conspirar a favor de la Unión Soviética.
Gracias a un hábil manejo de los efectos de verdad, Memorial es un libro inmoral al servicio de la moral, que apunta a la reacción republicana de un lector tentado e indignado al mismo tiempo por la mueca obscena y corrupta del amo capitalista saliéndose increíblemente con la suya. El lector no puede creer (moralmente) en lo que (los) Volpi le hacen creer con malas artes de novelista. Después de todo, la historia del Volpi financista y el Volpi novelista se tocan en algún lugar: uno cotiza en Wall Street, el otro en los mercados literarios globales, como representante de una política (literaria) global sin rasgos nacionales, que rechaza los colores locales y las dificultades formales de la literatura del Boom en nombre de una lengua transparente, legible, sin fricciones, al servicio del cliente lector.
Un cuento chino
Al lector de El libro de los mandarines , en cambio, por más que quiera, no se le permite creer ni un sólo instante en la supuesta verdad de una voz narrativa inestable, poco confiable, fraudulenta de punta a punta. La novela de Ricardo Lísias, que recientemente ganó notoriedad con la publicación de Divórcio , cuenta en clave de picaresca el ascenso de Paulo, un metódico y ambicioso ejecutivo paulista a cargo del Area de Desarrollo de un banco multinacional británico. A la vanguardia de los discursos corporativos, de la futurología de los mercados y del “desarrollo de nuevas técnicas empresariales” que incluyen la “lingüística corporativa”, Paulo se pone a estudiar mandarín y a reunir información enciclopédica que luego vuelca en prolijos y precisos memorándums que lo llevarán de San Paulo a la casa matriz en Londres y de allí a la lejana China: frontera última del capital financiero, un mercado soñado, grandioso, lleno de posibilidades y promesas, incluida la cura de un dolor de espalda crónico que no lo deja en paz.
Tan productiva y enriquecedora como la obra de su admirado Fernando Henrique Cardozo, la experiencia del viaje le sirve para ganar confianza, al punto que decide renunciar a la carrera corporativa para volver a San Paulo a fundar un centro de “ counseling, coaching y mentoring ” para ejecutivos inspirado en los valores de la China contemporánea, que incluye charlas motivacionales y servicios de masajes orientales antiestrés, y a publicar su libro con consejos para futuros hombres de negocios que lo consagraría como uno de los grandes pensadores de la vida corporativa. Pero “en rigor de verdad” (y cuando el narrador de Lísias repite “en rigor de verdad”, la relación entre las palabras y las cosas se relaja y la lengua se derrumba), Paulo nunca estuvo en China, sino en Sudán, monitoreando los fundamentos de una economía globalizada tan negra como el petróleo tercermundista que la alimenta (tráfico de armas, lavado de dinero, contrabando de piedras preciosas, terrorismo, fraudes bancarios). Tampoco la consultora es exactamente un retiro empresarial, ni las geishas son chinas expertas en aliviar el dolor, ni lo que ofrecen son masajes terapéuticos: ¿no son prostitutas sudanesas, cuyo sexo mutilado fascina a los brasileños? Y para ser sinceros, ¿qué es la “lingüística corporativa”, sino un palabrerío aforístico de charlatán de feria, mezcla de cháchara de marketing y manual de autoayuda? Y el poder de innovación de Paulo, su genial capacidad de saber “reconocer el talento” de los demás y liderar grupos, ¿en qué se diferencia del plagio, la deslealtad y la explotación de las ideas y el trabajo ajenos, comenzando por el ghost writer poeta que le escribe los libros?
Afectando la capacidad de nombrar las palabras por medio de un uso irónico del indirecto libre (¿quién habla? ¿qué está diciendo? ¿está hablando en serio?), Lísias nos sumerge y nos saca del reino de la lengua fácil y patética de una economía que hace cosas con palabras corruptas. Al cuento chino de la globalización, a la malversación de las palabras, Lísias contrapone la “paulización” de un mundo (todos personajes se llaman igual, Paulo, Paul, Paulson, Paula, Paulito, Pauling) sin falsa conciencia, sin engaños, donde los personajes son sujetos de una razón cínica que, parafraseando a Peter Sloterdijk, saben lo que hacen, y a pesar de ello, no se abstienen de hacerlo.
Fetiches
El problema con la razón cínica es que no toca las fantasías, esto es, ese nivel corporal, afectivo, preideológico, donde se juegan las identificaciones que sostienen, por ejemplo, el interés personal o el deseo de consumir: una cosa es criticar al capitalismo, y otra muy distinta es comenzar a desear según una economía no capitalista del goce. Hacia allí se dirige la extraña literatura de Mario Bellatin y su trabajo con el sueño, no porque sus relatos cuenten un sueño, sino porque tienen la forma de los sueños. La relación con el dinero superpuesta a la relación con los padres, el nexo libidinal entre dinero, cuerpo y enfermedad; los juegos entre el escritor, el narrador y el autor; la relación entre literatura y dinero; la imposibilidad de decidir entre realidad y sueño y la precariedad del pacto ficcional, reaparecen en El hombre-dinero con la naturalidad y la frialdad con que los sueños asocian y transforman una cosa en otra. De hecho, El hombre dinero es un sueño con la destrucción en apariencia milagrosa y liberadora de miles de billetes, que el padre del escritor, un inmigrante ilegal en los Estados Unidos obsesionado por la falta de dinero, le contaba al hijo nacido con un solo brazo. Entre la falta de dinero y la falta del brazo hay una relación enigmática, que se remonta a la oferta de una agencia de publicidad de exhibir el cuerpo con un brazo de menos en las gigantografías de Times Square, tanto como al origen de la escritura de alguien fascinado con acuñar letras sobre el papel.
El narrador de Bellatin nunca se pregunta “por ninguna de las circunstancias que hacían posible que estuviese sucediendo una escena semejante”; más bien, deja que aparezcan por sí mismos fragmentos con un sentido desconocido, según una suerte de alegoría trunca que se resiste a entrar en intercambios. Y esto tiene que ver, aunque no sepamos exactamente qué, con la escena fetichizada de los billetes –con imágenes de escritores clásicos impresos en el dorso– que el protagonista retira de circulación y atesora como objeto sagrado, en el núcleo mismo de la imaginación capitalista.
Fermín A. Rodríguez enseñó teoría literaria en la UBA y literatura latinoamericana en San Francisco State University.

El irresistible encanto del policial

Es una lectora voraz y su debilidad son los policiales: los devora en dos noches y a la tercera ya está lista para acometer uno nuevo
 
El comisario Croce investiga, en El astrologo, un cuento inédito de Ricardo Piglia./adncultura.com
Todas las noches se toma la combi de las nueve que la lleva del trabajo a su casa. En la penumbra del vehículo, túnel del tiempo directo a los días escolares de la infancia, no condesciende a la camaradería del regreso, a la banalidad tranquilizadora de esas charlas de fin de jornada. Lo suyo es la lectura. Enciende la lucecita cenital y minúscula y se zambulle en el libro de ocasión. Es una lectora voraz y su debilidad son los policiales: los devora en dos noches y a la tercera ya está lista para acometer uno nuevo. Pero en la combi nunca. En la combi sólo se distrae con otro tipo de ficciones o con algún libro de historia. ¿Por qué? "Porque el placer de llegar a casa y saber que me espera una novela policial por la mitad es incomparable", dice con sencillez .
Desafío al ingenio, catarsis justiciera, parábola restauradora del equilibrio roto, los relatos policiales en todas sus variantes no han dejado de cautivar con la fuerza de los cuentos de Sherezade. En su hora despreciados como pasatiempos triviales, luego reivindicados y por último ensalzados con cierto esnobismo, nunca perdieron el poder de provocar a la inteligencia y estimular la imaginación .
El cuento que ofrecemos en la presente edición de adncultura es un policial escrito por Ricardo Piglia. El autor de Plata quemada tiene con el género una intensa relación como crítico y como narrador. En esta oportunidad, "El astrólogo", relato que ofrecemos a modo de anticipo de su nuevo libro, Antología personal, rinde oblicuo homenaje al mundo de Roberto Arlt y reflexiona sobre la política argentina del pasado reciente con un discurso que hace guiños permanentes a la actualidad. Su protagonista es el comisario Croce, sutil presencia en la obra de Piglia que cobra contundencia en sus piezas más breves.
El escritor contó alguna vez que con el personaje de Croce quiso explorar las posibilidades que el género le ofrece a una criatura más intuitiva que racional; más dada a seguir las conexiones que establece el azar que los cauces necesarios de la lógica. Tiempo atrás, dialogando con la periodista Raquel Garzón, Piglia explicaba que lo que más lo atraía del policial era "su capacidad de convertir en muy apasionante y peligrosa la situación cotidiana de la investigación. También está la idea de trabajar con la épica. Son historias con una dimensión de peligro, de muerte".
La pasajera de la combi me dijo un día, con el tono bajo y levemente sombrío de quien está a punto de confesar un crimen, que no siempre lee policiales buenos. También ataca los mediocres, y no los suelta hasta la última página. No la mortifica la sensación de que tal vez esté perdiendo el tiempo. Sabe que son gajes del oficio. Y que el próximo puede ser mejor. Siempre.

El astrólogo

Ricardo Piglia 

Un legendario y escurridizo ladrón obsesiona al comisario Croce, protagonista de una serie de nuevos relatos que el escritor da a conocer en su Antología personal, de inminente aparición. Con trasfondo de complot arltiano, ambos personajes terminan encontrándose en la más clandestina de las circunstancias 


El comisario Croce se había enfrentado durante años con Leandro Lezin, el Maquiavelo de los bajos fondos, como lo había definido un cronista de la sección policial del diario Crítica en octubre de 1931 luego de que el malhechor lograra escapar -con su concubina y dos de sus guardaespaldas- de la redada policial que lo tenía prácticamente cercado en una quinta al sur del Gran Buenos Aires. Había planeado un golpe de una audacia demencial destinado a ocupar en un solo día el Banco Central, el Ministerio de Hacienda, la Catedral y la Casa Rosada. "El poder en la Argentina está concentrado en la manzana que rodea a la Plaza de Mayo y nuestro objetivo es controlar ese emplazamiento y paralizar de asombro a la nación", señaló. Habían elegido el feriado de Semana Santa y pensaban usar la procesión de Corpus Christi para encubrir a los miembros del grupo comando, pero como sucede a menudo bastó un solo infiltrado para desbaratar el complot y liquidar a su organización. Habían secuestrado en una pensión del centro al ejecutivo de una compañía azucarera para cobrar un abultado cheque en dólares sin saber que el sujeto era un informante de la marina de guerra.
Aunque esa historia ha sido contada en un libro tan famoso que está para siempre en la memoria de todos, la leyenda de Leandro Lezin siguió creciendo en las dos décadas siguientes, enriquecida por la perversa perfección de sus delitos destinados -como suponían los investigadores- a financiar sus actividades subversivas. Era un criminal, pero también era un revolucionario, era un hombre de acción, pero también era un sofisticado intelectual experto en ciencias ocultas y en estrategia militar. La mayor virtud de este disolvente -y demoníaco- dandy del crimen era su innata capacidad para borrar sus huellas y hacerse invisible.
Croce era en aquel tiempo un joven comisario de provincia que en secreto se ilusionaba con la posibilidad de capturar a este émulo criollo de Fantomas. Conocía su legajo judicial y su prontuario y podía imaginar sus maniobras destinadas a crear un calculado desorden con sus aguerridas células criminales capaces de las mayores proezas. "Todo es fluido en él, nunca está fijo, es cambiante y traicionero como las corrientes y los riachos del delta del Paraná, donde tiene su guarida", pensaba Croce mientras observaba la irritante quietud de la llanura pampeana, siempre igual a sí misma, lisa y chata e inmóvil hasta el fin de los días. "Yo estoy quieto y él se desplaza; cuando él se aquiete y yo esté en movimiento lo detendré", pensaba mientras tomaba mate en la puerta de la casita blanca donde funcionaba la comisaría. "Detenerlo es fijarlo", pensó. "¿Estará cansado, ese día, tirado en un catre, dormido? No creo; cuando se mueve no para, y solo para cuando está planeando nuevas paradas. Para", pensó. "Ajá, ¿para qué? Para saber su paradero... Para en un parador, en un paraje de algún páramo del litoral por ahí", dijo y miró el horizonte. Así pensaba Croce, aliterando, veía una sinonimia y ya no paraba y se perdía entre los cardos.
-Parado, pienso mejor parado -dijo y se levantó del banco y el cuzco se le acercó moviendo la cola; era un cachorrito, feo y amarillo, una compañía en la soledad del pensar. -¿No, Cuzquito? -dijo Croce. La verdad no estaba aislada, ni quieta. La verdad era variable y comparativa. "Los entes reales son relaciones", pensó. "La verdad es la forma de una relación más que su esencia", pensaba; "nos interesa la duración, la mutabilidad; las relaciones internas de la verdad cambian, se mueven". Le interesaba entender, desde chico era así; entender le interesaba demasiado, a veces no podía dejar de rumiar, se perdía en las variaciones contingentes del mundo, quería saber, captar, detener el vaivén de la vida, y si no podía llegar a una conclusión, se ponía obsesivo, medio catatónico y terminaba en el hospicio. "No se puede pensar de más, uno salta la tranquera y cae en el barro y ya no puede volver"; por eso decidió estudiar filosofía, de muchacho, para tener un objeto concreto en el que meditar, pero no pudo. En cuanto empezaba a leer quería actuar; leía por ejemplo sobre el noúmeno kantiano y pensaba que su amante, la bella Irlandesa casada con otro, que estaba ahí, en la cama, en el hotel de la ruta, desnuda, plena en su ser, era una diosa, apasionada, divertida y sin embargo incognoscible, incomprensible y opaca. "¿Me entendés, Nena?", preguntaba Croce, que mantenía con la mujer largas conversaciones filosóficas en las clandestinas siestas de verano. "Claro", decía ella, "para vos soy la cosa en sí, el Ding an sich"; en alemán se lo decía, divertida, la Colorada, que había estudiado en el Trinity College de Dublín. "Todas las mujeres son kantianas", concluyó Croce. "Cánt-aros", decí mejor, se reía ella, y luego, alegre, volvía a acentuar y hacer una escansión "como cant-os en la noche", dijo. Era más inteligente que él, ella, ocurrente, filosa, menos vueltera.
"Me da por rachas", se resignaba Croce, "empiezo a volar y no aterrizo, me lleva el viento, me lleva la brisa fresca que viene de la laguna". Leyendo, empecinado, a luz de un candil, a razón de quince líneas por día, durante semanas, la Introducción general a la Crítica del juicio, comprendió, de pronto, claramente, en medio de la noche, que el mejor lugar para él era la escuela de policía. El crimen escondía la verdad de la sociedad; era el en-sí del mundo, si pensaba en eso todo el tiempo, como pesquisa podía pasar desapercibido. "Este Lezin, por ejemplo", pensaba Croce, "no es un cualquiera". Era rápido, se anticipaba, estaba siempre un paso adelante, era capaz de pensar con los pensamientos de sus enemigos; era fácil para Lezin ponerse en el lugar de sus perseguidores y pensar por ellos. "Pero no puede pensar como yo", pensó Croce, "que estoy en el aire".
-¿No es cierto, Cuzco? -dijo y el cachorro movió la cola y salió disparando y al rato volvió con una rama entre los dientes-. Vení, a ver -dijo Croce y le sacó la rama y se la tiró de nuevo hacia el pajonal.
El comisario estaba al tanto de las pesquisas y de los datos de los informantes y de las inútiles redadas policiales en la capital, pero fue por azar que Lezin se lo cruzó dos veces y que el tercer encuentro resultó el definitivo -como quien le tira una rama a un cachorro para jugar y ve que el perro la busca y escarba y gime en el lugar donde, justo ahí, estaba enterrado lo que Croce quería-.
La primera vez que lo vio fue en el otoño de 1952, cuando tuvo a su cargo una estafa en los ferrocarriles ingleses con una carta de porte por un envío de madera que en realidad escondía un tráfico de armas que a su vez ocultaba un millonario contrabando de joyas robadas. El vagón con la mercadería había quedado varado en el playón de carga de la estación Chillar y como después de una semana nadie se presentó a retirar la mercadería la policía ordenó requisar la madera y ahí encontraron las armas disimuladas visiblemente entre los troncos serruchados. Una madrugada Croce, con una linterna y una lupa, se dedicó a revisar astilla por astilla el piso del vagón vacío hasta encontrar el diminuto broche de una pulsera de platino que brillaba como una brizna de pasto o una rubia hormiga muerta. ¿Las damas de sociedad con sus joyas y vestidos de noche habían cargado los rifles y las pistolas Ballester Molina? Difícil, dedujo Croce. ¿Una de ellas había usado el nocturno vagón después de un baile para tener un encuentro sexual con su amante proletario y perdió el broche en un abrazo pasional? Posible pero dudoso, decidió Croce y se dedicó a estudiar la invisible pista con un microscopio hasta descubrir dos levísimas -pero nítidas- líneas curvas de la huella dactilar del escurridizo masculino más buscado del país. Dedujo que había usado las armas como señuelo para distraer a los ya distraídos agentes de la policía ferroviaria. De inmediato bajó a la capital y visitó a los reducidores y a los capitalistas que compraban joyas robadas; enlazó su conjetura con el robo de joyas de Ricciardi en exhibición en el hotel Alvear el verano anterior. Pidió una lista de las joyerías abiertas en los últimos meses en la ciudad y, luego de dos o tres deducciones rápidas e inspiradas, allanó el negocio de compra y venta de valores El Buscador de Oro, donde secuestró parte de los diamantes ya desmontados y expuestos para la venta. Aunque no pudo detener a Lezin, que escapó justo por los techos y al que alcanzó a ver desde una claraboya cuando subía muy tranquilo en la esquina de Libertad y Cangallo a un veloz cupé negro y escapaba hacia el Bajo.
-Le vi la cara -dijo Croce a su ayudante Medina-. Era tan natural en su modo de moverse que daba la sensación de ser nadie. Está muy flaco ahora y tiene cara de bagre -concluyó.
La segunda oportunidad se presentó dos años más tarde y fue más abstracta: una noche de 1954, mientras tomaba mate en su rancho, sintonizó por casualidad en una repetidora de Azul un programa de radio dedicado a la astrología numérica; le llamaron la atención los raros dichos del conductor. Una voz grave, convincente y falsamente abrasilerada, con el pretexto de hablar del poder mágico de los astros bajaba línea sobre la coyuntura política. Básicamente, la audición -que duraba una hora, no tenía publicidad y se interrumpía en mitad de una frase cada siete minutos para transmitir tangos de Julio De Caro- estaba centrada en la sorda disputa entre el presidente Juan Perón y la alta jerarquía eclesiástica -conflicto que aún no había tomado estado público-. El comisario pensó que el programa obedecía a una política de contrainformación de algún servicio de inteligencia. Pero la semana siguiente, al sintonizar de nuevo la audición, tuvo una de sus clásicas iluminaciones y comprendió que quien hablaba en la radio era el perseguido Leandro Lezin, que ya había usado sus conocimientos de astrología como tapadera en su primera época y verificó que en medio del palabrerío esotérico difundía propagandas y propuestas.
Nosotros acogeremos a los peronistas, a los católicos, a los desquiciados, a los tristes, a los empleados que aspiran a ser millonarios, a los que tienen un plan para reformar el universo, a los cesantes de cualquier cosa, a los proscriptos, a los que acaban de sufrir un proceso y quedan en la calle sin saber para qué lado mirar.
Croce hizo algunas averiguaciones en las radios rurales de la región y una noche en el horario del programa allanó la emisora central, en la ciudad de La Plata. Con su ayudante Medina irrumpieron en el estudio donde solo encontraron un grabador activado por un sereno somnoliento, que declaró que recibía las cintas del programa los miércoles en una encomienda y que una mujer -levemente coja y muy bien puesta, acotó- le había pagado una suma abultada para transmitir los jueves de 22 a 23 las cintas por los micrófonos de Radio Provincia y de sus repetidoras del interior.
-Es Hipólita -le dijo Croce a Medina, que anotó el nombre de la mujer.
-¿Es un alias? -preguntó.
-Poné Hipólita Ergueta, farmacéutica, meretriz convertida y librepensadora.
Croce no quiso dar cuenta de sus descubrimientos y siguió adelante a puro golpe de intuición. Sabía que Lezin se dirigía a sus acólitos y que enfrentaba una compleja conspiración, una red clandestina que se movía con eficacia y discreción confundida con la realidad misma. Bastaba saber leer los diarios, registrar la confusa serie de hechos políticos, la sección policial, las necrológicas, los avisos clasificados, las crónicas de hechos extravagantes para comprobar que el país estaba siendo sometido a una campaña de insidiosas acciones demenciales y no lo sorprendió que esa caótica sucesión de hechos le permitiera encontrarse cara a cara con su rival. Como si lo real -el tejido inconcebible de acontecimientos contingentes- hubiera definido la cita y el encuentro.
Para que eso sucediera tuvo que sobrevenir una catástrofe -imposible e inevitable- que cambió para siempre la realidad del país: en septiembre de 1955 un golpe militar derrocó al presidente Perón, el general se escondió en una cañonera paraguaya, escapó sin pelear, y comenzó su largo exilio. El comisario fue exonerado de su cargo, su casa fue allanada, su hermano menor fue fusilado en la frustrada rebelión del general Valle de 1956 y Croce anduvo deambulando por los campos y durmiendo en precarias guaridas, viajando en oscuros vagones cerrados, en lentos trenes de carga, hasta que al fin pudo entrar en contacto con las frágiles redes clandestinas de la -así llamada- Resistencia Peronista. Pasó a ser Isidro Leiva, de oficio peón rural, y a residir en una pensión de marineros y changadores cerca del puerto de Quequén. Era un lugar seguro; los activistas encubiertos de la zona, que se movían por las lagunas del sur, le consiguieron una reunión con un tal Freire en el comando de la regional sur.
Se encontraron en el local interminable y estrecho de una ferretería náutica en el puerto de Necochea, que encubría, en el altillo, la casa operativa de la conducción provincial del movimiento clandestino. Croce subió por una entrada lateral que se abría sobre una alta escalera de mármol blanco. Al final, en un recodo del pasillo, había una puerta de vidrio con dos jóvenes armados que lo hicieron pasar al salón principal.
-Entre -le dijeron-, pero no lo toque al jefe, ni le dé la mano. Freire estaba de pie junto al amplio ventanal que se abría sobre los docks y los barcos anclados en la dársena; saludó desde lejos con aire de satisfecha confianza y lo invitó a sentarse en uno de los sillones de cuero.
-Soy Leiva -dijo Croce.
Freire sonrió.
-Lo admiro y me alegra volver a verlo, comisario -dijo ante la mirada sorprendida de Croce-. Recuerdo su cara en la banderola del negocio de la calle Libertad la tarde en que casi me detiene.
-Así que entonces...
-Era -dijo Freire-, pero usted está igual.
-Es difícil cambiar -dijo Croce.
-Hemos sido derrotados tantas veces que ya no vamos a cambiar -dijo Freire-, es lo único que nos queda en medio del desastre. Uno sigue pensando lo mismo para que vean que no ha sido doblegado. Ahora los dos estamos en el mismo bando, somos perseguidos. Mientras-dijo pensativo y hosco- nuestros amigos claudican y triunfan. ¿Se acuerda de Barsut? -preguntó de pronto con visible rencor-. El que nos traicionó en Temperley, un cara lisa, triunfó en Hollywood con el nombre de Carlos Thompson...
Croce no recordaba quién era Barsut y tampoco el que estaba ahí era el que recordaba o el que había imaginado, aunque notó en él la fuerza del odio y el afán de venganza. Lezin era un hombre de cejas pobladas y cara flaca; la nariz de boxeador bajaba desde la frente tumultuosa, el pecho amplio estaba apenas contenido por un saco negro, sobre la camisa blanca y el cuello de clergyman; usaba botines lustrosos y un pantalón entallado también negro. Parecía tener, calculó Croce, unos cincuenta y cinco años. Por lo visto se había hecho romper la nariz para cambiar por completo la expresión de su cara. Imaginó la escena: un golpe seco y brutal en el hueso, la sangre en la boca. "Mi pensamiento se distrae con descripciones", dedujo Croce; "quiere decir que estoy nervioso". Cuando Lezin giró para buscar unos papeles, Croce vio la tonsura de sacerdote en medio del pelo mota, enredadísimo y corto. "Ah, claro, ahora es el padre Freire", pensó. Había una Biblia sobre la mesa baja y un crucifijo sobre la pared.
-Raro para mí estar hablando con usted, la verdad, podríamos haber empezado a los tiros. Y raro que un hombre como usted sea policía.
Croce lo miró impasible.
-Ex policía en todo caso.
-Voy a ser franco -dijo, y a grandes rasgos, con un tono de orgullosa soberbia, le resumió su historia.
En 1931, luego de los episodios en la quinta de Temperley, había cruzado con su mujer al Uruguay y luego al Brasil y había regresado clandestino por la frontera norte y se afincó en Misiones, que en aquel tiempo todavía era territorio nacional. Era la selva, no había Estado, ni ley, y rápidamente se puso al frente de una banda de contrabandistas y cuatreros. Compró una hacienda en el interior y armó un pequeño ejército privado con bandoleros brasileros y paraguayos y organizó una logia científico-militar reclutando a todos los europeos desquiciados que sobrevivían en la zona -matemáticos alemanes y rusos que escapaban de la guerra, físicos húngaros, químicos italianos, ex teólogos jesuitas-, hombres brillantes, borrachos y borrosos. Construyó una iglesia, un laboratorio clandestino y una estación de radio. Durante años fue un caudillo respetado e influyente, y empezó a preparar un plan para separar la región de la administración central y formar una república independiente y libertaria. El inesperado ascenso de Perón cambió el país y trastocó los planes; sus hombres desertaron en masa y se unieron al general. Lezin disolvió su banda, volvió a la capital y se dedicó a la propaganda, a las expropiaciones y a trabajos de organización.
-También yo me metí en el peronismo, a mi manera -concluyó-. No soy un cínico, la realidad es cínica, yo solo me adapto a ella. ¿Usted es peronista?
-No creo.
-¿No cree o no piensa?
-No creo.
-Yo primero creo y después veo si conviene o no. No hay política sin creencia, no me interesa voltear este gobierno, me interesa el poder.
"Es cierto que de perfil se parece a Lenin, como dijo Erdosain", pensó Croce.
-Estamos en una situación inmejorable -siguió el Astrólogo-. Tenemos un líder carismático y está lejos, podemos pedir cualquier cosa en su nombre. Ya es un mito. Y no se puede hacer la revolución sin un mito... La gente está triste, está acorralada y es capaz de cualquier cosa. Vea -dijo y desplegó un mapa. La Argentina estaba dividida en zonas, había círculos rojos y azules, rayas verticales, cruces, siglas-. Hay que abandonar la capital, replegarnos al sur: Avellaneda, Florencio Varela, Bahía Blanca. -Con un puntero mostraba regionales, rutas, centros neurálgicos-. Estamos fuertes en el gran Rosario, hay gente nuestra en el cinturón industrial de Córdoba pero no en la ciudad. Mi idea es infiltrarnos en las zonas débiles y dominar todo a costa de dinero y terror.. El que tenga un poco de psicología se pone este país en el bolsillo.. Estamos frente a una coyuntura. (Pronunciaba coiuntura, notó Croce, "le debe parecer más académico o más preciso", pensó.) Una coyuntura como esta -insistió Lezin- se da una vez cada cien años. Vamos a liquidar y a sobornar a quienes haga falta, siempre en nombre del Líder. -Su rostro parecía enrojecido por el fulgor de una fragua exigida a pleno y sus pulmones se movían como un fuelle desaforado; su voz en cambio era fuerte pero tranquila y modulaba con los modos de un actor convincente y sincero-. Pero sobre todo vamos a comprar voluntades, negociar con almas; comerciar hoy es igual a hacer política, estamos en la era de los grandes negociados -dijo-. La corrupción es el rostro humano del sistema, el engranaje emocional de la maquinaria abstracta del capitalismo, su eslabón débil. Los coimeros, los avivados, los ventajeros, los estafadores, los usureros son nuestros aliados, están en todos lados, en las oficinas, en las empresas, en los ministerios y realizan por su cuenta las mismas trapisondas que el poder económico hace todos los días en escala gigantesca: robar, engañar, estafar, quedarse con el vuelto.
Lezin los conocía y confiaba en ellos. Roban pero están descontentos, son honestos pero también deshonestos, creen en la moral y son inmorales, critican a los malos gobiernos y cobran comisiones para aceitar los trámites. Son y no son, y para ganarlos hay que correrlos para el lado que disparan, ofrecerles una salida.
"Me gusta", pensó Croce. "Es original. Está loco, pero es vivísimo." Y le pareció adivinar su conclusión: ¿O vamos a tomar el poder con los tinterillos y los tenderos?
-Lo que hace falta ahora es un estratega -dijo el Astrólogo-. El general no está en el territorio, necesitamos un jefe acá, en el campo de batalla. El hombre más irresistible de la Tierra -dijo de pronto- es el soñador cuyos sueños se hacen realidad. -Croce había aprendido por su oficio a no mostrase nunca sorprendido y escuchar con ojos impávidos lo que no entendía-. ¿Cómo la ve? -preguntó el Astrólogo.
-Soy un simple comisario de pueblo pero no se imagina las cosas que he visto.. -contestó reflexivo Croce-. Hay que lidiar con el mal y con la estupidez ajena. La gente mata por nada, dejan a los hijitos atados a una estaca con un tiento de un metro y medio, les ponen agua y dulces en una manta y se van al baile, y cuando vuelven se los han comido los perros. Casos y casos así he visto, señor mío; el horror y la idiotez reinan en el mundo.
-Lo entiendo, mi amigo -dijo el Astrólogo meditabundo, y se acercó a los ventanales-. Las calles están vacías, no hay gente en ningún lado, no hay nadie en el puerto, todo está muerto, es demencial, leguas y leguas de campo tendido, y atrás nada, los perros cebados, las osamentas, solo hay vientos, polvo y soledad. Pero este es un país cambiante, hay que estar prevenido. Me guío por mis horóscopos. ¿Ve? Saturno está sobre Venus. Ojo, no se confunda, soy el Astrólogo pero no soy un gil. -Abrió un baúl de madera cruzado por flejes de metal-. Mire -estaba lleno de dólares, billetes de cien, atados en fajos de papel con el sello del Banco Nación-, podemos financiar lo que haga falta. ¿Ve aquí? -Señaló con el puño cerrado el sol en un lienzo con signos zodiacales-. El solsticio estival es propicio, hay que actuar, no tenemos otras certezas, mi querido amigo. Mucha plata en la faltriquera, un arma en la cintura y la voluntad de vencer. Eso es todo.
-Tiene razón -dijo Croce-. Pero ¿qué podemos hacer nosotros? -preguntó. Siempre hablaba de sí mismo en plural cuando era escéptico.
-Tengo grandes planes, el régimen tiene los días contados... Confíe en mí -dijo el Astrólogo-. Nos vemos pronto, mi gente le avisa. -Golpeó las manos con un gesto teatral. Uno de los jóvenes armados se asomó por la puerta-. Acompañen al comisario -dijo el Astrólogo y de inmediato se olvidó de él y se inclinó con expresión intensa sobre el horóscopo con un compás en la mano.
"Es extraño, tiene carisma, es uno de esos hombres", pensaba Croce ya en la calle, "que fijan la atención en alguien y lo iluminan con una inolvidable sensación de intimidad, pero cuando han conseguido lo que quieren, abandonan a su interlocutor y lo olvidan al instante, como si no lo conocieran , y fijan su interés -su calidez, su simpatía- en otra cosa que les interese -una persona, un perro, un dibujo-, lo que sea -una piedra, incluso-, y la capturan y seducen. Sí", se dijo, "aunque sea un objeto, igual lo hacen sentir que es único e insustituible. Por eso la gente los sigue, porque durante un instante eterno hacen que uno se sienta lleno de vida. Son al revés que yo", pensó con una rara torsión sintáctica que delataba su melancolía, "que siempre estoy distraído y distante como si me separara del mundo una plancha de vidrio y cuando me intereso por alguien es para interrogarlo, para saber qué piensa o qué hizo. Mientras, los hombres como el Astrólogo solo quieren hablar ellos, decir lo suyo", se dijo mientras caminaba por los muelles del puerto vacío; "en cambio yo no tengo nunca nada que decir".
Dos semanas después, cuando Croce había conseguido por fin un trabajo de escribiente en los depósitos de carga y descarga de la estación de Olavarría y vivía clandestino en una casita alquilada, supo que Lezin y su mujer habían muerto al resistir un allanamiento del Ejército en Avellaneda. Nadie se refirió públicamente a su muerte y nadie recordó su historia, ni escribió su necrológica, salvo Azul y Blanco, el periódico nacionalista de Sánchez Sorondo que labró su epitafio con enérgica y lacónica prosa de combate.
Matan a dos patriotas. Un grupo de cipayos uniformados de la revolución fusiladora allanó anoche sin orden judicial la vivienda de Leandro Lezin, más conocido como el Astrólogo, y fusiló al legendario pensador nacional y a su compañera, la activista de la causa popular y defensora de los derechos de la mujer argentina, Hipólita Egueda, cariñosamente conocida como la Renga Brava. El pueblo no los olvida y reza por ellos. QEPD.
Croce se guardó el recorte en la carpeta donde conservaba los testimonios de aquellos tiempos difíciles.
"Como todos los tiempos, en todos los tiempos, para todos los hombres. Difíciles", se dijo Croce, mirando arder la brasa del cigarro en la oscuridad, echado en la cama, sin poder dormir, mientras esperaba el alba, solo en su cuarto, escuchando muy bajo en la radio las cifras del precio del kilo vivo del ganado en pie en el mercado de Liniers. "Al matadero", pensó.

El mapa secreto de una literatura

Una antología personal, definición y título de que gustaba también Borges, no es tanto un ranking de lo ya conocido y valorado como una muestra de las elecciones del gusto y del afecto de un escritor. La versión que propone Ricardo Piglia (Adrogué, 1940) de ese ritual es original. Para comenzar, porque incluye una buena cantidad de inéditos, como los cuatro relatos dedicados al inefable comisario Croce. El personaje, que había hecho su primera aparición en su novela Blanco nocturno, es el protagonista de "Liminar", "La música", "La película" y "El astrólogo", que reproducimos en esta edición, y se caracteriza por la singularidad de sus métodos deductivos.
Además de incluir algunos ensayos pocos conocidos, como "El escritor como lector", publicado en México (2007) en el volumen Entre ficción y reflexión. Juan José Saer y Ricardo Piglia, el autor de Respiración artificial y La ciudad ausente recorta, para hacerlos funcionar como cuentos perfectamente autónomos, relatos extraídos de esas novelas, por ejemplo, "La isla de Finnegan". El resultado es así una suerte de mapa secreto de toda una literatura, delineado por su propio creador.

31.10.14

Margarita García Robayo: "Definitivamente, uno llega a conocerse mejor cuando escribe"

La escritora colombiana afincada en Buenos Aires presenta Lo que no aprendí, su segunda novela
Lo que no aprendí   de Malpaso Ediciones.
 
Margarita García Robayo, autora colombiana de Lo que no aprendí./elcultural.es
Un pasado de abogada y de periodista y varios escarceos con el mundo del relato (Hay ciertas cosas que una no puede hacer descalza, Las personas normales son muy raras y Orquídeas) le sirvieron para dar soltura a la pluma y atreverse a dar ciertos pasos. En Argentina, dónde se trasladó hace diez años, trabajó para Clarín, periódico en el que creó el blog Sudaquia en el que contaba historias de América Latina y que le valió diversos premios y reconocimientos. Radiografiaba con verbo hábil y mucho sentido del humor los distintos estereotipos latinoamericanos, "porque todos tienen su fondo de verdad (afirma). Los colombianos no podemos librarnos de la sombra del narcotráfico, y eso genera una cierta desconfianza a nuestro alrededor, y los argentinos van íntimamente ligados al cliché de ser engreídos y presuntuosos".

Y por fin esta joven colombiana de enormes ojos negros (Cartagena de Indias, 1980) se decidió a escribir novela y ya acaba de publicar la segunda. Lo que no aprendí (Malpaso, 2014) ha sido traducida a varios idiomas y está calando en los países de habla hispana, deslumbrados por la minuciosa prosa de esta joven que escribe premiosa y concienzudamente, con la misma atención con la que se puntea un intrincado extracto bancario. "Aunque hay que decir que el relato en sí mismo es un género, y reviste la misma complejidad que puede entrañar la novela (explica), también es importante destacar que relatos y novelas obedecen a búsquedas distintas. Yo cuando escribo relato hago un esfuerzo más grande en cuanto a estructura y técnica que en lo que se refiere a introspección, y en cambio cuando escribo novela la labor introspectiva que realizo es mayor y de mucha intensidad”.

“De niña me interesaba mucho la literatura pero la veía muy lejana a mí (continúa). Mi padre literario, como para muchos colombianos, era García Márquez, pero lo veía cómo alguien inalcanzable. Luego me llegó la gran oportunidad de mi vida, a mis veintipocos años, que fue trabajar en la Fundación García Márquez y ese fue mi acercamiento más real al mundo literario. Allí conocí personalmente a Gabo, el presidente de la fundación, un hombre carismático y con un sentido del humor proverbial. En las reuniones siempre decía frases legendarias, cortas, contundentes y llenas de sabiduría. Grandes conflictos los resolvía con enunciados muy sintéticos. Y fue en esa época de mi vida cuándo me decidí a escribir ficción”. Y así fue como esta autora se fraguó en el oficio, hasta ser elegida en 2008 cómo una de las 50 líderes de su país.

Lo que no aprendí es un buceo en el alma y la historia familiar de su autora, que decidió embarcarse en esa novela cuando regresó a Cartagena de Indias al morir su padre y empezó a oír versiones distintas sobre el devenir de sus antepasados. “No concibo la creación literaria alejada de la autobiografía. Para mí es imposible no poner retazos de uno mismo y de su entorno en la ficción, sea en un personaje concreto o diseminado en almas distintas. Definitivamente, uno llega a conocerse mejor cuándo escribe”.

La fuerza de los detalles y la precisión de sus descripciones es una constante en sus creaciones, porque “los detalles son el esqueleto de la narración (explica), la sostienen y la convierten en algo creíble. Siempre he sido muy observadora, y me gusta poner la mirada en lo más pequeñito porque eso muy a menudo abarca lo que en realidad se quiere contar”. De ahí que una de sus referencias literarias sea la prosa de Dorothy Parker en sus punzantes narraciones cortas, “dónde disecciona y recrea la vida urbana del Manhattan de su época (me cuenta), con un sentido del humor finísimo y unas descripciones meticulosas y muy inteligentes”.
Y esa es la estela que quiere seguir con su reciente libro de relatos Cosas peores, con el que ha ganado el Premio de Literatura de Casa de las Américas, y con su próxima novela, que por ahora es sólo un borrador en su mente.

Hace mucho tiempo que no existo

 Se lanza una nueva edición del libro fundamental de Pessoa más limpia y comprensible al eliminar textos, aunar fragmentos y colocarlos en orden cronológico. Fragmentos del Libro del desasosiego  que se publica esta semana
Fernando Pessoa, retratado por Almada Negreiros./elpais.com


Las ilusiones, el conocimiento, el entendimiento, la cultura, la sensibilidad. Esos son algunos de los temas de reflexión de Fernando Pessoa, uno de los grandes escritores europeos del siglo XX. Esta semana la editorial Pre-Textos publica una nueva edición de su Libro del desasosiego en traducción de Antonio Sáez Delgado. Adelantamos cuatro fragmentos.

(1929?). El cansancio de todas las ilusiones y de todo cuanto hay en las ilusiones: su pérdida, la inutilidad de tenerlas, el cansancio anticipado de tener que tenerlas para perderlas, la amargura de haberlas tenido, la vergüenza intelectual de haberlas tenido sabiendo que tendrían ese final. La conciencia de la inconsciencia de la vida es el martirio más grande impuesto a la inteligencia. Hay inteligencias inconscientes –brillos del espíritu, corrientes de entendimiento, misterios y filosofías– que tienen el mismo automatismo que los reflejos corpóreos, que la gestión que hacen el hígado y los riñones de sus secreciones.

(25/4/1930). ¡Remolinos, remolinos en la futilidad fluida de la vida! En la plaza grande del centro de la ciudad, el agua sobriamente multicolor de la gente pasa, se desvía, forma charcos, se abre en riachuelos, se junta en arroyos. Mis ojos ven sin atención, y construyo en mí esa imagen acuosa que, mejor que cualquier otra, y porque he pensado que iba a llover, se ajusta a este incierto movimiento. Al escribir esta última frase, que para mí expresa exactamente lo que define, he pensado que sería útil poner al final de mi libro, cuando lo publique, bajo las «Erratas», unas «No erratas», y decir: la frase «a este incierto movimientos», en la página tal, es exactamente así, con las voces adjetivas en singular y el sustantivo en plural. Pero ¿qué tiene esto que ver con aquello que estaba pensando? Nada, y por eso me permito pensarlo.

Alrededor de los vehículos de la plaza, como cajas de cerillas móviles, grandes y amarillas, en las que un niño clavase inclinada una cerilla quemada para hacer de torpe mástil, los tranvías gruñen y chirrían; al salir, emiten un agudo silbido metálico. Alrededor de la estatua central las palomas son migajas negras que se mueven, como esparcidas por el viento. Dan pasitos, gordas sobre sus pequeñas patas.

(1930?). Hay una erudición del conocimiento, que es propiamente lo que se llama erudición, y hay una erudición del entendimiento, que es lo que se llama cultura. Pero hay también una erudición de la sensibilidad.

La erudición de la sensibilidad no tiene nada que ver con la experiencia de la vida. La experiencia de la vida no enseña nada, como la historia no informa de nada. La verdadera experiencia consiste en restringir el contacto con la realidad y aumentar el análisis de ese contacto. Así, la sensibilidad se ensancha y ahonda, porque todo está en nosotros; basta que lo busquemos y sepamos buscarlo.

¿Qué es viajar, y para qué sirve viajar? Cualquier puesta de sol es la puesta de sol; no es necesario ir a verla a Constantinopla. ¿La sensación de liberación que provocan los viajes? Puedo tenerla al salir de Lisboa hacia Benfica, y tenerla con más intensidad que quien va de Lisboa a China, porque si la liberación no está en mí, no está, para mí, en ninguna parte. «Cualquier carretera», dijo Carlyle, «hasta esta carretera de Entepfuhl, te lleva hasta el fin del mundo». Pero la carretera de Entepfuhl, si la seguimos hasta el final, vuelve a Entepfuhl; de modo que Entepfuhl, donde ya estábamos, es el mismo fin del mundo que íbamos buscando.

Condillac empieza así su célebre libro: «Por más alto que subamos y más bajo que caigamos, nunca salimos de nuestras sensaciones». Nunca desembarcamos de nosotros mismos. Nunca llegamos a otro, sino otreándonos a través de la imaginación sensible de nosotros mismos. Los verdaderos paisajes son los que creamos nosotros mismos, porque así, siendo dioses suyos, los vemos como son verdaderamente, que es como fueron creados. No es ninguna de las siete partidas del mundo la queme interesa y puedo ver verdaderamente; es la octava partida la que recorro y es mía.

Quien ha cruzado todos los mares ha cruzado solamente la monotonía de sí mismo. Ya he cruzado más mares que todos. Ya he visto más montañas de las que hay en la tierra. He pasado por más ciudades de las que existen, y los grandes ríos de ningún mundo han fluido, absolutos, bajo mis ojos contemplativos. Si viajase, encontraría la copia mala de lo que ya he visto sin viajar.

(8/1/1931). Hace mucho tiempo que no escribo. Han pasado meses sin que haya vivido, y voy durando, entre la oficina y la fisiología, en un estancamiento íntimo de pensar y sentir. Esto, desgraciadamente, no descansa: en la putrefacción hay fermentación.

Hace mucho tiempo que no sólo no escribo, sino que ni siquiera existo. Creo que casi no sueño. Las calles son calles para mí. Cumplo con mi trabajo en la oficina concienzudamente, pero no puedo decir que sin distraerme: por detrás estoy, en vez de meditando, durmiendo, pero siempre soy otro por detrás del trabajo.

Hace mucho tiempo que no existo. Estoy tranquilísimo. Nadie me distingue de quien soy. Ahora me he sentido respirar como si hubiese practicado algo nuevo o atrasado. Empiezo a ser consciente de tener conciencia. Quizá mañana me despierte para mí mismo, y tome de nuevo el curso de mi propia existencia. No sé si, con ello, seré más o menos feliz. No sé nada. Levanto la cabeza de paseante y veo que, sobre la ladera del Castillo, el ocaso arde al otro lado en decenas de ventanas, con una reverberación alta de fuego frío. Alrededor de esos ojos de llama dura, toda la ladera es suave al caer la tarde. Al menos puedo sentirme triste, y ser consciente de que, con esta tristeza mía, se ha cruzado ahora –lo he visto con el oído– el ruido repentino del tranvía que pasa, la voz casual de los jóvenes que charlan, el susurro olvidado de la ciudad viva. Hace mucho tiempo que no soy yo.

Despecho, celos, venganza... y libros

Escritores, filósofos y especialistas abordan las causas y los efectos del tema del combate amoroso en la literatura. Varias obras coinciden en la mesa de novedades
Corazón partío. Ilustración de Fernando Vicente./elpais.com

Nadie escapa a su tentación. La venganza por despecho amoroso anida en algún rincón del corazón enmascarada de alivio al dolor. Tres libros recientes dan fe: Gracias por este momento (Maeva), de Valérie Trierweiler, es el testimonio-castigo de la expareja del presidente francés, Francois Hollande; Palais de Justice (Galaxia Gutenberg), de José Ángel Valente, desvela pasajes privados de la vida del poeta; y Así empieza lo malo (Alfaguara), de Javier Marías, ejemplo de motivo esencial en una ficción.
La venganza en la literatura procede de dos estirpes: la primera como elemento inspirador y artístico, para iluminar zonas oscuras de la condición humana, y la otra, espuria, para saldar cuentas.Según escritores, filósofos y especialistas, recurrir a la literatura como arma de despecho no suele dejar como resultado un buen libro, sí es, en cambio, un territorio fértil para, a partir de ahí, crear buenas obras. Es la prueba de que la venganza no es un plato que se sirve frío sino hirviendo.
La literatura, afirma Rosa Montero, “aspira a encontrar el sentido del mundo, el sentido de la vida, el sentido del dolor; no puedes reducir esa búsqueda inmensa y esencial a la sucia, ridícula y, a menudo, mentecata pequeñez de una venganza amorosa”.
Nadie escapa a su tentación. Ese rastro de llanto encolerizado de despecho está en la literatura, desde los clásicos griegos y romanos, la Biblia y Las mil y una noches, hasta El último encuentro, de Sándor Márai, y El túnel, de Ernesto Sábato; pasando por Otelo, de Shakespeare; o Cumbres borrascosas, de Emily Brönte.
De la estirpe más espuria procede uno de los libros más sonados en Francia esta temporada: Gracias por este momento, recién editado en España. Ahí, Trierweiler intenta cumplir su promesa a Hollande: “Te destruiré”, luego de que este le confesara su infidelidad. Ya en 2008 Francia había vivido un episodio parecido cuando Jean-Paul Enthoven publicó Lo mejor que tuvimos: él tenía un hijo llamado Raphael cuando se hizo amante de Carla Bruni. Más tarde ella lo abandono para irse con Raphael, con quien tuvo un hijo antes de convertirse en la esposa de Nicolas Sarkozy.
Uno de los casos más parecidos al libro de Trierweiler, guardadas todas las distancias literarias, lo firmó Oscar Wilde en De profundis. Cuando el autor inglés estuvo en la cárcel se sintó traicionado por su amante, Lord Alfred Douglas, y en 1897 le escribió una carta. Un breve texto que nace del amor pero donde le recuerda el infortunio que le trajo y le reprocha ciertos comportamientos.
Nada más infructuoso que la venganza, advierte el narrador y poeta Darío Jaramillo. Lo que enseña la literatura clásica, asegura, “es que el vengador siempre está equivocado en los hechos que dan origen al acto vengativo. A lo mejor porque el amor loco distorsiona la percepción y hace ver cosas que no ocurrieron”. Además de infructuosa, Jaramillo contradice la opinión de que la venganza es placentera, porque, “encima el vengador puede terminar derrotado por la culpa”.
Nadie escapa a su tentación. Otra cosa es que el desarrollo de la civilización contenga a los individuos. ¿Y desde dónde viene o dónde nace esa pulsión? Desde la misma infancia la persona ya está familiarizada con la dialéctica de la venganza y sus estrategias, en general, cuenta Jesús Ferrero, en Las experiencias del deseo. Eros y misos (Premio Anagrama de Ensayo 2009). Cuando en una obra literaria se detecta al vengador, dice Ferrero, “pronto nos identificamos con él, como si sospecháramos que el deleite que nos depara su venganza va a ser superior a cualquier otro placer literario. Por más que la moral ponga reparos a semejante proceder, casi siempre estamos en disposición de enamorarnos del vengador y de disfrutar de su venganza, como viene a decir Fernando Savater en La infancia recuperada”.
Es el envés del gran sentimiento anhelado y buscado: el amor. “Si aceptamos que la relación amorosa es la gran apuesta intersubjetiva del ser humano se entenderá que el fracaso de aquella pueda ser vivida por sus protagonistas como la mayor de las derrotas”, reflexiona el filósofo Manuel Cruz, autor de Amo, luego existo. Los filósofos y el amor (Premio Espasa de Ensayo 2010). La razón estaría en que en el amor más intenso la gente se pone en manos del otro: “Alcanzamos el grado máximo de la vulnerabilidad: Por eso nada nos daña tanto como su desprecio o su rechazo”.
La venganza queda así en la órbita errática del despecho como un elemento fértil para el escritor. La poeta Clara Janés asegura que a ella todo le interesa pero para convertirlo en arte, en literatura. Todos los sentimientos le sirven de aprendizaje y de ejercicio, si logra crear “intensidad, belleza, profundidad y buena escritura”. Ahora bien, detesta todo culebrón. Desde adolescente le interesan seres como Medea y Fedra.
Arquetipos del mundo antiguo donde la mujer casada, recuerda el especialista Carlos García Gual, vivía sometida al marido, y en caso de traición o abandono debía resignarse, recobrando su dote en algún caso. Pero el mito y la tragedia ilustraron a dos damas muy vengativas: Medea y Clitemnestra.
Venganza o despecho que, tal vez, afirma Cruz, sean estrategias de supervivencia por parte de quien se ve abandonado. “Porque, en efecto, no tiene sentido culpar o responsabilizar a quien ha dejado de querernos: ¿qué otra cosa podría hacer, si le queda un resto de amor, que decirnos la verdad? Pero asumir esto nos llevaría o a aceptar que la relación amorosa no responde a la lógica del intercambio (el llamado ‘absurdo’ del amor) o a asumir nosotros mismos la carga del fracaso, y casi con toda seguridad eso incrementara hasta lo insoportable el dolor (porque no podríamos evitar pensar: ¿cómo pudimos dejar escapar a alguien en quien nos iba la vida?)”.
Nadie escapa a su tentación. Ni a creer que la venganza es un plato que se sirve frío, pero que Ferrero desmiente: “Más parece un plato que se come hirviendo, que acelera las emociones y los latidos del corazón y crea continuos chisporroteos en la mente”.
¿Quién escapa a su zumbido?
Aunque, a veces, sean latidos convertidos en versos, como los de Darío Jaramillo, en su poema Venganza: “Ahora tú, vuelta poema, / encasillada en versos que te nombran, / la hermosa, la innombrable, luminosa, / ahora tú, vuelta poema, / tu cuerpo, resplandor, / escarcha, desecho de palabra, / poema apenas tu cuerpo / prisionero en el poema, / vuelto versos que se leen en la sala, / tu cuerpo que es pasado / y es este poema / esta pobre venganza”.

Despechos muy literarios

Medea y Fedra, de Eurípides.
Las mil y una noches, Anónimo
Otelo, de William Shakespeare
Memorias de Leticia Valle, de Rosa Chacel.
Las amistades peligrosas, Choderlos de Laclos.
Cumbres borrascosas, de Emily Brönte.
El túnel, de Ernesto Sábato.
El último encuentro, de Sándor Márai
Arráncame la vida, de Ángeles Mastretta.
De profundis, de Oscar Wilde.
El gobierno de las emociones, de Victoria Camps.
Por qué duele el amor, de Eva Illouz.
La batalla de las cerezas. Mi historia de amor con Hannah Arendt, de Günther Anders.
La paradoja del amor, de Pascal Brukner.
Amo, luego existo. Los filósofos y el amor, de Manuel Cruz.
Las experiencias del deseo. Eros y misos, de Jesús Ferrero.

Reinauguró el Museo Picasso: esplendor y modernidad

La colección se formó con los cuadros que los herederos donaron para pagar el impuesto a la herencia. Está en un antiguo hotel de París
Todos los períodos. En el Museo se pueden ver obras que atraviesan la vida del artista./revista Ñ
A cargo. Le Bon es un ex conservador del Centro Pompidou.

Más de tres cuadras de cola en la apertura del Museo Picasso en París. Franceses y turistas se alinearon disciplinadamente el sábado, aún bajo la lluvia, para que finalizara la inauguración oficial del presidente Francois Hollande y se reabrieran las puertas del Hotel Salé y así ver la mas completa y reinventada colección del maestro español, en la majestuosidad estética de uno de los palacios mas lindos.
Un placer visual y una epopeya burocrática de las autoridades francesas, que lo mantuvieron cerrado por 5 años por querellas internas, crisis económica, problemas de gerenciamiento, batallas de egos, que terminaron con el pedido de renuncia a su directora Anne Baldassari, quien fue finalmente la curadora, porque es una de las voces mas autorizados en Pablo Picasso y en quien su hijo Claude confía.
Todos estos dramas se olvidan al acceder a uno de los hoteles particulares más espectaculares de París. Los 43 millones de euros que costó la refundación, bajo la renovación del arquitecto Jean Francois Bodin y Anne Baldassari, que consiguió el 65 por ciento de los 43 millones de euros con 21 exposiciones de Picasso organizados alrededor del mundo, están bien gastados. Su nuevo director es Laurent Le Bon .
Bajo su batuta, Picasso está desplegado como nunca con 400 obras de su amplia colección. Jerarquizada, concebida en tres tours de visita, cronológica y temática. Más su colección personal de pintura, de Cézanne, Degas, Braque, Rousseau, que compró o le regalaron sus amigos, y lugares donde se evocan los diferentes ateliers del maestro. Sus pinceles, su silla azul, donde depositaba sus pinturas, sus pinceles y sus trapos.
No están allí desplegadas las 4555 obras que el Estado francés eligió para que los herederos de Picasso pagaran su impuesto a la herencia. El hotel de Salé conserva los más detallados archivos de Picasso. El guardaba todo. Un éxito del Estado francés, frente a una familia dividida por la herencia de un gran maestro, con una vida personal de Picasso, tan emocional como intensa, trágica, perturbadora y fragmentada.
La grandiosidad del palacio del siglo XVII ha sido recreado pero en el siglo XXI. El arquitecto le agregó 40 salas y 3000 metros de espacio de exhibición.
En la misma semana que en París se inauguro la moderna Fundación Vuitton en el Bois de Boulogne y la FIAC de arte contemporáneo en el Grand Palais, la reapertura del Museo Picasso se convirtió en el mayor evento cultural francés. Mas de 4000 personas lo visitaron en un solo día.
“Lo que tenemos aquí es la obra por la Picasso tenía más afecto”, explicó Anne Baldassari. “Lo que tenemos aquí son sus claves, sus elecciones. La razón por las que no fueron vendidas es porque no soportaba venderlas” siguió Baldassari, una de las expertas mundiales en Picasso, más allá de haber sido despedida por la ex ministra de Cultura de Hollande. Por eso se puede ver el retrato de Dora Maar de 1937, Corrida de 1923, La Minotauromania de 1927, Bodegón con una cabeza de toro de 1958, El Beso en Mougins en 1969, Nino jugando con un tren, 1954, y sus pinturas de Claude y Paloma , sus hijos, de 1954. Obras únicas, muy personales, casi íntimas.
Cuando el ministro de cultura francés Andre Malraux hizo aprobar la ley de “Dation”, que permitía a los herederos de los artistas pagar los altos impuestos a la herencia con obras de ellos, estaba pensando en Picasso. Pero si bien el maestro malagueño murió en Mougins en 1973, la familia recompuesta de Picasso tardó seis años en ponerse de acuerdo en su legado, incluidos sus hijos nacidos fuera de la familia legal. Así ,en 1979, el Estado francés eligió 203 pinturas, 158 esculturas, 29 cuadros con relieve, 88 cerámicas, 1500 dibujos e instalaciones y 1600 manuscritos como la herencia del siglo. Sobre ella comenzó a nacer el Museo Picasso, el pintor español que eligió Francia como su país de adopción.
El nuevo despliegue de la obra de Picasso va desde 1985 a 1973. Y permite reconstruir su obra a lo largo de su vida. Su colección particular muestra un diálogo de Picasso con Gauguin, Degas, Roussier, Matisse, Braque, Miro, Renoir y Modigliani y la influencia sobre su obra. Luego están las fotos de los ateliers en los Grands Augustins, la Villa California en Cannes o la “bastide” de Notre Dame de Vie a Mougins. En ese tour se ven los rastros, la desestructuración, los progresos, la selección de colores y la atmósfera del mundo en su obra.
Picasso pintor, grabador, escultor, ceramista y poeta. El maestro y sus instalaciones, sus guitarras, sus “collages”. Todo esta allí. Para cumplir con su frase histórica: “Denme un museo y lo lleno”.

Las obras que Picasso no quiso vender y que "dicen mucho de su intimidad"  

Entrevista a Laurent le Bon, director del Museo Picasso de París.  
Laurent le Bon llegó al Museo Picasso como director para calmar la tempestad y reabrirlo, después de cinco años de demora y drama. Ex conservador en el Centro Pompidou y en el Pompidou Metz, recibió a Clarin el día de la apertura de su nuevo gran proyecto en el Hotel Sale, en el barrio parisino del Marais.
–¿Usted esperaba este suceso?
–No lo esperábamos. Es un momento un poco mágico. Después de cinco años de cierre, esperábamos un interés. Pero ahora el público está allí: la gente está contenta y nosotros también.
–¿Cual es la diferencia entre el viejo museo y este?
–Es extraño, pero todo ha cambiado y todo ha quedado. Está el Hotel Salé, esta extraordinaria arquitectura del siglo XVII, y lo que ha cambiado es el recorrido. Jean François Bodin, el arquitecto, ha conseguido hacer en el hotel un gran conjunto de salas, 40 exactamente, muy luminosas. Son 3.000 metros de exposición y 400 obras.
–¿Ustedes han renovado la exposición?
–Sí. Restauramos las obras, las hemos valorizado y tenemos un trayecto más amplio, más fluido, y a eso se le suma un valor agregado: parte de la colección personal de Picasso, con sus Degas, Matisse, Renoir, Cezzane, que están allí.
–¿Siempre tuvieron esta colección personal o ha sido una decisión de la familia
 La donación personal es de 1973, después de la muerte del artista. Al contrario, el resto de las obras pertenece a la “Dations” para pagar el impuesto a la herencia en 1980. – Y esta colección personal de Picasso, ¿qué dicen de él las obras que seleccionó? –Dice mucho de su intimidad. Son los Picasso de Picasso. El era un gran coleccionista y quiso guardar estas obras a lo largo de su vida. Esas son las obras del Museo Picasso: no se trata de obras anecdóticas.
–En esta readaptación, ustedes establecen el vínculo entre Picasso y la fotografía. ¿Cómo es?
-Hay algo muy importante, que es un archivo de unos 12.000 documentos. Y por milagro, tenemos las fotografías, que muestran otro aspecto de Picasso. Es notorio cómo fue influido por las fotografías que coleccionaba o que hacía él mismo: reflejaban su puesta en escena. Él se mostraba como un maestro genial del siglo XX.
–Después de todos los escándalos, la calma ha llegado al Museo. 
–Yo llegué en junio. Aquí reina la serenidad. Picasso nos sobrepasa y estamos al servicio de su obra. El presidente Hollande nos ha dado el placer de venir: ha sido una bella semana para Francia.

Cinco títulos de novela negra japonesa muy recomendables

El pasado viernes 24 de octubre tuve el placer de moderar la mesa redonda dedicada a la novela negra japonesa dentro de la séptima edición de Getafe Negro, festival de novela policíaca de Madrid
De izquierda a derecha: Andrés Pascual, Carlos Bassas, Ricardo Bosque, José Luis Ramírez y José Andrés Espelt./ricardobosque.wordpress.com

Los participantes, cuatro especialistas en el género y en la cultura japonesa: los escritores Carlos Bassas del Rey y Andrés Pascual, José Luis Ramírez (editor de Quaterni) y José Andrés Espelt, crítico y colaborador de varios sellos editoriales, más conocido como Cruce de cables.
Hablamos con ellos de las diferencias y similitudes entre la novela negra oriental y la occidental, los temas recurrentes, el papel de la mujer como autora y como personaje, las desigualdades sociales, laborales y en materia sexual, las perversiones, filias y fobias niponas, las colegialas, los trenes bala, la yakuza, gatos y fantasmas… Personalmente diré que me pareció que la charla fue tan interesante para los ponentes como para el público asistente, pero si queréis una visión más objetiva os invito a leer la crónica publicada en Leer sin prisa, creo que resume muy bien lo que allí se dijo.
Para terminar la charla, pensamos que procedía pasar de lo general a lo concreto, así que nos permitimos hacer una sugerencia cada uno de nosotros. Difícil elegir entre mucho y muy bueno, pero la selección fue esta que os dejo a continuación, con portada y enlace a la sinopsis de la editorial correspondiente clicando en el título. Espero que os animéis a echarles un vistazo y a adentraros en lo que, para mí, ha sido todo un descubrimiento: la literatura criminal japonesa.

tokio 
El expreso de Tokio, Seicho Matsumoto (recomendada por Andrés Pascual)
llave 
La llave maestra, Masako Togawa (recomendada por Carlos Bassas)
kasha 
La sombra del Kasha, Miyuki Miyabe (recomendada por José Luis Ramírez)
okamoto 
Hanshichi, Okamoto Kido (recomendada por José Andrés Espelt)
Out-UK-Cover 
Out, Natsuo Kirino (mi recomendación)