29.1.12

El cuento del domingo



Rafael Arévalo Martinez



El hombre que parecía un caballo

En el momento en que nos presentaron, estaba en un extremo de la habitación, con la cabeza ladeada, como acostumbraban a estar los caballos, y con aire de no fijarse en lo que pasaba a su alrededor. Tenía los miembros duros, largos y enjutos, extrañamente recogidos, tal como los de uno de los protagonistas en una ilustración inglesa del Libro de Gulliver. Pero mi impresión de que aquel hombre se asemejaba por misterioso modo a un caballo no fue obtenida entonces sino de una manera subconsciente, que acaso nunca surgiese a la vida plena del conocimiento, si mi anormal contacto con el héroe de esta historia no se hubiese prolongado.


En esa misma pristina escena de nuestra presentación, empezó el señor de Aretal a desprenderse, para obsequiarnos, de los traslúcidos collares de ópalos, de amatistas, de esmeraldas y de carbunclos, que constituían su íntimo tesoro. En un principio de deslumbramiento, yo me tendí todo, yo me extendí todo, como una gran sábana blanca, para hacer mayor mi superficie de contacto con el generoso donante. Las antenas de mi alma se dilataban, lo palpaban y volvían trémulas y conmovidas y regocijadas a darme la buena nueva: "Éste es el hombre que esperabas; éste es el hombre por el que te asomabas a todas las almas desconocidas, porque ya tu intuición te había afirmado que un día serías enriquecido por el advenimiento de un ser único. La avidez con que tomaste, percibiste y arrojaste tantas almas que se hicieron desear y defraudaron tu esperanza, hoy será ampliamente satisfecha: inclínate y bebe de esta agua."


Y cuando se levantó para marcharse, lo seguí, aherrojado y preso como el cordero que la zagala ató con lazos de rosas. Ya en el cuarto de habitación de mi nuevo amigo, éste, apenas traspuestos los umbrales que le daban paso a un medio propicio y habitual, se encendió todo él. Se volvió deslumbrador y escénico como el caballo de un emperador en una parada militar. Las solapas de su levita tenían vaga semejanza con la túnica interior de un corcel de la Edad Media, enjaezado para un torneo. Le caían bajo las nalgas enjutas, acariciando los remos finos y elegantes. Y empezó su actuación teatral.


Después de un ritual de preparación cuidadosamente observado, caballero iniciado de un antiquísimo culto, cuando ya nuestras almas se habían vuelto cóncavas, sacó el cartapacio de sus versos con la misma mesura unciosa con que se acerca el sacerdote al ara. Estaba tan grave que imponía respeto. Una risa hubiera sido acuchillada en el instante de nacer.


Sacó su primer collar de topacios o, mejor dicho, su primera serie de collares de topacios, traslúcidos y brillantes. Sus manos se alzaron con tanta cadencia que el ritmo se extendió a tres mundos. Por el poder del ritmo, nuestra estancia se conmovió toda en el segundo piso, como un globo prisionero, hasta desasirse de sus lazos terrenos y llevarnos en un silencioso viaje aéreo. Pero a mí no me conmovieron sus versos, porque eran versos inorgánicos. Eran el alma traslúcida y radiante de los minerales; eran el alma simétrica y dura de los minerales.


Y entonces el oficiante de las cosas minerales sacó su segundo collar. ¡Oh esmeraldas, divinas esmeraldas! Y sacó el tercero. ¡Oh diamantes, claros diamantes! Y sacó el cuarto y el quinto, que fueron de nuevo topacios, con gotas de luz, con acumulamientos de sol, con partes opacamente radiosas. Y luego el séptimo: sus carbunclos. Sus carbunclos eran casi tibios; casi me conmovieron como granos de granada o como sangre de héroes; pero los toqué y los sentí duros. De todas maneras, el alma de los minerales me invadía; aquella aristocracia inorgánica me seducía raramente, sin comprenderla por completo. Tan fue esto así, que no pude traducir las palabras de mi Señor interno, que estaba confuso y hacía un vano esfuerzo por volverse duro y simétrico y limitado y brillante, y permanecí mudo.


Y entonces, en imprevista explosión de dignidad ofendida, creyéndose engañado, el Oficiante me quitó su collar de carbunclos, con movimiento tan lleno de violencia, pero tan justo, que me quedé más perplejo que dolorido. Si hubiera sido el Oficiante de las Rosas, no hubiera procedido así.



Y entonces, como a la rotura de un conjuro, por aquel acto de violencia, se deshizo el encanto del ritmo; y la blanca navecilla en que voláramos por el azul del cielo, se encontró sólidamente aferrada al primer piso de una casa.


Después, nuestro común presentante, el señor de Aretal y yo, almorzamos en los bajos del hotel.


Y yo, en aquellos instantes, me asomé al pozo del alma del Señor de los Topacios. Vi reflejadas muchas cosas. Al asomarme, instintivamente, había formado mi cola de pavo real; pero la había formado sin ninguna sensualidad interior, simplemente solicitado por tanta belleza percibida y deseando mostrar mi mejor aspecto, para ponerme a tono con ella.


¡Oh, las cosas que vi en aquel pozo! Ese pozo fue para mí el pozo mismo del misterio. Asomarse a un alma humana, tan abierta como un pozo, que es un ojo de la sierra, es lo mismo que asomarse a Dios. Nunca podemos ver el fondo. Pero nos saturamos de la humedad del agua, el gran vehículo del amor; y nos deslumbramos de luz reflejada.


Este pozo reflejaba el múltiple aspecto exterior en la personal manera del señor de Aretal. Algunas figuras estaban más vivas en la superficie del agua: se reflejaban los clásicos, ese tesoro de ternura y de sabiduría de los clásicos; pero sobre todo se reflejaba la imagen de un amigo ausente, con tal pureza de líneas y tan exacto colorido, que no fue uno de los menos interesantes atractivos que tuvo para mí el alma del señor de Aretal, este paralelo darme el conocimiento del alma del señor de la Rosa, el ausente amigo tan admirado y tan amado. Por encima de todo se reflejaba Dios. Dios, de quien nunca estuve menos lejos. La gran alma que a veces se enfoca temporalmente. Yo comprendí, asomándome al pozo del señor de Aretal, que éste era un mensajero divino. Traía un mensaje a la humanidad: el mensaje humano, que es el más valioso de todos. Pero era un mensajero inconsciente. Prodigaba el bien y no lo tenía consigo.


Pronto interesé sobremanera a mi noble huésped. Me asomaba con tanta avidez al agua clara de su espíritu, que pudo tener una imagen exacta de mí. Me había aproximado lo suficiente, y además, yo también era una cosa clara que no interceptaba la luz. Acaso lo ofusqué tanto como él a mí. Es una cualidad de las cosas alucinadas el ser a su vez alucinadoras. Esta mutua atracción nos llevó al acercamiento y estrechez de relaciones. Frecuenté el divino templo de aquella alma hermosa. Y a su contacto empecé a encenderme. El señor de Aretal era una lámpara encendida y yo era una cosa combustible. Nuestras almas se comunicaban. Yo tenía las manos extendidas y el alma de cada uno de mis diez dedos era una antena por la que recibía el conocimiento del alma del señor de Aretal. Así supe de muchas cosas antes no conocidas. Por raíces aéreas, ¿qué otra cosa son los dedos?, u hojas aterciopeladas, ¿qué otra cosa que raíces aéreas son las hojas?, yo recibía de aquel hombre algo que me había faltado antes. Había sido un arbusto desmedrado que prolonga sus filamentos hasta encontrar el humus necesario en una tierra nueva. ¡Y cómo me nutría! Me nutría con la beatitud con que las hojas trémulas de clorofila se extienden al sol; con la beatitud con que una raíz encuentra un cadáver en descomposición; con la beatitud con que los convalecientes dan sus pasos vacilantes en las mañanas de primavera, bañadas de luz; con la beatitud con que el niño se pega al seno nutricio y después, ya lleno, sonríe en sueños a la visión de una ubre nívea. ¡Bah! Todas las cosas que se completan tienen beatitud así. Dios, un día, no será otra cosa que un alimento para nosotros: algo necesario para nuestra vida. Así sonríen los niños y los jóvenes, cuando se sienten beneficiados por la nutrición.


Además me encendí. La nutrición es una combustión. Quién sabe qué niño divino regó en mi espíritu un reguero de pólvora, de nafta, de algo fácilmente inflamable, y el señor de Aretal, que había sabido aproximarse hasta mí, le había dado fuego. Yo tuve el placer de arder; es decir, de llenar mi destino. Comprendí que era una cosa esencialmente inflamable. ¡Oh padre fuego, bendito seáis! Mi destino es arder. El fuego es también un mensaje. ¿Qué otras almas arderían por mí? ¿A quién comunicaría mi llama? ¡Bah! ¿Quién puede predecir el porvenir de una chispa?


Yo ardí y el señor de Aretal me vio arder. En una maravillosa armonía, nuestros dos átomos de hidrógeno y de oxígeno habían llegado tan cerca, que prolongándose, emanando porciones de sí, casi llegaron a juntarse en alguna cosa viva. A veces revolaban como dos mariposas que se buscan y tejen maravillosos lazos sobre el río y en el aire. Otras se elevaban por la virtud de su propio ritmo y de su armoniosa consonancia, como se elevan las dos alas de un dístico. Una estaba fecundando a la otra. Hasta que...


¿Habéis oído de esos carámbanos de hielo que, arrastrados a aguas tibias por una corriente submarina, se desintegran en su base, hasta que perdido un maravilloso equilibrio, giran sobre sí mismos en una apocalíptica vuelta, rápidos, inesperados, presentando a la fe del sol lo que antes estaba oculto entre las aguas? Así, invertidos, parecen inconscientes de los navíos que, al hundirse su parte superior, hicieron descender al abismo. Inconscientes de la pérdida de los nidos que ya se habían formado en su parte vuelta hasta entonces a la luz, en la relativa estabilidad de esas dos cosas frágiles: los huevos y los hielos.


Así de pronto, en el ángel transparente del señor de Aretal, empezó a formarse una casi inconsciente nubecilla obscura. Era la sombra proyectada por el caballo que se acercaba.


¿Quién podría expresar mi dolor cuando en el ángel del señor de Aretal apareció aquella cosa obscura, vaga e inconsistente? Había mi noble amigo bajado a la cantina del hotel en que habitaba. ¿Quién pasaba? ¡Bah! Un obscuro ser, poseedor de unas horribles narices aplastadas y de unos labios delgados. ¿Comprendéis? Si la línea de su nariz hubiese sido recta, también en su alma se hubiese enderezado algo. Si sus labios hubiesen sido gruesos, también su sinceridad se hubiese acrecentado. Pero no. El señor de Aretal le había hecho un llamamiento. Ahí estaba... Y mi alma, que en aquel instante tenía el poder de discernir, comprendió claramente que aquel homecillo, a quien hasta entonces había creído un hombre, porque un día vi arrebolarse sus mejillas de vergüenza, no era sino un homúnculo. Con aquellas narices no se podía ser sincero.


Invitados por el señor de los topacios, nos sentamos a una mesa. Nos sirvieron coñac y refrescos, a elección. Y aquí se rompió la armonía. La rompió el alcohol. Yo no tomé. Pero tomó él. Pero estuvo el alcohol próximo a mí, sobre la mesa de mármol blanco. Y medió entre nosotros y nos interceptó las almas. Además, el alma del señor de Aretal ya no era azul como la mía. Era roja y chata como la del compañero que nos separaba. Entonces comprendí que lo que yo había amado más en el señor de Aretal era mi propio azul.


Pronto el alma chata del señor de Aretal empezó a hablar de cosas bajas. Todos sus pensamientos tuvieron la nariz torcida. Todos sus pensamientos bebían alcohol y se materializaban groseramente. Nos contó de una legión de negras de Jamaica, lúbricas y semidesnudas, corriendo tras él en la oferta de su odiosa mercancía por cinco centavos. Me hacía daño su palabra y pronto me hizo daño su voluntad. Me pidió insistentemente que bebiera alcohol. Cedí. Pero apenas consumado mi sacrificio sentí claramente que algo se rompía entre nosotros. Que nuestros señores internos se alejaban y que venía abajo, en silencio, un divino equilibrio de cristales. Y se lo dije:


—Señor de Aretal, usted ha roto nuestras divinas relaciones en este mismo instante. Mañana usted verá en mí llegar a su aposento sólo un hombre y yo sólo encontraré un hombre en usted. En este mismo instante usted me ha teñido de rojo.


El día siguiente, en efecto, no sé qué hicimos el señor de Aretal y yo. Creo que marchamos por la calle en vía de cierto negocio. El iba de nuevo encendido. Yo marchaba a su vera apagado ¡y lejos de él! Iba pensando en que jamás el misterio me había abierto tan ancha rasgadura para asomarme, como en mis relaciones con mi extraño acompañante. Jamás había sentido tan bien las posibilidades del hombre; jamás había entendido tanto al dios íntimo como en mis relaciones con el señor de Aretal.


Llegamos a su cuarto. Nos esperaban sus formas de pensamiento. Y yo siempre me sentía lejos del señor de Aretal. Me sentí lejos muchos días, en muchas sucesivas visitas. Iba a é1 obedeciendo leyes inexorables. Porque era preciso aquel contacto para quemar una parte en mí, hasta entonces tan seca, como que se estaba preparando para arder mejor. Todo el dolor de mi sequedad hasta entonces, ahora se regocijaba de arder; todo el dolor de mi vacío hasta entonces, ahora se regocijaba de plenitud. Salí de la noche de mi alma en una aurora encendida. Bien está. Bien está. Seamos valientes. Cuanto más secos estemos arderemos mejor. Y así iba a aquel hombre y nuestros señores se regocijaban. ¡Ah! Pero el encanto de los primeros días, ¿en dónde estaba?


Cuando me resigné a encontrar un hombre en el señor de Aretal, volvió de nuevo el encanto de su maravillosa presencia. Amaba a mi amigo. Pero me era imposible desechar la melancolía del dios ido. ¡Traslúcidas, diamantinas alas perdidas! ¿Cómo encontraros los dos y volver a donde estuvimos?



Un día el señor de Aretal encontró propicio el medio. Éramos varios sus oyentes; en el cuarto encantado por sus creaciones habituales, se recitaron versos. Y de pronto, ante unos más hermosos que los demás, como ante una clarinada, se levantó nuestro noble huésped, piafante y elástico. Y allí, y entonces, tuve la primera visión: el señor de Aretal estiraba el cuello como un caballo.


Le llamé la atención:


—Excelso huésped, os suplico que adoptéis esta y esta actitud. Sí, era cierto: estiraba el cuello como un caballo.



Después, la segunda visión; el mismo día. Salimos a andar. Y de pronto percibí, lo percibí: el señor de Aretal caía como un caballo. Le faltaba de pronto el pie izquierdo y entonces sus ancas casi tocaban tierra, como un caballo claudicante. Se erguía luego con rapidez; pero ya me había dejado la sensación. ¿Habéis visto caer a un caballo?


Luego la tercera visión, a los pocos días. Accionaba el señor de Aretal sentado frente a sus monedas de oro, y de pronto lo vi mover los brazos como mueven las manos los caballos de pura sangre sacando las extremidades de sus miembros delanteros hacia los lados, en esa bella serie de movimientos que tantas veces habréis observado cuando un jinete hábil, en un paseo concurrido, reprime el paso de un corcel caracoleante y espléndido.


Después, otra visión: el señor de Aretal veía como un caballo. Cuando lo embriagaba su propia palabra, como embriaga al corcel noble su propia sangre generosa, trémulo como una hoja, trémulo como un corcel montado y reprimido, trémulo como todas esas formas vivas de raigambres nerviosas y finas, inclinaba la cabeza, ladeaba la cabeza, y así veía, mientras sus brazos desataban algo en el aire, como las manos de un caballo.—¡Qué cosa más hermosa es un caballo! ¡Casi se está sobre dos pies!—Y entonces yo sentía que lo cabalgaba el espíritu.


Y luego cien visiones más. El señor de Aretal se acercaba a las mujeres como un caballo. En las salas suntuosas no se podía estar quieto. Se acercaba a la hermosa señora recién presentada, con movimientos fáciles y elásticos, baja y ladeada la cabeza, y daba una vuelta en torno de ella y daba una vuelta en torno de la sala.



Veía así de lado. Pude observar que sus ojos se mantenían inyectados de sangre. Un día se rompió uno de los vasillos que los coloreaban con trama sutil; se rompió el vasillo y una manchita roja había coloreado su córnea. Se lo hice observar.



—"Bah —me dijo —, es cosa vieja. Hace tres días que sufro de ello. Pero no tengo tiempo para ver a un doctor."


Marchó al espejo y se quedó mirando fijamente. Cuando al día siguiente volví, encontré que una virtud más lo ennoblecía. Le pregunté: "¿Qué lo embellece en esta hora?" Y él respondió: "Un matiz." Y me contó que se había puesto una corbata roja para que armonizara con su ojo rojo. Y entonces yo comprendí que en su espíritu había una tercera coloración roja y que estas tres rojeces juntas eran las que me habían llamado la atención al saludarlo. Porque el espíritu de cristales del señor de Aretal se teñía de las cosas ambientes. Y eso eran sus versos: una maravillosa cristalería teñida de las cosas ambientes: esmeraldas, rubíes, ópalos...


Pero esto era triste a veces porque a veces las cosas ambientes eran obscuras o de colores mancillados: verdes de estercolero, palideces verdes de plantas enfermas. Llegué a deplorar el encontrarlo acompañado, y cuando esto sucedía, me separaba con cualquier pretexto del señor de Aretal, si su acompañante no era una persona de colores claros.


Porque indefectiblemente el señor de Aretal reflejaba el espíritu de su acompañante. Un día lo encontré, ¡a él, el noble corcel!, enano y meloso. Y como en un espejo, vi en la estancia a una persona enana y melosa. En efecto, allí estaba; me la presentó. Era una mujer como de cuarenta años, chata, gorda y baja. Su espíritu también era una cosa baja. Algo rastreante y humilde; pero inofensivo y deseoso de agradar. Aquella persona era el espíritu de la adulación. Y Aretal también sentía en aquellos momentos una pequeña alma servil y obsequiosa. ¿Qué espejo cóncavo ha hecho esta horrorosa transmutación?, me pregunté yo, aterrorizado. Y de pronto todo el aire transparente de la estancia me pareció un transparente vidrio cóncavo que deformaba los objetos. ¡Qué chatas eran las sillas...! Todo invitaba a sentarse sobre ello. Aretal era un caballo de alquiler más.


Otra ocasión, y a la mesa de un bullanguero grupo que reía y bebía, Aretal fue un ser humano más, uno más del montón. Me acerqué a él y lo vi catalogado y con precio fijo. Hacía chistes y los blandía como armas defensivas. Era un caballo de circo. Todos en aquel grupo se exhibían. Otra vez fue un jayán. Se enredó en palabras ofensivas con un hombre brutal. Parecía una vendedora de verduras. Me hubiera dado asco; pero lo amaba tanto que me dio tristeza. Era un caballo que daba coces.


Y entonces, al fin, apareció en el pl000ano físico una pregunta que hacía tiempo formulaba: ¿Cuál es el verdadero espíritu del señor de Aretal? Y la respondí pronto. El señor de Aretal, que tenía una elevada mentalidad, no tenía espíritu: era amoral. Era amoral como un caballo y se dejaba montar por cualquier espíritu. A veces sus jinetes tenían miedo o eran mezquinos y entonces el señor de Aretal los arrojaba lejos de sí, con un soberbio bote. Aquel vacío moral de su ser se llenaba, como todos los vacíos, con facilidad. Tendía a llenarse.


Propuse el problema a la elevadísima mente de mi amigo y ésta lo aceptó en el acto. Me hizo una confesión:


—Sí, es cierto. Yo, a usted que me ama, le muestro la mejor parte de mí mismo. Le muestro a mi dios interno. Pero, es doloroso decirlo, entre dos seres humanos que me rodean, yo tiendo a colorearme del color del más bajo. Huya de mí cuando esté en una mala compañía.


Sobre la base de esta percepción, me interné más en su espíritu. Me confesó un día, dolorido, que ninguna mujer lo había amado. Y sangraba todo él al decir esto. Yo le expliqué que ninguna mujer lo podía amar, porque él no era un hombre, y la unión hubiera sido monstruosa. El señor de Aretal no conocía el pudor, y era indelicado en sus relaciones con las damas; como un animal. Y él:


—Pero yo las colmo de dinero.


—También se lo da una valiosa finca en arrendamiento. Y él:


—Pero yo las acaricio con pasión.


—También las lamen las manos sus perritos de lanas. Y él:


—Pero yo las soy fiel y generoso; yo las soy humilde; yo las soy abnegado.



—Bien: el hombre es más que eso. Pero ¿las ama usted?


—Sí, las amo.


—Pero ¿las ama usted como un hombre? No, amigo, no. Usted rompe en esos delicados y divinos seres mil hilos tenues que constituyen toda una vida. Esa última ramera que le ha negado su amor y ha desdeñado su dinero, defendió su única parte inviolada: su señor interno; lo que no se vende. Usted no tiene pudor. Y ahora oiga mi profecía: una mujer lo redimirá. Usted, obsequioso y humilde hasta la bajeza con las damas; usted, orgulloso de llevar sobre sus lomos una mujer bella, con el orgullo de la hacanea favorita, que se complace en su preciosa carga, cuando esta mujer bella lo ame, se redimirá: conquistará el pudor.


Y otra hora propicia a las confidencias:


—Yo no he tenido nunca un amigo—y sangraba todo él al decir esto.


Yo le expliqué que ningún hombre le podría dar su amistad, porque él no era un hombre, y la amistad hubiese sido monstruosa. El señor de Aretal no conocía la amistad y era indelicado en sus relaciones con los hombres como un animal. Conocía sólo el camaraderismo. Galopaba alegre y generoso en los llanos, con sus compañeros; gustaba de ir en manadas con ellos; galopaba primitivo y matinal, sintiendo arder su sangre generosa que lo incitaba a la acción, embriagándose de aire, y de verde, y de sol; pero luego se separaba indiferente de su compañero de una hora lo mismo que de su compañero de un año. El caballo, su hermano, muerto a su lado, se descomponía bajo el dombo del cielo, sin hacer asomar una lágrima a sus ojos... Y el señor de Aretal, cuando concluí de expresar mi último concepto, radiante:


—Ésta es la gloria de la naturaleza. La materia inmortal no muere. ¿Por qué llorar a un caballo cuando queda una rosa? ¿Por qué llorar a una rosa cuando queda un ave? ¿Por qué lamentar a un amigo cuando queda un prado? Yo siento la radiante luz del sol que nos posee a todos, que nos redime a todos. Llorar es pecar contra el sol. Los hombres, cobardes, miserables y bajos, pecan contra la Naturaleza, que es Dios.


Y yo, reverente, de rodillas ante aquella hermosa alma animal, que me llenaba de la unción de Dios:


—Sí, es cierto; pero el hombre es una parte de la naturaleza; es la naturaleza evolucionada. ¡Respeto a la evolución! Hay fuerza y hay materia: ¡respeto a las dos! Todo no es más que uno.


—Yo estoy más allá de la moral.


—Usted está más acá de la moral: usted está bajo la moral. Pero el caballo y el ángel se tocan, y por eso usted a veces me parece divino. San Francisco de Asís amaba a todos los seres y a todas las cosas, como usted; pero además, las amaba de un modo diferente; pero las amaba después del círculo, no antes del círculo, como usted.


Y él entonces:


—Soy generoso con mis amigos, los cubro de oro.


—También se lo da una valiosa finca en arrendamiento, o un pozo de petróleo, o una mina en explotación.


Y él:


—Pero yo les presto mil pequeños cuidados. Yo he sido enfermero del amigo enfermo y buen compañero de orgía del amigo sano.


Y yo:


—El hombre es más que eso: el hombre es la solidaridad. Usted ama a sus amigos, pero ¿los ama con amor humano? No, usted ofende en nosotros mil cosas impalpables. Yo, que soy el primer hombre que ha amado a usted, he sembrado los gérmenes de su redención. Ese amigo egoísta que se separó, al separarse de usted, de un bienhechor, no se sintió unido a usted por ningún lazo humano. Usted no tiene solidaridad con los hombres.


—Usted no tiene pudor con las mujeres, ni solidaridad con los hombres, ni respeto a la fe. Usted miente, y encuentra en su elevada mentalidad, excusa para su mentira, aunque es por naturaleza verídico como un caballo. Usted adula y engaña y encuentra en su elevada mentalidad, excusa para su adulación y su engaño, aunque es por naturaleza noble como un caballo. Nunca he amado tanto a los caballos como al amarlos en usted. Comprendo la nobleza del caballo: es casi humano. Usted ha llevado siempre sobre el lomo una carga humana: una mujer, un amigo... ¡Qué hubiera sido de esa mujer y de ese amigo en los pasos difíciles sin usted, el noble, el fuerte, que los llevó sobre sí, con una generosidad que será su redención! El que lleva una carga, más pronto hace el camino. Pero usted las ha llevado como un caballo. Fiel a su naturaleza, empiece a llevarlas como un hombre.



Me separé del señor de los topacios, y a los pocos días fue el hecho final de nuestras relaciones. Sintió de pronto el señor de Aretal que mi mano era poco firme, que llegaba a él mezquino y cobarde, y su nobleza de bruto se sublevó. De un bote rápido me lanzó lejos de sí. Sentí sus cascos en mi frente. Luego un veloz galope rítmico y marcial, aventando las arenas del desierto. Volví los ojos hacia donde estaba la Esfinge en su eterno reposo de misterio, y ya no la vi. ¡La Esfinge era el señor de Aretal que me había revelado su secreto, que era el mismo del Centauro!


Era el señor de Aretal que se alejaba en su veloz galope, con rostro humano y cuerpo de bestia.

Rafael Arévalo Martínez (Ciudad de Guatemala, 1884 - Ciudad de Guatemala, 1975). Escritor guatemalteco, considerado uno de los antecesores del realismo mágico.[1]

Estudió en los colegios Nia Chon y San José de los Infantes, pero no logró terminar ni siquiera el bachillerato debido a problemas de salud.


Arévalo Martínez cultivó la narrativa y la poesía. Sus primeros pasos públicos en la literatura los dio en 1905: en ese año apareció publicado en un diario su primer poema y en 1908 presentó Mujer y niños al concurso de cuentos de la revista Electra, que obtuvo el primer premio.


Con Francisco Fernández Hall en 1913 fundó y dirigió la revista Juan Chapín, órgano principal de la Generación de 1910, llamada también del Cometa. Escribió en periódicos y revistas tanto nacionales como extranjeros, entre ellos, en La República, El Nuevo Tiempo, Centroamérica.


En 1916 residió un tiempo en Tegucigalpa como jefe de redacción de El Nuevo Tiempo, pero pronto regresó a su patria, donde en 1918 fue nombrado secretario general de la Oficina Centroamericana (Arévalo Martínez colaboraba desde 1915 en la revista que editaba esa institución).


En 1921 fue elegido miembro correspondiente de la Real Academia de la Lengua Española.


Fue director de la Biblioteca Nacional de Guatemala durante 20 años, hasta que en 1946 fue nombrado delegado de su país en la Unión Panamericana (hoy Organización de Estados Americanos).


Entre los reconocimientos que obtuvo destacan las condecoraciones con la Orden del Quetzal (Guatemala) y la Gran Cruz de la Orden de Rubén Darío (Nicaragua).


Se considera como su obra cumbre a El hombre que parecía un caballo[2]


Narrativa: Una vida, 1914. El hombre que parecía un caballo, 1914. El trovador colombiano, 1920. El señor Monitot, 1922. La oficina de paz de Orolandia, 1925. El mundo de los maharachías, 1938. Viaje a Ipanda, 1933. Manuel Aldano, 1914 (teatro). Ecce Pericles (biografía del dictador Manuel Estrada Cabrera).Poesía: Maya, 1911. Los Atormentados, 1914. Las rosas de Engaddi, 1927. Por un caminito así, 1947


Foto: Internet. Semblanza biográfica:Wikipedia. Texto: El cuento del día

26.1.12

Hay Festival en Cartagena

El tradicional encuentro de literatura arrancó desde ayer y está que arde de letras y letrados

Juan Gabriel Vásquez hace parte de los Autores de la casa.foto.fuente:vive.in

Las historias del Hay Festival parecerían irreales. Saberse caminando por la misma calle con Mario Vargas Llosa o Ian McEwan resulta cuando menos exótico. Tan frescos, tan atentos, tan sonrientes, tan asequibles. O ver a Alessandro Baricco desprevenido por ahí, con ese andar tímido y radiante; oír las carcajadas de fumadora de Almudena Grandes o reír junto a Simon Schama bailando, desaforado, al son del saxo de Manu Dibango.

Esto no habría sido posible de no ser Cartagena. El Nobel de Literatura, los autores de Expiación , de Seda y de Las edades de Lulú , el conductor del famosísimo programa de televisión El poder del arte y el músico camerunés estaban así, a la mano, en un festival que es, definitivamente, mucho más que de literatura. Y este año, del 26 al 29 de enero, no será la excepción.

Carlos Fuentes, Jonathan Franzen, Mario Bellatin, Susana Baca, Diego Luna, Rafael Osterling y Felipe González serán varios de los personajes que este año iluminarán las murallas con sus voces e historias. Ellos y muchos invitados más nos permitirán hacer un viaje por sus mundos y por una variedad de temas que pasarán por las novelas, el fútbol, el cine, la política, la gastronomía, la música, el cambio climático y las relaciones internacionales.

¡Hasta de matemáticas hablarán! ¿El éxito del Hay Festival? Su formato de charlas cortas, suma de anecdotario e ideas que quedan en el aire como sugerencias, para leer y pensar. El siempre memorable concierto de la plaza de la Aduana, que este año traerá a Carlinhos Brown (¿cómo olvidar que han venido Baaba Maal o Bob Geldof?), y como músico invitado para presentar su obra estará Michael Nyman, autor de la banda sonora de El piano (antes lo hicieron Philip Glass y Rubén Blades).

También vendrá el sabroso Frente Cumbiero. Y, sin duda, las charlas que van más allá de la literatura, conversaciones sobre feminismo, política regional, el mundo árabe o la historia. Este año, además, de nuevo pisará Cartagena el ganador de un premio Booker, sello de garantía de las letras en inglés (en el 2008, fue la indobritánica Kiran Desai). Se trata de Ben Okri, autor nigeriano de El camino hambriento y galardonado también con el premio de ficción del diario The Guardian .

Lo genial de este festival es que resulta siempre un descubrimiento. No reconocer un nombre no significa nada. ¿Quién sabía de Judith Thurman antes de verla en la Heroica? Y resultó ser una revelación, cronista de moda de The New Yorker y biógrafa de Isak Dinesen. Eso es el Hay Festival: una oportunidad para abrirse al mundo. Un paseo frívolo y provocador, donde la gente hace fila para oír a otro y en el cual la rumba, la charla de sobremesa e interceptar a los escritores en las calles es el plan. ¡Anímese!

Janne Teller

Se hizo famosa por un libro melancólico: 'Nada', que retrataba la desesperanza de un grupo de niños. Esta danesa, de ascendencia austrogermana, sin embargo, está lejos de ser pesimista. Trabajó hasta 1995 para la ONU en resolución de conflictos humanitarios en lugares tan diversos como Tanzania, Mozambique y Bangladesh. En su obra también sobresalen 'La isla de Odín', 'The Trampling Cat' y 'Come'. 27 de enero, 7:30 p.m.

Mark lynas

¿Podrá el hombre sobrevivir al cambio climático? Esa es la pregunta que tratará de resolver este historiador y periodista ambiental británico, colaborador de 'The Guardian', 'Ecologist' y 'Granta'. Por sus libros de ciencia fue acreedor del premio de The Royal Society. 29 de enero, 3:30 p.m.

Andrew Davies

Este británico es uno de los mayores expertos en la obra de Charles Dickens, que este año conmemora dos siglos de nacimiento, tema obligado en esta versión del festival. También ha trabajado en series de televisión como 'Doctor Zhivago' y ha sido guionista de 'Los tres mosqueteros' y 'El diario de Bridget Jones'. Ha adaptado al cine los éxitos de Jane Austen 'Orgullo y prejuicio' y 'Sensatez y sensibilidad'. 28 de enero, 12:30 p.m.

Daniel Alarcón

Peruano con alma de gringo, ha sido una de las revelaciones de los últimos años. Fue destacado en Bogotá 39 y ha hecho parte de las antologías de nuevos narradores de 'Granta'. Su libro 'Radio ciudad perdida' tocó la tragedia de la guerra y la desaparición a través de un personaje que conduce un programa radial con mensajes para ellos. Hablará también, junto a Morris Berman, del fenómeno juvenil de Ocuppy Wall Street y del futuro de EE. UU., donde reside. 28 de enero, 3:30 p.m.

Joumana Haddad

La libanesa sobresalió el año pasado al dar a conocer su libro 'Yo maté a Scheherezade', una diatriba contra los estereotipos del mundo islámico. Repite este año para opinar sobre la 'primavera árabe' y moderar una mesa junto a Khaled Al-Berry. 26 de enero, 3:30 p.m.

Rodrigo Rey Rosa

Una de las voces guatemaltecas más respetadas de la actualidad. Su libro 'El material humano', sobre la represión vivida por décadas en su país, lo consagró con la crítica al combinar su prosa con desordenados archivos policiales. De igual forma, como vivió en Marruecos, le dedicó al continente africano bellas páginas. Su última novela, 'Severina', ha destellado. 29 de enero, 12:30 p.m.

Jonathan Franzen

Su obra 'Libertad' ha sido calificada como la novela que dio en el clavo sobre qué representa Estados Unidos en este inicio de siglo XXI, post 11-S. Retratista excepcional de la frivolidad, la paranoia, el desliz moral y el desencanto, encarna el deseo de una sociedad perdida en las apariencias. Su anterior libro, 'Las correcciones', ya perfilaba a un escritor que se mete en la cotidianidad de las familias para revelar los secretos de lo que somos. 28 de enero, 7:30 p.m.

Michael Nyman

Lo recordarán por la música de 'El piano', la cinta de Jane Campion. Le gustan los retos, por lo cual trabajó en colaboración con el iconoclasta director de cine Peter Greenaway. Este polifacético músico británico (pianista, musicólogo, crítico y compositor) tiene una banda que lleva su nombre y ha compuesto óperas, entre las cuales está 'The Man Who Mistook His Wife for a Hat'. 29 de enero, 3:30 p.m.

Carlos Fuentes

Con él, México hizo la transición del campo de Juan Rulfo a la ciudad de mediados del siglo XX. 'La región más transparente' se volvió un libro de referencia para dar cuenta de este salto. Retador de las estructuras del lenguaje y los tiempos, con 'La muerte de Artemio Cruz' y 'Aura', selló su camino a la gloria. Es un reconocido crítico del imperialismo estadounidense. 27 de enero, 5:30 p.m.

Ben Okri

Tan pronto escribió su primera línea, llamó la atención. Este nigeriano transmite con la belleza de sus letras la temperatura de África. Su ópera prima, 'Flowers and Shadows', narra la decepción de un joven ante la corrupción de su país, en la que su padre se ve envuelto, y en 'El camino hambriento' muestra la tentación de miles por preferir la muerte antes que el sufrimiento. 28 de enero, 10:30 p.m.

John Leguízamo

Este actor de origen colombiano hace parte del selecto cartel de Hollywood y tiene en su filmografía películas como 'Moulin Rouge' y 'Carlito's Way'. Su estilo versátil lo ha llevado también a las tablas con monólogos propios; el más reciente es 'Ghetto Klown' ('Pelado de barrio'), que presentará en Bogotá, Medellín y Cali, y al que define como un trabajo "muy personal y el más fuerte". 26 de enero, 12:30 p.m.

Carlinhos Brown

El percusionista, cantante, compositor y productor brasileño no solo se ha destacado por su música (es recordado por Tribalistas), sino por su apuesta por hacer del arte un medio para ayudar a los otros. Trabaja con los niños más pobres de Salvador de Bahía, en donde ha creado el Candyall Gueto Square, un espacio de expresión artística, y la escuela de música Pracatum. Ha ganado tres Grammy Latinos. 26 de enero, 9 p.m.

Norma renovó los derechos de las obras de Gabo

Con el fin de fomentar la lectura en los colegios y de unirse a las celebraciones de los 30 años de la entrega del Nobel de Literatura, Norma decidió renovar los derechos de las obras de Gabriel García Márquez
Hace 30 años, Gabriel García Márquez recibió el Nobel de literatura.foto.fuente:revistaarcadia.com

Carvajal, empresa de la cual hace parte Norma, tiene planeado hacer una campaña para promover la lectura e invitar a los jóvenes a que se acerquen a la obra del Nobel colombiano, justamente el año en el que se cumplen tres décadas de la entrega del galardón a García Márquez. Las celebraciones que se harán para homenajear al escritor pueden ser un excelente incentivo para acercar a los lectores a su obra y, por ende, a las librerías.

"Queremos que el público infantil y juvenil sienta cercanía con el único premio Nobel colombiano. Por eso, adelantaremos este año una labor de promoción en todos los colegios del país, con los títulos más reconocidos del autor, para que sean llevados a las aulas", aseguró Gladys Helena Regalado Santamaría, presidente de Carvajal Educación.

La negociación adelantada por Carvajal Educación incluye todo el fondo de este reconocido escritor y la distribución en países como: Colombia, Venezuela, Perú, Bolivia, República Dominicana, Costa Rica y Ecuador.

Para recordar

El jueves 21 de octubre de 1982 Colombia despertó con la noticia de que Gabriel García Márquez, nacido el 6 de marzo de 1927 en Aracataca, Magdalena, había ganado el Premio Nobel de Literatura, por determinación unánime de los 18 jurados vitalicios de la Academia de Letras de Suecia.

El 10 de diciembre del mismo año, en la Casa de Conciertos (Konserthuset) de Estocolmo, se llevó a cabo la ceremonia en la cual seis científicos y un novelista recibieron, de manos del Rey de Suecia, Carlos XVI Gustavo, y su esposa, Silvia, cheque, diploma y medalla de oro correspondientes.

Este fue el discurso del nobel al recibir el premio:


Paul Auster se confiesa

El autor repasa su vida a partir de los recuerdos íntimos, cercanos y personales..Un libro sincero, en ocasiones doloroso, que sale en primicia en España antes de que se publique en Estados Unidos. Además, también se publica antes en e-book
El autor ha escrito un libro personal que, sin duda, encantará a sus seguidores. foto.fuente:larazon.es

En 1974, poco antes de regresar desde Francia a EE UU, Paul Auster se compró una máquina de escribir portátil: una Olympia alemana de segunda mano que consiguió a través de un amigo y por la que pagó cincuenta dólares, un importe irrisorio si se piensa que con esa máquina el escritor americano ha compuesto una de las obras más sólidas y atractivas (atractivas, sobre todo, para los miles de lectores que tiene repartidos por el mundo) que ha dado la literatura estadounidense en las últimas décadas. Poemas, ensayos, misceláneas, breves textos autobiográficos y unas cuantas novelas han hecho del autor de «La trilogía de Nueva York» un escritor de culto, capaz de asombrar con historias perfectamente diseñadas y en las que se respira el latido perpetuo de la cotidianidad: la combinación azarosa de hechos y circunstancias que en su conjunto acaban constituyendo una visión del mundo y una expresión de la propia vida.

De París a EE UU
Y es su vida lo que narra Auster en este «Diario de invierno», una confesión en la que hace un repaso sincero (por momentos doloroso) de los puntos que marcaron su biografía: su nacimiento, un día después del cumpleaños de su madre, en un hospital de Nueva Jersey, la conflictiva relación de sus padres hasta que se separaron, su pasión infantil por el béisbol, los ires y venires por París y EE UU con su novia de los setenta, el descubrimiento de la sexualidad, el temor a la muerte y a las enfermedades y su pasión incontrolable por intentar escribir a pesar de todo.

A través de la memoria de su cuerpo (un cuerpo que sufrió los embates recientes de un ataque de pánico y que antes, mucho antes, tuvo que vérselas con problemas estomacales y respiratorios pero que gozó de placeres mundanos y recorrió el mundo entero), Auster vuelve a los sitios por los que ha transitado a lo largo de estos casi 75 años (el 3 de febrero, fecha de su cumpleaños, Seix Barral relanzará su obra en bolsillo), lugares en los que se ha sentido protegido, a salvo de las inclemencias del tiempo y de la incertidumbre que significa vivir.

Así, con una mirada que escapa a toda autocompasión, el autor de «El palacio de la luna» se detiene en los veintiún hogares en los que vivió. Recuerda el ático que alquiló cuando llegó a París, donde sus vecinos se quejaban a menudo de que su novia tocara al piano piezas de Schubert los domingos por la tarde.

Una casa para siempre
Pero también la casa de finales del siglo XVIII, al sur de Francia, con su aroma a tomillo y espliego que se alzaban a su alrededor cuando salía a caminar por el campo, los diversos pisos que alquiló en Manhattan (en una época en que, con un hijo a punto de nacer, trabajaba de nueve a cinco en una librería de libros raros, cercado por los problemas económicos), su traslado definitivo a Brooklyn en un momento de transición (que empezó con la separación de su primera esposa y terminó cuando su padre murió mientras hacía el amor con una novia más joven que él) y la adquisición, a los 46 años, de la casa en la que vive y en la que espera morir haciendo suya una frase del poeta Joseph Joubert: «Hay que morir inspirando amor (si se puede)». Como su admirado Georges Perec, tan propenso a hacer listas y clasificaciones de todo lo que ha hecho en su vida, en «Diario de invierno» rearma el rompecabezas de su bio-grafía a través de las sensaciones y los recuerdos, pero también a través de las comidas que saboreó, de los países que visitó y de todas las cosas que ha hecho con las manos. No es extraño que esta autobiografía sea, de alguna manera, una sucesión de pequeñas historias, de breves relatos que, al ser narrados con la objetividad que otorga el uso de la segunda persona (Auster se habla a sí mismo y se ve como «otro», mientras contempla la llegada del ocaso vital) adquieran un tono sospechosamente distante, quizá, porque, como afirma el escritor en un pasaje revelador, entre el mundo y la palabra hay «un abismo que separa la existencia humana de nuestra capacidad de entender o expresar la verdad de la vida».

Y en bolsillo
La editorial Seix Barral comenzó el 20 de febrero a editar en e-book la obra de Auster. A un precio de 6,99 euros se pueden adquirir «La trilogía de Nueva York», «El libro de las ilusiones», «Tombuctú» y «La noche del oráculo». Pero a lo largo de este año, a partir del 2 de marzo, saldrán en una colección de bolsillo especialmente diseñada para este escritor, los títulos arriba mencionados, además de otros dos: «El cuaderno rojo» (disponible a partir del 3 de mayo) y «La invención de la soledad» (1 de junio).

Diario de invierno

Paul Auster

Anagrama 248 páginas.

18,90 euros.

Si quieres que te edite tu novela, págame 3.000 euros

Algunas editoriales buscan ahora compartir con los escritores inéditos el riesgo de la publicación de su primera novela. Eso sí, les exigen abonar entre 3.000 y 5.000 euros por coeditar su primer libro o bien pactan tiradas escalonadas de 100 ejemplares que el autor también debe abonar por anticipado
Paciencia, tesón, insistencia y creer en la novela, parece ser el consejo desde el gremio de editores. foto.fuente:aviondepapel.tv

Los escritores inéditos que buscan publicar su primera novela suelen toparse, una y otra vez, con el silencio o el rechazo de su manuscrito por parte de las grandes editoriales. La alternativa entonces es entrar en esa ruleta rusa que es un concurso literario provincial o regional, cuyos premios prometan la edición. La autopublicación también aparece como última alternativa.

Sin embargo, en estos tiempos de crisis, algunas editoriales les ofrecen una cuarta vía. Eso sí, más gravosa y arriesgada. No es otra que firmar un contrato mediante el cual el escritor se compromete a pagar entre 2.000 y 5.000 euros para que le publiquen la primera edición de su novela.

"Hace tres años que abandonamos el sistema de coedición. Ahora, proponemos al autor que compre los 100 primeros ejemplares para su venta durante la presentación del libro. Si los vende, reeditamos más ejemplares, de 100 en 100. Este sistema nos permite reducir el 70% las devoluciones. En el último año, tuvimos que retirar muchísimo de nuestro catálogo", confiesa José Domingo Álvarez, editor de Ediciones Atlantis.

Esta editorial asegura que, con esta fórmula de edición escalonada, quieren que el escritor se "involucre" en la venta y promoción de la novela. Es decir, por contrato, el autor se compromete a colocar un centenar de ejemplares iniciales; muchas veces, entre familiares, amigos y fieles seguidores.

La coedición es cara, pero la compra de ejemplares por anticipado por parte del autor también lo es. Unos 100 ejemplares, a 20 euros de media, suponen un desembolso para el escritor novel de unos 2.000 euros.

Cuando la editorial en cuestión realiza la presentación del libro y no se vende la totalidad de ejemplares, el escritor sufraga el resto. Si los vende, cobraría, a un año vista, su correspondiente 10% de derechos de autor, por una edición –eso sí- que ya han pagado él o bien sus allegados.

Esta práctica es legal dado que existe contrato privado entre las partes. Lo que cualquier escritor inédito se pregunta es si es recomendable para que su nombre, por fin, dé el salto a la solapa de un libro.

"Este tipo de prácticas no representan al sector editorial. Los editores que lo proponen son una minoría", explica Antonio María Ávila, director ejecutivo de la Federación de Gremios de Editores de España (FGEE).

El responsable de la patronal recuerda que la labor del editor es seleccionar manuscritos, promover un buen comité de lectura, mimar su catálogo y promocionar los libros; y no captar escritores que paguen por publicar su obra.

Cuando le preguntamos a Antonio María Ávila, si es partidario de aconsejar a los escritores inéditos usar los sistema de coedición o de abono de tiradas escalonadas, su respuesta es tajante.

"Yo, personalmente, no lo haría: nunca publicaría así. Existen otras fórmulas. Encontrar una editorial cuyo catálogo cuadre con la novela, participar en los más de 3.000 concursos literarios de este país o bien lograr que una editorial pequeña apueste por el libro porque es bueno", finaliza Ávila.

Paciencia, tesón, insistencia y creer en la novela, parece ser el consejo desde el gremio de editores.

Dickens: la pasión de narrar

Comenzó a escribir a los veinte años, después de haber vivido una infancia extremadamente dura; fue el novelista más popular de su tiempo y todavía hoy, dos siglos después de su nacimiento, mantiene su vigencia

Charles Dickens en homenaje por su natalicio. foto.fuente:adncultura.com

Arnold Hauser lo definió como "uno de los escritores de mayor éxito de todos los tiempos y quizá el gran escritor más popular de la Edad Moderna". A 200 años del nacimiento de Charles Dickens, más allá de un juicio tan contundente, tenemos ante nosotros una vida y una obra que expresan en forma privilegiada las mutaciones sociales producidas por la revolución industrial y, al mismo tiempo, los cambios decisivos en la producción editorial, los hábitos de lectura y el desarrollo de la narrativa.

Mi propia experiencia de consumidor de historias y personajes me interpela acerca de la singularidad dickensiana. Sus héroes, como David Copperfield y Oliver Twist, autobiográficos o no, marcaron con un fuerte sello algunas de mis primeras lecturas, en versiones reducidas para chicos. Después, en la adolescencia, lo busqué y leí en ediciones integrales, por lo general en traducciones no muy competentes; a pesar de abusos descriptivos, oleadas de sentimentalismo y explícita intención moralista, puedo decir que no me aburrí. Y aunque hace años que lo releo sólo ocasionalmente, debo confesar que sus historias me han quedado fijadas y que esos mismos personajes que frecuenté en el pasado me siguen atrayendo sin remedio. Ahora -suele ocurrir- con su adaptación correspondiente, aunque sin perder su humanidad a veces caricaturesca, desde las pantallas del cine o la televisión.

Charles Dickens nació en Landport (Portsmouth), al sudoeste de Londres, el 7 de febrero de 1812. Se crió en un hogar de modestos recursos: su padre era un empleado de poca jerarquía en el departamento de contabilidad de la Marina. Por fuerza y voluntad propia fue autodidacto; no recibió educación formal hasta los 9 años.

Uno de los episodios más tristes de su infancia fue el encarcelamiento del padre, enjuiciado por fraude y deudas; aunque el período de prisión no fue largo y la familia pudo convivir en la cárcel con el detenido (tal como se autorizaba en aquella época), los hechos dejaron profunda huella en el futuro escritor, que los utilizaría, en forma lateral o directa, en varias de sus novelas (por ejemplo, en La pequeña Dorrit ). También resultó una dolorosa experiencia, cuando tenía 12 años, su trabajo poco menos que esclavo en una fábrica de betún para zapatos; le serviría de punta de lanza para sus denuncias posteriores contra el trabajo infantil, permitido a comienzos de la era victoriana.

La familia se mudó varias veces, hasta recalar, finalmente, en Londres. La gran ciudad sería el escenario de su aprendizaje y de su escritura. Talentoso y precoz, trabajó a los 15 años en un bufete de abogados; en seguida, se destacó como taquígrafo judicial y cronista parlamentario. Leyó a sus contemporáneos y a los novelistas ingleses del pasado, como Daniel Defoe, Tobias Smollett,Jane Austen y su favorito Henry Fielding,el autor de Tom Jones .

A partir de 1833 empezó a publicar, en distintas revistas, bocetos y cuadros de costumbres londinenses, que reuniría en su primer libro, Bocetos de Boz (1835). Su situación económica mejoró rápidamente. En 1836 se casó conCatherine Thompson Hogarth, que en 14 años le daría 10 hijos. A algunos de éstos les puso nombres de escritores compatriotas, como Walter Landor, AlfredTennyson, su amado Henry Fielding y Edward Bulwer Lytton.

Como novelista -sería en adelante su oficio central y la causa de su fulminante popularidad-, Dickens debió someterse al mandato editorial de la época: a partir de 1820, la publicación de los libros por entregas, en revistas habitualmente mensuales, con la consiguiente repercusión en la técnica narrativa, y sus demandas de suspenso, demoras y aceleraciones de la trama, y sorpresas argumentales. Manejó todos estos procedimientos con maestría y les agregó una capacidad de invención y descripción de personajes de inconfundible valor. El público lector se ensanchó: la mensualización equivalía al pago en cuotas actual, accesible a más bolsillos.

Su primera novela, Los papeles dePickwick (1836-37), reveló su don cómico, que en adelante usaría sólo parcialmente. La que siguió, Oliver Twist (1837-38), es uno de sus logros mayores, una poderosa narración social, escrita rudamente y en una cuerda melodramática, pero que convence por su denuncia de la miseria, el significado perverso del dinero, y la explotación de los niños en la Londres de la época.

Con sólo 26 años, ya era uno de los escritores ingleses más prestigiosos. Lo confirmó con novelas como NicholasNickleby (1839-40) y Almacén de antigüedades (1840-41), y con el Cuento de Navidad (1843), donde asistimos a la humanización de Scrooge, un empresario avaro y egoísta. David Copperfield (1849-50), otra de sus grandes obras, es una típica novela de iniciación, que traza el itinerario vital de un joven -en más de un sentido, él mismo- que encontrará la felicidad y la paz sólo después de duras pruebas. El personaje del campechano Micawber, en el que hay ecos del padre del escritor, acentúa el carácter autobiográfico de la novela. Casa desolada (1852-1853), para algunos críticos, como G. K. Chesterton, la mejor novela del autor, descansa sobre todo en el complejo (y moderno) carácter de su protagonista, Esther Summerson.

Pertenecen al último período de CharlesDickens La pequeña Dorrit (1857-1858), Historia de dos ciudades (1859) y, muy especialmente, Grandes esperanzas (1860), con personajes memorables como el protagonista, Pip, otra vez un joven de origen pobre, y la aristocrática y enclaustrada Mrs. Havisham.

En 1858 el escritor abandonó a su mujer para acercarse a su nuevo amor, la actriz Ellen Ternan. El escándalo, en la melindrosa sociedad victoriana, no podía menos que estallar; Dickens quiso justificarse alegando insania de su esposa.

Él mismo había querido ser actor de joven, pero esa vocación se frustró. Lo compensó con las giras de lectura de sus últimos años, que tuvieron gran éxito y le reportaron mucho dinero, sobre todo en los Estados Unidos. Se presentaba, en esas giras, ante grandes auditorios que pagaban su entrada, y leía fragmentos de sus obras, impostando la voz para interpretar a los diversos personajes.

Charles Dickens murió el 9 de junio de 1870, en Gad's Hill Place, de un derrame cerebral. Dejó sin terminar su última novela, El misterio de Edwin Drood . Fue enterrado en la Abadía de Westminster, a pesar de haber pedido, como última voluntad, un sepelio más modesto. La más completa de sus biografías, en la que se marcan con claridad la doble vida, los silencios y las evidencias de un victoriano, es la de PeterAckroyd (1990), con más de mil páginas de investigación exhaustiva.

La consideración de la obra de Dickensha sufrido pronunciados altibajos a lo largo del tiempo. A su glorificación en vida sucedieron juicios más moderados en las postrimerías del siglo XIX, hasta llegar a la reacción antivictoriana posterior, que lo condenó por "demagógico y vulgar", descuidado en el estilo y la composición de sus narraciones, y creador de caricaturas más que de personajes coherentes. Por tales motivos, se lo quitó (momentáneamente) del panteón de los grandes narradores de su siglo, como Dostoievski, Tolstói, Balzac y Flaubert. Sin embargo, más cerca de nuestra época, se han recuperado sus méritos y, sobre todo, se le ha brindado una mejor comprensión.

Dickens es, para empezar, el gran cronista de las transformaciones sociales producidas por la revolución industrial, con su secuela de nuevos marcos familiares, modos inéditos de ganarse la vida, y cambios forzados de residencia. Compárense, sólo como ejercicio intelectual, las novelas dickensianas con las obras del mismo género de la hoy repopularizada (por las series televisivas) Jane Austen (1775-1817). Se verá cómo unas pocas décadas de diferencia pueden modificar, no sólo el diseño genético de dos escritores, sino también el gusto y la cantidad de sus lectores.

Mientras que la autora de Orgullo y prejuicio se asienta en el mundo de la mediana burguesía agraria, claramente preindustrial a pesar de la inminente llegada de los nuevos telares y enseres mecánicos, Dickens lo hace en la sociedad urbana que se industrializa, con sus correlatos humanos de administradores, prestamistas y niños esclavos. Austen,cronista de estilo cuidado, describe la todavía armoniosa campiña inglesa; Dickens, con escritura torrencial, se convierte en fotógrafo crítico de la nueva Londres, fascinante e injusta. Ambos son, como escritores, conservadores y progresistas a la vez: aunque los protagonistas de sus novelas -casi siempre femeninos en Austen, casi siempre (aunque no siempre) masculinos enDickens- suelen terminar casándose felizmente, queda en esos textos un residuo de rebeldía: el de una sutil defensa del destino de la mujer, en Austen; el de una invicta indignación ante la injusticia, en Dickens. En su momento Virginia Woolf reivindicó a Austen, a costa de Dickens: atribuyó a aquella un sentido de la forma que este último no tendría. Se trata de una discutible suposición.

No puedo sostenerla después de haber revisitado las novelas de Dickens que preferí y que sobreviven en mi recuerdo: David Copperfield , Casa desolada , La pequeña Dorrit y Grandes esperanzas . Dos hombres y dos mujeres. David y Pip. Esther y Dorrit. Quizá no sean un prodigio de forma, pero en su forma hay una respiración humana que de todos modos la habilita. Los cuadros de vida, el horror y la comicidad que describe Dickens pueden convivir con la inteligencia y la moderación de Austen.

En un comentario escrito en 1912, Bernard Shaw afirmó que "la indignación que Dickens promovió se ha difundido y profundizado hasta tornarse un convencido rechazo de toda la estructura industrial del mundo moderno". Lo cierto es que fue fiel a las ideas que había abrazado en su juventud, entre ellas la denuncia de la ya citada explotación fabril y callejera de menores de edad, el señalamiento de la corrupción judicial, y el cerrado repudio de los ajusticiamientos públicos, abolición que pudo ver cumplida en 1868. Como escritor fue un narrador apasionado, un inagotable creador de personajes perdurables, muchos de los cuales son innegablemente grotescos. Pero, según diceHarold Bloom: "habría que mirar a nuestro alrededor".

Dickens en el cine

Quizá Dickens sea, junto con Shakespeare, el escritor más adaptado por el cine y la televisión, principalmente en estudios británicos y en Hollywood. Para limitarnos al cine, hay que empezar mencionando dos magníficas películas inglesas, con perfecto clima dickensiano, dirigidas por David Lean: Grandes esperanzas (1946), con John Mills, Valerie Hobson y Jean Simmons; y Oliver Twist (1948), con John H. Davies, Alec Guinness y Robert Newton. De esta última hay una estimable versión muda, de Frank Lloyd (1922), protagonizada por Jackie Coogan y con Lon Chaney como el bandido Fagin; una musical, Oliver! (1965), dirigida por Carol Reed, y la de Roman Polanski, de 2005. De Grandes esperanzas existe una versión fallida, de 1998, dirigida por Alfonso Cuarón, con Ethan Hawke y Gwyneth Paltrow. Merecen ser nombradas las hollywoodenses David Copperfield (1935), de George Cukor, con Freddie Bartholomew y W. C. Fields, e Historia de dos ciudades (1935), de Jack Conway, con Ronald Colman y Edna May Oliver. Del Cuento de Navidad , además de la reciente adaptación de Robert Zemeckis (2009), en 3D y con técnicas del cine de animación, debe mencionarse la clásica versión de Brian Desmond-Hurst (1951), con Alastair Sim como Scrooge. Pueden citarse, todavía, Los papeles de Pickwick (1952), de Noel Langley; La pequeña Dorrit (1988), de Christine Edzard, con Sarah Pickering, Derek Jacobi y Alec Guinness, y Nicholas Nickleby (2002), de Douglas McGrath, con Charlie Hunnam y Christopher Plummer. No resistimos a la tentación de añadir, por lo menos, una miniserie para TV, la excelente Casa desolada (2005), dirigida para la BBC por Justin Chadwick y Susanna White.

Un padre severo, pero excelente

El espejo de una vida

25.1.12

La BLAA será sede del II Congreso Iberoamericano de Lengua y Literatura Infantil y Juvenil

Esta segunda versión del CILELIJ se centrará en el hoy de los libros infantiles y juveniles en Iberoamérica, y en sus lectores y promotores: autores, ilustradores, editores, instituciones públicas y privadas que apoyan la promoción de la lectura, libreros y distribuidores, maestros y profesionales en general relacionados con el mundo de la literatura infantil y juvenil
Ángela Pérez, Subgerente Cultural del Banco de la República y Leonicio Fernández, director de la Fundación SM, durante la firma del Acuerdo. foto.fuente:BLAA

El II Congreso Iberoamericano de Lengua y Literatura Infantil y Juvenil (CILELIJ) se realizará en Colombia y se llevará a cabo en la Biblioteca Luis Ángel Arango en marzo de 2013. El Banco de la República y la Fundación SM de España firmaron un acuerdo para la realización de este evento que reunirá en Bogotá a los autores, editores e instituciones más importantes del campo de la literatura infantil y juvenil del continente.

La literatura infantil y juvenil vive un 'boom'. Cada día nuevos autores, ilustradores, editores y lectores, hacen que la literatura infantil y juvenil en lenguas castellana y portuguesa experimente un desarrollo sin precedentes, poniéndola a la altura de la que, desde décadas anteriores, vienen teniendo Europa y los países anglosajones.

El Congreso Iberoamericano de Lengua y Literatura Infantil y Juvenil se creó como un foro de reflexión sobre las bases y la potencialidad de la literatura infantil y juvenil en América Latina, España y Portugal. El evento, único en su género, se realiza trienalmente por la Fundación SM en asocio con una institución de destacada trayectoria en la promoción de lectura en el continente.

Esta segunda versión del CILELIJ se centrará en el hoy de los libros infantiles y juveniles en Iberoamérica, y en sus lectores y promotores: autores, ilustradores, editores, instituciones públicas y privadas que apoyan la promoción de la lectura, libreros y distribuidores, maestros y profesionales en general relacionados con el mundo de la literatura infantil y juvenil.

Como resultado del Congreso se publicará un libro con los hitos de la Literatura Infantil y Juvenil de Iberoamérica y un Catálogo de ilustradores.

Congreso Iberoamericano de Lengua y Literatura Infantil y Juvenil (CILELIJ)
La primera edición del CILELIJ se realizó en 2010 en Santiago de Chile. Durante cinco días expertos de Latinoamérica y España abordaron el tema 'Pasado, presente y ¿futuro? de la literatura infantil y juvenil en Iberoamérica'. El Congreso contó con la participación de más de 50 invitados, entre autores y expertos, de los que sobresalió la participación de la escritora brasileña Ana María Machado.

El evento, que marcó un hito en el conocimiento y apreciación de la literatura infantil y juvenil en castellano y portugués, dejó como resultado dos libros: el 'Gran Diccionario de autores latinoamericanos de literatura infantil y juvenil' e 'Historias de la literatura infantil y juvenil en América Latina', sin dudas referentes invaluables de este campo literario.

Conan Doyle… ¿asesino?

Allá por octubre del 2000 salió a la venta, en Inglaterra, un libro del detective aficionado Rodger Garrick–Steele, quien se entretuvo durante once años en investigar las relaciones habidas entre Conan Doyle y su colega Bertram Fletcher Robinson, dos grandes amigos
Sir Arthur Conan Doyle, ¿un asesino? foto:archivo.fuente:elespectador.com

Alguna vez les he contado el caso de mi tocayo holandés Richard Klinkhammer, quien escribió una novela policial titulada Los miércoles, picadillo de carne, en la que describía el asesinato de su esposa cometido por él mismo. Y cómo durante nueve años tuvo en jaque a la policía de su país, la cual no lograba demostrar que la pobre mujer había sido ultimada por su marido, un marido tan enamorado de su profesión que llegó al extremo de sacrificarle, literalmente, la mitad de la propia familia.

Pues bien : El compadre Klinkhammer parece haber tenido –no como uxoricida pero sí como criminal– un ilustre antecesor en la figura de nadie menos que Sir Arthur Conan Doyle. Sí, sí, no han leído ustedes mal, dije Sir Arthur Conan Doyle, sí, el padre de Sherlock Holmes.

Allá por octubre del 2000 salió a la venta, en Inglaterra, un libro del detective aficionado Rodger Garrick–Steele, quien se entretuvo durante once años en investigar las relaciones habidas entre Conan Doyle y su colega Bertram Fletcher Robinson, dos grandes amigos.

El detective sostenía que Conan Doyle, en cierta ocasión que visitó a Robinson, oyó de labios de éste la leyenda de un perro monstruoso que recorría fantasmalmente los pantanos de aquella zona, pero no sólo eso, además le dio a leer el manuscrito de una narración que había terminado acerca del terrorífico cánido, y titulada Una aventura en Dartmoor.

Parece ser que la narración le gustó tanto al creador de Sherlock Holmes, pero tanto, tanto, que decidió apropiarse de la idea y ofrecerla al público lector convertida en lo que es: una de sus obras maestras. ¿Quién no ha leído El perro de los Baskerville, quién ha dejado de ver a estas alturas del partido alguna de la media docena de películas inspiradas por este libro? Un libro que se publicó el año 1902, justo el mismo en que Arthur Conan Doyle recibe la dignidad de Sir, concedida por Su Graciosa Majestad Eduardo VII, quien efectivamente, según cuenta de él André Maurois en su biografía, era un tipo bastante gracioso. Un caso rarísimo en su gremio, gente genéticamente deficitaria por lo común, en todos los terrenos.

Pero sigamos con nuestra historia. Conan Doyle es ya Sir, honor que su colega y amigo (y víctima literaria) Fletcher Robinson, nunca llegaría a conseguir. Pero Conan Doyle no sólo es un caballero inglés con derecho a tratamiento de Sir: además es médico, además tiene miedo de que Robinson lo denuncie por robo de su propiedad intelectual, y además, por si todo ello fuera poco, además, es el amante de la esposa del buen Robinson, es el amante de otra Mrs. Robinson que añadir a la galería de Mrs. Robinsons adúlteras que conocemos desde la canción de Simon & Garfunkel y la película The Graduate.

Según se desprendía de las investigaciones llevadas a cabo por Garrick-Steele, Conan Doyle asesinó a Robinson con el de fin de evitar que se descubriesen su asalto intelectual a mano armada y sus relaciones amorosas con Mrs. Robinson. Y para llevar a cabo su propósito se valió de su condición de médico y sus conocimientos del láudano, un anestésico muy empleado en aquellos tiempos y con el que, dependiendo de la dosis aplicada, se podía envenenar a una persona: los síntomas serían tan parecidos a los del tifus que nadie pensaría en un asesinato premeditado.

El libro de Garrick-Steele despertó gran expectación entre la inmensa grey de los devotos a Sherlock Holmes, quienes no podían aceptar ni creer que el autor de sus días hubiera sido un asesino. Y más de uno arguyó que no puede haberlo sido, porque de lo contrario, ¡cómo no!, su propia criatura, Sherlock Holmes, lo habría descubierto. Elemental, mi querido Watson.

Rafael Alcalde gana el premio de novela negra L'H Confidencial

El escritor barcelonés ha sido reconocido por La llamada de un extraño, un thriller de consecuencias apocalípticas
Rafael Alcalde alcanza su tercer palmarés en línea con el Premio L'H Confidencial de la Biblioteca La Bobila. foto:internet. fuente:lavanguardia.com


El escritor barcelonés Rafael Alcalde ha sido el ganador de la sexta edición del premio internacional de novela negra "L'H Confidencial", que promueve el Ayuntamiento de L'Hospitalet y Roca Editorial.

La novela ganadora es La llamada de un extraño, que se presentó inicialmente con el título provisional de ¿Te suena un tal López?.

El jurado ha destacado la reflexión que el autor hace en la novela sobre la condición humana y la desaparición de la intimidad en una sociedad en la que las nuevas tecnologías están al servicio de la comunicación y de la seguridad, así como la agilidad de un texto absolutamente dialogado que progresa hasta convertirse en un "thriller" de consecuencias apocalípticas.

El premio se entregará el próximo 24 de marzo en la biblioteca de La Bòbila de L'Hospitalet, especialista en este género.

Rafael Alcalde tiene 51 años y es licenciado en filosofía y doctor en Economía, y actualmente ejerce como profesor de secundaria en Vilafranca del Penedès (Barcelona).

Hasta ahora había publicado dos novelas B.T. (a la mierda), con la que ganó el Premio de Narrativa Alfonso VIII, y Diario anciano, Premio de Novela Mario Vargas Llosa 2010.

El premio de novela negra de L'Hospitalet lo habían ganado hasta ahora autores como Cristina Fallaràs con Las niñas perdidas; Erlantz Gamboa con Caminos cruzados; o Julián Ibáñez con El baile ha terminado.

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Foto/Gráfica: las imágenes que cuentan el continente latinoamericano

Dos de los grandes fotógrafos de la exposición Foto/Gráfica en París comentan sus fotolibros, rescatados del olvido por Horacio Fernández

Mosaico de los libros que componen la exposición Foto/Gráfica LE BAL. fotos:Juan Peces. fuente:elpais.com

Si lo dice el poseedor de una de las mayores colecciones privadas de libros de fotografía, debe de ser cierto o aproximarse a la verdad: "El fotolibro latinoamericano es el secreto mejor guardado de la historia de la fotografía". Martin Parr dixit. Para comprobar la nula presencia de exageración en esa frase, se puede acudir a Le Bal, el centro especializado en fotografía documental inaugurado en 2010 en París, para ver la exposición Foto/Gráfica. Una nueva historia de los libros de fotografía latinoamericanos, el muestrario de tesoros icónicos comisariado por el español Horacio Fernández que fue inaugurado la pasada semana en París.

Horacio Fernández, comisario de la exposición 'Foto/Gráfica' en Le Bal (París). Juan Peces

Se trata de la première mundial de una exposición itinerante surgida a partir del libro El fotolibro latinoamericano, editado por RM y presentado el otoño pasado en Madrid. El público español tendrá que esperar a la primavera –o desplazarse hasta el XVIII distrito parisiense– para admirar esta exposición, que Antonio Sanz ha asegurado para la galería Ivorypress (Madrid) y Lesley Martin para Aperture (Nueva York), y que pasará también por Brasil y Argentina.

Fernández, cuya fotobibliofilia severa impulsó un esfuerzo titánico de documentación apoyado en su red mundial de informantes y oteadores, hace esfuerzos evidentes por quedar en segundo plano, a pesar del hito que supone lograr que Europa descubra las joyas que alberga la América Latina. "La cultura latinoamericana siempre se ha defendido a sí misma como cultura letrada, pero esta muestra confirma la riqueza de la cultura visual en el continente", afirma. "No existe en todo el mundo una relación entre literatura y fotografía tan apasionante".

El que fuera comisario de PHotoEspaña, y actual profesor en la Facultad de Bellas Artes de Cuenca, piensa que los protagonistas deben ser los artistas, no el comisario. Por eso insiste, casi ruega, que se hable con "los verdaderos protagonistas", los fotógrafos presentes en Foto/Gráfica: la brasileña (adoptiva) Claudia Andújar, el también errante Paulo Gasparini, italiano devenido en venezolano; las argentinas Sara Facio y Alicia D'Amico, los mexicanos Pablo Ortiz Monasterio, Eduardo Terrazas… Los dos primeros accedieron a comentar su obras expuestas (Amazônia y Retromundo, respectivamente) para EL PAÍS.

La fotógrafa brasileña, Claudia Andújar. Juan Peces

Andújar (Neuchâtel, Suiza, 1931) ostenta apellido español, pero es de padre húngaro –fallecido en el campo de concentración de Dachau– y madre suiza, y paulistana desde 1957. Participa en la muestra con su libro señero Amazônia, un viaje al pueblo Yanomami fruto de años de inmersión en las culturas indígenas de Brasil. La proyección en vídeo con la que Horacio ha elegido dar a conocer el libro es una de esas experiencias que se quedan sobreimpresas en la retina. Y tiene que ver con la actitud de quien empuña la cámara.

"No me limité a llegar allí con una cámara de fotos", dice. "Intenté hacerme su amiga, conocerlos a fondo, mediante gestos, porque no hablábamos la misma lengua. Al principio, no sabían siquiera si era mujer o no. Para comprobarlo, las mujeres Yanomami tocaban mis pechos para cerciorarse. Sólo cuando sentí que había una relación de confianza mutua, que dejaban de observarme con curiosidad, comencé a sacar la cámara".

Sus primeras fotografías de los Yanomami corresponden a un encargo de la revista Realidade. Se supone que debía hacer un reportaje sobre el Amazonas, pero le dijeron que no debía fotografiar a los indígenas, porque eso podía dar problemas a la revista con las autoridades (los gobiernos de la dictadura no querían que se conocieran el abandono oficial y el acoso a su modo de vida). Tras ese reportaje, y tras años sucesivos de compromiso con los pueblos indígenas, se publicó el libro Amazônia (Ed. Práxis, 1978), que fue censurado en su época y expurgado de un texto que defendía la cultura nativa.

Antes de terminar la pregunta "¿Qué deberíamos aprender de…?", Andújar injerta su respuesta sin pestañear: "Respeto. Uno tiene que ir con esa actitud, ya sea fotógrafo o no. Tienes que observar y respetar". Esa postura acabó proporcionándole un nivel de complicidad que le permitió fotografiar rituales, rostros, hábitos, paisajes y texturas en un estilo documental creativo que bebe de la pintura y la cinematografía.

Andújar, muy implicada en la defensa de los derechos del colectivo indígena, lamenta que hayan cambiado "muchas cosas" desde sus reportajes. "El territorio ha sido invadido desde los años noventa, así que muchos han tenido una experiencia muy negativa del contacto con el exterior".

En los últimos años, denuncia, "los gobiernos han hecho todo lo posible para que vengan las compañías internacionales a Brasil [para explotar sus recursos], y a la gente no le interesa los derechos de los indígenas". Pese al discurso de las organizaciones internacionales sobre el papel de la naturaleza en la preservación de la raza humana, reflexiona, "cuando se trata de riqueza económica… nada resiste".

El fotógrafo italiano, Paulo Gasparini. Juan Peces

Paolo Gasparini (Gorizia, Italia, 1934) es otro fotógrafo europeo que buscó oxígeno en las venas abiertas de Latinoamérica y, en su caso, fue ahijado por Caracas. Autor del libro de culto Para verte mejor, América Latina, se encuentra en París por la inclusión de Retromundo en la retrospectiva. Se trata de una obra editada en 1986, producto de la destilación en formato libro de la pieza audiovisual (inédita) El fotógrafo y la fotografía: la identidad de un malentendido. O la transposición de sus proyecciones de filminas y diaporamas sonoros, con una reflexión de fondo sobre la esencia y la finalidad de la fotografía.

El fotógrafo de Trieste, que recorrió toda América Latina por encargo de la Unesco y por pura ansia de conocimiento, se detiene en el audiovisual no sólo por ser la génesis del libro que nos ocupa, sino porque en él hay una elección formal buscada para realzar el contenido. "Es como la definición de Sander que destaca Horacio: la fotografía es un mosaico", afirma Gasparini con pasión. "En el audiovisual, [la foto] adquiere una posibilidad de expresión mucho más compleja y completa, donde puedes subrayar, regresar en el tiempo… El discurso refleja exactamente cómo quieres contar las cosas". En él salen sus maestros: Henri Cartier-Bresson, Alberto Korda, Manuel Álvarez Bravo, Franco Fontana… "De los amigos de uno en el camino de la vida".

Gasparini escribió entre 1982 y 1984 el texto "El fotógrafo y la fotografía…" a partir de los recuerdos de su estancia en Cuba (1961-1965), donde conoció a los grandes fotógrafos cubanos y a Cartier-Bresson. "Una noche, en el cabaret del hotel Habana Libre, Henri saco su Leica y un señor de la seguridad le dijo que no podía sacar fotos. Protesté, y Henri, mientras miraba a la bailarina, me dijo: 'A mí no me importa la fotografía, me importa la vida'. Esa frase me siguió dando vueltas durante años, y a partir de ahí escribí el texto que da origen al audiovisual". Y, cerrando el círculo, a Retromundo.

El parto del libro fue más o menos así: el grupo de diseñadores asociado a la editorial Alter Ego vio el citado audiovisual y le fascinó. Gasparini sugirió a Álvaro Sotillo hacer un libro con todas las fotos y el texto al lado, como hizo Chris Marker. Pero Sotillo no estaba de acuerdo y le pidió al fotógrafo que hiciera una selección, que entresacó el tema de la diferencia entre el primer y el tercer mundo. "Ahí salen los personajes asomados, fuera de lugar, en el primer mundo", explica Gasparini. "En el Tercer Mundo, los personajes están cargados de realidad, te miran a la cara. En los países de Europa y Norteamérica, la imagen se sobrepone al ser. Siempre hay esa diferencia entre lo vivido y lo no vivido (eso es la fotografía). El diseñador eligió diferentes papeles, de diferente gramaje y calidad, para reflejar el contraste de realidades, y supo captar perfectamente mi idea".

La publicidad hipnótica, el consumismo, la soledad, el anonimato, la invisibilidad… se contraponen en el libro a la frescura, la simplicidad, la pobreza, la fuerza y la autenticidad. La dicotomía de dos mundos y dos concepciones de la vida, plasmada en blanco y negro.

El libro termina con un texto de Victoria De Stéfano, en el que la escritora afirma que la fuerza que vemos en las imágenes del Tercer Mundo es como si nos anunciara "una especie de contraconquista". Veinte años después, dice el fotógrafo, "no es eso exactamente lo que ha ocurrido. Pero hay algo en América Latina que se está moviendo en ese sentido".

¿Por qué escribe usted?

"Si la pregunta ¿Por qué escribe usted? la animara la inteligencia defectuosa o frívola lo percibiría, seguido. Como también repararía si su emisión procediera del vecindario del reproche. Pero, no. Se trata de una pregunta honesta, motivada por el deseo de adentrarse en el laberinto de la vocación escrituraria, sinceramente interesada en los procesos creadores que culminan en lo que se nomina, empeñosamente, la obra"



Luis Rafael Sánchez, Humanista del año 1996
A mi vocación literaria, a mi modo de enfrentarla, a mis ciclos de euforia creadora o de silencio penitenciario, se les suelen pedir más cuentas de las que yo, razonablemente, puedo dar. Como si quienes me piden las cuentas, los lectores habituales o circunstanciales, hubieran separado para sus personas el derecho a preguntarme, sin explicaciones previas, de buenas a primeras, ¿Por qué escribe usted?

Taimadamente, como quien devuelve el golpe, yo debería responder a la pregunta con otra, ¿Por qué lee usted? Pues el escribir y el leer formulan una hechizada conversación entre dos personas que aman lo mismo: los movedizos contenidos de la palabra. Si el lector anda, siempre a la búsqueda del libro que le regale satisfacciones, el escritor anda, siempre, a la espera del lector que tienda un firme puente hasta las orillas de su libro, un lector dispuesto a transformar el libro en el boleto para un viaje singular si bien de apariencia inmóvil. Cuantas veces el lector asume su papel, la obra resucita de la tumba del libro, se replantea la armonía de su construcción. Cuantas veces el escritor presta la voz suya a la voz de la obra, ésta renace, ésta recupera su antigua novedad.

Si la pregunta ¿Por qué escribe usted? la animara la inteligencia defectuosa o frívola lo percibiría, seguido. Como también repararía si su emisión procediera del vecindario del reproche. Pero, no. Se trata de una pregunta honesta, motivada por el deseo de adentrarse en el laberinto de la vocación escrituraria, sinceramente interesada en los procesos creadores que culminan en lo que se nomina, empeñosamente, la obra. Se trata de una pregunta en que parece sintetizarse la sorpresa que suscitan las manifestaciones del talento dedicado a levantar realidades autónomas con las palabras como material único y los signos de puntuación como los moldes que expanden o que restringen las palabras.


Elogio del punto y de la coma

A la coma no se le ha dado el reconocimiento que merece como la indicadora de la respiración pulmonar del texto. Tampoco se han valorado las posibilidades semánticas del punto. Aunque en dos obras capitales de nuestros días, Esperando a Godot y El lugar sin límites, al punto se le encarguen unas funciones que desbordan el mero dar aviso del final de la oración. Unas funciones que inciden en el acto de caracterizar los personajes, de perfilar sus insuficiencias, por un lado. Y por el otro, de propiciar unas atmósferas de mortificación y de embriaguez moral. El nihilismo becketiano, el desempleo existencial de Vladimir y Estragón, navegan entre los puntos de sus conversaciones truncas, mientras esperan al dichoso Godot, ese desconocido cuya informalidad lo lleva a posponer su comparecencia, una y otra vez. Y la personalidad oculta de Pancho Vega, un protomacho hispanoamericano afectado por la sexualidad ambigua, avanza entre los puntos suspensivos con los que José Donoso desgrana sus reveladoras, sus pavorosas pesadillas.

El lector como el autorizador

Porque la literatura, aunque se modela en las apariencias de la realidad, constituye una realidad autónoma, una realidad de tal manera independiente que promulga las leyes que la sustentan. Al margen de que la crítica ensaye, periódiocamente, unas teorías explicatorias, cuyo afán de novedad amenaza, en ocasiones, la sencilla intelección, al margen de que los procesos literarios de canonización o los tejemenejes mercantiles empañen la amable sorpresa de la imprevisión, la obra literaria retiene una integridad impostergable, una integridad resistente a los desafíos del lector. Quien es, por otra parte, quiéralo o no, lo repetimos, el sujeto que reactiva la belleza o la resonancia, la complejidad o la transparencia de la obra, cuantas veces se sienta a leerla, cuantas veces se sienta a autorizarla.


En fin, que si bien la razón de la obra artística no hay que buscarla fuera de ella, aunque en ella se impliquen la cultura de la época y la biografía sensorial del autor, corresponde al lector resucitarla del libro, enjuiciarla, compartir la noticia de su hallazgo, revitalizarla con la interpretación convencional o arbitraria. En fin, recorrer los caminos recorridos por el talento de quien la firma. Un talento que, por cierto, día a día, con mayor convicción, yo asocio con las benditas iluminaciones de la paciencia.

Las bendiciones de la paciencia

La palabra paciencia parecería restarle mérito y prestigio divino a la escritura, parecería restarle luz angelical, eternidad. La palabra paciencia parecería destinada a los usos corporales como el deporte y las faenas asociadas al desempeño físico. La palabra paciencia parece ajena o forzada a la hora de juzgar la escritura.

No lo es.

A ella, a la paciencia, hay que responsabilizar, esencialmente, por la florida del talento, a la paciencia ascendida a pasión, a la paciencia que hace inefectivo el tópico romántico de la inspiración o el estado de gracia. Convengamos, en que aún pervive el lastre romántico de que el escribir literario se efectúa tras un arrebato, un trance casi místico, o una posesión sobrenatural.

Desde luego, hay días especiales en que la sensibilidad o la inteligencia se agudizan, se hacen más patentes, fluyen con tanta fertilidad y naturalidad que parecen haber sido determinadas por una conciencia superior. Con la especialidad de esos días, dos poetas hispanoamericanos hoy circunscritos a un lugar secundario en las historias literarias, Juana de Ibarboru y Porfirio Barba Jacob, han compuesto unas salutaciones optimistas que han quedado como un inesperado aparte en sus obras completas.


Pero la poca frecuencia de esos días que la sensibilidad y la inteligencia, por sí solas, apenas si producen el combustible suficiente para que el arte se logre, apenas si garantizan la energía necesaria para que la obra empiece a cimentarse, palabra a palabra, oración a oración, párrafo a párrafo hasta su final convertimiento en una estructura sólida, espaciosa, duradera, ¿Qué otra cosa es Don Quijote de la Mancha, además de un universo atestado por la grandeza espiritual, sino una perfecta e inconfundible construcción verbal, una deslumbrante y deslumbrada? ¿Qué otra cosa es Cien años de soledad, además de una saga en donde toda pasión halla su asiento, sino una edificación monumental en la que una sola palabra, soledad, posee el virtuosismo de ser la llave que abre y que cierra las vidas? Martillo, condúceme al corazón del misterio suplica Enrique Ibsen; súplica entre aturdida y emocionada, que servirá como su epitafio. La súplica a la humilde pero útil herramienta patentizada el camino de trabajo, de esfuerzo, de confiada dedicación por él seguido a la hora de dar forma a sus grandes ficciones, Casa de muñecas, El enemigo del pueblo, Las columnas de la sociedad, Espectros.

La inquebrantable voluntad de decir, la necesidad visceral de encontrar una expresión original, pueden listarse entre las consecuencias de la paciencia, como también el ideal lopista de que el verso claro levantara de un borrador oscuro. Y ese otro monstruo de la naturaleza, Pablo Picasso, cuyas creaciones imponen su nombre en toda nómina del arte como sublevación, del arte como la traducción inobjetable de lo informe a lo perceptible, aclaraba, entre ufano y jactancioso- Yo no busco, yo encuentro. El pregón de sus encuentros no era más que la declaración de su capacidad para volcarse en el trabajo, su indisoluble voto matrimonial con la paciencia.

Pero, volvamos al punto de partida.


Selección de algunos de los libros publicados por Luis Rafael Sánchez
Interrogatorio francés


La última vez que oí la pregunta ¿Por qué escribe usted? fue por boca de un periodista del parisino Liberation, Jean Francois Fogel, a quien se le encargó, junto a su colega Daniel Rondeau, la confección de un número extraordinario que acogería las respuestas dadas a la misma por escritores del mundo entero. El número tenía un antecedente honroso.

En el año 1919 el periódico Liberation hizo la misma pregunta a Paul Valery, Louis Aragon, André Breton, Paul Eluard y otros escritores franceses que, con el paso del tiempo, fundamentarían su hacer literario en la audacia irrestricta. Eluard ya había escrito el poema donde aparece el verso Buenos días tristeza, que años después, daría título a la novela precoz de Francoise Sagan y, muchos años después, a una balada para el lucimiento de la voz entrecortada de Isabel Pantojas, una cantante cuya vida sentimental tiene el tempo de un pasodoble triple.

En cambio, Breton no había publicado los manifiestos surrealistas ni recalado en el México lindo y querido, como tampoco Valery había publicado ese cuerpo lírico, sin par, que constituye El cementerio marino. Pero, ya se reconocía en sus obras tempranas una práctica literaria avanzada e indomable; práctica que habría de remontar hasta dar pie a las obras citadas. Unas obras que, acaso, hallaron la motivación adicional en los desastres de la guerra recién concluida y que pasó a llamarse, adecuadamente, Primera Guerra Mundial. Como si se intuyera o se supiera que, en lo adelante, jamás podría haber conflictos bélicos aislados, porque ya el universo consignaba su nueva y definitiva forma- la de una temeraria sopa de aldeas. Como si se intuyera o se supiera que las nociones políticas y culturales de centro y periferia, de ortodoxia y marginalidad se aprestaran a sufrir una socavadora revisión.

Frágiles y esquivas marchan las palabras

André Maurois escribió, como conclusión de su apretado y excelente ensayo sobre la obra de André Gide, que la función del escritor reside en construir un edificio y la del lector en ocuparlo. Acaso, quienes me preguntan ¿Por qué escribe usted? son lectores ávidos de ocupar mis edificaciones literarias, a los que les parecen semejantes el propósito y la manera. Es decir, seguidores de mis invenciones que, motivados por su devoción, se allegan a mí con el santo y seña que consideran menos levantisco.

La recurrente pregunta, que la redime la buena intención, coloca la escritura en el apartado del hacer arbitrario y dispensable. Detrás de la misma se parapeta la sospecha de que el trabajo del escritor no pasa de ser un pasatiempo que no responde a jefatura alguna, un entretenimiento flexible que se cultiva a deshora y en cualquier lugar. Hasta tumbado bajo la sombra de un pino, hasta en la holganza asociada con la cama y con la hamaca. Esto es, como una actividad libre de tensiones y sudores, como una variación del recreo o el asueto, como un devaneo por los días y las horas del desocupado escritor.

Porque sólo la desocupación amable y sin problematizar autorizaría un hacer con palabras, un hacer inexacto entonces. Que entre palabra y palabra hay corredores secretos y puentes levadizos como afirma el gran poeta José Gorostiza cuando se arriesga a precisar la dificultad que encara la poesía. Y por medio de un homenaje en prosa al diccionario, pareable en la eficacia y la belleza a la Oda al diccionario de Pablo Neruda, un muy brillante escritor dominicano, Manuel Rueda, celebra las dificultades que éste resuelve. ¿No tendrá, por tanto, la pregunta ¿por qué escribe usted? un poco de reconvención, de llamado a la cordura?

A un médico cirujano nadie le pregunta por qué realiza la operación, a menos que se necesite conocer, a profundidad, el estado del paciente. Que habrá de ser un familiar cercano puesto que la pregunta huelga si se trata de primos, tíos o vecinos. Tampoco a un albañil se le pregunta por qué mezcla el cemento y la arena, ni a una cocinera por qué adereza las legumbres que juntó en la escudilla. ¿Quién le pregunta al bombero por qué apaga el fuego o al abogado por qué defiende al criminal? Todo oficio o profesión define su hacer y su alcance en cuanto se nombra: costurera, aviador, mecánico automotriz, sepulturero.


¿Serán respuestas o serán coartadas?

En cambio, insistentemente, se pregunta a quien escribe por qué lo hace. Tal como si tratara de un asunto turbio o delictivo, un asunto a sospechar, un asunto volátil o impráctico. Algunos escritores, que muy pronto repararon en que la pregunta se la podían espetar a la primera oportunidad, han patentizado una respuesta que les permite salir del paso con gracia y con chispa. De entre las numerosas que circulan, a punto ya de integrar un volumen grueso e ingenioso, prefiero las de dos escritores de excepcional reciedumbre, a los que tengo por amigos, Gabriel García Márquez y Juan Goytisolo.

El primero ha acuñado una respuesta que no huele a guayaba pero sí a fragante trampa- Escribo para que mis amigos me quieran más. La respuesta tiene mucho de greguería. Aunque en la greguería ramoniana el resorte insólito se le encarga a la paradoja. Además de confirmar el carácter retozón del colombiano universal, la respuesta plantea un formidable ardid. García Márquez confiesa que escribe para endeudar a los otros con el cariño, para satisfacer la expectativa a propósito de su genialidad creativa. Juan Goytisolo, más enigmático que Gabriel García Márquez, más apegado al ideal de la escritura compleja, dice que cuando sepa por qué escribe dejará de hacerlo. La respuesta sugiere que en cada obra suya se elabora, inconscientemente, una teoría del autoconocimiento, la búsqueda de una respuesta cuya fatalidad radica en su posible hallazgo.

Por otro lado, Rosario Castellanos, la admirable escritora mexicana, expresa que da por no vivido lo no escrito, una paráfrasis feliz de los versos de Jorge Manrique- Daremos por no venido lo pasado- Una pregunta apropiada para hacerle a Rosario Castellanos sería ¿Por qué vive usted?


Ando convencido de que la pregunta ¿Por qué escribe usted? contiene otras preguntas como contiene varias cajas la sorprendente caja china; que la pregunta esconde un doble fondo, como lo esconden los baúles de los cuales escapan los magos ante el aplauso del público agradecido por la eficacia de la trampa.

Aún así, como la pregunta recurre; como parece que deba darle una pregunta fluida y convincente, tarde o temprano; como suele formularle una persona joven, a lo mejor atemorizada por los compromisos a que empuja la vocación artística, he empezado a razonar, lápiz en mano, por qué escribo.



Quíntuples representación en el teatro de la Universidad de Puerto Rico
Poco a poco, sin nada de alboroto


No les extrañe que sea ahora cuando me dicido a llevar a cabo tan poco promisorio inventario. A la madurez de los años le agradezco, públicamente, la rebaja de la ansiedad que, en muchas ocasiones, ha sobresaltado mi vocación literaria, llevándome asumir en el silencio penitenciario a que ya hice referencia. Una ansiedad que, por otro lado, me ha salvado de rebajar la escritura a producción industrial, de confundirla con la grafomanía megalómana, de ceder a la tentación de dar gato por libro. He publicado lo que he creído pertinente, responsable y necesario si bien ha caído, en ocasiones, en lo que algunos de mis buenos amigos llaman el pecado de la inedición. También explica que sea ahora que los años tañen mi sonata de otoño, ahora que vivo una feliz reconciliación con la complejidad de mi persona, esa persona que poquísima relación guarda con los ruidos que le valen a esas dos hijas bastardas del trabajo y la paciencia que se llaman la fama y la celebridad, cuando acepto adelantar una reflexión introductoria, una reflexión en tono menor, de mi escritura, de sus voces, de las razones que concurren en ella.

Créanme.

Yo nunca he tenido el temperamento exigido para mentir en la vida, a riesgo de desilusionar a los que aman el embuste sin temer a sus consecuencias. Yo sólo he querido, sólo he tratado de mentir frente a la página en blanco, empleándome en el trance precario de un dios menor pero diligente, un dios que adjudica destinos y resuelve dificultades, un dios que tira de los hilos de sus personajes con dispendiosa piedad, un dios tan pobre que su cielo está en la tierra.

Intento, pues, una especulación para dar con la imposible respuesta. La especulación se apresta a reconocer que la escritura se visualiza, mayoritariamente, como un pasatiempo que consigue para su cultivador una cierta notoriedad. La especulación postula, en segundo lugar, que el hecho de escribir lo sostienen unas razones que van más allá del escribir mismo- la fama, el dinero, los viajes, la imagen de estrella.

Desde luego, no hablo del escribir formularios, solicitudes de empleo, informes, cartas de negocios; del escribir tildado de grafía mecánica y que se realiza tras un entrenamiento de carácter elemental. Desde luego, hablo del otro escribir, el escribir a plenitud, el que abreva en la fuente de la imaginación, el que se compone con sugestivas cadencias o se levanta sobre la página como una impasible escultura de palabras, el escribir obligado a encontrar el tono preciso antes de asentarse en la página.

Hablo del acto de escribir que, a falta de otras explicaciones coherentes y racionales, se intenta definir mediante algunas metáforas que aluden al tormento, a la angustia y a la guerra. Como la metáfora de los demonios. Como la metáfora de las obsesiones circulares. Como la metáfora de la batalla con el ángel. En fin, el escribir trabajoso, el escribir precario, el escribir asaltado por la duda, el escribir peleado con la arrogancia- esa hermana gemela de la ignorancia.

Hechas las introspecciones de rigor, tras repasar en el frágil archivo de la memoria unas cuantas de mis obras, puedo entonces confesar que, en términos generales, escribo para entablar un diálogo crítico, vivo, a fuego cruzado, con mi país y con mi tiempo; para mediar entre los asombros producidos por la realidad que me rodea y mi persona que la padece. Lo que es un riesgo excepcional si se vive en las Antillas, si se es hijo del Caribe, ese alucinante archipiélago de fronteras.

Mar Caribe, alárgate en mi espíritu

De todas maneras fronterizo es el Caribe, de todas maneras mezclado. Hasta el extremo de que sólo una paradoja tiene la competencia dialéctica para caracterizarlo. Lo único puro en el Caribe es la impureza. La mescolanza racial, la mescolanza idiomática, la mescolanza religiosa, la mescolanza ideológica, la mescolanza política, la mescolanza de las disímiles pobrezas, hacen del Caribe un lugar desgarrado según la óptica de Palés Matos y Jean Alex Phillips, de Jamaica Kincaid y Reynaldo Arenas; un lugar de municipal raigambre según la óptica de Derek Walcott y Marcio Vélez Maggiolo, de Aimé Cesaire y Ana Lydia Vega; un lugar descorazonadamente exótico según la óptica de Graham Greene y V.S. Naipaul. A la vez, un lugar duro y amargo para los propósitos del arte, un lugar destructivo sobre todo. Que en las geografías donde manda el hambre el artista viene condenado a cumplir el papel del paria o del comediante, del extranjero en casa o del asqueante adulador del poder, del mal visto tejedor de la historia de la tribu accidental como llama Fedor Dostoeivski al país donde se nace.

Aunque de agua o de sal sean los barrotes un país con forma de isla es un país con forma de cárcel. Tarde o temprano, el Caribe le impone al caribeño la emigración, la errancia, el exilio. Si la emigración se legaliza el viaje tiene como su transporte legal la guagua aérea. Si la emigración se ilegaliza, si se provoca la fiereza de los mares, si se desafía la hambruna de los tiburones, el viaje tiene como su transporte la yola, la balsa.

Desde las islas que la revistas de viaje catalogan de paradisíacas, hasta las islas que las agencias noticiosas catalogan de conflictivas, el Caribe lo integra un hervidero de falsas postales. Detrás de las fachadas idílicas se arrastran unos países con hambre de comida, de alfabetización y de justicia. Detrás de las fachadas conflictivas serpentean unas castas que apartan para sí los más inesperados privilegios.

Escribo, también, para compartir la satisfacción y la dicha que me inspiran el ser un hombre caribeño. Un hombre caribeño, oriundo de Puerto Rico, de señas mulatas- la piel prietona, la nariz ensanchada, los labios abultados, el pelo rizoso.

De forma abreviada gloso el comentario anterior, pues quisiera ponerle impedimento de salida a lo que sepa a demagogia, lo parezca o lo sea



Indiscresiones de un perro gringo

Yo no tengo la culpita, oigan queridos hermanos

Nunca he practicado la ilusión de provenir de otro lugar del que provengo. Tampoco me ha ilusionado ser otra persona diferente a ésta que soy. A la vez, porque nunca se me ha hecho sana, inteligente o tolerable la idea de que hay un mérito intrínseco en la procedencia nacional, advierto que nunca me ha robado el sueño la imposibilidad absoluta de ser, por ejemplo, estadounidense.

Además, tal sueño me ha parecido siempre el colmo de la aberración, el paradigma superior de la tontería. Sin la necesidad de estafar la propia naturaleza, afincado hasta las entretelas en lo que uno es, sea hombre o mujer, blanco o negro, amarillo o mestizo, religioso o agnóstico, europeo o novomundista, heterosexual u homosexual, joven o viejo, puertorriqueño o estadounidense, hay suficiente aventura y significación, hay complejidad y destino de sobra, como para poder adelantar cualquier vocación, como para poder vislumbrar cualquier proyecto.

En ese sentido, en el hecho de ser puertorriqueño sin traumatismos ni compunciones, sin ceder un ápice a los peligros de la victimación, echando mano del patriotismo cuando ha sido menester pero desacreditando la patriotería cuando ha sido necesario, he buscado, hasta encontrarlos, los materiales con que construir mi obra. Una obra que ha tenido como reiterado eje el diálogo, sin ambages, con mi tribu accidental. El diálogo se ha amparado en eso que un distinguido puertorriqueño, hombre de letras, Arcadio Díaz Quiñones, llama la continuidad de la mirada. Esto es, la observación interminable, hasta los abismos de la obsesión, de mi país puertorriqueño. El país que me acompaña por doquier. El país cuya canción, dulce o amarga, quiero cantar, inevitablemente.

No se me escapan los riesgos del plan. Y a veces me quejo, de mí y ante mí mismo, por no haber hecho una literatura aún más mía en mí, más contaminada por los dictámenes de la carnalidad y el instinto, más sometida a las movedizas leyes del deseo, más receptiva del amor como un sometimiento que formula su poderío en la irracionalidad.

Otros cuadernos del país natal

No obstante, desde que se publica la colección de cuentos En cuerpo de camisa, he querido hablar, ahora amorosamente, ahora furiosamente, de mi país; he querido, poco a poco, textualiarlo, ahondar en las posibilidades de su fisonomía y de su tipicidad, conjuntar algunos de sus rasgos tajantes. Aunque sin olvidar la verdad de que todo país se configura con una pluralidad de temperamentos y de visiones, de miradas enfrentadas y de indistintas apuestas a los azares del destino. Aunque sin desatender la verdad de que en la geografía moral de un país caben miles de países ensoñados. Hasta en los países cuyos gobiernos representan, en tandas corridas, la comedia de la igualdad a ultranza, la realidad subvierte los reclamos de una taquilla exitosa.

Repito, yo escribo para dar noticia al mundo de mi país. Lo hago porque ha sido en los libros donde he bebido el aliciente para enamorarme, perdidamente, de un lugar particular, de la gente que lo habita y lo modifica, lo vitaliza y lo espiritualiza.

Por ejemplo, amaba a Bahía antes de conocerla, un amor inducido por las novelas sensuales firmadas por Jorge Amado. Con igual fuerza amaba a Madrid antes de conocerla, un amor inducido por las novelas del genial Pérez Galdós. Acaso, más que a Madrid, a las calles que se hacían camino en La de Bringas, Fortunata y Jacinta, Miau, las novelas de Torquemada; esa Madrid de calles vetustas y paredones maculados.

Uno y otro, Jorge Amado y Benito Pérez Galdós, colocan la ciudad en el centro del conflicto novelesco, de manera que los avatares de los personajes no se conciben fuera de ella. Una Bahía más parecida a Africa que a América, puesta en evidencia por un Jorge Amado promotor de la magia. Una Madrid chismosilla y aldeana, puesta en evidencia por un Benito Pérez Galdós de perpetuo adosado a la realidad.

Tempranamente, cuando mi vocación apenas si era el balbuceo de un muchachón del caserío Antonio Roig, en Humacao, ciudad oriental de Puerto Rico, desinformado y mal formado, dueño de una vida que apenas sabía hacia dónde iba a encarrilarse, uno de ellos me dio una lección formidable. Más allá de escenografía, más allá de lugar de la acción, más allá de recinto histórico, la ciudad cumple la misión del ojo de las tormentas personales. El otro, más tardíamente, cuando mi vocación letrada empezaba a echar sus bases, me dio otra lección inolvidable. Todos los colores le sirven a la sensualidad, hasta el burlado color local; ese color local que en la novelística de Jorge Amado, por efecto de su ilustre paleta, asciende a color universal, a color primer mundista.

Escribo, también, para recuperar las lejanas vivencias de la persona cuya presencia en la tierra la reconoce el Registro Demográfico bajo dos apellidos y dos nombres, Luis Rafael Sánchez Ortiz, hijo de Luis Sánchez Cruz y Agueda Ortiz Tirado, panadero el padre, bordadora en el bazar de Josefina Reyes la madre. Cuando la familia, que completaban Elba Ivelisse Sánchez Ortiz y Néstor Manuel Sánchez Ortiz, se mudó a San Juan, cuando arriesgó su caudal de ilusiones en las sabanas enfangadas de Puerto Nuevo y Caparra Terrace, mi padre pasó a ser policía insular y mi madre pasó a ser empleada en una fábrica de zapatos baratos llamada Utrilón.



Luis Rafael Sánchez
Los que viven por sus manos y los ricos


Cuando retomo los nombres de mis padres retomo la clase social que me origina. Una clase social que en el caserío subsidiado por el gobierno tuvo su anclaje inicial, una clase cuya certidumbre más legítima era la pobreza.

Entonces, sin que la afirmación se equivoque con los suspiros reaccionarios de la nostalgia, Puerto Rico era pobre de otra manera. Entonces, de la instrucción con miras al diploma se encargaba la escuela y de la educación restante se encargaba el hogar. Tres nortes guiaban aquella educación hogareña, tres nortes resumibles en tres letanías repetidas, mañana, tarde y noche. Porque, justamente, a la repetición se le atribuía un valor pedagógico.

Pobre pero decente.
Pobre pero honrado.
Pobre pero limpio.

La pobreza se aceptaba como un hecho alejado de la política, como un acontecimiento inmodificable a no ser por la vía del trabajo arduo. La pobreza se confrontaba como un desafío individual. De ahí la imperiosidad de la conjunción adversativa. La decencia, la honradez, la limpieza, elevadas a señas morales o virtudes a ser desplegadas por los pobres en toda ocasión y lugar, no estaban sujetas a la transigencia. De los ricos no había por qué esperar que fueran decentes, honrados o limpios, porque los ricos contaban entre sus incontables lujos el poder vivir de espaldas a la opinión. Para eso eran ricos. Para poder ser y hacer lo que les daba la gana, cuando le viniera en gana, como les viniera la gana.
Esos códigos rígidos educaron a la inmensa mayoría del país puertorriqueño hasta antier. Después, cuando la pobreza empezó a apropiarse de los valores y los rencores de la clase media, cuando la pobreza a la antigua empezaron a difuminarla las hipotecas bancarias y el prestamito para ir a esquiar a Vermont y a Colorado, cuando el progreso estalló en la cara del país como si fuera una bomba de demoledora potencia, aquellos códigos rígidos dejaron de observarse. Hasta el lamentable extremo de que la pobreza desaseada se convirtió en otro aprovechado disfraz de la pequeña burguesía- el mahón deshilachado pero de marca Levis, el jean roto en las rodillas pero de marca Pepe. Hasta el amargo extremo de que la pobreza fue atendida como otra de las posibilidades de la estética.

Colofón

Sin que resulte dogmático uno puede suscribir la vieja idea de que en toda obra literaria hay biografía, que la persona del autor asoma, ya de manera principal o secundaria, ya ubicua o frontalmente. Los puertorriqueños tenemos, como apeaderos notables de nuestra identidad colectiva, el son, el mestizaje y la errancia. La nuestra ha sido, destacadamente, una cultura callejera, una cultura del vocerío y la estridencia. Mi obra no quiere hacer otra cosa que biografiar, más que mi persona, mi país. Más, no el plácido que halla su deformación en la postal que lo promociona como un paraíso sin serpiente. El otro país me interesa a la hora de literaturizar. El caótico, el despedazado, el hostil.

Mientras afilo las líneas de cierre me doy cuenta que escribo, en fin, para confirmar la vida como un tejido de bruscas y desapacibles testualidades.

Un bardo ilustre, cuya poesía más acendrada se trasvasa en la forma del bolero, reclama en uno de sus trabajos más difundidos, un aplauso al placer y al amor. Para eso, también escribo. Para aplaudir las grandes avenidas del placer, para hacerle terreno a las grandes ilusiones del amor. Decía Elías Cannetti, el inmenso escritor búlgaro, Todo se nos puede perdonar menos el no atrevernos a ser felices. También para eso escribo, para atreverme a ser un poco feliz.

fotos.fuente:enciclopediapr.org